sábado, 9 de mayo de 2015

WENCESLAO PACHECO. ¿QUIÉN PAGÓ LOS PLATOS ROTOS DE LA GIRA? TERCERA PARTE

























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

¡Triste recurso, cuando se apela al diluvio para regar los campos! Este chaparrón de nuevo papel moneda, nos ahogará. (Semanario Don Quijote, 20 de julio de 1890)

En marzo de 1890 la tormenta, preanunciada con señales que irresponsablemente se ignoraron, se desató por fin. En rápida sucesión, el oro subió a 260 y al mes siguiente ya estaba en 290. Y como inexorablemente ocurre, la crisis financiera trajo aparejados los consabidos cambios en el gabinete. Esta vez, la modificación fue total, porque la renuncia de Wenceslao Pacheco provocó las de los demás ministros.
El motivo fue un desacuerdo entre el ministro de Hacienda, quien había dispuesto una emisión de 2 millones de pesos por parte del Banco Nacional; y Marco Avellaneda, presidente de la Oficina Inspectora de Bancos Garantidos, quien no quiso aprobarla. Junto con Pacheco renunció, como consigné precedentemente, el resto del gabinete. Juárez Celman no dejó trascender las renuncias, pues confiaba en convencer a los ministros de que conservasen sus carteras; pero ocurrió que alguien se fue de boca (por lo visto, los “secretos” del gobierno eran como los amores de las putas; conocidos por todo el mundo) y la cosa llegó a oídos de Miguel Navarro Viola, quien en el mitin del Frontón (13 de abril) lo anunció a voz en cuello en su encendido (y destituyente) discurso opositor.
Y entonces, al presidente no le quedó otro camino que darlas a conocer a la opinión pública y aceptarlas; tras lo cual se reunió con el vice, Carlos Pellegrini, para examinar la situación.
En abril de 1890, Pellegrini jugaba a dos puntas. Su relación con Juárez Celman podría definirse como de una “aparente cordialidad”, desde el verano de 1889, cuando estando él a cargo del gobierno por las vacaciones del presidente, el círculo áulico de este último instigó y organizó una revolución en Mendoza para derrocar al gobernador Tiburcio Benegas; pero Pellegrini -en contra de los deseos e intenciones de Juárez Celman, por descontado- lo hizo reponer. Al inseguro y desconfiado Burrito cordobés se le exacerbó el recelo hacia el vice; pese a que el Gringo le explicó que había procedido así para respetar las prescripciones constitucionales y evitar “un escándalo público”. El 29 de setiembre de 1889, Carlos Pellegrini le escribía desde Europa a su hermano Ernesto, a propósito del plan de venta de tierras públicas ideado por Pacheco que mencioné en el capítulo anterior: “La venta de 24.000 leguas en Europa sería una calamidad que nos costaría la vida. Sería crear una Irlanda en medio de la República y sacrificar el porvenir de la Nación por dificultades del momento”. En público, el vice no aparecía como distanciado del presidente; pero en privado, expresaba su total desacuerdo con las medidas económicas que éste adoptaba, y entonces, procuraba convencer a Juárez Celman de que debía cambiar su política. Apenas tres meses después, se haría patente su acuerdo con Roca para provocar la renuncia del Burrito cordobés y asumir él la primera magistratura del país.
Por ahora, Pellegrini le sugería a Juárez Celman un gabinete integrado por figuras políticas que generaran consenso e inspiraran respeto y confianza. El presidente aceptó el consejo y tan buena impresión causó el nuevo gabinete en la opinión pública al darse a conocer los nombres de quienes lo integraban, que instantáneamente el premio del oro bajó a 230.
Juárez Celman nombró a: Francisco Uriburu en Hacienda, Nicolás Levalle en Guerra, Amancio Alcorta, abogado, catedrático y diplomático muy prestigioso que había sido ministro de Roca (y después, en su segunda presidencia, volvería a serlo); en Justicia e Instrucción Pública, Roque Sáenz Peña en Relaciones Exteriores y Salustiano J. Zavalía (único amigo del presidente en el gabinete) en Interior. La influencia de Pellegrini se hizo notoria por entonces: sin duda, había andado su mano (con el beneplácito de los banqueros ingleses) tras la designación de Uriburu, muy amigo suyo y de toda su confianza era el general Levalle, y ni decir tiene de Sáenz Peña, su íntimo amigo y además; socio en el bufete jurídico. Pero Juárez Celman, aparte de reservarse la cartera de Interior para darla a un incondicional suyo como Zavalía; no quiso prescindir del todo de Pacheco y lo hizo designar al frente del Banco Nacional. La última disposición de Pacheco, cuando ya tenía decidida y redactada su renuncia, previamente a abandonar el ministerio, fue un gesto amable para con los empleados del mismo: de la partida Eventuales del presupuesto, les hizo dar un adicional equivalente a un mes del sueldo que cada uno de ellos percibía.Francisco Uriburu, el nuevo ministro de Hacienda, era considerado por la banca inglesa y en especial por la Baring Brothers, un economista de los llamados serios. Su estrategia consistía básicamente en la conciliación: en lo externo, apuntaba a lograr acuerdos con los banqueros a fin de consolidar la deuda, de modo de patear la pelota hacia adelante, sorteando la coyuntura y teniendo buen cuidado de no caer en el repudio de la deuda o en lo que pudiera ser interpretado como tal; y en lo interno, mantener un tipo de cambio alto de modo de favorecer las exportaciones; todo ello en el marco de una política moralizadora de manera de quitar argumentos a la oposición y generar un clima de confianza. Se trataba, en síntesis, de retomar en lo posible el paz y administración de la etapa roquista... pero con Juárez Celman en la presidencia y Pellegrini detrás del trono; en vez del Zorro.
Alentado por el impacto positivo provocado por su nuevo gabinete, Juárez Celman inauguró, el 11 de mayo, el período de sesiones ordinarias del Congreso. Fue el suyo un discurso optimista y tranquilizador: se refirió a la crisis financiera atribuyéndola al agio, la especulación y el abuso, señaló que a pesar de ella; el crecimiento continuaba, mencionó que se avecinaba una excelente cosecha de cereales, saludó a la oposición y expresó sus plácemes por el surgimiento de un nuevo partido, anunció que su gobierno se proponía llevar adelante reformas en la ley electoral incluyendo la representación de las minorías y finalmente, destacó que por primera vez en muchos años, la balanza comercial había arrojado saldo favorable en el primer trimestre del año.
El discurso presidencial había sido sincero: el liberalismo de Juárez Celman lo llevó a alegrarse por el surgimiento de la oposición que seguramente se traduciría en una nueva expresión partidista, era cierto que alentaba el propósito de otorgar representación a ésta en el Congreso, era verdad que se esperaba una cosecha récord y en efecto, el superávit comercial había sido nada menos que de 40 millones. Los miasmas de la crisis parecían disiparse al soplo de una brisa renovadora. Pero como en la fábula de Esopo, el problema del Burrito cordobés estaba en su naturaleza, y su fugaz consciencia se perdió al igual que se pierde una falena en enloquecido vuelo alrededor de una lámpara encendida.
En la sesión del Senado del 9 de mayo, Aristóbulo del Valle, senador por Buenos Aires, denunció que circulaban billetes emitidos clandestinamente por el Banco Nacional, que desde abril presidía, como vimos, Wenceslao Pacheco. El asunto denunciado era grave; pues aparentemente se ponía en circulación papel moneda mediante emisiones no autorizadas previamente (el gobierno las haría después en el Congreso, a fines de junio en diputados y el 1 de julio en senadores) y se daba en un sentido absolutamente opuesto al rumbo que se proponía imprimirle Uriburu a la economía. El ministro pidió derechamente la salida de Pacheco, pero Juárez Celman se negó a echarlo y no paró ahí, sino que además le exigió, a través del ministro del Interior, Zavalía; la renuncia a Uriburu y éste se la mandó inmediatamente, anunciando, a gran estrépito, que “el ministro (es decir, él mismo) remaba hacia adelante y el Banco Nacional hacia atrás”. El ministro de Justicia, Alcorta, se solidarizó con él y renunció también. El premio del oro trepó a 314 y la crisis financiera se tornó (en realidad, siempre lo fue, pues imposible es que haya buena economía sin buena política) institucional, produciéndose la revolución del 90 o revolución del Parque, que daría por tierra con el gobierno del Burrito cordobés.
En las próximas entregas, veremos, estimado lector, cómo terminó la cuestión y elaboraremos las conclusiones.

Continuará

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