domingo, 3 de julio de 2016

HISTORIA DE PARQUE DE LOS PATRICIOS. COMBATE DE LOS CORRALES
















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

La infinidad de muertos y heridos de que ha quedado sembrado el campo de batalla, prueba el valor del soldado y del ciudadano argentino. Ante estos testimonios no se puede decir que hubieron cobardes. (Diario La Prensa, 22 de junio de 1880)

La sucesión presidencial de 1880 estuvo signada por una de las tantas guerras civiles en que nos hemos trabado los argentinos en nuestra corta historia de dos siglos. El resultado de los colegios electorales que consagraron a Julio A. Roca y Francisco Madero como presidente y vice de la República, respectivamente; no fue aceptado por las provincias de Buenos Aires y Corrientes, aliadas entre sí política, militar y económicamente, gobernadas por Carlos Tejedor la una y por Felipe Cabral la otra, las cuales se rebelaron contra el gobierno nacional del presidente Nicolás Avellaneda.


Estalló, pues, la guerra, que comenzó efectivamente el 17 de junio con un choque en el paraje de Olivera, cerca de Luján, prosiguió el domingo 20 de junio con las acciones de Barracas al Sud (actual Avellaneda), luchándose por el puente de Barracas (como se llamaba popularmente al puente Prilidiano Pueyrredón), y culminó el lunes 21 de junio con combates trabados prácticamente de manera simultánea en todo el frente: Puente Alsina (el antiguo Paso de Burgos, en tiempos del virreinato, las invasiones inglesas y hasta fines de la década de 1850), los Corrales, la Convalecencia (Barracas) y el mercado Constitución (la actual plaza Constitución, en el barrio de ese nombre).
La única posibilidad de triunfo que tenían Buenos Aires y Corrientes, radicaba en que el ejército de la primera lograse resistir el ataque de las tropas que el gobierno nacional concentraba en la Chacarita de los Colegiales (actual barrio de Chacarita), para llevar después la guerra más allá de la provincia, o por lo menos, de la ciudad; y en que el ejército de la segunda invadiese Entre Ríos y Santa Fe (desguarnecidas, pues los regimientos allí asentados habían sido dirigidos a Rosario para desde allí pasar a la Chacarita) para derrocar a sus gobiernos y establecer otros que fueran afines a la postura sustentada por Tejedor y Cabral.
Pero Tejedor, el gobernador de Buenos Aires, se limitó a una guerra “defensiva” (inentendible, cuando era él mismo quien había desatado el conflicto), para lo cual hizo cavar trincheras y alzar barricadas para proteger el centro de la ciudad, en un triángulo cuya base se extendía entre las calles Suipacha y Cochabamba, y cuyo vértice se situaba en la Ayacucho, y emplazar baterías para contestar el fuego de la escuadra nacional. Para colmo, su aliado, el gobernador de Corrientes, se había mantenido inexplicablemente a la espera, sin atinar a nada.
El escenario principal de la guerra estaría, pues, en los arrabales de Buenos Aires, en torno a los cuales su gobierno dispuso lo que llamó línea Sud de la Defensa. Así las cosas, si el ejército nacional conseguía entrar a la ciudad por el puente Alsina y/o por el de Barracas, rebasando dicha línea, ocuparía la periferia, es decir, las orillas; controlaría las quintas, las huertas, los tambos y el matadero, e indefectiblemente terminaría por empujar al ejército de Buenos Aires hasta la línea interior de trincheras, completando el sitio con el bloqueo del puerto a cargo de la escuadra, de modo de obligar a los rebeldes a rendirse por la quiebra del comercio y la escasez de los alimentos.
En estos planos, confeccionados en 1888 por Carlos Beyer, ingeniero geógrafo de la editorial Angel Estrada y Cía., puede usted apreciar, estimado lector, el diagrama ilustrativo de aquel conflicto bélico.



Pero no me propongo, acotado como me hallo a la brevedad de un artículo, narrar los pormenores de aquella lucha; sino simplemente referirme de manera sucinta a una acción en particular: la de los Corrales. Principiaré por citar que si desea usted interiorizarse acerca de dicho suceso, podrá hallar muchas crónicas y relatos tanto en la virtualidad de la web como en libros de diversos historiadores (incluso alguno muy ilustre, de enormes, bien merecidos, prestigio y trascendencia, como José María Rosa), consignado como “batalla de los Corrales Viejos”, lo cual es erróneo. Veamos.
En 1860 se resolvió el traslado del matadero del Sud, que estaba ubicado en Barracas, en la Convalecencia o el Alto (antigua plaza de Los Inválidos y actualmente parque España), para llevarlo más al oeste. Entre 1866 y 1867 se habían construido ya los corrales para el ganado, en el sitio que a partir de entonces se conocería como la Meseta de los Corrales (el actual barrio de Parque de los Patricios); pero diversos motivos (litigios sobre los terrenos, una epidemia de fiebre amarilla y cuestiones presupuestarias) llevaron a que el traslado del matadero se efectivizara recién el 12 de noviembre de 1872. Y veinticuatro años después, esto es, en 1896, se dictó una ordenanza en la cual se disponía migrar el matadero a la zona de la estación Liniers del Ferrocarril del Oeste (actual barrio de Mataderos), comenzándose en 1898 la construcción de los nuevos corrales, obra ésta que se concluyó en 1901, produciéndose por fin la mudanza al año siguiente. Consecuentemente, recién a partir de 1902 el sitio donde estaba el matadero empezó a ser llamado popularmente los Corrales ViejosCon lo precedentemente enunciado estoy, pues, demostrando que mal podía haberse llamado en 1880 batalla de los Corrales “Viejos” a la que se libró ese año, toda vez que el nombre recién se aplicó a la zona que es hoy el barrio de Parque de los Patricios ¡veintidós años después de acaecido aquel conflicto bélico!
Así, ya puede usted afirmar en adelante, mi querido lector, que la lucha librada en 1880 no se llamó de los Corrales “Viejos” como le venían contando; sino de la Meseta de los Corrales, en algunos partes militares, o simplemente de los Corrales, en otros.


Se ha tejido todo un mito alrededor de aquel suceso que, en rigor de verdad, más que batalla propiamente dicha fue, junto a los de puente Alsina, la Convalecencia y Constitución; otro de los combates que en el marco de una gran batalla que podríamos denominar de Buenos Aires, se trabaron aquel 21 de junio de 1880 (dicho sea de paso, hay historiadores que equivocan la fecha y consignan que se produjo el 22) en las orillas de la ciudad.
En apretada síntesis, las acciones comenzaron a las 4 de la madrugada en el puente Alsina, cuando tropas del ejército nacional comandadas por el coronel Eduardo Racedo y que habían salido de la Chacarita de los Colegiales y atravesado San José de Flores, atacaron dicha posición, que era defendida por tropas del ejército de Buenos Aires al mando del coronel José Inocencio Arias. Al romper el alba, el puente quedaba en poder de los nacionales y Arias recibía la orden de replegarse hasta las trincheras interiores. En su retroceso, llegó a una casa “de altos” ubicada en “la esquina de la calle de la Arena con la que servía de límite a la ciudad”, y se detuvo en ella para observar el movimiento de las tropas que venían persiguiéndolo.
¿Dónde estaba esa casa “de altos” (que probablemente haya sido una quinta con mirador o quizá alguna fonda en la que pernoctaban troperos y arrieros) en la cual se constituyó Arias aquel día? Está claro que la calle que “servía de límite a la ciudad” era el antiguo Camino de las Tropas (actual avenida Sáenz) por el cual se conducían las reses hasta el matadero de los Corrales. Pero ubicar el lugar exacto se complica, porque la otra calle, esa con la cual formaba esquina, ¿se trataba de Arena (la actual avenida Almafuerte) o era la de la Arena (actual avenida Chiclana), situada poco más al sur? La primera se llamaba así por la naturaleza arenosa del terreno, y la segunda recibía ese nombre por la arena con que se la cubría de intento, pues en ella se realizaban carreras cuadreras y cinchadas de carros. Pudo haber sido cualquiera de las dos. Particularmente, supongo que la casa debía hallarse en la intersección de las actuales Sáenz y Chiclana, porque desde allí Arias tendría una visión prácticamente en línea recta de lo que sucedía en los Corrales, al este; y a la vez, estar más hacia el norte, más cercano al punto al cual se dirigía (las trincheras interiores) y asimismo, más alejado de las tropas que lo perseguían; pero para establecerlo con certeza, habría que bucear en el Catastro, a fin de comprobar si en su antecedente más inmediato, el Registro Gráfico de 1890, existen datos de aquella propiedad (después de todo, no debieron de ser muchas las casas “de altos” en una zona que estaba por entonces muy escasamente poblada). Aunque quizá no valga la pena el esfuerzo: no es razonable albergar muchas expectativas de encontrar información, y en definitiva, el asunto es baladí; me hacía la pregunta solamente por curiosidad de historiador, pero la situación exacta de la casa aquella no modifica en absoluto los hechos ni la cronología de los mismos.
A todo esto, a las 9 de la mañana la columna del ejército nacional al mando del coronel Nicolás Levalle, en un avance arrollador, entraba a la ciudad por el puente de Barracas con los objetivos de cortar la retirada de Arias y converger con las tropas de Racedo y con otras que venían al mando del coronel Octavio Olascoaga, del coronel Manuel Campos y del mismísimo ministro Carlos Pellegrini; para desalojar a las que defendían los puntos estratégicos de la Línea Sud de la Defensa, empujándolas hasta las trincheras interiores. Pero las milicias bonaerenses del coronel Hilario Nicandro Lagos, llegadas desde plaza Once, ya habían ocupado la Meseta de los Corrales, y desde esa altura, desde las 7 de la mañana barrían con su eficaz artillería a los nacionales que pugnaban por tomarla.
La resistencia que opuso Lagos posibilitó que Arias pudiese llegar después a las trincheras interiores y evitó que todo su ejército quedara prisionero del de la Nación (así y todo, de los 12.000 hombres que lo componían, sólo llegarían 4.000; pues el resto fue muerto en puente Alsina -entre 1.200 y 1.500-, otros 3.000 eran de caballería -inútil en un combate como aquel, por lo cual fueron enviados a reforzar la defensa de los Corrales y de la ciudad antes del enfrentamiento- y el resto se dispersó o desertó).
La Meseta de los Corrales defendida por Lagos parecía inexpugnable, pero… parecía, nomás; porque el triunfo correspondió a las tropas nacionales, que terminaron por coparla y arrojar a las provinciales hacia la línea interior de trincheras. En el parte de batalla del coronel Joaquín Viejobueno a Pellegrini se consigna que Racedo y Olascoaga situaron su artillería en “la casa del señor Peña (posición ventajosísima)” (sic) y que desde allí salieron los batallones que finalmente obtendrían la victoria frente a un enemigo que “fue vencido y desalojado de sus posiciones, abandonándolas en completa derrota” (sic). 
¿Sería aquella “casa del señor Peña” la del político y financista Juan Bautista Peña, quien fuera presidente de la comisión municipal, fallecido en 1869? Es probable. 
La esquina de Caseros y Monteagudo donde se situaba la comisaría, fue otro de los puntos de referencia de aquel feroz combate.


El conflicto fue magistralmente representado en los dibujos del artista Carlos Clérice, por entonces corresponsal en Buenos Aires del hebdomadario francés Le Monde Illustré, y aparecieron en la edición del 24 de octubre de 1880 de dicho periódico:


La lucha fue terrible y la mortandad espantosa. Baste con citar, a modo de ejemplo, que la comisión municipal de Buenos Aires se vio obligada a autorizar nuevamente sepulturas en el antiguo cementerio del Sud (actual plaza Florentino Ameghino), en el cual se habían prohibido las inhumaciones hacía ya nueve años.



Ya muy largamente pasado el mediodía, Lagos recibió por fin la orden de replegarse a las trincheras interiores. Racedo quedaba dueño de la posición. Cesó la metralla y los cañones enmudecieron. Eran las 2 de la tarde. El combate de los Corrales había finalizado y un telón luctuoso se cerraba sobre una escena de horror y muerte.
Entre las ruinas y el humo quedaban, alfombrando aquel suelo anegado en sangre de valientes, cientos de cadáveres cual testigos mudos de un heroísmo tan argentino, tan grande y enaltecedor, como inútil, y que fue, más que prodigado; dilapidado miserablemente en aquella inicua guerra fratricida.
Un año más tarde, el periódico El Mosquito en su edición del 19 de junio de 1881, traía el recuerdo de esos aciagos días en una ilustración en la cual aparece representada la República apostrofando a Tejedor.


Vicente Fidel López (partidario de Buenos Aires, claro) relataba a su hijo Lucio Vicente los últimos sucesos en carta del 23 de junio de 1880, en la que estipulaba en “1.200 las bajas de cada parte” (englobando todos los combates). El mismo día en que López escribía eso, Buenos Aires negociaba la capitulación. 
Y el 30, renunciaba a la gobernación quien había sido, junto a Cabral y Mitre, el principal responsable de haber desatado aquella tragedia: Carlos Tejedor.

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

Archivo General de la Nación, Sección Roca.
Archivo General de la Nación, Fondo Los López.
Bernat, María Eva y Riquelme, Cynthia en Arqueología Histórica Argentina. Actas del Primer Congreso Nacional de Arqueología Histórica, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 2002.
Camogli, Pablo, Batallas entre hermanos, Aguilar, Buenos Aires, 2009.
Diario La Nación, Buenos Aires, varias ediciones de 1880.
Diario La Prensa, Buenos Aires, varias ediciones de 1880.
Diario La Tribuna, Buenos Aires, varias ediciones de 1880.
Fantuzzi, Marcelo J., Fuerzas militares en la guerra civil de 1880, Legión Italiana Voluntarios de la Boca, Buenos Aires, 2010.
Luna, Félix, Soy Roca, Sudamericana, Buenos Aires, 2012.
Municipalidad de Buenos Aires, Memoria Municipal de 1880, Buenos Aires, 1881.
Periódico Le Monde Illustré, edición N° 1230, 24 de octubre de 1880, París, Francia.
Piñeiro, Alberto Gabriel, Las calles de Buenos Aires, Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, Buenos Aires, 2003.
Rosa, José María, Historia Argentina, Tomo 8, Editorial Oriente S. A., Buenos Aires, 1974.
Ruiz Moreno, Isidoro J., Campañas Militares Argentinas, Tomo 5, Editorial Claridad S. A., Buenos Aires, 2012.
Sábato, Hilda, Buenos Aires en armas. La revolución de 1880, Siglo Veintiuno Editores Argentina S. A., Buenos Aires, 2008.
Semanario El Mosquito, Buenos Aires, varias ediciones de los meses de abril, mayo, junio y julio de 1880; y la del 19 de junio de 1881.
Semanario La Cotorra, Buenos Aires, varias ediciones de los meses de abril, mayo, junio y julio de 1880.

miércoles, 25 de mayo de 2016

UN NUEVO (OTRO MÁS Y VAN...) MAMARRACHO DEL HISTORIADOR "OFICIAL" DE TUCUMÁN
















Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Si a esta altura de las cosas uno no estuviera ya curado de espanto en relación a los dislates en que incurre Páez de la Torre (el historiador "oficial" de Tucumán por decreto supremo y divino del pasquín La Gaceta, desde donde se dedica el citado Páez a mentirles la historia nacional a los tucumanos), seguramente se escandalizaría ante los groseros errores que contiene su "artículo" de hoy, el cual pueden leer (si les da el estómago) en este ENLACE .
Errores esos que, en materia de historia, configuran verdaderos horrores, desaciertos inadmisibles tanto en el historiador que los comete, como en el medio periodístico (nada menos que el diario de mayor circulación -por desgracia- en la provincia) que los publica.
En primer lugar, Páez consigna: "el gobernador de Santa Fe, Estanislao López", cuando por entonces (1816), el gobernador de esa provincia era Mariano Vera; no Estanislao López, quien recién lo sería dos años después. Se ve que a Páez los tiempos se le mezclan en la cabeza o estaba pasado de copas, no sé...
Trascartón, persiste en el error (ya de por sí grave) y aún lo aumenta, al escribir: "el pacto de Santo Tomé, que Buenos Aires había firmado (9 de abril) con López". Digamos que el Pacto de Santo Tomé se celebró el 9 de abril de 1816 en la estancia de ese nombre, no "entre Buenos Aires y López" como sostiene Páez en su divague; sino entre las provincias de Buenos Aires y Santa Fe, auxiliada y sostenida esta última por la Banda Oriental y representadas, la primera por "D. Eustoquio Díaz Vélez, Coronel Mayor de húsares de la Unión, dependiente de las tropas de Buenos Aires", y la segunda por "D. Cosme Maciel, Comandante de las fuerzas de mar de Santa Fe y autorizado por el Jefe de las fuerzas orientales D. José Francisco Rodríguez" (porque la Banda Oriental era auxiliar de Santa Fe, que integraba la Liga Federal y reconocía a Artigas como Jefe de los Orientales y Protector de los Pueblos Libres), tal como reza la letra fiel del tratado, texto en el cual por lo visto se caga Páez de la Torre al ignorarlo manifiestamente.
Y sigue el delirio al afirmar temeraria y falazmente desde su soberbia, su ignorancia, su desdén y sin ponerse ni siquiera colorado: "tanto el pacto como la designación de Balcarce eran irregulares". Cabe preguntarse: ¿"irregulares" con respecto a las prescripciones de cuál orden establecido y aceptado, toda vez que el mismo no existía aún, ya que el país estaba sumido en la guerra civil que venía desarrollándose paralelamente a la de la independencia? Resulta insólita la descalificación que hace Páez de la Torre de un acto que tiene rango de ley fundamental desde el momento en que la propia Constitución lo consagra en su Preámbulo: "en cumplimiento de pactos preexistentes", reza el mismo. Pactos preexistentes esos entre los cuales está, precisamente, el de Santo Tomé (que además, fue el primero de ellos, nada menos). ¡Y el susodicho es abogado! Juzgue cada uno por sí mismo si no es de todo punto de vista intolerable que alguien que es doctor en leyes, ignore, o lo que es peor aún, ningunee, un precepto constitucional.
Digamos asimismo, que Páez es miembro de número de la Academia Nacional (¿o naciomal?) de la Historia de la República Argentina que nuclea a las viudas de Mitre. 
Ese es el sujeto que a diario, desde un periodicucho abiertamente tendencioso y oligárquico, les "cuenta la historia" a los sufridos tucumanos.

-Juan Carlos Serqueiros-

sábado, 21 de mayo de 2016

CONJURO A PICHUCO







































CONJURO A PICHUCO
(Poema de Juan Carlos Serqueiros)

Escolaseando notas te conjuró mi pena
Engüiscado en Responso el de la zurda
Para que vuelvan Alejandra y María, plenas
Y Cátulo, el de los perros y la herida absurda

Para que el Barba rescate de Pompeya
De entre los yuyos y la alfalfa un verso rante
Descolgame ¡presto! de alguna estrella
El fenecido Romance de barrio laburante

¿No ves que Garúa tu penúltimo tango
Y a puro Desencuentro busco Garras
Que me arranquen de los miasmas de este fango
Del dolor traducido en mis amarras?

Dejá, Gordo, que alumbre La cantina
El pobre consuelo de aquel Último farol
Disimulando apenas, escuálida luz mortecina
Torpe insulto de hormigón que ofende al sol

¿No ves, hermano, que llora Discepolín
Tanta Infamia, tanto Secreto y tanto yirar
En la flaca queja amarga de su esplín
El castigo eterno de la duda existencial?

El ámbar tibio y amistoso de licor arcano
Tal vez el cálido relumbrón de un faso
O quizá la blanca tentación de un gramo
Sirvan de conjuro inefable, acaso

Para traer al hoy esa nota inconcebida
Yaciendo oculta en tu fueye somnoliento
Que se resiste a volver a la vida
Si tus dedos no le infunden sentimiento

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 15 de mayo de 2016

TACURUSES







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Sobre’l lomo potro de mi campo crudo, / -que nunca ha sentido de un arao la marca-, / pronto pa meyarles el filo a las rejas / estos altaneros tacuruses se alsan. (Serafín García)

Escrito por Serafín García en 1935 y publicado por primera vez ese mismo año, Tacuruses es un libro relevante en la cultura y la literatura rioplatenses.  
Serafín José García (n. 05.06.1905, Cañada Grande, departamento de Treinta y Tres – m. 29.04.1985, Montevideo) fue un poeta y escritor oriental autodidacta. Se desempeñó en distintos oficios y ocupaciones (dependiente de farmacia, aprendiz de tipógrafo, bibliotecario, músico, periodista, escribiente y subcomisario de policía, y funcionario público), y en su trayectoria literaria se ubicó inequívocamente en el criollismo, con una marcada impronta en el nativismo -pero sin que ello signifique agotarse en lo puramente rural y bucólico, antes bien; extendiéndose a lo urbano, citadino), dejándonos una treintena de obras que van desde la poesía hasta la narración humorística, pasando por el cuento, la fábula, el ensayo y el relato para niños: Tacuruses (1935), En carne viva (1937), Tierra amarga (1938), Burbujas (1940), Barro y sol (1941), Panorama de la poesía gauchesca y nativista del Uruguay (1941), Panorama del cuento nativista del Uruguay (1943), Asfalto (1944), Raíz y ala (1949), Romance de Dionisio Díaz (1949), Fábulas criollas (1950), Las aventuras de Juan el Zorro (1950), Agua mansa (1952), Los partes de don Menchaca (1957, bajo el pseudónimo Simplicio Babadilla), Flechillas (1957), Cuentitos fogoneros (1958, bajo el pseudónimo Simplicio Bobadilla), Diez poetas gauchescos del Uruguay (1963), El Totoral (Recuerdos de infancia) (1966), Nuevos cuentitos fogoneros (1967, bajo el pseudónimo Simplicio Bobadilla), Piquín y Chispita (1968), Leyendas y supersticiones (1968), Blanquita (Nuevos relatos de "El Totoral") (1969), Cuentos y crónicas (1970), La vuelta al camino (Nuevas andanzas de Juan el Zorro y el Ñandú) (1970), Estampas uruguayas (1971), Romance del 25 de agosto (1977), Primeros encuentros (1983), y Milicos, contrabandistas y otros cuentos (1986, editado post mortem).
Desde su primera publicación hasta la cuarta edición inclusive, Tacuruses se estructuró en tres Partes, designadas simplemente como Primera, Segunda y Tercera, conteniendo éstas un total de treinta y un poemas: Alvertencia, Ejemplo, Hombrada, Oración, Orejano, Justicia, Castigo, Escarmiento, Defensa, Separación y Reclarando en la Primera; Hembra, Vichando, Secreto, Ardiles, Cuerpiada, Vengansa, Cavilando, Esperencia, Chapetonada y Sospresas en la Segunda; y Cachimba, Matrero, Pulpería, Estilo, Lechusa, Querencia, Totora, Memorias, Vidalitas y Franquesa en la Tercera. Pero a partir de la quinta edición del libro, el autor agregó una parte, a la cual tituló Poemas Nuevos, integrada por cinco poesías: Piona, Chiripá, Tamango, Gurises y Tapera.


Se ha querido clasificar a Serafín García bajo distintos rótulos: poeta social, revolucionario, de protesta, testimonial, rebelde, contestatario, de denuncia… Para quien esto escribe, es a la vez todo y nada de eso; es lisa y llanamente humanista. Sus viñetas no están construidas a partir de elaboradas y altisonantes metáforas efectistas; sino que se esbozan en versos que son como brochazos de crudo realismo en los cuales es notable cómo lo auténtico prima por sobre lo puramente estético. Se trata del hombre, sus circunstancias y la geografía en que habita. Así, pues, se trata de la vida en los pueblos de la campaña oriental. Tan simple y complejo como eso. Y desde luego, el uso -y abuso- del lenguaje dialectal con que se florea Serafín García, no implica demérito llegada la hora de emplear el léxico académico. En palabras del propio autor: "Siempre he preferido la verdad a la idealización. De ahí que los personajes de mis cuentos sean como los hombres que los inspiraron: seres comunes y sencillos que no desmienten su falible carne, que no reniegan del olor humilde de la tierra que pisan, que enfrentan con coraje los rigores de la difícil lucha por el pan cotidiano, por la conquista de su pequeña parte de felicidad. Tal es la posición que mi conciencia de narrador realista me señala. Soy un escritor que escribe en función de hombre y no de literato. Por lo que el hombre me duele dentro y por lo que de él espero y creo, procedo de tal modo. Me expreso así por un imperativo natural, como otros se expresan abriendo un surco en la tierra o un rumbo en el océano. Y no podría cambiar, aunque quisiera, pues no se modifica lo entrañable”.
Y es que Serafín García no fue (¡gracias a Dios!) un mero intelectual; fue infinitamente más que eso: fue un inteligente cuyo saber vino dado por la inducción de un raciocinio propio nacido de la comprensión profunda y cabal del medio en que le tocó actuar.


Pero basta ya de tanta cháchara; como canta don José Larralde: pa’ qué andar palabreriando, ¿no? Vea: si usted incurrió en el pecado capital de no haber leído Tacuruses, libérese de ese cargo de conciencia y despreocúpese; tiene la oportunidad de redimirse haciéndolo ahora.
Y si usted no tiene plata para comprar el libro o aún teniéndola, se empeña en seguir perteneciendo al segmento de los miserables que obstinadamente se niegan a gastar unos pocos pesos mugrosos en un regalo para el espíritu; pues entonces pídamelo, que con mucho gusto se lo enviaré por correo electrónico en formato eBook.
Ah, casi me olvido: Los Olimareños interpretaron dos de los poemas de Serafín García publicados en Tacuruses: Orejano (musicalizado por Braulio López y José Luis Guerra), y Hombrada (melodía de Pepe Guerra). Obsequie a sus oídos con esas joyitas, a través de estos enlaces:
¡Hasta la próxima!

-Juan Carlos Serqueiros-

lunes, 2 de mayo de 2016

INTIMACIÓN DE ANDRESITO A ISASI Y TOMA DE CANDELARIA, 11 Y 12 DE SETIEMBRE DE 1815







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Dos meses después de celebrado en la villa de Arroyo de la China (Concepción del Uruguay) el Congreso de Oriente, el general José Artigas oficiaba en cartas fechadas el 27 y el 31 de agosto, a su hijo adoptivo y Comandante General de Misiones, Andrés Guacurarí (quien ya firmaba Andrés Artigas), la orden de avanzar hasta Candelaria y, previa intimación de desalojo a las fuerzas paraguayas que la ocupaban, recuperar esa plaza, aún por las armas, si dicho requerimiento fuese desoído.
Hasta allí, Artigas había puesto freno a las ansias de Andresito, quien se salía de la vaina por avanzar militarmente sobre Candelaria; prefiriendo recurrir a una guerra de propaganda, antes que dirimir la cuestión en una batalla. En ese orden de ideas, el 15 de junio le escribía desde Paysandú:
Igualmente quedo informado de la inacción de los paraguayos y de sus asechanzas sobre nosotros desde Candelaria. Por ahora no conviene empuñar nuestras armas, sin que ellos rompan los diques que hasta hoy los han contenido. Conténtese únicamente con hacerle guerra de papeles como hasta aquí. Escriba usted siempre a los amigos de aquel pueblo para ver si forman la revolución según usted les insinuó, o si hacen la representación que usted les dijo, a fin de que tenga yo el más poderoso motivo para auxiliar sus esfuerzos. Del mismo modo, haga usted siempre presente a los pueblos de Misiones, del otro lado, la suerte que les amenaza. Diríjales usted continuamente sus exhortos llamándolos a la unión de sus hermanos, para ver si rompen las barreras en que los contiene el despotismo. Para avanzarse a más, aun no es tiempo, entretanto que no veamos en la frontera de Portugal mayores movimientos. A pesar de sus grandes deseos, no estamos en proporción de salir de nuestro territorio. (sic).
Pero para agosto y ya constituida de hecho la Liga Federal o Protectorado de los Pueblos Libres, Artigas se había desengañado con respecto a la eventual ayuda que podría esperar del Paraguay del doctor Francia. En consecuencia, el 27 de ese mes escribía a Andresito:
… debo decir á V. q.e teniendo ya mi orn. p.a avansarse sobre Candelaria, nada debe detenerle desp.s q.e V. mismo conoce lo favorable delas circunst.as. Los Paraguayos deben contentarse con mantenerse dentro de su Prov.a y repasar el Parana… Por lo mismo, q.e se avanse su Partida hasta Candelaria, y desp.s de posecionarse de ese Pueblo, dejará en él solam.te 25 homb.s de su gente de Guarn.on, y los demas, q.e se retiren al Pueblo mas inmediato, observando siempre los movim.os delos Paraguayos, q.e seg.n sus vichead.es se hallan en Tacuarem.o  si ellos se atreben a salir de su Prov.a y repasan á esta Banda del Parana sabremos contrarrestarlos. El Paraguay debe contenerse en sus limites si no quiere experimentar los desastres dela guerra. Acaso él se haya movido receloso de nosotros: p.o yo me guardaria de introducirme á prov.a estraña, y por lo mismo ella no debe exederse á subyugar esos infelices con notable detrim.o de sus dros. é intereses. (sic)
Es decir, Artigas ordenaba a Andresito recuperar el departamento de Candelaria, pero al mismo tiempo le aconsejaba no avanzar más allá, internándose en la “prov.a estraña” del Paraguay.
El conflicto de jurisdicción sobre los pueblos misioneros al este del Paraná venía arrastrándose desde el siglo XVIII, sin que la corona española pudiera solucionarlo real y efectivamente; más allá de la letra fría de las Reales Ordenanzas.
En 1803 el rey Carlos IV decidió separar los Treinta Pueblos de las Misiones Guaraníes de las Intendencias de Buenos Aires y Asunción, poniendo de gobernador a Bernardo de Velasco “para que tenga el mando de los treinta pueblos Guaranis y Tapes con tal independencia de los gobiernos del Paraguay y Buenos Aires, bajo los cuales se hallan divididos en el día por ser tan importante la creación de un Gobierno en aquel paraje”. Pero en 1805, el mismo monarca nombraba (se dijo que por sugerencia de Félix de Azara) a Velasco gobernador intendente del Paraguay, con retención del gobierno de Misiones, para terminar con los abusos del gobierno asunceno (que desempeñaba Lázaro de Rivera) contra los guaraníes; todo con el resultado (habitual en la España borbónica, por otra parte; pues sabido es que Borbón y desgracia son sinónimos) que presupone la “solución” de desvestir un santo para vestir otro.En 1809, el virrey Cisneros designó gobernador de Misiones a Tomás de Rocamora, con plena conformidad de Velasco, quien sólo se limitó a protestar por fórmula en principio, para después, en carta del 10 de enero de 1810; allanarse a la medida virreinal y aún encomiarla.
La Revolución de Mayo puso al desnudo aquello que la corona española había procurado disimular bajo el velo de una organización virreinal que se evidenciaba en la realidad tangible cada vez más como harto ineficiente. Tomás de Rocamora adhirió a la Junta de Buenos Aires; pero Velasco, en el Paraguay, proclamó la lealtad de esa provincia al Consejo de Regencia, lo cual motivó que la Junta contestara de conformidad, el 16 de setiembre, al pedido de Rocamora de separar las Misiones de la jurisdicción de Asunción, disponiendo el mismo. Tras la derrota militar (pero triunfo ideológico) del general Manuel Belgrano en la expedición al Paraguay dispuesta por la Junta de Buenos Aires, se inició en Asunción el proceso revolucionario, y consecuentemente, el 12 de octubre de 1811 se firmó entre los comisionados de Buenos Aires y Asunción, la Convención de Amistad, Auxilio y Comercio, en cuyo artículo 4° se estipulaba que el departamento de Candelaria quedaría en custodia del Paraguay hasta tanto se reuniera el Congreso General que estableciera los límites definitivos. Estaba clarísimo que dicha ocupación tenía el carácter de interina, pero frente a la actitud abierta, franca, generosa, fraternal y americanista de Belgrano; el Paraguay, a inspiración del doctor Francia, con una política sinuosa, continuaba pertinazmente empeñado en ella; porque nada era más ajeno al pensamiento e intenciones de Francia, que esa “federación” con Buenos Aires con la que tan hipócritamente cacareaba en el convenio.
Esa era la situación que al momento acerca del cual tratamos se mantenía, incluso exacerbada por los roces acaecidos entre el Dictador paraguayo y Artigas.


El 11 de setiembre de 1815 Andresito, desde su campamento en San Carlos, intimaba en estos términos al comandante de las fuerzas paraguayas en Candelaria, José María Isasi:
El derecho: ese ídolo y objeto de los hombres libres por quien se ven en papados en su propia sangre, me ha obligado, solicitando ellos ntra proteccion amolestar a vmd el que se benga anosotros ó deje ese departamento al goze de sus derechos, repasando vmd el paraná con toda su guarnicion sin el armamento q.e obtienen esos terrenos para su defensa, esto lo hago como verdadero americano, y hermanos que somos ebitar todo derramamiento de sangre entre nosotros: por que los pueblos conociendo sus derechos elevan sus armas (interlineado: quejas) al protector de la liberalidad, y nosotros no hacemos mas que proteger la inociencia pues se hallan inactos para defenza: El departamento de Candelaria nadies arreconocido por frontera de la Republica, y mucho menos despues, q.e sus abitantes desengañados buscan n.tro amparo; el otro lado del paraná es la frontera de la prov.a Republicana, desde donde debemos conservar una berdadera armonia y quietud entre provincias hermanas: Espero a la mayor brebedad respuesta de esto porque mis Tpas. se aproxciman aposecionarse de esos therritorios. Dios gue. (interlineado: a vmd) ms. as. (sic)
Como puede apreciarse claramente, la firma es, en efecto, ológrafa de Andresito, sin dudas; pero el cuerpo de la carta no está escrito con la hermosa caligrafía del Padre fray José Leonardo Acevedo, su amigo, compañero inseparable, consejero espiritual y secretario.


Es que Andresito se encontraba en esos días, postrado por una enfermedad por entonces terrible y  a menudo mortal: había contraído la viruela. Por lo tanto, envió sus tropas desde San Carlos a Candelaria (distantes 7 u 8 leguas entre sí), comandadas por el fraile Acevedo -quien frecuentemente dejaba de lado el hábito para vestir la casaca militar y la biblia para empuñar la lanza-, secundado por el capitán Manuel Miño. En el ínterin, Andresito escribió la intimación a Isasi y la mandó a Acevedo por medio de un chasque para que alcanzara a éste antes de su arribo a Candelaria.
Me hallo inclinado a inferir que, además de la firma ológrafa; la carta es asimismo de puño y letra del propio Andresito, por los groseros errores y lapsus sintácticos (en modo alguno frecuentes en él) que la misma evidencia, causados, seguramente, por la fiebre que lo estragaba y la enfermedad que minaba su organismo, tan habituado, por otra parte, a las estrecheces y privaciones. Ausentes su secretario y su oficial principal, ¿a quién más entonces podría Andresito haber dictado la carta, en el marco de un campamento volante? Tengo para mí que la escribió él mismo y la despachó con premura para que alcanzase a Acevedo (tal como lo da a entender en sus propia palabras, como veremos a continuación). Sería conveniente hacer comparar por un perito grafólogo, la letra de la intimación a Isasi con la de algunas pocas esquelas acerca de las cuales hay certeza absoluta de que fueron escritas por él, y que se conservan en el Archivo General de la Provincia de Corrientes; de modo de confirmar si mi suposición es correcta.
Llegada que fue la tropa artiguista a Candelaria, Acevedo solicitó parlamentar con Isasi, al cual le exhibió la intimación, y como éste intentara ganar tiempo con pretextos y excusas; ordenó el ataque. El parte de la batalla que dos días después dirigió Andresito a Artigas, es harto elocuente:
Mi General haviendo llegado el día 10 del q.e rige al Pueblo de S.n Carlos, determiné mandar al Pu.o de Candelaria Doscientos y cincuenta hombres entre Infant.a yCavalleria al mando del Cap.n D.n Man.l de Miño; assoceado con miCompañero el P.e Fr. José Asevedo, para q.e este le dirigiese en todo, y lo que el dispusiere se hiciera: con el mismo Escrivi un oficio al S.or Comand.te d.n José de Isasi, q.e era el que se hallaba con el comando de este Departam.to, por haver mudado al S.or de Gonzales: que me desocupase el punto deCand.a, y que de ese modo habíamos de conservar una verdadera armonía entre hermanos repasando al otro lado del Parana; por que nadies há conocido linea divisoria el Departam.to deCandelaria y maxime quando ellos clamavan por proteccion al Gen.l Protector delos Pueblos Libres, esto lo hiso miComp.o el P.e, por haver quedado yó enfermo en el Pueblo de S.n Carlos, mandandole el oficio dos Leguas antes de llegar al Pueblo caminando el día 11, toda la Noche con la gente: el día 12, q.e fué las respuesta delCom.te deCand.a en que me decía que deseava hablar con migo, y como él P.e hiba con todas mis facultades le respondio; poniendo suCampam.to frente áCandelaria diciendole q.e lo hiciera mui en hora buena, y q.e formara sus Tropas y a su cabesa levantara su Bandera, y que batiendo Marcha saliese aun estado medio lo que se hiso, y despues de haver tratado los dos Capítulos que se siguen el primero q.e repasaría el Parana con todo su Armam:to: segundo que entrarían mis tropas al Pu.o y estar sujeto el, y su Gente alas ordenes del P.e y del Cap.n Miño, poniendo nras Guardias en todos los pasos, hasta tanto que biniese el S.or de Yegros, quien trataría con nosotros p.e era mayor felicidad le respondio el P.e que trataría con sus oficiales para determinar lo convin.te; pues todos estavan expuestos á perder la vida regreso y hiso tocar orden y juntos todos los oficiales le propuso los dos Capítulos q.e tengo expresados, y salio de ellos que repasase el Parana loque inmediatam.te redoblo los Tambores, y salio al frente donde Marchó levantando su Bandera con dos Tambores un Clarin, y un Pito con los q.e marchó hasta el Sitio medio donde le recivio el Ayudante de ordenes con laCarta que incluyo á V.S. y regresando a suCampam.to hiso presente alos oficiales y determinó que se atacará distribuiendo él la g.te para el seguro de nra Victoria duró tres horas el fuego, y dos horas después el Parlam.to para la rendicion de Armas trató el P.e por que le pedían los Soldados para q.e repasasen el Parana: dixo que estava bueno p.r evitar mas ramen de sangre dexándole dos Oficiales para dar cuenta á V.S. de lo operado rindiendo todo el Armam.to, y todo Peltrecho de Guerra lo q.e quedó en nro poder y es dos Cañones, uno de á quatro reforzado á seis de Bronce, otro de á dos Ciento y quatro fuciles, y los demas Lanzas, q.e por todo el numero degente enemiga segun confesion del Comand.te rendido fueron trescientos. Incluyo á V.S. el num.o de gente muerta, y herida tanto de la mía, como de la enemiga, y solo deseo después de esto me haga el favor en contexto de esta incluia V.S. una Exortacion á, mis oficiales para mayor comprometim.to y que conoscan sus deveres. Yó espero que en termino de cinco días quieran imbestigarme yó he de hacer una verdadera defenza maxime quando veo á mi lado Fieras deboradoras en Defenza de su Patria.Yó remitiré á V.S. Yerva para laGente que tiene a su lado, no olvidandose de mandarme Polvora, por que fué poca la que tomé, y por estos destinos no se encuentra: no prometo á V.S. cosa de Pueblo sino lo que he tomado en rendicion despues de fuego.Es quanto tengo que exponer á V.S. sobre lo operado.Dios gue. á V.S. m.s a.s Cuartel enCand.a á 14 deSeptiembre de 1815.Andrés ArtigasP. D. Voi a juntar sobre Quinientos y mas hombres los q.e tendré ámi lado p.a la Defenza de estos Pueblos, y también remitiré á V.S. en primera ocasion los oficiales prisioneros para q.e se serciore de ellos segun lo expresado. (sic) (negritas y subrayados míos)Nota mía: lo de mencionar Isasi a Acevedo eso de “el señor de Yegros”, no alude a Fulgencio Yegros, combatiente contra la expedición de Belgrano, antiguo comandante de las Misiones y precursor de la autonomía paraguaya, quien por esa época estaba retirado de la vida pública, vivía en su estancia “Santa Bárbara” en Quyquyhó y en 1820 sería acusado de encabezar una conspiración contra el Dictador Francia y fusilado el 17 de julio de 1821; sino a alguno de sus hermanos: Antonio Tomás, José Antonio Esteban o José Agustín. Infiero que tal vez Isasi, al comprobar que sus añagazas dilatorias no conmovían a Acevedo; haya apelado a la mención del apellido Yegros, esperando que la misma resultara grata a oídos artiguistas, ya que a Fulgencio se lo tenía por amigo del Protector, y siendo presidente de la Junta Gubernativa del Paraguay había enviado auxilios a la Banda Oriental.
Es de hacer notar que Andresito le pedía a Artigas una “exortación (por exhortación) a mis oficiales” (que este último, efectivamente, le enviaría días después, el 23 de setiembre), lo cual nos indica que no había entre los grupos guaraníes una perfecta inteligencia y una absoluta comunidad de ideas, intenciones y procederes. También es una pena que no se haya conservado la relación que, según el parte, remitió Andresito a Artigas en lo referente a las bajas de uno y otro bando, lo cual nos impide conocer cuántas vidas costó ese “ramen” (como escribió por derramamiento) de sangre en ese episodio de la guerra civil fratricida que se desarrollaba simultáneamente a la lucha por la independencia. Diré, sí, que tras la toma de Candelaria, en la que estableció su cuartel general; en una acción fulminante Andresito recuperó Loreto, Santa Ana, San Ignacio Miní y Corpus.
Las tropelías de los paraguayos en las Misiones se reiteraron en 1817, en que aprovechando que Andresito se hallaba empeñado en la guerra contra los luso-brasileros, saquearon y destruyeron todos esos pueblos; continuando, durante la dictadura francista, con la fortificación y concentración de tropas en la Trinchera de San José (la actual Posadas). Muerto el doctor Francia, Carlos Antonio López, enfurecido porque Rosas se negaba a reconocer la independencia paraguaya, había celebrado, a fines de 1844, un tratado de comercio con la provincia de Corrientes (prolegómeno de la guerra que declaró a Rosas a fines de 1845) y enviado un ejército de 4.000 hombres a las órdenes de su hijo (a quien había nombrado general a los 18 años) a "auxiliar" a José María Paz, quien era a la sazón, el jefe del ejército de Operaciones (y quien calificó a la columna paraguaya de "masa informe con la que no se puede contar por el momento; sin instrucción, sin arreglo, sin disciplina e ignorando hasta los primeros rudimentos de la guerra"). Derrotada por Rosas a través de Urquiza la intentona paraguaya, Francisco Solano López escapó a su país con sus fuerzas. Por su parte, Carlos Antonio López buscó adquirir armas al imperio del Brasil, y a mediados de 1849 volvió a las andadas contra la Confederación Argentina y puso a Franz Wilhelm Edgar Wisner von Morgenstern, un mercenario austro-húngaro, al frente de un ejército de 6.000 hombres. Su plan se trataba, a la par de hostilizar a Rosas; de mantener abierta la antigua línea comercial entre Itapúa (la actual Encarnación) y San Borja (la actual São Borja), en las Misiones. Se sucedieron entonces los actos de depredación, incendios y saqueos cometidos por los paraguayos en el puerto de Hormiguero y en Santo Tomé, y la ocupación de Tranquera de Loreto y Trinchera de San José. Finalmente, los latrocinios llevados a cabo por los propios paraguayos, fueron los que esterilizaron el comercio que se proponía activar López.
Recién en la guerra de la Triple Alianza los argentinos recuperamos una porción (porque el resto lo perdimos irremisiblemente) de ese inmenso territorio que fueron los Treinta Pueblos Guaranis y Tapes: la que conforma la actual provincia de Misiones y parte de la de Corrientes.
Deberíamos ser capaces ya, a dos siglos de emerger como nación, de bucear en nuestro pasado no para erigirnos en tribunal que juzgue a las figuras que lo protagonizaron y quedar empantanados -como lo estamos- en los pretéritos odios; sino para comprenderlo cabalmente de modo de poder al fin sintetizar nuestra historia, explicarnos este presente y llevar a cabo las acciones que nos conduzcan a los grandes destinos que avizoraron nuestros fundadores.
Y así como debemos al general Martín Miguel de Güemes la conservación para nuestro suelo patrio de Jujuy y Salta; debemos a Andresito la mil veces feliz posesión de Misiones. ¡Gloria eterna a esos próceres!

-Juan Carlos Serqueiros-

Imagen de portada: Lucas Braulio Areco, “Andrés Guacurarí. Comandante General de Armas de Misiones”, 1945
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS 


Archivo General de la Nación, Montevideo, Uruguay. Fondo ex Archivo y Museo Histórico Nacional. 1815. Caja 11.
Lavalle, Jorge Luis. Andresito y la Melchora. La historia de un amor en guerra. Creativa, Posadas, 2007.
Mitre, Bartolomé. Historia de Belgrano y la Independencia Argentina. Félix Lajouane Ed., Buenos Aires, 1887.
Ramos, Antonio. La Independencia del Paraguay y el Imperio del Brasil. Conselho Federal de Cultura e Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro, Río de Janeiro, 1976.
Ribeiro, Ana. El Caudillo y el Dictador. Editorial Planeta, Montevideo, 2004.
Rosa, José María. Historia Argentina. Editorial Oriente, Buenos Aires, 1965.
Sala de Touron, Lucía; Salom, Ana y Sala, Niurka. José Gervasio Artigas. Obra selecta. Biblioteca Ayacucho, Caracas, 2000.
Trelles, Manuel Ricardo. Cuestión de límites entre la República Argentina y el Paraguay. Imprenta del Comercio del Plata, Buenos Aires, 1867.

domingo, 17 de abril de 2016

TANGO TO ÉVORA. HISTORIA DE UNA MILONGA CELTA
























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Cada viaje trae consigo sus propias sorpresas: un desafío, una desviación súbita, un grupo de nuevos amigos por el camino y tal vez, incluso un destino diferente al deseado. (Loreena McKennitt)

Seguramente no sorprenderé a nadie si afirmo que Loreena McKennitt (n. 17.02.1957, Morden, Canadá) es uno de esos genios que surgen providencialmente muy de cuando en cuando, para contribuir con su música a hacernos más soportable y llevadera esta existencia; porque al fin y al cabo, como enunció Friedrich Nietzsche: “sin música, la vida sería un error” (a mí me parece que no, mi querido don Federico; creo que más allá de que sea con música o sin ella; como estipuló Cátulo Castillo, “la vida es una herida absurda”).
En los 70 llamábamos –tal vez con excesiva presuntuosidad– "progresiva” a la música que, sin encasillarse en ningún género (la universalidad era el único dogma que reconocía) y partiendo de estructuras simples; evolucionaba, progresaba, hasta lograr texturas muchísimo más elaboradas y complejas. Pues bien, la música de Loreena McKennitt es exactamente eso: progresiva, porque parte del folclore celta para ir enriqueciéndolo con aportes pluriculturales que surgen de sus propias inquietudes e investigaciones que la han llevado a recorrer toda Europa y aún Oriente, en procura de arribar (¿o volver?) a la universalidad musical, que para ella, se explica desde la diáspora celta en la remota antigüedad.


Así, pues, su música no emerge solamente de un proceso creativo surgido de la inspiración (laberinto siempre inextricable; aún a pesar de empeños literarios muy meritorios -como por ejemplo, el de Stefan Zweig en La pasión creadora- en pos de comprenderlo y enunciarlo), sino que implica, además; un notable esfuerzo intelectual y una energía espiritual que no conoce de desmayos.
En 1991 editó su cuarto disco: The Visit, un álbum conceptual en el cual buscó transmitir lo precedentemente enunciado. La idea fuerza del disco le nació a partir de su asistencia a un evento que tuvo lugar en el Palazzo Grassi, en Venecia, que consistía en una muestra de la cultura celta que llevó por nombre Los celtas. La primera Europa, y se abrió el 24 de marzo para clausurarse el 8 de diciembre de aquel año. El contemplar objetos de arte celta traídos desde Ucrania, Hungría, España e incluso países del Asia Menor, significó para Loreena McKennitt una revelación, una epifanía. En sus propias palabras: 
“Hasta que fui a esa exposición, yo creía que los celtas provenían sólo de Irlanda, Escocia, Gales y Bretaña. Era como haber pensado siempre que en tu familia sólo existen tus padres y hermanos, para de pronto darte cuenta de que hay toda una parte de historia que es una extensión de lo que eres tú. Me sentí entusiasmada y quise saber más, por eso emprendí viaje a aquellos territorios. Esa exposición de Venecia fue para mí como una puerta que, al abrirla, me conduciría al pasado”.
Y la portada del disco, ilustra precisamente esa última frase:


La artista se refirió a The Visit de este modo: 
“Desde hace mucho tiempo considero a los impulsos creativos como una visita, una especie de bendición, quizá no tan impuesta o poseída, como esperada, para la que me preparo. Una especie, también, de misterio. Este disco se esfuerza por explorar algo de ese misterio”.
El álbum contiene nueve temas. El primero, All Souls Night, conjuga elementos de las mitologías celta y japonesa. Está referido a la vigilia de la Noche de Todos los Santos, que es la del 31 de octubre al 1 de noviembre, en que se celebraba la festividad celta de Samhain. La autora la explicó así:
“Esta pieza está inspirada por las imágenes e íconos de una tradición japonesa que consiste en encender antorchas a lo largo de los ríos que desembocan en el mar, a veces en pequeños botes, con el fin de celebrar las almas de los que nos dejan; al igual que las imágenes e íconos de las celebraciones celtas de La Noche de Todos los Santos, durante las cuales se encienden enormes fogatas no sólo para marcar el comienzo del nuevo año, sino para calentar las almas de los que se van”.
El segundo, Bonny Portmore, es una balada tradicional en la cual la temática de la letra gira en torno a un sentido lamento por la depredación que significó la tala indiscriminada de los robledales de Irlanda que llevaron a cabo los ingleses para construir barcos. En la canción se homenajea a un roble centenario que se alza en los terrenos en que está situado el castillo de Portmore.
El tercer tema, Between The Shadows, es instrumental y hay en él un regalo extra para los oídos: el notable lucimiento, tanto del arpa de Loreena McKennitt como del violín de uno de los excelentes músicos que la acompañan: Hugh Marsh.
El track N° 4, The Lady of Shalott, es el que la artista consideró como central o principal, por decirlo así, del álbum (y el público lo ha confirmado evidenciando una masiva preferencia por el mismo). 
En los magistrales versos del insigne poeta Alfred Tennyson se narra la leyenda artúrica de Elena, la Dama de Shalott quien, enamorada de Lancelot, violó la prohibición de mirar hacia Camelot; versos esos los cuales Loreena McKennitt musicalizó con una melodía arrobadora.
El quinto tema es la popular canción Greensleeves, que la tradición inglesa adjudica a Enrique VIII haber compuesto.
Lo cual, dicho sea de paso, no se ha podido demostrar, y en cambio; lo que sí pudo determinarse con certeza, es la existencia de al menos un plagio entre las piezas musicales que ese monarca de la dinastía Tudor consignó como compuestas por él: se atribuyó la autoría de Gentil prince de renom; pero se descubrió un manuscrito veneciano conteniendo precisamente esa pieza musical, fechado en 1501, cuando Enrique VIII contaba sólo 10 años y obviamente, a esa edad no podía haberla compuesto.
De todas maneras, en el disco, la autoría es otorgada a Enrique VIII: “and featuring evocative lyrics by Tennyson, Shakespeare, Henry VIII and the artist herself”, reza una frase en el texto descriptivo en general del álbum (negrita y subrayado míos).
El séptimo track, Courtyard Lullaby, es, bajo la excusa de una bellísima canción de cuna; una revelación surgida de algo que no sabemos cómo funciona, pero que siempre está ahí, y en ocasiones que se nos antojan mágicas, se manifiesta: la memoria ancestral; un revival de los tiempos pretéritos. Al respecto, nos dice la artista: 
“Las fotografías que aparecen en el librillo que acompaña al disco fueron tomadas en Quinta das Torres, una casa de campo del siglo XVI situada cerca de Azeitão, en Portugal, donde la fotógrafa Elisabeth Feryn y yo pasamos una semana. Dentro de ella había un patio, marcado en cada esquina por naranjos. El lugar me recordaba a los tapices de Unicornios que cuelgan de las paredes del museo The Cloisters en la ciudad de Nueva York. Los tapices estaban repletos de íconos térreos precristianos, que describían el misterioso ciclo de la vida y la muerte de las estaciones. Fue en el patio de Quinta das Torres donde concebí esta pieza”.
La octava pista del disco, The Old Ways, es decir, Las antiguas costumbres, surgió de la evocación de una noche de Año Nuevo que Loreena McKennitt había pasado en Doolin, Irlanda, en la cual hubo de perder un amor junto al mar, todo ello enmarcado en una geografía imponente, mágica y ensoñadora: los acantilados de Moher. La artista nos lo relata de este modo: 
“Las atronadoras olas están llamándome hacia tu hogar, el mar está golpeando, llamándome hacia tu hogar. En la oscura noche de Fin de Año, en la costa oriental de Clare, escuché tu cantarina voz, tus ojos bailaban al son de la canción, tus manos tocaban la melodía, era una visión anterior a la mía. Dejamos la música atrás y el baile continuaba, como si nos hubieran arrastrado hacia la playa. Olíamos a salmuera, sintiendo el viento en nuestros cabellos y con tristeza te detuviste. De repente, supe que tenía que marcharse, mi mundo no era el suyo, sus ojos me lo decían, sin embargo fue allí donde sentí la encrucijada del tiempo y me pregunté por qué… Fijamos nuestra mirada sobre el rompiente mar, una visión cayó sobre mí, de poderosos cascos y batir de alas desde la bóveda celeste. En cuanto pude volver a oír, escuché tu voz llamándome, eras como un pájaro enjaulado extendiendo sus alas para echar a volar. ‘Las viejas costumbres se pierden’, cantaba mientras volaba, y me pregunté por qué…”.
Y así, en este trip que hemos emprendido juntos, estimado lector, llegamos a la última pista, la N° 9: Cymbeline. Para este tema, Loreena McKennitt musicalizó uno de los monólogos del drama escrito por Shakespeare, basado en la historia del rey celta de Britania, Cunobelinus, en el año 13, en tiempos en que los britanos (sí, britanos, de Britania, en la actual Inglaterra; no bretones, de Bretaña, en las Galias, actual Francia; lo aclaro porque es un error común confundir Britania con Bretaña y britanos con bretones) defendían tenazmente su independencia, otra vez amenazada por una invasión de los romanos.
Y ya habrá notado usted que me he salteado el track N° 6 del disco. Pues bien, se trató de una omisión voluntaria, lo he hecho así adrede; porque considero que el tema en cuestión, titulado Tango to Évora, merece largamente un párrafo aparte.
En primer lugar, tiene una interesante y rica historia; ya que Loreena McKennitt lo había concebido en 1990 para que fuera la música de apertura y cierre de un documental referido a las persecuciones, procesos, torturas y quemas en la hoguera a las acusadas de brujería por la iglesia cristiana (en Évora había existido un tribunal de la Inquisición): The Burning Times, dirigido por Donna Read, con guión de Erna Buffie, que formó parte, junto a otros dos: Goddess Remembered y The Circle, de la trilogía histórica, antropológica, cultural y feminista Women and Spirituality, auspiciada y distribuida por The National Film Board of Canada.


A través de este ENLACE, puede verse el inicio del documental y escuchar a Loreena McKennitt interpretar esta pieza tal como la había compuesto originalmente, antes de los arreglos y modificaciones que le introduciría después, al grabarla nuevamente; pero para el disco The Visit.
La artista quiso en ella homenajear a Évora, la ciudad portuguesa que ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad, y que encierra más de dos milenios de historia (además de una prehistoria extendida durante un lapso acerca del cual todavía no hay acuerdo entre las distintas opiniones y posturas científicas; pero en cualquier caso puede convenirse en que se remonta al Neolítico final, lo que surge de los monumentos megalíticos erigidos por asentamientos tribales celtas). Con ese cometido, solicitó al National Film Board of Canada, poseedor de los derechos exclusivos de Tango to Évora, que liberase la pieza, lo cual le fue concedido, y consecuentemente, la canción fue incluida en The Visit.


Ignoro si se deberá a mi remota ascendencia celtíbera en tanto gallega, que al escuchar por vez primera Tango to Évora (que no es propiamente un tango, como reza su título; sino una milonga, como podemos percibir nítida y claramente aquellos quienes hemos tenido el privilegio de nacer en este suelo rioplatense) se habrá disparado en mí el arcano proceso de memoria ancestral al que me refería antes, o a qué motivos, causas o factores obedecerá la cosa; pero lo real y concreto es que esa canción impacta de tal forma en mis sentidos, que hasta ocasiones hay en las que oírla me provoca un goce inenarrable, un estado de armonía plena que raya en lo místico (¡a mí, que carezco de fe religiosa!). Esa melodía ensoñadora, fascinante, misteriosa hasta lo inefable, de dulce e infinita melancolía y que se replica en el tarareo de Loreena McKennitt ensamblando con asombrosa perfección su voz con las notas que brotan del arpa y el violín, me parece tan sublime como otras piezas musicales que, al igual que esa, trabajan planos muy altos de mi psique, tales como Claro de luna, de Ludwig van Beethoven; Czardas, de Vittorio Monti; Coro Final de la Pasión según San Mateo, de Johann Sebastian Bach; Oblivion, de Astor Piazzolla; Fantaisie Impromptu, de Frédéric Chopin; Woman, de Rudolf Schenker y Klaus Meine; La Bohème, de Charles Aznavour y Jacques Plante; Imagine, de John Lennon; y Responso, de Aníbal Troilo, por ejemplo y entre otras…
Mire, basta de palabrerío; mejor hágale un favor a su alma: escúchela y disfrute.


Ah, y no se olvide de agradecer a Loreena McKennitt tanta magia. ¡Hasta la próxima!

-Juan Carlos Serqueiros-