sábado, 9 de marzo de 2013

NUNCA HE SIDO AMIGO DE ESE TIPO























Escribe: Juan Carlos Serqueiros


La Argentina se parece a un importante dominio británico. (Guillermo Leguizamón)

No sé si después de esto podremos seguir diciendo "Al gran pueblo argentino, ¡salud!". (Lisandro de la Torre)

En el recinto de sesiones del senado de la Nación, lo que se dio en llamar el debate de las carnes había empezado mal. Y seguiría —y terminaría— peor aún.
La cosa venía como resultante del convenio entre nuestro país e Inglaterra, enmarcado en lo que se conoce como Pacto Roca-Runciman, suscripto en Londres el 1 de Mayo de 1933 por Julio A. Roca (h), vicepresidente del gobierno encabezado por Agustín P. Justo; y Walter Runciman, presidente del British Board of Trade.
Las condiciones de dicho acuerdo eran en extremo deprimentes para nuestro país. En apretada síntesis, en los hechos significaba que Inglaterra "nos hacía el favor" de seguir comprándonos carne enfriada en lugar de hacerlo en países del Commonwealth como Australia o Canadá; pero a condición de que el precio fuera menor al que podía obtener en otros mercados (que ni remotamente podían compararse con el nuestro en calidad), fijar unilateralmente la cuota, y administrarla y asignarla a su antojo, que la carne fuera faenada y procesada en frigoríficos ingleses y transportada a Europa en barcos ingleses asegurados en compañías inglesas, que no se permitiera la instalación de frigoríficos de capitales argentinos, que se mantuviera la no imposición de aranceles a la importación de carbón inglés, que no se rebajaran las tarifas de los ferrocarriles y tranvías ingleses y que se entregaran a empresas de capitales ingleses los colectivos argentinos.
Tan contentos quedaron los británicos, que después del convenio, nombraron caballero del reino... ¡al catamarqueño Guillermo Leguizamón!, abogado de los ferrocarriles ingleses e integrante de la comitiva argentina, quien obtuvo así el dudoso (para un argentino) privilegio de poder antedatar un sir a sus nombre y apellido. Ignoro si después de eso, Leguizamón habrá exigido que en adelante lo llamaran sir William, o si condescendió paternalmente en un: "Puede decirme dotor don Guillermo nomás, m'hijo". En fin...  
Tan lesivo para los intereses nacionales fue considerado el Pacto Roca-Runciman, que el 28 de julio había renunciado el ministro de Hacienda Alberto Hueyo, disconforme y en absoluto desacuerdo con las concesiones que se les hacían a los ingleses en materia cambiaria y arancelaria. El presidente Agustín P. Justo lo reemplazó el 24 de agosto por Federico Pinedo, quien actuaría en tándem con otro recién designado ministro (éste en la cartera de Agricultura y en sustitución de Antonio de Tomaso): Luis Duhau (quien, dicho sea de paso, venía de presidir la Sociedad Rural y de integrar la comitiva enviada a Londres como gestora del Pacto Roca-Runciman).
Los nombramientos de Pinedo y Duhau eran indicadores y representativos per se de una suerte de re afirmación del rumbo que le imprimía Justo a su gobierno surgido del fraude electoral que dio el triunfo —en comicios amañados— a la Concordancia (alianza entre conservadores y radicales alvearistas), y signado por una marcada anglofilia que se traducía en la subordinación política y económica del país a Inglaterra, y el alineamiento a ultranza con ésta.
¿Por qué ocurría esto? ¿Acaso porque eran viles traidores a la patria Justo, Roca, Pinedo, Duhau y demás, empeñados en privilegiar intereses foráneos por sobre los de la nación? No; lo que pasaba era que ellos confundían el interés común, es decir, el de la nación toda; con el de la clase social a la que pertenecían. Aterrados ante la perspectiva de que Inglaterra dejase de adquirir nuestras carnes, no se les ocurrió más arbitrio que ir a implorar al imperio británico que nos impusiese las condiciones que se le antojaran, aún las más vergonzantes, con tal de que siguiese comprando la carne de las vacas argentinas que "producían" los grandes ganaderos latifundistas nucleados en la Sociedad Rural. Obraban —así lo creían— por patriotismo, ufanos de ello y convencidos de que de ese modo "salvaban al país". Lo que en realidad salvaban —y de paso, acrecentaban—, eran sus propias fortunas.
No pararon allí las exigencias inglesas: trascartón, vendría la forzada y artificiosa creación por parte de Pinedo y Prebisch, del Banco Central, a inspiración (léase imposición) inglesa de sir Otto Niemeyer, con preponderancia inglesa en la composición de su directorio, y que regularía, a satisfacción inglesa, la moneda y el crédito argentinos.
La voz opositora a toda esta enajenación de lo argentino y a la abdicación de la defensa de los intereses nacionales que más resonaba en el Congreso, era, sin dudas ni quizás, la del senador por la provincia de Santa Fe, Lisandro de la Torre. En ese contexto fue que se produjo el denominado debate de las carnes. El cielo argentino, enlutado por nubarrones de mal agüero, hacía presagiar la tormenta que se cernía, implacable y funesta sobre el amado suelo.
El 1 de setiembre de 1934, a solicitud de Lisandro de la Torre, el Senado designó una comisión investigadora para determinar si en efecto, tal como lo había denunciado el senador por Santa Fe, existían por parte de los frigoríficos ingleses preferencias en favor de ciertos ganaderos vinculados al gobierno, como así también los márgenes de ganancia que obtenían.
Un poco por la biografía escrita y publicada por Raúl Larra: Lisandro de la Torre, el solitario de Pinas, y otro poco por esa manía que solemos tener los argentinos de generalizar peligrosamente en la búsqueda afanosa de nuestra tan ansiada y aún no conseguida síntesis histórica, se ha ido instalando en el imaginario colectivo la idea de que De la Torre fue un acendrado nacionalista que guiado por un supuesto anti imperialismo suyo, combatió por todos los medios a su alcance la "servidumbre odiosa en que nos tenían los ingleses" bla bla bla. Macanas. La verdad histórica (por lo menos, la mía, tan relativa como cualquier otra) es que el doctor De la Torre, si bien es cierto que lo hizo con patriotismo; actuó en esa coyuntura impelido por distintas motivaciones éticas, ideológicas y partidarias. Veamos, si no.
El caudal electoral del partido Demócrata Progresista estaba constituido principalmente por los pequeños y medianos productores agropecuarios entre los cuales encontraba predicamento, para quienes el statu quo emergente del Pacto Roca-Runciman no sólo no representaba beneficio alguno, sino que además; significaba un notorio perjuicio. Fueron precisamente ellos quienes elevaron la queja a De la Torre, quien la planteó en el Senado: "Han llegado a mí informes sobre preferencias a personajes vinculados a la política oficial", dijo, tal como consta en el Diario de Sesiones. Por otra parte, esas componendas repugnaban al sentido de la honestidad pública que sustentaba De la Torre en tanto sincero liberal, y de su ética en lo privado, jamás desmentida ni puesta en tela de juicio. Máxime, si quienes entraban en ellas eran los mismos que le habían infligido, en elecciones fraudulentas encima, una derrota electoral difícil de digerir. Lisandro de la Torre era todo él pura pasión y fuego. Extraordinariamente dotado en lo intelectual, era, sin embargo; capaz de enceguecerse cuando esa pasión y ese fuego nublaban sus entendederas y se imponían a su raciocinio. Era ardorosamente liberal, principista, y por ello rechazó lo que expresaban Julio y Rodolfo Irazusta, sinceros amigos y admiradores suyos (quienes además, colaboraron activamente en la investigación y aportaron a la misma datos emanados del frigorífico Gualeguaychú, de capitales nacionales) en su libro La Argentina y el imperialismo británico, publicado en 1934 y llamado a tener gran suceso. Eligió ser impermeable a la percepción del imperialismo, y con la misma rigidez con que manejaba su partido, se centró tenazmente en el ataque al gobierno de Justo, focalizándolo en sus ministros Pinedo y Duhau.
El celo evidenciado por De la Torre y los contadores designados en la investigación, más la colaboración valiosa y eficaz de los sindicatos de la carne y los estibadores, y de los hermanos Irazusta, llevaron a que la tarea estuviera concluida para junio de 1935. Las pruebas obtenidas de que los frigoríficos extranjeros habían manejado a voluntad la cuota abonando precios según quién fuera el ganadero al cual le compraban, evadido impuestos y sacado márgenes de ganancia exorbitantes, eran incontrastables.
De la Torre, firmante del despacho en minoría al no querer suscribir el que habían producido en mayoría los otros dos integrantes de la Comisión Investigadora, senadores Carlos Serrey y Laureano Landaburu; concentró su artillería en Duhau y Pinedo. Fue el desencadenante de la tragedia.
Con magistral elocuencia, iba acorralando a sus adversarios, ridiculizándolos, poniendo en evidencia sus torpezas y miserias, y demoliendo los argumentos que éstos esgrimían en su defensa. Llegado su turno de hablar al ministro de Agricultura, Duhau lo hizo apelando a la cita de cifras y más cifras, con un estilo insoportablemente tedioso y aburrido. No obstante, De la Torre lo escuchaba atentamente, presto a saltar ante cualquier inexactitud, y al querer intervenir éste para discutirle un dato; desde la presidencia del Senado se le advirtió que Duhau había aclarado que no permitiría interrupciones; a la par que el otro ministro, Pinedo, le gritaba: "¡Que aprenda a oír!", y otro senador golpeaba su pupitre para acallar su voz. De la Torre adoptó entonces una actitud socarrona e histriónica: aparentó desentenderse del debate, sumergiéndose, durante las diez sesiones que duró la soporífera intervención de Duhau, en la lectura de la por entonces recientemente publicada novela El Kahal, de Hugo Wast (pseudónimo literario de Gustavo Martínez Zuviría, con quien De la Torre mantenía una antigua amistad). Entiendo menester consignar también, que él y Pinedo ya habían protagonizado antes un encontronazo serio, producto del cual había entre ellos especial inquina: en oportunidad de debatirse en el Senado la ley de bancos, Pinedo había llamado gaucho malo a de la Torre, y éste lo había destrozado, respondiéndole, en una pieza de la más brillante oratoria, con una dialéctica en la que abundaba el uso de la ironía como un finísimo y letal estilete.
El 20 de julio, De la Torre tomó otra vez la palabra para replicar la exposición de Duhau, y el 23 —presidía la sesión el senador por Santiago del Estero, Carlos Bruchman, del partido Radical Unificado (alguien, creo que Ferns, escribió que "parecería que el destino del apellido Whitelocke fuese presidir los desastres británicos en el Río de la Plata"; por mi parte, creo que el destino del radicalismo es presidir los desastres argentinos)—, se produjo el desenlace fatal. Así quedó asentado en el Diario de Sesiones del Senado:

Señor ministro de Agricultura (Duhau, golpeando la mesa): ¡No permito eso, señor Presidente!
Señor Presidente (Bruchman): Ruego al señor senador que guarde estilo en sus expresiones.
Doctor de la Torre: Y a lo que no es cierto, ¿cómo se lo llama?
Señor Presidente (Bruchman): Se lo llama inexacto
Señor ministro de Hacienda (Pinedo): Se lo llama de la Torre. (Aplausos en las galerías)
Doctor de la Torre: ¡El ministro de Hacienda dice eso porque es tan insolente como cobarde! (Suena la campana de orden)
(A continuación el senador De la Torre y el señor ministro de Hacienda pronuncian palabras que no se pueden reproducir).
(Nota mía: "palabras que no se pueden reproducir" es una perífrasis para no tener que poner derechamente que se insultaron. Sobre los epítetos que se intercambiaron De la Torre y Pinedo hubo distintas versiones, pero todas coincidentes en que directa o indirectamente se usó el término "cornudo" (algunos sostendrían después que De la Torre no dijo "cornudo"; sino "cotudo", por el bocio que afectaba a Pinedo; pero no parece muy probable tal cosa. Lo concreto es que Pinedo aludió, dado lo avanzado de la edad -66 años- y la soltería de De la Torre, a una presunta impotencia sexual suya ("viejo impotente", le habría dicho); y éste le respondió con algo así como "pregúntele a su mujer, cornudo, cobarde", y trascartón, lo retó a duelo).

Señor Presidente (Bruchman): Si me permite el señor senador, la Presidencia va a...
(Hablan simultáneamente varios senadores)
Señor ministro de Hacienda (Pinedo): ¡Pido la palabra para poner al embustero en su lugar!
Señor Presidente (Bruchman): Adelante, señor ministro.
(Nota mía: a esta altura, creo que a nadie se le escapará que Bruchman era evidentemente tendencioso y que no estuvo ni remotamente a la altura que las circunstancias demandaban).

Señor ministro de Hacienda (Pinedo): Si la dignidad y la honra de una persona estuvieran expuestas a desaparecer y a ser lastimadas por lo que digan irresponsables, podría ser que mi honra estuviera al alcance del señor senador.
Doctor De la Torre: ¡Ya he dicho que es tan insolente como cobarde!
Señor ministro de Hacienda (Pinedo): ¡Insolencia y cobardía me atribuye! El senador por Santa Fe es capaz, señor presidente, de retarme a duelo porque sabe que por mis convicciones, yo no me bato.
Doctor de la Torre (de pie y acercándose a la mesa de interpelaciones): ¡Y usted es capaz de no batirse por cobardía!
(El doctor De la Torre se cae y se escuchan disparos de revólver).
(Nota mía: "De la Torre se cae y se escuchan disparos de revólver" es un breve circunloquio para evitar consignar lo que pasó en realidad: De la Torre no se cayó al suelo por las suyas; sino que al acercarse éste a Pinedo, lo empujó Duhau; quien a su vez, trastabilló en los escalones y cayó, fracturándose una o más costillas. A todo esto, Enzo Bordabehere, senador electo por Santa Fe y dilecto amigo, discípulo y correligionario político de De la Torre, se levantó de su asiento y fue a ayudar a éste a incorporarse. En esos momentos, un matón al servicio de Duhau, Ramón Valdez Cora, extrajo un revólver y le disparó dos tiros por la espalda a Bordabehere y un tercero en el pecho, al volverse éste a consecuencia de los impactos. Un cuarto y un quinto disparos de Valdez Cora, erraron a Bordabehere y dieron en una mano del propio Duhau y en el senador Rafael Mancini, herido levemente. Bordabehere fue inmediatamente trasladado al hospital Ramos Mejía, pero falleció apenas llegado al mismo. Valdez Cora aprovechó la confusión para huir mientras atendían a Bordabehere, y se refugió en la sala de los taquígrafos, donde fue aprehendido por el senador Alfredo Palacios, quien lo entregó a la policía).

Al día siguiente, miércoles 24, Duhau y Pinedo desafiaron a duelo a De la Torre, quien rechazó batirse con el primero, al cual le negó la condición de caballero, esencial para tal lance; y aceptó el reto del segundo, designando padrinos suyos en la emergencia, a Lucio López y Jorge Robirosa. Pinedo, por su parte, nombró padrinos a Robustiano Patrón Costas y Manuel Fresco. Se convino en que el duelo sería a pistola, se realizaría a las 8 de la mañana siguiente en el Colegio Militar y el director sería el general Adolfo Arana. Y efectivamente, a la hora señalada de ese 25 de julio de 1935, luego de oír las tres palmadas que dio Arana, los duelistas, separados unos 20 o más metros entre sí (según se aprecia en la fotografía publicada por Caras y Caretas en su edición nº 1922 del 3 de agosto de 1935) dispararon sus pistolas. Se dijo  que De la Torre tiró al aire (y era verdad, la imagen precitada lo certifica), en inequívoca muestra de desprecio hacia su contrincante, como si deplorara matarlo por considerar que el otro no valía la pena (todo eso ya es subjetivo e interpretativo de quienes lo dijeron), y que Pinedo, en cambio; apuntó a la cabeza de De la Torre (y en efecto, en la foto pareciera ser así) pero erró el tiro. De todos modos, y aún cuando los duelistas hubiesen querido matarse el uno al otro; se infiere como altamente probable que los padrinos de ambos hayan estado contestes en atenuar las condiciones del duelo, alargando la distancia entre los contendientes e instruyendo al armero (que fue un tal Domingo Schettini) para que preparara las pistolas de modo que los tiros no dieran en el blanco y que en caso de hacerlo, no fueran necesariamente mortales. En abono de esa creencia, se citó un comentario que se le atribuyó a de la Torre dirigido a unos amigos suyos mucho tiempo más tarde: "Jamás tiré con una pistola de tan pésima calidad como esa". Esto último me parece escasamente cierto, porque si de la Torre tenía decidido tirar al aire ¿para qué, entonces, iba a quejarse mucho después de la mala calidad del arma que usó en la ocasión? En fin, como canta Larralde: "Que uno a veces dice cosas / de a dieces como de a cientos / y ande quiere fantasiar / le va poniendo el acento".
Al término del lance, ambos rehusaron reconciliarse: Pinedo, con una seca negativa; y De la Torre, con un rotundo, expresivo y lapidario ninguneo: "¿Reconciliarme? ¿Cómo podría? Si nunca he sido amigo de ese tipo".
Duhau, que venía acumulando una cuantiosa fortuna, acrecentada seguramente en "algo" con los sobreprecios que le pagaban los ingleses en agradecimiento por su "amabilidad ministerial", erigió, al 1600 de la coqueta avenida Alvear, la mansión donde hoy por hoy funciona el hotel Park Palacio Duhau de la cadena internacional Hyatt.
En cuanto a Pinedo, tendríamos los argentinos que soportar dos rentrées suyas al frente del ministerio de Hacienda: en 1940, bajo la presidencia de Roberto M. Ortiz y en 1962, bajo la de José María Guido.
En 1998, Roberto Azaretto le dedicó abundantes ditirambos en su libro biográfico Federico Pinedo, político y economista, que fuera prologado por Domingo Cavallo (¿mencionábamos antes lo de presidir desastres? Bueno, ése es otro nefasto personaje con amplia experiencia en el ramo). 
Lisandro de la Torre se suicidó en Buenos Aires el 5 de enero de 1939 disparándose un tiro en el corazón, en el modesto departamento de dos ambientes que alquilaba en el segundo piso de la calle Esmeralda nº 22. Estaba quebrado, abrumado por las deudas que una persistente sequía de cinco años, las pestes que diezmaron su ganado y un socio estafador habían arrojado sobre su campo de Pinas en forma de lluvia... de calamidades.
El mayordomo de su estancia le ofreció sus ahorros para ayudarlo en su economía, los hermanos Irazusta quisieron hacer una vaquita rosista para juntar plata destinada a él, y hasta un comunista, el dirigente sindical José Peter, del gremio de la carne, le propuso que su sindicato adquiriera el campo de Pinas para dejarlo en propiedad de don Lisandro, como lo llamaba con unción y respeto.
Dejó una carta mecanografiada en su vieja máquina de escribir, dirigida a sus amigos, en la que les pedía hicieran cremar su cadáver; y agregaba: "Si Vds. no lo desaprueban desearía que mis cenizas fueran arrojadas al viento. Me parece una forma excelente de volver a la nada, confundiéndose con todo lo que muere en el universo. Me autoriza a darles este encargo el afecto invariable que nos ha unido. Adiós".

-Juan Carlos Serqueiros-

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REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS Y DOCUMENTALES

Diario Crítica, edición del 05.01.1939.
Diario La Razón, edición del 05.01.1939.
Diario El Orden, edición del 06.01.1939.
Halperín Donghi, Tulio. La república imposible (1930-1945). Ariel, Buenos Aires, 2004.
Honorable Senado de la Nación Argentina. Diario de Sesiones, 1935.
Irazusta, Rodolfo e Irazusta, Julio. La Argentina y el imperialismo británico. Los eslabones de una cadena. 1806-1833. Ediciones Argentinas Cóndor, Buenos Aires, 1934.
Larra, Raúl. Lisandro de la Torre, el solitario de Pinas. Hyspamérica. Buenos Aires, 1988.
Revista Caras y Caretas, edición n° 1922, 03.08.1935.
Rosa, José María. Historia Argentina, t. 12. Editorial Oriente S. A., Buenos Aires, 1979. 

martes, 5 de marzo de 2013

NO ES DIOS TODO LO QUE RELUCE























Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Tratemos de saber a qué huele, qué fragancia se desprende, de El perfume de la tempestad, con un tema que se las trae. Su letra reza (y nunca mejor aplicado el término):

NO ES DIOS TODO LO QUE RELUCE
(Lux perpetua fuceat eis)

-Solari-

Hay una luz! en esa cruz!
(la luz que los ciegos ven)
Que hiere nuestros ojos
en un lujo fugaz
y no deja mirar
y no hay alivio.
Sonríen todo el tiempo
y se hacen ver
por lo felices que están de sonreir...
Hay un ladrón! En esa cruz!
(actúa en la eternidad!)
Y al pie estás vos tan ciego
jugando al mercader
que ríe en esa estafa
sin pestañar.
Al borde del camino te parás
a rebuznar feliz jodiendo sin flaquear
Esa otra cruz me toca a mí,
(y aquella estrella es mi luz)
Hay una luz! En esa cruz!
(la luz que los ciegos ven)
El cielo está tendido
y el infierno servido
y una vez más amor, salvás mi vida
Besame justo antes, por favor
de que mis ojos se cierren al final
Hay una luz! En esa cruz!
(la luz que los locos ven)
Voy a bailar llorando
sobre mis propios huesos,
Voy a cambiar de estrella cantando.
Nunca se sabe, puede suceder...
que la vida no termine nunca más.
Y esa otra cruz te toca a vos!
Hacer como que no estoy!
Hay una luz! En esa cruz!
(la luz que los locos ven)
Hay un ladrón! En esa cruz!
(actúa en la eternidad)


"-Bueno... mire... no sé muy bien por dónde empezar". "Por el principio". (Diálogo en la película Juan Moreira, de Leonardo Favio). Hagámosle, pues, caso a ño Juan Moreira y comencemos por el principio, o sea, por el título. "No es Dios todo lo que reluce" es una alteración del aforismo popular "no es oro todo lo que reluce", de modo que pueda aplicarse como indicador de una respuesta negativa frente a la duda de siempre de todo mortal: ¿hay otra vida después de la muerte?
Y permítaseme aquí una digresión: allá por 2011, mi esposa, psicóloga clínica ella, la lic. Gabriela Borraccetti —que no es precisamente lo que llamaríamos una experta ni mucho menos, en los Redondos ni en Solari, y que por entonces ni siquiera conocía esta canción del Indio (y es más: debe de estar enterándose que existe recién al leer esto)—, utilizó, en un artículo suyo: El enojo. Lo que dejamos del lado de afuera, la misma frase elegida por el Indio para título de este tema; pero, claro... en otro contexto: "Está penado con comentarios anti ego, cualquiera que se anime a declarar que no todo lo que reluce es dios y compasión", escribió Gabriela en esa oportunidad. Me impactó la coincidencia. 
Pero el título tiene un subtítulo, puesto entre paréntesis por el Indio: Lux perpetua fuceat eis, que en latín significa brille para ellos la luz perpetua. Mas ¿quiénes son esos "ellos" para los cuales ha de brillar "la luz perpetua"? Y... ¿quiénes han de ser, si no los difuntos? Claro, como que esa frase en latín es la introducción (apocopada) del Réquiem, es decir, en la religión católica, el ruego por el descanso eterno, por el alma de los muertos.
En realidad, tan dispendioso (cosa rara en él, tratándose de esta materia) se mostró el Indio a la hora de indicar de qué va la letra de la canción; que ponerse a interpretarla resulta coser y cantar. Porque no sólo no se limitó a mostrar el camino con la "gentileza" del indicio que nos da en el subtítulo (que ya de por sí debiera bastarnos para entender lo que se propone volcar en la lírica); sino que además, en la entrevista que le concedió a Pergolini el 30.11.2010 para ¿Cuál es?; abundó en detalles. En esa oportunidad, ese pelotudito irreverente que es Pergolini (que además de serlo, también la juega de eso, de irreverente y rebelde, con lo cual lo suyo se potencia hasta caer en el irrespeto torpe), le preguntó, con esa incontinencia verbal que lo caracteriza: "—¿La letra, te explica?" (inquiriendo, obviamente, si la letra es autorreferencial). Y el Indio le respondió: "—Sí... lo que creo, es que creer (nota mía: con lo de 'creer', Solari se  refiere a tener una fe religiosa) implica ese temor, ese miedo a la muerte, a no ser, a no ser nunca más. El yo que somos y que nos habita, quiere seguir siendo, y no creo que haya una consciencia personal después de la muerte. Es decir, la energía y todo eso, está bien; pero una consciencia individual después de la muerte... no, no creo que haya. Entonces sigo sin creer. Desgraciadamente, porque es un amparo tener un dogma que te resuelva la vida. Pero desgraciadamente, yo creo en lo que creo y no creo en lo que no creo." (sic)
Y finalmente, están también las imágenes insertas en el formato tipo librito del disco, las cuales son, dicho sea de paso, por demás ilustrativas y representativas de lo que Solari expresa a través de su lírica. En el caso que nos ocupa, esta estampa:

Como puede apreciarse, la alegoría es clara, pero por supuesto; para todo aquel que de verdad quiera verla, que tenga ojos con dos pupilas y no ojos ciegos bien abiertos.
El Indio comienza mencionando al símbolo del cristianismo por excelencia: la cruz (al símbolo del cristianismo ya adoptado como religión oficial del Imperio Romano y tal como lo conocemos hoy en día, quiero decir; porque en realidad, el símbolo original del cristianismo era el pez, no sólo por el acrónimo ichtus representativo en griego de Jesucristo Hijo de Dios Redentor; sino también porque los primeros cristianos eran pescadores de Galilea) y citando a la luz que emana de ella (el pez, oculto en el agua, necesitaba ser pescado para alimentar al pescador, del mismo modo que iconizaba la verdad que debía salir a la luz para iluminar a los creyentes), a la cual define como "la luz que los ciegos ven"; aludiendo con ello al refugio que la mayoría de las personas encuentran en la fe religiosa. Y compara eso con un esplendor que nos encandila a quienes no poseemos esa fe ("hiere nuestros ojos", "no deja mirar"), y que nos impide el consuelo ("y no hay alivio") que da esa fe que sí tienen otros. Esos mismos otros, son los que "sonríen todo el tiempo y se hacen ver por lo felices que están de sonreir".
Y se viene una fina sutileza solariana de esas que tanto deleitan nuestros sentidos: la metáfora del "ladrón" que está "en esa cruz", recurriendo a la alusión implícita al bíblico ladrón bueno que fue crucificado junto a otro ladrón, pero malo, y a Cristo. Del ladrón bueno, Dimas, dice (si no me falla la memoria) el evangelio según san Lucas  que fue con Jesús al paraíso, y de allí lo de "actúa en la eternidad" que pone el Indio.
Después tenemos a un "vos", uno que está "tan ciego", que "juega al mercader" y que "ríe en esa estafa sin pestañar". Muchos se han empeñado en ver en esa estrofa un sablazo solariano a la iglesia católica. Esas frases no son una crítica a la iglesia ni a nadie en especial; sino que son representativas de la sana envidia que siente por aquel (ese vos) que a diferencia de él; sí tiene fe, y que descansando en ella, puede darse el lujo de despreocuparse del dilema de la vida eterna, ya que está convencido, en razón de esa fe que profesa, que sí la hay después de la muerte. 
Por eso, ese vos, encima; puede pararse "al borde del camino jodiendo sin flaquear" (no como a Pedro, que según san Mateo, cuando Jesús le ordenó caminar sobre el agua; empezó a hundirse porque le falló la fe). Quienes -como le ocurre a Solari- somos agnósticos, no podemos permitirnos el no flaquear; ya que al carecer de fe, la cuestión de la vida eterna se nos representa como algo en lo que no nos es dable creer.
Y ese dilema es la otra "cruz", esa que "me toca a mí" que se menciona a continuación; y que no es otra cosa que la duda maldita que nos acompaña siempre a los agnósticos y que cargamos como una cruz.
El perfume de la tempestad es un disco eminentemente intimista y como tal, todo en él es autorreferencial. En ese contexto, el "amor" que "una vez más" lo "salva" y al que le pide que lo bese "justo antes de que mis ojos se cierren al final"; es su mujer, Virginia. Es ella la que deberá arrastrar la cruz que le toca: vivir sin él después que Solari se muera ("Y esa otra cruz te toca a vos! Hacer como que no estoy!").
Por su parte, el Indio al morir, como no creyente en una vida eterna, en una vida después de la muerte; tendrá que "bailar sobre sus huesos" y "cambiar de estrella cantando", es decir, pasará a otra dimensión; pero ya no como una consciencia individual.
Solari (y como él, todos aquellos que somos agnósticos), está convencido de eso, aunque... otra vez la maldita duda que llevamos como una cruz: ¿Y si terminara resultando que sí hay una vida eterna? Y sí, che, podría ser...
Porque después de todo, no deberíamos olvidar que "nunca se sabe, puede suceder... que la vida no termine nunca más".
En fin, dijo Serafín...

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-Juan Carlos Serqueiros- 

domingo, 24 de febrero de 2013

LA SOLEDAD DEL MANAGER












































Escribe: Juan Carlos Serqueiros


La soledad del manager es la tercera novela de la serie Carvalho, de Manuel Vázquez Montalbán, en tanto subsigue a la primera y a la segunda de dicha saga: Yo maté a Kennedy (1972) y Tatuaje (1974).
Editada en 1977, narra, abordándolo en el marco de esa época de la historia española (transición del franquismo a la democracia electoral), el nuevo caso de Pepe Carvalho, un detective nacido en Galicia que vive en Barcelona, en el coqueto y aristocrático barrio de Vallvidrera en las faldas del Tibidabo; el cual es contratado por Concha, la viuda de Antonio Jaumá, director gerente (o manager) de la filial española de una gigantesca multinacional, para esclarecer la muerte de su esposo, asesinado en el contexto de un crimen con implicancias, en apariencia, de proxenetismo y tráfico sexual.
Carvalho (un ex comunista y ex agente de la CIA norteamericana) es un gourmet exquisito que se deleita con manjares preparados cuidadosamente (ya sea en selectos restaurantes o por él mismo, en tanto consumado chef), regados con los mejores vinos. Tiene una novia, Charo, que es una prostituta de las caras; y un ayudante ex presidiario, Biscuter, que lo admira y adora. El detective se verá envuelto en una compleja trama, de la cual tendrá que extraer la verdad de lo ocurrido al marido de su cliente.
Para ello, Pepiño Carvalho cuenta con los datos certeros que le aportan personajes insólitos como el Bromuro, un lustrabotas que vive con la obsesión de que los poderes de turno le echan bromuro al agua a modo de estupefaciente destinado a adormecer las entendederas de la gente; y el coronel Parra, un ex camarada suyo que de militante comunista y anti franquista, ha pasado a desempeñarse ahora como asesor financiero de un banco.
En esa convulsionada Barcelona de fines de los 70, un cada vez más cínico y descreído, pero perspicaz Carvalho, continúa quemando libros considerados obras cumbres de la literatura universal para encender, haga calor o frío, el fuego en la chimenea de su casa; mientras bucea tenaz y resueltamente en la oligarquía de la industria y el capital, entre la represión de manifestaciones izquierdistas y sesudas reflexiones, para resolver el caso que tiene entre manos.
De lo mejor de Manuel Vázquez Montalbán.

-Juan Carlos Serqueiros-


sábado, 23 de febrero de 2013

SU CEREBRO CABE EN UNA CAJA DE FÓSFOROS



Escribe: Juan Carlos Serqueiros

¡Este Sabattini no entiende nada! Su cerebro cabe en una caja de fósforos. (Juan Domingo Perón)

Perón aprendió y aprendía con gran velocidad porque era muy inteligente. Por ejemplo, sobre la vieja política argentina, creo haberle sido muy útil para informarle o para conocer, pero aseguro que pronto sabía más que yo. Y tenía ciertas aptitudes revolucionarias que los hombres ya formados no tenemos, una capacidad para no sorprenderse de nada, para aceptar hechos nuevos y para adaptarse a la realidad. (Arturo Jauretche)

Promediando el año 1944, bajo la presidencia del general Farrell, el por entonces coronel Juan Domingo Perón detentaba los cargos de vicepresidente de la Nación, ministro de Guerra y secretario de Trabajo y Previsión. Había logrado triunfar en la interna que mantenía en el seno del gobierno con el general Luis César Perlinger, ministro del Interior quien, sustentando criterios opuestos a los suyos, lo había venido obstruyendo cuanto podía. Desembarazado de Perlinger, Perón era el hombre fuerte del gobierno y como tal, tenía innegablemente parte del poder; pero de ninguna manera -como lo hiciera notar sagazmente Jauretche- todo el poder. ¿Cuáles eran los motivos de la controversia que entre esos dos hombres se había desatado?
La historiografía liberal, antiperonista toda ella, y también la de inspiración marxista (la contraria al peronismo y aún la que le es afecta) sostienen que Perlinger era un nacionalista de derecha, pro nazi, que por pureza de principios no aceptaba la actitud híbrida de Perón (?). Nada más lejos de la realidad. En todo caso, se trataría de algo discursivo, pour la gallerie, o de últimas, metodológico; porque Perlinger integraba el GOU, con lo cual deben descartarse matices ideológicos en el enfrentamiento. Lo que en verdad ocurría, era que Perlinger y quienes lo seguían, entendían que el gobierno militar debía sostenerse y prolongarse sin término definido, hasta que el pueblo, "una vez que estuviese regenerado y reeducado", acertara a elegir a "los mejores" que habrían de gobernarlo (y de suyo, ellos descontaban que estarían entre esos "mejores", obviamente). Perón, en cambio, tenía una postura más pragmática y creía que había que profundizar las reformas introducidas hasta allí, fortalecer la política obrerista y las conquistas sociales, y luego de todo eso llamar a elecciones.
En medio de esa disputa con Perlinger, Perón empezó a tomar contacto con los referentes políticos de distintos sectores del conservadurismo y del radicalismo, y entre estos últimos; con Amadeo Sabattini, exponente ineludible de la intransigencia radical. La intención de Perón era absorberlos para la fuerza política que estaba empeñado en formar. José María Rosa le escucharía pronunciar: "La realidad efectiva, hoy por hoy, son los radicales y conservadores. Fagocitemos a los que están más próximos a nosotros". 
El historiador Norberto Galasso deja entrever, sin afirmarlo taxativamente, que Arturo Jauretche fue fundamental artífice a la hora de concretar esa entrevista: "Jauretche ha mantenido varias conversaciones con el caudillo cordobés, de las cuales nace una reunión Perón-Sabattini, hacia mediados de 1944, que se realiza en el despacho del administrador de Ferrocarriles del Estado, mayor Juan C. Quaranta", dice. La verdad es que por entonces, Jauretche se hallaba disgustado con Perón, con quien había tenido un cortocircuito (que no fue el primero ni sería el último), y la iniciativa de la reunión entre Perón y Sabattini (que dicho sea de paso, no era cordobés, como consigna Galasso; sino porteño afincado en Villa María) había sido de Quaranta; no fruto de las gestiones oficiosas de Jauretche.
Y séame permitida aquí una digresión: hay en el llamado progresismo, una tendencia a presentar a los forjistas como teniendo una capital influencia sobre Perón, a quien pintan siguiendo sus consejos como si se tratasen del infalible Oráculo de Delfos. La cosa era bien distinta: Jauretche, Manzi, etc., fueron hombres de extraordinaria relevancia en el campo del pensamiento y las letras; pero actuaron como asesores de Perón, aportándole a éste ideas y acercándole personas. No era que los forjistas formaron a Perón, sino que éste se formó a sí mismo; porque siempre fue hombre de inducir sus propios raciocinios.
Volviendo a lo de Perón-Sabattini, mucho se ha escrito sobre la reunión que mantuvieron y mucho más se ha especulado acerca de ello por parte del radicalismo y del antiperonismo en general.
Y claro, se comprende: es una manera de exaltar la importancia de Sabattini (y de paso, del desprestigiado, alicaído radicalismo) en el mapa político argentino de la época y de poner de relieve aquellos supuestos grandes méritos de su férrea intransigencia, factor este que, afirman, lo habría conducido a rechazar una supuesta candidatura a la vicepresidencia que en esa oportunidad le habría ofertado Perón.
Pamplinas. No hubo nada de eso. La reunión duró como mucho 15 minutos, que bastaron para que ambos se diesen cuenta de que estaban en las antípodas el uno del otro. Según afirmó Sabattini, Perón le ofreció al radicalismo todos los cargos del próximo gobierno, excepto la presidencia que reservó para el Ejército pero dejándole el segundo término de la fórmula, y a esa propuesta él habría respondido que la única candidatura posible sería la de un radical como presidente, porque "el radicalismo es la fuerza rectora del país; nada de frentes populares"; agregando: "estamos contra el 6 de setiembre de 1930, contra el 4 de junio de 1943 y contra cualquier intervención militar", y además; con un seco y tajante "yo no soy contubernista" (frase que por otra parte, usaba como muletilla siempre, por pura imitación del Peludo Yrigoyen).
Por su parte, el general Raúl Tanco afirmaría luego de realizada la entrevista, que Perón exclamó: "¡Este Sabattini no entiende nada! Su cerebro cabe en una caja de fósforos".
Preguntado por Félix Luna, Perón le contestaría que en modo alguno se habló de candidaturas: "Entre los políticos con los cuales conversé, hablé con Sabattini. Pero no me pude entender con él: era totalmente impermeable. Un hombre frío que no tenía posibilidad de entrar en una cosa como la nuestra... Él estaba en los viejos cánones". Luna: "-¿Usted ofreció a Sabbatini todas las candidaturas reservándose la presidencial?". Perón: "-No. De ninguna manera. No tratamos de eso. La impresión que saqué es que si yo le hubiera ofrecido algo para ser, hubiera aceptado, pero yo... ¿qué le iba a ofrecer a Sabattini?". Y en efecto, lo que le dijo Perón a Luna era estrictamente cierto, porque pensemos: si no podía Perón imponer su candidato para la intervención a la provincia de Buenos Aires, y tuvo que consentir en que lo fuera el general Juan Carlos Sanguinetti, identificado con Perlinger y en cuyo gabinete sólo logró poner a uno o dos ministros de entre la lista que le había acercado a petición suya Jauretche, ¿cómo podría entonces ofrecerle a Sabattini -o para el caso, a cualquier otro- nada menos que todos los cargos electivos excepto la presidencia? No estaba en condiciones de hacerlo, desde luego, y no lo hizo, sencillamente porque no hay que olvidar que Perón no era el gobierno; el gobierno era el Ejército, y dentro de ese esquema, Perón tenía una parte importante, decisiva si se quiere, del poder; pero como consigné precedentemente, no todo el poder. No le era dable ni posible hacer lo que se le antojara; debía necesariamente consensuar y acordar.
Y Sabattini, innegablemente poseía en un altísimo grado hermosas y loables virtudes cívicas que lo enaltecían y una escrupulosa honestidad puesta mil veces a prueba y jamás desmentida; pero vivía inmerso en un mundo ficcional, totalmente alejado de la realidad que lo circundaba, a la cual no comprendía ni siquiera remotamente. Se creía llamado a la alta misión de ser el continuador de la obra -según él, inconclusa (y debo confesar que me cuesta no poco agregar "felizmente, gracias a Dios" a eso de "inconclusa")- de Hipólito Yrigoyen, al cual admiraba con una devoción rayana en el fanatismo. Se veía a sí mismo como un apóstol regenerador de la política y no vislumbraba otro arbitrio que reeditar la intransigencia, los silencios y el misterio que en sus tiempos había empleado el Peludo como estrategia y sistema.
Pero así como la utilización por parte de Patroclo de la armadura de Aquiles no necesariamente convertía a aquél en éste; la adopción que hacía Sabattini de los métodos y estilo de Yrigoyen, no lo mostraba más yrigoyenista, sino que lo hacía aparecer como (y lo era) un yrigoyencito. Después, en octubre de 1945, se lo verá a Sabattini instigando al general Eduardo Avalos a la deposición de Perón y vanagloriándose de ser el que había "sacado de un ala a Perón" y jactándose de "voy a volverlo a sacar cuantas veces sea necesario" (se nota a las claras que lo suyo no era profetizar, decididamente), oportunidad en la que pudo ser presidente, llevado al sillón de la mano de Avalos, y que desperdició inexplicable e ingenuamente por haber reiterado el error de persistir en lo absurdo y extemporáneo de la intransigencia que imitaba.
No le quedaría ni siquiera el dudoso privilegio de ser en 1946 el candidato de aquel radicalismo amuchado al influjo de Braden en la inicua Unión Democrática.
¡Ah! y tenía razón Perón: Sabattini no entendía nada. Nunca entendió nada. Y es que la esfinge de Villa María era, en efecto, irremisiblemente impermeable a la realidad.

-Juan Carlos Serqueiros-

martes, 19 de febrero de 2013

UN SOMBRERO HECHO PELOTA

































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

 
El 9 de mayo de 1945 había arribado a nuestro país el embajador que enviaban los Estados Unidos: Spruille Braden, quien doce días después presentó sus credenciales.
Era presidente de la Nación el general Edelmiro J. Farrell, y vicepresidente -con retención de los cargos de ministro de Guerra y secretario de Trabajo y Previsión que venía detentando previamente a ser designado vicepresidente- el por entonces coronel Juan Domingo Perón. Era este último el hombre fuerte del gobierno.
Las presiones sobre Argentina por parte de Inglaterra y los Estados Unidos -que habían interrumpido sus relaciones diplomáticas con nuestro país y retirado sus embajadores en Buenos Aires- tendientes a lograr que se dejase de lado la férrea postura de estricta neutralidad en la guerra, eran fortísimas. El triunfo de los aliados era ya irreversible. En febrero, Churchill, Roosevelt y Stalin se habían repartido el mundo en Yalta, Crimea; y seguidamente en Chapultepec, México, se habían echado las bases para que todos los países de la llamada América Latina se fueran adecuando al nuevo orden mundial emergente de la victoria aliada, alineando sus políticas según el designio que se le antojase dictar al Tío Sam.

En ese contexto, y de modo de descomprimir un poco la situación que amenazaba sumirlo en el aislacionismo, el gobierno argentino declaró la guerra al Eje (ya con éste virtualmente derrotado) el 27 de marzo. Inmediatamente de producido ese hecho, tanto Inglaterra como los Estados Unidos expresaron la voluntad de reanudar sus vínculos diplomáticos con nuestro país destacando nuevos embajadores. Fue en el marco de ese statu quo en el cual llegó Braden a Buenos Aires.
El 1º de junio el norteamericano -que estaba estrechamente ligado a intereses cupríferos y petroleros- solicitó una reunión protocolar con Perón y éste lo recibió. La cosa empezó mal (y palabra: no lo consigno precisamente con la intención de parafrasear a Melville en Moby Dick) y seguiría aún peor. Es que Braden (y el gobierno yanqui) estaban resueltos a terminar con ese gobierno argentino al que reputaban de nazi. Y no debe verse en esto un choque político filosófico, para nada. Perón no tenía con Braden un enfrentamiento ideológico, sino que se trataba de un conflicto de intereses: el norteamericano defendía los de su país y Perón defendía los argentinos; tan simple como eso. Los Estados Unidos eran en lo económico nuestros competidores directos, y además, en tanto vencedores en la guerra mundial; no podían tolerar que Argentina se sustrajese a su influencia dándose el lujo de mantener una política independiente de los dictados que venían del Norte. El gobierno estadounidense (presidido por Harry S. Truman, quien había sucedido al fallecido Roosevelt) consideraba nazi al argentino.
Y Braden, ya en su primer informe, afirmaba que éste era fundamentalmente antinorteamericano y calificaba a Perón de megalomaníaco.
He ahí el meollo del asunto: para los yanquis; nazi era sinónimo de antinorteamericano. Y Perón no era nazi, ni antinorteamericano ni nada; era simplemente argentino. Braden era el encargado de someter a nuestro país a los intereses del imperialismo ejercido por el suyo, y Perón estaba decidido a impedirlo. Esa y no otra fue la cuestión.
Y así lo comprendió la siempre eficacísima diplomacia inglesa; a punto tal que el funcionario a cargo del área latinoamericana del Foreign Office, J. V. Perowne, le escribía por entonces al embajador inglés en Buenos Aires, sir David Kelly: "Uno no puede eludir la sensación de que el 'fascismo' del coronel Perón es tan sólo un pretexto para las actuales políticas del señor Braden y sus partidarios en el Departamento de Estado: su verdadero objetivo es humillar al único país latinoamericano que ha osado enfrentar sus truenos. Si la Argentina puede efectivamente ser sometida, el control del Departamento de Estado sobre el hemisferio occidental será total. Esto contribuirá simultáneamente a mitigar los posibles peligros de la influencia rusa y europea sobre América Latina y apartará a Argentina de lo que se supone es nuestra órbita." (sic)
Clarito, ¿no? Huelgan los comentarios. Y es que Braden le había solicitado a su colega inglés Kelly la colaboración británica para el "derrocamiento del gobierno argentino" que, según él, era "posible y deseable a cualquier costo".
Sobre mediados de junio Perón se reunió nuevamente con Braden a solicitud de éste, originada en un pedido de garantías para el accionar de los corresponsales de la prensa norteamericana que se creían "atacados por el gobierno argentino". Perón le respondió seca y desabridamente que los periodistas, ya fueran argentinos o extranjeros, gozaban en el país de la protección de la ley, que era igual para todos.
El 30 de ese mes Perón citó a Braden a una entrevista en su despacho (el norteamericano escribiría después en su Diplomats and demagogues: The memoirs of Spruille Braden: "Perón me recibió fríamente. Ni una sonrisa, ni un abrazo, ni siquiera un apretón de manos. Únicamente esta palabra ruda: -Siéntese") y le dijo derechamente que lo sabía instigador y financista de la campaña de prensa en contra del gobierno, advirtiéndole que no podría proteger a quienes participaran en ella del riesgo de ser asesinados por cualquiera de los "millones de fanáticos que me adoran". Braden respondió que el gobierno argentino tenía la obligación de protegerlos y Perón le retrucó que no estaba en condiciones de proceder a ello. "-Tiene usted que hacerlo", insistió el yanqui. "-Le digo a usted que no puedo y no lo haré", concluyó Perón.
Braden volvió a pedir audiencia, fijándosele la misma para el 5 de julio, pero no en la Casa Rosada sino en el despacho que en el ministerio de Guerra tenía Perón, detalle sugestivo este que imagino no debe haberle pasado desapercibido al norteamericano.
Perón, con su proverbial capacidad para calibrar a las personas, demostró haberlo hecho adecuada y cabalmente con Braden, a quien consideraba -tal como se lo diría a Félix Luna en una entrevista que le concedió a éste muchos años después en su exilio en Madrid- "un individuo temperamental. Un búfalo. Yo lo hacía enojar y cuando se enojaba, atropellaba las paredes... que era lo que yo quería, porque entonces perdía toda ponderación". Pero Braden no poseía el mismo don de percepción que Perón, y evidenció no conocer a éste, cometiendo el dislate de recurrir, ya que las presiones no le daban resultado; al intento de soborno vía el cambio de figuritas. En esa oportunidad, Perón estaba acompañado del doctor Juan Atilio Bramuglia, quien tiempo después narraría pormenorizadamente el desarrollo de la reunión. El objeto de la misma era el destino de las empresas pertenecientes a países del Eje que poco antes había expropiado el gobierno argentino. El norteamericano entendía que los Estados Unidos tenían derecho como vencedores en la guerra, a una decisiva injerencia en el manejo de esos bienes; y aprovechó la oportunidad para extender su pretensión reclamando se le otorgaran concesiones a empresas aéreas de su país. Luego de su larga parrafada en el sentido expuesto, y con la lengua más almibarada que era capaz de emplear, el búfalo dejó entrever que si el gobierno argentino accedía a todo ello; los Estados Unidos no sólo no se opondrían a una hipotética aspiración presidencial de Perón, sino que hasta la favorecerían, y que así su prestigio en Norteamérica y demás países gananciosos en la guerra crecería y bla bla bla... Perón, que lo había escuchado hasta allí sin interrumpirlo, pacientemente le explicó que la Argentina estaba embarcada en un proceso de liberación de cualquier coloniaje que quisiera imponérsele; a lo cual Braden intentó argüir que él había sido diplomático en Cuba, país en donde se favorecía a los intereses norteamericanos, y que no creía que por eso Cuba fuera una colonia de los Estados Unidos. Perón, calmosamente, le dijo: "-Mire, no sigamos, embajador, porque yo tengo una idea que por prudencia no se la puedo decir". Braden, que era impertinente y terco, lo instó a que hablase de todos modos. "-Bueno, yo creo que los ciudadanos que venden su país a una potencia extranjera, son unos hijos de puta", fue la respuesta de Perón. Braden, con el rostro que iba mudando de color pasando por todos los del arco iris, se retiró con tal ofuscación, que hasta se dejó olvidado el sombrero.
Los empleados que trabajaban en el ministerio de Guerra, al saber del incidente, decidieron festejar la intempestiva salida del norteamericano improvisando un partido de fútbol en los pasillos, y a falta de balón; utilizaron... el sombrero del búfalo. Perón, al día siguiente le mandó de vuelta la prenda a Braden por medio de un ordenanza. Eso sí; no es difícil inferir que debe de haber estado un tanto... estropeada, digamos.
La reunión tuvo lugar el 5 de julio por la mañana. Esa misma tarde, la vereda y el frente de la embajada de los Estados Unidos aparecieron llenos de volantes en los cuales se describía el incidente matutino. ¿Cómo había trascendido tanto la cosa, que ya se habían impreso volantes? Es que el estratega genial que había en Perón no iba a desperdiciar semejante oportunidad que se le presentaba; años después él mismo contaría cómo escribió a las apuradas un sucinto relato de la entrevista que había tenido con el búfalo, y rápidamente ordenó que se imprimiera una corta cantidad de volantes con el texto para que fueran tirados frente a la embajada. Así, Braden creyó que su pifiada había tomado estado público.
No logré enterarme de cuál fue el resultado del picadito que los empleados improvisaron esa mañana de julio de 1945 tomando como potrero a los pasillos del ministerio de Guerra, con el sombrero del yanqui hecho pelota de fútbol; pero sí está clarísimo que el clásico Perón vs. Braden... lo ganó el primero. Y por estrepitosa goleada.

-Juan Carlos Serqueiros-

sábado, 2 de febrero de 2013

GARCÍA LORCA Y LOS MARIQUITAS













































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

José Antonio Primo de Rivera... otro buen chico. ¿Sabes que todos los viernes ceno con él? Solemos salir juntos en un taxi con las cortinillas bajadas, porque ni a él le conviene que le vean conmigo ni a mí me conviene que me vean con él. (Federico García Lorca)

Las preferencias sexuales de Federico García Lorca no son ya a esta altura un misterio para nadie. Tampoco lo es cómo debió esconderlas (públicamente, quiero significar; porque por lo demás, todos quienes lo conocían sabían que era homosexual; por más que nunca se haya asumido frente a la sociedad como tal) en el contexto de esa España de la primera treintena del siglo XX.
Pero el vate abordó el tema en sólo dos de sus poemas. Uno de ellos figura incluído en su libro Canciones, que fuera editado allá por 1927:

CANCIÓN DEL MARIQUITA

El mariquita se peina
en su peinador de seda.

Los vecinos se sonríen
en sus ventanas postreras.
  
El mariquita organiza
los bucles de su cabeza.
  
Por los patios gritan loros,
surtidores y planetas.
El mariquita se adorna
con un jazmín sinvergüenza.
  
La tarde se pone extraña
de peines y enredaderas.
  
El escándalo temblaba
rayado como una cebra.
  
¡Los mariquitas del Sur,
cantan en las azoteas!


Como se desprende de los versos, la mirada de García Lorca sobre el mariquita del poema, viene dada desde la perspectiva de lo folclórico, digamos.
No hay en el autor una intención de simpatía ni complicidad con el personaje, y tampoco la hay de rechazo ni condena; el mariquita que nos pinta Federico está inmerso en el paisaje andaluz e integra la "fauna" que lo habita.



Es que para el García Lorca de ese tiempo en que escribió el poema -y para la mayoría de sus paisanos y coetáneos-, un mariquita era una especie de "grosero error" de la naturaleza, una mujer que por algún designio oculto y misterioso vino al mundo en formato de hombre, un hombre al que si le gustaban otros hombres, era sin dudas porque sentía como mujer y quería ser mujer. Y por eso nos lo pinta travestido, con una prenda tan femenina como un "peinador de seda".
El "escándalo" que presuponía el mariquita se debía, según la visión de esa época, a una "falla de la naturaleza"; "falla" esa con la cual un pueblo noble y virtuoso como el andaluz, debía necesariamente ser contemplativo. Por eso García Lorca, en tanto granadino hasta los tuétanos, no se olvida, por cierto, de insertar un atisbo de condescendencia hacia el mariquita por parte de su entorno, lo cual expresa en eso de "los vecinos se sonríen en sus ventanas postreras" y "el escándalo temblaba rayado como una cebra".
Es como si los aldeanos que detrás de los cristales de sus ventanas contemplan al mariquita a la luz última del crepúsculo, ante ese "escándalo" que presenciaban, esbozasen una sonrisa como expresión de generosa tolerancia, como si dijeran: "qué quiere usted, qué hemos de hacerle, pobre".
En fin, es poesía, y altísima poesía además, como que es de alguien de tan inconmensurable talento como García Lorca; lo cual no quita que represente lo que él mismo, siendo homosexual, pensaba y sentía por entonces con respecto a la cuestión.  
Sin embargo, sólo un par de años después, la visión del poeta en relación al tema, sería distinta; muy distinta.
Entre 1929 y 1930, García Lorca estuvo viviendo en Nueva York, de resultas de lo cual en ese último año publicaría un nuevo libro, titulado precisamente Poeta en Nueva York. En el mismo, está la "Oda a Walt Whitman", en la cual Federico vuelve a referirse a la cuestión de la homosexualidad, y de la cual he seleccionado, a los efectos de este artículo, algunas de sus partes:  

ODA A WALT WHITMAN (Nota: son fragmentos, transcripción parcial; no completa)

Ni un solo momento, Adán de sangre, macho,
hombre solo en el mar, viejo hermoso Walt Whitman,
porque por las azoteas,
agrupados en los bares,
saliendo en racimos de las alcantarillas,
temblando entre las piernas de los chauffeurs
o girando en las plataformas del ajenjo,
los maricas, Walt Whitman, te soñaban.
¡También ese! ¡También! Y se despeñan
sobre tu barba luminosa y casta,
rubios del norte, negros de la arena,
muchedumbres de gritos y ademanes,
como gatos y como las serpientes,
los maricas, Walt Whitman, los maricas
turbios de lágrimas, carne para fusta,
bota o mordisco de los domadores.
Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whítman,
contra el niño que escribe
nombre de niña en su almohada,
ni contra el muchacho que se viste de novia
en la oscuridad del ropero,
ni contra los solitarios de los casinos
que beben con asco el agua de la prostitución,
ni contra los hombres de mirada verde
que aman al hombre y queman sus labios en silencio.
Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades,
de carne tumefacta y pensamiento inmundo,
madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño
del Amor que reparte coronas de alegría.
¡Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas!
Esclavos de la mujer, perras de sus tocadores,
abiertos en las plazas con fiebre de abanico
o emboscadas en yertos paisajes de cicuta.


Como podemos distinguir en estos versos, la visión de García Lorca respecto a la homosexualidad había variado notablemente en relación a la que expresaba en el poema transcripto en primer lugar. En esta Oda a Walt Whitman, ya no hay para el mariquita no sólo las supuestas tolerancia y condescendencia traducidas en las sonrisas de los vecinos espiando por las ventanas, sino que ni siquiera les da el "atenuante" implícito en el diminutivo: ya no son mariquitas; ahora son lisa y llanamente maricas 
Y además, no queda ninguno afuera, ni uno solo; porque el anatema de "esclavos de la mujer" lo lanza sobre los "maricas de todo el mundo".
Tampoco hay crepúsculo de aldea andaluza, sino sordidez neoyorquina. Y en ese "lodo" de la gran urbe, los otrora mariquitas devenidos ahora en maricas, ya no están travestidos con un "peinador de seda", ni se "adornan" con "un jazmín sinvergüenza", ni "cantan en las azoteas"; sino que han pasado a exhibir la patética obscenidad de "sus tocadores abiertos en las plazas con fiebre de abanico".
Y por eso, son ahora para Federico "carne para fusta, bota o mordisco de los domadores". 
¿Qué pasó, se había vuelto homofóbico García Lorca? No, nada de eso; lo que había ocurrido era un cambio en sus paradigmas, en su forma de ver el mundo y en este caso, la homosexualidad. Y obviamente, no poco debe de haberlo influenciado para ello su estadía en Nueva York. 
Ya no creía como antes que un homosexual era un hombre que se sentía mujer porque le gustasen otros hombres, un mariquita que se travestía porque quería ser mujer; sino que ahora entendía el amor como algo universal y el deseo como algo que se da entre las personas más allá de que sea de un hombre hacia una mujer o de un hombre hacia otro hombre.
Por eso en el poema llama "Adán", "hombre" y "macho" a Walt Whitman; lo que está diciendo es algo así como "para ser puto hay que ser muy macho". 
Y también por eso, la bronca de Federico (injusta, por otra parte) vomitada contra los maricas "arpías, enemigos del Amor".
Y por eso también, las excepciones que hace entre los destinatarios de su rabia, que no está dirigida contra "el niño que escribe nombre de niña en su almohada, ni contra el muchacho que se viste de novia en la oscuridad del ropero".
Extendiéndolas, de paso, con lo de "ni contra los hombres de mirada verde que aman al hombre y queman sus labios en silencio", al homenajeado en el poema y a sí mismo; porque tanto Whitman como él, nunca declararon públicamente sus elecciones sexuales, sino que siempre las mantuvieron en el terreno de la privacidad. 
Ah, no quería olvidarme: creo percibir en la Oda a Walt Whitman de García Lorca una tenue, velada reminiscencia a la sublimación freudiana. ¿Estaré loco? Chi lo sa... 
Y... después de todo, de artistas y de locos...

-Juan Carlos Serqueiros-