jueves, 23 de octubre de 2014

ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE LA HISTORIOGRAFÍA DEL PARAGUAY. TERCERA PARTE

















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

A aquellos que han apagado los ojos del pueblo, reprochadles su ceguera. (John Milton)

Decía, retomando la ilación, que en 1863 Francisco Solano López encaró la revisión de la historia paraguaya. La tarea se la encomendó, como consigné precedentemente, al austro-húngaro Franz Wilhelm Edgar von Morgenstern, sobre la base del repositorio que a instancias de Carlos Antonio López había reunido y organizado desde 1855 José Falcón, y los relatos orales de los paraguayos que aún vivían de entre quienes habían conocido al Dictador Perpetuo. Los cuales por otra parte eran cada vez menos, porque al fin de cuentas, morir es una costumbre que sabe tener la gente (Jorge Luis Borges dixit); debido a ello -si quería contarse con esos testimonios-, ya era llegada la hora de apurar el trámite.
¿Por qué no acometió el viejo López la cuestión en lugar de dejarla a quien lo sucediera en el gobierno? No pudo, tan simple como eso. A la muerte del doctor Francia en 1840, no habían ni diarios, ni libros, ni quienes pudieran escribirlos; y muchísimo menos había un historiador capaz de narrar el pasado más reciente (salvo el mencionado José Falcón, pero a éste se lo necesitaba en el ministerio y además; ya estaba sobrecargado de trabajos con la actividad extra que le demandaba el archivo).
No obstante, comisionó para ello al coronel belga Alfred Du Graty, quien en 1862 editó en Bruselas su Le Rèpublique du Paraguay, en el que hacía el panegírico del gobierno de López e instaba a sus compatriotas a dirigirse al Paraguay como inmigrantes. Es menester aclarar que hacía apenas cuatro años había publicado en París, a expensas del gobierno argentino -al servicio del cual estaba por entonces-, su Le Confederation Argentine, en el que calificaba de "déspotas" tanto al doctor Francia como a López, el mismo a quien en 1862 reputaba de "magistrado inteligente e instruído". No puede incluirse lo de Du Graty en la historiografía (lo cual es admitido por él mismo con sus propias palabras: "eminentemente práctico, sin pretensión ninguna de hacer una obra literaria o científica"); lo suyo era publicitario, destinado a difundir en Europa ambos países, y él era simplemente un profesional, un mercenario que actuaba en función de quien le pagase; antes era Urquiza y ahora ("ahora" en 1862, me refiero) López.  
En cambio, Francisco Solano López necesitaba hacerlo. No tenía nada que temer en el frente interno, porque era el suyo un régimen despótico y arbitrario en el cual no cabían ciudadanos, sino sujetos sociales sometidos por completo a un poder que se ejercía sin limitaciones, no se admitía más pensamiento que el sustentado por el gobierno ni se toleraba objeción alguna (y si no, que lo digan los pocos que osaron oponerse a su designación como presidente en aquella parodia de congreso "convocado" a ese fin, a los cuales hizo encarcelar); pero igual le era precisa la construcción de un relato histórico que, a la par que instalase en el imaginario colectivo una continuidad (ficticia, tal como consignaré más adelante) entre su propio gobierno y la dictadura del doctor Francia; le sirviera para rebatir las fuertes críticas que se le hacían desde el exterior.
Von Morgestern se aplicó a cumplimentar admirablemente el encargo, pero resultó (quizá inconscientemente y por estar libre de prejuicios, dada su condición de extranjero) ser más amigo (al menos, por entonces) de la verdad histórica, que lopista.
Franz Wilhelm Edgard Wisner von Morgenstern, ingeniero militar, cartógrafo e historiador, nacido el 31 de julio de 1804 en Szaszowa, Hungría, tuvo una vida de leyenda. Se vio envuelto en un escándalo -se dijo que de pederastia- y tuvo que huir de la corte de Viena, recalando en el Brasil. Allí conoció al general José María Paz y se integró como oficial al ejército que éste había formado para combatir al gobierno de Rosas desde Corrientes. Tras la derrota de Paz, se radicaría definitivamente en el Paraguay. Vuelto al favor de los López después de haber caído en desgracia al involucrarse en un negociado de armas con los brasileros, se le confiaron importantes obras de fortificaciones militares y se le encargó escribir la historia del período francista. Finalizada la guerra del Paraguay contra la Triple Alianza, cumplió funciones munícipes en Asunción y fue designado al frente de la Oficina de Inmigración. Falleció mientras realizaba prospecciones mineras en el Alto Paraná, el 12 de mayo de 1878.
El prolijo trabajo que había efectuado José Falcón en las recopilación y clasificación de documentos, lo ayudó mucho en su tarea, y su fino intelecto y la aguda percepción que tuvo para captar y relatar, adecuada y verazmente, un pasado histórico que, al no ser remoto, traía la dificultad adicional de la falta de una perspectiva que sólo puede dar el tiempo, hicieron el resto. En el transcurso de 1864 (año en el que también se produjo, casualmente, su ascenso a coronel), Von Morgenstern había concluído el manuscrito de lo que sería su libro El Dictador del Paraguay, José Gaspar Francia, en el cual narraba ese período con objetividad. Pero ocurrió que cuando iba a publicarse el mismo, estalló la guerra entre el Paraguay y la Triple Alianza, con lo cual el tema quedó más que pospuesto; olvidado, incluso hasta por el mismo Von Morgenstern. Ya bien entrado el siglo XX, su manuscrito fue re descubierto y a partir de eso sí pudo editarse al fin el libro, pero recién en 1923.
Un espíritu como el de López (el hijo, digo) instalado en una autocracia, indefectiblemente debía tender a crear un epos allí donde no lo había. El relato fundacional de una nación que hasta entonces era todavía comunidad, pueblo; se le convirtió en una obsesión. Para la culminación del proceso identitario, tenía una lengua autóctona y distintiva: el guaraní; pero a esa patria que anidaba en su psique le faltaban los patres, los héroes (entre los cuales -daba por descontado- estaba él mismo, por supuesto), y asimismo; le restaba aún fijar en la memoria colectiva la narración de las hazañas primigenias. Poco o nada le interesaba a López la historia, eso vendría después, cuando llegase el momento de hacer de las glorias que esperaba alcanzar, el basamento de la historia: la del líder esencial, es decir, la historia de sí mismo; de manera que por entonces, le bastaba con literatura "histórica" como sucedáneo (en tanto y en cuanto reflejara lo que quería que reflejase: el mito tal como él lo concebía, claro).
Truncada que fue en 1870 la proyección de ese epos allende las fronteras, con el triunfo de los aliados en el conflicto bélico y la pérdida para el Paraguay de casi el 80% de su población; se estableció un modelo impuesto -y al principio, controlado- por Argentina y Brasil, el cual se basaba en la atracción de inmigrantes desde Europa y el aporte de capitales desde el exterior. 
Lo primero fracasó desde el vamos: el censo de 1900 arrojó que la población total había trepado de los aproximadamente 220.000 habitantes que habían quedado después de la guerra, hasta 635.000; de los cuales sólo 20.000 eran extranjeros y de éstos, más de la mitad eran argentinos y brasileros, siendo el resto europeos. En cuanto al flujo de activos financieros, al no poder cumplirse con los servicios de la deuda contraída por empréstitos que se tomaron de la banca inglesa, el mismo cesó más rápido de lo que había tardado en llegar. Ante esa situación, se recurrió al peor de los "remedios": vender la tierra pública. La sola actividad económica era el cultivo y exportación de yerba y tabaco, con lo cual el único ingreso fiscal era el constituído por los gravámenes a dicha comercialización. Era un país pauperizado, el atraso y la miseria reinaban por doquier y la corrupción, flagelo habitual desde los tiempos de la independencia y que sólo había encontrado un freno durante el gobierno del doctor Francia, quien logró erradicarla; había vuelto con los López, quienes se enriquecieron (ambos, pero especialmente Francisco Solano) notoriamente durante sus gobiernos, recrudeció a partir de la posguerra, tornándose la regla corriente. En ese contexto nacieron los dos partidos políticos del Paraguay: el 10 de julio de 1887, el Centro Democrático, que a partir de 1890 sería el Partido Liberal; y el 11 de setiembre de 1887, la Asociación Nacional Republicana o Partido Colorado.
El fracaso del modelo configuraba un statu quo agobiante, en el que la desesperanza llevó a que algunos buscaran, a través del análisis del pasado y de las figuras históricas que lo habían protagonizado (y regido), la explicación a los males de ese presente.
En la próxima entrega de este artículo veremos, estimado lector, cómo nació el proceso de la historiografía nacional del Paraguay.

Continuará


lunes, 13 de octubre de 2014

ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE LA HISTORIOGRAFÍA DEL PARAGUAY. SEGUNDA PARTE






















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

De estas escorias se nutren las historias, las novelerías de toda especie, que escriben los tordos-escribas tardíamente. (Augusto Roa Bastos)

El Francisco Solano López que asumió el gobierno del Paraguay en 1862 era en buena medida la resultante de su viaje a Europa como embajador plenipotenciario, que había realizado por disposición de su padre en 1853. 
Convencido de que la transformación de su país (que en su concepto estaba concatenada a lo de perpetuar su régimen de modo de hacer del Paraguay una nación gendarme, celosa custodia de lo que él consideraba el equilibrio en el Plata) implicaba no sólo la modernización del estado y sus estructuras; sino también el "conocimiento de su pasado" (entendido como la instrucción e instalación de un relato histórico amoldado a los criterios dogmáticos que se querían difundir, esto es, la conquista y colonización españolas -con Asunción como madre de ciudades y eje central, desde ya- y la imbricación del lopismo al período revolucionario-independentista-francista desde 1811 hasta 1840); ya en 1863 encargó a Von Morgenstern (quien había sido, a instancias del viejo López, reincorporado al ejército y restituido a la confianza de Francisco Solano en 1854) la tarea de reescribirla. 
Pero había un problema: la etapa del doctor Francia (click en este ENLACE para acceder a mi artículo Luces y sombras de Francia). 
En general, poco se sabía en el mundo acerca del Paraguay, pero muchísimo menos aún se conocía sobre la historia transcurrida a partir de su revolución y autonomía en 1811, etapa esta a la cual se denominaba en bloque de una sola manera, como un rubro único: tiranía; para luego hacer la pretendidamente detallada crónica en la que se narraban los horrores ya sea verdadera o supuestamente cometidos por el Dictador Perpetuo, doctor José Gaspar Rodríguez de Francia. La historiografía disponible hasta esos momentos era en su totalidad debida a extranjeros, quienes en algunos casos efectivamente habían vivido en el Paraguay y en otros ni siquiera eso; pero casi todos coincidían en la condena y execración del tirano. Veamos:
El primer antecedente era un muy extenso artículo (de cuyo autor no se consignó su nombre), bastante apologético, de un diario inglés: The Morning Chronicle, que bajo el título Paraguay se había publicado en 1825.
Después, en 1828, dos médicos suizos: Johann Rudolf Rengger y Marcelin Longchamp, quienes habían estado en ese país entre 1819 y 1825, escribieron en 1827 y editaron en 1828 en París, su obra titulada Ensayo histórico sobre la revolución del Paraguay.

En realidad, el narrador fue sólo el primero, pero ambos se habían puesto de acuerdo (y así lo aclara Rengger en el libro) sobre lo que publicarían, y por ello, la autoría se firmó en conjunto. Fueron quienes inauguraron la leyenda negra sobre el dictador, a quien, desde una perspectiva más bien psiquiátrica, por llamarla de algún modo, describieron como un tirano hiponcondríaco y paranoico quien sufría frecuentes accesos de demencia, exacerbados por el calor y el viento norte, y quien en su locura (la cual tendría, según afirman ellos, los antecedentes familiares de un hermano encerrado por loco y una hermana que también lo había estado), implantó el miedo en una sociedad en la cual campeaban la miseria e incultura y el atraso, y rompió todo vínculo entre sus integrantes. Enterado el doctor Francia del libro y su contenido, lo calificó en un periódico de Buenos Aires, El Lucero, en su edición del 21 de agosto de 1830, de "ensayo de mentiras". Ah, casi lo omito: el bueno de Rengger se "olvidó" de consignar en su "fidedigna obra histórica" una "minucia": la de que había pedido al doctor Francia dispensa para casarse con una damisela asuncena a la que cortejó tres años, a lo cual se negó el dictador; ya que regía en el Paraguay una ley que impedía los casamientos entre mujeres del país y extranjeros. ¿Será malevolencia mía el querer buscar en esa "involuntaria" omisión del suizo otra de las razones para su malquerencia?
En 1838, los hermanos escoceses John y William Parish Robertson, quienes habían andado (sobre todo el primero) por aquel país comerciando y habían conocido y tratado al dictador hasta 1815, publicaron Cartas sobre el Paraguay. El éxito de ventas del libro (es decir, el proverbial utilitarismo británico) los movió, trascartón, a editar en 1839 El reinado del terror del doctor Francia
Si Cartas podía, en algunos pasajes, resultar incluso hasta amena (siempre y cuando uno obviase toda pretensión de lectura histórica); El reinado era simplemente una novela gótica, una (mala) copia del Frankenstein o el nuevo Prometeo de Mary Shelley. Lo de los Robertson (otra vez: que no es historia sino literatura), nos pintó, en una imagen sin dudas estereotipada, la ficción de un monstruo abominable que bebía la sangre del pueblo paraguayo.
Otro escocés, Thomas Carlyle (quien no conocía, más allá de algún mapa, el Paraguay ni mucho menos sus gentes), escribió en 1843 El doctor Francia.

Para Carlyle -en un marco de absoluto desprecio suyo por la otredad- el doctor Francia era una especie de fenómeno natural, alguien que se producía inevitablemente dado el contexto: hubo un Francia porque no podía ser de otro modo; porque no podía no haberlo, digamos. Alguien electo dictador en un congreso de patanes "que no sabían distinguir la mano derecha de la izquierda, que bebía inmensas cantidades de ron en las tabernas (?) y sólo tenía un anhelo: el de volver a montar a caballo camino de la chacra y la cacería de perdices. Los militares fueron los que apoyaron a Francia, porque el ladrón de palladiums constitucionales había logrado ganárselos". Lo comparaba con Dionisio de Siracusa y lo situaba entre "los grandes hombres de América del Sur", a la par que lo consideraba como diferente.
Ahora debo mencionar a Alfred Demersay, un médico y naturalista francés miembro de la Commission Centrale de la Société de Géographie que estuvo en el Paraguay desde 1844 (en realidad, en diciembre de 1844 se embarcó; pero a ese país llegó, luego de tocar primero en Río de Janeiro, en los primeros meses de 1845, es decir, más de cuatro años después de la muerte del dictador), hasta 1847. A intervalos y desde 1860 hasta 1864, publicó en París su Histoire physique, économique et politique du Paraguay, obra en dos tomos más un Atlas con dos mapas y catorce ilustraciones a color hechas por él mismo.
La última parte de esta obra de Demersay es su historia política del Paraguay, la cual narró a partir de la conquista española y concluyó con el análisis que hizo del gobierno del doctor Francia y el que subsiguió a éste, es decir, el de Carlos Antonio López. 
Claro que era la suya la hermenéutica emanada de los paradigmas de un médico y naturalista a mediados del siglo XIX, con lo cual era una interpretación hecha desde el cientificismo de la época: la frenología gallista y el determinismo biológico. Así, atribuyó al clima, la raza y la alimentación de la población paraguaya las razones para la docilidad extrema que en ella creyó percibir, y fundamentó en todo eso su sumisión prolongada durante veintiséis años a un régimen despótico, arbitrario y absolutista, condiciones estas que le adjudicó tener al del doctor Francia; a quien reputó como un tirano sanguinario, impiadoso, complacido en su crueldad y empeñado en imitar a Napoleón hasta caer en el ridículo, pero no exento de una buena dosis de astucia e inteligencia. 
Por otra parte, entiendo menester aclarar que a la imaginación de Demersay se deben nada menos que todos y cada uno de los retratos que existen del dictador; ya que fue el francés (que era un dibujante extraordinariamente hábil a la hora de captar y representar las fisonomías de los personajes históricos que reprodujo en sus ilustraciones: Juan Manuel de Rosas, José Gervasio Artigas, Aimé Bonpland y Carlos Antonio López, entre otros) el primero en crear la imagen del doctor Francia desde la cual se pintaron todas las demás que de él se han hecho. Se me dirá: "¿Pero no era que Demersay no conoció al dictador y además, sabido y comprobado es que éste nunca se dejó retratar por nadie?". Responderé que en efecto es así; pero ocurre que la explicación a eso nos la dio el mismo Demersay en su libro, en el cual declaró que tomó como modelo a Petrona, la hermana del doctor Francia, la cual según ella misma era muy parecida a éste y quien accedió a posar; limitándose luego Demersay a darle al rostro la expresión que infería correspondiente con la índole y el carácter que él mismo le había asignado al dictador y las descripciones que de éste habían hecho quienes le conocieron. De allí entonces los ojos negros y profunda, terriblemente escrutadores; la frente prominente, el rictus de adustez, los finos labios contraídos en una mueca de fría, inexorable crueldad, en suma; el rostro de alguien deleznable en la maldad ominosa de su psique. Ese es entonces, el retrato que muchos, aún hoy, creen que es el del doctor Francia y que no lo es, o que por lo menos, es uno que lo representa... pero no tal como era; sino como se figuró Demersay que era.


Además, el científico francés no se limitó a condenar la etapa francista, sino que claramente consignó que, tal como él lo veía, tras la muerte del dictador en 1840; el Paraguay continuaba gimiendo bajo otro poder poco más o menos tan despótico como el suyo: el de Carlos Antonio López, a cuyo gobierno consideraba también una dictadura oprobiosa.
En la tercera parte de este artículo, estimado lector, veremos cómo siguió la cuestión que hemos abordado.

Continuará


viernes, 10 de octubre de 2014

ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE LA HISTORIOGRAFÍA DEL PARAGUAY. PRIMERA PARTE


























Escribe: Juan Carlos Serqueiros


¿Por qué olvidar que en 1852 sabíamos tanto del Paraguay como del interior de la China? (Juan Bautista Alberdi) 

Si uno no considerase (tal como corresponde hacerlo, sin dudas) la condición previa de una evolución gradual de la sociedad paraguaya que la condujese al pleno goce de las libertades y los derechos individuales; seguro calificaría de paradójico que el ocuparse del conocimiento de su historia haya debido esperar hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XIX y que obedeciera más a la necesidad de los gobiernos de los López de responder a las críticas que desde el exterior se les hacían y tratar de refutarlas; antes que a un convencimiento propio y razonado de que encarar el asunto resultaba ya impostergable. Veamos:
Carlos Antonio López, enfurecido porque Rosas se negaba a reconocer la independencia paraguaya, había celebrado, a fines de 1844, un tratado de comercio con la provincia de Corrientes (prolegómeno de la guerra que declaró a Rosas a fines de 1845) y enviado un ejército de 4.000 hombres a las órdenes de su hijo (a quien había nombrado coronel a los 18 años) a "auxiliar" a José María Paz, quien era a la sazón, el jefe del ejército de Operaciones (y quien calificó a la columna paraguaya de "masa informe con la que no se puede contar por el momento; sin instrucción, sin arreglo, sin disciplina e ignorando hasta los primeros rudimentos de la guerra"). Encima, varios oficiales paraguayos, influenciados por la propaganda liberal y de constitucionalismo, tramaron un complot para derrocar a López a su regreso a Asunción.
Derrotada por Rosas a través de Urquiza la intentona paraguaya, Francisco Solano López escapó a su país con sus fuerzas y lo mismo hizo Paz con toda su oficialidad, entre la cual se encontraba un mercenario austro-húngaro: Franz Wilhelm Edgar Wisner von Morgenstern. Recordemos este nombre, pues como veremos más adelante; tendrá relevancia en el tema que tratamos. Estos últimos (Paz y sus oficiales, digo), luego se refugiaron en el Brasil. 
Por su parte, Carlos Antonio López buscó adquirir armas al imperio, y a mediados de 1849 volvió a las andadas contra la Confederación Argentina y puso a von Morgenstern al frente de un ejército de 6.000 hombres. Su plan se trataba, a la par de hostilizar a Rosas; de mantener abierta la antigua línea comercial entre Itapúa (la actual Encarnación) y San Borja (la actual São Borja), en las Misiones. Se sucedieron entonces los actos de depredación, incendios y saqueos cometidos por los paraguayos en el puerto de Hormiguero y en Santo Tomé, y la ocupación de Tranquera de Loreto (que era el límite entre las Misiones y la provincia de Corrientes, donde hoy está la ciudad de Ituzaingó, y de Trinchera de San José (la actual ciudad de Posadas). Finalmente, los latrocinios cometidos por los propios paraguayos, fueron los que esterilizaron el comercio que se proponía López. Pasó que éste se dejó llevar por von Morgenstern y sus socios brasileros: el encargado de negocios en Asunción, Pedro de Alcântara Bellegarde, y un diputado apellidado Fernández Chaves, quienes por una jugosa comisión en la venta de armas, habían "asesorado" a Don Carlos en el sentido de que iba a declararse la guerra entre la Confederación Argentina y el Brasil. Al percatarse de la gaffe que había cometido, López mandó a su hijo Francisco Solano a tratar de enmendarla (éste destituyó a von Morgenstern, quien se radicó en Itapúa, dedicado a la actividad forestal; ya lo veremos reaparecer en escena), e intentó, paralelamente, conciliar un tratado con Rosas quien, harto de las trastadas del paraguayo; se limitó a ignorarlo e hizo dictar una ley autorizándolo a reincorporar al Paraguay por la fuerza, lo cual finalmente no se produjo, porque su gobierno cayó en Caseros. El 17 de julio de 1852, la Confederación Argentina reconoció la independencia del Paraguay; pero los conflictos debidos al desacuerdo por los límites, continuaron. 
En ese marco, el primer antecedente relativo a la cuestión de la historiografía paraguaya, se dio a mediados de 1857. Un sector de la prensa de Buenos Aires, con el periódico El Orden a la cabeza, se embarcó en una tenaz campaña de denuestos contra el gobierno lopista, a la par que de encendida defensa de la libre navegación por el Alto Paraguay, y dando inclusive sitio en plana destacada a una serie de Cartas dirigidas al presidente Carlos Antonio López por parte de un paraguayo exiliado en Buenos Aires: Luciano Recalde, con prólogo y comentarios de Sarmiento.
A Recalde salió a responderle, en favor del lopismo, en las páginas de La Reforma Pacífica que dirigía Nicolás Calvo; otro paraguayo residente en Buenos Aires: Juan José Brizuela, quien además editó, en la imprenta de dicho periódico, no tanto un libro sino más bien un folleto escrito en parte en prosa y en parte en verso, bajo el extenso título "Ojeada histórica sobre el Paraguay, seguida del vapuleo de un traidor, dividida en varias azotainas administradas al extraviado autor de las producciones contra el Paraguay conocido vulgarmente por el nombre Luciano el sonso" (sic) (cursivas mías).
Es menester aclarar también que en el asunto intervenían, aparte del enfrentamiento político - ideológico en sí (Recalde formó parte principal de la llamada Sociedad Libertadora del Paraguay, opositora al gobierno de su país; y Brizuela integraba el staff de los López desde los tiempos de la gira europea de Francisco Solano -incluso hay quienes sostienen que fue amante de Elisa Lynch en París y que fue él, cuando se cansó de disfrutar de sus "favores", quien se la presentó después a aquél; pero se trata de algo que no está comprobado y que posiblemente sea sólo un chisme usado como dicterio-), intereses vinculados al comercio de la yerba mate.
Al morir Carlos Antonio López en 1862, le sucedió en el gobierno su hijo, Francisco Solano. Será materia de otro artículo abordar el asunto de esa presidencia hereditaria y las supuestas (o no) intenciones de este último de implantar posteriormente una monarquía y de cuánto hay de verdad o de mito en las gestiones que tendientes a ese efecto llevó a cabo en distintas cortes de Europa; por ahora quiero ceñirme a la cuestión de la historiografía paraguaya y qué hicieron los López al respecto. 
Ya hemos visto lo del padre; en la próxima entrega, estudiaremos qué actitud adoptó el hijo en relación al tema que nos ocupa hoy.

Continuará


domingo, 7 de septiembre de 2014

PONCHO VERDE. ENTRE LA HISTORIA, LA LEYENDA Y EL MITO



Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Que uno a veces dice cosas / de a dieces como de a cientos / y a'nde quiere fantasiar, / le va poniendo el acento. (José Larralde)

La ira es una locura de corta duración. (Horacio)

El arroyo Poncho Verde serpenteante y correntoso, / que a los pies del parque Mitre manotea el Paraná, / lleva el nombre de un paisano atrevido y receloso, / según cuenta en su lenguaje algún cambá. (Isidro Luciano Prado)

Cuentan que en 1810 llegó a la ciudad de Corrientes para afincarse en ella, un paisano proveniente de las Misiones, apellidado Ponccio o Ponchio, acerca del cual corrían mentas de su ingenio y valentía, y quien prontamente se integró a las milicias de la provincia, formando parte, con el grado de alférez, de las tropas que marcharon con Belgrano en la expedición al Paraguay dispuesta por la Junta de Buenos Aires. 
Regresado de la misma, después, ya en 1812, en el marco de los festejos de la ciudad por el segundo aniversario de la Revolución de Mayo, se lo promovió a sargento en mérito al coraje y a la audacia que había evidenciado en dicha campaña, distinción esta que el paisano celebró luego, a la noche, en un bolicho que quedaba en el hoy denominado barrio La Rosada, jugando al billar en medio de copiosas libaciones. Como había perdido en el juego, su mal talante, exacerbado por el alcohol que ingirió, lo hizo reaccionar ante el reproche airado del bolichero (un peninsular llamado don Ángel, enfadado porque Ponccio o Ponchio, borracho, había rasgado con la punta del taco el paño de la mesa); asesinándolo de una puñalada en el pecho. Tras cometer el crimen, arrancó el paño, y poniéndoselo a guisa de poncho, salió hacia un arroyo que por allí corría, perdiéndose entre la espesura de la vegetación de la orilla. Estuvo oculto muchos días, hasta que una partida de la guardia urbana lo ubicó y lo mató, pero no sin antes que a su vez; él abatiera a quien mandaba la misma: un sargento apellidado Piris. En el lugar donde cayó (la intersección de las hoy por hoy calle Hipólito Yrigoyen con la avenida España), su mujer y sus hijos clavaron una cruz. A partir de aquellos sucesos, los correntinos llamaron Poncho Verde al arroyo. Y eso es, en sustancia, lo que la tradición oral nos ha traído al respecto.
Supe andar mucho por Corrientes, y un día, regresando de visitar a un cliente que tenía sus oficinas en la avenida Poncho Verde (por debajo de cuyo asfalto corre hoy aquel arroyo), vine a enterarme de todo esto por lo que me contó el chofer del taxi que me llevaba. Tiempo después, en distintas circunstancias, pero siempre en Corrientes, volví a escuchar ese relato en tres oportunidades, con algunas variantes menores entre sí (el agregado de un dato por aquí, el cambio de un nombre por allá), pero esencialmente el mismo. El asunto me interesó y me propuse investigarlo.
Muchas horas pasé buscando y rebuscando en el Archivo General de Corrientes. El resultado fue: nada, ni una sola mención al suceso. 
Me extrañó, pero no me preocupé en demasía, porque inferí que los antecedentes del caso debían de haberse girado a la Junta, ya que por entonces el gobierno de Corrientes era sufragáneo del de Buenos Aires y en razón de ello; tendría que estar debidamente asentado en el Índice del Archivo del Gobierno confeccionado en 1860 por Manuel Ricardo Trelles con arreglo a la disposición emanada del ministro Carlos Tejedor. O de últimas, debería obrar en el Archivo General de la Nación, la documentación relativa al hecho. Pero otra vez fracasé, no pude hallar nada.
En principio, supuse que quizá se hubiera relativizado un asunto al que no se le asignase un grado de relevancia que ameritara su registro; pero más temprano que tarde me vi obligado a descartar esa idea, ya que sí se citaban hasta las cuestiones más menudas, como por ejemplo y entre otras muchas:

... Al Teniente Gobernador, remitiéndole una representación de D. Antonio Tomas Lopez sobre los obstáculos que esperimenta (sic) para el matrimonio que intenta contraer con Da. María del Tránsito Centurion... Al Comisionado de Mandisobí (sic), se le avisa quedar en estas reales cárceles el preso Gervasio Sequera. Al Defensor de Menores de Corrientes, dirigiéndole la instancia de Da. Francisca Paula Quiroz, relativa a la separación de su hermana Da. Dionicia (sic)... El Juez D. Francisco Portalea, instruye del escandaloso amancebamiento de las mugeres (sic) que espresa (sic) y consulta si seguirá la causa, por haber ocurrido ellas al Gobierno.

Así pues, vemos que nada quedaba sin registrarse. ¿Cómo, entonces, no había cita alguna acerca de un asesinato ocurrido en una ciudad que tendría por esa época a lo sumo cinco mil habitantes, perpetrado por alguien a quien se le atribuía haber sido nada menos que oficial de Belgrano, y contra un comerciante que, por más que se tratase de un bolichero; seguramente pertenecía a la que por entonces se reputaba como clase principal y sana del vecindario?
Por otra parte, el general Belgrano en su Autobiografía, al narrar la expedición al Paraguay, no menciona a un alférez Ponccio ni a ningún otro oficial; sino que simplemente escribe "algunos vecinos de Corrientes", de entre los cuales luego individualiza a Ángel Fernández Blanco y a Eugenio Núñez Serrano:

... Por la primera vez se me presentaron algunos vecinos de Corrientes y entre ellos el muy benemérito don Angel Fernández y Blanco a quien la patria debe grandes servicios y un viejo honradísimo, don Eugenio Núñez Serrano, que se tomó la molestia de acompañarme en toda la expedición, sufriendo todos los trabajos de ella sin otro interés que el de la causa de la patria. El teniente gobernador (nota mía: se refiere a Elías Galván, a quien la Junta había designado en reemplazo de Pedro de Fondevila) me describió haciéndome mil ofertas de ganados y caballos; aquéllos me alcanzaron en número de 800 cabezas, que era preciso dar dos por una, pues estaban en esqueleto; los caballos nunca vinieron, y sin embargo me escribió que nos había franqueado hasta 4.000. (sic)

Tenemos entonces que ni en el Archivo General de Corrientes, ni en el Indice del Archivo del Gobierno de Buenos Aires, ni en el Archivo General de la Nación, ni en las memorias del general Belgrano, se menciona a un Ponccio (ni Poncio, ni Ponce, ni Pons ni ninguna otra grafía parecida), ni se cita un hecho (ni luctuoso ni de ningún otro tipo, sea éste cual fuere) por él protagonizado. Forzoso me fue, consecuentemente, concluir en que todo se trataba de una leyenda. Sin embargo, el asunto seguía dando vueltas en mi cabeza; tenía la sensación de que había algo que yo no lograba asir ni comprender. Pero... ¿qué era?
Y un día, del modo más impensado, tuve la respuesta y adquirí consciencia de qué era ese algo: estábamos una mañana en Corrientes con mi esposa paseando con nuestra perra por el parque Mitre, precisamente donde el arroyo Poncho Verde viene a desaguar en el río Paraná, cuando de repente, lo vi.


Súbitamente, todo adquirió una prístina claridad. Allí estaban, límpido el cielo del criollismo, refulgente el sol del paisanaje; desde la noche de los tiempos me llegaba, bronco, aquel grito rebelde y glorioso de la revolución traído en sones de bravura añeja. Y allí estaban, en fin; todos los personajes de aquella leyenda, como fantasmas sacudiéndose el polvo del olvido. 
¡Cuán torpe e imbécil me había evidenciado al no entenderlo antes!
La historia, la leyenda y el mito, tratan de explicar el pasado. La primera, desde la heurística, y la leyenda y el mito, desde la tradición trasmitida de generación en generación a partir de un suceso determinado al cual se le agregan elementos imaginativos y/o fantásticos. Pero además, aplicados a un medio local (un país, una provincia, una ciudad, etc.), tanto la historia como la leyenda y el mito, tienen en común el propósito de fundar, cimentar, enaltecer y ostentar ante el resto del mundo, la pertenencia a ese medio local.
No me había quedado falta sin cometer, y por eso no lograba desentrañar el "misterio", misterio ese que yo mismo creé donde no lo había. En este caso, mi error original fue no haber acertado a situarme en tiempo, lugar y circunstancias, "pecado" en el que solemos incurrir (muchas veces, inconscientemente y a pesar de querer, desde la honestidad intelectual, evitarlo cuidadosamente) quienes nos abocamos a tratar de comprender y narrar la historia. Y todos los demás, habían sido la consecuencia lógica de esa falla. En mi zoncera presuntuosa quise analizar desde el rigor histórico a un personaje que debí haber notado de entrada que era de leyenda y al cual identifiqué como central en la trama de la misma, cuando estaba muy lejos de serlo. 
En síntesis, yo estaba meando a miles de kilómetros de un tarro que se hallaba en Tombuctú.  Por eso, en virtud de algún intrincado mecanismo de la inteligencia, al estar in situ, las fuerzas telúricas llevaron a mi espíritu a entender la cuestión.
La Revolución de Mayo no fue un acontecimiento al cual se adhirieron en masa todos quienes habitaban el territorio del virreinato del Río de la Plata; sino que existieron, en Buenos Aires y también en las demás ciudades y pueblos, marchas, contramarchas, vacilaciones y... oposiciones. Y Corrientes no fue la excepción, porque hubo en el seno de su sociedad una profunda división en torno a ello. Y allí está, como mudo testigo de aquellas disensiones, exhibida en una vitrina del Museo Histórico Provincial, la camisa ensangrentada de Félix Ponciano de Llano, español peninsular muerto a puñaladas por patriotas exaltados el 27 de mayo de 1812 por vivar a Fernando VII. Para quienes estén interesados en profundizar en esa temática, la misma está exhaustivamente tratada en un excelente libro de un muy concienzudo y prestigioso historiador correntino: el esquinense Dardo Ramírez Braschi, cuya lectura me atrevo a recomendar, titulado Patriotas y Sarracenos. La lucha revolucionaria en la provincia de Corrientes (1810-1812).
La leyenda de Poncho Verde es una alegoría precisamente a esa problemática, una metáfora que nos la ilustra a través de los distintos personajes que simbolizan las facciones en pugna. 
La tesis: el criollo Poncho Verde viene a ser así la exaltación del patriotismo, el alma misma de la correntinidad  en eclosión magnífica y enancada a una nacionalidad que se apresta a surgir, radiante, a partir del proceso revolucionario. Se lo pinta como proveniente de las Misiones, de modo de significar los derechos que se atribuía Corrientes sobre ellas, y como capaz de heroicidades y arrojos en la expedición al Paraguay, de manera de diferenciarlo claramente de los sarracenos que se habían soliviantado como consecuencia de la invasión paraguaya de abril de 1811 a Corrientes; y como osado, belicoso y corajudo, prendas esas que todo correntino que se precie, considera características suyas por antonomasia.
La antítesis es don Ángel, español peninsular, el sarraceno odioso contra el cual todo estaba permitido y justificado, incluso el asesinato. 
La síntesis es Piris, asimismo criollo, el que mata a Poncho Verde en quien ve la sinrazón, la falta de ley, el exceso, lo que es preciso encauzar (por eso es un arroyo) so pena de ahogarse en una revolución que, una vez conseguida la libertad que el sarraceno conculcaba; ha de dejar paso al imperio de un nuevo orden. Pero así como Piris acaba con Poncho Verde; él también debe morir en la demanda, y a manos de éste, pues su sangre, fundida con la del paisano y con la de don Angel, es la ofrenda que la tierra reclama para pacificar los espíritus alterados por las pasiones en conflicto. Y la mujer y los hijos de Poncho Verde simbolizan el pueblo, aliviado en su tragedia por la fe religiosa traducida en la cruz que clavan.
Hallé pues, la explicación que tan afanosamente había buscado, no obstante lo cual debía subsanar una omisión mía: no había consultado las actas capitulares del cabildo de Corrientes. ¿Y si después de todo, había en ellas alguna mención? Era muy improbable; pero tenía que estar seguro. Me decidí entonces a escribir a quien tuvo a su cargo, justamente en el Archivo General de Corrientes, organizar y catalogar los documentos que fueran recopilados por Manuel Florencio Mantilla, y quien es, además; Director de Investigación de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad Nacional del Nordeste: el doctor Dardo Ramírez Braschi, al que mencioné más arriba y quien, gentilmente, me confirmó que en efecto, tampoco él había podido hallar nada (y aprovecho para reiterar aquí el especial agradecimiento que oportunamente le expresé).
Lo de Poncho Verde es a la vez historia, leyenda y mito. Es historia por cuanto emana de eventos históricos reales y comprobados (adhesión de Corrientes a la Revolución de Mayo, Expedición de Belgrano, Invasión del Paraguay a Corrientes y luchas intestinas entre patriotas y sarracenos); es leyenda etiológica en tanto su construcción lleva el aporte de elementos que surgen de la fantasía popular y que fueron transmitidos sucesivamente a través de la tradición oral; y es mito histórico-cultural pues remite a un tiempo primordial y cumple con la condición de opuestos reconciliados en una síntesis superadora del antagonismo primigenio.
Poncho Verde es, además; folclore regional. Tanto así, que fue hecho chamamé, compuesto y registrado debidamente en SADAIC el 17 de julio de 1973 bajo el código 208042, a favor de Avelino Flores en la composición musical y de Isidro Luciano Prado en la autoría poética.
Y desde ahora, ya podrá usted saber, entonces, estimado lector, de qué le estarán hablando en Corrientes cuando le mencionen a Poncho Verde.
¡Hasta la próxima!

Imagen de portada: Octavio Gómez (1916-2014), "El Poncho Verde", óleo sobre tela, 1963

-Juan Carlos Serqueiros-


jueves, 28 de agosto de 2014

SARAH BROWN, LA CLEOPATRA DEL ESCÁNDALO. CUARTA Y ÚLTIMA PARTE





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros


ES CONTINUACIÓN DE SARAH BROWN, LA CLEOPATRA DEL ESCÁNDALO. PRIMERA, SEGUNDA Y TERCERA PARTES (ENLACE I, ENLACE II Y ENLACE III)

¿Será posible que una vez más el cuerpo fatal y maravilloso, la terrible gracia femenina, cause la conmoción del mundo? ¿Y que Helena se llame ahora Mlle. Manon o Sarah Brown? ¿Y que vaya a arder París, nuestro París de todos, por causa de una bacanal? (Rubén Darío)

Era esta que se hacía el poeta una buena pregunta, ¿no?
Aunque la perspectiva desde la cual Rubén Darío analizara por entonces esos hechos (de los cuales había sido testigo presencial) fuera (aún enrolado en el modernismo literario) la del romanticismo (porque ese "nuestro París de todos" era indudablemente indicativo de vivir -culturalmente, me refiero- en la ciudad luz que supo encandilar a Alberdi, Echeverría y demás jóvenes mayos); barruntó que algo más que una rebeldía estudiantil debía de haber tras los sucesos, y quiso transmitir esa sensación en sus artículos publicados por el diario argentino La Nación (era por ese tiempo corresponsal de dicho periódico). No consiguió develar las causas de lo ocurrido; pero estaba bien rumbeado. Y su sentido común lo llevó a escribir lo siguiente:

Hay que advertir que después del escándalo, la asociación de modelos, protestó. Es cierto que en el baile sobresalió, como siempre, la Goulue, que si es modelo, no lo es ciertamente de los talleres. Los grupos, en el desfile, eran bellos, es indudable. Pero yo, que no soy tartufo, puedo asegurarle que no dicen la verdad quienes afirman que reinaba en todo la "castidad” del arte... La muchacha llamada Manon, desnuda sobre su asno, hubiera sido aclamada en una celebración de Baco, en los tiempos del paganismo. Yo, como artista y como joven, gocé con el brillante y deslumbrador espectáculo.  Pero si fuese francés y tuviese hijas, seria del partido del buen Sr. Bérenger, que ha cometido el delito de defender el pudor parisiense. Y creo que ese asendereado caballero cuenta con simpatías. Sobre todo, en muchas casas del faubourg Saint-Germain, y en la excelente burguesía; porque por más que se hable de la desorganización moral de París, no es toda ella "el burdel del mundo" la espléndida y portentosa ciudad. (Negritas y subrayados míos)

De paso, lo de Rubén Darío sirve para enterarnos (aunque lo suyo era de oídas, porque si bien fue testigo presencial de los disturbios, no pudo haber asistido al Bal des Quat'z'arts toda vez que éste tuvo lugar el 9 de febrero; mientras que él llegó a París a mediados de junio), de que era más notoria en el desfile previo al baile la desnudez de Manon montada sobre un asno; que la de Sarah Brown personificando a Cleopatra. Sin embargo, fue esta última quien quedó para la posteridad como la causante del "escándalo".
Veamos: ¿podían unos cuantos estudiantes, algunas putas y un puritano recalcitrante causar una conmoción social y política como la que acaeció? ¿Y tan luego en una de las principales capitales del mundo, en el por entonces faro cultural de Occidente? Y... de hecho, pudieron, ¿no? ¿Qué tiene de extraño? ¿Acaso no fue un caballo moro apropiado por Estanislao López lo que atrajo contra éste la furia de Facundo Quiroga? ¿No fue un telegrama lo que decidió a los Estados Unidos a entrar en la Primera Guerra Mundial?  ¿No fue por la bella y rubia Delfina que Pancho Ramírez perdió su cabeza en Río Seco? ¿No fue una plaga la desencadenante de la diáspora irlandesa? ¿No fue un adulterio lo que provocó la guerra de Troya? ¿Quiere que siga? Para qué... La historia está llena de hechos en apariencia no tan graves, a partir de los cuales, en un contexto determinado; se originaron luego terribles catástrofes para la humanidad.
Podemos seguirle el jueguito al bueno de Rubén Darío, y ver a Dioniso manejando a Guillaume, a Afrodita instigando a Manon, Sarah Brown y demás hetairas, a Hestia detrás de Bérenger, a Hermes y Hera impulsando a la Goulue, a Ares dirigiendo la mano de aquel policía que arrojó la fosforera, al gobierno y los estudiantes disputándose el cadáver de Nuger como aqueos y troyanos disputábanse el de Héctor; todo en el grand guignol de la comedia humana. Al fin y al cabo, como escribí una vez en cierto poemita: "Siempre ganan los hados / Está cantado el final / (Y desde arriba, los cosos esos... / Se nos cagan de risa!" (ver Rumbo a través de este ENLACE). 
El hombre es materia y espíritu, y es el sujeto de la historia, ergo; la historia es el hombre mismo y como tal, es también materia y espíritu. Pero lo que impulsa al hombre no son sólo las fuerzas que emanan de la materia y el espíritu que lo constituyen: deseos, pasiones, ideas... además lo mueve el azar; con lo cual la historia es en parte azarosa.
Fue el azar lo que dispuso caprichosamente que estuviese, en el lugar y el momento más equivocados, el hombre menos indicado: Lozé. Que por cierto, no era un hijo de puta, sino algo infinitamente peor que eso: era un imbécil. Aquel cretino con su inacción criminal fue el responsable principal de todo lo que pasó. Como diría Landriscina: "Ese fue todo el motivo / que originó la tragedia". Bastaba con que el prefecto tuviera buen criterio y mandara sus agentes a vigilar las calles recorridas por la manifestación de estudiantes, cuidar que las cosas no fueran a desmadrarse y listo. Pero Lozé no tenía buen criterio. Y para colmo, le faltó cintura política para separar a los estudiantes de los anarquistas (si bien es cierto que lo intentó; pero es archisabido que de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno) una vez conocido que estos últimos eran quienes atizaban el fuego y causaban los desmanes.
¿Qué fue de los protagonistas principales de los sucesos me pregunta, estimado lector? Paso a contarle:
Marie-Florentine "Sarah Brown" Royer murió en 1896, tres años después de estos sucesos, víctima de la tisis según el periódico inglés Daily News en su edición del 12 de febrero; o suicidándose, según se afirmó en la publicación francesa La vie moderne. Particularmente, estoy inclinado a creerle al primero. Pálpito nomás, eh.
Louise "la Goulue" Weber se independizó del Moulin Rouge en 1895 y se estableció por su cuenta; dilapidó la fortuna que había amasado y terminó vendiendo flores por los cabarets de París. Murió en 1929 en un hospital, obesa y alcohólica, sumida en la más absoluta pobreza.
Alice "Manon" Lavollé continuó posando para los artistas, participando de los sucesivos bailes y... desnudándose.
De Emma "Suzanne" Denne y Antoinette "Mlle. d'Harfeuille" Rouvière nunca más se supo nada.
Acerca de Clarisse "Yvonne" Roger, sabrá disculparme usted que me reserve momentáneamente la respuesta; es que justamente referido a ella estará algún próximo artículo mío, ¿sabe? 
Marie "Marion" de Lorme, llamada la "cortesana de los bellos hombros" (no se extrañe, eso de los bellos hombros era una expresión del argot parisino, un eufemismo para referirse a los senos; en ambientes más procaces -o menos hipócritas- dirían "la puta de las lindas tetas"), consiguió de alguna manera (imagine usted cuál), evadir el proceso judicial que iban a incoarle por haber percibido de un banquero judío, el barón Jacques de Reinach, jugosísimas "comisiones" por conseguir, en el marco de la estafa que pasó a la historia como el "escándalo de Panamá", que sus clientes invirtieran en acciones de una empresa fraudulenta que se armó para la construcción del canal bioceánico, negociado aquel del cual participaron más de cien políticos notables de la época y por el que fue convicto sólo uno de ellos: Charles Baïhaut, ex ministre de Travaux publics, condenado por un tribunal el 9 de febrero de 1893 (vaya con la coincidencia de fechas, ¿no?) a cinco años de prisión (de los cuales sólo cumplió tres). Parece que la hermosa Marion unía a su habilidad para las acrobacias de alcoba, un corazón abrasadoramente helado (perdón por el oxímoron, diría el inefable Georgie Borges) y una muy notable astucia; porque por ella se suicidó más de un joven de la élite parisina, "raptó" a uno de los nativos de Costa del Marfil exhibidos en París como si se tratase de objetos curiosos (lo mismo habían hecho los franceses en 1833 con los charrúas que sobrevivieron al etnocidio perpetrado en Salsipuedes), para comprobar por sí misma cómo hacían el amor "esos indígenas", quedando "encantada de la aventura" (la revista Fin de Siècle en su edición del 30 de julio de 1893 que publicó esta "noticia" -¿o usted creía que los riales, tinellis, venturas y demás escoria del chusmaje conventillero son inventos del aquí y ahora?- no aclara si lo de Marion "encantada de la aventura" obedecía a los atributos del "indígena", o si era porque éste sabía muy bien cómo emplearlos), vivía entre obras de arte (la damisela solía cobrar en especies por sus servicios amatorios) en un lujoso petit hôtel situado en la avenida Víctor Hugo, luego adquiriría una fastuosa mansión en la avenida de Wagram, y después, en 1906, vendería todo, para retirarse de la "vida social" y mudarse a una suntuosa casa en la campiña francesa hasta el fin de sus días; pero no sin antes darse el gusto de hacer en su residencia, en julio de 1896, una avant-première de la pieza teatral escrita y actuada en el papel central por ella misma: una especie de autobiografía a la cual tituló Homme du monde y que afortunadamente para el arte, nunca llegó a representarse en público.
René Bérenger, irreductible en su mojigatería pero impulsor de importantes innovaciones en las leyes, murió a los 85 años en 1915, rodeado del respeto de sus compatriotas. No de todos, claro; porque el artista Adolphe Willette le enviaba a su casa todos los 1° de enero de cada nuevo año, una tarjeta que llevaba impreso: "Nuger", recordándole así al hombre al que sindicaba (injustamente, en mi opinión) como culpable, el asesinato de aquel joven.
Marie-François-Sadi Carnot, proveniente de la familia de ese apellido, de antiguo linaje y que diera a su país estadistas y científicos notabilísimos, fue uno de los presidentes más populares de la historia de Francia. Murió asesinado el 25 de junio de 1894, menos de un año después de los hechos que estamos narrando, a manos de un anarcoterrorista italiano, Sante Geronimo Caserio, quien lo apuñaló en el pecho durante un acto público.
Henri-Auguste Lozé fue desplazado de la prefectura de policía el 10 de julio de 1893, pero (probablemente en premio a su eficaz desempeño) lo nombraron embajador de Francia en Austria, por lo cual pasó a residir hasta 1897 en Viena. Llamado a su país, le fue ofrecida la gobernación de Argelia (¡?), por entonces, colonia francesa; pero prefirió ocupar un cargo burocrático en el ministère de l'Interieur hasta 1902, en que fue electo diputado. Después, desde 1906 fue senador, hasta su muerte en 1915. Tengo para mí que su vida fue la cabal demostración de aquello escrito por Pierre-Augustin de Beaumarchais en Las bodas de Fígaro: "Con ser mediocre y saber arrastrarse se llega a cualquier parte". Henri Lozé: una verdadera calamidad.
No terminaría aquel fatídico 1893, sin que se produjera otro hecho desgraciado: la tarde del 9 de diciembre en el recinto de la cámara de diputados, un anarcoterrorista llamado Auguste Vaillant, quien se hallaba entre el público que presenciaba los debates, arrojó sobre los parlamentarios una bomba cargada con metralla y clavos, hiriendo a cincuenta personas. Presidía la sesión Charles Dupuy quien, a pesar de haber sido herido en la cabeza, de la cual manaba su sangre en abundancia; haciendo gala de sus temple y coraje personal, dijo con calma: "Messieurs, la séance continue". Decididamente, París era por entonces un horno que no estaba para bollos.
¿Y qué pasó en adelante con el Bal des Quat'z'arts quiere saber? Le cuento: volvió a realizarse (se celebraría hasta 1966), el 21 de abril de 1894, y otra vez, en el Moulin Rouge. Estaba aún fresco el recuerdo de los hechos luctuosos; no obstante lo cual los estudiantes diseñaron una carte de entrée, que puede apreciarse en la imagen siguiente y que era en sí misma una alegoría de lo que consideraban su triunfo frente a la represión: aparecen cuatro modelos (en obvia alusión a las que fueron procesadas y multadas por el "escándalo": Sarah Brown, Manon, Suzanne e Yvonne) elevándose en el aire por sobre un muro (simbolizando las barricadas hechas con ómnibus, tranvías y kioscos derribados) y los policías caídos en el suelo, representando la derrota del odiado Lozé. Extrañamente -digo, al menos, en la tarjeta de invitación- se "salvó" el bueno de Bérenger. ¿Soy muy iluso si infiero que en alguien primó el buen criterio y se decidió a escoger el justo medio? Ni tan peludo que no se le vean los ojos, ni tan pelado que se le vean los sesos.
Y en cierto modo, sí se trató de una "victoria" estudiantil, porque los desnudos en el Bal des Quat'z'arts siguieron, y más aún; fueron una constante a lo largo de los años, una marca en el orillo. 
La París de la Belle Époque con su bohemia, su arte,  su democracia parlamentaria, la ciudad alegre, desprejuiciada, despreocupada, atrevida hasta la procacidad, plena de luces que centelleaban entre vahos enloquecedores de absenta, chispeantes burbujas de champagne y cafés amanecidos tras la orgía nocturnal; era una cara de la moneda.
La otra, era la París trágica y sórdida de la miseria, el hambre, la desigualdad social, la prostitución, los escándalos financieros, el colonialismo, la corrupción política y el anarcoterrorismo. Y esa... no tenía nada de Belle.
Quizá la Belle Époque no fuera otra cosa que un espejismo que se inventó el subconsciente francés, un colagogo para digerir mejor la derrota humillante de 1871 y el banquete de la victoria de 1918, todo lo cual sufrió y celebró frente a un mismo enemigo: Alemania; y en un mismo escenario: el palacio de Versalles, olvidando, una vez más -como lo olvidó, lo olvida y lo seguirá olvidando la humanidad entera- que todo es efímero y que desde siempre en el reloj de la historia "el tic no alcanza a tac" (Solari dixit).
Como escribió León Felipe: "¿Quién lee diez siglos en la Historia y no la cierra / al ver las mismas cosas siempre con distinta fecha? / Los mismos hombres, las mismas guerras, / los mismos tiranos, las mismas cadenas, / los mismos farsantes / ¡y los mismos, los mismos poetas! / ¡Qué pena, / que sea así todo siempre, siempre de la misma manera!".

-Juan Carlos Serqueiros-