miércoles, 23 de julio de 2014

POR SANTA ROSA ME VOY AL RÍO





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Quizá, quienes hayan andado por los pagos correntinos, sepan la historia de esta canción. Para aquellos que no la conozcan, se las cuento:
Santa Rosa es una estancia situada a pocos kilómetros (tres o cuatro a lo sumo) de Itatí. Del pueblo parte un camino vecinal que lleva al sitio (y a las barracas del río Paraná), camino este que se "despertaba" al amanecer con el pregón de Rolón, el vendedor de sandías, que tenía su quinta o chacrita cerca de allí; y que se desandaba en las tardecitas con el transitar por él de Dorico (Odorico Romero), el "loco del pueblo", que volvía a su ranchito. Esos son los personajes a quienes se menciona en la letra.
Dorico era un loco bueno que tenía una obsesión: no quería que le pisaran su sombra, porque ésa era su única amiga. Y un día, temió que un camión que por allí pasaba, lo hiciera; entonces, para evitarlo se cruzó, muriendo arrollado.
La tragedia de Dorico, que prefirió morir a vivir sin su única amistad, la sombra; le inspiró a Juan Genaro “Cacho” González Vedoya la poesía que, musicalizada por Antonio Tarragó Ros con una bellísima melodía, se convirtió en este sentido y hermoso chamamé.
Siéntalo. Disfrútelo.

POR SANTA ROSA ME VOY AL RÍO
(Antonio Tarragó Ros-Juan González Vedoya)

Camino de Santa Rosa te estás borrando
camino donde la luna andaba de a pie,
Rolón por las madrugadas te despertaba,
Dorico te regresaba al anochecer.
Tu siesta me está llamando desde el verano,
aroma de tus pichanas y cielo azul,
a pierna suelta se duerme tu cambá bolsa,
borracho con vino dulce de guapurú.
Por Santa Rosa me voy al río,
pinto mis manos de azules,
tiño mis ojos de verdes,
lleno mi boca de grillos;
por Santa Rosa me voy al río.
Una luna lavandera trajo la noche,
con un atado de ropas para lavar,
una luna lavandera está de cuclillas
y en el arroyo retuerce su delantal.
Camino de Santa Rosa te estás borrando,
qué lejos en tus barrancas está el morir,
tu cielo toca mi frente si te regreso
y el sol madura en arena y ñangapirí.
Por Santa Rosa me voy al río…

domingo, 20 de julio de 2014

¿VAMOS AL BAL DE L'INTERNAT?







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Ellos se convertirán en burgueses serios, en magistrados severos, en sabios médicos; pero no olvidarán esas horas paganas de su juventud. (Stéphane, La Chronique Politique-Littéraire-Economique, Varieté, Le Bal de l'Internat, 1 de noviembre de 1913)

El Bal de l'Internat (Baile del Internado) era y es una fiesta que anualmente celebran los practicantes de los hospitales parisinos.
En 1802 Napoleón Bonaparte impulsó la legislación por la cual el Estado francés fijaba los programas para las carreras de medicina y farmacia, se creaban los hospitales estatales y se regulaba la venta de medicamentos y vacunas. En ella se establecía que los estudiantes de medicina pasaban a ser internos, es decir, practicantes, en dichos hospitales una vez que hubieran finalizado el cuarto año de la carrera y después de aprobar un doble examen: escrito y oral.
Y surgió la costumbre del Bal de l'Internat a partir de algún lejano año del siglo XIX que no puede precisarse, que se convertiría en uno de los más emblemáticos eventos parisinos, y del que si bien se ignora desde cuándo comenzó exactamente a celebrarse; sí se sabe con certeza que a mediados de siglo, tout París anhelaba ser invitada al mismo. Y fue a partir de 1880, y muy especialmente en la Belle Époque, que alcanzaría su máximo esplendor.
A lo largo de los años se realizó en varios sitios, como por ejemplo el Luna-Park, la salle Wagram, el Tivoli Vaux-Hall, etc.; pero le lieu par excellence para el evento fue sin dudas la salle du bal Bullier, que estaba ubicada en el número 31 de la avenue de l'Observatoire, intersección con le Boulevard Saint-Michel. 










Su propietario, François Bullier, la había adquirido en 1843 y la había ampliado y reformado, pintándola de vivos colores, dotándola de iluminación con lámparas a gas y de un jardín en el cual plantó mil lilas. Chez Bullier era, al igual que el Moulin Rouge, el Chat Noir, el Moulin de la Galette, etc., uno de los reductos y baluartes de la bohemia parisina. Allí se daban cita artistas y putas, allí se celebraron bailes que quedaron legendarios, y allí se festejó, durante casi un siglo, el Bal de l'Internat.
Bullier cerró sus puertas para siempre en 1940. En sus muros y paredes, en sus mesas y sillas, en sus jardín y arboleda, quedaron grabados los sueños, las inquietudes, glorias y miserias de los personajes que allí estuvieron en lejanos días irremisiblemente velados tras la noche silente de los tiempos. No hay más bohemia, todo es chusmear (Indio Solari dixit).
El Bal de l'Internat era todo un evento que se anunciaba en la prensa y a través de afiches publicitarios. El mismo principiaba con un desfile por las calles de París, proseguía con representaciones teatrales cuya temática era estipulada por el Comité de l'Internat, luego con el Concours de beauté, y culminaba con el baile propiamente dicho (que a partir de 1894 sería de disfraces). Y los diarios y revistas reflejaban el acontecimiento durante semanas e informaban al público a través de detalladas crónicas.
Lo usual era que cada uno de los hospitales organizara sus propios parade y représentation théâtrale. Los estudiantes de la École des Beaux-Arts (los cuales eran invitados de rigor al evento) fueron entusiastas colaboradores en la organización del mismo, pero además; se contrataba a consagrados artistas para el diseño y la confección de afiches, decorados, escenografías y bannières.
Y también las cartes d'invitation tanto para hommes como para dames (distintas unas de otras), las cuales, osadas hasta rozar incluso la procacidad; eran en sí mismas verdaderas obras de arte.










Curiosamente (o quizá no tanto), el de 1968, justamente el año del Mayo Francés, fue el que marcó lo que pareciera ser el ocaso de una fiesta tradicional; pese a lo cual a partir de esfuerzos cada vez más puntuales y aislados, la dura batalla por evitar que fenezca, continúa. Desde la dimensión en la que se encuentren, las almas de Esculapio, Paracelso y otros, se estarán sumando en pos del triunfo final.
Ah, no quería olvidarme: en 1914, coincidentemente con la tan ansiada Reglamentación del Internado y a inspiración del que se realizaba en París, comenzó a celebrarse en Buenos Aires un baile homónimo, el cual contó con la entusiasta adhesión de grandes figuras del tango como Eduardo Arolas, Francisco Canaro, Augusto Berto, Domingo Greco, Osvaldo Fresedo, Julio De Caro, etc.
Pero es nuestra Argentina una nación aluvional, y entonces un poco por eso, otro poco por la piqueta fatal del progreso (Víctor Soliño dixit), otro poco por las bromas macabras y los excesos que desafortunadamente culminaron en un hecho luctuoso, y otro poco (o mejor dicho, mucho) por la prédica del diario "serio" (?) La Nación; en 1924 el Baile del Internado fue prohibido por las autoridades.

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 6 de julio de 2014

EL PADRE DE LA CONVERTIBILIDAD. TERCERA PARTE

















Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Este sistema satisface todas las exigencias y suple todas las necesidades de nuestra economía; ha respetado todos los intereses vinculados a la moneda y todos los derechos adquiridos sin causar perturbaciones; ha creado una moneda nacional propia, sana y estable que representa la riqueza del país y se alimenta de todas las fuerzas vivas de la Nación, que se aumenta o restringe según las necesidades y que nos ha producido el gran beneficio de tener dinero a bajo interés impulsando al comercio y la industria. (José María Rosa)

Ocho días antes de la asunción de Roca, esto es, el 4 de octubre de 1898; en un artículo del diario La Nación tomaba estado público el consejo de Ernesto Tornquist al Zorro de fijar la relación cambiaria en 1:2,50. Inmediatamente, los sectores financieros vinculados a la Bolsa apedrearon la casa de aquél y las de Rosa y Romero.
Por otra parte, el cielo de la política nacional ennegrecía con densos nubarrones que preanunciaban la tempestad de una cerrada oposición al gobierno. Los diarios y revistas, con La Prensa, La Nación y Caras y Caretas al frente; batían sin cesar el parche de la crítica, muchas veces virulenta. Sólo El Diario, de Eduardo Wilde y LaTribuna, el periódico roquista, apoyaron la iniciativa del gobierno. Poco después se les sumaría también El País, fundado en 1899 por Carlos Pellegrini. 
El 30 de agosto de 1899 el Ejecutivo remitió al Congreso para su tratamiento el proyecto de ley de Conversión que establecía la misma a razón de 44 centavos oro por 1 peso papel, o a la recíproca; 2,27 pesos papel por cada peso oro. En general, se cree que el debate en torno a la cuestión dividió hondamente la opinión pública en dos porciones más o menos iguales. No hubo tal situación y de hecho, quedó aprobado en treinta y cinco días.
Pasó que había influido no poco la opinión favorable al proyecto emitida desde Europa por Pellegrini, quien allá por enero, enterado de los ataques de que había sido objeto Tornquist, le escribía a éste: "He leído en los diarios la algarabía provocada con motivo de su proyecto, veo que hubo de haber motín en la Bolsa y que estuvieron por castigarlo. De buena me he salvado pues habría apoyado la idea a riesgo de que la prensa me llenara de moretones". Y no se había limitado a eso el Gringo; sino que además había escrito a muchos opositores a la iniciativa, convenciéndolos de lo atinada y conveniente que resultaba. Fíjese usted, querido lector, que en la segunda parte de este artículo cité el apoyo de Pellegrini, mencioné lo de la edición del 7 de enero de 1899 de Caras y Caretas e incluso inserté la imagen de la tapa de la revista en la cual aparecían las "40 cartas de Pellegrini" como regalo de Reyes. Pues bien, era por lo que enuncié precedentemente. Y tanto peso tuvo la opinión del Gringo en el asunto, que esa misma revista, el 19 de agosto -días antes Pellegrini acababa de volver al país- traía una caricatura de Mayol en la cual aparecía el ministro Rosa "autorizando a subir" al oro, que preguntaba por "el doctor Pellegrini": 
 

Ni bien ingresó el proyecto al Congreso, llovieron sobre éste los petitorios, ora encomiándolo y solicitando su aprobación; ora denostándolo y pidiendo su rechazo. Tanto las adhesiones como las resistencias nos permiten esbozar algún grado de generalización en cuanto a su procedencia: de los sectores ligados a la producción agropecuaria, la industria nacional, la exportación y el comercio interior las primeras; y de los vinculados a la banca extranjera, la especulación financiera, los negocios bursátiles y el comercio de importación las segundas.
En la primera parte de este artículo sostuve que no se podía comprender la Ley de Conversión analizándola desde los prejuicios ideológicos, los criterios economicistas y la visión maniquea de la historia. Es tan simplista e inexacto afirmar que su sanción respondió a la voluntad de privilegiar a la oligarquía terrateniente, como lo es el atribuírle la condición de panacea para todos nuestros males económicos; porque lo real y concreto es que los liderazgos políticos de la época (Roca y Pellegrini) supieron convencer a la élite dominante de la necesidad de aceptar medidas tendientes a la admisión e inclusión de nuevos actores en el escenario y la atención de situaciones que, de otro modo podrían ser capitalizadas por el "partido de desorden" (el radicalismo).
Por supuesto, la aquiescencia prestada no fue entusiasta y ni siquiera fue voluntaria; pues no los unía el amor, sino el espanto; y si agarraron viaje fue por aquello de que "el que se quema con leche, ve la vaca y llora" (recordaban los desaguisados del unicato de Juárez Celman y también sus consecuencias). Y desde luego, no todos lo entendieron ni estuvieron conformes: los especuladores y agiotistas no se resignaron nunca, porque como dijo cierto general que supo ser la figura rectora de la política nacional durante treinta años, "la víscera que más nos duele a los argentinos es el bolsillo"; una buena parte del mitrismo, que tenía una pata en cada sector y cuya opinión era recogida por el diario La Nación; el excesivo dogmatismo al que se atenía el otro gran diario, La Prensa, tal vez con el adicional de la malquerencia que separaba a su propietario y director, Ezequiel Paz, del presidente Julio A. Roca (su primo, pues la madre del Zorro era una Paz); y en fin, la revista Caras y Caretas, para la cual todo aquello que oliera a roquismo era pasible de ser satirizado. Pero bueno, tan cierto es que por más que se procure contemplar todos los intereses, siempre habrá algunos que pierdan algo; como lo es que no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos. 
El 9 de setiembre se leyó en el Senado una nota presentada por la Bolsa y las cámaras de comercio española, francesa e italiana, en la cual se instaba a no aprobar el proyecto, fundando la objeción en que el Estado debía abstenerse de intervenir "depreciando su propia moneda" en "los fenómenos sociales y económicos cuyo proceso natural no debe contrariarse, dejando que los esfuerzos y luchas individuales regulen los intereses generales". Y el 12 del mismo mes, en otra nota firmada por "3.961 ciudadanos argentinos y extranjeros" se pedía lo mismo, basándose en que el Estado se había comprometido a convertir la moneda "por su valor escrito a la par, y no es posible que pretenda ahora cumplir con esa obligación entregando a los tenedores de esos billetes un 44%" y en que "lo único que se hace es poner límite arbitrario a la valorización del papel, pero de ningún modo a su depreciación".
Pellegrini, en uno de sus grandes y memorables discursos en el Senado, demolió esas objeciones. Demostró, con elocuencia extraordinaria y efectiva, que tales aseveraciones se hacían desde la ignorancia de la legislación, ya que habían tres monedas en curso: el peso oro, el peso plata y el peso papel, y que el Estado, así como había fijado valor al primero y al segundo; tenía derecho a hacerlo con el tercero. Y con respecto al pronóstico agorero de que la conversión no podría mantenerse en tiempos económicos adversos y que en función de ello más valdría no implementarla, sostuvo: "Se dice con todo el aparato de un argumento contundente que si mañana la producción nacional se paraliza, si sufrimos un desastre, si las cosechas se pierden, el papel moneda se depreciará y la conversión se tornará imposible. Sin dudas, si mañana un terremoto sacude el suelo, se vendrán abajo todos los grandes edificios que hoy se construyen, pero a nadie se le ocurriría, en vista de la posibilidad de una catástrofe, suspender toda edificación. El proyecto de conversión... se inicia en época de prosperidad relativa y se funda en la casi seguridad del desarrollo normal de la industria y la riqueza pública... si llegamos a ser víctimas de una catástrofe mañana, tendremos que demorar la conversión, pero ¿acaso evitaremos los efectos del desastre que nos espera con no hacer nada?". Y terminaba: "Creo que es la lucha entre los que trabajan y producen, entre el país entero y un grupo de especuladores apoyados por la prensa metropolitana... ¿De qué lado estará el triunfo definitivo? Creo que estará del lado del trabajo y la producción... El agio, ese animalito dañino, está enjaulado por este proyecto de ley y ahí quedará vigilado por el trabajo nacional, mientras no venga alguna fatalidad o desgracia a romper los barrotes de la jaula y volverlo a su libertad". Fue el del Gringo un terrible mazazo asestado al frágil andamiaje argumentativo opositor, el coup de grâce que liquidó la cuestión. Por más que Caras y Caretas del 30 de setiembre de 1899 lo reputara de "papel dorado".
El proyecto fue aprobado y quedó convertido en ley N° 3871 el 4 de octubre de 1899.
Fue el núcleo de un paquete económico que terminó de cerrarse con medidas tendientes a reducciones presupuestarias y también a la eficientización y moralización de la administración pública. Una vez puesto en marcha el plan, el doctor Rosa renunció su cartera en marzo de 1900 para dedicarse a la Caja de Conversión y su cátedra universitaria. Volvería al ministerio de Hacienda en 1911, en la presidencia de Roque Sáenz Peña.
A quienes se opusieron a la Ley de Conversión les quedaría sólo el derecho al pataleo, y siguieron en su tenaz aunque estéril resistencia.
Su implementación trajo la tan ansiada estabilidad monetaria que duró hasta 1929, en que se cerró definitivamente la Caja de Conversión. A ese momento, había acumulados en ella y los bancos, símbolos mudos del trabajo y la confianza argentinos, como activo nada menos que 1.034 toneladas de oro (que equivaldrían hoy a algo así como 60.000 millones de dólares); y como pasivo, el asiento contable de los 293 millones de pesos que eran el circulante de la época en que fue adoptada la medida y que nunca se canjearon.

Fin

-Juan Carlos Serqueiros-

sábado, 28 de junio de 2014

EL PADRE DE LA CONVERTIBILIDAD. SEGUNDA PARTE


















Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Desde 1880 van transcurridos veintitrés años de estabilidad política excesiva. Dos influencias han predominado casi absolutamente en la dirección suprema del país: la del general Roca en política; la del señor Tornquist en finanzas. (Estanislao Zeballos, 1903)
 
Roca no estaba dispuesto a correr el riesgo de una crisis como la que había estallado durante la presidencia de Juárez Celman con su secuela de bancos quebrados, iliquidez asfixiante, etc., que tuvieron que afrontar después Pellegrini y Vicente Fidel López (ver en este ENLACE mi artículo Ya se fue, ya se fue / el burrito cordobés. Tercera parte). 
Entendía que, si bien en esas condiciones de la economía, después de diez años y con los usos y costumbres hasta allí adquiridos, habíase tornado más que inviable; imposible, la conversión a una relación 1:1; era impostergable que el Estado terminara con las fluctuaciones de la moneda fiduciaria fijando un tipo de cambio que simultáneamente trajera estabilidad, favoreciera las exportaciones agrícolas, protegiera e incentivara la industria local y a la vez desalentara la especulación, a la cual atribuía todos los males (y no le faltaba razón).
Por otra parte, con su habitual agudeza Roca percibía que sólo a través de una economía sana y en crecimiento, su partido (fuera el PAN u otro a crearse -como pensó hacer hasta que Pellegrini resignó sus aspiraciones presidenciales en favor de las suyas-) podría pelearle al radicalismo (al cual reputaba de extremista) en el futuro más o menos inmediato la supremacía política. Conocía a sus paisanos y no se llamaba a engaño; sabía que Yrigoyen sería un hueso duro de roer porque no presentaba las flaquezas que sí tenía Alem y que hicieron posible su destrucción como factor político, y no se le escapaba el detalle de que hasta algunos estancieros del PAN habían jugado sus fichas por él. Y tenía también presente al que consideraba el peligro mayor: el anarquismo (de allí lo del proyecto de Código del Trabajo del ministro Joaquín V. González, el encargo del Informe a Bialet Massé, la creación de la Caja de Jubilaciones y Pensiones, etc).
Fue en ese contexto y en ese orden de sus ideas en que Roca se desenvolvió en su segunda presidencia y desde donde debe analizarse la Ley de Conversión propugnada por él luego de su consulta con Ernesto Tornquist como vimos en la primera parte de este artículo. 
El doctor José María Rosa (n. San Fernando, Buenos Aires, 09.09.1846 - m. Buenos Aires, 13.09.1929) era un jurista, diplomático, financista y docente destacadísimo. Su estudio profesional (en sociedad con Juan José Romero) era por entonces el más prestigioso y su reputación era intachable. En política provenía del republicanismo sarmientino de Aristóbulo del Valle, de quien había sido entrañable amigo y a quien había acompañado (igual que su socio y también amigo) en la revolución del Parque. Hombre de vinculación estrecha con Tornquist (que estaba entre los clientes más referenciales de su bufete), éste se lo había recomendado a Roca para ministro de Hacienda y el Zorro lo designó en ese cargo.


Pero ¿por qué Rosa y no Romero? Al fin y al cabo, el segundo había sido tres veces ministro (excelente ministro, dicho sea de paso) y de esas tres veces, en una lo había sido del propio Roca y en las otras dos, sugerido por él; estaba tan cercano a Tornquist como lo estaba Rosa; era considerado por todos (salvo Pellegrini con sus berrinches, claro) el mejor financista de nuestro país; y el período de bonanza relativa se debía en buena medida al concordato que había celebrado con los acreedores externos siendo ministro del presidente Luis Sáenz Peña. Decir Romero era decir Rosa y viceversa, pero habían dos circunstancias que hacían que, en esos momentos, para Roca fuera preferible el segundo al primero.
Una era la de que Rosa tenía añeja amistad con Pellegrini, quien como consigné en la primera parte, había criticado acerbamente el Acuerdo Romero; y entonces, designando ministro a aquél, el Zorro se aseguraba de que el Gringo no lo haría blanco de sus tiros, sobre todo; después de haber manifestado desde Europa su apoyo tanto al proyecto económico como al funcionario nombrado. Por noviembre de 1898 Pellegrini le escribía desde París a Rosa: "Me felicité de veras al saber que eras tú el candidato para ministro de Hacienda. Tienes todas las cualidades y todas las aptitudes para el puesto, y tus condiciones morales y excelente carácter te granjearán el aprecio y apoyo de los que no te conocen bien". Y no era ese en modo alguno un apoyo menor; por entonces Pellegrini estaba en el pináculo de su prestigio, tal como ilustraba socarronamente Caras y Caretas en la tapa de su edición del 7 de enero de 1899.


Y la segunda, que Rosa era por entonces presidente del Banco Nación, lo cual adquiría especial relevancia a la hora de amalgamar y sincronizar todos los aspectos del plan económico, ya que el mismo no se circunscribía a la conversión solamente; sino que significaba la puesta en planta de una estricta política monetaria a la cual el gobierno de Roca quería ceñirse. El Nación absorbía el 30% de los depósitos, y el encaje que la institución fijara, era el que se trasladaría al resto de los bancos.
Esos fueron los dos motivos determinantes para que fuera Rosa el designado. Y éste aceptó el cargo, pero puso una condición: que después de conseguida la ley, renunciaría al ministerio para que se lo nombrara al frente de la Caja de Conversión, de manera de monitorear y controlar desde allí la implementación y evolución de las medidas adoptadas, y de paso; poder volver a su estudio y a su cátedra en la universidad (que era su gran vocación), actividades estas cuyo desarrollo obviamente se le hacía imposible en razón del tiempo que le demandaba la cartera de Hacienda.
Asumió pues, Roca la presidencia el 12 de octubre de 1898 y con él, su flamante ministro de Hacienda, doctor José María Rosa (abuelo del historiador homónimo). La tarea que le esperaba no era por cierto sencilla. 
En la tercera y última parte de este artículo veremos cómo terminó la cuestión.
 
Continuará


domingo, 22 de junio de 2014

EL PADRE DE LA CONVERTIBILIDAD. PRIMERA PARTE























Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Las fluctuaciones monetarias obstaculizan el progreso material y sólo benefician a quienes sacan ventaja a costa del resto de la población. (Ernesto Tornquist, octubre de 1898)

La visión maniquea, dicotómica, simplista y parcializada de la historia nos impide a los argentinos la comprensión cabal de nuestro pasado. Ya en 1910 decía Juan B. Terán, en orden a los relatos históricos y a quienes los habían escrito: "los alegatos, los retratos deformados que contienen, revelan la dirección, la base y la intensidad de los prejuicios con que escribieron".
La Ley de Conversión de 1899 es uno de los ejemplos de ello. Muchísimos historiadores se han ocupado del tema y lo han analizado desde distintos puntos de vista, ora elogiando la iniciativa, su concreción y sus efectos; ora denostándolos, y a pesar de ello; no hemos arribado a una síntesis, es decir, a un entendimiento del mismo.
Y creo que tal cosa se debe, en buena medida, a estudiar el asunto desde una perspectiva puramente economicista que relativiza, cuando no directamente ignora, la incidencia del factor humano tomado integralmente: materia y espíritu. Y eso, nada menos que en un país como el nuestro, en el cual los personalismos han sido siempre la regla corriente de la política. ¿Y qué otra cosa es la historia si no la política del pasado?
La historiografía confeccionada en base o con arreglo a los criterios dogmáticos del capitalismo y/o del marxismo, o por lo menos; con una marcada influencia de ellos (que son, en definitiva, las dos caras de una misma moneda), es el velo que impide ver lo que en realidad ocurrió, y sobre todo; por qué y cómo aconteció, quiénes produjeron el hecho y los efectos que éste trajo aparejados.
Escribí antes que la Ley de Conversión ha tenido entre nosotros defensores y detractores. Como hongos después de la lluvia tornaron a resurgir los primeros luego de producida la controvertida convertibilidad de un peso igual a un dólar del menemismo; así como también reaparecieron los segundos a partir del kirchnerismo. Ambos "bandos" muy lejos están de buscar la verdad histórica; porque responden a sectarismos empeñados en amañar la historia de modo de identificar el presente con la época del pasado que mejor se adecue (en su febril imaginación) a sus postulados políticos y a sus conveniencias.
Pero tanto usted como yo, estimado lector, nos hallamos felizmente distantes de los intereses y prejuicios de unos y otros, consecuentemente; veamos cómo fueron en realidad las cosas.  
Era un viejo anhelo de Roca la convertibilidad del papel moneda, iniciativa que ya había intentado plasmar en su primera presidencia, cuando en el año 1881 su ministro de Hacienda, Juan José Romero, impulsó la sanción de la ley 1130 conocida como Ley de Unificación Monetaria, de la cual surgió el peso moneda nacional con patrón bimetálico (plata y oro). Las condiciones económicas del país en el contexto de aquella época, inhibieron los propósitos que se perseguían: hubo que recurrir al curso forzoso, y además; Roca encargó a Pellegrini un acuerdo con los acreedores y la contratación de un nuevo empréstito por 8.400.000 libras, en condiciones, digamos, siendo buenos... lesivas para la dignidad nacional.
Y un dato no menor: la comisión que cobró el Gringo por el negocio, le posibilitó levantar una fortuna; se fijó por ese concepto, incluídos los gastos, la suma de 800.000 pesos oro. Se consolidaba de ese modo, la tan mentada sociedad política Roca-Pellegrini, iniciada en 1880 cuando el primero era presidente electo y el segundo ministro de Guerra de Nicolás Avellaneda.
Pero había en los hechos otra sociedad, una que era político-financiera y que quizá por la índole naturalmente reservada de sus integrantes, no era tan perceptible: la del Zorro con Ernesto Tornquist. Cuando Roca subió a la presidencia en 1880, era para los porteños un provincianito, alguien que ni siquiera tenía casa propia en Buenos Aires; y fue Tornquist (un genio de los negocios, un rey Midas que convertía en oro todo lo que tocaba) uno de los primeros en percibir (ya cuando el Zorro era ministro de Guerra de Avellaneda) quién sería la figura preponderante en la política argentina durante un cuarto de siglo. Y asimismo fue él quien le "prestó" a Roca para ministro de Hacienda uno de sus alfiles: Juan José Romero (y después veremos cómo le "prestaría" otro). Posteriormente, Romero renunciaría, en desacuerdo con la política de endeudamiento que seguía el Zorro; no obstante lo cual la relación entre éste y Tornquist no solamente se mantuvo fluida, sino que además se fortalecería: en las postrimerías de su presidencia, apoyó su iniciativa de fundar una refinería de azúcar en Rosario y también aconsejó a quien lo sucedió en el cargo (su concuñado) en tal sentido. 
El desmanejo del gobierno de Juárez Celman con -entre otros factores- la Ley de Bancos Garantidos de 1887 (ver en este ENLACE mi artículo Ya se fue, ya se fue / el burrito cordobés), llevó a la emisión de billetes "convertibles" por parte de las provincias.




Producida la crisis de 1890, Pellegrini, ya presidente; y su ministro de Hacienda, Vicente Fidel López, impulsaron la creación del Banco Nación (ley 2841 del 16 de octubre de 1891), y previo a ello, la de la Caja de Conversión (ley 2241 del 7 de octubre de 1890). Pero por la falta de oro, la convertibilidad de la moneda siguió siendo, en la práctica, letra muerta.
En 1892, el presidente Luis Sáenz Peña llamó al gabinete a dos hombres cercanos a Tornquist: Romero en la cartera de Hacienda y Tomás de Anchorena en la cancillería. El tándem Romero-Anchorena cumplió una exitosa gestión, llegándose con los acreedores extranjeros al Arreglo Romero, concordato que tuvo la virtud de desahogar financieramente al país; pero que fue -tomar nota de esto- resistido tenazmente por Pellegrini, que incluso movió influencias en el Congreso para que no se aprobara y que después hasta lo criticó acerbamente en el Senado. Por motivos de política interna, Sáenz Peña le pidió la renuncia a Romero (que luego volvería a ser -"pequeño detalle"- ministro de Hacienda de Uriburu por indicación a éste de Roca). El 20 de setiembre de 1897 (siendo ministro de Hacienda Wenceslao Escalante) se sancionó la ley 3505 por la cual se disponía que la Caja de Conversión renovase la totalidad de la moneda circulante; pero seguía sin ponerse en práctica la efectiva convertibilidad.
Un quinquenio de abundantes cosechas, los benéficos efectos en la economía nacional del Arreglo Romero, y (factor este que todos quienes abordaron el tema hicieron de cuenta que no existió; pregúntese usted, lector, por qué será) la llegada de Roca a su segunda presidencia, habían traído consigo una sustancial baja del oro en relación al peso (en 1898 estaba a 158 y en 1899 a 125); lo cual significaba que las transacciones y obligaciones en moneda nacional (salarios, tarifas, fletes, tasas, impuestos y comercio interior en general) representaran en metálico una cantidad mayor de oro. Así las cosas, pareciera a priori que la baja del oro redundaría en una suba de los salarios en términos reales, ¿no? Pues no... no exactamente; porque ocurría que el país había cambiado. No estaban contentos ni los trabajadores, ni los comerciantes, ni los industriales. La revista Caras y Caretas, bajo el título "La baja del oro", con unos versos que rezaban: "Pidiendo el oro a la par, / contra el papel gritó a coro, / sin poderse imaginar / que podía reventar / por un entripado de oro", lo ilustraba así:


Roca, presidente electo, consultó el asunto con Tornquist; y éste aconsejó implementar la convertibilidad de la moneda, pero ya no a 1 peso oro por cada peso papel; sino a 1 peso oro por 2,5 pesos papel, y sugirió el nombramiento de José María Rosa en la cartera de Hacienda. Caras y Caretas en el plumín de Manuel Mayol, lo representaba como un floricultor regando una gran rosa roja (en alusión al apellido del ministro) en una maceta rotulada "Hacienda", todo bajo el título "El Floricultornquist", y como epígrafe estos versos: "A su rosa entregado / la riega sin cesar, y embelesado, / goza con su fragancia y sus matices, / sin temer que, al regarla demasiado, / se pudran las raíces". 

Roca, que como consigné precedentemente, desde siempre había querido implementar la convertibilidad y no lo había logrado, aceptó el consejo de Tornquist, hizo suya la idea y designó ministro de Hacienda a José María Rosa.
En la segunda parte veremos por qué lo hizo y cómo siguió la cuestión.

Continuará

lunes, 16 de junio de 2014

UN CADÁVER EN LA BIBLIOTECA. UN RECUERDO PARA LA EDITORIAL TOR













































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

¡Hay un cadáver en la biblioteca! (Agatha Christie)

Me había levantado temprano ese sábado. Bah, temprano... en realidad y desde hace unos cuantos años, por más que me haya acostado tarde, siempre me despierto temprano; aunque no tenga que ir a trabajar. No puedo dormir las prescriptas y sacrosantas ocho horas; debe ser un poco por mi índole ansiosa, supongo. Y otro poco por el tiempo. Por el tiempo... transcurrido desde que nací, claro.
Serían las siete y media, si eran... Mi esposa dormía. Sobre la cama, a sus pies; el Mau, nuestro gato, hacía lo propio. Sólo la Toti, nuestra perra, acompañó somnolienta y no sin lanzarme una mirada de reproche (merecida, por otra parte), el lento arrastrar de pies transportando mi humanidad hasta la cocina. Preparé el desayuno, lo deposité en una bandeja y me dirigí al living a escribir el artículo de historia que venía dando vueltas en mi cabeza desde hacía un par de días. Me faltaba un dato (mi memoria nunca fue buena, pero ahora es directa, lisa y llanamente patética; otro "regalo" del tiempo... quelevachache). Pero eso no era un problema; sabía en cuál libro buscarlo: Vida de Don Juan Manuel de Rosas, de Manuel Gálvez. De modo que, confiado, fui a la biblioteca.
Y fue allí que encontré el cadáver. Ahí yacían los restos, obscenamente desparramados por toda la alfombra, de lo que en vida fuera un libro. De ese libro, sí, justo el que yo necesitaba; con claras huellas incuestionablemente felinas, gatunas, indicativas de la precisión cuasi quirúrgica con que había sido cruelmente asesinado, y que me señalaban de manera inequívoca la identidad culpable del depredador: el Mau ¿quién más?
Olvidando el desayuno, con manos trémulas tomé la tapa colorada, misteriosamente intacta, en la cual destacábase en negro el perfil inconfundible del Restaurador; en blanco, el nombre y apellido del insigne autor; en amarillo, el título; y abajo de todo, campeaba un ostentoso: "Editorial Tor".
Y así, entre lágrimas, di en pensar en aquella Editorial Tor "responsable" de tantas horas de lectura desde mi niñez hasta el presente de los años que cargo; pasando por mis adolescencia y juventud. En esos libros a los cuales hasta la tipificación "en rústica" les quedaba grande; porque eran de pésima calidad. La endeble encuadernación, lo ordinario del papel, la escasa pretensión en el arte de portada y en la impresión, los situaban en el escalón más bajo de los precios de tapa. Con todo ello eran, sin embargo, los libros justos para el exiguo presupuesto al cual los Serqueiros estábamos inapelablemente condenados en razón de los siempre flacos bolsillos de mi padre.
Con ellos me sentí uno de los rebeldes, heroicos gauchos matreros de Eduardo Gutiérrez:


Fui el Capitán Nemo o el Impey Barbicane de Julio Verne:



O alternativamente, uno de los piratas malayos o chinos de Emilio Salgari:



En ellos aprendí a deletrear a Stefan Zweig:




Y fue en el basto papel de sus páginas que supe venerar la elegante prosa de Manuel Gálvez, tan argentinamente reveladora:


Editorial Tor fue creada el 16 de junio de 1916 por el catalán Juan Carlos Torrendell. El nombre de la empresa, como usted, estimado lector, ya habrá deducido, era la forma apocopada del apellido de su fundador: un empresario aguerrido, astuto, visionario y... carente de escrúpulos.  El objeto de esa asociación de idea, persona y capital (exiguo capital: 500 pesos apenas) era en sí mismo una confesión: "Todo negocio referente a papel impreso". Dicho de otro modo: "Me importa nada la difusión cultural; imprimo todo aquello que me reporte beneficio económico".
Transcurridas tres décadas desde la sanción de la ley 1420 de educación común gratuita y obligatoria, el campo de lectores había crecido de modo exponencial convirtiéndose en un vasto y apetecible mercado al que Torrendell amaba. Tanto, tanto lo amaba... que quiso tenerlo todo para sí. Y en buena medida, lo consiguió.
Su obsesión era el precio de sus libros. Adoptó el método de impresión en rotativas, el cual le posibilitaba ediciones a bajísimos costos pasibles de venderse a un precio de tapa que estaba al alcance de cualquiera, por más reducidos que fueran sus ingresos; al par que lo obligaba a producciones con una tirada mínima de por lo menos 5.000 ejemplares, lo que a su vez implicaba exportar sí o sí, y de allí la expansión de su editorial. El catalán era un genio del utilitarismo y a la vez un mago de la reducción de costos, aún con recursos non sanctos, lo cual se traducía en el logotipo de su empresa: un velero que navegaba bajo el lema contra viento y marea. Ese viento y esa marea eran para Torrendell las normas éticas y legales las cuales eludió, transgredió y violó cuantas veces lo entendió necesario.
De modo de bajar costos, no pagaba derechos de autor, evitándolos mediante la creación de editoriales fantasmas en toda Hispanoamérica, que sólo estaban "constituídas" por un nombre de fantasía y una casilla de correo.  Nunca erogaba dinero por las traducciones, para lo cual recurría al ardid de publicar avisos en los diarios pidiendo traductores, y cuando estos acudían en busca del trabajo, le entregaba a cada postulante un capítulo o dos de la obra en su idioma original, diciéndole que previamente debía comprobar su aptitud, y cuando recibía las "pruebas"; les notificaba que las mismas no habían superado los controles de calidad de la editorial. De esa manera, conseguía hacerse con las traducciones sin desembolsar ni un peso. Y si ya había publicado todo lo escrito por un determinado autor de renombre internacional y ya no había de él más material por editar; Torrendell no se hacía problemas: contrataba a algún escritor local para que redactara obras apócrifas, las cuales después publicaba como si hubiesen sido creadas por aquél. En 1932, durante la crisis económica que afligía al país, Editorial Tor, en la librería al público que tenía en la calle Maipú (antes había estado sobre Florida), instaló una balanza y anunció que vendería sus libros a $ 1 por kilo y a $ 1,50 por dos kilos. La Academia Argentina de Letras se horrorizó y armó un escándalo. ¡Inaudito! ¡La literatura bastardeada al punto de venderse al peso como en una verdulería! Pero una vez más, Torrendell demostraría su extraordinaria percepción: la gente, o por lo menos, mucha gente... compró la oferta.


Algunos procedimientos reñidos con la ética y aún viciados de ilegalidad de Torrendell no empañan su innata capacidad empresarial ni invalidan el hecho de que con diez mil títulos de libros y dos mil de revistas publicados, Editorial Tor sea sin dudas uno de los referentes ineludibles a la hora de hacer la crónica de la cultura popular en nuestro país. Miles y miles de argentinos tuvieron acceso a las grandes obras de la literatura nacional e internacional a través de sus ediciones, siempre al alcance de todos los bolsillos.
Tor cesó en sus actividades en 1971, cinco años después de la muerte de su fundador.
¡Cuánta magia, cuánta sorpresa, cuánta aventura, cuánto misterio, cuánto saber, cuánta historia y cuánto drama había encerrados en esos libros!
Tras la evocación, comprendí (y séame aquí permitido parafrasear a John Donne) que las campanas no doblaban por el funeral del libro que el Mau, mi gato, había asesinado, no. En esta hora tan flaca de la cultura nacional, ellas doblaban por mí, por la muerte de un tiempo que fue mío; hoy hecho ya polvo silente de nostálgica añoranza.

-Juan Carlos Serqueiros-