domingo, 22 de junio de 2014

EL PADRE DE LA CONVERTIBILIDAD. PRIMERA PARTE





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Las fluctuaciones monetarias obstaculizan el progreso material y sólo benefician a quienes sacan ventaja a costa del resto de la población. (Ernesto Tornquist, octubre de 1898)

La visión maniquea, dicotómica, simplista y parcializada de la historia nos impide a los argentinos la comprensión cabal de nuestro pasado. Ya en 1910 decía Juan B. Terán, en orden a los relatos históricos y a quienes los habían escrito: "los alegatos, los retratos deformados que contienen, revelan la dirección, la base y la intensidad de los prejuicios con que escribieron".
La Ley de Conversión de 1899 es uno de los ejemplos de ello. Muchísimos historiadores se han ocupado del tema y lo han analizado desde distintos puntos de vista, ora elogiando la iniciativa, su concreción y sus efectos; ora denostándolos, y a pesar de ello; no hemos arribado a una síntesis, es decir, a un entendimiento del mismo.
Y creo que tal cosa se debe, en buena medida, a estudiar el asunto desde una perspectiva puramente economicista que relativiza, cuando no directamente ignora, la incidencia del factor humano tomado integralmente: materia y espíritu. Y eso, nada menos que en un país como el nuestro, en el cual los personalismos han sido siempre la regla corriente de la política. Y ¿qué otra cosa es la historia si no la política del pasado?
La historiografía confeccionada en base o con arreglo a los criterios dogmáticos del capitalismo y/o del marxismo, o por lo menos; con una marcada influencia de ellos (que son, en definitiva, las dos caras de una misma moneda), es el velo que impide ver lo que en realidad ocurrió, y sobre todo; por qué y cómo aconteció; quiénes produjeron el hecho y los efectos que éste trajo aparejados.
Escribí antes que la Ley de Conversión ha tenido entre nosotros defensores y detractores. Como hongos después de la lluvia tornaron a resurgir los primeros luego de producida la controvertida convertibilidad de un peso igual a un dólar del menemismo; así como también reaparecieron los segundos a partir del kirchnerismo. Ambos "bandos" muy lejos están de buscar la verdad histórica; porque responden a sectarismos empeñados en amañar la historia de modo de identificar el presente con la época del pasado que mejor se adecue (en su febril imaginación) a sus postulados políticos y a sus conveniencias.
Pero tanto usted como yo, estimado lector, nos hallamos felizmente distantes de los intereses y prejuicios de unos y otros, consecuentemente; veamos cómo fueron en realidad las cosas.  
Era un viejo anhelo de Roca la convertibilidad del papel moneda, iniciativa que ya había intentado plasmar en su primera presidencia, cuando en el año 1881 su ministro de Hacienda, Juan José Romero, impulsó la sanción de la ley 1130 conocida como Ley de Unificación Monetaria, de la cual surgió el peso moneda nacional con patrón bimetálico (plata y oro). Las condiciones económicas del país en el contexto de aquella época, inhibieron los propósitos que se perseguían: hubo que recurrir al curso forzoso, y además; Roca encargó a Pellegrini un acuerdo con los acreedores y la contratación de un nuevo empréstito por 8.400.000 libras, en condiciones, digamos, siendo buenos... lesivas para la dignidad nacional.

 

Y un dato no menor: la comisión que cobró el Gringo por el negocio, le posibilitó levantar una fortuna; se fijó por ese concepto, incluídos los gastos, la suma de 800.000 pesos oro. Se consolidaba de ese modo, la tan mentada sociedad política Roca-Pellegrini, iniciada en 1880 cuando el primero era presidente electo y el segundo ministro de Guerra de Nicolás Avellaneda.
Pero había en los hechos otra sociedad, una que era político-financiera y que quizá por la índole naturalmente reservada de sus integrantes, no era tan perceptible: la del Zorro con Ernesto Tornquist. Cuando Roca subió a la presidencia en 1880, era para los porteños un provincianito, alguien que ni siquiera tenía casa propia en Buenos Aires; y fue Tornquist (un genio de los negocios, un rey Midas que convertía en oro todo lo que tocaba) uno de los primeros en percibir (ya cuando el Zorro era ministro de Guerra de Avellaneda) quién sería la figura preponderante en la política argentina durante un cuarto de siglo. Y asimismo fue él quien le "prestó" a Roca para ministro de Hacienda uno de sus alfiles: Juan José Romero (y después veremos cómo le "prestaría" otro). Posteriormente, Romero renunciaría, en desacuerdo con la política de endeudamiento que seguía el Zorro; no obstante lo cual la relación entre éste y Tornquist no solamente se mantuvo fluída, sino que además se fortalecería: en las postrimerías de su presidencia, apoyó su iniciativa de fundar una refinería de azúcar en Rosario y también aconsejó a quien lo sucedió en el cargo (su concuñado) en tal sentido. 
El desmanejo del gobierno de Juárez Celman con -entre otros factores- la Ley de Bancos Garantidos de 1887 (ver en este ENLACE mi artículo Ya se fue, ya se fue / el burrito cordobés), llevó a la emisión de billetes "convertibles" por parte de las provincias.

 
Producida la crisis de 1890, Pellegrini, ya presidente; y su ministro de Hacienda, Vicente Fidel López, impulsaron la creación del Banco Nación (ley 2841 del 16 de octubre de 1891), y previo a ello, la de la Caja de Conversión (ley 2241 del 7 de octubre de 1890). Pero por la falta de oro, la convertibilidad de la moneda siguió siendo, en la práctica, letra muerta.
En 1892, el presidente Luis Sáenz Peña llamó al gabinete a dos hombres cercanos a Tornquist: Romero en la cartera de Hacienda y Tomás de Anchorena en la cancillería. El tándem Romero-Anchorena cumplió una exitosa gestión, llegándose con los acreedores extranjeros al Arreglo Romero, concordato que tuvo la virtud de desahogar financieramente al país; pero que fue -tomar nota de esto- resistido tenazmente por Pellegrini, que incluso movió influencias en el Congreso para que no se aprobara y que después hasta lo criticó acerbamente en el Senado. Por motivos de política interna, Sáenz Peña le pidió la renuncia a Romero (que luego volvería a ser -"pequeño detalle"- ministro de Hacienda de Uriburu por indicación a éste de Roca). El 20 de setiembre de 1897 (siendo ministro de Hacienda Wenceslao Escalante) se sancionó la ley 3505 por la cual se disponía que la Caja de Conversión renovase la totalidad de la moneda circulante; pero seguía sin ponerse en práctica la efectiva convertibilidad.
Un quinquenio de abundantes cosechas, los benéficos efectos en la economía nacional del Arreglo Romero, y (factor este que todos quienes abordaron el tema hicieron de cuenta que no existió; pregúntese usted, lector, por qué será) la llegada de Roca a su segunda presidencia, habían traído consigo una sustancial baja del oro en relación al peso (en 1898 estaba a 158 y en 1899 a 125); lo cual significaba que las transacciones y obligaciones en moneda nacional (salarios, tarifas, fletes, tasas, impuestos y comercio interior en general) representaran en metálico una cantidad mayor de oro. Así las cosas, pareciera a priori que la baja del oro redundaría en una suba de los salarios en términos reales, ¿no? Pues no... no exactamente; porque ocurría que el país había cambiado. No estaban contentos ni los trabajadores, ni los comerciantes, ni los industriales. La revista Caras y Caretas, bajo el título "La baja del oro", con unos versos que rezaban: "Pidiendo el oro a la par, / contra el papel gritó a coro, / sin poderse imaginar / que podía reventar / por un entripado de oro", lo ilustraba así:


Roca, presidente electo, consultó el asunto con Tornquist; y éste aconsejó implementar la convertibilidad de la moneda, pero ya no a 1 peso oro por cada peso papel; sino a 1 peso oro por 2,5 pesos papel, y sugirió el nombramiento de José María Rosa en la cartera de Hacienda. Caras y Caretas en el plumín de Manuel Mayol, lo representaba como un floricultor regando una gran rosa roja (en alusión al apellido del ministro) en una maceta rotulada "Hacienda", todo bajo el título "El Floricultornquist", y como epígrafe estos versos: "A su rosa entregado / la riega sin cesar, y embelesado, / goza con su fragancia y sus matices, / sin temer que, al regarla demasiado, / se pudran las raíces". 

Roca, que como consigné precedentemente, desde siempre había querido implementar la convertibilidad y no lo había logrado; aceptó el consejo de Tornquist, hizo suya la idea y designó ministro de Hacienda a José María Rosa.
En la segunda parte veremos por qué lo hizo y cómo siguió la cuestión.

Continuará

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