domingo, 9 de febrero de 2014

CUANDO EL CHUBUT QUISO SER BRITÁNICO. SEGUNDA PARTE


Escribe: Juan Carlos Serqueiros
 

Los colonos son profundamente argentinos y no se debiera perseguirlos por su lengua; ella es un don de Dios. (Lewis Jones, 1898)

No es necesario que nosotros por aprender el español perdamos nuestro idioma y ganancias, sólo los tontos lo harían. No pudieron los ingleses ahogar el galés y no lo podrán los argentinos. (Lewis Evans, 1899)

Los primeros 153 colonos galeses habían llegado al Chubut el 28 de julio de 1865 a bordo del clipper Mimosa, luego de suscribir un contrato con el gobierno de nuestro país (por entonces, Bartolomé Mitre).
Sintiéndose oprimidos (y lo estaban) por los ingleses (con la connivencia y complacencia de los poderosos de su propio país), emigraban por una serie de motivos que iban desde lo religioso (y esto, ligado a una idea de identidad nacional, educativa y cultural) hasta lo económico; pasando por una esperanza de realización. Buscaban la bíblica tierra prometida, que al principio creyeron hallar en los Estados Unidos; para caer después en la cuenta de que el gigantesco país del norte los había absorbido y asimilado. Volvieron entonces sus ojos a la Patagonia, con la ilusión de que dejando atrás su patria, encontrarían allí un sitio en el que habitar y trabajar; pero en el que al mismo tiempo se les permitiese la conservación de sus costumbres, lengua y religión y se les tolerase en el propósito de mantenerse como una comunidad cerrada, sin admitir en ella individuos de otra etnia que no fuera la suya propia. Querían, en suma, fundar y afianzar una nueva patria para ellos y su descendencia: la soñada Nueva Gales del Sur.
A ese grupo de galeses que hablaban en galés y eran liberales radicales en lo político y protestantes metodistas, inconformistas en lo religioso; a diferencia de sus compatriotas ricos y terratenientes que hablaban en inglés y eran tories, esto es, conservadores y conformistas, es decir, anglicanos, que transaban en lo confesional (y en todo lo demás también) con la dominación inglesa, los movilizaba lo irrealizable, lo utópico; porque ningún estado del mundo, ni siquiera ese pseudo estado mitrista emergente de Caseros, Pavón y la secesión de Buenos Aires iba a consentir en atraer y cobijar en su seno a una comunidad extranjera otorgándole en propiedad una porción de lo más rico y bello de su geografía, para después admitir que se cercene e independice la misma.
Si lo del mitrismo fue una estafa a esos galeses (y lo fue, porque les ocultaron que el Congreso argentino había rechazado el contrato tal como estaba suscripto y lo había modificado sustancialmente hasta convertirlo en lo que razonablemente debía ser: un convenio de inmigración entre los colonos y el estado de un país que los acogía bajo su bandera y sus leyes); también debe decirse que quienes lideraban a esos recién llegados habían sido perfectamente conscientes (y en muchos casos, partícipes) de las mentiras a designio de la prensa. Y tampoco pudieron desapercibirse, ya que estaban presentes en él, del acto más que elocuente de izamiento de la bandera argentina el 15 de setiembre de 1865 en la fundación de Rawson.
Los galeses vinieron pues, a nuestro país en busca de lo que las autoridades del mismo les negaba a sus propios naturales, en síntesis; salieron de su tierra natal con el sueño de fundar en el sur una Nueva Gales y se dieron con que ésta ya existía, porque en lo sustancial, la Gales británica que gemía bajo el yugo inglés no tenía mayores diferencias con la Argentina de Mitre, tan obediente a los designios extranjeros como el céltico país del mítico dragón rojo y el eisteddfod.
Así las las cosas, la relación entre esos inmigrantes galeses y el estado argentino tenía necesariamente que ser lo que en efecto fue: una bolsada 'e gatos.
Sólo la inteligente y eficaz política de la primera presidencia de Julio A. Roca (1880-1886) con el Tratado de Límites con Chile de 1881, la ley 1532 de Territorios Nacionales de 1884 y la designación en noviembre de ese mismo año del teniente coronel Luis Jorge Fontana como gobernador del Chubut, consiguió morigerar y atemperar esa siempre conflictiva situación.

Que nuevamente se dificultó hasta hacerse crítica en 1895, con el nombramiento como gobernador de Eugenio Tello,  resistido por los colonos, y sobre todo en 1898 con el del coronel Carlos O'Donnell. La objeción principal (o más apropiadamente; excusa pueril para una disconformidad que tenía otras raíces) de los galeses estaba dirigida a la obligatoriedad de enrolarse en la Guardia Nacional (esto es, el ejército de línea) y de cumplimentar los ejercicios militares en día de domingo (esto último ya había sido corregido por el presidente Uriburu, pero O'Donnell se negaba a cambiarlo).
El 5 de setiembre de 1898 una asamblea de los colonos designó a dos representantes de entre ellos: Llwyd ap Iwan y Thomas Benbow Phillips, para que se dirigieran a Inglaterra a fin de plantear el caso al gabinete británico. Para mediados de enero de 1899, los diarios The Times, de Londres; The Guardian, de Manchester y Western Mail, de Cardiff, publicaron la noticia de que los delegados habían pedido entrevistarse con algunos parlamentarios para "exponerles quejas que aquellos colonos les habían transmitido sobre abusos cometidos con ellos por el Gobierno argentino, y reclamar el apoyo del inglés, o para ponerse bajo su protectorado, o para que les auxiliase a conquistar su independencia", tal como lo consignó la Revista Hispanoamericana en su edición del 1 de abril de 1899. El 28 de febrero presentaron ante el Foreign Office un "informe" (extrañamente, fechado dos semanas antes, el 14) en el que detallaban sus quejas por los "agravios" que según ellos las autoridades argentinas les infligían a los galeses. Pero no se detuvieron allí; porque llevaron las cosas al extremo de negar los derechos de la Argentina a la soberanía sobre la Patagonia, instar a Inglaterra a reclamarla como suya y proponer que fuera proclamada como país independiente, bajo el protectorado conjunto de Inglaterra y los Estados Unidos:

Soberanía. Es innegable que la posesión formal efectuada por Sir John Narborough, y la subsiguiente colonización por sujetos británicos hace el reclamo de Inglaterra a la soberanía sobre la Patagonia principalísimo.
El reclamo de la Argentina sólo puede basarse en la hipótesis de que como su usurpación no provocó protestas de parte de Inglaterra, el silencio de ésta se entendió como equivalente al abandono del reclamo británico.
Que ningún gasto incurrido por la Argentina en el gobierno de los establecimientos le da derechos de soberanía. Las expensas realizadas por ese estado han sido hechas a su propio riesgo, siendo premeditadamente gastadas en tierras pertenecientes a otra nación, mientras ha más que recuperado tales expensas por los gravámenes que ha impuesto y recaudado y los derechos con que ha gravado los bienes consumidos por los pobladores, consecuentemente se manifiesta:
Que la permanencia de las autoridades argentinas en la Patagonia, el tratamiento vejatorio de los sujetos británicos, y el fuerte intento de hacerlos renunciar a su nacionalidad, es una grave usurpación de los derechos soberanos de Inglaterra, y contrario a la ley internacional.
Eventualidades. Los abajo firmantes son conscientes de que ciertas eventualidades, adversas a las aspiraciones de los pobladores, pueden aflorar, tal por ejemplo la insignificancia de la Patagonia comparada con el hecho de poner en peligro los intereses británicos en el Río de la Plata, o el riesgo de chocar con la Doctrina Monroe, pero la última objeción a la intervención del Gobierno de Su Majestad puede ser refutada con la acción conjunta del gobierno británico y el de Estados Unidos. Ellos piensan que las circunstancias ciertamente justifican sugerir que la Patagonia o por lo menos las tierras ocupadas en el valle del Chupat sean organizadas en un estado independiente de la Argentina bajo el protectorado conjunto de esas dos potencias.


Era un completo delirio. Suponer a Inglaterra ajustando su política exterior según las "sugerencias" de dos presuntos representantes de los colonos galeses del Chubut, encima, compartiendo un eventual botín con los Estados Unidos, era un disparate que sólo podía entrar en los cálculos de un oscuro aventurero como Thomas Benbow Phillips (que ni siquiera era galés, por otra parte) o de un sujeto como Llwyd ap Iwan, que actuaban en beneficio propio. Como era previsible, la petición fue rechazada.
A fines de ese mismo enero una mañana de domingo, el coronel O'Donnell, que tenía neto el sentido de nacionalidad y era celoso de sus funciones de gobernador; hizo meter presos a todos los miembros del comité de colonos por traición, insulto a la dignidad de la nación y conspirar contra la seguridad pública, notificándolos de que se los iba a juzgar por esos cargos. Era sólo para asustarlos un poco: los tuvo detenidos en Rawson unas horas nomás, y después los largó. Tanto como para que aprendieran esos gringos desagradecidos que este país no es para los galeses ni los ingleses, sino para los argentinos; tal como les había dicho.
Más allá de todo eso, el presidente Julio A. Roca iría personalmente a visitar la colonia, como narraré en la tercera y última parte de este artículo.

(Continuará) 

domingo, 2 de febrero de 2014

CUANDO EL CHUBUT QUISO SER BRITÁNICO. PRIMERA PARTE


Escribe: Juan Carlos Serqueiros

He buscado llevar a aquellos confines de la República, en momentos en que esperamos trazar las líneas definitivas de fronteras internacionales tan discutidas, la demostración más clara de que la distancia no los aleja de las garantías y de la protección del gobierno general. (Julio A. Roca, Mensaje Presidencial al Congreso, mayo de 1899)


Al asumir el 12 de octubre de 1898 la presidencia de la Nación por segunda vez, Julio A. Roca debía atender con premura un asunto que no admitía dilaciones: el conflicto limítrofe con Chile (otro, una vez más y van...). Con una eficaz e inteligente política exterior, prudente y a la vez no exenta de firmeza, sorteó el escollo.
El Zorro no era solamente un extraordinario militar -de los mejores de entre los nuestros-; era un astuto político con unas notables amplitud de miras y cabal comprensión de la realidad mundial. Perspicazmente había dicho: "Se quiere iniciar para la América el sistema de la paz armada, que consume a las naciones europeas las cuales, como los caballeros de la Edad Media, no pueden moverse casi bajo el peso de sus armas". El milico dejaba  paso al estadista y la metáfora que había empleado era por demás ilustrativa: él era consciente del poder disuasorio de un buen ejército y una importante armada; pero también se daba perfecta cuenta de los desastrosos efectos que tenía la carrera armamentista en la economía de las naciones. La situación financiera de nuestro país era asfixiante (ver en este ENLACE mi artículo Una mitad del país contra la otra. Cuarta parte: la deuda externa). Había que asegurar la paz; ya sea en lo inmediato por medio de la diplomacia o ya sea en el futuro una vez concluída (y ganada) la guerra que parecía avecinarse. No en vano había declarado por junio de 1898 antes de ser proclamado presidente: "Soy partidario de la paz, pero siempre que se haga decorosamente. Si contra nuestra voluntad y propósitos la guerra viniese, no nos tomará desprevenidos". Y después, cuando a mediados de 1900 las cosas se pusieron bravas y el conflicto parecía inminente, le enrostró al ministro chileno Carlos Concha Subercaseaux: "Si Chile construye un acorazado; nosotros construiremos dos". 
Alcanzada prácticamente la paridad en cuanto a poderío naval con el vecino país merced al equipamiento realizado durante el gobierno de Uriburu, ni bien recibido del cargo Roca inició con su par chileno Federico Errázuriz Echaurren un intercambio epistolar que culminó en el acuerdo de someter el asunto a una comisión bilateral integrada por cinco delegados por cada país (que después fracasaría en su -escasa, por cierto- voluntad de entenderse; y entonces se recurrió al arbitraje norteamericano), tras lo cual el Zorro invitó al chileno a sellar la paz con un encuentro a realizarse en Punta Arenas, convite que el mandatario trasandino aceptó.
Roca había dejado trascender en su diario Tribuna que se proponía encarar su proyectado viaje al sur. Inmediatamente La Nación, de Mitre (que como de costumbre, divorciada de los intereses argentinos, no entendía -ni quería entender- nada), en su edición del 2 de enero de 1899 expresó su disconformidad minimizando la importancia de la Patagonia y argumentando que era bueno propender al progreso y desarrollo de su territorio “mientras no se los haga gravitar excesivamente sobre el erario público”. Por su parte, el diario La Prensa lo acusaba de planear el viaje "como si se tratara de una excursión íntima a sus estancias". Es que se le criticaba que mientras el presidente chileno había formado una "brillante" y numerosa comitiva para la ocasión; la suya estaría integrada por tres diputados: Benito Carrasco, Eleazar Garzón y Mariano de Vedia; dos edecanes: por supuesto, el coronel Artemio Gramajo, amigo inseparable, leal y consecuente de Roca, y el mayor Constantino Raybaud; el ministro de Marina (cartera flamante creada en la última reforma constitucional del año anterior, en la cual el Zorro había sido convencional), comodoro Martín Rivadavia; y el ministro de Relaciones Exteriores, Amancio Alcorta (que viajaría por cuerda separada en otro barco). "Cuatro gatos", consignó Caras y Caretas que se había sumado al coro de reproches y dibujaba al presidente chileno de frac, galera en mano, a bordo de un imponente buque de guerra y acompañado de un nutrido séquito todos vestidos con sus mejores galas; y a Roca, de traje y sombrero comunes, en un barquito junto a cuatro gatos. Y al pie la leyenda: "Mientras el uno estiva / cien personas o más, según los datos, / fleta el otro, por toda comitiva, / tan sólo cuatro gatos".   
La crítica era injusta y además exagerada hasta rozar la mendacidad: Roca no viajó en un barquito cualunque sino en el acorazado Belgrano de 6.840 toneladas adquirido dos años antes durante el gobierno de Uriburu. Y la cortedad de la comitiva que había designado tenía más que justificados motivos:
1) El Zorro no quería darle a la ocasión un carácter excesivamente protocolar, antes bien, quería que en la Argentina la ciudadanía lo considerara como un asunto cuasi secreto de extrema relevancia y le otorgara a su participación la condición de clave (lo cual es lógico en cualquier político que se precie de tal), pero a la vez; que en Chile se lo percibiera como una reunión informal de dos mandatarios que amistosamente ponían todo de sí en pro de la paz entre sus países (y de paso, evidenciar ante los chilenos la importancia relativa que le adjudicaba al hecho, algo así como cuando una persona de alta posición y fortuna visita a otra de inferior condición social y no sobrada de recursos económicos: va con cierta informalidad, mientras que el dueño de casa se pone encima lo mejor que tiene y exhibe un boato que quizá después deba lamentar por lo inútilmente dispendioso).
2) Viajó en el Belgrano pues quería ostentar ante la comitiva trasandina el poderoso acorazado recientemente adquirido, pero además, lo hizo pilotar por el mismísimo ministro de Marina, comodoro Martín Rivadavia, navegando por el llamado camino del sudoeste, a través de los inextricables canales fueguinos, ruta peligrosísima y apenas esbozada en las cartas marinas. Era un tiro por elevación a los chilenos, como diciéndoles: "¿Vieron? En nuestra Argentina el ministro de Marina no es un burócrata de escritorio; es un consumado marino capaz de conducir personalmente con gran pericia y arrojo un buque de guerra a través de aguas cuasi desconocidas. Y yo, presidente de los argentinos, que soy un general de su ejército y no luzco los entorchados por haberlos obtenido en algún pasillo sino que gané cada uno de mis ascensos en los campos de batalla; confío en la profesionalidad y eficacia de mi ministro al punto de viajar yo mismo en el buque pilotado por él". La Nación criticó mucho ese aspecto y puso que "(el viaje presidencial) resulta así una exploración por tierras lejanas, desconocidas y aisladas del mundo", y que "han ocurrido sucesos de toda magnitud que podían haber reclamado la presencia o la comunicación con el primer mandatario, y sin embargo éste andaba extraviado en los desiertos del sur de la república". No era cierto; nada había pasado y además no había habido acefalía alguna pues había quedado  a cargo del Ejecutivo el vicepresidente Norberto Quirno Costa  (que era mitrista y a quien no debe haberle gustado nada el ninguneo). Por su parte,  Félix Luna sostuvo la opinión de que se trató de una "compadrada". Un yerro del autor de Soy Roca, que con eso no hizo más que evidenciar el no haber sido capaz de interpretar ni comprender la índole del Zorro, quien estaba lejísimos de incurrir en "compadradas"; ese suyo de llegar a Punta Arenas navegando por los canales, fue un acto de fría intencionalidad y estudiado cálculo, como todos los que producía. 
3) Lo escaso de la comitiva era porque no quería exponer a ministros ni legisladores a riesgos que él sí estaba dispuesto a afrontar como presidente de la Nación (otro mensaje que no fue comprendido por la prensa, pero bueno, era como pedirle a un nene de primer grado que desarrolle el teorema de Pitágoras).
También viajaron con el presidente corresponsales de los diarios, entre ellos Roberto Payró por La Nación, que sería a la postre el que más interesantes crónicas haría.
Roca pidió al Congreso la autorización para el viaje, y delegó el mando en Quirno Costa. El 20 de enero, después de clausurar las sesiones extraordinarias del Congreso, viajó por tren a Bahía Blanca, abordando allí el acorazado Belgrano para dirigirse a Punta Arenas. Por su parte, Errázuriz lo hizo en el O'Higgins. Se encontraron el 15 de febrero de 1899 en lo que se dio en llamar el "Abrazo del Estrecho", que se muestra en la fotografía que oficia de portada de este artículo.
Con su proverbial astucia, Roca no descansó sólo en el pacifismo (evidente, por otra parte) de su colega chileno; también se preocupó por estrechar vínculos con el presidente uruguayo Juan Cuestas, y muy especialmente con el brasilero: Manuel Ferraz de Campos Salles. Los belicistas de Chile (contrarios a Errázuriz y que no eran pocos, dicho sea de paso) se toparon así con la evidencia de que en una eventual guerra con la Argentina, no podrían contar con la ayuda de Brasil ni de Uruguay.
Pero no había sido, o por lo menos, no había sido solamente para confraternizar con Errázuriz y resolver el conflicto con nuestro expansionista vecino que el Zorro había emprendido tan largo y peligroso viaje; había cuestiones internas tanto o más graves aún que las externas, que reclamaban su urgente atención.
Por ejemplo, el Times de Londres publicó una nota periodística en la cual afirmaba que los colonos galeses que habitaban el Chubut argentino habían solicitado a la corona británica el protectorado sobre esa región, o bien la ayuda para erigirla en nación independiente; tal como veremos en la segunda parte de este artículo.

(Continuará)


sábado, 1 de febrero de 2014

LAS PUTAS






































LAS PUTAS
(Poema de Martha Piccat)

Antiyer cerró la casa de putas de mi pueblo.
Algunas cosas han cambiado,
las mujeres decentes ya concilian el sueño.
Sus hijas, esos tiernos capullos
concebidos en legítimos lechos,
ya no verán ese ejemplo maldecido
por la falta de Dios y de preceptos.
Esa casa que encendía sus ventanas
cuando acataba el pueblo la orden de dormir,
(como acontece con los mansos y los buenos)
ha subastado sus inmundos trastos:
diez camas de pecar y diez percheros,
jofaina de lavar, las herramientas,
espejos, baúles y roperos.
¡Y las putas! ¿Qué harán con ellas?
No quedarán dispersas por el pueblo.
Los niños las verán y no hay palabras
que nombren a esos seres venidos del infierno.
Pobrecitas, en serio. Pobrecitas.
En nombre de la moral, partieron.
La que extraña el doctor, partió hacia el sur,
y hacia el norte la que llora el estanciero.
La madama, resignada a puta vieja,
hizo yunta con un pobre jornalero.
Barre el patio, guarda el lecho, y se gana el puchero
enroscada en la estola decalvada del refriegue tanguero.
Y usted no va a creer lo que le digo:
¡Hay como un aire de santidad en todo el pueblo!
Con un doble repique de campanas
festeja el cura su castidad, salvada por un pelo.
Los hombres disimulan su nostalgia
de noches de molicie y cachondeo,
ocultos tras los lentes y el sombrero.
Las mujeres, despiden a sus maridos en la puerta, con un beso.
Pobrecitas en serio, pobrecitas.
Las que quedaron. Y las que se fueron.

-Martha Piccat-

CANTACLARO, DE RÓMULO GALLEGOS













































Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Otras ideas rigen al cantador errante que no son las del progreso ni las del futuro. Florentino mira la belleza, juega con la vida, es generoso, parrandero, despreocupado.

Con esa manada de bárbaros no se puede ir sino a la barbarie, que la llaman democracia.

¡Negro bueno, sufrido y rebelde! ¡Pueblo mío que lo llevas en tu sangre como una vergüenza y en tu pecho como una tormenta! ¿Hasta cuándo estarás muriendo a los pies de tu jefe?

(Rómulo Gallegos, Cantaclaro)

En estos días tristes, aciagos que está viviendo la hermana República de Venezuela, resulta especialmente oportuno releer -o leer, por si usted (inexplicable e injustificadamente) no lo hizo aún- este libro.
Cantaclaro es la cuarta novela de Rómulo Gallegos, la que subsiguió a Doña Bárbara (ver en este ENLACE mi artículo) y como ésta, publicada en Barcelona, España; pero cinco años después, es decir, en 1934.
En ella se narra el drama existencial de Florentino Coronado, un coplero o cantador (algo así como para nosotros un payador) apodado Cantaclaro. Éste es  hombre alegre, mujeriego, juerguista y despreocupado. Él anda errante por el mundo (su mundo: la llanura) y su móvil es la aventura per se. Sin embargo, las circunstancias llevarán a que Florentino adquiera a partir de la confrontación entre su propia realidad épica y la realidad real sociopolítica de su país, una nueva consciencia en la cual serán otros muy distintos paradigmas los que habrán de regirlo en adelante. 
La acción transcurre en la sabana venezolana donde la despótica, corrupta y prepotente autoridad regional, el coronel Buitrago, quiere apropiarse del hato (estancia) El Aposento, de doña Nico y sus hijos José Luis y Florentino; para lo cual adquirió de un tercero la hipoteca que lo gravaba a fin de ejecutar la deuda y quedarse con la hacienda. Pero Florentino llega con una caballada muy valiosa y salva la propiedad familiar; tras lo cual decide irse por los llanos a buscar las coplas que mentan al doctor Juan Crisóstomo Payara, quien había sido en su tiempo un caudillo levantado contra el régimen opresor. En ese deambular por los llanos, se encuentra con Martín Salcedo, un caraqueño que busca a Payara para instarlo a encabezar una nueva revolución. Florentino llega a una humildísima casa donde en medio de la más atroz de las miserias vive Juan el veguero con su mujer, quienes han perdido a sus tres hijos por las pestes y el hambre. Arribado por fin a Hato Viejo, la hacienda de Payara; Florentino es acogido por el capataz de la misma, el negro Juan Parao, y allí conoce a Rosángela, quien pasa por hija del caudillo, y se enamora de ella. Los pensamientos, sentimientos y pasiones bullen en Florentino; un Florentino absolutamente diferente a aquel que había llegado a El Aposento, y que será capaz en su idealismo de la suprema heroicidad del renunciamiento. 
Gallegos nos lleva en su novela por el intrincado camino de la mitología venezolana asimilada a la universal, logrando con sin igual destreza literaria que ninguno de los personajes quede divorciado del contexto local. La injusticia social, la búsqueda afanosa en pos de la síntesis de la nacionalidad, la ambición, el incesto, la pugna del hombre con una naturaleza hostil, la soledad, el hastío, la rebeldía, la desavenencia entre hermanos y en fin; toda, toda el alma de Venezuela está en Cantaclaro magistralmente esbozada.
Yo podría, estimado lector, incurrir en el irrespeto de abusar de su paciencia y aburrirlo con tediosos análisis tendientes a estipular que es la amenaza de perder la posesión de lo propio lo que induce a Florentino en tanto pueblo, a dejar una vida despreocupada y rebelarse contra el despotismo y la injusticia; que él y Salcedo no son recíprocamente la otredad (concebida al modo de la dicotomía sarmientina entre la civilización de la ciudad y la barbarie del campo) sino que ambos simbolizan la comunión entre los medios rural y citadino en busca de la realización del ser nacional, aspiración de ambos, y que si hay mucho de Gallegos en el caraqueño, también lo hay en el coplero; que es Florentino quien entiende que no es a través de la reedición del caudillismo, por más que sea un personalismo bueno, como lograrán el ideal que ambos persiguen, y que es Salcedo quien termina por comprender que el camino que debe transitar no es la revolución armada;  que Juan el veguero y su mujer encarnan al pueblo sufriente que gime bajo el yugo de una tiranía que esparce por doquier miseria, atraso, dolor y muerte; que el muro de ética y moral con el que Payara ha cercado a sus instintos, se derriba al solo soplo del amor incestuoso que siente por Rosángela; que es Juan Parao la esencia de un pueblo que fluctúa entre la adhesión a un caudillo que no acaba de comprender sus intereses, y la búsqueda de uno nuevo que cree encontrar en Florentino; que a éste, héroe prometeico, termina llevándoselo el Diablo, en una metáfora sublime de la problemática venezolana; que hay en toda la novela una ambigüedad permanente en la cual todo puede ser y al mismo tiempo no ser; o que creo percibir en el Cantaclaro de Gallegos un atisbo, una anunciación del realismo mágico que después expresaría más rotunda y nítidamente García Márquez en su Cien años de soledad.
Podría todo eso, pero ¿para qué? Sólo para satisfacer un ego insoportablemente presuntuoso; porque está en cada uno de nosotros inducir desde nuestros propios cerebro y corazón la interpretación de una novela sencillamente genial.
Obviamente, no basta un libro, por excepcional que éste sea, para comprender a una nación, pero sin dudas sí es Cantaclaro una herramienta invalorable a la hora de hacerlo; porque es una de las obras fundamentales de la literatura venezolana e iberoamericana.
Y al fin de cuentas, como decía Borges, "la lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz".
La lectura es un acto eminentemente hedonista: debe leerse Cantaclaro no para aprender a entender a Venezuela; sino por el goce espiritual que sus páginas proporcionan.
Sea bueno consigo mismo: regálese el placer de releerlo.

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 26 de enero de 2014

EN ROSARIO HASTA LAS PIEDRAS SON RADICALES








































Escribe: Juan Carlos Serqueiros


El "loco" (se refiere a Sarmiento, comillas mías) se nos entregará en cuerpo y alma y nos dará todo lo que le pidamos, inclusive la capital de la República en el Rosario. (Julio A. Roca, en carta de mayo de 1880)

Julio A. Roca dispensaba a Rosario un afecto especial. Desde allí (y también desde Córdoba, alternando su residencia entre ambas ciudades después de su renuncia al cargo de ministro de Guerra) había lanzado y afianzado su candidatura presidencial para el período 1880-1886. A Rosario había vuelto, ya presidente de la Nación, primero en 1882, y su gente lo había colmado de homenajes, y después; el 4 de noviembre de 1883 para inaugurar entre apoteóticos festejos populares el ferrocarril del Oeste santafesino. No pudo hacerla capital de la República por la cerrada oposición de Buenos Aires y los avatares de la política vernácula; pero sin dudas el Zorro quería y distinguía a Rosario, y ésta le correspondía de igual modo.
Y ya en su segunda presidencia, se debió a Roca la concreción de un anhelo muy caro a los rosarinos: el puerto moderno
En 1880 era el de Rosario el primer exportador del país, y resultaba impostergable satisfacer las muchas y variadas necesidades que evidenciaba en materia de infraestructura. Por ello, en 1899 envió al Congreso un proyecto para su construcción y explotación, el cual votado favorablemente, se convirtió en ley n° 3885, que fuera sancionada en diciembre de ese año. Paralelamente, urgió a Emilio Civit, titular del flamante ministerio de Obras Públicas, la realización del dragado que posibilitara el ingreso de buques de ultramar de gran calado, y después; en setiembre de 1901 dispuso el llamado a una licitación internacional en la que resultó gananciosa la propuesta del consorcio francés Hersent et Fils et Schneider et Cie., previéndose para 1902 el inicio de las obras que debían concluirse en un plazo de cinco años, estipulándose que en tres, el nuevo puerto debía comenzar a funcionar.
El 26 de octubre de 1902, a bordo del acorazado Libertad y acompañado de una numerosa comitiva escoltada por 900 efectivos del Ejército y de la Marina de Guerra transportados en los buques Entre RíosEsporaGaviota, Maipú, Patagonia y Patria; el presidente Roca llegó a Rosario para poner la piedra fundamental. Allí lo esperaban: el intendente de la ciudad, Luis Lamas; el gobernador de la provincia de Santa Fe, Rodolfo Freyre, y una multitud estimada por entonces en 30.000 personas (sobre una población total de 115.000 habitantes, podía decirse que toda la ciudad se había volcado a las calles para recibir al primer mandatario de la Nación y asistir a los actos).


Caras y Caretas mostraba a Roca dirigiéndose camino al Rosario conduciendo una silla presidencial con ruedas la cual era esforzadamente empujada por su edecán, el coronel Artemio Gramajo. Y al pie: "¡A dónde llegará su postración / que no puede apearse del sillón".


Luego de la recepción, se pronunciaron los discursos de rigor y se colocó la piedra fundamental. Pero el Zorro que llegaba aquel domingo de 1902 a la pujante y esforzada Rosario profusamente embanderada para la ocasión, no era el mismo de 1880, 1882 y 1883. 
Poco tenía que ver aquel Roca audaz e innovador de la primera presidencia, enemigo acérrimo del mitrismo y lo que éste encarnaba; con el político recocido en el cinismo de la segunda: el del acercamiento a Mitre y el distanciamiento de colaboradores de la talla de Wilde, Magnasco, etc. Los conflictos sociales y las demandas obreras se sucedían, y la ciudad había sido luctuoso escenario de ello: el año anterior, la policía rosarina había matado a un huelguista, y la prédica del anarquismo había encontrado campo fértil entre los estibadores y entre la mayoría de los demás gremios.
Así las cosas, no fue de extrañar un piedrazo arrojado por alguien desde la multitud agolpada al paso de las autoridades que iban hacia el Palacio Municipal, que dirigido contra el landó que llevaba a Roca, fue a dar en el palco oficial. El presidente no le dio trascendencia al hecho, pero después empezó a circular insistentemente la especie de que el Zorro, recordando aquel momento, habría dicho: "En Rosario hasta las piedras son radicales". Caras y Caretas lo ilustró así:


Y no sólo eso, sino que además; la revista no se privó de mencionar a Monges, el sujeto que en 1886 intentó asesinar a Roca (cliquear sobre este ENLACE para acceder a mi artículo "10 de mayo de 1886: Atentado contra el presidente Julio A. Roca"). 
Pero veamos, ¿pronunció efectivamente aquellas palabras el presidente? Rotundamente no. En primer lugar, se trató sólo de una bola echada a rodar, un dicen que Roca dijo, y nada más que eso, un rumor. Y en segundo lugar; Rosario no era (al menos, en 1902) radical, y muchísimo menos al punto de que hasta las piedras lo fuesen. Sea como haya sido, lo concreto es que la cosa no pasó de la anécdota y los actos prosiguieron, ya en el Palacio Municipal, tal como estaban previstos: el intendente Lamas recibió a Roca con un florido discurso, que éste retribuyó a su vez con uno suyo.
Las palabras del Zorro estuvieron dirigidas a ensalzar "la laboriosidad de los rosarinos", y tuvo elogiosos conceptos para "su comercio, su espíritu cosmopolita y su amor al trabajo, que sólo encuentra parecido en la gran República del Norte" (refiriéndose a los Estados Unidos). Y luego, llevado por la oratoria, echó una parrafada acerca de las diferencias que a su juicio existían entre nuestro pasado y el de los yanquis:

Decididamente los genios y hadas que rodearon la cuna de la República de Washington no fueron los mismos que presidieron el advenimiento de las democracias sudamericanas. Los fieros conquistadores cubiertos de hierro que pisaron esta parte de América, con raras nociones de la libertad y del derecho, con fe absoluta en las obras de la fuerza y la violencia, eran muy diferentes de aquellos puritanos que desembarcaron en Plymouth sin más armas que el Evangelio ni otra ambición que la de fundar una nueva Sociedad bajo la ley del amor y la igualdad. De ahí que las repúblicas latinas necesiten mayor suma de perseverancia de juicio y energía para lavar su pecado original, asimilarse las virtudes que no heredaron, formar una nueva educación y constituirse definitivamente.

Caras y Caretas puso el grito en el cielo por lo que reputó como "ofensivo a la numerosa colectividad española y que provocó el rechazo de sus miembros", y consignó que "resulta sugestivo que no fuera rectificado ni por el canciller ni por el presidente, quienes restaron importancia al polémico texto".
Veamos: la versión acerca de los crueles y sanguinarios conquistadores españoles expresada en cualesquiera de sus muchas formas metafóricas, era uno de los tantos mitos de la historiografía mitro-lopista impuesta como oficial, de modo que caerle con todo a Roca por repetir un concepto machacado hasta el hartazgo e instaurado como principio fundacional era, cuanto menos; injusto. Y sin embargo, Caras y Caretas lo hizo. 



Aunque claro, lo que la revista no hizo, fue cuestionar a aquellos que precisamente habían instaurado ese postulado erróneo. Mucho escandalizarse por las palabras de Roca, pero nada de crítica a los libros de Mitre y de López (que en todo caso, debían necesariamente resultarle a la comunidad española muchísimo más ofensivos que ese corto párrafo del discurso del Zorro).
Más allá de esas nimiedades a las que nadie (y Roca menos que nadie) prestó atención, los festejos y celebraciones en Rosario siguieron. Hubo desfiles militares en la plaza 25 de Mayo, y la Asociación Popular Canalización de los Ríos y Puerto del Rosario se encargó de distribuir entre la gente volcada a las calles nueve toneladas de pan y carne. Rosario era una fiesta, y literalmente tiró la casa por la ventana. Si esto no es el pueblo... 



En esta imagen puede verse una postal firmada por Roca aquel día memorable: 


Tres años después de todo esto, en 1905 fue inaugurado el puerto moderno de Rosario, tal como estaba estipulado:


Todo habitante de Rosario era consciente de que su propia suerte y la de la ciudad estaban indisolublemente vinculadas a la del puerto. Y también de que la concreción de ese puerto moderno la debía al presidente Roca. A pesar de algunos defectos que se hicieron perceptibles a poco de concluida su construcción (capacidad de tráfico y tarifas, entre otros) y que plantearon cuestiones nuevas a resolver y sortear; fue sin dudas el basamento de su progreso y grandeza. 
Lo mínimo que debe exigírsenos a quienes gustamos de bucear en nuestro pasado y narrarlo, es que más allá de los criterios que asumamos y las interpretaciones que hagamos; tengamos la honestidad intelectual imprescindible para contar las cosas como fueron en la realidad.
Si de algo estoy seguro, es de que no serán ni Rosario ni los rosarinos quienes se suban a o tiren de, la carroza farisaica de quienes con una visión maniquea, tendenciosa y sesgada de nuestra historia, exigen el sacrificio de ciertas figuras notables de la misma en aras de un declamado revisionismo muy mal entendido y además falso; porque lo que de cierto buscan no es la verdad histórica, sino digitar el futuro a través de la manipulación torpe e inescrupulosa del pasado.

-Juan Carlos Serqueiros-

martes, 21 de enero de 2014

SIN DINERO, A NINGUNA PARTE


















































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Estas vacaciones, ya sea que las pases en el mar, las sierras o en tu casa, son una buena oportunidad para abordar este libro de James Hadley Chase que, te lo aseguro, te deparará algunos buenos y gratos momentos de lectura descomprometida (término este deplorable; porque ¿cómo puede ser "descomprometida" una lectura siendo el de leer un acto que desde el vamos significa un compromiso con el alma?) con los que mitigar un poco los sinsabores que te haya podido dejar el laburo: Sin dinero, a ninguna parte.
Cameron es un escritor que ha conseguido reunir con sus últimos trabajos una buena cantidad de dólares que le permiten alejarse de la fría y nevada Nueva York en busca de las acogedoras playas de Paradise City en la costa de Florida, sitio este caro y elitista. Pero bueno, qué joder..., no tanto como otros que más que exclusivos, son excluyentes; porque al fin de cuentas, como canta el Indio Solari, "Positano es muy chico y jamás va a alcanzar para vos, no va a ser nunca tu paraíso"; así que el amigo Chase, aún siendo un susheta de aquellos, dispuso que su personaje Cameron tenga que "conformarse" con Paradise City el pobre... Un terrible guacho resultó ser este Chase, mire vea.
Y como Cameron siempre anda detrás de alguna historia que pueda transformar en novela con la cual hacer más dólares que le posibiliten seguir escapándole al tornillo neoyorquino, va al Neptune, un antro en el que para uno de los personajes de la fauna local: Barney, autodefinido como el hombre del oído pegado al suelo; una enorme y sucia fábrica ambulante de colesterol capaz de deglutir cantidades industriales de hamburguesas grasientas a las que empuja con hectolitros de cerveza. A cambio de que el bueno de Cameron le garpe la cuenta de lo que lastra y escabia esa noche y de una propina, Barney le cuenta una historia que involucra a: un padre, de oficio punga y su bella y curvilínea hija, mechera ella; un actor caído en desgracia que en sus buenos tiempos supo ser el sucesor de Errol Flynn y un ladronzuelo con escaso número de neuronas en funcionamiento, veleidades de matón e impulsos de asesino; empeñados todos en chorearle a un magnate filatelista ocho estampillas rusas que valen la nada despreciable suma de un millón de dólares y detrás de las cuales también anda, oh, sorpresa, el inefable Tío Sam a través de la CIA.
Y con estos ingredientes y sazonada con el condimento especial del ocio que tenés por delante, ¿te la vas a perder? No, ¿no? Ni ahí. Leela, haceme caso.
¡Y que la disfrutes!

-Juan Carlos Serqueiros- 

domingo, 19 de enero de 2014

BEEMEDOBLEVE




Escribe: Juan Carlos Serqueiros

BEEMEDOBLEVE
(Solari)

Han clausurado las puertas del cielo
y esas cosas no se pueden ocultar
Una crecida arrasa la ribera...
El barro se hace cruel!
Nos viene a sepultar!
Y... por aquí el señor no dio una vuelta
Con lechos fértiles se va la inundación
Qué ancho que es, ay!, el cielo de los nabos!
Al "barrio de los acostados" voy
De que reís! A vos te digo, imbécil!
(Pepa le grita al dealer con gesto inmoral)
A vos te van a merendar mis perros!
Beemedobleve! Con pastatrola y más!
Si lo mejor de lo mejor del amor
Dios siempre se lo quedó para él!
Bocado amargo que nos dejó
en un manzanar
"Muy rara vez ésos gritos funcionan!"
(mientras veo pasar mi muerte
en un lanchón)
Lamento irme... pero estoy contento
Voy a extrañar, seguro, todo el botiquín
Si lo mejor de lo mejor del amor
Dios siempre se lo quedó para él!
Bocado amargo que nos dejó
en un manzanar


Beemedobleve podría ser, como sospecha Marcelo Furtivo, un tal Sergio (personaje tristemente célebre en el mundillo redondo a quien -por suerte, pues me llegaron mentas de que es una merda de tipo- no traté personalmente, incluso en algún momento hasta llegué a pensar que podría ser el buchón que inspiró Murga purga, pero como ignoro si estuvo en cana o no, deseché la idea; pero Marcelo, que lo juna, seguramente tendrá más data sobre el tipejo en cuestión y podrá aportarla si quiere), un boludín que presumía de wailer (quejoso) como de sí mismo decía Bob Marley (es vox populi que Marley se compró un automóvil BMW por las iniciales -que él asimilaba a Bob Marley Wailer- y después lo cambió pues en la práctica no le servía); o bien otro tipo dedicado a actividades non sanctas. 
De todas maneras, no importa mucho saber puntualmente quién es Beemedobleve en la vida real; lo que necesitamos conocer de él, ya lo sabemos, pues está explícito en la letra: se trata de un chabón que oficia de dealer y lo apodan como a esa marca de autos, escrita tal como se popularizó allá por fines de los ochenta y principios de los noventa.
El escenario donde ocurre todo es la Isla Paulino en Berisso (lo más probable; porque el Indio iba ahí en esas excursiones en las que Deborah VIP mi fiel enamorada cargaba sangría en termos de telgopor) o quizá Ensenada. De todos modos, lo importante es saber que la acción transcurre en la zona ribereña platense, un sitio inundable; el lugar exacto es irrelevante.
“Han clausurado las puertas del cielo / y esas cosas no se pueden ocultar”. Alusión metafórica de doble sentido: al agnosticismo de Solari, porque el que clausuró las puertas del cielo es Dios, que no debe ser tan bueno como dicen si impide el acceso al cielo; y a la injusticia social, a la marginalidad, a esos barrios desangelados, damnificados por el flagelo de las inundaciones, sin que el poder de turno haga nada para remediar y menos prevenir tal catástrofe (“Una crecida arrasa la ribera... / El barro se hace cruel! / Nos viene a sepultar! / Y... por aquí el señor no dio una vuelta"); rematada con una evocación al Nilo, que tras la creciente, al retirarse sus aguas, dejaba el limo en el que los antiguos egipcios desarrollaban sus cultivos ("Con lechos fértiles se va la inundación”).
“Qué ancho que es, ay!, el cielo de los nabos! / Al ‘barrio de los acostados’ voy”: El cielo de los nabos (donde el Indio situó oportuna y acertadamente al payasesco Polimeni) es el limbo en el que viven muchos de pelotuditos que andan dando vueltas, y que es muy ancho, tanto, que puede albergar a infinidad de ellos; y el barrio de los acostados es una forma metafórica de referirse a un cementerio en particular: el Montesacro en Medellín, Colombia, donde está la tumba de Pablo Escobar Gaviria (en obvia alusión al tráfico de drogas que viene a continuación, como veremos).
“De qué reís! A vos te digo, imbécil! / (Pepa le grita al dealer con gesto inmoral) / A vos te van a merendar mis perros! / Beemedobleve! Con pastatrola y más!”: Bueno, el "grito" al dealer de Pepa es un soliloquio; se trata de una imprecación, un insulto imaginario, del último al primero (porque Pepa es un chabón, no una mujer, ¿se acuerdan de la Chanchita Rivera?, bueno, algo similar; Pepa es un tipo al cual apodan así por su adicción al ácido lisérgico). Pepa es cliente (y sub dealer) de Beemedobleve, al que le compró una buena cantidad y variedad de drogas tanto para consumo personal como para revender; pero resulta que vino la inundación y le llevó todo, y encima, por la catástrofe Beemedobleve no puede ir a reponerle lo que perdió, y por eso Pepa está con el mono (síndrome de abstinencia) y a las puteadas contra él, a quien imagina riéndose de su situación y lo amenaza (también en su imaginación) con ese “a vos te van a merendar mis perros… con pastatrola y más!”. Pepa fantasea con que cuando aparezca de nuevo Beemedobleve, le va a tirar encima a sus perros para que lo muerdan y le va a hacer tragar -aquí apela el Indio a un neologismo que suena fonéticamente parecido a la popular pasta frola- pastatrola, o sea, pasta puta, pasta base, paco; o quizá una "pasta" (pastilla) del ácido lisérgico que le vendió.
“Muy rara vez ésos gritos funcionan!’ / (mientras veo pasar mi muerte / en un lanchón) / Lamento irme... pero estoy contento / Voy a extrañar, seguro, todo el botiquín”: Pepa piensa, resignadamente, que todas las puteadas que le echó imaginariamente a Beemedobleve no sirven de nada, son sólo un pobre consuelo a su desesperación, una forma de desahogarse y nada más ("Muy rara vez ésos gritos funcionan!"). Y mientras va en el lanchón de la prefectura que lo rescató de la inundación, “ve pasar su muerte”, es decir, lamenta todo lo que perdió, se siente vacío, muerto. Y filosóficamente dice para sí que “va a extrañar todo el botiquín”, o sea, todas las drogas que perdió en la inundación.
“Si lo mejor de lo mejor del amor / Dios siempre se lo quedó para él! / Bocado amargo que nos dejó / en un manzanar”. La canción se cierra con una muletilla: para Pepa, la culpa la tiene Dios, que nos echó del Paraíso Terrenal cuando mordimos la manzana y se guardó para sí solo “lo mejor de lo mejor del amor”, es decir, el disfrute, el goce.
Pobre Pepa, che... le pasan todas...

-Juan Carlos Serqueiros-