lunes, 27 de abril de 2026

CUANDO CANTE EL GALLO AZUL































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

¡No abandones tus sueños, no traiciones tu destino! (Washington Benavides)

La maxixa es un género musical brasilero. Se trata de... cómo explicarlo… una especie de polca tangueada en ritmo de 2 x 4, digamos. Dentro de la forma maxixa, me gusta mucho esta en especial: "Cuando cante el gallo azul", escrita a fines de los años setenta por el oriental tacuaremboense Washington Benavides (Washington Benavídez Aliano en el documento de identidad) y aplicada a una melodía popular de autor anónimo recopilada por el acordeonista intuitivo (y de oficio taxista pa’ ganarse el mango) Bolívar Pérez, tacuaremboense también, claro está (más precisamente, de Pueblo de los Cuadrados). Y qué quiere usted… no por nada Tacuarembó es, sin dudas, la capital uruguaya de la polca, la mazurca, la ranchera y la maxixa.

CUANDO CANTE EL GALLO AZUL
(Letra: Washington Benavides – Música: recop. de Bolívar Pérez)

Fue por Cañas que encontré
en un rancho entre las sierras
la moza tierna que canto yo.

Era fiesta familiar,
cumpleaños de la moza,
mejor que rosa era esa flor.

Ondulaba el acordeón
una maxixa liviana
y daban ganas de al baile entrar.

Yo le dije: —¿Me permite?
Y ella dijo: —¡Como guste!,
—¿De usted es el “cumple”? —pude atinar.

—¿Vino de la ciudad?
—Vine de Tacuarembó.
—¿Sólo por verme a mí…?
—Su humilde servidor.
—¿Se marchará de aquí…?
—Cuando cante el gallo azul.
—¿Y allá me olvidará…?
—¡Que no vea más la luz!

Más la vida me llevó
por campos desconocidos,
llegó el olvido, todo llevó.

Acampé en Cebollatí
y dormí por la frontera,
la brasilera me acompañó.

Ahora quiero recordar
a la moza de ojos pardos,
en aquel rancho blanco y azul.

Y "doblao" junto al fogón,
ni su fogata me alumbra,
vivo en penumbras, cargo mi cruz.

La letra —tragicómica, con ribetes que van desde lo festivo y anecdótico hasta lo melancólico y desdichado— gira en torno a un errabundo buscavidas de mil oficios que seduce a una cumpleañera comprometiéndose a no abandonarla nunca.
La cosa comienza cuando el hablante lírico de la poesía llega a un pueblito rural: Cañas (también conocido como Poblado 33, pues se dice que tal era el número de viviendas —ranchos— cuando principiaba la conformación del caserío), situado en el departamento de Tacuarembó, a cincuenta kilómetros de la ciudad de ese nombre. Atraído por la música celebratoria, él pide permiso para entrar al baile (“Yo le dije: —¿Me permite?”), el cual es inmediatamente concedido ("Y ella dijo: —¡Como guste!”), revelando, de paso, el deseo complaciente de la moza. Trascartón, el diálogo entrambos delata el interés mutuo, obviamente sexual en el caso de él; romántico y ensoñador en el de ella, quien suponiéndolo procedente de Montevideo (ciudad a la cual considera epítome de lo urbano), recelosa le pregunta: “¿Vino de la ciudad?”. Él, en procura de aventar sus prevenciones, le miente: “Vine de Tacuarembó”, afirma como queriendo decir “no desconfíe ni sospeche de mí, que soy paisano de acá nomás”. Entre asombrada y halagada, en el colmo de la candidez, ella interroga: “¿Sólo por verme a mí?”; obteniendo como contestación un obsequioso “Su humilde servidor”. No obstante, ella todavía alberga dudas y entonces se anima a esbozar lo que indefectiblemente habrá de acontecer: “¿Se marchará de aquí…?”, “¿Y allá me olvidará…?”, lo cual él se apresura a descartar con un tajante: “Cuando cante el gallo azul” (equivalente a decir “cuando las vacas vuelen” o “cuando los chanchos chiflen”, expresiones usuales para graficar coloquialmente aquello que nunca ha de ocurrir), refrendado enfáticamente con un “¡Que no vea más la luz!” (si llegase a incumplir la promesa de permanecer a su lado). Finalmente, la moza cede a los requiebros amorosos y galantes, y así se consuma ese romance condenado de antemano a ser efímero, porque es un amor acotado a una noche o a lo sumo a un breve lapso.
Y el chabón se va, retoma su condición de impenitente andariego, pero no haciéndose cargo de eso que está en su índole: su afán trashumante; sino achacándolo a una fuerza fatalista, es decir el destino, el azar o como queramos llamarlo: “Más la vida me llevó / por campos desconocidos”, señala auto absolviéndose como si la circunstancia de marcharse fuera ajena a su deseo, algo que inevitablemente acaeció sin que su voluntad tuviera que ver en ello. Así, más temprano que tarde echa al olvido a la moza que otrora lo había encandilado con su belleza (“llegó el olvido, todo llevó”) y pasa a narrar sucintamente a través de atisbos y con sugerencias más o menos implícitas, los avatares por los que discurrió su existencia nómade, sin vínculos perdurables y sin amor: “Acampé en Cebollatí”, consigna escuetamente para indicar que allí ofició de taipero en los arrozales y de pescador en el río de ese nombre. Y a continuación, señala su incursión por la frontera uruguayo-brasilera (“y dormí por la frontera”) e incluso llega a “confesar” que desempeñó una actividad non sancta, reñida con la legalidad: contrabandear caña, esto es, aguardiente, desde el Brasil (“la brasilera me acompañó”).
Después de evocar sentida, melancólicamente, aquel romance nictémero con la joven cumpleañera de Cañas (“Ahora quiero recordar / a la moza de ojos pardos, / en aquel rancho blanco y azul”); sobreviene el desenlace aciago, nefasto, dramático: se queda ciego (“Y doblao junto al fogón, / ni su fogata me alumbra, / vivo en penumbras, cargo mi cruz”). Y entonces resulta ineludible vincular la desgracia que sufre el chabón, con su incumplida promesa de consecuencia en el amor que antaño formulara en aquel rotundo “¡Que no vea más la luz!” que más le hubiera valido abstenerse de espetar, ¿no? Digo, no soy nada supersticioso, pero por las dudas; mejor no llamar al infortunio.
“Cuando cante el gallo azul” adquirió extraordinaria popularidad a partir de la magistral interpretación a cargo del dúo Larbanois & Carrero, editada en 1978 por el sello discográfico Sondor en el vinilo “Amigos”.



Invito a usted, mi querido amigo lector, a escuchar esta grabación en vivo y disfrutar del grandioso cantar de Mario Carrero, una de las mejores voces del folclore rioplatense, y de la cátedra de guitarra con que en tanto virtuoso concertista, tiene a bien obsequiarnos ese verdadero mago de la viola que es Eduardo Larbanois.


¡Hasta la próxima!

-Juan Carlos Serqueiros-

No hay comentarios:

Publicar un comentario