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miércoles, 28 de febrero de 2024

EL ABRAZO DEL ESTRECHO




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Al asumir, el 12 de octubre de 1898, la presidencia de la República por segunda vez (la anterior había sido por el período 1880-1886), Julio A. Roca debía atender con premura un asunto que no admitía dilaciones: el conflicto limítrofe con Chile (otro, una vez más y van...). Con una eficaz e inteligente política exterior prudente y a la vez no exenta de firmeza, sorteó el escollo.
El Zorro, un extraordinario militar (de los mejores que hemos tenido los argentinos), era no sólo un político astuto, sino también un estadista con una notable amplitud de miras y una cabal comprensión de la realidad mundial. Perspicazmente había dicho: "Se quiere iniciar para la América el sistema de la paz armada, que consume a las naciones europeas las cuales, como los caballeros de la Edad Media, no pueden moverse casi bajo el peso de sus armas". La metáfora que había empleado era por demás ilustrativa: él era consciente del poder disuasorio de un buen ejército y una importante armada; pero también se daba perfecta cuenta de los desastrosos efectos que tenía la carrera armamentista en la economía de las naciones. La situación financiera de nuestro país era asfixiante y había que asegurar la paz; ya sea en lo inmediato por medio de la diplomacia, o después de concluida y ganada la guerra que parecía avecinarse. No en vano había declarado por junio de 1898 antes de ser proclamado presidente: "Soy partidario de la paz, pero siempre que se haga decorosamente. Si contra nuestra voluntad y propósitos la guerra viniese, no nos tomará desprevenidos". Y después, cuando a mediados de 1900 las cosas se pusieron bravas y el conflicto parecía inminente, le enrostró al ministro chileno Carlos Concha Subercaseaux: "Si Chile construye un acorazado; nosotros construiremos dos".
Alcanzada prácticamente la paridad en cuanto a poderío naval con el vecino país merced al equipamiento realizado durante el gobierno de Uriburu, ni bien recibido del cargo Roca inició con su par chileno Federico Errázuriz Echaurren un intercambio epistolar que culminó en el acuerdo de someter el asunto a una comisión bilateral integrada por cinco delegados por cada país (que después fracasaría en su -escasa, por cierto- voluntad de entenderse; y entonces se recurrió al arbitraje norteamericano), tras lo cual invitó al chileno a sellar la paz con un encuentro a realizarse en Punta Arenas, convite que el mandatario trasandino aceptó.
Roca había dejado trascender en su diario Tribuna que se proponía encarar su proyectado viaje al sur. Inmediatamente La Nación, de Mitre (que como de costumbre, divorciada de los intereses argentinos, no entendía ni quería entender nada), en su edición del 2 de enero de 1899 expresó su disconformidad minimizando la importancia de la Patagonia y argumentando que era bueno propender al progreso y desarrollo de su territorio “mientras no se los haga gravitar excesivamente sobre el erario público”. Por su parte, el diario La Prensa lo acusaba de planear el viaje "como si se tratara de una excursión íntima a sus estancias". Es que se le criticaba que mientras el presidente chileno había formado una "brillante y numerosa" comitiva para la ocasión; la suya estaría integrada por tres diputados: Benito Carrasco, Eleazar Garzón y Mariano de Vedia; dos edecanes: por supuesto, el coronel Artemio Gramajo, amigo inseparable, leal y consecuente de Roca, y el mayor Constantino Raybaud; el ministro de Marina (cartera flamante creada en la última reforma constitucional del año anterior, en la cual el Zorro había sido convencional), comodoro Martín Rivadavia; y el ministro de Relaciones Exteriores, Amancio Alcorta (que viajaría por cuerda separada en otro barco). "Cuatro gatos", consignó Caras y Caretas que se había sumado a las críticas y al coro de reproches y dibujaba al presidente chileno de frac, galera en mano, a bordo de un imponente buque de guerra y acompañado de un nutrido séquito todos vestidos con sus mejores galas; y a Roca, de traje y sombrero comunes, en un barquito junto a cuatro gatos. Y al pie la leyenda: "Mientras el uno estiva / cien personas o más, según los datos, / fleta el otro, por toda comitiva, / tan sólo cuatro gatos":



La crítica era injusta, y además; exagerada hasta rozar la mendacidad: Roca no viajó en un barquito cualunque, sino en el acorazado Belgrano de 6.840 toneladas, adquirido dos años antes durante el gobierno de Uriburu. Y la cortedad de la comitiva que había designado tenía más que justificados motivos:
1) El Zorro no quería darle a la ocasión un carácter excesivamente protocolar, antes bien; quería que en la Argentina la ciudadanía lo considerara como un asunto cuasi secreto de extrema relevancia y le otorgara a su participación la condición de clave (lo cual es lógico en cualquier político que se precie de tal), pero a la vez; que en Chile se lo percibiera como una reunión informal de dos mandatarios que amistosamente ponían todo de sí en pro de la paz entre sus países (y de paso, evidenciar ante los chilenos la importancia relativa que le adjudicaba al hecho, algo así como cuando una persona de alta posición y fortuna visita a otra de inferior condición social y no sobrada de recursos económicos: va con cierta informalidad, mientras que el dueño de casa se pone encima lo mejor que tiene y exhibe un boato que quizá después deba lamentar por lo inútilmente dispendioso).
2) Viajó en el Belgrano pues quería ostentar ante la comitiva trasandina el poderoso acorazado recientemente adquirido, pero además, lo hizo pilotar por el mismísimo ministro de Marina, comodoro Martín Rivadavia, navegando por el llamado camino del sudoeste, a través de los inextricables canales fueguinos, ruta peligrosísima y apenas esbozada en las cartas marinas. Era un tiro por elevación a los chilenos, como diciéndoles: "¿Vieron? En nuestra Argentina el ministro de Marina no es un burócrata de escritorio; es un consumado marino capaz de conducir personalmente con gran pericia y arrojo un buque de guerra a través de aguas cuasi desconocidas. Y yo, presidente de los argentinos, que soy un general de su ejército y no luzco los entorchados por haberlos obtenido en algún pasillo sino que gané cada uno de mis ascensos en los campos de batalla; confío en la profesionalidad y eficacia de mi ministro al punto de viajar yo mismo en el buque pilotado por él". La Nación criticó mucho ese aspecto y puso que "(el viaje presidencial) resulta así una exploración por tierras lejanas, desconocidas y aisladas del mundo", y que "han ocurrido sucesos de toda magnitud que podían haber reclamado la presencia o la comunicación con el primer mandatario, y sin embargo éste andaba extraviado en los desiertos del sur de la república". No era cierto; nada había pasado y además no había habido acefalía alguna pues había quedado a cargo del Ejecutivo el vicepresidente Norberto Quirno Costa (que era mitrista y a quien no debe haberle gustado nada el ninguneo). Por su parte, Félix Luna sostuvo la opinión de que se trató de una "compadrada". Un yerro del autor de Soy Roca, que con eso no hizo más que evidenciar el no haber sido capaz de interpretar ni entender la índole del Zorro, quien estaba lejísimos de incurrir en "compadradas"; ese suyo de llegar a Punta Arenas navegando por los canales, fue un acto de fría intencionalidad y estudiado cálculo, como todos los que producía.
3) Lo escaso de la comitiva era porque no quería exponer a ministros ni legisladores a riesgos que él sí estaba dispuesto a afrontar como presidente de la República (otro mensaje que no fue comprendido por la prensa, pero bueno, era como pedirle a un nene de primer grado que desarrolle el teorema de Pitágoras).
También viajaron con el presidente corresponsales de los diarios, entre ellos Roberto Payró por La Nación, que sería a la postre el que más interesantes crónicas haría.
Roca pidió al Congreso la autorización para el viaje, y delegó el mando en Quirno Costa. Caras y Caretas lo ilustraba así:



El 20 de enero Roca, después de clausurar las sesiones extraordinarias del Congreso, viajó por tren a Bahía Blanca, abordando allí el acorazado Belgrano para dirigirse a Punta Arenas. Por su parte, Errázuriz lo hizo en el O'Higgins. Se encontraron el 15 de febrero de 1899 en lo que se dio en llamar el "Abrazo del Estrecho", que se muestra en la fotografía que oficia de portada de este artículo.
Con su proverbial astucia, Roca no descansó sólo en el pacifismo (evidente, por otra parte) de su colega chileno; también se preocupó por estrechar vínculos con el presidente uruguayo Juan Cuestas, y muy especialmente con el brasilero: Manuel Ferraz de Campos Salles. Los belicistas de Chile (contrarios a Errázuriz y que no eran pocos, dicho sea de paso) se toparon así con la evidencia de que en una eventual guerra con la Argentina, no podrían contar con la ayuda de Brasil ni de Uruguay.

-Juan Carlos Serqueiros-


jueves, 7 de septiembre de 2023

ENEMIGOS ÍNTIMOS























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

No digo que Sáenz Peña sea un mal candidato; pero no es mi amigo personal ni pertenece al partido. (Julio A. Roca)

Roca es el anfitrión perenne en el festín de la decadencia. (Roque Sáenz Peña)

Fracasado que fue el intento de impedir la candidatura presidencial de Manuel Quintana proclamada el 12 de octubre de 1903 en la llamada "convención de notables" convocada a instancias de Julio A. Roca para decidir la renovación presidencial en 1904 (en que terminaba su propio período) con el propósito de frustrar a como diese lugar y sin parar en medios la postulación de Carlos Pellegrini; el íntimo amigo y socio de este último: Roque Sáenz Peña, organizó, en el elegante Café de París, situado en la calle Cangallo (actual Teniente General Juan Domingo Perón) entre San Martín y Florida, un banquete de desagravio.
En dicho evento, Sáenz Peña pronunció un durísimo discurso en el cual, con frases ingeniosas e hirientes como sables de filo, contrafilo y punta, condenaba acre y severamente la actitud de Roca. Lo acusaba de haber "concebido una presidencia sin partido (en alusión a un futuro mandato de Manuel Quintana, quien en efecto, carecía de partido político y a quien Roca esperaba manejar a su antojo —predicción esa de Sáenz Peña que no se cumpliría, en cabal demostración de que lo de profetizar no se constituía en la más destacable de sus aptitudes—) para ejercer desde afuera el gobierno caudillesco". Y finalizaba: "El triunfo estaba asegurado para nuestra agrupación, lo afirmo bajo mi palabra, pero ante las cifras reveladoras del triunfo (se refería a la candidatura de Pellegrini, obstaculizada, como cité antes), el señor general Roca desnudó a un candidato (Felipe Yofre, ministro del Zorro) y vistió al otro (Quintana) con los ropajes del muerto". (sic)
No sería esa la primera ni la última vez que Sáenz Peña cruzara fuerte a Roca; ya mucho tiempo atrás le había zampado un lapidario "es un napoleón de azúcar rubia", por el postre así llamado.
Y no era para menos; porque hay que tener en cuenta que once años antes, esto es, en 1892, Roca (en sociedad con Mitre —y dicho sea de paso, también anduvo Pellegrini en el enjuague—) había "matado" la candidatura modernista de Roque Sáenz Peña, levantando la del padre de éste, don Luis.
Así las cosas, entre aquellos dos hombres había existido hasta allí una larga la lista de desinteligencias y desencuentros, cuyo origen venía de los tiempos de la presidencia de Juárez Celman. El general Julio A. Roca y el doctor Roque Sáenz Peña no eran meramente adversarios políticos; eran directamente enemigos. Y además; enconados.
En el Zorro se resumía, para Sáenz Peña (quien había sido, paradojalmente, subsecretario de Relaciones Exteriores en la primera presidencia de aquél), todo aquello que de nocivo, corrupto, vergonzante y repudiable podía encontrarse y aún imaginarse en la política vernácula. Veía en Roca al réprobo, al caudillo, al (según sus propias palabras) "dictador oscuro que ha oprimido como el otro (refiriéndose a Juan Manuel de Rosas), por más años; aunque con menos sangre, pero con más concupiscencia".
En tanto que para Roca, hombre pragmático, reservado y cínico; Sáenz Peña era el ícono de todo aquello que en materia de política reputaba de pueril, ingenuo, inconducente, ineficaz y más aún; pernicioso: el idealismo "excesivo", el romanticismo. Veía en él a un "porteño carente de instinto político".
No es objeto de este opúsculo intentar establecer cuál de los dos estaba más acertado en cuanto se refiere a las opiniones sobre el otro, o si lo estaban ambos o ninguno, ni tampoco hasta qué punto eran justas o injustas las imputaciones que se hacían recíprocamente; pero sí, en obsequio a la verdad histórica, diré que Sáenz Peña no medía a todos con la misma vara, pues toleraba en otros, especialmente en su íntimo amigo y socio, Carlos Pellegrini, aquellas mismas cosas que condenaba en Roca. Y diré también que éste, por su parte, tampoco se privó de incurrir en una inconsecuencia idéntica a la que le achacaba a Sáenz Peña, toda vez que no sostuvo el proyecto de unificación de la deuda externa que él mismo había alentado. La verdad es que ni Roca era el caudillo venal que suponía Sáenz Peña; ni éste era el romántico carente de astucia y de voluntad que se figuraba el Zorro.
Fueron presidencias trascendentales las de los dos, a punto tal, que esta Argentina nuestra está marcada con la impronta que dejaron a sus pasos por la primera magistratura de la Nación. Y ambos a su turno, prestaron al país señaladísimos servicios: Roca fue el creador del Estado moderno, y merced a sus iniciativas se lograron: la ocupación real y efectiva de todo el territorio nacional, la ley de Educación Común y la de Registro Civil; y a Sáenz Peña debemos: la ley de Sufragio Universal que transformó el sistema político y electoral, la de Fomento de los Territorios Nacionales y la reserva exclusiva para la administración estatal de la explotación petrolera.
Pero lo que me interesa poner de manifiesto en este breve artículo, es que cada vez que así lo demandó el provecho del país, estos dos ilustres argentinos tuvieron la grandeza de hacer a un lado sus profundas, abismales, diferencias, y de subordinar cualquier oportunismo político a los intereses supremos de la Nación. Veamos si no:
A mediados de 1912, Sáenz Peña, por entonces presidente de la República, designó a Roca ministro plenipotenciario ante el Brasil, en el marco del convenio al que se había arribado con dicho país para limitar ambas naciones la adquisición de nuevos acorazados, luego de superar una etapa especialmente difícil y de gran tensión en las relaciones bilaterales. Así, no trepidaron, el uno en llamar a su mayor enemigo político para encomendarle una muy alta misión; y el otro, en aceptar y cumplirla porque así lo requería el deber para con la patria.
Y cuando en 1913 Sáenz Peña, ya muy aquejado de la enfermedad que lo llevaría a la tumba, pidió al Congreso licencia por tiempo indeterminado; Roca, en un gesto que enaltecerá por siempre su memoria, pidió a los senadores y diputados que respondían a su orientación política que la concedieran, destacándose incluso el discurso en tal sentido de su propio hijo, Julito, a la sazón, diputado por Córdoba.
El 9 de agosto de 1914 falleció el presidente Roque Sáenz Peña, y en sus funerales, que se realizaron el 11, uno de los que llevaban los cordones de la cureña que transportaba el féretro, era el general Roca. No terminaría ese fatídico año sin que muriera también éste, apenas dos meses después, el 19 de octubre. La República Argentina perdía, en aquellos aciagos momentos, dos estadistas de enorme dimensión.
En esta hora de la vida nacional tan escuálida de valores y ejemplos en la política, tan carente de heroísmos como abundante en cobardías, tan plena de miserias y egoísmos como vacía de virtuosismos y generosidades; figuras históricas insignes como la del general Julio A. Roca y la del doctor Roque Sáenz Peña deberían servirnos para tratar de mover a los hombres y mujeres públicos del hoy a que al menos intentaran reflejarse en los espejos del ayer.
Amén.

-Juan Carlos Serqueiros-

martes, 16 de mayo de 2023

HUMOR, DULCE HUMOR










































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Me había propuesto no escribir más de historia argentina, pero bueno, ya saben... la cabra al monte tira, dicen, y un adicto jamás debe afirmar que está curado.
La edición del 24 de abril de 1909 de la revista Caras y Caretas, traía esta ilustración de Cao. Bajo el sugestivo título "Adelante los que quedan" (la famosa frase que Leandro Alem insertara en la carta que dejó al suicidarse el 1 de julio de 1896), aparecen representados Julio A. Roca y José Evaristo Uriburu, ambos ex presidentes y además; consuegros, pues una de las hijas del primero, Agustina Eloísa la Gringa Roca, estaba casada con un hijo de Uriburu que llevaba los mismos nombres que su padre.
Roca le dice a Uriburu: "-Cinco presidentes han caído bajo esta presidencia; y aún falta un año y cinco meses...", y éste último asiente espantado y responde: "-¡Dios nos ayude!".
La significación del conjunto caricatura y texto es obvia: remiten a la condición de jettatore (mufoso, piedra, diríamos hoy) que se le endilgaba al por entonces presidente de la Nación, José Figueroa Alcorta, desde cuya asunción, cinco ex primeros mandatarios habían fallecido: Bartolomé Mitre el 19 de enero de 1906, Carlos Pellegrini el 17 de julio de 1906, Manuel Quintana el 12 de marzo de 1906 (precisamente, Figueroa Alcorta era su vicepresidente y juró formalmente el cargo el mismo día de la muerte de Quintana; pero ya venía ejerciendo la primera magistratura desde que éste enfermó y tuvo que delegar en él la presidencia de la República el 17 de enero), Luis Sáenz Peña el 4 de diciembre de 1907 y Miguel Juárez Celman el 14 de abril de 1909 (nótese que sólo diez días antes de la fecha de esta edición de Caras y Caretas).
Pero el genio de Cao en esta tapa, no se agota en la referencia a la mala suerte que el imaginario popular le atribuía al cordobés acarrearles a los demás, sino que también le “cae” a Roca en la forma de un finísimo humor ejercido a expensas del Zorro, utilizando para ello una graciosa ironía que se mantiene en sus límites sin ultra pasarlos para caer en la hiriente befa sarcástica, con la alusión implícita a una muerte que no es la física, el final de la existencia; sino una en sentido figurado: la pública, el ostracismo definitivo como figura rectora de la política argentina; porque ocurría que fue precisamente Figueroa Alcorta (declarado adversario de Roca), quien en una magistral jugada de ajedrez político, un año antes había dado por tierra con todo el andamiaje electoralista del roquismo, triunfando ampliamente el oficialismo en las elecciones del 8 de marzo de 1908 (ver a través de este ENLACE mi artículo "A veces, la taba se da vuelta ¿no, Zorro?".
Y la cereza del postre, Cao nos la regala en forma de un alarde de sutileza; porque la elección de la frase de Alem para el título, en modo alguno es casual, sino causal: Figueroa Alcorta trató de acercarse a los radicales, de manera de no tener muchos frentes de guerra abiertos y poder concentrarse en la pelea contra el roquismo, y si bien no logró atraérselos, por impedirlo la intransigencia de Hipólito Yrigoyen; sí consiguió que por lo menos no lo inquietaran demasiado con revoluciones como la que le habían hecho a Quintana.
En fin, José María Cao Luaces, un maestro del humor político, para una revista que dejó su impronta: Caras y Caretas.
Ah, y el bueno de Figueroa Alcorta no debe haber sido tan jettatore como lo pintaban, porque en definitiva, tanto Roca como Uriburu se “salvaron” de contarse entre los ex presidentes fenecidos durante su período: el Zorro murió el 19 de octubre de 1914, y el Búho, tan sólo cuatro días después, el 23.
¡Hasta la próxima!

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 2 de junio de 2013

¿POLÍTICA, SEXO Y CUERNOS O AMOR AL PODER?














































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

No hay nada como el amor de una mujer casada. Es algo de lo que ningún marido tiene la menor idea. (Oscar Wilde)

Ni uno ni otra  me escriben, así es que agradezco el recorte que me mandó ayer por el cual veo con gusto  que siguen siendo bien considerados por la más alta y culta sociedad. (Julio A. Roca a Ángela de Oliveira Cézar y Diana de Costa, en carta sin fecha ni mes -datada simplemente "un miércoles"- de 1904)

¿Por qué no me escribes desde hace tantos meses, nada, nada, nada? Te has resentido por el retrato que hice de ti en una carta a Guillermo Correa. Eso no está en mis libros. (Eduardo Wilde a Julio A. Roca, en carta del 11 de marzo de 1908) 

Hago un pequeño paréntesis en la serie UNA MITAD DEL PAÍS CONTRA LA OTRA que vengo publicando (y de la cual se avecina, les anuncio, en el curso de los próximos días la última parte), para narrarles una historia de las llamadas (mal llamadas) de alcoba, que a priori pareciera no tener nada que ver con el objeto de dicha serie. Pero que por lo contrario; sí tiene que ver, y mucho. Y cuando lean el final de la sucesión de artículos, van a comprobar cuánto.
Ah, y también en ese momento, van a advertir que esta interrupción, lejos de ser ociosa; tiene un motivo concreto: suministrarles una información que estimo indispensable a la hora de hacer cada cual su propia interpretación, es decir su particular hermenéutica acerca de los hechos comprobados mediante la evidencia, esto es, la heurística. ¿Vieron que en un thriller (si el autor del mismo tiene eso llamado honestidad intelectual y no incurre en hacer trampa a sus lectores) invariablemente están narrados todos los personajes, datos, circunstancias y hechos de los cuales el protagonista principal extrae la solución final al misterio? Bueno, en este caso es lo mismo, sólo que en lugar de tratarse de novela; es historia.
En la imagen de arriba aparece la tapa de la edición n° 130, del 30 de marzo de 1901, de la revista Caras y Caretas. Como podrán observar, en la ilustración está caricaturizado el por entonces presidente de la Nación, Julio A. Roca, al cual su ministro de Relaciones Exteriores, Amancio Alcorta, le dice: "General, la prensa critica el nombramiento de Wilde para ministro en Holanda"; y el Zorro responde: "Pues confío en que ha de serle grato a Guillermina".
Se trataba de una sutil mordacidad que llevaba aparejada una buena carga de satírico humor político, pues el "Wilde ministro en Holanda" mencionado (por esa época, se les decía ministros no sólo a los que integraban el gabinete, sino también a los designados como plenipotenciarios y destacados ante los gobiernos y cortes de las naciones extranjeras), no era otro que Eduardo Wilde, íntimo amigo de Roca, que durante la primera presidencia de éste y como ministro de Justicia e Instrucción Pública había tenido una eficaz y descollante actuación en la creación de las leyes n° 1420 de Enseñanza Primaria Gratuita y Obligatoria (ver en este ENLACE mi artículo al respecto), de la nº 1565 de Registro Civil y de la nº 2393 de Matrimonio Civil, y que ahora ("ahora" en 1901, quiero decir, durante el segundo mandato de Roca) era a la sazón director del Departamento Nacional de Higiene. En cuanto a la citada "Guillermina", oculta y disfrazada tras la apariencia de referirse a la reina de Holanda, Guillermina de Orange; estaba la implícita alusión a Guillermina María Mercedes de Oliveira Cézar y Diana, que era la esposa de Wilde y a la vez, desde hacía unos cuantos años, la amante del presidente Roca. La ironía, hiriente como un fino estilete, estaba ahí, clarísima: en buen criollo quería decir que a Roca lo que le interesaba, era que estuviera contenta con la designación, Guillermina, pero la Guillermina "de acá", se entiende; no la "de allá", la de Holanda. Y le importaba tres belines lo que al respecto opinara la prensa. Pero... ¿era tan así como lo ponía Caras y Caretas -y otra buena porción de los medios y toda (o casi toda) la "clase política"-? Veamos:
En 1885 Wilde, que tenía por entonces 41 años (n. Tupiza, Bolivia, 15.06.1844) y que era como cité antes, ministro de Roca, se casó en Buenos Aires con Guillermina cuando ésta era una adolescente de 15 (había nacido en Montevideo, Uruguay, el 25.06.1870). Los testigos de la boda (que causó gran suceso, dada la notoriedad del novio y la pertenencia de la novia al más selecto círculo social porteño) fueron nada menos que los colegas de Wilde en el gabinete nacional: Carlos Pellegrini, Bernardo de Irigoyen, Victorino de la Plaza y Benjamín Victorica; y padrino, el mismísimo presidente de la Nación, Julio A. Roca. Wilde -cuya figura histórica, si bien de tanto en tanto es destacada; no ha alcanzado el grado de relevancia que correspondería a sus enormes méritos- era uno de los más preclaros exponentes de eso que se dio en llamar Generación del 80: prominente médico, pensador, periodista, escritor y político. En cuanto a Guillermina, que había tenido una esmerada educación en el exclusivo Colegio Americano fundado por una de las maestras norteamericanas traídas al país por Sarmiento, además de evidenciar una despierta inteligencia y una muy notable independencia de criterios; detentaba un encantador savoir faire y tenía un rostro de extraordinaria belleza y una agraciada figura no exenta de exuberancia, tanto delantera como trasera. Ustedes entienden... 


Al término de su gestión como ministro de Roca en 1886, Wilde fue designado ministro del Interior por el presidente Juárez Celman, cargo al que renunció en 1889. Por entonces, la pareja se dedicó a viajar por el mundo, regresando a Buenos Aires recién en 1893. No se sabe si desde que se casaron, o si llegaron después a esa decisión en Europa, ni importa; lo cierto es que los cónyuges optaron por un matrimonio "abierto". De Wilde se supo que frecuentó muchas mujeres, en cambio; de Guillermina se ignora si es que, o bien fue más discreta y nada trascendió, o bien se abstuvo de mantener relaciones con otros hombres. Sea como haya sido, al poco tiempo del regreso a la Argentina de Wilde y su esposa, ella y Julio A. Roca (que había enviudado en 1890 y que largamente la doblaba en edad) se convirtieron en amantes.
La relación -que ninguno de los dos (o mejor dicho; de los tres) se preocupó por mantener en reserva, ya que si bien no andaban proclamándola a los cuatro vientos; tampoco se escondían ni se molestaban en tomar precauciones para encontrarse-, fue el chisme de todo Buenos Aires. Y por supuesto, no era en modo alguno ignorada, sino consentida por el complaciente Wilde; ya que entre él, su esposa y Roca, mantenían como siempre el más estrecho vínculo amistoso, "ampliado" ahora con un armónico ménage à trois.
Y si la cosa ya era archiconocida públicamente, al asumir Roca en 1898 otra vez la primera magistratura del país, el cotilleo por el "escándalo" llegó al paroxismo, máxime cuando el Zorro influyó para que la jefatura del regimiento de Coraceros (que tenía a su cargo la responsabilidad de la escolta presidencial) recayese en un hermano de Guillermina, con lo cual la gente empezó a llamar "guillerminos" a los coraceros, y cuando durante la visita a Brasil en 1899 -en la cual Wilde, en tanto funcionario de alta jerarquía en el gobierno, integraba la comitiva oficial (acompañado por su esposa, desde ya)- los tres andaban juntos a toda hora, y Roca llegó hasta alterar el programa protocolar del país anfitrión para que en el palacio en que iban a alojarse él, sus ministros y secretarios, quedaran libres los aposentos destinados a uno de estos últimos, al cual mandó a un hotel; de manera de ubicar en ellos a Wilde y de ese modo poder estar cerca de la hermosa Guillermina.
En el mundillo de la política, entonces, las habladurías y maledicencias en torno al asunto se exacerbaron. Y la prensa -o por lo menos, buena parte de ella-  también "aportó" lo suyo, empeñada en que la cosa adquiriese ribetes de cuestión de estado. Por su parte, Roca se limitó a designar a Wilde ministro plenipotenciario de la Argentina ante el gobierno de los Estados Unidos, y luego también ante los de México, España, Bélgica y Holanda. Y allá fueron, Wilde y también, obviamente, su esposa. Y sin embargo, los comentarios zafios se atenuaron pero no cesaron; como hemos visto en esa tapa de Caras y Caretas, que es de un tiempo en el cual Guillermina ya no estaba en el país y por ende, ya no podía ser la amante de Roca; a menos que éste la tuviera tan larga, que llegase hasta el extranjero (y disculpen la crudeza).
Y eso es todo lo que necesitan saber acerca del "escándalo" Roca-Guillermina; porque este es un artículo de historia y no los miserables engendros televisivos de Rial y/o Tinelli con sus chabacanerías faranduleras. Si a alguien le interesa ahondar en los detalles escabrosos, pues entonces vaya y lea a Félix Luna, quien en esa ficción novelesca disfrazada de historia que es su libro Soy Roca, acomete una de sus ocupaciones favoritas: el puterío soez y trivial.
Retomo: toda la historiografía (y cuando digo toda, es exactamente eso, toda), sea opuesta o favorable al Zorro, es coincidente en afirmar que Roca buscó alejar a Guillermina nombrando ministro en el extranjero a Wilde; mientras que este humilde servidor sostiene todo lo contrario: tengo el absoluto convencimiento de que a quien quiso alejar Roca no fue a Guillermina, sino a Wilde.
Se me preguntará por qué y es sencilla la respuesta: por una combinación de motivaciones suyas personales y políticas. Ambos eran inteligentísimos, pero Wilde, además de inteligente, era intelectualmente brillante; mientras que Roca no. Y en una personalidad como la del Zorro -que era perfectamente consciente de la superioridad intelectual de su amigo por sobre la suya-, eso era corrosivo. Para colmo, Wilde era el esposo de esa a la que Roca reputaba como la mujer: la hermosa, inteligente, sensual, chispeante, seductora, rica, independiente y liberal Guillermina. Cierto es que él era su amante, pero el Zorro sabía (mejor que nadie) que el amor de Guillermina era para Wilde, y eso lo carcomía; él necesitaba poseerlo todo. Roca era valiente y cada grado militar lo había ganado en una batalla, jugándose la vida; pero Wilde era capaz de evidenciar un heroísmo que trascendía el coraje físico, como lo demostró durante la epidemia de fiebre amarilla que asoló Buenos Aires en  1871, exponiendo su vida sin hesitar y cumpliendo una abnegada labor médica, mientras casi todos los gobernantes -incluyendo a quien era por entonces presidente de la Nación, Sarmiento-, en una actitud miserable, huyeron de la ciudad despavoridos en un tren especial. Y políticamente, Roca era innovador, liberal y progresista a su modo, pero también era fundamental, intrínsecamente, un oligarca; mientras que Wilde, a pesar de llevar el tren de vida de un aristócrata; siempre tuvo inquietudes sociales, de favorecer a los más humildes, a los de abajo (era muy comentado siempre el aviso que publicó en el diario La Prensa: "Dr. Eduardo Wilde, atiende gratis a los pobres por decisión propia, y también atiende gratis a los ricos; pero por decisión de ellos"). Y por último, les pido aquí -desde ya, perdón por la impertinencia y el atrevimiento- que registren este punto en sus memorias para cuando publique la última parte de la serie UNA MITAD DEL PAÍS CONTRA LA OTRA; porque el mismo tiene una especial significación, como podrán comprobarlo oportunamente):  Wilde era obstinadamente antimitrista y resumía en Mitre todo lo nefasto de la oligarquía sectaria, y por supuesto, el diario La Nación lo odiaba, y si no se atrevía a zaherirlo más; era sólo porque Wilde con la pluma constituía un enemigo formidable y sus estocadas de finísima ironía eran dirigidas hábilmente con tal precisión que resultaban letales. Pero reitero, recuerden esto porque es importante: Wilde era tenaz, ferozmente opositor a Mitre.
Roca no "alejó a Guillermina" por chimentos de la prensa, ni -como sostiene Félix Luna- porque "la situación estaba afectando su autoridad, así como dañaba la reputación de Guillermina y el prestigio de Wilde", ni por celos palaciegos como los del cortesano Enrique García Mérou, quien se escandalizaba por las "preferencias" que Roca hacía con Wilde (o sea, traducido al criollo, al tipo le molestaban las preferencias presidenciales, pero porque las mismas no se orientaban hacia él), y mencionaba que "Roca tiene una pasión senil por Guillermina y los errores de su gobierno responden a un principio de reblandecimiento"; pero se cuidaba muy bien de decir que quien pensaba eso, era él mismo, y prudentemente (el miedo no es zonzo), se lo atribuía a unos tales "todos han dado en decir" (pero claro, sin consignar quiénes eran esos todos que habían dado en decir). En fin, pavadas nomás, voceo de otarios.
Al Zorro (a quien jamás le importó nada que no fuera el país, la política y el poder) lo tenían sin cuidado los chismes, lo que se escribiera en diarios y revistas, la reputación de Guillermina y el prestigio de su amigo, y a  quien sí alejó, fue a Wilde. Y eso lo hizo por resquemor, por las prevenciones que en su psique hacían albergar sus sentimientos encontrados y por cuestiones de conveniencia política cuyos designios y entramado sólo una persona en el mundo conocía: el propio Roca. Y que en unos días nomás, también vamos a conocer nosotros; porque hay algo que los protagonistas de la historia, sean de la época que fueren, no pueden impedirnos a quienes vivimos en otra y pretendemos ahondar en dicha historia; y ese algo son las consecuencias de los hechos que produjeron y los actos que cometieron; a través de las cuales siempre nos es posible inferir los motivos que tuvieron para hacer lo que sea que hayan hecho.
Espero les haya gustado el artículo. Gracias por la paciencia y nos estaremos reuniendo en unos días, para el final de la serie UNA MITAD DEL PAÍS CONTRA LA OTRA.
¡Hasta ese momento!

-Juan Carlos Serqueiros-