sábado, 25 de julio de 2020

EL CONGRESO DE ORIENTE Y LOS CAZADORES DEL ACTA PERDIDA







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Por muchas razones y causas, conviene y es necesario que del mandar y obedecer participen todos de la misma manera, a veces mandando y a veces obedeciendo. (Francisco Martínez Marina)

Durante las dos últimas décadas los argentinos hemos asistido a una re valorización del suceso histórico conocido como Congreso de Oriente (también llamado de los Pueblos Libres o de Arroyo de la China). Lamentablemente, tal circunstancia, que a priori se supone auspiciosa en tanto significa un avance en el trabajoso proceso de aprehender nuestro pasado; a menudo es miserable e inescrupulosamente manipulada en desmedro de la Declaración de Independencia dada el 9 de Julio de 1816 en Tucumán, en el seno del Congreso General Constituyente.
El “ataque” consiste en sostener que la primera declaración independentista se produjo el 29 de Junio de 1815 al inaugurarse el de Oriente, y que consecuentemente; la otra, la de Tucumán; ha sido impuesta por la historiografía oficial para ocultar aquella a la que reputan como única valedera. Fuego graneado al cual, desde la trinchera de los “agredidos”, se replica con munición gruesa alegando una falla de base por parte de los postulantes de eso que, a su vez, ellos no trepidan en calificar de mito cuando no de delirio: la carencia de documentación a la hora de avalar una pretensión que juzgan como ridícula. Y por supuesto, todo convenientemente acompañado de loas a Artigas y al Protectorado, y denuestos a Pueyrredón y al Directorio, por un lado; y de diatribas a los primeros y alabanzas a los segundos, por otro. En eso están entretenidos y sin atinar a salir del brete alevoso en el que unos y otros se metieron (o, más apropiadamente expresado, volvieron a meterse; porque la disputa actual no es sino un revival de la “batalla” historiográfica que en torno al tema se dio en la década de 1960 entre las corrientes oficial y revisionista).
Pero mejor, estimado lector, dejémoles enzarzados en discusiones estériles, y dediquémonos a procurar un aporte a la búsqueda de eso tan elusivo que llamamos verdad histórica. Aquellas dos asambleas representaron modos diametralmente opuestos de entender la Revolución de Mayo, y por ende; de concebir y proyectar el país emergente de ella que en cada una se propugnó. Veamos, pues, en qué consistió el Congreso de Oriente, por qué y para qué fue convocado, y qué resultó del mismo.
Principiemos por convenir en que debe considerarse detallada y exhaustivamente la evidencia de que en el campo federal-artiguista no existió unanimidad de ideas, criterios y propósitos (lo mismo aplica para el centralista-directorial, pero por ahora, limitados a la brevedad de este opúsculo, circunscribámonos al primero).
El sistema Pueblos Libres, en tanto coalición heterogénea —y por eso mismo inestable— e ideologema radical en su esencia, traía consigo una visión enfocada desde la atalaya de un sincretismo que incluía, además de las ideas cuya inducción le era propia a partir de la interpretación que hacía de la Revolución de Mayo, de la realidad tal como la percibía y de los objetivos que buscaba lograr; elementos y conceptos tomados del suarismo, del marinismo, del constitucionalismo norteamericano, del radicalismo painesiano y de las doctrinas rousseaunianas. Y partiendo del principio de retroversión de la soberanía a los pueblos, proponía: la confederación entre provincias-estado libremente determinadas, la integración entre grupos étnicos diversos —aún cuando fuesen ancestralmente antagónicos, incluso—, y un rasero igualador en el orden social.
El problema estribaba en que a la hora de la praxis, esto es, de tornarse realidad tangible en tanto orden sistémico efectivamente instaurado, pudo proteger —de ahí el título dado a Artigas: Protector de los Pueblos Libres— a las provincias que lo integraban, del poder pretenciosamente omnímodo que se arrogaba Buenos Aires, pero a la vez; se demostró como absolutamente incapaz de allanar las diferencias intestinas en cada una de ellas, de sustraerse a la lenidad y de lograr que las conveniencias sectoriales se subordinasen al interés común a toda la Liga Federal.
En Corrientes, la élite urbana, es decir el estrato blanco y culto de la población que tenía a las minorías indias y negras sujetas a la servidumbre cuando no a la esclavitud, en pos de sacudirse de encima el prepotente centralismo porteño, aceptó y adoptó, en un principio, el artiguismo para la consecución de dicho objetivo; pero bien pronto se revolvió contra él, en procura no solamente de mantener su hegemonía y sus privilegios de clase, sino además; el tráfico desde y hacia la antigua capital del virreinato (dicho sea de paso, no puede obviarse en el análisis, la consideración de que los intereses comerciales —no sólo de Corrientes, sino de todo el litoral— pasaban por el puerto de Buenos Aires; no por el de Montevideo). Y en el interior de la provincia, la base del artiguismo la constituían los actores sociales del comercio (bolicheros de campaña) y de la producción (artesanos, peones rurales, chacareros, y estancieros pequeños y medianos). Eran los tres últimos, además; quienes sostenían el costo económico de las milicias destinadas ora a sustraerlos (objetivo que nunca se logró alcanzar) del flagelo de los saqueos y demás delitos perpetrados por gavillas armadas integradas por desertores, indios sueltos, gauchos malos y demás elementos del lumpenaje que malvivía encharcado en la molicie, el crimen y el vicio; ora a la guerra exterior que se venía contra los portugueses (en la que no sentían fuera a jugarse algo suyo —los comandantes luso-brasileros tuvieron órdenes precisas de no atacar posiciones correntinas ni afectar sus intereses—, sino que por lo contrario; los privaba del pingüe negocio de pasar clandestinamente ganado a las Misiones Orientales, encima —se decían— para que “la indiada” misionera tuviese una provincia para sí, y para colmo de los colmos; en territorio que consideraban perteneciente a la suya). Con lo cual también ellos terminaron por revolverse contra los gobiernos artiguistas de Juan Bautista Méndez y José de Silva.
En síntesis, Corrientes consentía en integrar la Liga Federal, pero eso sí: no quería saber nada de pueblos libres, reparto de tierras y mucho menos de integración con los guaraníes. Y se mantendría artiguista… siempre y cuando se le permitiera comerciar con Buenos Aires y vender ganado al ejército portugués, claro. Hacía lo de aquellos que quieren el perro pero no las pulgas. Y así las cosas, el tan cacareado federalismo correntino era, propiamente, una bolsada ‘e gatos.
En 1815 el fiel de la balanza parecía inclinarse decididamente hacia el artiguismo. El 9 de enero, a consecuencia de un motín contra Rondeau en el ejército del Perú que se hallaba acantonado en Jujuy, renunció el Director Supremo, Gervasio Posadas, y la Asamblea eligió a su sobrino, Carlos de Alvear, para sucederlo en el cargo. Al día siguiente, en la batalla de Guayabos, tropas federales con Fructuoso Rivera a su frente, derrotaron a las directoriales que comandaba Manuel Dorrego.
A fines de enero una bomba cayó sobre Buenos Aires y Montevideo en forma de noticia: desde Cádiz se aprestaba a partir, al mando del general Pablo Morillo, una expedición española integrada por 60 buques transportando 12.000 soldados, con la cual, supuestamente, la corona española pretendía aplastar la revolución en el Plata. Eso fue lo que decidió a Alvear, en marzo, a entregar a Artigas la plaza de Montevideo (no sin antes incautarse de todo el armamento, poner la ciudad a saco y ofrecerle nada menos que la independencia absoluta de la Banda Oriental (que Artigas rechazó terminantemente). Desde el 26, flameaba en el fuerte el pabellón tricolor del federalismo.
En Córdoba, su gobernador, coronel José Javier Díaz (electo en cabildo abierto del 29 de marzo de 1815 luego de la mudanza —incruenta, felizmente— que significó la deposición del directorial Francisco Antonio Ortiz de Ocampo —después de intimaciones en términos desafortunados e inoportunos cursadas tanto a él como al cabildo por parte de Artigas—), guardaba un cuidadoso equilibrio entre la adhesión a éste y al director de turno. Conminado a definirse, por carta que el 8 de abril le dirigió el primero, se resolvió por colocarse bajo el protectorado del oriental e integrar la provincia a la Liga Federal; pero conservando, tanto en el propósito como en la práctica, la potestad de llevar adelante sus propias negociaciones con el Directorio, aún cuando eso significara hacerlas por cuerda separada de los Pueblos Libres. Díaz era federal, sí; pero —pequeño detalle— eso no quería decir que fuese artiguista.
En Santa Fe, entre el 10 y el 20 de marzo de 1815, los blandengues que protegían la frontera con los indios se sublevaron en conjunto con estos últimos y emprendieron la marcha hacia la ciudad, en la cual también entre los vecinos del centro y de las orillas había gran animosidad contra el teniente gobernador designado por el directorio: Eustoquio Díaz Vélez, quien capituló el 24, embarcándose el 28 para Buenos Aires con toda su tropa desarmada. El 2 de abril, el cabildo eligió gobernador a Francisco Antonio Candioti, siendo ese acto refrendado en asamblea popular el 26 del mismo mes. El 3 fue apoteótico en Santa Fe: flameó la bandera tricolor del federalismo en la plaza y se decretaron tres días de fuegos artificiales y luminarias. El 13, entraba Artigas a la ciudad. Santa Fe integraba la Liga Federal.
Un exultante Artigas creyó —erróneamente, como veremos a continuación— llegada la hora de avanzar sobre Buenos Aires para hacerla pueblo libre. Arribadas a Santa Fe tropas al mando de Hereñú y los mocovíes de San Javier conducidos por Manuel Francisco Artigas, dispuso que se dirigieran a San Nicolás, principiando así la invasión federal que venía proyectando. Era un triunfalismo excesivo que nubló su habitualmente aguda percepción: esas fuerzas no bastaban para imponerse al ejército de Alvear, ante lo cual, empecinado en llevar adelante su plan a como diese lugar, reclamó a Candioti el auxilio de Santa Fe para aumentarlas. Éste le hizo notar que la provincia, empobrecida al extremo, desguarnecidas sus fronteras con los indios hostiles y obligada a considerar la posibilidad de una reacción porteña, no estaba en condiciones para ello. Como el oriental insistió en su pretensión; el gobernador —leal y consecuente amigo suyo que se contaba entre los pocos que podían llamarlo Pepe—, tuvo que ponerse firme: “Así como el pueblo santafesino le aclamó como su Protector, también puede desafiar a usted si ve amenazada su independencia” (independencia en el sentido de autonomía, claro está), le dijo aquel venerable patriarca. Artigas se fue al mazo.
Hasta aquí hemos visto, entonces, que ni el federalismo correntino ni el cordobés ni el santafesino, eran necesariamente sinónimos de artiguismo.  
Por su parte, Alvear se jugó el todo por el todo. Con su ejército acantonado en Olivos, fuerte de 8.000 hombres perfectamente armados y pertrechados, más su aspiración a la gloria y su vocación de poder; parecía tener asegurado el triunfo. Pero… parecía nomás; porque como bien escribió Enrique Cadícamo, “la vida es una carpeta”: resuelto a liquidar al artiguismo y reconquistar para el directorio Santa Fe —y también Córdoba, porque desconfiaba de Díaz—, destacó una vanguardia de 1.600 hombres al mando del coronel Ignacio Álvarez Thomas; pero ésta se sublevó en la posta de Fontezuelas, cercana a Pergamino. Inmediatamente, Álvarez Thomas y Artigas abrieron negociaciones con miras a la concordia.
El 15 de abril se produjo una revolución en Buenos Aires, y dos días después, Alvear renunciaba. Fue reemplazado por Rondeau, como director de Estado —no ya “Supremo” como lo habían sido Posadas y Alvear— titular (nunca asumiría, pues se negaba a abandonar la jefatura del ejército del Perú), con Álvarez Thomas como interino. Su gobierno estaría supervisado por una junta de observación y se regiría por un estatuto provisional “para la dirección y administración del Estado” (que en su articulado incluía la convocatoria a un congreso general, tanto de Buenos Aires como de “todas las ciudades y villas de las provincias interiores”, a realizarse en Tucumán  —en lo cual se hallaban previamente contestes Artigas y Álvarez Thomas—). El 17 de abril de 1815, Antonio Luis Beruti izó en el fuerte de Buenos Aires una bandera azul celeste y blanca como la  enarbolada en Rosario tres años antes por Belgrano.
Invitadas las provincias, por circular del cabildo de Buenos Aires fechada el 21, a aceptar el nuevo gobierno y el estatuto, y a confirmar la asistencia al congreso, sólo Tucumán y las del Alto Perú (éstas por intermedio de los patriotas emigrados de ellas, porque se hallaban bajo el dominio realista) se pronunciaron por la afirmativa; Cuyo (gobernaba San Martín) aceptó solamente lo referido a la formación del congreso, lo mismo que Salta y Córdoba (que como vimos, fluctuaba entre Artigas y el Directorio). Paraguay (provincia que había resistido la Revolución de Mayo y que aislada en sí misma bajo la dictadura del doctor Francia, sin poner ni un centavo ni un solo hombre mientras las demás se desangraban en la guerra de la independencia; no sólo disfrutaba de los cuantiosos beneficios que le reportaba su comercio con ellas, sino que además; procuraba expandirse a sus expensas ocupando territorios pertenecientes a Corrientes y Misiones) correspondió al convite “obsequiando” la callada por respuesta.
En cuanto a la Banda Oriental, Corrientes, Entre Ríos, Misiones y Santa Fe; el 29 de abril respondieron, por intermedio de Artigas, en oficio de éste desde su cuartel general en Santa Fe, dirigido al cabildo de Buenos Aires, que sometería el asunto a un “congreso de los pueblos que se hallan bajo su mando y protección” (sic).
Artigas venía madurando la idea de llamar a una asamblea de las provincias federales a fin de dar forma más o menos jurídica a la alianza entre ellas, y sentar las bases socioeconómicas para el sistema. La turbulencia política en Corrientes, el triunfo obtenido por sus armas en Guayabos, y la incorporación de Córdoba y Santa Fe a la Liga Federal, ya eran motivos suficientes como para llevarla a la práctica. Y la amenaza representada por la expedición española, el abandono de su propósito de invadir Buenos Aires a partir de las expectativas de un arreglo pacífico con ésta que albergaba desde la caída de Alvear, como también la necesidad de pronunciarse con respecto al pedido del cabildo porteño, de reconocer al nuevo director y al estatuto que regiría su gobierno; fueron los factores que lo decidieron a ello.
“Conducidos los negocios públicos al alto punto en que se ven, es peculiar al pueblo sellar el primer paso que debe seguirse a la conclusión de las transacciones que espero formalizar. En esta virtud, creo ya oportuno reunir en Arroyo de la China un congreso compuesto de los diputados de los pueblos”, rezaba su circular.
Y por aquello de “a Dios rogando y con el mazo dando”, despachó comunicaciones solicitando —en algunos casos; en otros, directamente ordenando— que eligieran y enviaran a la Villa de Arroyo de la China (Concepción del Uruguay), diputados al congreso a realizarse en dicho punto:
Al cabildo de Corrientes (dispuso “dos por ese pueblo y uno por cada cual de los pueblos de la campaña”, resultando electos Juan Francisco Cabral y Ángel Mariano Vedoya por la ciudad capital, el propio Artigas por San Roque, Juan Bautista Fernández por Itatí y Sebastián Almirón por Santa Rita de la Esquina); a los cabildos indios de los pueblos misioneros de Apóstoles, Concepción, San Carlos, San Javier, San José, Santa María la Mayor y Santos Mártires, el 29 de abril (sólo se tiene el dato de uno de los electos: Andrés Yacabú, sin poder precisarse por cuál de los cabildos lo era, si bien hay certeza de que no lo fue por el de Concepción); a Santa Fe, el 29 de mayo (resultaron electos Pascual Diez de Andino y Pedro Aldao, representación luego acotada al primero en razón de las penurias del erario); a Córdoba (por intermedio de José Roque Savid —el cabildo cordobés no quiso intervenir, ante lo cual se eligió, por parte de los cuarteles en que estaba dividida la ciudad, a José Antonio Cabrera—). Por la Banda Oriental, sabemos de Miguel Barreiro y de otros tres diputados: uno por Santa Lucía (del cual se desconoce su filiación), uno por San Carlos: el médico Francisco Dionisio Martínez (lo consigna él mismo en su autobiografía escrita en 1859 y publicada en 1913); y Pedro Bauzá (por el Diario de viaje, de Dámaso Larrañaga, quien lo menciona en ese carácter, pero sin aclarar por cuál de los pueblos fue diputado). Por Entre Ríos lo fueron José Simón García de Cossio representando a la Comandancia General, y Pedro Hereñú a Nogoyá.
Pero.... ocurrió algo que vino a dar al traste con sus planes.
Aquellas “transacciones que espero formalizar”, eran las negociaciones con Álvarez Thomas. El 11 de mayo, éste informó a Artigas que enviaba al coronel Blas José Pico (directorial que en 1814 había sido partidario de la guerra a muerte contra el artiguismo, y sugerido a Posadas que “debía desterrar 500 familias y fusilar a todo el que se tome prisionero”) y al doctor Francisco Bruno de Rivarola (quien mantenía con Artigas una antigua amistad), para convenir con él “los pactos de unión que deben vincular a ambos territorios” (sic).
Llegados éstos a Paysandú en el falucho Fama, el 16 de junio Artigas les entregó las bases que proponía para el acuerdo, las cuales sintéticamente consistían en: Estipular (remontándose dos años atrás al remitir al congreso del 5 de Abril, también llamado de Tres Cruces) que la Banda Oriental formaba con las demás provincias una alianza ofensiva y defensiva que se traduciría en un Estado a organizarse en torno a la constitución que dictara el congreso general,  todo lo cual se hacía extensivo, además, a Córdoba, Corrientes, Entre Ríos, Misiones y Santa Fe “hasta que voluntariamente quieran separarse de la protección de la provincia Oriental y de la dirección del Jefe de los Orientales”; Buenos Aires devolvería a la Banda Oriental la mayor parte del armamento extraído de ella por Alvear, y la indemnizaría por las confiscaciones y contribuciones impuestas durante la actuación de éste.
Al día siguiente, los comisionados contra propusieron: Buenos Aires reconocería la independencia de la Banda Oriental; se dejaría a las provincias de Entre Ríos y Corrientes —nada se decía de Misiones, porque Buenos Aires la consideraba perteneciente a la segunda— libres para resolver por sí mismas a cuál de los dos bloques adherir; se obligaba, en caso de llegar la expedición peninsular al Plata, a ayudar a la Banda Oriental, la cual se obligaba recíprocamente; se declaraban compensados los gastos y auxilios de la guerra contra la dominación española en la Banda Oriental; y se entregarían a ésta 1.500 fusiles, 12 cañones “de campaña”, 30 cañones “de grueso calibre, sables y municiones.
La cuestión terminó a los gritos entre Pico y Artigas (no así entre éste y Rivarola, por la amistad que se profesaban). El intento de acuerdo fracasó, y al día siguiente los comisionados emprendían el regreso a Buenos Aires. Artigas escribió a Álvarez Thomas haciéndolo responsable de que no se hubieran podido conciliar las diferencias y acusándolo de reproducir en su gobierno “los principios detestables que caracterizaron la conducta del anterior” (sic). El director respondió que reputaba injurioso el cargo que le hacía, y que por su parte, se limitaría a girar el asunto al congreso general para que cuando éste se reuniera, se pronunciase al respecto.
¿Por qué no pudo conciliarse? Formará usted, querido amigo lector, su propia opinión. Por mi parte, estimo pertinente hacer notar que Artigas, al oficiar a Álvarez Thomas el 18, consignaba taxativamente que entendía “la situación de miseria de esa capital y su caja” (sic), y trascartón agregaba: “pero sobre artículos de armamento yo no he visto la menor razón” (sic). Ergo, era consciente de por dónde pasaba la cuestión principal. Entonces, ¿para qué tensó la cuerda al extremo de romperla, obstinándose en exigencias que a priori sabía que no habrían de ser aceptadas, y además; agraviando a un gobierno acerca de cuyo reconocimiento se había obligado a pronunciarse, imputándole nada menos que ser igual al que había derrocado? Un político hubiera aprovechado la oportunidad, tomando lo que la ocasión le ofrecía. Pero él no era un político; sino un caudillo llamado a cumplir una misión mucho más alta y ambiciosa que asirse a una coyuntura presuntamente ventajosa en el corto plazo. Así y todo, creo que debió haber aceptado la última propuesta de los comisionados y cerrar trato, porque al rechazarla, Artigas se vio colocado en una posición delicadísima.
Sin el armamento, ya no podría asegurar la región misionera equipando al ejército de Andresito para mantener a los paraguayos fuera de los pueblos al este del Paraná, escarmentar a los portugueses que asolaban las misiones occidentales y, tomando la ofensiva, traspasar el río Uruguay para recuperar las orientales y avanzar desde ellas hasta Porto Alegre. Y tampoco contaría con el poder disuasivo suficiente para desalentar el probable intento que en pos de reconquistar Santa Fe haría el Directorio —que de hecho, ya preparaba la expedición militar que mandaría a fines de julio— para sustraerla a la Liga Federal e integrarla nuevamente a Buenos Aires. Por eso —ya fuera que lo percibió per se o se lo hiciese notar algún diputado—, tuvo que recoger el barrilete.
Así las cosas, el amplio temario a tratarse en el seno del Congreso de Oriente, quedó, por fuerza de las circunstancias, reducido a una sola cuestión: lograr un avenimiento con Buenos Aires. Llegado Artigas a Concepción del Uruguay el 27 de junio y ya encontrándose allí todos los diputados excepto los de Misiones y algunos de Corrientes, el 29 se comenzó a sesionar. Oído el informe del Protector relativo a la misión Pico-Rivarola, el congreso resolvió destacar ante Álvarez Thomas, una integrada por los diputados Barreiro, Cabrera, Diez de Andino y García de Cossio, con el cometido de retomar las negociaciones y llevarlas a buen término.
En esos cuatro comisionados estaban representadas las seis provincias integrantes de la Liga Federal: Santa Fe en Andino, la Banda Oriental en Barreiro, Córdoba en Cabrera; y Corrientes, Entre Ríos y Misiones en Cossio (a quien Artigas tenía, por entonces, preso por instigar y propiciar en 1814 el golpe dado en Corrientes por Perugorría al gobierno artiguista de Méndez, y era diputado al congreso en el carácter de “representante de la Comandancia General del Entre Ríos” —el empleo, en la redacción original, de la contracción del en lugar de la preposición de, indica a las claras que Artigas se refería no a la provincia propiamente dicha; sino al Continente de Entre Ríos, como se designaba en aquella época a la Mesopotamia: Corrientes, Entre Ríos y Misiones—, y en cuanto a lo de Comandancia General del Entre Ríos, era como decir Artigas, en tanto de hecho, quien fungía como comandante general de todas las provincias de la Liga era él mismo).
El 5 de julio partieron los comisionados en una balandra, arribando a Buenos Aires el 11. El 13, enviaron a Álvarez Thomas las bases que proponían para el acuerdo. Éste —sin recibirlos— les respondió por nota el 14, que las examinaría detenidamente y les contestaría en oportunidad. No sólo no los recibió —delegó la cuestión en su secretario de Estado, Gregorio Tagle—, sino que además; intentó, posiblemente a instancias de éste, recluirlos en la fragata Neptuno (Buenos Aires estaba preparando un ejército para lanzarlo sobre Santa Fe, lo cual, obviamente, procuraba ocultar a la vista de los comisionados —que de todos modos, lo supieron—). El 2 de agosto, Artigas ofició a Álvarez Thomas intimándolo a poner “en cualquier punto de esta banda a los diputados” y advirtiéndole que de no verificarlo así, daría “principio a las hostilidades del modo más escandaloso”. El director, a su vez, destacó ante los comisionados, en carácter de “autorizado por S. E.” al sacerdote Antonio Sáenz (que integraba la junta de observación), quien trató de persuadirlos de convenir en estos puntos principales: habría paz entre el gobierno de Buenos Aires y el Jefe de los Orientales, ambos territorios y gobiernos serían independientes el uno del otro, el Paraná sería el límite de sus respectivas jurisdicciones, ambos renunciaban a reclamarse indemnizaciones, y se obligaban a enviar sus diputados al congreso general (a realizarse en Tucumán). Los comisionados, si bien se habrían manifestado conformes (según Sáenz) con esas bases; se negaron a suscribirlas.
Ocurría que informado el Directorio (Artigas ya lo sabía) de que la expedición española finalmente no se dirigiría al Plata, y decidido a recuperar Santa Fe; ya no tenía interés en la concordia
El 4 de agosto, los comisionados (excepto Cabrera, quien quedó en Buenos Aires ocupado en tratativas entre Córdoba y el Directorio), se embarcaron de regreso. La misión del Congreso de Oriente (que fue clausurado por Artigas inmediatamente después de arribados éstos al puerto de Concepción del Uruguay, el 12)  había fracasado.
Volvamos, estimado lector, al ámbito específico de la susodicha asamblea. Cabe preguntarse: en lo que hace a logística e infraestructura, ¿cómo se las compusieron aquellos hombres?
Hemos visto que los diputados de Misiones y algunos de los de Corrientes, aún no habían llegado al momento de iniciarse las sesiones, con lo cual convendremos en que con respecto a lo primero, esto es, el transporte, se obró con bastante imprevisión, aún; considerando la situación político-militar, las dificultades derivadas de la geografía y de los factores climáticos, las limitaciones de los medios de la época y la cortedad presupuestaria. Y en relación a lo segundo, Concepción del Uruguay era por entonces una población que contaba con alrededor de 1.000 habitantes. Descartando los precarios ranchos de estanteo; las demás (pocas) viviendas que había, incluida la del comandante de la villa, José Antonio Berdún, eran del tipo de azotea, con una o a lo sumo dos, habitaciones con techos de caña y paja, paredes de adobe y pisos de ladrillo, adosadas a un rancho que servía de cocina y despensa; exceptuando una sola casona solariega: la erigida por la familia López-Jordán y que después fue adquirida por los Calvento, que en la actualidad se conserva tal como era originalmente (funciona en ella el museo Delio Panizza). ¿Dónde se alojaron y dónde sesionaron, pues, los diputados?
Estuve en no menos de diez oportunidades en Concepción del Uruguay, en procura de averiguarlo. En aquella época, era relativamente común que en las casonas solariegas se cedieran —o se alquilaran, de modo de engrosar los ingresos familiares— temporariamente habitaciones a los viajeros que arribasen al pueblo. En esa casa, hecha edificar por su padre, transcurrió parte de la vida de Ricardo López Jordán y de su medio hermano, Francisco Ramírez; allí residía la familia de la novia y prometida de este último, Norberta Calvento; y en ella se hospedaron: Belgrano, de regreso de la Expedición al Paraguay; Alvear, después de Ituzaingó; Balcarce (quien falleció en una de sus habitaciones); y Lavalle. Y hay registros del paso de todos y cada uno de ellos por esa casona, pero extrañamente; no hay ninguno, ni siquiera tradición oral, de que hubiera albergado a algún o algunos diputado/s al Congreso de Oriente ni de que en su sala principal se hayan realizado sesiones. Raro, ¿no?
Infiero como probable que se hayan hospedado, repartidos entre las casas de azotea, algunos; mientras que otros hayan pernoctado en las mismas embarcaciones que los habían transportado hasta allí. Y que hayan utilizado, para sesionar, la sala capitular del cabildo.
Pasemos al controvertido tema de la declaración de independencia dada en el Congreso de Oriente, la cual algunos aseguran que efectivamente se produjo, extraviándose o siendo sustraída después el acta; y otros sostienen lo contrario. Principiemos por aclarar que la falta de determinados elementos en el corpus documental, aún cuando éstos fueran centrales a la cuestión en tanto revistiesen una importancia superlativa, de ninguna manera constituye motivo valedero para rechazar la pertinencia de abordar historiográficamente el suceso del que se trate ni otorga razón suficiente para minimizarlo hasta el punto de hacer como que lo ocurrido… no ocurrió.
Particularmente, me hallo inclinado a creer que en el Congreso de Oriente no se labraron actas. Me conduce a ello el análisis de los oficios enviados en el lapso que abarca la producción del hecho histórico que nos ocupa, por parte de Artigas a los gobiernos y cabildos de las provincias que integraban la Liga, en los cuales les informaba acerca de lo tratado y resuelto en el inicio de la asamblea, para después, una vez conocido el fracaso de la misión enviada a Buenos Aires; comunicarles, en un texto más o menos uniforme para todos, que: “Regresa a su provincia el Sr. Diputado Fulano. Él impondrá a Ud. de los pormenores, etc., etc.”. Si se hubieran levantado actas, ¿para qué, entonces, iba Artigas a fatigar su secretaría redactando pliegos y más pliegos y desperdiciando papel (del que siempre andaba escaso); si le bastaba con enviar copia de éstas? Y de haberse labrado actas, ¿por qué iba a confiar en que la transmisión oral a través de un tercero (el diputado), fuera fidedigna, reflejara exactamente lo ocurrido y el relato no resultara tergiversado o incompleto; pudiendo evitar ese riesgo apelando al sencillo trámite de adjuntar una copia?
Asimismo, creo que no se produjo en el Congreso de Oriente una declaración formal de independencia, en tanto las provincias de la Liga, desde el momento de integrar la misma, la daban por sobreentendida, tanto a la absoluta (es decir, de España y de cualquier otra potencia) como a la relativa (de Buenos Aires). Hasta me atrevo, incluso, a ir más allá: si mis suposiciones fuesen equivocadas y resultare que sí se hubieran labrado actas; creo que al hallarse éstas nos daríamos con que la declaración de independencia no se encuentra estipulada en una ad hoc, sino que aparecería consignada en una frase como encabezado o, a lo sumo, como oración limitada a uno o dos renglones en alguna referida a cualquier otra cuestión, sea esta política, militar o económica. Y estimo como probable, además; que en tal caso no figuraría el término independencia, sino la palabra soberanía. Ocurre que a partir del conocimiento que tenemos de la Declaración de Independencia del 9 de Julio de 1816 en Tucumán, hemos ido, inadvertidamente, naturalizando el concepto de que otra proclama igual o similar que pudiera haberse dado, tenemos que esperarla y aún exigirla expresamente formalizada en un acta específica y exclusivamente dedicada a ese punto. ¿Por qué damos por sentado que debe ser forzosamente así, toda vez que, bien pensada la cosa no hay ninguna razón para ello?
El Congreso de Oriente y el Congreso de Tucumán (o, más apropiadamente, Congreso General Constituyente, porque empezó sesionando en Tucumán y acabó haciéndolo en Buenos Aires) fueron antagónicos, sí, en tanto significantes de proyectos sustancialmente diferentes de país. Pero que lo fueran al momento de los hechos, no implica que deban seguir siéndolo en la argentinidad de hoy en día, porque tanto usted, querido lector, como quien suscribe, venimos derivados de ambos, simplemente porque las cosas fueron como fueron y eso no podemos cambiarlo; tenemos que aceptarlo tal como sucedió, aprehenderlo y elaborarlo, pues no existe nada llamado máquina del tiempo que nos posibilite modificar lo pretérito.
Quienes pretenden, partiendo desde concepciones ideológicas y posiciones políticas vigentes en la actualidad, instalar en el colectivo la idea de “primera independencia en Arroyo de la China”; y quienes, reaccionando desde el anquilosamiento de un conservadurismo oxidado, se obstinan en negar que en 1815 en Concepción del Uruguay se quebró algo, sólo buscan prolongar in eternum el Buenos Aires vs. Interior, el Moreno vs. Saavedra, el Artigas vs. Pueyrredón, el Rosas vs. Sarmiento, el Mitre vs. Roca y todos los demás versus que a usted o a mí se nos ocurran. Reeditar el clásico futbolero Concepción del Uruguay 1815 vs. Tucumán 1816 es anti argentino; levantar todos juntos la copa Concepción del Uruguay 1815 y Tucumán 1816 es consolidar la nacionalidad.
Hasta la próxima.

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

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           b) Gobierno Nacional. Guerra. Sala X, Caja 8.
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Mitre, Bartolomé. Historia de Belgrano t. II. Imprenta de Mayo, Buenos Aires, 1859.
Ramírez Braschi, Dardo. La provincia de Corrientes en los prolegómenos del Congreso de Oriente (en El Derecho. Diario de doctrina y Jurisprudencia. Constitucional). Universidad Católica Argentina, Buenos Aires, 2015.
Rela, Walter. Uruguay. Cronología Histórica Documentada t. 2. Artigas 1811-1820. Centro de Documentación Histórica del Río de la Plata y Brasil Dr. Walter Rela, Montevideo, 1998.
Reyes Abadie, Washington. Artigas y el federalismo en el Río de la Plata. Hyspamérica, Buenos Aires, 1986.
Robertson, J. P. y G. P. La Argentina en la época de la Revolución. Cartas sobre el Paraguay comprendiendo la relación de una residencia de cuatro años en esa República bajo el gobierno del Dictador Francia (trad. y pról.. de Carlos Aldao). La Cultura Argentina, Buenos Aires, 1920.
Rosa, José María. Historia Argentina t. 3. Editor Juan C. Granda, Buenos Aires, 1965.
Segreti, Carlos. Federalismo rioplatense y federalismo argentino. Centro de Estudios Históricos, Córdoba, 1995.
Serqueiros, Juan Carlos. Juan Bautista Méndez. Corrientes entre dos fuegos. https://esaviejaculturafrita.blogspot.com/2019/08/juan-bautista-mendez-corrientes-entre.html
Urquiza Almandoz, Oscar. Historia de Concepción del Uruguay t. 1. Municipalidad de Concepción del Uruguay, 1983.

sábado, 11 de julio de 2020

LAS MENTIRAS DE LUCIANA





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Menos mal que un amigo detectó el infame engendro publicado en mala hora por el pasquín mendocino Los Andes y me lo mandó:

https://www.losandes.com.ar/opinion/rosas-y-la-mentira-de-su-infancia-heroica/

Si no fuera trágico, lo de esta señorita —o señora, no sé— luciana sabina (minúsculas adrede y además; peyorativas, tal como corresponde a su estatura intelectual) sería cómico.
La relativamente nueva tipología de personajes como la susodicha, brota de eso llamado "redes sociales" (¡cuánto se lo extraña, ilustrísimo maestro Umberto Eco!) como hongos después de la lluvia, y se esparce por doquier envenenando a quienes, en su estulticia, los comen con fruición digna de mejor causa. Y su índole verdadera es la del vedetismo mediático disimulado bajo algún disfraz, en este caso, el de "historiadora".
En su propósito obsesivo hasta lo cuasi demencial de denigrar, tanto como le sea posible y a como dé lugar, la figura histórica de Juan Manuel de Rosas, se empeña ahora en atribuirle "torturar animales" y en negar la actuación destacada que le cupo durante las Invasiones Inglesas. 
Comienza, la delirante en cuestión, citando como fuente al "historiador y médico Francisco Ramos Mejía en 1936" (sic), confundiendo a éste (que era sociólogo e historiador) con el médico (y tan "historiador" como "historiadora" es la propia sabina) José María Ramos Mejía, autor (en 1878 y no "en 1936") del libelo Las neurosis de los hombres célebres en la historia argentina, del cual ella extrajo los... contenidos, digamos, siendo buenos, que vuelca en su opúsculo, intentando mostrarnos a un Rosas cruel y perverso ejerciendo violencia sobre indefensos animalitos. 
Pero no se para allí, sino que también confunde, en el contexto de las Invasiones Inglesas, Defensa con Reconquista, mezclando todo, biblia y calefón. Y no satisfecha aún con su infernal cadena de errores (¿horrores?); trascartón cita otra "fuente" tan "confiable" como la mencionada precedentemente: Ernesto Celesia, quien en 1948, al consultar el pertinente documento (las Actas del Cabildo obrantes en el AGN), leyó, erróneamente, "se apartó del servicio", donde en realidad dice "se apareó al servicio". O sea, en 1948 Celesia leyó "caballo" y transcribió "mancarrón", y la "historiadora" sabina lo repite cual lorito y sin verificarlo, como si de la verdad revelada se tratase.
Esa mujer fungiendo de historiadora es el ridículo llevado al colmo de lo patético. Lo suyo no sólo es deplorable, sino también vomitivo.

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 14 de junio de 2020

DEL DICCIONARIO ARGENTINO PEQUEÑO JUANCA ILUSTRADO (ORGULLOSAMENTE NO APROBADO POR LA RAE)


  • Esquenún (lunf.): vago, ocioso, holgazán, perezoso, haragán, negligente, remolón. 

Etimología: proviene del latín schena dritta (espalda derecha). 
Aplícase al y dícese del, individuo gandul, perdulario y poltrón, cuyo padre advierte tempranamente en él renuencia al trabajo, tendencia al ocio e inclinación a la indolencia y la vagancia. 
Deriva de squenun, vocablo empleado por Roberto Arlt en "Aguafuertes porteñas", para designar a y describir las características de, ciertos sujetos tunantes, hijos de inmigrantes italianos, que se evidencian refractarios al trabajo e impermeables a la cultura del mismo, lo cual no les impide atreverse a perorar y pronunciar frases tales como —por ej.—: "Te convertistes en un panelista de 678", "El que no trabaja no come, vistes", etc.
Ilust.:


viernes, 22 de mayo de 2020

EVITA Y PERÓN EN HURACÁN, 1948


Escribe: Juan Carlos Serqueiros

La imagen corresponde a una fotografía que forma parte del archivo de redacción del diario El Laborista, y que fuera publicada en la edición del 26 de mayo de 1948 de dicho periódico. Actualmente se conserva en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno.
El Laborista surgió en 1945 como órgano de prensa oficial del Partido Laborista y su dirección era ejercida por quien tuvo la iniciativa de crearlo: Ángel Borlenghi. Tras la disolución del partido, el diario pasó a poder de un grupo que apoyaba al coronel Domingo Mercante. Tiempo después, hacia 1948, se hizo cargo del mismo el periodista y diputado justicialista Rodolfo Decker.

En la foto aparecen retratados, en el estadio del Club Atlético Huracán, Eva Duarte de Perón y su esposo, el general Juan Domingo Perón, asistiendo a un cotejo de fútbol que había tenido lugar el 25 de Mayo de 1948.
Las obras del flamante Palacio, que por entonces aún llevaba el nombre de Jorge Newbery (que conservaría hasta el 23 de setiembre de 1967, fecha a partir de la cual lleva el de Tomás A. Ducó), estaban terminadas desde el año anterior (de hecho, Huracán había disputado allí, el 7 de setiembre de 1947, por el campeonato, un partido contra Boca Juniors en el cual se impuso por 4 goles a 3 ante un marco imponente de público que se calculó en 80.000 personas); pese a lo cual, por estar intervenido el club, el estadio aún no había sido formal y oficialmente inaugurado (lo que ocurriría recién el 11 de noviembre de 1949, en un día pleno de actos, homenajes y festejos, que concluyó con un cotejo nocturno entre los primeros equipos de Huracán y Peñarol de Montevideo en el cual resultó vencedor el Globo por 4 a 1).



En el marco de las celebraciones por un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo, el Círculo de Cronistas Deportivos de Buenos Aires y su similar de Montevideo, organizaron dos partidos amistosos a disputarse entre el seleccionado de la Asociación del Fútbol Argentino y el de la Asociación Uruguaya de Football, los cuales se jugaron, uno, el 18 de mayo de 1948 en el estadio Centenario de Montevideo; y el otro, exactamente una semana después, el 25 de Mayo, teniendo como escenario el estadio de Huracán. Ambos cotejos culminaron con la victoria del equipo visitante: el primero lo ganó la selección argentina por 1 a 0 y el segundo fue triunfo del combinado uruguayo por 2 a 0. En este último se puso en juego la Copa Juan Domingo Perón, y de allí las presencias en el estadio del presidente de la República y de la Jefa Espiritual de la Nación.
En cuanto a la persona que aparece junto a Perón, a su izquierda (derecha de la imagen), algunos se han confundido creyendo que trátase del presidente del Club Atlético Huracán, teniente coronel Tomás Adolfo Ducó, bajo cuya gestión se construyó e inauguró el estadio que actualmente lleva su nombre. Pero se equivocan:  Perón y Ducó estaban distanciados y enemistados, y además; por esa época el último no presidía la institución de Parque de los Patricios (que como consigné precedentemente, se hallaba intervenida).
Perón y Ducó estaban ligados por una estrecha camaradería y una íntima amistad, vínculo que en la mañana del 16 de mayo de 1943 los llevó, junto al coronel Miguel Ángel Montes y al teniente coronel Domingo Mercante, a la decisión juramentada de resistir a tiros, en el departamento que habitaba Perón en Arenales y Coronel Díaz donde se habían atrincherado, la orden de detención que el general Martínez, jefe de policía del gobierno del presidente Castillo, había impartido contra el primero (y que finalmente, quedó sin efecto). Pero después, el 29 de febrero de 1944 en lo que se conoce en la historia argentina como “El paso en falso de Ducó”, éste sacó a la calle su regimiento, el 3 de Infantería, para resistir el reemplazo de Pedro Pablo Ramírez por Edelmiro Farrell, con lo cual la añeja amistad suya con Perón quedó rota. Desde entonces, la cerrada oposición, las acerbas críticas y los fuertes denuestos de Ducó contra Perón fueron in crescendo. A punto tal, que en 1946 y 1947 el gobierno nacional dispuso la intervención a Huracán, situación esa que se prolongó hasta 1948. Y recién al año siguiente volvería Ducó a presidir el Club.
No, quien aparece en la foto junto a Evita y Perón no es Ducó; sino el doctor Oscar Lorenzo Nicolini, en aquella época, presidente de la AFA. Probablemente, cierto parecido físico entre ambos y el natural deseo de todo peronista hincha de Huracán de que la disputa entre Ducó y Perón hubiera terminado en una reconciliación, hayan sido las causas que los indujeron al error de identificación.


Un cuarto de siglo después de todo aquello, la heráldica suburbana del globo rojo sobre campo blanco (Homero Manzi dixit) volvía a ganarse en el corazón de ese estadista enorme ya mutado en león hervíboro y más sabio que nunca: el 9 de marzo de 1973, los jugadores del ballet blanco quemero y su entrenador, firmaban una solicitada adhiriendo a la candidatura peronista. Y el 13 de diciembre, el General condecoraba con la Medalla de la Reconstrucción Nacional a una de las más grandes y trascendentales figuras deportivas huracanenses de todos los tiempos: Miguel Brindisi.


Y por favor, no me despierten; déjenme soñar que ese día, desde alguna estrella, Ducó asistió a la escena con una lágrima piantada de su emoción. Después de todo, como escribió el poeta Robustiano Figueroa Reyes, "lo cierto apenas son instantes; / vivir de sueños es lo verdadero".
Muchos creyeron (y aún hoy otros muchos siguen creyendo), erróneamente, que Perón era hincha de Racing. Lo cierto es que no era así. El hincha de Racing era su ministro Cereijo; no él. Según su biógrafo oficial, Enrique Pavón Pereyra, él le preguntó y Perón le respondió que era de Boca. Pero eso no pasa de ser una declaración afirmativa sin sustento probatorio alguno más allá de la palabra de Pavón Pereyra. O, posiblemente, le haya preguntado, y Perón contestó lo que el otro quería oír; una gentileza, digamos. Si yo hubiera sido el biógrafo de Perón, hubiese dicho que le pregunté y que me contestó que era de Huracán; y otro habría dicho que era del club de sus preferencias, y todo así... Particularmente, abrigo la hipótesis de que el General no era hincha de ningún club en especial, y que el fútbol no le atraía demasiado ni como juego ni como espectáculo; pero que sí le interesaba (y mucho) en tanto cultura popular, manifestación social y fenómeno de masas.
Perón es de todos los argentinos, claro; pero tengo para mí que un cachito más… es de nosotros, los de Huracán. Por historia nomás, vio...

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

Biernat, Carolina. ¿Buenos o útiles? La política inmigratoria del peronismo. Editorial Biblos, Buenos Aires, 2007.
BNMM. ARCH-ESAR-CRO-ARED-LAB. Archivo de redacción del diario El Laborista (subfondo).
Galasso, Norberto. Perón: Formación, ascenso y caída (1893-1955) t. 1. Ediciones Colihue, Buenos Aires, 2005.
Newton, Jorge. Historia del Club Atlético Huracán. 1908-1968. Frigerio Artes Gráficas, Buenos Aires, 1968.
Pavón Pereyra, Enrique. a) Yo Perón. MILSA, Buenos Aires, 1993.
                                        b) Conversaciones con J. D. Perón. Colihue / Hachette, Buenos Aires, 1978.
Revista El Gráfico. Edición n° 1470, 12.09.1947.
Rosa, José María. Historia Argentina t. 13. Editorial Oriente, Buenos Aires, 1979.

jueves, 9 de abril de 2020

CADORNA Y CADORCHA. ¿SABÍAS QUE...?















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

¿Sabías de dónde proviene el vocablo "cadorna" para referirse a algo de baja calidad, algo que es "berreta", digamos (por ej., "una botella de Don Cadorna", aludiendo a un vino malo), y su derivación, la palabra lunfarda "cadorcha"? Bueno, si no lo sabías, te cuento:
Luigi Cadorna fue un general que actuó como jefe del ejército italiano durante la Primera Guerra Mundial, enfrentando al del imperio austro-húngaro. Tan inepto y cruel era ese sujeto, que su demencial ofensiva de Isonzo causó la espeluznante cifra de 300.000 bajas propias entre muertos y heridos, y un retroceso en las posiciones ocupadas por sus tropas, de nada menos que 80 kilómetros. Y como sus soldados, hartos de su impericia, se retiraban o desertaban; no tuvo mejor idea que castigarlos ejecutando, por sorteo, a uno de cada diez, como se hacía en tiempos de la Antigua Roma. Como vemos, una pinturita aquel despreciable tipejo.
En la década de 1920, los inmigrantes italianos en nuestro país empezaron a usar, en sentido claramente peyorativo y para designar cualquier cosa que fuera de ínfima calidad, la palabra "cadorna", la cual, más temprano que tarde, fue incorporada al lunfardo y después "potenciada" con su derivación: "cadorcha", producto de la combinación de "cadorna" y "garcha".
Gloria Guerrero, en su libro (uno de esos que no-hay-que-leer) Indio Solari: el hombre ilustrado, escribe: "Ese vino en su mesa no es un 'San' Cadorna, lo que indica devoción mística mas no alcurnia. Es un 'Don' Cadorna. Fina prosapia.", equivocando el sentido del término, que es, en realidad, precisamente el opuesto al que ella le asigna (además de incurrir en el error de  escribir "San" como apócope de santo con la inicial en mayúscula, cuando debe ir en minúscula toda vez que no se refiera a apellidos —por ej., San Martín—, o a calles, avenidas, edificios públicos e instituciones, o a localidades —por ej., San Juan—).
Así que de ahora en más, ya sabés qué quieren decir "cadorna" y "cadorcha". 
¿Eh? ¿Que para qué te puede servir eso? Y... qué sé yo... para nada. Pero como soy una especie de disco rígido que almacena muchos terabytes de información inútil, y dado que con la cuarentena estoy más al pedo que luz de giro en una locomotora y más aburrido que pajero manco; quise compartirla con vos.

-Juan Carlos Serqueiros-

lunes, 23 de marzo de 2020

EDUARDO WILDE, UN HÉROE CIVIL
































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Vamos a rescatar (y nunca tan oportuno el momento) de la noche de los tiempos, la figura histórica de un héroe civil, médico y estadista: Eduardo Wilde (n. Tupiza, 15.06.1844 - m. Bruselas, 15.09.1913).
Fue, entre 1882 y 1886, ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública del presidente Julio A. Roca, y durante su gestión se sancionaron las leyes de registro civil, de educación general común, gratuita y obligatoria, y de matrimonio civil.
Médico, higienista, dotado de un agudo sentido del humor y capaz de florearse en el empleo de la más fina ironía, a poco de recibido hizo publicar un aviso en el diario La Prensa, en el que anunciaba: "Dr. Eduardo Wilde. Atiendo, en mi consultorio de... gratis a los pobres, por decisión mía, y también gratis a los ricos, por decisión de ellos".
Cuando estalló, a principios de 1871, la epidemia de fiebre amarilla que azotó a nuestro país, fue Wilde quien primero la denunció, en un carta publicada el 22 de febrero en el diario La República. El presidente de la Nación, Domingo Sarmiento, y todo su gabinete, cobardemente, huyeron despavoridos a Mercedes; y lo mismo hizo la mayoría de los médicos. Pero los doctores Roque Pérez y Manuel Argerich (que murieron), Tomás Pardo, Pedro Mallo, Tomás Perón y Eduardo Wilde, se quedaron y cumplieron una labor titánica, abnegada y heroica.
El propio Wilde contrajo la peste, pero felizmente, logró derrotarla y sobrevivir a la misma. Años después, recordando aquellos terribles episodios, contó: "... escribí un artículo demostrando que la enfermedad era fiebre amarilla y de la mejor calidad. La gente empezó a emigrar y también muchos médicos. Yo me quedé y cumplí con mi deber asistiendo gratuitamente a todo el mundo. Mi trabajo fue de noche y día, los caballos de mi coche, cojos y estropeados, reclamaron la ayuda de otra yunta con la que continué hasta enfermarme yo también".
Recordemos hoy, más que nunca en estas horas aciagas, a Eduardo Wilde, ejemplo de virtud cívica y de conducta heroica.
Nuestra Argentina ha sido y sigue siendo una tierra pródiga en héroes. Actuando responsable y solidariamente, vamos a vencer este flagelo del coronavirus.

-Juan Carlos Serqueiros-

lunes, 9 de marzo de 2020

FUERON TRES AÑOS























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

En cualquier cultura conceptual-artístico-lírico-musical, sea cual fuere, hay de todo: excelente, bueno, regular y malo. Y el tango —entendido como tal: cultura y no meramente género— no constituye la excepción. Pero para nada, eh.
Hay, dentro del tango, manifestaciones pictóricas magistrales y otras muy berretas (y nunca mejor aplicada la lunfardesca expresión); bailarines que son un regalo para los ojos, y otros que directamente parecen troncos a pique o tentetiesos; intérpretes —tanto músicos como cantantes— que son una bendición para los oídos, y otros decididamente insoportables; y expresiones poéticas y musicales sublimes que conmueven el alma, y otras francamente deplorables y lamentables. 
Entre estas últimas está comprendida en mi opinión y para mi gusto esta… pieza, llamémosla, siendo generosos y buenos: Fueron tres años, tal como tituló a ese engendro su autor y compositor, un tal Juan Pablo Marín, en 1956.
Veamos, si no:

No me hablas, tesoro mío,
no me hablas ni me has mirado.
Fueron tres años, mi vida,
tres años muy lejos de tu corazón.
¡Hablame, rompé el silencio!
¿No ves que me estoy muriendo?
Y quítame este tormento,
porque tu silencio ya me dice adiós.

Flaco, me parece que sos medio logi (y eso de “medio”, si te veo con un solo ojo). Si no te habla y ni siquiera se digna mirarte, está clarísimo que no soporta tu presencia, ¿o qué parte no entendiste? Tu tormento y que te estés muriendo, a ella le importa tres carajos a la vela; a ver si te das cuenta de una puta vez y dejás de arrastrarte como una babosa.
Y bueno, por fin cazaste una. Sí, es cierto, muy perspicaz lo tuyo: con su silencio te está diciendo adiós. ¡Rajá ya y dejá de dar lástima!

¡Qué cosas que tiene la vida!
¡Qué cosas tener que llorar!
¡Qué cosas que tiene el destino!
Será mi camino sufrir y penar.

A ver, pánfilo: Sí, la vida tiene cosas y a veces nos toca llorar. ¿Recién te diste cuenta? Entonces superaste mis expectativas y sos más boludo de lo que creía. Tenés menos calle que Venecia y menos noche que verano antártico. No es cuestión del “destino” ni que estés condenado a “sufrir y penar”; es que sos un nabo que anda implorándole a alguien que no quiere saber nada con vos. Y no te lo iba a decir, pero bueno, me veo obligado: tiene razón la mina en no soportarte; si andás rogando y humillándote, es que no te querés a vos mismo. Y si no te querés a vos mismo; mal podés querer a alguien más. La felicito a la mina, se nota que es muy perceptiva.

Pero deja que bese tus labios,
un solo momento, y después me voy;
y quítame este tormento,
porque tu silencio ya me dice adiós.

¡Ah buenooooo! Veo que no sólo sos un nabo, sino que como si eso fuera poco, además; sos masoquista. ¿Me podés explicar para qué mierda querés que la mina te deje besarla “un solo momento”, para después irte? Tené un cacho de amor propio, aunque sea, y retirate con todos los honores y la cabeza en alto. ¡Forro!

Aún tengo fuego en los labios,
del beso de despedida.
¿Cómo pensar que mentías,
si tus negros ojos lloraban por mí?
¡Hablame, rompé el silencio!
¿No ves que me estoy muriendo?
Y quítame este tormento,
porque tu silencio ya me dice adiós.

Y dale con Pernía… No se puede creer que seas tan chichipío, viejo. Mirá, si no tenés dignidad; no sé… sacá un crédito y comprate un kilo, viste, algo… O matate, total… no le va a importar a nadie que deje de existir un incurable pelotudo edípico marca Acme como vos.

-Juan Carlos Serqueiros-

jueves, 20 de febrero de 2020

¿SOLTAR? ¿DEJAR IR? EN MUCHOS CASOS, DESAMOR O IRRESPONSABILIDAD




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Estoy un cachitín podrido de la pseudo sanación psíquica de café y redes sociales, y del pelotudaje que la “aconseja” y “practica”, no solamente sin estar debidamente capacitado, profesionalmente certificado y legalmente habilitado para ello, sino además; sin siquiera detenerse a reflexionar en las idioteces que repite como loro cual si se tratara de recetas mágicas.
Leo y escucho reiterar hasta el hartazgo eso de “tenés que aprender a soltar”, “tenés que dejar ir” y estupideces por el estilo, vertidas alegremente a la que te criaste y dirigidas a cualquier destinatario al que eligen como víctima propiciatoria so pretexto de “ayudarlo”, cuando en realidad, los enfermos que precisan urgente atención… son ellos. Enfermos de protagonismo, de soberbia e infectados por la compulsión a meterse donde nadie los llamó. Y encima, se trata de gente que se da el lujo de hacer consideraciones acerca del ego… Del prójimo, claro; nunca del propio por más exacerbado que lo tenga. Se arrogan el derecho a pontificar como si supieran y con una liviandad que espanta.
Por supuesto que quien no se quiere a sí mismo, mal puede amar de verdad a otra persona. Y es más que obvio que en determinadas situaciones y circunstancias es, no ya necesario; sino imprescindible, poner punto final a un vínculo que se haya tornado imposible de mantener sin afectar gravemente la salud psíquica de uno de los integrantes de la pareja cuando no la de ambos. 
Pero es esa una decisión a la que se arriba después de haberse mirado profundamente hacia dentro de uno, y que —en la mayoría de los casos (por no decir en todos)— requiere de consulta y ayuda profesional, es decir, de terapia psicológica; no una que se adopta sin más ni más, obedeciendo a la "sugerencia" del primer metiche imbécil que aparezca.
Qué querés que te diga… Salvedad hecha de lo que cité precedentemente; a mí, eso de “soltar” y “dejar ir”, vomitado así a la ligera, a priori me suena más a irresponsabilidad, a cagazo, a falta de compromiso, a cobardía, a ausencia de amor verdadero, a —parafraseando a Discépolo— entregarse sin luchar y a no hacerse cargo; que a otra cosa.
Si querés y tenés ganas, leé estos versos:

NUESTRO BALANCE
(Tango, letra y música de Chico Novarro)

Sentémonos un rato en este bar
a conversar
serenamente.
Echemos un vistazo desde aquí
a todo aquello que pudimos rescatar.
Hagamos un balance del pasado
como socios arruinados
sin rencor,
hablemos sin culparnos a los dos
porque al final salvamos lo mejor.

Ha pasado sólo un año
y el adiós abrió su herida,
un año nada más,
un año gris
que en nuestro amor duró una vida.
Lentamente fue creciendo
la visión de la caída.
La sombra del ayer
nos envolvió
y no atinamos a luchar...

¡No ves!...
Estoy gritando sin querer
porque no puedo contener
esta amargura que me ahoga.
Perdona, no lo puedo remediar,
mi corazón se abrió de par en par.

Y también escuchalo, magistralmente interpretado, por el Polaco Goyeneche:

-Juan Carlos Serqueiros-

sábado, 25 de enero de 2020

PEQUEÑAS DELICIAS DE LA VIDA CONYUGAL







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Maso las 8 de esta mañana sabatina en la humilde morada de los Serqueiros. Ya me afeité, me lavé los dientes, me bañé y me dirigí a la cocina a preparar el desayuno. De pronto, cuando nada lo hacía prever; aparición brujeril a mis espaldas (cualquier similitud con las que se le aparecen a Macbeth, NO es pura casualidad; es el puto destino ensañado conmigo, ¡todos los dioses del Olimpo conspirando contra Juanca!):
—Mi amor, buen día... ¿Eh? ¡¿Qué veo?! ¡¿Te estás haciendo tostadas?!
—Hola corazón, buen día. Y… sí. Si ves el tostador sobre la hornalla y dos rodajas de pan encima, ¿qué carajo voy a estar haciendo, ravioles con salsa mixta?
—Ay, che, cómo sos… Digo porque me prometiste que empezabas la dieta keto; te aviso que las tostadas están prohibidas. Ah, y la leche también, eh; tenés que tomar café solo y endulzado con stevia, ¡nada de azúcar!
—¡Pero vos sos más peligrosa que chileno haciendo mapas! A ver, aclaremos los tantos: no me comprometí a ninguna dieta keto ni la ketamil puta que lo parió; lo que sí te dije es que me iba a cuidar en las comidas y que iba a hacer una dieta ra-zo-na-ble. Puedo prescindir del azúcar, que eso me chupa un huevo. Puedo prescindir del café con leche también, si querés; me hago un mate cocido o un té solos y listo. Pero una tostada con manteca y otra con jalea de membrillo… ¡me voy a comer sí o sí! 
—Bueno, vos sabrás, che. Después de todo, soy tu esposa; no tu enfermera. Hacé lo que quieras, que ya sos bastante grandecito… Puedo psicoanalizar a mis pacientes; no a mi marido, que encima; es un gruñón.
—OK. Me parece perfecto. Y entonces ¿para qué venís a tiranizarme? No me jodas...
Espesos nubarrones presagiaban el estallido de la tormenta, pero resuelto a no entrar en conflictos y con la sacrosanta paciencia del mundo, agarré la bandeja con mi “desayuno” e hice mutis por el foro. Estaba tomando mi “exquisitez”, ese "excesivo festín" de una taza de mate cocido con dos putas tostadas, cuando:
—Mi amor, ponete un short y una remera, aunque sea; que ya le aviso a María (la encargada de la limpieza del edificio) que suba a desayunar acá, y vos estás desnudo.
—Che, y digo yo: ¿no podés esperar cinco minutos para decirle que suba, así termino mi “desayuno” de mierda y me encierro en el escritorio a leer?
—¡Ay, no, pobre María! Ya sabés que llega al edificio a las 6 de la mañana sin tomar nada, pobre, y que todos los días desayuna acá. No seas malo, dale…
—Sí, ya sé todo eso. Conmigo no te vengas a hacer la Evita, que soy peronista desde los huevos de mi viejo y la panza de mi vieja. Me parece bárbaro y me pone muy feliz que María desayune acá; sólo te estoy diciendo que esperes un minuto que me zampo el mate cocido y listo. ¿Se entiende eso?
—Bueno… ‘tá bien. Apurate entonces. Pero... ¿hay necesidad de que andes en bolas como si esto fuera una playa nudista? ¿Qué te creés, que estamos en Ibiza? Ah, y no te olvides que después tenemos que ir al supermercado, eh. Vestite, dale.
—Ufa... en Ibiza ya quisiera estar yo. Y  más lejos también. OK, llamala nomás a María que ya me visto.
Maso una hora después y encontrándome en ese lugar sagrado al que acude tanta gente:
—¡Mi amor, tenemos que ir al super!
—Sí, mi cielo, aguantá que estoy en el baño.
—¡Ya sé que estás en el baño, si te estoy hablando desde el pasillo, y siento olor a cigarrillo, sale el tufo del tabaco por debajo de la puerta, así que estás fumando!
—Y después de un milenio de estar casados, ¿todavía no sabés que cuando cago me fumo un cigarrillo? Es el mejor remedio contra la constipación, lo leí en un libro de Lawrence…
—No empieces con tus citas literarias que son un plomo. Y no seas ordinario, ¿no podés decir simplemente "estoy en el baño”, en vez de contestar esa asquerosidad de “estoy cagando”?
—Seguro que puedo. Si fue exactamente lo que te respondí; pero después empezaste a joderme con lo del pucho. Y además, ¿qué tiene de malo decir “estoy cagando”? Claro… porque vos debés cagar Chanel N° 5, ¿no? Andaaaá… dejame cagar tranquilo y no me rompas los huevos, querés…
Más tarde, en el auto, y ya rumbo a la deliciosa “excursión” al supermercado que tanto placer me provoca siempre:
—Mi amor, te adoro, por más que tengas un carácter de mierda.
—Yo también, corazón, te amo. Por más rompebolas que seas; te quiero con locura.
—Porque supongo, imagino, quiero creer, que no vas a negar que tenés un carácter de mierda, ¿no, gordo? Reconocelo.
—Claro… porque vos sos modosita, suave, tierna, una seda, un terciopelo mire vea.
—Odioso.
—Hinchapelotas.
—Te amo, bobo.
—Te quiero hasta el cielo, jabru. Y me volvería a casar con vos.

-Juan Carlos Serqueiros-

Imagen: Lado Tevdoradze, "მეუღლეები (Cónyuges)", óleo sobre tela, contemporáneo