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martes, 16 de mayo de 2023

HUMOR, DULCE HUMOR










































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Me había propuesto no escribir más de historia argentina, pero bueno, ya saben... la cabra al monte tira, dicen, y un adicto jamás debe afirmar que está curado.
La edición del 24 de abril de 1909 de la revista Caras y Caretas, traía esta ilustración de Cao. Bajo el sugestivo título "Adelante los que quedan" (la famosa frase que Leandro Alem insertara en la carta que dejó al suicidarse el 1 de julio de 1896), aparecen representados Julio A. Roca y José Evaristo Uriburu, ambos ex presidentes y además; consuegros, pues una de las hijas del primero, Agustina Eloísa la Gringa Roca, estaba casada con un hijo de Uriburu que llevaba los mismos nombres que su padre.
Roca le dice a Uriburu: "-Cinco presidentes han caído bajo esta presidencia; y aún falta un año y cinco meses...", y éste último asiente espantado y responde: "-¡Dios nos ayude!".
La significación del conjunto caricatura y texto es obvia: remiten a la condición de jettatore (mufoso, piedra, diríamos hoy) que se le endilgaba al por entonces presidente de la Nación, José Figueroa Alcorta, desde cuya asunción, cinco ex primeros mandatarios habían fallecido: Bartolomé Mitre el 19 de enero de 1906, Carlos Pellegrini el 17 de julio de 1906, Manuel Quintana el 12 de marzo de 1906 (precisamente, Figueroa Alcorta era su vicepresidente y juró formalmente el cargo el mismo día de la muerte de Quintana; pero ya venía ejerciendo la primera magistratura desde que éste enfermó y tuvo que delegar en él la presidencia de la República el 17 de enero), Luis Sáenz Peña el 4 de diciembre de 1907 y Miguel Juárez Celman el 14 de abril de 1909 (nótese que sólo diez días antes de la fecha de esta edición de Caras y Caretas).
Pero el genio de Cao en esta tapa, no se agota en la referencia a la mala suerte que el imaginario popular le atribuía al cordobés acarrearles a los demás, sino que también le “cae” a Roca en la forma de un finísimo humor ejercido a expensas del Zorro, utilizando para ello una graciosa ironía que se mantiene en sus límites sin ultra pasarlos para caer en la hiriente befa sarcástica, con la alusión implícita a una muerte que no es la física, el final de la existencia; sino una en sentido figurado: la pública, el ostracismo definitivo como figura rectora de la política argentina; porque ocurría que fue precisamente Figueroa Alcorta (declarado adversario de Roca), quien en una magistral jugada de ajedrez político, un año antes había dado por tierra con todo el andamiaje electoralista del roquismo, triunfando ampliamente el oficialismo en las elecciones del 8 de marzo de 1908 (ver a través de este ENLACE mi artículo "A veces, la taba se da vuelta ¿no, Zorro?".
Y la cereza del postre, Cao nos la regala en forma de un alarde de sutileza; porque la elección de la frase de Alem para el título, en modo alguno es casual, sino causal: Figueroa Alcorta trató de acercarse a los radicales, de manera de no tener muchos frentes de guerra abiertos y poder concentrarse en la pelea contra el roquismo, y si bien no logró atraérselos, por impedirlo la intransigencia de Hipólito Yrigoyen; sí consiguió que por lo menos no lo inquietaran demasiado con revoluciones como la que le habían hecho a Quintana.
En fin, José María Cao Luaces, un maestro del humor político, para una revista que dejó su impronta: Caras y Caretas.
Ah, y el bueno de Figueroa Alcorta no debe haber sido tan jettatore como lo pintaban, porque en definitiva, tanto Roca como Uriburu se “salvaron” de contarse entre los ex presidentes fenecidos durante su período: el Zorro murió el 19 de octubre de 1914, y el Búho, tan sólo cuatro días después, el 23.
¡Hasta la próxima!

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 12 de agosto de 2012

A VECES, LA TABA SE DA VUELTA ¿NO, ZORRO?



































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Siento morir sin dejarles fortuna. (José Figueroa Alcorta a sus hijos, desde el lecho, en trance de muerte)

El 25 de enero de 1906 el presidente de la Nación, Manuel Quintana, con su salud deteriorada por haber sido jaqueado el año anterior por una revolución radical y un atentado anarquista contra su vida, se vió obligado a pedir licencia, asumiendo interinamente la primera magistratura del país el vicepresidente José Figueroa Alcorta. Menos de dos meses más tarde, el 12 de marzo, falleció Quintana y Figueroa Alcorta se hizo cargo definitivamente de la presidencia hasta la culminación del período.
El ambiente estaba más que caldeado y la situación era delicada. La preeminencia del general Julio A. Roca en la política nacional estaba fuertemente cuestionada y el país entero anhelaba un cambio, cambio este que el radicalismo íntentaba producir por medio de la revolución, y que las figuras dominantes buscaban frenar a como diese lugar, a través de Marcelino Ugarte, el propio Roca y el mitrismo, cuya jefatura ejercía Emilio Mitre.
En ese contexto, le tocó gobernar a Figueroa Alcorta. Cada uno de esos factores de poder pensó que lo iba a poder manejar como a un títere. Y se equivocaron. Todos.
El presidente empezó a tantear el terreno, y a contactarse con los distintos referentes en busca de consolidarse: habló con los radicales, que se mostraron intransigentes; los roquistas, que le trabaron todo lo que podían; los mitristas, que le reclamaron la entrega de "algunas situaciones provinciales" (es decir, intervenir provincias, poniendo en sus gobiernos a mitristas) y los ugartistas, que le exigieron derechamente a cambio de su apoyo, la designación de Ugarte como candidato por el oficialismo para las presidenciales de 1910.
En ese complicado panorama, Figueroa Alcorta se revelaría como un consumado ajedrecista: jugando con las negras, haría una brillante defensa siciliana. Hábilmente, eludió todas las presiones y no cedió a ninguna, hasta que en enero de 1908 el Congreso, que estaba en sesiones extraordinarias y que se negaba a tratar el presupuesto que había enviado el ejecutivo, intentó hacerle juicio político.
El presidente aprovechó entonces magistralmente a sus alfiles en fianchetto, es decir, sus ministros: el del Interior, Marco Avellaneda, y el de Relaciones Exteriores, Estanislao Zeballos, y enérgicamente, sin titubeos, avanzó sobre el Congreso. Llamó a acuerdo de ministros de su gabinete y con la firma de todos ellos, retiró del Congreso las cuestiones que le había sometido a su consideración, y por decreto prorrogó para 1908 el presupuesto votado para 1907. Paralelamente, mandó al cuerpo de bomberos a clausurar el Congreso, y a la policía a impedir reuniones fuera de él.
Roquistas, mitristas y ugartistas, estupefactos, inútilmente clamaron "¡tiranía!". Y en vano también, el diario La Nación intentó movilizar a la ciudadanía en contra de la medida presidencial, produciendo el efecto contrario al buscado; porque la gente se movilizó, sí... pero en apoyo a Figueroa Alcorta: un crecido público fue a burlarse de los congresistas, y especialmente, silbó a Emilio Mitre. 
Y no paró allí el presidente: con firmeza, astucia y sentido de la oportunidad, anuló la influencia de Ugarte, y desarmó el entramado que le tejía el Zorro, el más ducho en componendas. Las elecciones de legisladores del 8 de marzo de 1908 resultaron en un apabullante triunfo del oficialismo: el ministro Avellaneda circuló a los gobernadores de provincia la lista que debía votarse y sanseacabó. Figueroa Alcorta contaría así con un congreso adicto, y gobernaría -con algún que otro sobresalto- hasta la conclusión de su mandato.
En cuanto a Roca, ese fue su ocaso: estaba herido en el ala y ya no podría reponerse.
El logro más destacable de la presidencia de Figueroa Alcorta sería el de echar las bases para la mudanza del sistema político, para introducir, por evolución y no por revolución, las modificaciones tendientes a terminar con las prácticas electoreras aberrantes. Durante su período, se produjo el descubrimiento del yacimiento petrolífero de Comodoro Rivadavia, al cual protegió mediante la ley que reservaba su explotación al Estado y prohibía su concesión a terceros. Hizo una transición ordenada del mando a su sucesor en el cargo, Roque Sáenz Peña, con el cual consensuó las reformas que desembocarían en la ley 8871 que consagró el sufragio universal, secreto y obligatorio.
Fue el único argentino en presidir los tres poderes: el legislativo, porque como vicepresidente de Quintana fue titular del Senado; el ejecutivo, sucediendo a Quintana al fallecer éste; y más adelante el judicial, presidiendo, desde 1929 hasta su muerte el 27 de diciembre de 1931, la Suprema Corte.

-Juan Carlos Serqueiros-