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viernes, 8 de diciembre de 2023

UCRONÍAS




































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Siempre he creído que las ucronías son meros ejercicios intelectuales de quienes las elucubran y que no sirven a ningún fin útil, pues el pasado fue tal como fue y eso no tiene remedio; no hay manera alguna de volver atrás y rehacerlo de un modo distinto al cual efectivamente ocurrió.
No es como cuando estamos aprendiendo a jugar al ajedrez y el maestro que nos enseña nos dice: “no muevas esa pieza, porque si lo hacés, te doy mate en diez jugadas, mirá: así, así y así; mejor mové otra pieza (pensá cuál) para evitar que yo pueda darte mate como te expliqué”.
Sin embargo, por más que las ucronías no sirvan para nada; no podemos evitar el deseo ferviente de que no hubiesen existido en el mundo lacras tales como dinastías degeneradas, tiranuelos inmundos, genocidas espantables y una larga lista de etcéteras la cual usted, mi querido amigo lector, engrosará incluyendo en ella a cuanto miserable personaje acuda a su memoria. Claro que, sin perder de vista ni por un instante que los buenos deseos se limitan a eso: anhelos que obran como un bálsamo sobre las heridas que las miserias humanas infligen a nuestra moral y a nuestra ética, pero que al fin y al cabo; están tan lejos de lo en verdad acontecido, como La Quiaca lo está de Tombuctú.
En fin... nada… las cosas fueron como fueron, y el solo remedio es procurar en lo posible que en el presente o en el futuro más próximo, sean al fin como desearíamos que fuesen, esto es; que terminen triunfando en la tierra el amor, la libertad, la fraternidad, la justicia y la igualdad.
Y para eso, precisamente para eso, sirve el conocimiento del pasado (del pasado REAL, quiero decir), sin falsedades ni deshonestidades a la hora de narrarlo... y sin ucronías.

-Juan Carlos Serqueiros-

miércoles, 8 de noviembre de 2023

ARTURO, ¿REY O NO REY?





































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Los señores de Antrophistoria (un website dedicado a historia, arqueología y antropología) son tan sanateros que hasta resultan cómicos. Por un lado, titulan, al mejor estilo de la prensa sensacionalista: "Falsedades históricas. Arturo nunca fue rey" (para lo cual —aunque con evidente mala fe no lo especifiquen derecha y claramente— se basan en lo esbozado en tal sentido por el lingüista Kemp Malone, al cual aluden con el eufemismo “según piensan algunos investigadores”); mientras que después, al final del opúsculo, terminan contradiciéndose a sí mismos, toda vez que concluyen en un “lo único cierto, en este tema, es que no hay nada confirmado empíricamente todavía” (sic).
Y si eso último es verdadero (y en efecto, lo es; porque resulta insoslayable que hasta el momento no existe prueba alguna que permita confirmar la existencia física de Arturo), ¿para qué recurren al anzuelo de un título que no tiene el menor asidero? Es intolerable.
A través de este enlace puede leerse el… "artículo", digamos, siendo buenos.


Retomo la ilación: posiblemente, en caso de haber tenido existencia real, Arturo fuese, no ya un rey en el sentido que le otorgamos al vocablo, esto es, quien ejerce un monarquía dinástica; sino un líder militar tribal o clánico, es decir, un caudillo, probablemente celtorromano, triunfador en la lucha contra otras tribus u otros clanes y erigido en gobernante efectivo de Britania, más allá del título que queramos darle; pues lo relevante en materia histórica es que gobernó, independientemente de que lo haya hecho en carácter de "rey", "dux" o el título que se nos ocurra ponerle.


¿Y por qué, entonces, la negación tajante por parte de los de Antrophistoria de que haya sido rey? Mire, no le demos vueltas ni andemos con “tanto gre gre pa' decir Gregorio”: porque son chantapufis, simplemente por eso.
Lo artúrico es leyenda en tanto su construcción lleva el aporte de elementos que surgen de la fantasía popular y que fueron transmitidos sucesivamente a través de la tradición oral para después recopilarse en escritos —principalmente, los de Geoffrey of Monmouth (Godofredo de Monmouth) en su Historia Regum Britanniæ ("Historia de los reyes de Britania", en latín), publicada entre 1130 y 1138—; y es mito pues refiere a un tiempo primordial para los hoy por hoy ingleses y cumple con la condición de opuestos (britanos y sajones) reconciliados en una síntesis superadora del antagonismo primigenio.
Pero cuidado: no es solamente leyenda y mito; también es historia, por cuanto emana de eventos históricos reales y comprobados (fin de la ocupación romana de Britania cerca de fines del siglo IV, y luchas entre britanos y sajones en los siglos V y VI).
Con todo lo cual la carencia hasta hoy de evidencia arqueológica que certifique la existencia de Arturo, no alcanza para descartar la misma; sino que meramente significa que en razón de ello, los historiadores no pueden escribir nada serio y comprobable en cuanto a su figura histórica (ya que obligatoriamente, dada esa circunstancia; deben limitarse a fuentes literarias poco o nada confiables). Reitero: de ninguna manera basta para afirmar rotundamente que Arturo no existió.
Y desde ya, por más que les moleste a los tipos esos de Antrophistoria; mucho menos alcanza para establecer taxativamente, desde una insolvencia inadmisible y rayana en la deshonestidad intelectual, que no fue rey y que afirmar eso constituye "falsedad histórica”.
En fin…

-Juan Carlos Serqueiros-



martes, 12 de septiembre de 2023

UN SUBMARINO NORTEAMERICANO DE 1864




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Conocer la historia y aprehenderla nos posibilita, entre otras cosas, distinguir entre nacionalidades consolidadas, que por ejemplo, se ocupan de recuperar un submarino perdido ciento treinta y seis años antes, de establecer las identidades de sus tripulantes, y de rendirles homenaje póstumo a éstos; y nacionalidades no consolidadas, que no se conmueven ni ante un submarino perdido hace seis años y no se inquietan con un “gobierno” que no se dignó ni siquiera a informarles quiénes lo tripulaban. Mire si no:
Durante la guerra civil estadounidense, norteños y sureños estuvieron empeñados en la construcción de submarinos. La mayoría de las experiencias resultaron fallidas, pero el 17 de febrero de 1864, un submarino (llamémoslo así, a pesar de que en esa época aún no se utilizaba dicha palabra) de la armada sureña logró hundir un buque norteño frente a la costa de Charleston.
Ese submarino se llamaba CSS H. L. Hunley, en honor de quien lo había desarrollado: el oficial de la marina confederada Horace Lawson Hunley (dicho sea de paso, se trató de un homenaje post mortem, ya que Hunley había muerto tras dos intentos infructuosos -más precisamente, durante el segundo de ellos- de hacer funcionar el semi sumergible que había concebido).
Estaba construido en hierro, tenía forma oblonga y exhibía sorprendentes detalles aerodinámicos (por ejemplo: hasta habían tenido el cuidado de esmerilar al máximo los remaches, casi al ras de las planchas de hierro, para que ofrecieran menos resistencia en el agua). Se movilizaba mediante tracción a sangre (a sangre humana: sus tripulantes daban vueltas a una manivela que hacía girar la hélice que lo propulsaba, esfuerzo físico que obligaba a que la tripulación se integrara con hombres muy fornidos y resistentes a la fatiga). Medía 12 m. de largo total y tenía (obviamente, dada la tecnología de la época) escasa autonomía de oxígeno en estado sumergido, y por tal razón sus inmersiones debían necesariamente ser muy cortas y a escasa profundidad (navegaba apenas por debajo de la superficie, semi sumergido, y en ese estado, afloraba del agua la torre con la escotilla, haciéndolo visible cuando se aproximaba a un barco enemigo; por lo cual los ataques debían realizarse de noche, de modo de dificultar su detección por parte de los vigías de los barcos que pretendía atacar, tal como puede apreciarse en la imagen que oficia de portada en este artículo). Cuando se sumergía, una simple vela de cera encendida en su interior, permitía a sus tripulantes evaluar qué cantidad de oxígeno les quedaba, antes que el pabilo de la vela se apagase por su falta y tuvieran necesariamente que arrojar el lastre para emerger, de modo de no morir por carencia de aire.
En la noche del 17 de febrero de 1864 (noche de luna llena), el CSS Hunley, perteneciente al ejército confederado, atacó, frente a la costa de Charleston, estado de Carolina del Sur, a un buque del ejército de la Unión, el SS Housatonic, que estaba a 4 millas de la costa, y logró hundirlo mediante el impacto de una mina que el submarino llevaba adosada a una larguísima pértiga situada en su trompa. Pero los efectos de la explosión de la mina, además de conseguir el hundimiento de la nave norteña; también provocaron el del Hunley, cuyos tripulantes perecieron todos.
En 1995, luego de estudios y rastreos con equipos altamente sofisticados y con la técnica del sonar, se logró ubicar al submarino hundido y casi totalmente enterrado en un fondo lodoso. Cinco años más tarde, luego de costosísimas y trabajosas operaciones, se logró extraerlo y subirlo a la superficie para luego trasladarlo a la ciudad de Charleston. Aquí el enlace al video de la operación de rescate del submarino:


Y preste atención a esto que se muestra en el video siguiente (y que a mí me encantó y llenó de envidia, dicho sea de paso). Es cuando ya extraído del lecho marino, lo llevan a puerto. Observe, amigo lector cómo se le rinde homenaje, con toda la gente uniformada de época... Igual que nosotros los argentinos con nuestros soldados de Malvinas, ¿no? Igualito. Mire, odio el imperialismo de los yanquis y el de sus "padres" los ingleses, pero ese "sano odio” no me impide admirarlos y hasta envidiarles el patriotismo que evidencian en cosas como esta. Y eso que aún no sabían que los esqueletos de los tripulantes estaban dentro; hasta ese momento, para ellos se trataba "solamente" de la recuperación de un submarino de la guerra civil. Si hubieran sabido que los restos de los tripulantes estaban a bordo, seguramente la recepción hubiera sido apoteótica: 


Una vez que lograron extraer el Hunley del sitio donde estaba hundido, lo trasladaron a un complejo en Charleston, a fin de iniciar las tareas de preservación de la nave. Cuando limpiaron el submarino y lograron abrir la escotilla para acceder a su interior, se encontraron con los esqueletos de sus ocho tripulantes, ¡todos y cada uno de ellos "sentados" en sus puestos! Pese a los estudios y esfuerzos realizados, no pudo determinarse cuál fue la causa de su muerte, es decir, si los mató la onda expansiva de la mina que hundió el barco enemigo (lo más probable) o la falta de oxígeno (recordemos que la nave sólo podía permanecer sumergida totalmente muy pocos minutos, ya que no contaba con sistema de aire) o, si una vez hundido el submarino por la onda expansiva de la explosión de la mina, sus tripulantes decidieron abrir una válvula para que el mismo se llene de agua, de manera de morir rápidamente ahogados en lugar de perecer más lentamente por falta de oxígeno. Sea cual hubiera sido la causa de la muerte, lo real y concreto es que los ocho se mantuvieron en sus puestos, sentados, hasta morir. Y así se encontraron sus esqueletos ciento treinta y seis años después.
Luego de una minuciosa y exhaustiva investigación en la documentación de la época (registros y crónicas del ejército confederado) pudo determinarse con exactitud que la tripulación del CSS Hunley estaba integrada por: George Dixon (teniente), que estaba al mando del submarino; Arnold Becker; J. F. (se ignoran los nombres a los que correspondían estas iniciales) Carlsen; Frank Collins; James Wicks; Joseph Ridgaway; Lumpkin (se ignora su nombre de pila) y Miller (ídem). Y después, a partir de los cráneos de los ocho tripulantes, un equipo de forenses y antropólogos reconstruyó sus características faciales, y así se pudieron establecer con bastante aproximación cómo eran los rostros que en vida tendrían, y así, construyeron los mismos en material sintético.
Ya se había entonces logrado hasta allí: ubicar el sitio donde estaba hundido el submarino, extraerlo, quitarle el óxido que lo cubría y preservarlo para el futuro, encontrar los restos de sus tripulantes, identificar sus filiaciones personales y sus rangos, es decir; una tarea titánica y altamente eficaz, en tiempo record. Pero faltaba aún la cereza del postre: el equipo de investigadores pudo además determinar cuál de los ocho esqueletos correspondía a quien comandaba el submarino, es decir, el teniente George Dixon. Pudieron hacerlo merced a la investigación llevada a cabo por los historiadores del equipo, ayudados por una circunstancia fortuita: el hallazgo de una moneda de oro de 20 dólares que se encontraba junto a uno de los esqueletos. Hasta allí, se suponía que el hallado en el puesto individual (que seguramente sería el de mando), era el que debía pertenecer a quien comandaba el submarino, pero ¿cómo afirmarlo con certeza, con rigor histórico y más allá de toda duda? Se buscó afanosamente en los registros y crónicas militares, se recurrió a testimonios de antiguos pobladores de Charleston descendientes de combatientes de la guerra civil, y por fin; se tuvo acceso a una historia familiar transmitida de generación en generación y asentada incluso en diarios personales: Cuando estalló la guerra civil entre norte y sur, George Dixon fue de los primeros en enrolarse en el ejército confederado. Su novia y prometida, Queenie Bennet, le obsequió a Dixon a modo de amuleto, una moneda de oro de 20 dólares para que la suerte lo acompañase en la guerra. Esa moneda fue precisamente la que se encontró junto a su esqueleto. Pero la moneda tenía aún más historia para develar: dos años antes de participar en la acción naval que condujo a la voladura del buque unionista, George Dixon había tomado parte en la batalla de Shiloh, que tuvo lugar el 6 de abril de 1862. En esa lid salvó su vida de milagro gracias a la moneda que le había obsequiado su novia: una bala norteña, destinada a perforarle el pecho, resultó frenada por la moneda que llevaba en un bolsillo interior de su uniforme, junto al corazón. Al día siguiente a la batalla, Dixon hizo grabar por un joyero, en la cara en que estaban el águila norteamericana y el valor de 20 dólares, una inscripción que decía: April 6th 1862 My life Preserver G.E.D., recordando el hecho que salvó su vida. Todo esto está perfectamente documentado en las crónicas de la Guerra de Secesión, y esos datos fueron los que posibilitaron individualizar cuál de los ocho esqueletos era el de Dixon. Posteriormente, una vez que fueron ubicados descendientes suyos, mediante los estudios de ADN pudo confirmarse que efectivamente, los restos mortales eran de Dixon. La moneda se encuentra también exhibida en el museo dedicado al CSS Hunley, conserva la inscripción que le hizo tallar Dixon en 1862, y en ella puede apreciarse el impacto de la bala.
En 2004 se inhumaron en el cementerio de Charleston, con honores militares de guerra, los restos de los ocho tripulantes del CSS Hunley en una ceremonia con masiva concurrencia de público, designada como el Último Funeral Confederado.
Todavía en la actualidad, científicos, historiadores y forenses norteamericanos continúan trabajando, tanto en completar los datos que faltan sobre algunos de los tripulantes del Hunley, como así también en identificar qué esqueleto corresponde a cada uno de ellos, a través de la técnica de ADN, comparando el de los restos con los que se extraigan de eventuales descendientes que se vayan localizando.
A continuación, le dejo otros dos videos:



Reitero: odio el imperialismo, pero pensemos aunque sea un instante: ¿no será la manera de liberarnos de su yugo tomar buena nota del nacionalismo que tienen los países que lo ejercen? No aliento a que copiemos nada, porque no me guía ninguna emulación servil, al contrario; pero ¡carajo!, ¿no va siendo hora de destinar recursos y esfuerzos al estudio EN SERIO de nuestro pasado, tal como lo hacen todas las naciones del mundo? No, perdón, me corrijo: todas… no; sino sólo las que tienen arraigado el concepto de ser tales.
Digo, por ejemplo, ¿cuántos argentinos saben que producida la Revolución de Mayo, la Junta encaró la construcción de un submarino para atacar los barcos realistas que estaban en Montevideo, a instancias de un norteamericano: Samuel William Taber, que ni bien llegado a Buenos Aires se puso al servicio del gobierno? ¿Cuántos historiadores hicieron el esfuerzo de investigar eso? Pocos, poquísimos. ¿Qué recursos se destinaron a ubicar y tratar de extraer de las aguas la embarcación construida por Taber que se supone hundida en la Ensenada de Barragán? Ninguno.
Otra: hará unos quince años o cosa así, viajaba desde Córdoba hacia Tucumán, y se me ocurrió entrar al paraje de Barranca Yaco para mostrarle a mi hija menor el sitio en que había sido asesinado Facundo Quiroga. ¿Cómo cree usted que estaba el lugar? Imagine lo peor y acertará: abandonado por completo, tapado por los yuyos, mugre, papeles, botellas, latas y desechos por todo el sitio, hasta excrementos y preservativos.
Y de esas tengo mil, pero mejor no sigo, porque me va a sangrar la úlcera.
¿No sería hora de que nos decidiéramos de una buena vez a inculcar en nuestros niños y jóvenes la afición a y el interés por, nuestra historia, de modo de conocer exhaustivamente nuestro pasado? (lo cual nos llevará de suyo a saber por qué tenemos el presente que tenemos, y de paso; el mejor modo de encarar nuestro futuro como nación). Ya transcurridos dos siglos desde nuestra independencia, ¿por qué no empezamos a ocuparnos de lo que importa: nuestra historia? ¿Será mucho pedir, me cago en nuestra desidia?
Quien ignora de dónde viene, difícilmente tenga claro a dónde quiere ir.

-Juan Carlos Serqueiros-

viernes, 25 de agosto de 2023

LA GNOSIS, LA IGLESIA Y EL AGNOSTICISMO























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Puesto que la Totalidad buscó a Aquel del que habían salido, y la Totalidad estaba dentro de Él, el Incomprensible, el Impensable, que está sobre todo pensamiento, ignorar al Padre produjo angustia y terror. (Valentinus de Alejandría, Evangelio de la Verdad, I. Surgimiento de la ignorancia. Frustración de la búsqueda y creación ilusoria)

Una vez rebatidos los valentinianos, todo el resto de los herejes queda también derrocado. (Irenaeus de Lyon, Adversus haereses, Libro II, 5.4. Refutación de otras teorías)

“En el principio Dios creó el cielo y la tierra”. Esa frase bíblica atribuyendo la Creación a un Dios único, omnisciente y omnipotente, constituye el basamento en que descansa la tradición judeocristiana hecha religión, o mejor dicho; religiones.
Sin embargo, no siempre fue o se creyó así. Habían, desde la más remota antigüedad, quienes pensaban que sólo la creación del mundo material era obra de una deidad, el Demiurgo; por encima de la cual se hallaba la verdadera Divinidad, origen de todo, el Ser Supremo, incognoscible, caracterizado por una pronunciada dualidad y que reinaba sobre el auténtico Universo, el espiritual; constituyendo así el otro universo, el exterior, el material; tan sólo una apariencia engañosa. A ese sistema filosófico místico, hermético, esotérico, reservado sólo a aquellos que estaban iniciados en él; es a lo que los griegos llamaron Gnosis, es decir, etimológicamente, LA sabiduría, EL conocimiento.
En apretadísima síntesis (y quédese tranquilo usted, mi querido lector, pues no voy a abrumarle —no es mi intención, y además; no estoy ni por asomo formado, versado y preparado para ello—) con abundancia de detalles acerca de Pléroma, Kénoma, Eones, Pneumas, Hylis, Ogdóada, Hebdómada, Arcontes y demás etcéteras-, digamos que los gnósticos perseguían el Conocimiento Absoluto (Gnosis) que habría de asegurarles la vida eterna, a través del estudio de la ciencia de las cosas divinas.
El más notable de entre los gnósticos fue Valentinus de Alejandría, quien vivió en el siglo II y concibió, desde el sincretismo, un sistema místico filosófico que concatenaba elementos tomados de las mitologías egipcia, griega y persa; los pitagóricos; el platonismo; el judaísmo y el primer cristianismo, expresando una cosmovisión en la que súbitamente, todo parecía adquirir un prístino sentido. De manera sucinta, digamos que Valentinus explicaba la contradicción entre la coexistencia del Ser Supremo y la del Mal, atribuyendo la de este último en el mundo, a la imperfección del Demiurgo, que por soberbia y envidia e imitando mal al Theos agnostos, había creado tres clases de seres humanos: los materiales o hylicos, irremisiblemente condenados a la muerte eterna; los psíquicos o animales, que podían salvarse a través de la Gnosis; y los espirituales o pneumáticos, que por serlo intrínsecamente, estaban salvados de antemano.
A Valentinus salió a cruzarlo Irenaeus de Lyon, san Ireneo, quien vivió entre los siglos II y III, y escribió circa 180 una obra a la que tituló Adversus haereses ("Contra los herejes") en cinco Libros. En el primero de ellos, Ireneaus detalla qué es lo que pretende atacar y cuáles son las doctrinas que se propone refutar; lo cual efectivamente, hace en el segundo; el Libro III lo dedica a demostrar (desde su óptica, claro), lo que él entiende por basamentos de la fe cristiana, la tradición apostólica, la unicidad de Dios, y la Verdad (que atribuye a lo escrito en la Biblia, en los evangelios, que limita a los cuatro que después serían establecidos como canónicos: Mateo, Marcos, Lucas y Juan); en el Libro IV se empeña en establecer la unidad y coherencia entre el Antiguo Testamento y los cuatro evangelios citados; y en el Libro V fundamenta su escatología milenarista.
La confrontación entre Valentinus e Irenaeus fue en sustancia la de un filósofo versado en teología, contra un teólogo versado en filosofía; el contraste entre alguien que profesaba una fe surgida desde lo racional (esa que emerge de lo que hoy por hoy y a partir de Leibniz llamamos teodicea); y alguien a quien sostenía e impelía la otra fe, la religiosa per se. Valentinus tildaba de "ciega" a esa fe que poseían quienes pensaban como Irenaeus, por estar fundada en un creer que no le bastaba como soporte y al que reputaba como cándido; mientras que para Irenaeus la fe estaba en la aceptación de que la verdad revelada residía en las Escrituras y los apóstoles, y lo que no se encuadraba en eso, era pura herejía y blasfemia. Posturas tan encontradas tenían necesariamente que chocar. Y por supuesto, chocaron nomás.
La "pelea" la "ganó" Irenaeus, pero póstumamente, más de un siglo después. Sin embargo, Valentinus tendría "revancha", aunque también póstumamente, y mucho más tardía; porque hubo de esperar hasta el siglo XVIII para que se descubriera su Pistis Sophia, y hasta el XX para que volviera a la luz su Evangelio de la verdad, que estaba entre los manuscritos coptos hallados en Nag Hammadi, Egipto.
El debate entre la fe, las ideas y convicciones de estos dos hombres geniales continúa hasta nuestros días; bien que desvirtuado por un crecido número de chantapufis de uno y otro "bando", que sólo buscan acercar agua a sus molinos, algunos por intereses creados y otros, simplemente por prejuicios y estulticia.
Así por ejemplo, la iglesia de Roma no puede negar la manipulación de que hizo objeto a los textos bíblicos; la cual es fácilmente comprobable y basta la simple comparación del Nuevo Testamento de una Biblia de la actualidad, con el Nuevo Testamento de la Biblia llamada “de Sinaí” descubierta en 1859 en el monasterio de Santa Catalina al pie del Monte Sinaí, que data del siglo IV, se halla en el Museo Británico de Londres y que la ex URSS de Stalin vendió a Inglaterra en 1933 por la suma de 100.000 libras; para notar que los textos de hoy, contienen casi 15.000 variaciones (la mayor parte de las cuales son agregados, de modo de hacer coincidir los evangelios con los preceptos eclesiásticos); con respecto a los contenidos en el códice sinaítico. Tampoco tiene la iglesia vaticana manera alguna de torcer las palabras que en marzo de 2007 fueron vertidas por el papa Benedicto XVI refiriéndose a Ireneo, atribuyéndole a éste ser un mártir, cuando no hay, no ya una prueba de que ello fuera cierto, sino tan siquiera un indicio de tal cosa; y ser "el campeón de la lucha contra las herejías" (sic). Y desde ya, no se privó el bueno de Benedicto (¡justo él!) en esa oportunidad, de definir al gnosticismo como la "amenaza" de un "cristianismo de élite, intelectualista" (sic). Pero claro, se entiende, el papa Benedicto XVI es el mismo que cuando era el cardenal Ratzinger, dijo en 1990: "En la época de Galileo la Iglesia fue mucho más fiel a la razón que el propio Galileo. El proceso contra Galileo fue razonable y justo" (sic). En fin...
Pero también es cierto que por "la vereda de enfrente" las cosas no estaban ni están mejor; al contrario. El gnosticismo, lejos de consolidarse, fue paulatinamente desgranándose en una serie de sectas, las cuales han ido degenerando en grupúsculos que las más de las veces son orientados y dirigidos por impresentables, y fogoneados por mercachifles que hacen increíbles mescolanzas metiendo en un caldero la Gnosis; con la risible (y desde lo estrictamente literario, pésima) novela El código Da Vinci, los rollos del Mar Muerto, ciertos programejos televisivos pseudo científicos emitidos por Discovery Channel, Nat Geo o History Channel, los templarios, los cátaros y un montón de etcéteras más, como si algo tuviesen que ver entre sí el tocino y la velocidad de la luz.
En resumen, no es legítimo desde el punto de vista histórico, equiparar a Irenaeus, que fue sin dudas un gran teólogo; con el oscurantismo y el fanatismo en que habría de caer la iglesia de Roma con los horrores perpetrados por el flagelo de la tenebrosa Inquisición, la quema de "brujas", las persecuciones a moros, judíos y protestantes, y los intentos por frenar los avances de la ciencia so pretexto de que contrariaban el dogma religioso. Así como también es ilícito desde la perspectiva histórica, meter en la misma bolsa a un extraordinario filósofo como Valentinus (¡tan luego a él, que propiciaba —a mi juicio, erróneamente la renuncia a los goces de la carne!), junto con otros que desde la metafísica gnóstica, interpretaron que si la salvación estaba asegurada desde la consecución de la sabiduría; entonces eso los autorizaba a perder toda ponderación ética, y así se entregaron a bajas pasiones y excesos de todo tipo, aún los más aberrantes y hasta cayeron en la amoralidad misma, como por ejemplo, Marcos el Mago, o más acá en el tiempo, Aleister Crowley (sí, ese mismo, el que aparece en la tapa del disco “The Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band”, de los Beatles).
Particularmente, no he hallado en la gnosis de Valentinus las respuestas que satisfagan los interrogantes que me he planteado siempre, ni tampoco encontré en el dogmatismo apostólico de Irenaeus solución para mi absoluta carencia de fe religiosa; lo cual por supuesto, no me inhibió para leer a uno y otro con sumo placer, ni para enriquecerme intelectual y espiritualmente con ambos.
Consecuentemente, sigo "militando" (por desgracia y muy a mi pesar) entre los millones de personas que, como pobres e insignificantes seres humanos arrojados azarosamente y sin consulta previa sobre un planeta perdido en la infinitud del Universo, optamos por refugiar nuestra propia ignorancia en el agnosticismo, esto es; en la ausencia de conocimiento, en el no sé.
Y en eso andamos... ¿Andamos? Y... qué sé yo si en verdad andamos... pero bueh, eso espero, por lo menos.

-Juan Carlos Serqueiros-

martes, 30 de mayo de 2023

PÍTACO DE MITILENE























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Pítaco de Mitilene fue uno de los llamados Siete Sabios de Grecia (los otros seis eran: Solón de Atenas, Quilón de Esparta, Tales de Mileto, Cleóbulo de Lindos, Periandro de Corinto y Bías de Priene). Se trataba de una especie de condensación del conocimiento transmitido por un núcleo de personalidades históricas consideradas las más relevantes de su tiempo; al pueblo de sus ciudades, resumido dicho saber en máximas filosóficas que surgían de la inducción de sus propios raciocinios y se manifestaban en sus actos de gobierno; porque es importante no perder de vista que, más allá de la brillantez de sus intelectos, estos Siete Sabios eran militares, estadistas, consejeros, legisladores, y en fin; fundamentalmente hombres de gobierno.
Pítaco nació, vivió y murió en Mitilene, ciudad situada en la Isla de Lesbos, entre los años 640 y 568 a.C. Su valentía, su honestidad y sus dotes conductivas le granjearon gran respeto y admiración entre los suyos; popularidad esta que se acrecentó aún más cuando logró derrocar la tiranía de Melancro.
Hallándose en guerra Mitilene contra Atenas, recayó sobre él la responsabilidad de comandar las tropas de la primera, y estando ambos ejércitos a punto de iniciar la batalla decisiva; Pítaco desafió al general ateniense, Frinón, a luchar sólo entre ellos dos, lo cual fue aceptado por su rival. Frinón no había advertido que Pítaco llevaba oculta una red detrás de su escudo, y éste envolvió con ella a su contendiente, y luego lo mató, frente a las tropas de ambos ejércitos que miraban el combate.
Llegado al cenit de su prestigio, los ciudadanos de Mitilene lo erigieron en dictador, gobernando en ese carácter durante diez años, relegando a la aristocracia y apoyado en las clases bajas, al cabo de los cuales, restablecido el orden y estando Mitilene en paz y prosperidad merced a las normas y leyes que impuso, renunció al poder.
En reconocimiento a su obra de gobierno, sus conciudadanos quisieron homenajearlo otorgándole la propiedad de las mejores y más productivas tierras de Mitilene; pero Pítaco dijo que sólo aceptaría el área comprendida por el cuadrado de la distancia que recorriese una flecha arrojada por él. Interrogado respecto de la motivación que lo guiaba, respondió: “Con una parte basta y es mejor que el todo”.
Pítaco no era un hombre esbelto ni agraciado, por lo contrario; era gordo, feo y tenía dificultades para caminar, por una enfermedad que sufría en sus pies. Se había casado con una mujer de gran belleza y alto linaje, que lo despreciaba por su fealdad y con la cual vivía en conflicto permanente. Habiendo comprobado por su propia experiencia que un matrimonio desigual no podía hacer feliz a sus cónyuges, aconsejó a quien recabara su opinión, que se casase con una mujer de igual categoría que la propia de quien lo consultara, ya que “si te casas con mujer de condición superior a la tuya, serás desgraciado e infeliz; y si te casas con una inferior, sus parientes te darán más trabajo”.
Dado que Mitilene producía exquisitos vinos, el consumo abusivo del mismo era una costumbre arraigada en la ciudad; ante lo cual Pítaco resolvió esta problemática estableciendo pena doble para los delitos cometidos en estado de embriaguez, y bebiendo él mismo sólo agua. Sus máximas y aforismos, han llegado hasta nosotros en un viaje de… ¡veinticinco siglos! Entre muchas de ellas, cito algunas:
  • El hombre prudente sabe prevenir el mal, el hombre valeroso lo soporta sin quejarse.
  • No habléis mal de nadie, ni siquiera de vuestros enemigos.
  • Amo la casa en la cual no encuentro nada superfluo y encuentro todo lo necesario.
  • Si queréis conocer a un hombre, investidle de un gran poder.
  • Debéis saber escoger la oportunidad.
  • Es difícil realmente ser un buen hombre.
  • Incluso los dioses no pueden luchar contra la necesidad.
  • La energía evidencia al hombre.
  • No digáis de antemano lo que vais a hacer; porque si falláis, se burlarán de vosotros.
  • No sabe hablar apropiadamente, el que no sabe callar lo que debe.
  • Si os hacéis de amigos en la prosperidad, deberéis probarlos en la adversidad.
  • Tal cual seáis para con vuestros padres, tales serán para con vosotros vuestros hijos.
Pítaco, cargado de gloria, fama y honores, murió en Mitilene con 72 años a cuestas, en la quincuagésimo segunda olimpíada, es decir, en el año 568 a.C.

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS

Diógenes Laercio. Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres t.1, Luis Navarro, Madrid, 1887.
Fénelon, François. Compendio de las vidas de los filósofos antiguos, Cormon & Blanc, París, 1825.

martes, 2 de mayo de 2023

PALIMPSESTO





































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Tampoco nosotros tenemos suficiente pergamino, y por eso carecemos del que poder enviaros; pero os hemos enviado dinero con el que, si así lo disponéis, podáis comprarlo. (San Braulio, obispo de Zaragoza, siglo VII)

Palimpsesto, del latín palimpsestus y éste del griego παλίμψηστος (de πάλινpalin—: de nuevo, otra vez, nuevamente; y ψάωpsao—: raspar, frotar), es un vocablo utilizado para designar a un manuscrito antiguo sobre pergamino o vitela (y también sobre papiro, aunque no haya evidencia material de ello; pero sí referencias en algunos pasajes de las obras de Plutarco y Cicerón) en el cual el texto originalmente grabado en él, haya sido borrado, de modo que ese mismo soporte pudiera admitir otra scriptio (llamada "superior"); pero a la vez, dejando percibir rastros de la que fuera eliminada ("inferior").
Ya en el medioevo, la conquista de Egipto en el siglo VII por parte de los árabes, trajo aparejado el cese de la comercialización de papiro.


En cuanto al papel (inventado por los chinos en el siglo II a.C.), recién sería introducido por los árabes en España en el siglo X, y si bien su fabricación empezó a extenderse por Europa a partir de los siglos XI y XII; no sería sino hasta la segunda mitad del XV que se estimularía la misma, como consecuencia de la invención de la imprenta de tipos móviles que se atribuye a Gutenberg. Asimismo, los altos costos que representaba la producción de pergamino, lo convertían en un soporte carísimo (y la vitela lo era más aún), y de allí, pues, la necesidad para los monjes y copistas de reutilizarlos.
Entre los más famosos pueden citarse el Codex Nitriensis, copiado en el siglo IX por el monje Simeón (¿de Durham?) que transcribió en siríaco un tratado de Severo de Antioquía en una vitela de la cual previamente se habían borrado copias en griego del siglo V o VI, a lo sumo, de La Ilíada de Homero, Elementos de Euclides y el Evangelio de Lucas. En la actualidad, se halla en la Biblioteca Británica, en Londres, Inglaterra.


Y el hoy por hoy más célebre de los palimpsestos, el llamado de Arquímedes, que tiene una interesantísima historia: en el siglo X, en Constantinopla (actualmente y desde 1930, Estambul), un anónimo escriba compuso un códice en el cual había copiado en griego seis tratados de Arquímedes y un juego griego, una especie de rompecabezas geométrico, cuya creación se le atribuye: Sobre el equilibrio de los planos, Sobre las espirales, Medida de un círculo, Sobre la esfera y el cilindro, Sobre los cuerpos flotantes, El método de los teoremas mecánicos y Stomachion. Tres siglos después, posteriormente al saqueo de Constantinopla durante la Cuarta Cruzada, el códice fue a dar a Jerusalén, donde en 1229 un monje llamado Johannes Myronas lo deshizo, cortó por la mitad las hojas de pergamino que lo componían y borró, aplicando zumo de naranja, los textos de Arquímedes, tras lo cual utilizó ese soporte junto a otros seis códices para hacer un libro de salmos y oraciones cristianas del rito griego. El libro permaneció cuatro siglos en el monasterio de San Sabas, en Judea; tras lo cual fue reintegrado a Constantinopla. Allí, en 1846, lo examinó el lingüista alemán Konstantin von Tischendorf, quien descubrió que bajo la escritura litúrgica había textos de Arquímedes y se quedó con uno de los folios (el cual se halla actualmente en la biblioteca de la Universidad de Cambridge, en Inglaterra); hasta que en 1906, el filólogo e historiador danés Johan Ludvig Heiberg examinó el palimpsesto y lo fotografió concienzudamente, publicando en 1910 y 1915 los resultados de su investigación. Al estallar la Primera Guerra Mundial, el libro desapareció (luego se descubriría que había permanecido en manos de distintos coleccionistas privados), hasta que en 1998 fue subastado por Christie's en Nueva York, siendo adquirido en la suma de U$S 2.200.000 por un comprador que no quiso revelar su identidad y que después lo entregó en guarda al Walters Art Museum de Baltimore, Estados Unidos, para que fuera restaurado y descifrado. Concluido el proceso de restauración y conservación de las páginas, las mismas fueron digitalizadas y analizadas con modernas tecnologías, y así el museo logró transcribir el 80% de los textos y la Universidad de Stanford hizo lo propio con el resto, trabajos estos merced a los cuales la humanidad conoce hoy y a partir de 2008 en que fueron publicados íntegramente y subidos a Internet, Método de los teoremas mecánicos de Arquímedes que se creía perdido para siempre, y dispone de la única copia en griego de Sobre los cuerpos flotantes.



También diversos escritores se han ocupado de los palimpsestos en la literatura. Así por ejemplo, Arthur Conan Doyle en El regreso de Sherlock Holmes, "Las gafas de oro" (págs. 344 a 348 de la edición digital de Sherlock Holmes. La colección completa, eBooks con Estilo, 2012), hace aparecer a su famoso detective intentando descifrar uno de ellos, en compañía de su semper fidelis Watson, sumido éste a su vez, en la lectura de un tratado médico; y por su parte, Edgar Allan Poe en "El escarabajo de oro" (págs. 69 a 105 de Edgar Allan Poe. Historias extraordinarias, Emecé Editores S.A., Buenos Aires, 1947) nos describe a su personaje Guillermo Legrand descubriendo el tesoro enterrado del pirata Capitán Kidd, lo cual logra a través de descifrar un palimpsesto (si bien el autor no lo designa específicamente con esa palabra) en vitela cuyo texto oculto se evidencia al aplicarle calor al documento.
Sería caer en lo maniqueo adherir a quienes postulan la tesis de atribuirle al cristianismo la intención expresa y manifiesta de condenar al olvido textos técnicos y científicos de la tardo  antigüedad borrándolos para sobre escribir en sus soportes, otros de carácter religioso y litúrgico. Al respecto, señala Angel Escobar en El palimpsesto grecolatino como fenómeno librario y textual: "Por lo demás, es obvio que el texto que acaba por imponerse en el códice sobre su precedente refleja una preferencia, pero no necesariamente —es más: a buen seguro, sólo de manera excepcional— una postergación deliberada de ese texto subyacente en concreto, ni siquiera reconocido con frecuencia, en los centros de copia, entre el magma de ese prontuario de pergamino al que antes hacíamos referencia. No cabe hablar, en este sentido, de una acción concertada frente a un tipo de literatura en concreto, frente a un canon en decadencia: seguramente no fue la animadversión hacia el texto de Arquímedes lo que motivó la reutilización del códice que lo albergaba, sino la indiferencia hacia él, como en el caso de tantos otros autores griegos y latinos. Sí, más bien, cabe establecer hipótesis sobre el declinar de unos cánones (a veces sólo pasajeramente, en el intervalo entre dos 'renacimientos' culturales) y el aflorar de otros en el momento de la reutilización de los códices, por mucho que apenas pueda irse más allá de una delimitación de tendencias generales".
No obstante lo citado; entiendo menester no soslayar la consideración de que el libro de Escobar fue auspiciado y editado por las cristianísimas Institución "Fernando el Católico" y Universidad de Zaragoza.
Y ahora ya sabe usted, estimado lector, a qué se refieren cuando le mencionen la palabra palimpsesto o cuando la vea escrita.
Después de todo, también podríamos considerar a la historia como un gran palimpsesto en el cual continuamente el hombre (que constituye el objeto y el sujeto de la historia); borra y reescribe ora la crónica de sus propias grandes hazañas, ora la abyección de sus propias miserias.
¡Hasta la próxima!

-Juan Carlos Serqueiros-

viernes, 21 de abril de 2023

SEXTO AURELIO PROPERCIO O EL AMOR CONTRARIADO

























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Vnus erat tribus in secreta lectulus herba; / quaeris concubitus? Inter utramque fui. (Un solo lecho para tres, en la hierba, apartado / ¿Mi lugar para el coito? Entre las dos mujeres).
-Sexto Aurelio Propercio-

Sexto Aurelio Propercio fue un poeta elegíaco de vida muy corta (n. Asís, 47-48 a.C. - m. Roma, 15 a.C). Pero a pesar de ello; su talento le alcanzó —aún en la implacable brevedad de su existencia para gozar del patrocinio de Mecenas.
Sus poemas versan sobre lo patriótico y la mitología romana; pero serían sus elegías, inspiradas en su amor por Cintia, las que harían que la posteridad lo convirtiera en un clásico.
Al parecer, Cintia no era precisamente lo que diríamos un modelo de castidad y fidelidad: "¿Es verdad, Cintia, que en toda Roma eres difamada y que vives en conocida lascivia? / ¿Merecí esperar esto? Pérfida, me las pagarás, / y el viento, Cintia, me llevará a alguna parte", escribió Propercio en una de sus elegías. 
Y entonces, él se "vengaba" de ella en algunos de sus versos, como por ejemplo, los que cité a continuación de la imagen que oficia de portada en este opúsculo, en los cuales, despechado, le contaba a Cintia lo de un trío sexual que formó él con dos mujeres, u otros en los que que se burla de sí mismo por el sufrimiento que le provocaban sus amores contrariados.
Propercio parece haber exorcizado su furia canalizándola en su poesía. En otros versos le dice a Cintia que merece que la mate, pero que no hará tal cosa, y en cambio; le echa maldiciones y le profetiza un destino de vieja arrugada, solitaria y amargada (como vemos, nadie, ni siquiera los poetas del tango y del blues, inventó nada nuevo en materia de lírica relativa a amores contrariados; ya lo habían hecho los latinos): "¡Pero que a ti te abrume la vejez con años disimulados / y lleguen las siniestras arrugas a tu figura! / ¡Que entonces ansíes arrancar de raíz los cabellos blancos, / ay, mientras el espejo te reprocha tus arrugas. / Y, rechazada, tengas que sufrir en propia carne la soberbia altivez / y vieja, te lamentes de lo mismo que tú hiciste! / Estas maldiciones funestas te ha cantado mi poesía: / ¡aprende a temer el fin de tu hermosura!".
En fin... yo le habría dicho al bueno de don Sexto Aurelio que dejara de andar por la vida con la bronca en las tripas y que más bien siguiera enganchado en tríos como esos en los que se solazaba con dos paicas o se integrara a una buena partuza. O, mejor aún; que se quisiera a sí mismo y reencontrara el amor en su propio corazón. Se me ocurre, qué sé yo...

-Juan Carlos Serqueiros-

jueves, 6 de abril de 2023

HERÓDOTO, PLATÓN, PLUTARCO Y EL CULO QUE VALÍA UN REINO O LAS APARENTES VENTAJAS DE LA INJUSTICIA




































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Yo siento que mi fe se tambalea, / que la gente mala, vive / ¡Dios! mejor que yo... (Enrique Santos Discépolo, "Tormenta")

La imagen que oficia de portada a este artículo, estimado lector, corresponde a un óleo sobre tela titulado "Candaules, rey de Lidia, mostrando su esposa a Giges".
En la pintura, desbordante de erotismo, vemos en un claroscuro típico del Barroco, a una mujer de espaldas, pletórica en la voluptuosidad de sus carnes desnudas, con la cabeza girada, una sensual y sugerente expresión en el rostro y la boca esbozando una enigmática sonrisa, como si se supiese observada; mientras detrás del cortinado, un hombre la espía arrobado y otro, situado tras éste, dirige su mirada al frente; y a la izquierda aparece un perrito que ha detectado la presencia del mirón.
Pintado entre 1646 y 1648, se trata de uno de los cuadros más famosos de Jacob Jordaens, nacido en Amberes el 19 de mayo de 1593 y muerto en dicha ciudad el 18 de octubre de 1678; un notable pintor flamenco muy influido por Rubens. Esta obra magistral, que ha inspirado a varios escritores y ha dado origen a la expresión candaulismo o voyeurismo, se inscribe perceptible e inequívocamente en el arte barroco y se ubica en el género de la pintura histórica y mitológica.
Pero veamos, ¿quiénes eran los personajes representados en el cuadro y en qué contexto se hallaban?
El reino de Lidia se situaba en la península de Anatolia, en la actual Turquía, y floreció entre 1185 a.C. y 546 a.C., año en que sucumbió ante los persas de Ciro II el Grande. En cuanto a Candaules, su esposa y Giges; Heródoto de Halicarnaso (c. 484 - 425 a.C.) y Platón (c. 427 - 347 a.C.), nos han ilustrado convenientemente acerca de ellos.


En el Logo 1: historia de Creso de su Historiae (acápites VII al XIV del Libro I: Clío de Los nueve libros de la Historia, en las edición, denominación y división alejandrinas de su obra), Heródoto nos cuenta que Candaules fue "el último soberano de la familia de los Heráclidas" (descendientes de Heracles -o sea, Hércules- y una esclava de Yárdano, progenitor de Ónfale) "que reinó en Sardes" (capital de Lidia). El Padre de la Historia nos lo describe como un monarca imprudente y "apasionado", juguete del destino "como que estaba decretada por el cielo su fatal ruina", que "perdió la corona y la vida por un capricho singular" al adoptar "una resolución a la verdad bien impertinente": orgulloso como estaba de poseer "la mujer más hermosa del mundo", decidió mostrarla desnuda a Giges, su "privado" (favorito), y pese a que éste le rogó que no hiciese tal cosa; Candaules insistió. A la noche lo llevó a su alcoba y lo obligó a contemplar a su mujer mientras se desvestía, sin percatarse ni uno ni otro que ésta había advertido que la espiaban. Avergonzada y ofendida, pues "entre casi todos los bárbaros" (es decir, quienes no eran griegos) "se tiene por grande infamia el que un hombre se deje ver desnudo, cuanto más una mujer", la reina decidió castigar la afrenta que le había inferido Candaules. Al día siguiente mandó llamar a Giges y le dio a elegir entre ser ejecutado por lo que se había prestado a hacer, o asesinar a Candaules, tomarla por esposa y reinar junto a ella. Puesto en semejante disyuntiva, Giges optó por el magnicidio y mató al rey, convirtiéndose en el nuevo soberano de Lidia, luego de ser confirmado (mediante cuantiosas ofrendas de oro y plata, agrega el perspicaz Heródoto) por el "oráculo de Delfos", después de un amago de guerra civil entre sus propios partidarios y los de Candaules, que estaban deseosos de vengar la muerte de este último. También cita Heródoto su fuente: el soldado y poeta Arquíloco de Paros en sus versos de métrica yámbica. Y termina el historiador relatando que "apoderado del mando este monarca" (Giges), "hizo una expedición contra Mileto, otra contra Esmirna, y otra contra Colofon, cuya última plaza tomó a viva fuerza; pero ya que en el largo espacio de treinta y ocho años que duró su reinado ninguna otra hazaña hizo de valor, contentos nosotros con lo que llevamos referido, lo dejaremos aquí".
Platón, por su parte, nos trae una versión distinta. En el libro II, acápites 359 y 360 de La República, narra un diálogo entre su hermano, Glaucón; y Sócrates, en el cual el primero intenta rebatir el postulado del segundo en el sentido de que todo hombre es intrínsecamente justo, trayendo a colación la historia de Giges. Según el relato platónico, éste era un pastor lidio que cierto día, tras un sismo que abrió una enorme grieta en la tierra, halló en el fondo de la misma un caballo de bronce con el cadáver de un gigante ("de talla al parecer más que humana") en su interior, "que no llevaba sobre sí más que una sortija de oro en la mano". Giges tomó el anillo y, descubriendo que el objeto tenía la propiedad de tornar invisible a quien lo llevase, lo utilizó para seducir a la reina y luego, con la ayuda de ésta, asesinar al monarca legítimo para erigirse en soberano él mismo.


Como podemos apreciar, los dos relatos, aún siendo disímiles entre sí, tanto en lo narrativo como en cuanto a lo metodológico y al propósito al cual cada uno se orienta y persigue (objetivo y puramente histórico en Heródoto y metafórico e idealista en Platón); guardan una coincidencia básica y más que bien notable: en ambos, Giges es un asesino que usurpa el poder, ya sea instigado por o con la complicidad de, la reina.
¿Cuál de los dos se acerca más a eso tan elusivo e inasible que se ha dado en llamar verdad histórica me pregunta usted, querido lector? El servidor que esto escribe opina que ambos, a su modo, escribieron su verdad, tan relativa como cualquier otra. Aunque si se me obliga a optar, me inclino por Platón, paradojalmente, porque éste no era historiador. Es que ¿sabe?, infiero como más probable que Giges haya sido sustancialmente tal como lo pinta el aristocrático ateniense, un tosco (aunque hábil, ambicioso, osado y eficaz, qué duda cabe) pastor; antes que el cortesano favorito del monarca de un pueblo bárbaro de la Época Arcaica que nos refiere el inquieto y viajado Heródoto. Además, es precisamente éste quien cita el hecho de que los lidios reglamentaron la prostitución de sus mujeres: "todas las hijas de los lidios venden su honor ganándose su dote con la prostitución voluntaria, hasta tanto se casan con un determinado marido, que cada cual por sí misma se busca", escribe; lo cual por cierto dista mucho de ser congruente con el presunto pudor agraviado de una reina que se ve espiada en su desnudez.
Y al fin de cuentas, el bueno de Heródoto fue quien escribió en su magnum opus: "Me veo en el deber de referir lo que se me cuenta, pero no a creérmelo todo a rajatabla; esta afirmación es aplicable a la totalidad de mi obra".
Tengo para mí esta hipótesis que me parece la más plausible: Giges y la reina, en connivencia y convertidos en amantes, con la ayuda de aliados extranjeros (la cual refiere Plutarco en el libro IV.21 Cuestiones griegas de su Moralia) y pagadas a precio de oro las prescindencia y conformidad griegas en el asunto (adicionalmente, hubo después en Lidia un acelerado proceso de helenización impulsado por Giges); planearon y ejecutaron el asesinato de Candaules para beneficiarse luego con los goces materiales de un larguísimo reinado.
Y sea como haya sido, siempre será un regalo extático para el espíritu contemplar la belleza sublime del cuadro de Jordaens; así como también será un regalo para el intelecto el pensar y repensar (ejercicio este cada vez más desacostumbrado, por lo visto) la historia de la humanidad a partir de lo que nos han transmitido Heródoto, Platón y Plutarco, entre otros. Lo cual de ninguna manera es poco, creo.
¡Hasta la próxima!

-Juan Carlos Serqueiros-