jueves, 7 de agosto de 2014

LOS PECADOS DEL TANGO (SEGÚN LA BIBLIA DE UN MAL PARIDO)
































































Escribe: Juan Carlos Serqueiros


El artista se debe únicamente al público y no debe tener nunca, creo yo, ningún matiz político. (Carlos Gardel)

El azar hizo que, sin proponérmelo, tuviera que toparme con un "artículo" (de alguna manera debo llamarlo) de cierto pseudo periodista español bruto e imbécil cuyas iniciales son diego alfredo manrique (el uso de minúsculas es adrede y en sentido bien peyorativo, además) inserto en el pasquín también español El País (periodicucho este manifiestamente anti argentino), a cuyo vómit... quiero decir, a cuyos tenor y contenido puede usted acceder, estimado lector (siempre y cuando le dé el estómago para semejante proeza, claro), a través de este ENLACE (advertencia: tenga a mano cantidades industriales de Dramamine, p.l.q.p.p).
El cagatintas manrique, que "escribe" en el citado libelo inmundo en la sección Cultura (?), lo hace "inspirado" en las idioteces vertidas por otro sujeto de similar laya y que calza los mismos puntos; un italiano a quien voy a mencionar también por sus iniciales: dimitri papanatas... no, perdón, me confundí; no es papanatas, sino papanikas (respecto a las minúsculas, ídem anterior), el cual anuncia (al igual que vienen haciéndolo otros tantos estúpidos como él desde fines de siglo XIX) en un librejo tan despreciable como su indigna persona, "la muerte del tango", al cual en su infinita estulticia califica de "mito de la identidad nacional argentina" y al que le atribuye, con el desvergonzado e insolente léxico propio de un sujeto de su calaña, surgir de "la historia de un sueño constantemente fracasado: la edificación de una nación que hasta hoy ha existido solamente en las fantasías coercitivas de sus clases dirigentes" (ver a través de este ENLACE). Cabría preguntarse desde qué pedestal un tanito lordo como ese cocoliche ridículo, osa emitir juicios de valor y llega hasta ¡escribir un "libro"! sobre un país y una música acerca de los cuales ignora absolutamente todo.
Pero dejemos a este individuo de baja estofa y volvamos al otro canalla, es decir, al grotesco manrique: haciéndose eco de las memeces del italiano y alabando su ignoto librejo con una obsecuencia propagandística que mueve a la náusea, este viejo maricón y rastrero más claque que panegirista, se permite abundar en consideraciones citando una de las tantas frases con las que Leopoldo Lugones manifestó su disgusto por el tango; menciona entre sus "pecados" la grabación de ¡Viva la patria! "en honor del general Uriburu, que inauguró en 1930 la era del golpismo", por parte de Carlos Gardel, sindicando de paso a éste de "anteriormente simpatizante de liberales y radicales"; y no se priva de acusar a Astor Piazzolla (al cual, entre otras "lindezas", le imputa simpatías fascistoides y ser un veleta) de "lamer las botas de los militares", a los cuales habría "agradecido" con "su álbum Mundial 78" y creando el tango Los Lagartos.
Y si uno no conociera hasta dónde puede llegar el cinismo (¿o hijoputez?) de semejantes poligrillos alquilones; podría incluso asombrarse ante la desvergüenza que evidencian al pontificar sobre temas de los cuales no entienden un pepino. Imaginemos, querido lector, a un periodista japonés que ni siquiera sea capaz de ubicar a Venezuela en el mapa, arrogándose las sapiencia y aptitud necesarias como para anunciar con grandilocuencia "La muerte del joropo. Breve historia política del joropo en Venezuela", y aseverando que la nacionalidad venezolana es una "fantasía coercitiva de sus clases dirigentes"; y a otro periodista, pongamos... chino, elogiándolo en un diarucho de ínfima categoría y tachando a Juan Vicente Torrealba por grabar un joropo en honor a un golpe de estado y acusando a Simón Díaz de connivencia con una tiranía militar. ¿Puede usted concebirlo? ¿No? Bueno, quien suscribe, tampoco puede. "Es tan chiflado y obnubilado / que puede ser..." (Solari dixit). Y sin embargo, eso es exactamente lo que hizo ese patético par de eunucos mentales.
En balde sería tratar de explicarles a esos pelafustanes que Gardel les grabó a sus amigos Anselmo Aieta y Francisco García Jiménez el tango ¡Viva la patria!, no "en honor del general golpista Uriburu" como temerariamente dicen esos nabos ignorantes; sino como una expresión lírico-musical de júbilo ante una revolución (que tuvo el respaldo y la adhesión mayoritaria del pueblo argentino, dicho sea de paso) que derrocó a un gobierno que venía evidenciándose como insoportablemente ineficaz. Y seguramente, la dupla de burros no sabe tampoco que el autor de la letra era, además de poeta; escritor e historiador, así como ignora que Gardel no tenía simpatías partidarias por ninguno de los sectores en pugna.
En vano sería, además; pretender que comprendan que tildar de "fascistoide" a Piazzolla es un completo delirio, toda vez que el tango Los Lagartos lo compuso inspirado en el fuego patriótico que en su corazón encendió la toma por parte de nuestras tropas de las islas Georgias del Sur (tal como lo sentimos el 99% de los argentinos en nuestra lucha por la recuperación de un suelo que nos fuera arrebatado), ignorando por su parte (lo mismo que la mayoría de nuestros compatriotas) quién era Astiz, y en cuanto se enteró, lo suprimió de su repertorio de por entonces; pero siendo tan bella la melodía que había creado, decidió conservarla, trocando su título en Tanguedia. Todo lo cual sabrían, si se hubieran tomado la molestia de indagar qué tenía para decir al respecto el mismísimo Piazzolla, quien según sus propias palabras: "Me impactó ver en televisión ese hecho heroico. Me gustó todo, el nombre ('Lagartos') y ese acto machazo de tomar las Islas Georgias del Sur. Yo no sabía quiénes eran, solo vi un grupo de argentinos poniendo el pecho por mi país. A los pocos días que dediqué el tema vino un amigo y me dijo: '¿Qué hacés? ¿Estás loco?', y me contó todo. Ahí me desayuné quién era Astiz. Ahí mismo borré el tema del repertorio, pero no lo tiré; era muy lindo". En cuanto al disco que el necio de manrique menciona como "Mundial 78", se llamó en realidad Piazzolla 78 y fue grabado y concebido en diciembre de 1977 por ese extraordinario músico que fue Astor, en Italia, con la producción de Aldo Pagani. Sus títulos giraban en torno al fútbol, no por "agradecimiento" del autor a la tiranía militar como afirma ese zonzo rematado, sino por una cuestión puntual de mercadeo: el Mundial que estaba próximo a realizarse en la Argentina; pero cuando el material se reeditó en cd, la productora cambió los titulos tanto del disco (que pasó a ser Chador), como de los temas que en él se incluían; simplemente porque dicho evento ya había pasado largamente.
Pero claro, es inútil y ocioso intentar que sujetos de esa catadura ético-moral y de paupérrimo nivel intelectual entiendan que a los artistas se los evalúa por la calidad de su arte y no se los juzga como si se tratase de políticos, tal como lo hacen estos dos impresentables mamarrachos genuflexos y arrastrados que ora critican, ora alaban, según dispongan quienes les bajan línea y convenga mejor a $u$ intere$e$.
Y sería gracioso escuchar qué diría ese aprendiz de tentetieso de papanikas si supiera que la frase de Lugones que citó para "demostrar" el rechazo de éste hacia el tango, era representativa del desprecio que sentía precisamente por... ¡los italianos!, es decir, los tanitos compatriotas de papanikas a los que llamaba "los salvajes italianos" y a los cuales les atribuía una conspiración para imponer, a través y con el "auxilio" del, tango, el marxismo en el mundo. En fin, esas cosas del bueno de don Leopoldo... Pero sinceramente, hasta pagaría entrada yo para verle la caripela al payasesco spaghetti al saberlo. "Para que no perciban tu porteño sabor / los que llevan la mugre del espíritu gringo" (Carlos de la Púa dixit).
Párrafo aparte para el manolito manrique y su sandez que no reconoce límite alguno, que probablemente se contaba entre los que tuvimos los argentinos que auxiliar con nuestro trigo porque estaban, él y sus compatriotas, literalmente cagados de hambre, súbdito de una monarquía de tercer orden ejercida desde hace nada menos que tres siglos por una dinastía degenerada de borboncitos reyezuelos cretinos, orates y cornudos y reinas putas y ladronas, "ciudadano" de un país que soportó sin rechistar una dictadura franquista de ¡39 años! y con una nacionalidad artificiosamente mantenida a fuerza de clips, plasticola y banditas elásticas, que a cada segundo amenaza con fragmentarse en (con suerte) cuatro o cinco pedazos.
Tan luego él, ese esperpento miserable, opinando del tango y la nacionalidad argentina y haciendo la claque a un italiano esquenún. Por favor...
¡Qué no daría yo por tenerlos unos minutos al alcance de la mano!

-Juan Carlos Serqueiros-



miércoles, 23 de julio de 2014

POR SANTA ROSA ME VOY AL RÍO





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Quizá, quienes hayan andado por los pagos correntinos, sepan la historia de esta canción. Para aquellos que no la conozcan, se las cuento:
Santa Rosa es una estancia situada a pocos kilómetros (tres o cuatro a lo sumo) de Itatí. Del pueblo parte un camino vecinal que lleva al sitio (y a las barracas del río Paraná), camino este que se "despertaba" al amanecer con el pregón de Rolón, el vendedor de sandías, que tenía su quinta o chacrita cerca de allí; y que se desandaba en las tardecitas con el transitar por él de Dorico (Odorico Romero), el "loco del pueblo", que volvía a su ranchito. Esos son los personajes a quienes se menciona en la letra.
Dorico era un loco bueno que tenía una obsesión: no quería que le pisaran su sombra, porque ésa era su única amiga. Y un día, temió que un camión que por allí pasaba, lo hiciera; entonces, para evitarlo se cruzó, muriendo arrollado.
La tragedia de Dorico, que prefirió morir a vivir sin su única amistad, la sombra; le inspiró a Juan Genaro “Cacho” González Vedoya la poesía que, musicalizada por Antonio Tarragó Ros con una bellísima melodía, se convirtió en este sentido y hermoso chamamé.
Siéntalo. Disfrútelo.

POR SANTA ROSA ME VOY AL RÍO
(Antonio Tarragó Ros-Juan González Vedoya)

Camino de Santa Rosa te estás borrando
camino donde la luna andaba de a pie,
Rolón por las madrugadas te despertaba,
Dorico te regresaba al anochecer.
Tu siesta me está llamando desde el verano,
aroma de tus pichanas y cielo azul,
a pierna suelta se duerme tu cambá bolsa,
borracho con vino dulce de guapurú.
Por Santa Rosa me voy al río,
pinto mis manos de azules,
tiño mis ojos de verdes,
lleno mi boca de grillos;
por Santa Rosa me voy al río.
Una luna lavandera trajo la noche,
con un atado de ropas para lavar,
una luna lavandera está de cuclillas
y en el arroyo retuerce su delantal.
Camino de Santa Rosa te estás borrando,
qué lejos en tus barrancas está el morir,
tu cielo toca mi frente si te regreso
y el sol madura en arena y ñangapirí.
Por Santa Rosa me voy al río…

domingo, 20 de julio de 2014

¿VAMOS AL BAL DE L'INTERNAT?







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Ellos se convertirán en burgueses serios, en magistrados severos, en sabios médicos; pero no olvidarán esas horas paganas de su juventud. (Stéphane, La Chronique Politique-Littéraire-Economique, Varieté, Le Bal de l'Internat, 1 de noviembre de 1913)

El Bal de l'Internat (Baile del Internado) era y es una fiesta que anualmente celebran los practicantes de los hospitales parisinos.
En 1802 Napoleón Bonaparte impulsó la legislación por la cual el Estado francés fijaba los programas para las carreras de medicina y farmacia, se creaban los hospitales estatales y se regulaba la venta de medicamentos y vacunas. En ella se establecía que los estudiantes de medicina pasaban a ser internos, es decir, practicantes, en dichos hospitales una vez que hubieran finalizado el cuarto año de la carrera y después de aprobar un doble examen: escrito y oral.
Y surgió la costumbre del Bal de l'Internat a partir de algún lejano año del siglo XIX que no puede precisarse, que se convertiría en uno de los más emblemáticos eventos parisinos, y del que si bien se ignora desde cuándo comenzó exactamente a celebrarse; sí se sabe con certeza que a mediados de siglo, tout París anhelaba ser invitada al mismo. Y fue a partir de 1880, y muy especialmente en la Belle Époque, que alcanzaría su máximo esplendor.
A lo largo de los años se realizó en varios sitios, como por ejemplo el Luna-Park, la salle Wagram, el Tivoli Vaux-Hall, etc.; pero le lieu par excellence para el evento fue sin dudas la salle du bal Bullier, que estaba ubicada en el número 31 de la avenue de l'Observatoire, intersección con le Boulevard Saint-Michel. 










Su propietario, François Bullier, la había adquirido en 1843 y la había ampliado y reformado, pintándola de vivos colores, dotándola de iluminación con lámparas a gas y de un jardín en el cual plantó mil lilas. Chez Bullier era, al igual que el Moulin Rouge, el Chat Noir, el Moulin de la Galette, etc., uno de los reductos y baluartes de la bohemia parisina. Allí se daban cita artistas y putas, allí se celebraron bailes que quedaron legendarios, y allí se festejó, durante casi un siglo, el Bal de l'Internat.
Bullier cerró sus puertas para siempre en 1940. En sus muros y paredes, en sus mesas y sillas, en sus jardín y arboleda, quedaron grabados los sueños, las inquietudes, glorias y miserias de los personajes que allí estuvieron en lejanos días irremisiblemente velados tras la noche silente de los tiempos. No hay más bohemia, todo es chusmear (Indio Solari dixit).
El Bal de l'Internat era todo un evento que se anunciaba en la prensa y a través de afiches publicitarios. El mismo principiaba con un desfile por las calles de París, proseguía con representaciones teatrales cuya temática era estipulada por el Comité de l'Internat, luego con el Concours de beauté, y culminaba con el baile propiamente dicho (que a partir de 1894 sería de disfraces). Y los diarios y revistas reflejaban el acontecimiento durante semanas e informaban al público a través de detalladas crónicas.
Lo usual era que cada uno de los hospitales organizara sus propios parade y représentation théâtrale. Los estudiantes de la École des Beaux-Arts (los cuales eran invitados de rigor al evento) fueron entusiastas colaboradores en la organización del mismo, pero además; se contrataba a consagrados artistas para el diseño y la confección de afiches, decorados, escenografías y bannières.
Y también las cartes d'invitation tanto para hommes como para dames (distintas unas de otras), las cuales, osadas hasta rozar incluso la procacidad; eran en sí mismas verdaderas obras de arte.










Curiosamente (o quizá no tanto), el de 1968, justamente el año del Mayo Francés, fue el que marcó lo que pareciera ser el ocaso de una fiesta tradicional; pese a lo cual a partir de esfuerzos cada vez más puntuales y aislados, la dura batalla por evitar que fenezca, continúa. Desde la dimensión en la que se encuentren, las almas de Esculapio, Paracelso y otros, se estarán sumando en pos del triunfo final.
Ah, no quería olvidarme: en 1914, coincidentemente con la tan ansiada Reglamentación del Internado y a inspiración del que se realizaba en París, comenzó a celebrarse en Buenos Aires un baile homónimo, el cual contó con la entusiasta adhesión de grandes figuras del tango como Eduardo Arolas, Francisco Canaro, Augusto Berto, Domingo Greco, Osvaldo Fresedo, Julio De Caro, etc.
Pero es nuestra Argentina una nación aluvional, y entonces un poco por eso, otro poco por la piqueta fatal del progreso (Víctor Soliño dixit), otro poco por las bromas macabras y los excesos que desafortunadamente culminaron en un hecho luctuoso, y otro poco (o mejor dicho, mucho) por la prédica del diario "serio" (?) La Nación; en 1924 el Baile del Internado fue prohibido por las autoridades.

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 6 de julio de 2014

EL PADRE DE LA CONVERTIBILIDAD. TERCERA PARTE

















Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Este sistema satisface todas las exigencias y suple todas las necesidades de nuestra economía; ha respetado todos los intereses vinculados a la moneda y todos los derechos adquiridos sin causar perturbaciones; ha creado una moneda nacional propia, sana y estable que representa la riqueza del país y se alimenta de todas las fuerzas vivas de la Nación, que se aumenta o restringe según las necesidades y que nos ha producido el gran beneficio de tener dinero a bajo interés impulsando al comercio y la industria. (José María Rosa)

Ocho días antes de la asunción de Roca, esto es, el 4 de octubre de 1898; en un artículo del diario La Nación tomaba estado público el consejo de Ernesto Tornquist al Zorro de fijar la relación cambiaria en 1:2,50. Inmediatamente, los sectores financieros vinculados a la Bolsa apedrearon la casa de aquél y las de Rosa y Romero.
Por otra parte, el cielo de la política nacional ennegrecía con densos nubarrones que preanunciaban la tempestad de una cerrada oposición al gobierno. Los diarios y revistas, con La Prensa, La Nación y Caras y Caretas al frente; batían sin cesar el parche de la crítica, muchas veces virulenta. Sólo El Diario, de Eduardo Wilde y LaTribuna, el periódico roquista, apoyaron la iniciativa del gobierno. Poco después se les sumaría también El País, fundado en 1899 por Carlos Pellegrini. 
El 30 de agosto de 1899 el Ejecutivo remitió al Congreso para su tratamiento el proyecto de ley de Conversión que establecía la misma a razón de 44 centavos oro por 1 peso papel, o a la recíproca; 2,27 pesos papel por cada peso oro. En general, se cree que el debate en torno a la cuestión dividió hondamente la opinión pública en dos porciones más o menos iguales. No hubo tal situación y de hecho, quedó aprobado en treinta y cinco días.
Pasó que había influido no poco la opinión favorable al proyecto emitida desde Europa por Pellegrini, quien allá por enero, enterado de los ataques de que había sido objeto Tornquist, le escribía a éste: "He leído en los diarios la algarabía provocada con motivo de su proyecto, veo que hubo de haber motín en la Bolsa y que estuvieron por castigarlo. De buena me he salvado pues habría apoyado la idea a riesgo de que la prensa me llenara de moretones". Y no se había limitado a eso el Gringo; sino que además había escrito a muchos opositores a la iniciativa, convenciéndolos de lo atinada y conveniente que resultaba. Fíjese usted, querido lector, que en la segunda parte de este artículo cité el apoyo de Pellegrini, mencioné lo de la edición del 7 de enero de 1899 de Caras y Caretas e incluso inserté la imagen de la tapa de la revista en la cual aparecían las "40 cartas de Pellegrini" como regalo de Reyes. Pues bien, era por lo que enuncié precedentemente. Y tanto peso tuvo la opinión del Gringo en el asunto, que esa misma revista, el 19 de agosto -días antes Pellegrini acababa de volver al país- traía una caricatura de Mayol en la cual aparecía el ministro Rosa "autorizando a subir" al oro, que preguntaba por "el doctor Pellegrini": 
 

Ni bien ingresó el proyecto al Congreso, llovieron sobre éste los petitorios, ora encomiándolo y solicitando su aprobación; ora denostándolo y pidiendo su rechazo. Tanto las adhesiones como las resistencias nos permiten esbozar algún grado de generalización en cuanto a su procedencia: de los sectores ligados a la producción agropecuaria, la industria nacional, la exportación y el comercio interior las primeras; y de los vinculados a la banca extranjera, la especulación financiera, los negocios bursátiles y el comercio de importación las segundas.
En la primera parte de este artículo sostuve que no se podía comprender la Ley de Conversión analizándola desde los prejuicios ideológicos, los criterios economicistas y la visión maniquea de la historia. Es tan simplista e inexacto afirmar que su sanción respondió a la voluntad de privilegiar a la oligarquía terrateniente, como lo es el atribuírle la condición de panacea para todos nuestros males económicos; porque lo real y concreto es que los liderazgos políticos de la época (Roca y Pellegrini) supieron convencer a la élite dominante de la necesidad de aceptar medidas tendientes a la admisión e inclusión de nuevos actores en el escenario y la atención de situaciones que, de otro modo podrían ser capitalizadas por el "partido de desorden" (el radicalismo).
Por supuesto, la aquiescencia prestada no fue entusiasta y ni siquiera fue voluntaria; pues no los unía el amor, sino el espanto; y si agarraron viaje fue por aquello de que "el que se quema con leche, ve la vaca y llora" (recordaban los desaguisados del unicato de Juárez Celman y también sus consecuencias). Y desde luego, no todos lo entendieron ni estuvieron conformes: los especuladores y agiotistas no se resignaron nunca, porque como dijo cierto general que supo ser la figura rectora de la política nacional durante treinta años, "la víscera que más nos duele a los argentinos es el bolsillo"; una buena parte del mitrismo, que tenía una pata en cada sector y cuya opinión era recogida por el diario La Nación; el excesivo dogmatismo al que se atenía el otro gran diario, La Prensa, tal vez con el adicional de la malquerencia que separaba a su propietario y director, Ezequiel Paz, del presidente Julio A. Roca (su primo, pues la madre del Zorro era una Paz); y en fin, la revista Caras y Caretas, para la cual todo aquello que oliera a roquismo era pasible de ser satirizado. Pero bueno, tan cierto es que por más que se procure contemplar todos los intereses, siempre habrá algunos que pierdan algo; como lo es que no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos. 
El 9 de setiembre se leyó en el Senado una nota presentada por la Bolsa y las cámaras de comercio española, francesa e italiana, en la cual se instaba a no aprobar el proyecto, fundando la objeción en que el Estado debía abstenerse de intervenir "depreciando su propia moneda" en "los fenómenos sociales y económicos cuyo proceso natural no debe contrariarse, dejando que los esfuerzos y luchas individuales regulen los intereses generales". Y el 12 del mismo mes, en otra nota firmada por "3.961 ciudadanos argentinos y extranjeros" se pedía lo mismo, basándose en que el Estado se había comprometido a convertir la moneda "por su valor escrito a la par, y no es posible que pretenda ahora cumplir con esa obligación entregando a los tenedores de esos billetes un 44%" y en que "lo único que se hace es poner límite arbitrario a la valorización del papel, pero de ningún modo a su depreciación".
Pellegrini, en uno de sus grandes y memorables discursos en el Senado, demolió esas objeciones. Demostró, con elocuencia extraordinaria y efectiva, que tales aseveraciones se hacían desde la ignorancia de la legislación, ya que habían tres monedas en curso: el peso oro, el peso plata y el peso papel, y que el Estado, así como había fijado valor al primero y al segundo; tenía derecho a hacerlo con el tercero. Y con respecto al pronóstico agorero de que la conversión no podría mantenerse en tiempos económicos adversos y que en función de ello más valdría no implementarla, sostuvo: "Se dice con todo el aparato de un argumento contundente que si mañana la producción nacional se paraliza, si sufrimos un desastre, si las cosechas se pierden, el papel moneda se depreciará y la conversión se tornará imposible. Sin dudas, si mañana un terremoto sacude el suelo, se vendrán abajo todos los grandes edificios que hoy se construyen, pero a nadie se le ocurriría, en vista de la posibilidad de una catástrofe, suspender toda edificación. El proyecto de conversión... se inicia en época de prosperidad relativa y se funda en la casi seguridad del desarrollo normal de la industria y la riqueza pública... si llegamos a ser víctimas de una catástrofe mañana, tendremos que demorar la conversión, pero ¿acaso evitaremos los efectos del desastre que nos espera con no hacer nada?". Y terminaba: "Creo que es la lucha entre los que trabajan y producen, entre el país entero y un grupo de especuladores apoyados por la prensa metropolitana... ¿De qué lado estará el triunfo definitivo? Creo que estará del lado del trabajo y la producción... El agio, ese animalito dañino, está enjaulado por este proyecto de ley y ahí quedará vigilado por el trabajo nacional, mientras no venga alguna fatalidad o desgracia a romper los barrotes de la jaula y volverlo a su libertad". Fue el del Gringo un terrible mazazo asestado al frágil andamiaje argumentativo opositor, el coup de grâce que liquidó la cuestión. Por más que Caras y Caretas del 30 de setiembre de 1899 lo reputara de "papel dorado".
El proyecto fue aprobado y quedó convertido en ley N° 3871 el 4 de octubre de 1899.
Fue el núcleo de un paquete económico que terminó de cerrarse con medidas tendientes a reducciones presupuestarias y también a la eficientización y moralización de la administración pública. Una vez puesto en marcha el plan, el doctor Rosa renunció su cartera en marzo de 1900 para dedicarse a la Caja de Conversión y su cátedra universitaria. Volvería al ministerio de Hacienda en 1911, en la presidencia de Roque Sáenz Peña.
A quienes se opusieron a la Ley de Conversión les quedaría sólo el derecho al pataleo, y siguieron en su tenaz aunque estéril resistencia.
Su implementación trajo la tan ansiada estabilidad monetaria que duró hasta 1929, en que se cerró definitivamente la Caja de Conversión. A ese momento, había acumulados en ella y los bancos, símbolos mudos del trabajo y la confianza argentinos, como activo nada menos que 1.034 toneladas de oro (que equivaldrían hoy a algo así como 60.000 millones de dólares); y como pasivo, el asiento contable de los 293 millones de pesos que eran el circulante de la época en que fue adoptada la medida y que nunca se canjearon.

Fin

-Juan Carlos Serqueiros-

sábado, 28 de junio de 2014

EL PADRE DE LA CONVERTIBILIDAD. SEGUNDA PARTE


















Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Desde 1880 van transcurridos veintitrés años de estabilidad política excesiva. Dos influencias han predominado casi absolutamente en la dirección suprema del país: la del general Roca en política; la del señor Tornquist en finanzas. (Estanislao Zeballos, 1903)
 
Roca no estaba dispuesto a correr el riesgo de una crisis como la que había estallado durante la presidencia de Juárez Celman con su secuela de bancos quebrados, iliquidez asfixiante, etc., que tuvieron que afrontar después Pellegrini y Vicente Fidel López (ver en este ENLACE mi artículo Ya se fue, ya se fue / el burrito cordobés. Tercera parte). 
Entendía que, si bien en esas condiciones de la economía, después de diez años y con los usos y costumbres hasta allí adquiridos, habíase tornado más que inviable; imposible, la conversión a una relación 1:1; era impostergable que el Estado terminara con las fluctuaciones de la moneda fiduciaria fijando un tipo de cambio que simultáneamente trajera estabilidad, favoreciera las exportaciones agrícolas, protegiera e incentivara la industria local y a la vez desalentara la especulación, a la cual atribuía todos los males (y no le faltaba razón).
Por otra parte, con su habitual agudeza Roca percibía que sólo a través de una economía sana y en crecimiento, su partido (fuera el PAN u otro a crearse -como pensó hacer hasta que Pellegrini resignó sus aspiraciones presidenciales en favor de las suyas-) podría pelearle al radicalismo (al cual reputaba de extremista) en el futuro más o menos inmediato la supremacía política. Conocía a sus paisanos y no se llamaba a engaño; sabía que Yrigoyen sería un hueso duro de roer porque no presentaba las flaquezas que sí tenía Alem y que hicieron posible su destrucción como factor político, y no se le escapaba el detalle de que hasta algunos estancieros del PAN habían jugado sus fichas por él. Y tenía también presente al que consideraba el peligro mayor: el anarquismo (de allí lo del proyecto de Código del Trabajo del ministro Joaquín V. González, el encargo del Informe a Bialet Massé, la creación de la Caja de Jubilaciones y Pensiones, etc).
Fue en ese contexto y en ese orden de sus ideas en que Roca se desenvolvió en su segunda presidencia y desde donde debe analizarse la Ley de Conversión propugnada por él luego de su consulta con Ernesto Tornquist como vimos en la primera parte de este artículo. 
El doctor José María Rosa (n. San Fernando, Buenos Aires, 09.09.1846 - m. Buenos Aires, 13.09.1929) era un jurista, diplomático, financista y docente destacadísimo. Su estudio profesional (en sociedad con Juan José Romero) era por entonces el más prestigioso y su reputación era intachable. En política provenía del republicanismo sarmientino de Aristóbulo del Valle, de quien había sido entrañable amigo y a quien había acompañado (igual que su socio y también amigo) en la revolución del Parque. Hombre de vinculación estrecha con Tornquist (que estaba entre los clientes más referenciales de su bufete), éste se lo había recomendado a Roca para ministro de Hacienda y el Zorro lo designó en ese cargo.


Pero ¿por qué Rosa y no Romero? Al fin y al cabo, el segundo había sido tres veces ministro (excelente ministro, dicho sea de paso) y de esas tres veces, en una lo había sido del propio Roca y en las otras dos, sugerido por él; estaba tan cercano a Tornquist como lo estaba Rosa; era considerado por todos (salvo Pellegrini con sus berrinches, claro) el mejor financista de nuestro país; y el período de bonanza relativa se debía en buena medida al concordato que había celebrado con los acreedores externos siendo ministro del presidente Luis Sáenz Peña. Decir Romero era decir Rosa y viceversa, pero habían dos circunstancias que hacían que, en esos momentos, para Roca fuera preferible el segundo al primero.
Una era la de que Rosa tenía añeja amistad con Pellegrini, quien como consigné en la primera parte, había criticado acerbamente el Acuerdo Romero; y entonces, designando ministro a aquél, el Zorro se aseguraba de que el Gringo no lo haría blanco de sus tiros, sobre todo; después de haber manifestado desde Europa su apoyo tanto al proyecto económico como al funcionario nombrado. Por noviembre de 1898 Pellegrini le escribía desde París a Rosa: "Me felicité de veras al saber que eras tú el candidato para ministro de Hacienda. Tienes todas las cualidades y todas las aptitudes para el puesto, y tus condiciones morales y excelente carácter te granjearán el aprecio y apoyo de los que no te conocen bien". Y no era ese en modo alguno un apoyo menor; por entonces Pellegrini estaba en el pináculo de su prestigio, tal como ilustraba socarronamente Caras y Caretas en la tapa de su edición del 7 de enero de 1899.


Y la segunda, que Rosa era por entonces presidente del Banco Nación, lo cual adquiría especial relevancia a la hora de amalgamar y sincronizar todos los aspectos del plan económico, ya que el mismo no se circunscribía a la conversión solamente; sino que significaba la puesta en planta de una estricta política monetaria a la cual el gobierno de Roca quería ceñirse. El Nación absorbía el 30% de los depósitos, y el encaje que la institución fijara, era el que se trasladaría al resto de los bancos.
Esos fueron los dos motivos determinantes para que fuera Rosa el designado. Y éste aceptó el cargo, pero puso una condición: que después de conseguida la ley, renunciaría al ministerio para que se lo nombrara al frente de la Caja de Conversión, de manera de monitorear y controlar desde allí la implementación y evolución de las medidas adoptadas, y de paso; poder volver a su estudio y a su cátedra en la universidad (que era su gran vocación), actividades estas cuyo desarrollo obviamente se le hacía imposible en razón del tiempo que le demandaba la cartera de Hacienda.
Asumió pues, Roca la presidencia el 12 de octubre de 1898 y con él, su flamante ministro de Hacienda, doctor José María Rosa (abuelo del historiador homónimo). La tarea que le esperaba no era por cierto sencilla. 
En la tercera y última parte de este artículo veremos cómo terminó la cuestión.
 
Continuará


domingo, 22 de junio de 2014

EL PADRE DE LA CONVERTIBILIDAD. PRIMERA PARTE























Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Las fluctuaciones monetarias obstaculizan el progreso material y sólo benefician a quienes sacan ventaja a costa del resto de la población. (Ernesto Tornquist, octubre de 1898)

La visión maniquea, dicotómica, simplista y parcializada de la historia nos impide a los argentinos la comprensión cabal de nuestro pasado. Ya en 1910 decía Juan B. Terán, en orden a los relatos históricos y a quienes los habían escrito: "los alegatos, los retratos deformados que contienen, revelan la dirección, la base y la intensidad de los prejuicios con que escribieron".
La Ley de Conversión de 1899 es uno de los ejemplos de ello. Muchísimos historiadores se han ocupado del tema y lo han analizado desde distintos puntos de vista, ora elogiando la iniciativa, su concreción y sus efectos; ora denostándolos, y a pesar de ello; no hemos arribado a una síntesis, es decir, a un entendimiento del mismo.
Y creo que tal cosa se debe, en buena medida, a estudiar el asunto desde una perspectiva puramente economicista que relativiza, cuando no directamente ignora, la incidencia del factor humano tomado integralmente: materia y espíritu. Y eso, nada menos que en un país como el nuestro, en el cual los personalismos han sido siempre la regla corriente de la política. ¿Y qué otra cosa es la historia si no la política del pasado?
La historiografía confeccionada en base o con arreglo a los criterios dogmáticos del capitalismo y/o del marxismo, o por lo menos; con una marcada influencia de ellos (que son, en definitiva, las dos caras de una misma moneda), es el velo que impide ver lo que en realidad ocurrió, y sobre todo; por qué y cómo aconteció, quiénes produjeron el hecho y los efectos que éste trajo aparejados.
Escribí antes que la Ley de Conversión ha tenido entre nosotros defensores y detractores. Como hongos después de la lluvia tornaron a resurgir los primeros luego de producida la controvertida convertibilidad de un peso igual a un dólar del menemismo; así como también reaparecieron los segundos a partir del kirchnerismo. Ambos "bandos" muy lejos están de buscar la verdad histórica; porque responden a sectarismos empeñados en amañar la historia de modo de identificar el presente con la época del pasado que mejor se adecue (en su febril imaginación) a sus postulados políticos y a sus conveniencias.
Pero tanto usted como yo, estimado lector, nos hallamos felizmente distantes de los intereses y prejuicios de unos y otros, consecuentemente; veamos cómo fueron en realidad las cosas.  
Era un viejo anhelo de Roca la convertibilidad del papel moneda, iniciativa que ya había intentado plasmar en su primera presidencia, cuando en el año 1881 su ministro de Hacienda, Juan José Romero, impulsó la sanción de la ley 1130 conocida como Ley de Unificación Monetaria, de la cual surgió el peso moneda nacional con patrón bimetálico (plata y oro). Las condiciones económicas del país en el contexto de aquella época, inhibieron los propósitos que se perseguían: hubo que recurrir al curso forzoso, y además; Roca encargó a Pellegrini un acuerdo con los acreedores y la contratación de un nuevo empréstito por 8.400.000 libras, en condiciones, digamos, siendo buenos... lesivas para la dignidad nacional.
Y un dato no menor: la comisión que cobró el Gringo por el negocio, le posibilitó levantar una fortuna; se fijó por ese concepto, incluídos los gastos, la suma de 800.000 pesos oro. Se consolidaba de ese modo, la tan mentada sociedad política Roca-Pellegrini, iniciada en 1880 cuando el primero era presidente electo y el segundo ministro de Guerra de Nicolás Avellaneda.
Pero había en los hechos otra sociedad, una que era político-financiera y que quizá por la índole naturalmente reservada de sus integrantes, no era tan perceptible: la del Zorro con Ernesto Tornquist. Cuando Roca subió a la presidencia en 1880, era para los porteños un provincianito, alguien que ni siquiera tenía casa propia en Buenos Aires; y fue Tornquist (un genio de los negocios, un rey Midas que convertía en oro todo lo que tocaba) uno de los primeros en percibir (ya cuando el Zorro era ministro de Guerra de Avellaneda) quién sería la figura preponderante en la política argentina durante un cuarto de siglo. Y asimismo fue él quien le "prestó" a Roca para ministro de Hacienda uno de sus alfiles: Juan José Romero (y después veremos cómo le "prestaría" otro). Posteriormente, Romero renunciaría, en desacuerdo con la política de endeudamiento que seguía el Zorro; no obstante lo cual la relación entre éste y Tornquist no solamente se mantuvo fluida, sino que además se fortalecería: en las postrimerías de su presidencia, apoyó su iniciativa de fundar una refinería de azúcar en Rosario y también aconsejó a quien lo sucedió en el cargo (su concuñado) en tal sentido. 
El desmanejo del gobierno de Juárez Celman con -entre otros factores- la Ley de Bancos Garantidos de 1887 (ver en este ENLACE mi artículo Ya se fue, ya se fue / el burrito cordobés), llevó a la emisión de billetes "convertibles" por parte de las provincias.




Producida la crisis de 1890, Pellegrini, ya presidente; y su ministro de Hacienda, Vicente Fidel López, impulsaron la creación del Banco Nación (ley 2841 del 16 de octubre de 1891), y previo a ello, la de la Caja de Conversión (ley 2241 del 7 de octubre de 1890). Pero por la falta de oro, la convertibilidad de la moneda siguió siendo, en la práctica, letra muerta.
En 1892, el presidente Luis Sáenz Peña llamó al gabinete a dos hombres cercanos a Tornquist: Romero en la cartera de Hacienda y Tomás de Anchorena en la cancillería. El tándem Romero-Anchorena cumplió una exitosa gestión, llegándose con los acreedores extranjeros al Arreglo Romero, concordato que tuvo la virtud de desahogar financieramente al país; pero que fue -tomar nota de esto- resistido tenazmente por Pellegrini, que incluso movió influencias en el Congreso para que no se aprobara y que después hasta lo criticó acerbamente en el Senado. Por motivos de política interna, Sáenz Peña le pidió la renuncia a Romero (que luego volvería a ser -"pequeño detalle"- ministro de Hacienda de Uriburu por indicación a éste de Roca). El 20 de setiembre de 1897 (siendo ministro de Hacienda Wenceslao Escalante) se sancionó la ley 3505 por la cual se disponía que la Caja de Conversión renovase la totalidad de la moneda circulante; pero seguía sin ponerse en práctica la efectiva convertibilidad.
Un quinquenio de abundantes cosechas, los benéficos efectos en la economía nacional del Arreglo Romero, y (factor este que todos quienes abordaron el tema hicieron de cuenta que no existió; pregúntese usted, lector, por qué será) la llegada de Roca a su segunda presidencia, habían traído consigo una sustancial baja del oro en relación al peso (en 1898 estaba a 158 y en 1899 a 125); lo cual significaba que las transacciones y obligaciones en moneda nacional (salarios, tarifas, fletes, tasas, impuestos y comercio interior en general) representaran en metálico una cantidad mayor de oro. Así las cosas, pareciera a priori que la baja del oro redundaría en una suba de los salarios en términos reales, ¿no? Pues no... no exactamente; porque ocurría que el país había cambiado. No estaban contentos ni los trabajadores, ni los comerciantes, ni los industriales. La revista Caras y Caretas, bajo el título "La baja del oro", con unos versos que rezaban: "Pidiendo el oro a la par, / contra el papel gritó a coro, / sin poderse imaginar / que podía reventar / por un entripado de oro", lo ilustraba así:


Roca, presidente electo, consultó el asunto con Tornquist; y éste aconsejó implementar la convertibilidad de la moneda, pero ya no a 1 peso oro por cada peso papel; sino a 1 peso oro por 2,5 pesos papel, y sugirió el nombramiento de José María Rosa en la cartera de Hacienda. Caras y Caretas en el plumín de Manuel Mayol, lo representaba como un floricultor regando una gran rosa roja (en alusión al apellido del ministro) en una maceta rotulada "Hacienda", todo bajo el título "El Floricultornquist", y como epígrafe estos versos: "A su rosa entregado / la riega sin cesar, y embelesado, / goza con su fragancia y sus matices, / sin temer que, al regarla demasiado, / se pudran las raíces". 

Roca, que como consigné precedentemente, desde siempre había querido implementar la convertibilidad y no lo había logrado, aceptó el consejo de Tornquist, hizo suya la idea y designó ministro de Hacienda a José María Rosa.
En la segunda parte veremos por qué lo hizo y cómo siguió la cuestión.

Continuará