lunes, 27 de abril de 2015

WENCESLAO PACHECO. ¿QUIÉN PAGÓ LOS PLATOS ROTOS DE LA GIRA? PRIMERA PARTE








































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Políticos, comiteses, matones y matoneaos. / Cuarto oscuro, pa' algunos; pa' otros, iluminao. / Promesas, medias chupadas, taba cargada y asao. (José Larralde)

Wenceslao Pacheco (n. Mendoza, 28.09.1838) fue un abogado, periodista, economista y político que integró la llamada Generación del 80 y desempeñó altos cargos durante las presidencias de Nicolás Avellaneda, Julio A. Roca y Miguel Juárez Celman.
Cursó estudios en el Colegio Superior del Uruguay, en Concepción del Uruguay, Entre Ríos (donde también, en 1863 se iniciaría en la masonería, ingresando en la logia Jorge Washington) y se recibió de abogado en la Universidad de Buenos Aires. Enrolado en el autonomismo, ejerció de periodista como redactor de los diarios El Nacional y La República. Fue designado juez y después, director del Banco Nacional, todo durante 1877; y electo diputado provincial en 1878, destacándose por su cerrada oposición a la política del gobernador Carlos Tejedor. Al año siguiente, Nicolás Avellaneda lo nombró presidente del Banco Nacional, al frente del cual cumplió una excelente gestión.

Después de Pavón, durante el gobierno de Bartolomé Mitre se implantó el unitarismo de hecho -ya que no podía establecérselo de derecho- en el orden nacional. Se lo impuso en lo político, manu militari, a sangre y fuego; y en lo económico, mediante el uso discrecional de la formidable herramienta financiera que representaba el Banco de la Provincia de Buenos Aires, reformulado en octubre de 1863, que emitía los pesos papel que se forzaba a las provincias a admitir. Dalmacio Vélez Sársfield, el doctor Mandinga (a la sazón, ministro de Hacienda de Mitre), se había percatado de la evidente contradicción y propuso la nacionalización del banco, pero se topó con la negativa de los más recalcitrantes del porteñismo (que constituían la base del partido de don Bartolo, quien nada efectivo hizo, al contrario; para impulsar y favorecer la iniciativa de su ministro).
Llegado en 1868 Domingo Sarmiento a la presidencia de la República, no estaba dispuesto a tolerar que el Banco de la Provincia de Buenos Aires continuara siendo el emisor principal (y por ende, árbitro) de la moneda circulante en todo el país, no porque ello repugnara a un criterio federalista que muy lejos estaba de tener (no era hombre de partido y se jactaba de ello: “yo soy Don Yo”, decía de sí mismo); sino porque, gran ególatra, no cabía en su concepción del gobierno el estar sujeto a la dependencia de un organismo provincial en una cuestión capital cual lo era la monetaria, por más que gobernara en Buenos Aires Emilio Castro, alsinista, y que los billetes de ese banco fueran aceptados en las provincias no ya por la prepotencia de los fusiles del ejército nacional como en épocas de Mitre; sino porque estaban respaldados con nada menos que un encaje en oro equivalente a 7/8 del total del circulante. En 1872, Sarmiento consiguió que el Congreso (que hasta poco antes había sido desfavorable a su gobierno, pues la mayoría la detentaba su más enconado adversario, el mitrismo; ecuación esta que había logrado modificar en su quizá única demostración de habilidad política: el aumento de diputados de resultas del censo de 1869) votara una ley que estipulaba la creación del Banco Nacional, entidad mixta que reuniría capitales estatales y privados, sería administrada por particulares e iniciaría sus operaciones en noviembre del año siguiente.
Los capitales estatales se constituyeron con 10 millones de pesos oro provenientes del empréstito de Obras Públicas por un total de 6 millones de libras esterlinas al 88,5% con 3,5% de comisiones colocado en Londres en 1870, fondos estos que llegaron al país al año siguiente y que el gobierno había depositado en cuenta corriente en distintos bancos, pero la mayor parte, en el de la Provincia de Buenos Aires. Consecuentemente, la abundancia de oro condujo a la baja de la tasa de interés y al aumento de la liberalidad en la concesión de los créditos. El dinero se prestaba a manos llenas y se importaba a mansalva. Pero a fines de 1873, el gobierno nacional necesitó extraer los 10 millones destinados a capitalizar el Banco Nacional y además; el oro necesario para girar a Londres el semestre de las garantías ferroviarias y los servicios de la deuda externa. La economía se frenó, se produjeron muchas quiebras comerciales y el Banco de la Provincia de Buenos Aires sufrió corridas, no por retiro de depósitos; sino por el impedimento de satisfacer la demanda cada vez más creciente de quienes solicitaban convertir sus pesos en oro.
Al asumir Nicolás Avellaneda el 12 de octubre de 1874 la presidencia de la Nación, la situación no era de crisis, pero sí preocupante. Muy. El 14 de mayo de 1875, el gobernador de Buenos Aires, Carlos Casares, recibido del cargo apenas trece días antes y que hasta allí se había desempeñado durante nueve años como presidente del Banco de la Provincia de Buenos Aires, se constituyó en el despacho de Avellaneda para anunciarle a éste que dicha entidad ya no tenía oro para enfrentar las corridas. Quince días más tarde, el presidente del Banco Nacional, Juan Nepomuceno Anchorena, luego de una áspera discusión con quienes hacían cola en la ventanilla de conversión, enrostrándoles airadamente a éstos su “carencia de patriotismo y de confianza en el país”, fue a verlo a Avellaneda para interiorizarlo de la situación. No quedaba otro arbitrio que declarar el curso forzoso y así se hizo. Paradojalmente, lo que parecía ser la catástrofe financiera; se convirtió en el remedio (bien que circunstancial y efímero) para la economía: se redujeron notablemente las importaciones, aumentaron las exportaciones, despuntó una industria nacional y aunque tibiamente, se adoptaron medidas proteccionistas y algunos hasta insinuaron la conveniencia de expropiar los ferrocarriles ingleses. Los bancos extranjeros mezquinaron los créditos a la naciente industria, lo cual trajo aparejado el crecimiento de las entidades nacionales; no había oro, pero sí había papel moneda y éstas últimas lo prestaron generosamente. 


En apretada síntesis, ese fue el proceso de creación de la entidad financiera y esa era la situación al asumir Wenceslao Pacheco en 1879 la presidencia del Banco Nacional. El crecimiento que tuvo la misma durante la eficaz y exitosísima gestión de Pacheco fue exponencial, tanto en la expansión de la cartera de clientes; como así también en lo patrimonial y en el resultado neto de utilidades.
A principios de marzo de 1885, el presidente Julio A. Roca lo llamó a integrar su gabinete como ministro de Hacienda.

Félix Luna insinúa y otros afirman, que influyó en esa decisión la común circunstancia de ser coetáneos y ex alumnos del Colegio de Concepción del Uruguay. Particularmente, no me parece que haya sido ese un factor relevante y mucho menos decisivo, porque Roca era cinco años menor que Pacheco, de modo que si bien habían estudiado los dos en el mismo colegio; no fueron condiscípulos. Y suponer al Zorro teniendo en cuenta tal nimiedad a la hora de elegir al hombre para encargarle en ese momento la cartera de Hacienda, implica no tener una idea acabada y certera de su índole. Los motivos para haber llevado a Pacheco al ministerio hay que buscarlos en la coyuntura política y en la naturaleza personal del presidente: a fines de 1884, la escasez de oro tornó imposible la continuidad de la conversión del peso papel, y Roca y su ministro de Hacienda por entonces, Victorino de la Plaza, emitieron en enero de 1885 un decreto por el cual se suspendía la misma por dos años, imponiéndose así el curso forzoso (otra vez y van…). En marzo, el coya De la Plaza renunció su cartera y entonces, el presidente convocó a Wenceslao Pacheco. Ocurría que, además de la difícil situación financiera que debía atender; Roca estaba empeñado en frustrar a como diese lugar la candidatura presidencial de Dardo Rocha (a quien consideraba “un Catilina capaz de todo”), la cual se financiaba a través del Banco de la Provincia de Buenos Aires. Llevar a Hacienda al presidente de la entidad competidora de éste, el Banco Nacional, acción complementada con la de designar a Pellegrini (hasta poco antes, impulsor de y adherente a, la postulación rochista) para encomendarle la gestión en Europa de un nuevo empréstito que trajera oro a las arcas fiscales exhaustas (y de paso, distanciarlo definitivamente de Rocha), fue una jugada maestra de ajedrez político por parte del Zorro. Para 1886, la crisis financiera -que no llegó a convertirse en económica- había pasado y el oro, que en diciembre de 1885 había rozado los 145 centavos, estaba en 110, es decir, apenas por encima de la par. En cuanto a Rocha, hubo forzosamente de resignar sus aspiraciones presidenciales y (después de una intentona revolucionaria que no llegó a plamarse y quedó sólo en los “planes”) los restos de su naufragio se nuclearon, más o menos de mala gana, con el resto de la oposición al roquismo (mitristas, bernardistas, sarmientistas, delvallistas y demás istas) en una bolsada ‘e gatos denominada Partidos Unidos. 

En las presidenciales de abril, la fórmula oficialista Miguel Juárez Celman-Carlos Pellegrini se impuso cómodamente en todo el país; excepto Buenos Aires y Tucumán (en Salta no hubo comicios).



Y hasta se dio el lujo Wenceslao Pacheco de impulsar la creación del Banco Hipotecario, que se fundó a partir de la ley 1804 votada por el Congreso el 24 de setiembre de 1886, menos de un mes antes del traspaso del poder de Roca a Juárez Celman el 12 de octubre. Recibido este último de la presidencia, confirmó a Pacheco como ministro de Hacienda, en un intento por evidenciar ante la opinión pública que su política habría de ser la continuación de la de su antecesor en el cargo.
Lo cual trascartón nomás, se comprobaría que no era cierto.


Continuará

2 comentarios:

  1. Tanto el título que hace referencia a los Redondos como la frase de Larralde llamaron mi atención, pero ahora quedé enganchado con la historia de Wenceslao.
    Hay mucha gente que suele comparar la presidencia de Juarez Celman con el menemismo. Tendría que estudiarlo mejor para sacar mi propia conclusión.
    Esperaremos por la tercera parte. Buen relato.

    Saludos!

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  2. Me alegra que te haya interesado este artículo con entrega por partes. Procuré hacerlo atractivo apelando en el título a esa expresión popular que usó el Indio en la letra de "Maldición, va a ser un día hermoso"; porque en general, los argentinos solemos ser reacios a analizar nuestro pasado, especialmente en lo referido a economía. Particularmente, discrepo con quienes comparan, como muy acertadamente citás, la presidencia de Juárez Celman con el menemismo, no solamente por el paracronismo de pretender asimilar épocas distintas; sino también porque eso es precisamente lo que en el imaginario colectivo instaló Cavallo, queriendo convencer a la gente de que la convertibilidad implantada durante el menemato era idéntica a la que se buscaba una vez caído Juárez Celman. La verdad (para mí) es que más allá de que los argentinos estemos empeñados, por desconocimiento de nuestro pasado, en reiterar errores; lo cierto es que Juárez Celman, aún con todos sus defectos y falencias (que eran muchos) tenía al menos un sentido del honor nacional del que el ladri de Anillaco carece por completo. Nunca sirve para comprender el pasado la comparación entre épocas distintas, al contrario; eso sólo conduce al error. El camino es el inverso: entender la historia para saber el porqué del presente.
    Acabo de publicar la tercera parte, y en la próxima, citaré las conclusones que extraje de todo esto. Saludos.

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