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miércoles, 9 de septiembre de 2026

LUZ DE LUNA


Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Yo hago mis canciones como muñecas: desnudas. Y luego son los intérpretes quienes me las visten. (Álvaro Carrillo)

En la primera mitad de la década de 1940, el oaxaqueño Álvaro Genaro Carrillo Alarcón (n. 02.12.1919, San Juan Cacahuatepec – m. México D. F., 03.04.1969) compuso una canción enmarcada en el género huapango, la cual más de veinte años después, se convertiría en suceso musical: "Luz de luna".

LUZ DE LUNA
(Huapango)
Letra y música: Álvaro Carrillo

Yo quiero luz de luna
para mi noche triste,
para pensar Divina
la ilusión que me trajiste,
para sentirte mía
mía tú como ninguna,
pues desde que te fuiste
no he tenido luz de luna.

Yo siento tus amarras
como garfios como garras
que me ahogan en la playa
de la farra y del dolor.
Si llevo tus cadenas a rastras
en la noche callada,
que sea plenilunada,
azul como ninguna,
pues desde que te fuiste
no he tenido luz de luna.

Si ya no vuelves nunca,
provincianita mía,
a mi celda querida
que está triste y está fría,
que al menos tu recuerdo
ponga luz sobre mi bruma,
pues desde que te fuiste
no he tenido luz de luna.

Detrás del tema hay una jugosa historia: Carrillo estudiaba para ingeniero agrónomo (de hecho, en 1949 se graduó como tal) en la Escuela Nacional de Agricultura (actualmente Universidad Autónoma Chapingo), institución que por entonces tenía un régimen militarizado. Siendo muy enamoradizo, un día conoció allí a una joven cuyo nombre de pila era Divina. Se trataba de la hermana de uno de sus condiscípulos, y Álvaro concertó con ella una cita para el fin de semana que se avecinaba, quedando ambos en que se reunirían en un sitio determinado de la ciudad de México (los estudiantes tenían permiso de salida sábados y domingos, y Chapingo dista sólo 29 kilómetros de la capital del país).
Pero ocurrió que el director de la ENA había organizado un ágape para ese mismo fin de semana, y sabedor de las dotes artísticas de Carrillo, le pidió a éste que sacrificara su permiso de salida a fin de actuar ante sus invitados. Como Carrillo se negó, alegando que tenía una cita; el director, muy enojado, ordenó su arresto y dispuso que lo encerraran en una celda, como castigo por su insubordinación. Entonces, frustrado y entristecido compuso, inspirado por la luna llena que veía a través del estrecho ventanuco de su encierro, una de sus más bellas canciones: “Luz de luna”.
Tras recibirse de ingeniero agrónomo especializado en irrigación y ya radicado en la ciudad de México, Álvaro Carrillo empezó a desempeñarse como tal en el Instituto Nacional del Maíz. Pero era esencialmente un artista y su vocación pasaba por la música. Sus extraordinarias aptitudes como autor y compositor le trajeron prestigio, fama y relaciones. Actuaba en funciones privadas para celebridades y políticos notables, y también en centros nocturnos de espectáculos y diversión. Así las cosas, el espaldarazo definitivo lo obtuvo en 1959 con su obra más difundida, esa que le traería reconocimiento internacional: “Sabor a mí”.
A todo esto, “Luz de luna”, pese a ser ya a fines de los 50 una canción muy popular y archiconocida en México; aún no había trascendido allende las fronteras, lo cual recién ocurriría en 1965, año en el cual la grabó Javier Solís —pero no como huapango, sino en el género bolero ranchero para el sello CBS Columbia en el LP titulado “Y todavía te quiero”. 

Trascartón nomás, en 1966, la grabó el propio Carrillo para la discográfica RCA Camden en el LP "Álvaro Carrillo interpreta las canciones de Álvaro Carrillo".

Y fue en esas circunstancias que la cosa explotó: cientos de artistas, muchos de ellos consagrados en el mundo entero (Rocío Dúrcal, Armando Manzanero, Chavela Vargas, Luis Miguel, por ejemplo y entre otros) la versionaron, pero... qué querés que te diga... para mí, quienes más maravillosamente la interpretaron, son Los Altamirano. Escuchá:


Como se aprecia, Los Altamirano no se quedaron ni en el huapango ligero y bailable que había compuesto Carrillo ni en el bolero romántico característico en Solís; sino que convirtieron a "Luz de luna" en una novedosa creación a partir del arreglo de Mario Altamirano alterando ritmo y tempo, introduciendo coros y prescindiendo de todo atisbo de requinto, violín, trompeta, maracas y contrabajo; para situarse en un esquema que conjuga el clásico juego de voces entre la primera (José Muñoz segunda guitarra), la tercera y más alta (la del propio Mario primera guitarra) y la segunda y más baja (de Jesús Corazza —bombo), con la re armonización adecuada para trascender lo que Carrillo había concebido como enunciación lírico musical de algo evocador, cuasi anecdótico, y que a su vez; Solís versionó como un bolero con mariachi, acariciante y nostálgico; transformándolo magistralmente en una sentida y conmovedora canción latinoamericana profundamente expresiva de lamento, pena y melancolía. Y por eso, precisamente, el epígrafe que elegí.
En cuanto a Álvaro y Divina, después de aquel brevísimo encuentro en la ENA en que quedaron citados, jamás volverían a verse, pues ella habitaba en un lejano pueblito y sólo estaría en la ciudad de México aquel fin de semana ("si ya no vuelves nunca / provincianita mía", reza la letra). Él falleció en la cúspide de su carrera artística, cuando contaba tan sólo 49 años, la tarde noche del 3 de abril de 1969, de resultas de un choque automovilístico en la autopista México-Cuernavaca. Ella murió en 2025, poco después de cumplir 100 años.
“Luz de luna” es, en síntesis, un hitazo. Una canción mágica. Nada más y nada menos que un… plenilunado instante de eternidad.

-Juan Carlos Serqueiros-


miércoles, 13 de mayo de 2026

DE CORRALES A TRANQUERAS
























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

He hecho de todo, pero mi principal oficio ha sido el de presenciar la vida. (Osiris Rodríguez Castillos)

“De Corrales a Tranqueras” es una maravillosa canción en ritmo de milonga, creada en 1958 por el ilustre poeta, escritor, compositor, músico, cantor, luthier y artista plástico Osiris Rodríguez Castillos, nacido en Montevideo el 21 de julio de 1925 y fallecido en dicha ciudad el 10 de octubre de 1996..

DE CORRALES A TRANQUERAS
(Milonga)
Letra y música: Osiris Rodríguez Castillos

De Corrales a Tranqueras
cuántas leguas quedarán...
Dicen que son once leguas
¡Nunca las pude contar!

Las hice con agua y viento,
escarcha de luna… y sol;
¡pero entonces no contaba
porque iba rumbo al amor!

Entonces todo era canto
agua, tierra, viento y sol;
entonces, todo cantaba
porque iba cantando yo.

Mi flete era parejero…
¡Mis años de domador!
Y los caminos... ¡cortitos
pa'l trote del corazón!

¡Camino de mis recuerdos!
¡Tierra roja y pedregal!,
bordeao de cerros parejos
que se empinan al pasar.

“Vigilante”, “Miriñaque”,
cerros de mi soledad,
repechaos por mis cantares,
sombras de toro y chilcal...

Hoy, que me duele la vida,
cansao de tanto changar,
baldao por los redomones
Ya no las puedo contar.

Y quebrao por una pena
pregunto a mi soledad:
De Corrales a Tranqueras,
¿cuántas leguas quedarán?

A pesar de la extraordinaria belleza tanto de su poesía como de su melodía, recién se la daría a conocer al público en 1969 (exactamente once años después de ser creada —y si alguno considera que la coincidencia entre tal lapso y la distancia de once leguas entre Corrales y Tranqueras se debe a una mera casualidad, le sugiero que se abstenga de continuar leyendo este opúsculo—), en el LP vinilo KL-8307 “Osiris Volumen 3”, que fue grabado en Buenos Aires pero editado y producido en Montevideo por el sello Discos De la Planta.


Las circunstancias de cuándo y cómo se le inspiró a Osiris esta canción son conocidas por todo el mundo (tenga mano tallador, no me apure; que más adelante explicaré por qué lo pongo en bastardilla): en 1958, en ocasión de visitar en Minas de Corrales a su hermano Horus (quien a la sazón fungía como administrador y laboratorista del hospital de dicha localidad), vio pasar a un joven montado en una bicicleta de carrera, lo cual llamó su atención. Horus le contó que se trataba de un amigo suyo llamado Celier Gutiérrez, quien trabajaba en el correo como telegrafista y había comprado la bicicleta para ir a visitar a su novia: Llusara Soto, residente en Tranqueras. Seguidamente, los presentó, se pusieron a conversar y al enterarse Osiris de que Celier había conocido a Llusara hacía ya tres años, que poco después se habían puesto de novios, que desde entonces cada domingo, fueran cuales fueren las condiciones meteorológicas, recorría tanto de ida como de vuelta las once leguas que mediaban entre ambas localidades y también que tenían decidido casarse en octubre de ese año; se conmovió por lo consecuente de aquel amor que semana tras semana vencía a la distancia y al clima, prometiendo entonces que como obsequio de bodas les haría una canción, lo cual efectivizó, pero privadamente, tal como corresponde a un deber de amistad: escribió y compuso “De Corrales a Tranqueras” —obviamente, lo telúrico de su poesía lo “obligó” a reemplazar en los versos la bicicleta de Celier por un caballo parejero y su oficio de telegrafista por el de domador—, la grabó, la hizo registrar en un disco de pasta de 78 rpm y la envió a los recién casados acompañada de una esquela que simplemente rezaba: “¡Promesa cumplida! Les mando la canción de ustedes para que recuerden siempre a su amigo Osiris”. De aquel matrimonio nacieron siete hijos. Celier Gutiérrez falleció en 1983 y Llusara Soto en 2016.
Y eso es lo que "todo el mundo conoce" acerca de esta hermosa canción, la cual la mayoría de la gente considera exclusivamente referida a lo que hasta aquí consigné. Pero sucede que se quedan cortos, porque el vuelo creativo del poeta no se limitó a enunciar en su lírica lo relativo a Celier y Llusara; sino que fue muchísimo más allá, con metáforas que abarcan incluso lo autorreferencial. Veamos si no:
Tuve el alto honor de conocer a Osiris en el verano de 1994. Él vivía por entonces en el montevideano barrio de Palermo y al toque de allí, donde viene a fundirse con el barrio Cordón en la feria de Tristán Narvaja, alguien me pasó el dato del boliche al que solía caer cerca del mediodía. Fui y aguardé... tres horas o más... y de pronto, entró. Conversamos largamente —bah, él conversó; yo escuchaba, porque sólo un idiota puede andar palabreriando (José Larralde dixit) cuando está sentado frente a semejante poeta—. El café se volvió ginebra y yo, que siempre fui un seco; de pronto me hice rico ese día, porque él era un hombre de cultura inconmensurable que citaba a Borges, Poe, Baudelaire, Jung, hablaba del yoga, de la historia de la humanidad, de los filósofos de la Antigua Grecia, de los males que acarrea la modernidad y de la mitología egipcia (de la que derivan su propio nombre y los de sus tres hermanos: Horus, Isis y Nazar). Lo recuerdo como alguien más bien grave y sentencioso: el tipo decía algo y no esperaba respuesta; emitía afirmaciones como verdades indubitables.
En una de esas pausas me atreví a decirle que seguramente yo no había acertado a interpretar lo que él buscó transmitir con “De Corrales a Tranqueras”, por cuanto sabía que estaba dedicada a Celier y Llusara; pero que también barruntaba que había un “algo más” que no alcanzaba a descifrar y me extrañaba el marcadísimo contraste entre la alegría del enamorado que se dirige a visitar a su novia y la pesadumbre del que próximo a la vejez afirma que le “duele la vida”, que está “cansao de tanto changar” y que ya “baldao” (término exquisito que evidencia la enorme vastedad de su vocabulario y aquí desafío a cualquiera a elegir una palabra más apropiada y que pueda resonar musicalmente mejor que “baldado” para expresar agotamiento físico e impedimento por fatiga o lesión debido al exceso en esfuerzos previos), sabe que es tarde para contar las leguas entre uno y otro punto. Y pensé: “ahora me manda al carajo”.
Más no hizo tal cosa. Él, tan parco en elogios, alzó las cejas y me obsequió con un “sos muy perceptivo, porque en efecto, hice esa canción en homenaje a Celier y Llusara para regalárselas tal como les había prometido; pero la escribí en primera persona porque se basa en vivencias mías, en recuerdos propios”. Y trascartón me contó que siendo aún adolescente, hizo a caballo el trayecto entre Corrales y Tranqueras, extasiado, maravillado por la riqueza del paisaje aquel con lo rojizo de la tierra, el brillo del pedregal, lo imponente de los cerros, el consuelo del canto para atenuar el esfuerzo del repecho y el perfume de las chilcas. Y al mismo tiempo, poniendo especial cuidado en evitar que las sombras de toro pudiesen hincar los ojos de su caballo. En eso se encontró con un tropero que arreaba una punta de ganado. Haciendo un alto en el camino, se saludaron, intercambiaron tabacos, armaron cigarrillos y charlaron brevemente. Osiris le preguntó al otro paisano cuántas leguas faltaban para llegar a Tranqueras, obteniendo como respuesta un “¿Sabe, mozo? Tantas veces habré hecho este camino… ¡y nunca las he contao!”. Y en otra ocasión se cruzó con un domador que sin reserva le confió sus cuitas: andaba solo de toda soledad por su existencia andariega sin vínculo alguno de amor estable, con su físico estragado (“baldao”) por los redomones (caballos ya domados pero sin amansar del todo); a aquel gaucho le dolía “la vida” y estaba “quebrao por una pena”.
Así que de ahora en adelante, mi querido lector, ya puede usted afirmar que sabe de qué va la letra de esta encantadora milonga, pero sabe de verdad, con la historia completa; no como presuntuosamente declaran “conocer” los que se han detenido en sólo una parte de la misma.
Y de yapa le cuento: en junio de 1973, Alfredo Zitarrosa grabó en Buenos Aires para el sello Microfón, el LP vinilo I-418 “Zitarrosa en la Argentina”, en el cual está incluida como pista n° 11 “De Corrales a Tranqueras”.


La versión del Flaco es directamente MA-GIS-TRAL. Pero (vida puta, siempre hay un pero) inadvertidamente, Alfredo incurrió en un error al cantar “cerros parejos que se inclinan al pasar"; en lugar de “cerros parejos que se empinan al pasar”, tal como dice la letra original. Esa modificación —reitero: absolutamente involuntaria— no era en modo alguno una cosa menor y casi sin importancia, en tanto significaba "matar" la metáfora urdida por el poeta al pintar a un hombre consciente de su pequeñez frente a la grandiosidad de la geografía por la que transita; sustituyéndola por la de un hombre que se agranda ante los cerros, a los que percibe inclinados a su paso. Es decir, precisamente lo contrario a lo que líricamente quiso expresar Osiris (quien desde luego, puso el grito en el cielo y quedó muy disgustado).
No obstante, y más allá del error —grosero, si se quiere calificarlo así—; para mi gusto la interpretación de esta milonga en la voz del gran Alfredo Zitarrosa es muy superior a la del propio Osiris. Por otra parte, debe considerarse que antes de que él la grabara, la canción no había tenido lo que diríamos una gran difusión, sino que la popularidad le llegó, justamente, a partir de su versión. Y después de todo, hasta el mismísimo Osiris lo reconocería implícitamente veinte años más tarde, al declarar: “Detesto mis discos. Me han servido para fijar las obras, pero están mal grabados. Sucede que yo escribí los versos, hice la música, la ejecuté en la guitarra, con lo cual debía ser un virtuoso guitarrista (nota mía: ¡y vaya que lo era!), pero además de todo eso; tenía que ser un buen cantor. ¡Era el Pájaro Loco!”.
Mire, me permito aconsejarle que si puede hacerlo, no deje de visitar esos pagos. Será bien recibido por la cordial simpleza de la gente que los habita y podrá regalar a sus ojos el esplendor de sus paisajes y a su espíritu el regocijo del discurrir tranquilo, calmoso, del tiempo.

-Juan Carlos Serqueiros-


lunes, 27 de abril de 2026

CUANDO CANTE EL GALLO AZUL































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

"Cuando cante el gallo azul" es una canción realmente folclórica porque no se sabe quién compuso la música. (Eduardo Larbanois)

 No abandones tus sueños, no traiciones tu destino! (Washington Benavides)


La maxixa es un género musical brasilero. Se trata de... cómo explicarlo… una especie de polca tangueada en ritmo de 2 x 4, digamos. Dentro de la forma maxixa, me gusta mucho esta en especial: "Cuando cante el gallo azul", escrita a fines de los años setenta por el oriental tacuaremboense Washington Benavides (Washington Benavídez Aliano en el documento de identidad) y aplicada a una melodía popular de autor anónimo recopilada por el acordeonista intuitivo (y de oficio taxista pa’ ganarse el mango) Bolívar Pérez, tacuaremboense también, claro está (más precisamente, de Pueblo de los Cuadrados). Y qué quiere usted… no por nada Tacuarembó es, sin dudas, la capital uruguaya de la polca, la mazurca, la ranchera y la maxixa.

CUANDO CANTE EL GALLO AZUL
(Letra: Washington Benavides – Música: recop. de Bolívar Pérez)

Fue por Cañas que encontré
en un rancho entre las sierras
la moza tierna que canto yo.

Era fiesta familiar,
cumpleaños de la moza,
mejor que rosa era esa flor.

Ondulaba el acordeón
una maxixa liviana
y daban ganas de al baile entrar.

Yo le dije: —¿Me permite?
Y ella dijo: —¡Como guste!,
—¿De usted es el “cumple”? —pude atinar.

—¿Vino de la ciudad?
—Vine de Tacuarembó.
—¿Sólo por verme a mí…?
—Su humilde servidor.
—¿Se marchará de aquí…?
—Cuando cante el gallo azul.
—¿Y allá me olvidará…?
—¡Que no vea más la luz!

Más la vida me llevó
por campos desconocidos,
llegó el olvido, todo llevó.

Acampé en Cebollatí
y dormí por la frontera,
la brasilera me acompañó.

Ahora quiero recordar
a la moza de ojos pardos,
en aquel rancho blanco y azul.

Y "doblao" junto al fogón,
ni su fogata me alumbra,
vivo en penumbras, cargo mi cruz.

La letra —tragicómica, con ribetes que van desde lo festivo y anecdótico hasta lo melancólico y desdichado— gira en torno a un errabundo buscavidas de mil oficios que seduce a una cumpleañera comprometiéndose a no abandonarla nunca.
La cosa comienza cuando el hablante lírico de la poesía llega a un pueblito rural: Cañas (también conocido como Poblado 33, pues se dice que tal era el número de viviendas —ranchos— cuando principiaba la conformación del caserío), situado en el departamento de Tacuarembó, a cincuenta kilómetros de la ciudad de ese nombre. Atraído por la música celebratoria, él pide permiso para entrar al baile (“Yo le dije: —¿Me permite?”), el cual es inmediatamente concedido ("Y ella dijo: —¡Como guste!”), revelando, de paso, el deseo complaciente de la moza. Trascartón, el diálogo entrambos delata el interés mutuo, obviamente sexual en el caso de él; romántico y ensoñador en el de ella, quien suponiéndolo procedente de Montevideo (ciudad a la cual considera epítome de lo urbano), recelosa le pregunta: “¿Vino de la ciudad?”. Él, en procura de aventar sus prevenciones, le miente: “Vine de Tacuarembó”, afirma como queriendo decir “no desconfíe ni sospeche de mí, que soy paisano de acá nomás”. Entre asombrada y halagada, en el colmo de la candidez, ella interroga: “¿Sólo por verme a mí?”; obteniendo como contestación un obsequioso “Su humilde servidor”. No obstante, ella todavía alberga dudas y entonces se anima a esbozar lo que indefectiblemente habrá de acontecer: “¿Se marchará de aquí…?”, “¿Y allá me olvidará…?”, lo cual él se apresura a descartar con un tajante: “Cuando cante el gallo azul” (equivalente a decir “cuando las vacas vuelen” o “cuando los chanchos chiflen”, expresiones usuales para graficar coloquialmente aquello que nunca ha de ocurrir), refrendado enfáticamente con un “¡Que no vea más la luz!” (si llegase a incumplir la promesa de permanecer a su lado). Finalmente, la moza cede a los requiebros amorosos y galantes, y así se consuma ese romance condenado de antemano a ser efímero, porque es un amor acotado a una noche o a lo sumo a un breve lapso.
Y el chabón se va, retoma su condición de impenitente andariego, pero no haciéndose cargo de eso que está en su índole: su afán trashumante; sino achacándolo a una fuerza fatalista, es decir el destino, el azar o como queramos llamarlo: “Más la vida me llevó / por campos desconocidos”, señala auto absolviéndose como si la circunstancia de marcharse fuera ajena a su deseo, algo que inevitablemente acaeció sin que su voluntad tuviera que ver en ello. Así, más temprano que tarde echa al olvido a la moza que otrora lo había encandilado con su belleza (“llegó el olvido, todo llevó”) y pasa a narrar sucintamente a través de atisbos y con sugerencias más o menos implícitas, los avatares por los que discurrió su existencia nómade, sin vínculos perdurables y sin amor: “Acampé en Cebollatí”, consigna escuetamente para indicar que allí ofició de taipero en los arrozales y de pescador en el río de ese nombre. Y a continuación, señala su incursión por la frontera uruguayo-brasilera (“y dormí por la frontera”) e incluso llega a “confesar” que desempeñó una actividad non sancta, reñida con la legalidad: contrabandear caña, esto es, aguardiente, desde el Brasil (“la brasilera me acompañó”).
Después de evocar sentida, melancólicamente, aquel romance nictémero con la joven cumpleañera de Cañas (“Ahora quiero recordar / a la moza de ojos pardos, / en aquel rancho blanco y azul”); sobreviene el desenlace aciago, nefasto, dramático: se queda ciego (“Y doblao junto al fogón, / ni su fogata me alumbra, / vivo en penumbras, cargo mi cruz”). Y entonces resulta ineludible vincular la desgracia que sufre el chabón, con su incumplida promesa de consecuencia en el amor que antaño formulara en aquel rotundo “¡Que no vea más la luz!” que más le hubiera valido abstenerse de espetar, ¿no? Digo, no soy nada supersticioso, pero por las dudas; mejor no llamar al infortunio.
“Cuando cante el gallo azul” adquirió extraordinaria popularidad a partir de la magistral interpretación a cargo del dúo Larbanois & Carrero, editada en 1978 por el sello discográfico Sondor en el vinilo “Amigos”.



Invito a usted, mi querido amigo lector, a escuchar esta grabación en vivo y disfrutar del grandioso cantar de Mario Carrero, una de las mejores voces del folclore rioplatense, y de la cátedra de guitarra con que en tanto virtuoso concertista, tiene a bien obsequiarnos ese verdadero mago de la viola que es Eduardo Larbanois.


¡Hasta la próxima!

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS

Cresci, Carlos. Canciones con historia. Ediciones de la Banda Oriental, Prisma Ltda., Montevideo, 1981.
Diario El País. Edición del 12.11.2022. "Larbanois & Carrero narran la historia de cinco clásicos de su repertorio".
Sondor S.A. Amigos. Disco n° 44082 r7490417 LP Vinilo, Montevideo, 1978.

martes, 14 de abril de 2026

CONFIDENCIAS























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

De no haber aparecido el peronismo, yo quizá sería conservador o comunista, pero seguramente jamás hubiera sido radical. (Jorge Vidal)

Uno viaja por la vida con un bagaje de recuerdos de su infancia. Gratos y no tan gratos. Entre los primeros, conservo uno muy entrañable de este cantante: Jorge el Negro Vidal, hacia el cual profeso una gran admiración por tres motivos: el primero, su relevante jerarquía artística (dicho en criollo, el quía cantaba de puta madre); el segundo, su peronismo jamás claudicante y mantenido a rajatabla hasta el fin de su vida; y el tercero, una vivencia personalísima de mi rosarina niñez, la cual ipso pucho paso a contarle:
Yo tendría, no sé… cinco, seis años o cosa así, y si mis viejos querían ir a bailar; no les quedaba otra que llevarme con ellos, simplemente porque en casa no había nadie con quien dejarme; así que una noche en la que asistieron (conmigo a cuestas, claro) a un baile en el Club Provincial, mientras ellos curtían algunos tangos; yo andaba correteando de mesa en mesa importunando a la gente con mi cargante letanía: "Hola, me llamo Calile", "Permiso, gracias", "Doña ¿me convida una Bidú?", ¡Viva Perón!". Eran tiempos post revolución fusiladora, por ende, pronunciar los nombres de Perón o Evita estaba prohibido por el infame decreto ley 4161, pero... ¿quién se iba a meter con un mocoso de cinco o seis años? Así que dada mi corta edad, aquel "delito" mío gozaba de cierta… impunidad, digamos. Esa noche el número atracción era el Negro Jorge Vidal, quien desde el escenario dijo: "Dedico este tango a ese nene que anda entre las mesas y es tan peronista como yo”, y cantó esto:

CONFIDENCIAS

Cuánto tiempo de vivir en sombras
y vagar sin vida.
Cuántas noches de soñar contigo
sin tenerte cerca.
Tanto llanto, tanta ausencia,
me tenían vencido,
y solo caminé por mil senderos…
Las estrellas, el mar y la luna
no se conmovieron;
su silencio despreció mi pena,
desafió mi orgullo.
Y en penumbras,
la belleza pura
de un lindo cocuyo,
fue mi confidente,
escuchó mis quejas
y lloró también.

Se trata de un tema que tiene una interesante y enrevesada historia. Originalmente fue un bolero que llevaba como título "Cenizas", autoría en música y letra del artista mexicano Manuel "Wello" Rivas, quien lo compuso y escribió en 1952. Rápidamente, se convirtió en un gran éxito, tanto a partir de la versión de su autor y compositor, como así también adquirió extraordinaria popularidad la de Toña la Negra (Antonia del Carmen Peregrino Álvarez).



Posteriormente, la también mexicana actriz y cantante Isabel "Chabela" Durán le introdujo arreglos musicales, le escribió otra letra y lo registró como una obra de sus propias autoría y composición bajo el título "Confidencias".


En nuestro país, esa canción se hizo popularmente conocida en ritmo de tango a partir de la versión (magistral) de Jorge Vidal con acompañamiento de guitarras, grabada el día 30 de enero de 1959 para el sello Odeon y editada en disco de pasta con “Confidencias” de Chabela Durán, en el lado A; y “Canción desesperada” de Enrique Santos Discépolo, en el B.


A todo esto, ya habrá notado usted, mi apreciado amigo lector, que en el video de YouTube con la versión interpretada por el Negro Vidal, se atribuye la autoría del tema a un tal Ángel Massini. Vaya uno a saber de dónde habrán sacado el dato, pero el hecho es que eso se reitera en otros videos e incluso hay en internet partituras que así lo consignan:


Más allá de todo eso, lo cierto, real y concreto es que en SADAIC el tema figura debidamente registrado bajo el título “Confidencias”, con el código de obra 189185 y con derechos por autoría y composición reservados a favor de Durán Ramírez, Isabel y/o su pseudónimo artístico Chabela Durán, de modo que no cabe ninguna duda al respecto, con lo cual lo de Massini como autor, queda automáticamente relegado al reino de la fantasía. Quizá (se me ocurre como posibilidad) el citado Ángel Massini introdujera algún arreglo y basado en eso después pretendiese inscribir la canción a su nombre en SADAIC, lo cual en definitiva no prosperó. Chi lo sa... Pero hay certeza absoluta de que pertenece a Chabela Durán.


Por mi parte, me voy a regocijar con ese cachito de recuerdo de mi infancia. Salud y hasta la próxima. ¡Viva Perón, carajo!

-Juan Carlos Serqueiros-



martes, 23 de diciembre de 2025

LA SERENATA DEL DIABLO


Escribe: Juan Carlos Serqueiros

He jugado al truco con el Diablo y siempre me ha ganado. La cuestión con el diablo y la muerte para mí siempre fue un divertimento. Desde que era muy chango hice, por ejemplo, coplas a la muerte y al Diablo le he cantado truco. (Ariel Petrocelli)

A Ariel lo conocí en un asado y me pareció un loco divino. (Daniel Toro)

"La serenata del diablo" es una canción en estilo y ritmo de retumbo creada en 1965 por Ariel Petrocelli y Daniel Toro, con autoría y composición compartida por ambos —en el marco de una colaboración ya iniciada tiempo atrás, pues la primera obra que los dos artistas habían parido juntos data de 1958 y lleva por título “Para ir a buscarte”; un poema que Petrocelli había escrito y dedicado a su esposa Isamara (María Isabel Alegre), y al cual Toro puso melodía cuando contaba sólo 17 años.

LA SERENATA DEL DIABLO
(Retumbo) 
Letra y música: Ángel Ariel Petrocelli / Daniel Cancio Toro

El diablo danzarín
Emborrachó la luna.
Se fue por el confín
Del valle de las dudas.
Dejó su cascabel
Abierto el remolino
Y un gallo de papel
Que azufra con su trino.

¿Por qué me dicen el mal
Si del bien no se habla?
Soy el cantor del alcohol
Garganta de lobo.
¡Deja que sienta tu lumbre
Para quemar mi guitarra!

La novia fantasmal
Le dio una rosa muerta.
El cielo nocturnal
Cerró todas sus puertas.
La niña se murió,
¡No quiero cosas buenas!
Y no será de Dios,
Que ya lleva mi seña.

Hasta donde me es dable saber, es la primera canción popular argentina (si alguien lee esto y conoce otra, por favor arrime el dato así nos enriquecemos todos) que encara la "protesta", la "queja", del diablo por ser considerado EL mal, e incluso (si se lo quiere ver así) lo dionisíaco vs. lo apolíneo: "¿Por qué me dicen el mal si del bien no se habla? / Soy el cantor del alcohol, garganta de lobo. / ¡Deja que sienta tu lumbre para quemar mi guitarra!".
Imaginemos lo magnífico de aquel movimiento musical y poético surgido en Salta, en el contexto de toda aquella bohemia creativa argentina que eclosionó en los sesenta; que tendrían que pasar nada menos que... ¡tres décadas! hasta que el Indio Solari retomara, en 1996, la temática del Diablo en "Luzbelito". Y es que ponerse en el lugar del demonio, como lo hacen Petrocelli y Solari, adquiriendo la función de exégetas suyos es, desde el vamos, heroico, porque desde luego, no es tarea sencilla y además; entraña serios riesgos.
La hermosa versión de Daniel Toro cantando como solista con eximio acompañamiento de guitarra a cargo de Juan Carlos Barrionuevo, fue grabada en 1968 para el sello Music Hall en el Larga Duración “Canciones para mi tierra” que la incluye como track n° 12 y es, sin dudas, magistral.



Pero no menos maravillosa es la interpretación de Los Tucu Tucu, quienes allá por 1966 la grabaron para la discográfica Polydor dos años antes de que lo hiciera el propio Daniel Toro, y fueron quienes convirtieron esa canción en una creación cuasi propia (o, si lo prefieren, sáquenle el cuasi). El long play “Los Tucu Tucu cantan al corazón de la tierra”, con la mejor para mi gusto, claro de sus formaciones: Héctor “Gringo” Bulacio, Ricardo Romero, César “Coco” Martos (quien años después integraría Los de Siempre junto a Daniel Altamirano y Julio Sáenz) y Carlos “Chango” Paliza es, sin vueltas, un disco de antología.



¡Que disfrutes de esta música de ensueño y hasta la próxima!

-Juan Carlos Serqueiros-


sábado, 21 de junio de 2025

DONDE ARDE EL FUEGO NUESTRO

















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Una canción debe ser como un pájaro, y ese pájaro tiene que llamar la atención de la gente. Pero cuando la gente se le aproxime, el pájaro deberá volar; ni tan lejos como para perderse de vista, ni tan cerca como para que pueda ser capturado fácilmente. (Rubén Lena)

DONDE ARDE EL FUEGO NUESTRO
(Canción, letra y música de Rubén Lena)

Cuerpo a cuerpo con la luz,
la soledad en pie,
duele en el aire.

Porque la patria es patria
de la voz y el silencio,
porque patria es la casa
donde arde el fuego nuestro.

Muerte, cuídame,
porque sin mí
tú te mueres.

Luminosa sombra de
leve, eterno perfil,
toca y no toca.

Porque la patria es patria
de la voz y el silencio,
porque patria es la casa
donde arde el fuego nuestro.

Muerte, cuídame.

Esta bellísima y sentida canción trascendió a partir del momento en que fuera versionada por Los Olimareños, dúo oriental integrado por José Luis Pepe Guerra y Braulio López, que en 1978 la grabó en Barcelona, y ese mismo año la editó en México para el sello Fotón en el álbum que lleva precisamente como título Donde arde el fuego nuestro.


Al año siguiente, el disco fue editado también en España por el sello Auvi.


Y habría que esperar hasta 1984, año ese en el cual por fin, Donde arde el fuego nuestro fue editado en Uruguay por el sello Ceibo, y en Argentina (en formato cassette) por el sello Interdisc.





Su poética está referida a los muertos y desaparecidos durante la tiranía militar en Uruguay: un exiliado vuelve a su patria, a la cual percibe ahora como hecha "de voz y silencio" (las voces de protesta y el silencio final de quienes las alzaron y ya no están), y entonces, ante la falta de ésos; ve a la soledad "en pie". Y lo de "muerte cuídame..." está ligado al concepto hermético de "como es arriba es abajo”, etc.: si la vida acaba; también muere la propia muerte, porque se perdería el contraste entre existencia física y el fin de ella. La muerte sólo existe si tiene una vida a la cual oponerse; si esa vida termina, ya no hay oposición entre ella y la muerte.
En síntesis, “Donde arde el fuego nuestro” habla de los dos universos: el material, real, digamos; y el álmico, y de lo que para el Rubito Lena representa la patria, esa que está dentro suyo y a la cual concibe como el hogar donde arde su fuego, es decir su entidad inmaterial, su Ser.

-Juan Carlos Serqueiros-