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miércoles, 20 de mayo de 2026

ENRIQUE STEIN. PERIODISMO SATÍRICO, POLÍTICA, PUBLICIDAD, ARTE Y NEGOCIOS





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

El día que abraces tu totalidad, sólo habrá un mundo para todos. (Gabriela Borraccetti)

El Mosquito fue un periódico hebdomadario editado en Buenos Aires, que salía los domingos y se autodefinía como “independiente, satírico, burlesco y de caricatura”. Fundado en 1863 por el dibujante y litógrafo francés Henri Meyer, su primera edición fue la del 24 de mayo de dicho año. Las caricaturas las hacía el propio Meyer y sus redactores, qué decir... un lujo literario: el también francés (nacionalizado argentino) Luciano Choquet, Estanislao del Campo y Eduardo Wilde. En 1868 se incorporó como ilustrador otro francés: Henri —después argentinizado en Enrique— Stein (n. París, 04.10.1843), quien pronto se constituiría en factótum pasando, en 1872, a detentar el cargo de director gerente, para después, en 1875, adquirir el periódico y convertirse en su editor y director propietario, mimetizándose con la publicación hasta el punto de identificarla con su propia figura caricaturizada y “armada” con un filoso lápiz a guisa de lanza. Quedaba claro que El Mosquito y Stein eran una sola cosa, un ente inescindible. Y que sus sátiras eran tan de temer como las punzantes plumas de Sarmiento en El Nacional o de Varela en La Tribuna (a los cuales, por otra parte; El Mosquito no trepidaba en interpelar e increpar).
En 1874, no obstante ser Stein director gerente de El Mosquito (y por lo tanto alineado con el Partido Autonomista de Adolfo Alsina); sorpresivamente aceptó una oferta del Partido Nacionalista para ilustrar el periódico La Presidencia, el cual postulaba la candidatura de Bartolomé Mitre. Dado que obviamente se vería obligado a contradecir, desde las páginas del semanario mitrista, las publicaciones del que él mismo dirigía, firmaba sus caricaturas en El Mosquito con su nombre y apellido; mientras que rubricaba con el pseudónimo Carlos Monet o las iniciales C. M. las que hacía para La Presidencia. Y a los reproches que recibía, los contestaba con el argumento: “no soy argentino ni político, soy dibujante”, es decir, actuaba como un profesional que no veía impedimento alguno para cobrar de Alsina y a la vez, también de Mitre.
En cuanto a lo de auto definirse como independiente… bueno, le diría que eso mejor lo tome usted con pinzas, mi apreciado amigo lector, ya que la cosa no era así —o al menos, no tan así—, porque en 1882 se había obligado contractualmente por el término de dos años, a ponerse bajo el auspicio (léase apoyo económico) del Partido Autonomista Nacional de la provincia de Buenos Aires. Y después, resignó definitivamente su tan cacareada independencia aún cuando ya no mediaba convenio que lo obligase a ello, en tanto su línea editorial dejaba trasuntar su alineamiento con el roquismo primero y el juarismo después. 
El Mosquito se mantuvo en el primer lugar de las preferencias del público durante treinta años. Satirizaba a todos y de todos se reía, empezando por sí mismo, es decir, por quienes constituían su staff: a la pregunta que se le hacía acerca de si era “mashorquero” (rosista) o “salvage” (unitario), “crudo” (alsinista) o “cocido” (mitrista); respondía: “soy político y como todos los demás del gremio disbarro y disbarraré” (donde se emplea disbarro por “desbarro”, o sea desatino, dislate, yerro, barbaridad, disparate). Quedaba clarísimo: El Mosquito podía asumir cualquier postura político partidaria e incluso adherir ocasionalmente a un candidato, para inmediatamente después zaherirlo y ponerse en contra, arrogándose la prerrogativa de ostentar una llamativa volubilidad a la cual consideraba derecho propio y hasta motivo de orgullo. La excepción que confirmaba la regla fue la inalterable admiración de Stein hacia la figura política de Julio A. Roca, la cual —tengo para mí— más que en la coincidencia entre su propio apellido (que en alemán quiere decir roca) y el del Zorro; se basaba en el postulado “paz y administración” que este último enunciaba y en las ideas de republicanismo liberal que ambos profesaban.
Pero lo que me propongo, más que narrar la historia de El Mosquito; es referirme a las aptitudes innatas que de sobra se evidencian en Stein a la hora de analizarlo no ya como artista y periodista; sino en su faceta de publicista, actividad en la cual obtuvo también un éxito nada desdeñable. Para ello, he elegido como portada de este opúsculo una publicidad de Bagley del año 1889, por él diseñada y ejecutada en la técnica litografía coloreada, encargada por su cliente y amiga, la inglesa Mary Jane Hamilton viuda de Melville Sewell Bagley, quien desde la muerte de su esposo ejercía la dirección de dicha empresa. Estaba destinada a la promoción de las manufacturas características de la compañía: la bebida Hesperidina, aperitivo argentino por antonomasia hecho a partir de corteza de naranja agria; el dulce (mermelada) Bagley, elaborado con la pulpa de naranja que quedaba en el proceso como excedente; y las galletitas Adelina, por entonces recientemente lanzadas al mercado y así llamadas en homenaje a la soprano Adelina Patti.
Se trata de una propaganda comercial inspirada en la situación política de la época, de manera de aludir a las profundas discrepancias que en materia de ideas, opiniones y criterios, existían entre los personajes en ella representados (de izquierda a derecha: Ramón J. Cárcano (¿o Aristóbulo del Valle?), Julio A. Roca, Bartolomé Mitre, Miguel Juárez Celman, Dardo Rocha y Eduardo Wilde), pero a la vez; minimizándolas y volviéndolas relativas mediante una inscripción que reza: "En algo han de estar de acuerdo y es que los productos de Bagley son 3 cosas buenas" (sic). La magistral asociación entre imagen y epígrafe en aquel mensaje publicitario venía así a resultar altamente eficaz en tanto establecía una conexión directa con el consumidor transmitiéndole optimismo y positivismo.
Pero en rigor de verdad, debo mencionar también que Stein tenía un criterio bastante… elástico, digamos, al momento de observar y respetar, en el ámbito de la propaganda comercial, el límite entre el legítimo empleo de la fantasía como medio de generar deseo; y lo que era lisa y llanamente publicidad engañosa: en su edición de fecha 30 de julio de 1882, incurrió en esa mala práctica al hacer promoción —para colmo, encubierta, disfrazada de noticia— de la cerveza que fabricaba su cliente y amigo Emilio Bieckert, expresando beneplácito ante la decisión de éste de rehusar la medalla de oro emergente de la obtención del primer premio en el contexto de la Exposición Continental Sud-Americana de ese año. Aparentando no necesitar de ningún galardón, Bieckert a través de la pluma de Stein hacía trascender que renunciaba al premio que se le otorgaba, molesto e indignado porque el jurado había cometido “la increíble injusticia de dar uno igual a otro cervecero” (sic), pero sin siquiera especificar de cuál “otro cervecero” se trataba, pues no revelaba ni la empresa elaboradora ni la marca comercial, lo cual no le impedía endilgarle “tener cuñas y servirse de ellas”, para concluir preguntando: “¿No es acaso el público consumidor el que da el fallo en esta cuestión?”. Todas macanas. La verdad era que Bieckert no rehusó ningún premio y que el público no estaba en condiciones de “dar el fallo”, al no poder probar otras marcas, toda vez que se le había concedido a Bieckert la exclusividad en el expendio de cerveza en todos los cafés, restaurantes y pabellones de la Exposición. Así las cosas, en esa publicidad subrepticia, enmascarada de modo de hacerla pasar por cordial adhesión a la actitud de un amigo, Stein incurrió en nada menos que falsear información, tergiversar y ocultar datos.
En fin… una de cal y otra de arena. Después de todo, nunca hay que olvidar que de carne somos. Ah, y a propósito: estimo pertinente destacar que en 1888 Stein había procedido con nobleza cobijando en su propia casa a su archirrival periodístico: Eduardo Sojo, director del periódico Don Quijote (ferozmente opositor al gobierno), de modo de sustraerlo a la persecución de que era objeto por parte del jefe de policía Alberto Capdevila y de Lucio V. Mansilla (quien incluso, el año anterior lo había hecho encarcelar).
En enero de 1889, más o menos coincidentemente con los días en que lanzaba la publicidad para Bagley, Stein recibió un mensaje del presidente de la Nación, Miguel Juárez Celman, por el cual éste le ofrecía “complacerle en algún favor” (se sobreentendía que ese “favor” adquiría el carácter de “especial”, por cuanto de hecho, estaba subvencionado por el gobierno tanto directa como indirectamente). Entonces Stein manifestó que le gustaría integrar la comitiva oficial que viajaría a París con motivo de la participación argentina en la Exposición Universal de ese año, lo cual le fue concedido. Así, en marzo dejó la dirección del periódico en manos de su colaborador Eugenio Damblans y viajó a la “ciudad luz”, en la cual permaneció hasta agosto, en que regresó a Buenos Aires para reasumir la dirección de El Mosquito en septiembre.
Por entonces, se sentía cada vez más hastiado de la política y proyectaba alejarse de ella. Desde 1881 había venido desarrollando sostenidamente su propio comercio: Librería y Papelería Artística Stein, del cual podía vivir cómodamente y sobre todo; más tranquilo (nunca evidenció excesiva apetencia por el dinero ni se demostró afecto al lujo). Pocos días antes del estallido de la Revolución del Parque, anunció que vendía El Mosquito a “una sociedad anónima” (sic) y que en consecuencia, cesaba en su función de editor responsable y quedaba “solamente” a cargo de los grabados y la administración" (sic). Y en tal carácter siguió hasta la edición n° 1580 del domingo 13 de julio de 1893, fecha en que el semanario, sin anuncio previo, simplemente dejó de salir. De allí en adelante, en lo comercial se dedicó a su negocio de librería, papelería, fotografía y galería de arte, mientras que en lo artístico se consagró principalmente al dibujo histórico. Su óleo sobre tela pintado en 1903 y titulado “Declaración de la Independencia”, aún hoy continúa reproduciéndose en las láminas ilustrativas de los manuales escolares.
Enrique Stein falleció en Buenos Aires el 17 de enero de 1919. Si existe eso llamado eternidad, ya lo encontraremos en algún recodo de ella con su lápiz-lanza en ristre dispuesta a destripar algún político, tendiendo su mano caballeresca y fraterna al rival en desgracia, tejiendo la urdimbre de verdad-mentira en el reino de la publicidad comercial y con el corazón siempre dividido entre su amada Francia y esta nuestra Argentina en la que vino a dejar sus huesos.

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS

AGN. a) Biblioteca. Colección Celesia. Productos Bagley. El Mosquito, 1889.
          b) Fondo Enrique Stein, Sala VII, Leg. 1438-1441.
BNMM. Diarios y revistas. El Mosquito, periódico semanal, independiente, satírico, burlesco y de caricatura.
Román, Claudia A. Prensa, política y cultura visual. El Mosquito (Buenos Aires, 1863-1893). Editorial Ampersand, Buenos Aires, 2017.
Suárez Danero, Eduardo M. El cumpleaños de El Mosquito. Eudeba, Buenos Aires, 1964.


domingo, 22 de septiembre de 2024

EL JUICIO DE PARIS Y LA POLÍTICA ENTRERRIANA EN 1881






























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Las parodias y las caricaturas son las críticas más penetrantes. (Aldous Huxley)

La imagen que en el presente opúsculo oficia de portada, corresponde a una litografía de Henri Stein publicada en su periódico El Mosquito, edición del domingo 11 de setiembre de 1881, bajo el título “MITOLOGÍA ENTRERIANA” (sic) y con un epígrafe que reza: “Paris-Antelo quiere dar la manzana a Juno-Febre. Hay gustos que merecen palos”.
La ilustración es alusiva a la situación política de Entre Ríos en 1881, en torno a la puja por la sucesión en el gobierno provincial para el período 1883-1887, y remite a la mitología griega, más precisamente, al Juicio de Paris: Eris (la diosa de la discordia), deja en la boda de Peleo y Tetis una manzana dorada para que sea entregada a “la más bella”. Hera (hermana y esposa de Zeus y diosa del matrimonio); Afrodita (diosa del amor sensual); y Atenea (diosa de la inteligencia y la guerra) se la disputan (de allí lo de manzana de la discordia). Ante esa pelea, Zeus, por conducto de Hermes, le encarga a Paris (príncipe troyano hijo del rey Príamo) dirimir la cuestión entregándola a quien juzgue la más bella de entre las tres diosas, y éste se decide por darla a Afrodita, porque ésta le había prometido el amor de la mujer más hermosa de la tierra: Helena (esposa de Menelao, rey de Esparta). Paris “rapta” a Helena (que muy gozosa y complaciente se deja “raptar”) haciendo cornudo a Menelao, y fue así que se desata la guerra de Troya que narra Homero en La Ilíada.


Stein establece un alegoría con el Juicio de Paris asignando el rol de tal al por entonces gobernador de Entre Ríos: el coronel José Francisco Antelo, al que nos lo muestra como entregando la manzana dorada (el próximo gobierno provincial) a Ramón Febre, quien aparece caracterizado como la diosa Juno (en la mitología romana, equivalente a Hera). Detrás de Paris-Antelo y de Juno-Febre, se sitúan, de izquierda a derecha, los otros dos aspirantes al gobierno: Eduardo Racedo y Diógenes de Urquiza, caracterizados respectivamente como Afrodita y Atenea.
Pero… ¿qué ocurría para que Antelo (federal, autonomista y adherido a la liga de gobernadores que había levantado y apoyado la candidatura del general Julio A. Roca) mirara con simpatía para sucederlo en el gobierno de Entre Ríos, nada menos que al unitario y liberal Ramón Febre? Es que había entrambos una muy cordial relación surgida a partir de uno de esos raros avatares de la política vernácula en que terminan confluyendo dos hombres a priori situados en las antípodas ideológicas: Febre había sido el gobernador anterior a Antelo, y estando próximo a concluir su mandato sorprendió a propios y extraños apoyando la candidatura de éste para sucederlo en el cargo. Y no se quedó sólo en eso, sino que además; usó sin disimular toda su influencia haciendo que el Club Libertad la proclamase, y hasta hizo que el periódico El Liberal se constituyera en su órgano propagandístico. ¡Inaudito: un acérrimo unitario, liberal, y por añadidura; muy amigo de Sarmiento, llevando del brazo al gobierno a un urquicista y federal a machamartillo! Es que más allá de pensamientos diferentes, aquellos dos hombres coincidían en privilegiar lo que consideraban las conveniencias de la provincia. Fue Febre quien en agosto de 1878 expresó en carta a Antonio del Viso (por entonces gobernador de Córdoba) su intención de integrarse a una liga de gobernadores para actuar de consuno en las cuestiones electorales, y también fue él quien en 1879, presidió en Concepción del Uruguay el acto de proclamación de la candidatura de Julio A. Roca a la presidencia de la República. Así las cosas, elegidos Antelo gobernador para el período 1879-1883 y Febre senador nacional (que lo sería desde 1880 hasta 1889), el primero, agradecido, se propuso a sí mismo que llegado el momento, devolvería gentilezas propiciando y auspiciando el retorno del segundo al gobierno provincial.
Y tal como a su turno lo había hecho Febre, Antelo se sumó a la liga de gobernadores que sostenían la candidatura de Roca; si bien es menester citar que tuvo en eso un “pequeño desliz”: la feroz oposición al Zorro en Buenos Aires, movió al presidente Nicolás Avellaneda a designar, el 28 de agosto de 1879, ministro del Interior a Sarmiento —lo cual en la práctica implicaba oficializar la postulación de éste a la presidencia en tanto se lo convertía en amo y señor de las situaciones provinciales—, y ante esa circunstancia Antelo, empeñado en identificarse con el gobierno nacional a como diera lugar, se apresuró a enviar al sanjuanino un telegrama de felicitaciones en el cual consignaba que adhería complacidísimo (sic) a su candidatura. No obstante, convengamos en que ello no significaba una defección de Antelo, ya que por esos días hasta Roca dudaba seriamente de sus posibilidades reales de presidir la República (y así lo entendió él mismo, porque superados todos los escollos y una vez en el poder luego de la guerra civil de 1880, nada hizo contra Antelo —a quien dicho sea de paso, le cupo una destacadísima participación en lo militar a favor de la Nación—, sino que por lo contrario; siguió brindándole su apoyo —y de hecho, los electores de Entre Ríos, a instancias del gobierno provincial, habían votado por él—).
En cuanto a los otros dos postulantes a la gobernación, es decir Diógenes de Urquiza y Eduardo Racedo, el primero no tenía mayores méritos que exhibir y no contaba más que con la portación de un apellido notable, y encima; su candidatura iba a contrapelo de los tiempos político-sociales que corrían en la provincia, ya que tanto Febre como Antelo habían harto evidenciado su voluntad de favorecer la conciliación y pacificar los espíritus; mientras que él, para los sectores del jordanismo que aún pervivían, representaba poco más o menos que una ofensa intolerable.
Muy distinto era el caso de Racedo, quien contaba con simpatías y muy sólidos apoyos en el autonomismo cordobés en tanto era amigo y socio comercial del gobernador Miguel Juárez Celman, y mantenía estrechos vínculos con el ministro del Interior del gobierno nacional: Antonio del Viso. Así, en esa partida era Racedo quien parecía tener los mejores naipes, pero… parecía, nomás; porque hasta allí, le faltaba contar con el elector principalísimo: el presidente Julio A. Roca, quien a pesar de que Racedo había sido uno de sus altos oficiales en la Expedición al Río Negro, y de haberlo ascendido al grado de coronel mayor (equivalente al de general de brigada); no lo consideraba amigo.


De mantenerse ese statu quo, el triunfo de la candidatura de Febre (quien era el preferido por Roca) estaba asegurado; pero sabido es que a seguro lo llevaron preso y ocurrió algo que vino a dar por tierra con esa expectativa: su voto ( el de Febre quiero decir) en el senado de la Nación (como consigné precedentemente, era senador por Entre Ríos) contrarió la política presidencial en la cuestión intervención federal a Santiago del Estero, y entonces al desconfiado Zorro, los rumores que circulaban insistentemente vinculando a Febre con Dardo Rocha (y que hasta entonces había desdeñado), se le convirtieron en certezas.
Súbitamente todo mudó de color: el órgano periodístico “oficial” del roquismo, es decir, el diario La Tribuna Nacional, que venía ninguneando a Racedo y ensalzando a Febre, dio un giro de 180° tanto en la opinión que sustentaba, como así también en el favorecido por su propaganda proselitista: en sus páginas los denuestos para el uno se transformaron en elogios y las alabanzas para el otro se tornaron acerbas críticas. Ante semejante andanada, el ahora cascoteado y muy dolorido Febre renunció su candidatura; Antelo, que era quien la venía sosteniendo, se vio obligado, por expresas y precisas instrucciones de Roca, a favorecer la de Racedo; y este último terminó siendo elegido y proclamado gobernador. Eso sí: hasta donde me es dable saber, Afrodita-Racedo no le concedió a Paris-Antelo el amor de ninguna Helena para sobornarlo a fin de que le diera la manzana dorada de la gobernación (la que dicho sea de paso, desempeñaría de un modo excelente). Ah, y Juno-Febre no mereció del Zorro ni siquiera que éste, antes de matar su candidatura, le dijese: “nada personal, sólo son negocios”: la amistad entre ellos se quebró, y en 1889, tras cumplir su período como senador, hubo de abandonar definitivamente la política.
Y para concluir, permítame usted, querido lector, que abuse un tanto de su tiempo poniendo la lupa sobre el extraordinario talento periodístico y la agudísima percepción de Stein, cuyo vaticinio expresado en ese elocuente “hay gustos que merecen palos” del epígrafe, resultaría a la postre certero en tanto predijo más de un año y medio antes del desenlace de los sucesos lo que con exactitud ocurriría en torno a la cuestión gobierno de Entre Ríos. ¿Información privilegiada, sesudo análisis, asombrosa intuición? ¿Cuál de todos esos factores habrá sido el que mayor peso tuvo al momento de conducirlo a profetizar con precisión lo que iba a acontecer? Chi lo sa… pero tengo para mí que fueron todos ellos; más el plus que otorgan la objetividad y el desprejuicio: lo que Olegario V. Andrade no atinó a ver y expresar en La Tribuna Nacional (diario roquista enragé); sí fue clara y perspicazmente captado y señalado por Stein en El Mosquito (periódico que si bien por entonces navegaba plácidamente en las aguas del roquismo; también lo haría después con igual comodidad en las del juarismo).
Stein tenía la posta. ¡Y vaya si la tenía!

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

AGN. Biblioteca Ernesto Celesia. Tomo I: Libros y publicaciones periódicas. AGN 17376.
Alonso, Paula. En la primavera de la historia. El discurso político del roquismo a través de su prensa en los años 80 (en Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, 3° serie, n°15, 1° semestre 1997, págs. 35-70).
BNMM. Hemeroteca. Periódicos. El Mosquito, año XIX, ed. n° 975, 11.09.1881.
Diario La Prensa. Buenos Aires, ed. 25.10.1882.
Diario La Tribuna Nacional. Buenos Aires, eds. 14.07.1881, 26.04.1882 y 03.11.1882.
Duarte, María Amalia. Roca y la Liga de gobernadores en el Litoral (en Investigaciones y Ensayos n° 37 en/jun. 1988 págs. 265-290. Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires, 1988).
Reula, Filiberto. Historia de Entre Ríos. Política, étnica, económica, social, cultural y moral t. 2. Editorial Castellví, Santa Fe, 1971.
Rivero Astengo, Agustín. Juárez Celman. 1844-1909. Estudio histórico y documental de una época argentina. G. Kraft, Buenos Aires, 1944.
Rosa, José María. Historia argentina t. 8. Editorial Oriente, Buenos Aires, 1974.
Urquiza Almandoz, Oscar F. Historia de Concepción del Uruguay 1783-1890. Editorial Entre Ríos, Paraná, 2002.

viernes, 31 de mayo de 2024

DE ARTISTAS Y DE LOCOS






























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Hay, sin embargo, un cargo al que debo responder, y que apenas satisfecho por una parte, reaparece por otra bajo nueva forma. Es anticipado o superfluo, se dice, un Observatorio en pueblos nacientes y con un erario o exhausto o recargado. Y bien, yo digo que debemos renunciar al rango de nación, o al título de pueblo civilizado, si no tomamos nuestra parte en el progreso y en el movimiento de las ciencias naturales. (Domingo Faustino Sarmiento, discurso inaugural del Observatorio Nacional Argentino, 24.10.1871)

El 24 de octubre de 1871, el presidente de la República, Domingo Faustino Sarmiento, inauguraba en Córdoba el Observatorio Nacional Argentino (en la actualidad, Observatorio Astronómico de Córdoba). En el discurso que pronunció en esa oportunidad, empleó las frases que se citan precedentemente, en las cuales expresaba su punto de vista en relación a la oposición y las muchas críticas que el proyecto había tenido en Buenos Aires, manifestadas principalmente en el diario La Nación, de Mitre, que desde el anuncio del proyecto lo había reputado de gasto superfluo esgrimiendo como argumentos, entre otros, la guerra contra el Paraguay, la guerra franco-prusiana, la epidemia de fiebre amarilla y la situación en Entre Ríos. Eso sí: lo que nadie admitía públicamente —y la prensa menos que nadie— era la “herida” que al orgullo porteño le infligía el hecho de que se lo situase en Córdoba y no en Buenos Aires.
La imagen que oficia de portada al presente opúsculo es una litografía alusiva a dicho evento, publicada con posterioridad (diciembre) al mismo, inserta en el periódico decimonónico El Mosquito. En ella aparece caricaturizado Sarmiento, quien con un telescopio mira la luna, en cuya cara se evidencia una expresión, digamos… demencial, remitiéndonos de ese modo inequívocamente a su apodo: "loco".
El Mosquito fue un periódico que se auto definía como independiente (condición esta que perdería en 1882, año en que su propietario celebró un contrato que por el término de dos años lo ponía bajo el auspicio del Partido Autonomista, y que por otra parte; resignaría luego definitivamente a partir de un indisimulable alineamiento con el roquismo y el juarismo), satírico, burlesco y de caricatura, cuyo primer número salió a la calle el 24 de mayo de 1863, y que logró mantenerse exitosamente en las preferencias del público durante treinta años, hasta su última edición el 16 de julio de 1893. Satirizaba a todos y se reía de todos, empezando por sí mismo, es decir, por quienes constituían su propio staff; y ante la pregunta de si era “mashorquero” (rosista) o “salvage” (unitario), “crudo” (alsinista) o “cocido” (mitrista); respondía: “soy político y como todos los demás del gremio disbarro y disbarraré” (donde se emplea disbarro por desbarro: desatino, yerro, barbaridad, disparate). Quedaba clarísimo: El Mosquito podía asumir cualquier postura política o ideológica e incluso adherir ocasionalmente a un partido o candidato, para ponerse en contra inmediatamente después, arrogándose la prerrogativa de ostentar una llamativa volubilidad a la cual convertía (exitosamente, además) en derecho propio y en motivo de orgullo.
En mayo de 1868 se incorporó a El Mosquito como ilustrador Henri —nombre argentinizado en Enrique— Stein (n. París, 04.10.1843 – m. Buenos Aires, 17.01.1919), quien pronto se constituiría en factótum y pasaría a detentar el cargo de director gerente, para después adquirir el periódico y convertirse en su editor y director propietario.


Desde sus inicios mismos, El Mosquito venía satirizando tenaz, asidua y abundantemente a Sarmiento, pero a partir del ingreso de Stein; haría de él una de sus “víctimas” predilectas, representándolo como un loco (por ejemplo, en la que hemos visto), o un mono, o un asno, o un elefante, o una hiena, o un payaso, o un vampiro que en vez de sangre; chupa sueldos, o como “el general Cagatinta”, o como… En fin, digamos que al semanario cualquier bondi lo dejaba bien para caerle con tutti. E incluso, para zaherirlo y ridiculizarlo aún más; llegó hasta declararse sarmientista, esto es, partidario de la candidatura presidencial de Sarmiento, porque… ¡le garantizaba las mejores caricaturas!
Pero el asunto era de toma y daca, porque “el tremendo sanjuanino” (José María Rosa dixit) era, como sabemos, un sujeto atrabiliario y un polemista terrible, y tampoco se paraba en pelillos a la hora de denostar a Stein (a quien por otra parte; catalogó de “matón del lápiz”).
Así las cosas, con tanto agravio y tanta ofensa de uno y otro lado, sería lógico inferir que entrambos existía un odio profundo y un sordo rencor, pero contra lo esperable; en modo alguno era así, por lo contrario; lo que había era un mutuo sentimiento de admiración y respeto que trascendía las estocadas que se cruzaban. Y mucho menos existió conflictividad entre El Mosquito de Stein y el poder político encarnado en Sarmiento, que jamás  movió un dedo para coartarlo o censurarlo.
De hecho, Sarmiento había mandado a encuadernar todas las caricaturas suyas publicadas en El Mosquito, y además; su casa en el Carapachay estaba empapelada con ellas. Por su parte Stein, tras la muerte de Sarmiento el 11 de setiembre de 1888, en la edición n° 1341 de su periódico, correspondiente al domingo 16 de dicho mes, absteniéndose decorosa y respetuosamente de la caricatura; publicó en la primera página un soberbio retrato de Sarmiento, y a continuación, en la página 3 reconoció que su “impertinente lápiz se ha burlado muchas veces de esta inteligencia tan potente, original y vasta” (sic), tras lo cual hizo el elogio de tan alta e ilustre personalidad, manifestó sentirse con “el espíritu entristecido y el corazón oprimido” (sic), adhirió al luto general, y se lamentó de que el acotado espacio de su publicación no le permitiese, como sin duda lo deseaba, acompañar el retrato con una biografía. Y no se detuvo allí su homenaje al sanjuanino, porque en el número siguiente, esto es, la edición n° 1342 de fecha 23, en la página central publicó una esmeradísima litografía en la cual se ilustra la bienvenida celestial que a Sarmiento le dan San Martín, Belgrano, Moreno, López y Planes, Las Heras y otros próceres, en palabras que le hace decir al primero: “Venga, Dn. Domingo, sea Vd. el bienvenido, que aquí hay lugar para los que como Vd. han servido bien a la patria y al progreso” (sic).





No por nada el propio Stein consignó en más o menos estas palabras: “por aquella época todos estábamos locos como Sarmiento”. Y es que más allá de sus innegables dotes para ser lo que fue: un perspicaz y exitoso empresario periodístico y comercial (porque no hay que perder de vista esa faceta a la hora de describirlo); él era en esencia un magistral artista de la ilustración política, pero con la chispa de la "locura" que se traducía luego en su inventiva y en su osadía. Así también como, independientemente de sus indubitables condiciones de infatigable periodista combativo y de portentoso escritor; Sarmiento era intrínsecamente un "loco"... genial.
Tal como sabiamente enunció Aristóteles, “ninguna gran mente ha existido nunca sin un toque de locura”. Y al fin y al cabo, el caso es, mi querido amigo lector, que de artistas y de locos todos tenemos un poco.

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

AGN. Fondo Enrique Stein, Sala VII, Leg. 1438-1441.
Belín Sarmiento, Augusto. Sarmiento anecdótico. E. Tipográfico de David Soria, Buenos Aires, 1905.
BNMM. Diarios y revistas. El Mosquito, periódico semanal, independiente, satírico, burlesco y de caricatura.
Gálvez, Manuel. Vida de Sarmiento, el hombre de autoridad. Editorial Tor, Buenos Aires, 1957.
Román, Claudia A. Prensa, política y cultura visual. El Mosquito (Buenos Aires, 1863-1893). Editorial Ampersand, Buenos Aires, 2017.
Rosa, José María. Historia argentina t. 8. Editorial Oriente, Buenos Aires, 1974.
Suárez Danero, Eduardo M. El cumpleaños de El Mosquito. Eudeba, Buenos Aires, 1964.