miércoles, 5 de junio de 2013

UNA MITAD DEL PAÍS CONTRA LA OTRA. QUINTA PARTE (Y FINAL): NADIE PRUEBA LA PROFUNDIDAD DEL RÍO CON AMBOS PIES







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

El más profundo de los agradecimientos a mi esposa y amiga, la licenciada en Psicología Gabriela Borraccetti, sin cuyos inestimable asesoramiento e invalorable ayuda no habría podido plasmar en este artículo determinadas ideas las cuales yo mismo ignoraba que tenía.

Decía en la cuarta parte de esta serie de artículos UNA MITAD DEL PAÍS CONTRA LA OTRA, que muchos historiadores han dado su explicación acerca del "divorcio político" Roca-Pellegrini y de los motivos que tuvo el primero para provocar el hecho que (según ellos) materializó dicha ruptura. Y dije también que iba a dar la mía propia, porque a mi juicio esas explicaciones omiten la ponderación de ciertos elementos clave de la heurística, como así también prescinden de la consideración del factor humano, y además parten desde presupuestos erróneos.
Uno de ellos lo constituye la tan difundida aseveración de que "Roca traicionó a Pellegrini". Para que una traición se produzca, es condición sine qua non que exista un compromiso previo entre traidor y traicionado, que haya sido incumplido por el primero, ¿no? Digo, no se puede traicionar lo que nunca se acordó; y... ¿existió un pacto entre Roca y Pellegrini en virtud del cual el Zorro arregló con el Gringo que influiría decisivamente al término de su período para que este último lo sucediese en la presidencia de la Nación? La respuesta es no, rotundamente no. Que muchos (y Pellegrini el primero entre esos muchos) hayan creído que porque había sido su renuncia a la candidatura presidencial por el PAN el factor determinante para que Roca accediera nuevamente a la primera magistratura del país, "obligaba" a éste a la reciprocidad; no significa que el Zorro lo entendiese así. Y de hecho, la cosa era al revés: precisamente porque le debía la presidencia a Pellegrini; Roca necesitaba sacárselo de encima para así tener paz consigo mismo, porque a un hombre con una índole como la suya, el tener que admitir ante su consciencia (lo que los demás pensaran, no le importaba en absoluto) que había llegado a su segundo mandato a través de la resignación de sus aspiraciones por parte del Gringo; le resultaba intolerable. Él podría decir,  como el escorpión de la fábula, "es mi naturaleza".
Por otra parte, la sociedad política Roca-Pellegrini había sido siempre como esos matrimonios mal avenidos que se tiran con los platos y después se acuestan juntos. No existía entre ellos comunidad de ideas y no los unía el amor sino el espanto; porque ambos tenían la misma visión sectaria de la política. ¿O por qué creen ustedes que en el artículo anterior cité lo que La Tribuna, de Roca y El País, de Pellegrini opinaban con respecto a los "descamisados", esos "sujetos" a quienes tanto el Zorro como el Gringo ninguneaban? Era precisamente para que notaran que a los dos les repugnaba por igual la idea de que "esa gente" reclamara su derecho a participar. Siendo ministro de Guerra del presidente Nicolás Avellaneda, cierto día contemplando el desembarco de los inmigrantes que arribaban a Buenos Aires, Roca dijo: "Qué lindo es verlos llegar... El problema vendrá cuando a los hijos de estos les toque gobernar el país". Y Pellegrini creía lo mismo, sólo que el Zorro no tenía empacho en decirlo, y en cambio; él... sí. El Gringo entendía menester propiciar ciertas reformas de modo de abrir el juego, pero no tanto, claro; no sea cosa que por abrir el juego, se terminaran colando... esos "descamisados". Quería que el país se industrializara, pero ingenuamente (ingenuidad inadmisible en un político ducho en camándulas y manejos electoralistas como él) estimaba posible hacerlo sólo de la mano de sus amigos los banqueros extranjeros. La paradoja no dejó de ser percibida por Caras y Caretas en la tapa de su edición del 20 de abril de 1901, en la cual aparece caricaturizado Pellegrini como un Don Quijote, al lado de Ernesto Tornquist.
También había consignado yo en el artículo que precedió a este, que la idea de la unificación de la deuda había sido de Pellegrini y no de Roca, quien se limitó a estar de acuerdo porque le posibilitaba un notorio desahogo financiero a su gobierno. Tan así era, que el 18 de septiembre de 1900, en el diario La Nación aparecía un artículo con "noticias de París", en el cual se mencionaba que "el Dr. Carlos Pellegrini ha venido a Europa con el objeto de cooperar en proyectos del Sr. Ernesto Tornquist para la conversión de la deuda argentina. Cree el Sr. Tornquist que la operación produciría efectos inmediatos, y que la mayor parte de los tenedores actuales de la deuda argentina la aceptarían. Este plan encuentra muchos incrédulos, que se preguntan cuándo se lograría terminar la operación". El Gringo había concebido lo de la unificación de la deuda como la plataforma en la cual basaría su propia candidatura presidencial en 1904. Creía que así como al Zorro su famosa "Campaña al desierto" lo había catapultado a dirigir los destinos del país; el prestigio que él ganaría con esa compleja operación financiera lo llevaría sin escalas a la primera magistratura. Y así lo grafica Caras y Caretas en su tapa del 15 de setiembre de 1900, en la cual aparece junto a Tornquist diciéndole a éste que hay sólo "dos hombres capaces de salvar la situación": uno, el propio Tornquist; y el otro, se sobreentiende que es... él mismo. Aunque "está mal que yo lo diga", afirma con falsa modestia.
Y así dadas las cosas, Roca no estaba dispuesto a jugarse en beneficio de las ambiciones de Pellegrini al extremo de sostener a todo trance un proyecto que, si bien podía darle un siempre ansiado y saludable oxígeno financiero a su gobierno; también lo malquistaba con la mitad del país (es decir, con la "mitad del país" que a Roca -y también, ya que estamos, a Pellegrini- le importaba, y en la cual desde ya, no entraban esos tipos "descamisados" y "andrajosos", o sea; los hijos de aquellos inmigrantes que él mismo había previsto que un día tendrían pretensiones de gobernar el país). Todos creían que el Zorro estaba en una encrucijada; todos... menos él mismo.
Roca procedía en la política como un consumado ajedrecista que es capaz de "ver" varias jugadas adelante. Necesitaba sacudirse de encima a Pellegrini -lo cual no significaba que quisiera hacer de él un cadáver político, no; él no buscaba matarlo; lo único que quería Roca (casi nada) era librarse en su psique del "tormento" de sentir que le debía la presidencia al Gringo, y una vez logrado eso; entonces hasta lo apoyaría (si es que Pellegrini hacía méritos, obvio) en su candidatura.
Aún desde antes del inicio mismo de su mandato, entraba en los cálculos del Zorro acercarse al mitrismo (un poco, eh; no mucho; nada más que lo suficiente como para que don Bartolo dirigiera los tiros de La Nación a otro blanco), y por eso, como ofrenda de paz, sacrificó en el altar de Mitre una víctima propiciatoria. En mi artículo ¿POLÍTICA, SEXO Y CUERNOS; O AMOR AL PODER? (y si no se acuerdan; pueden leerlo en este ENLACE) sostuve que, a contramano de lo que afirmaba toda la historiografía; a quien buscó Roca alejar no era a Guillermina (esposa de Wilde y amante suya) sino al propio Wilde; y he aquí el motivo por el cual lo hizo: Wilde, furioso  antimitrista, era para La Nación lo mismo que Lucifer para un cura; entonces el Zorro, como muestra de buena voluntad hacia Mitre, no tuvo empacho en apartar de la escena a su amigo (lo cual también le representaba perder a Guillermina) destinándolo a un exilio dorado. Wilde jamás hubiera aplaudido que Roca y Pellegrini escribiesen en sus diarios espantándose de los "descamisados", toda vez que ese era precisamente un término acuñado por el mitrismo y cuyo uso él había criticado acerbamente 27 años antes, en 1874.
Pero ahora ya no estaba su "incómodo" amigo Wilde, y entonces, ante la situación creada en torno al proyecto de ley de unificación de la deuda externa; cuando Roca se reunió con Mitre y después de eso resolvió desistir de sostenerlo, podía tranquilamente abundar en detalles con el "patricio de la calle San Martín" sobre esos "andrajosos" y "descamisados" que tan preocupado lo tenían (o mejor dicho, los tenían; porque en eso de ser sectarios, corrían parejitos Mitre, Roca y Pellegrini).
Por su parte, este último, ante la inesperada salida del Zorro de dejar de propiciar el proyecto, podría haber adoptado una postura similar, pero no quiso hacerlo; prefirió en cambio, asumir el papel de traicionado y ponerle la proa al gobierno que él mismo había creado. Y optó mal, como lo demostrarían los hechos que sobrevinieron. Caras y Caretas se encargó prolijamente de resaltar el cambio de vereda del Gringo; devenido de roquista en opositor.
La estruendosa ruptura de Pellegrini con Roca, tuvo como consecuencia que el "acercamiento" al mitrismo de este último (que lo había concebido sólo como una mera conveniencia momentánea y pour la gallerie) se estrechara. El Zorro tenía la costumbre, cuando se hallaba sometido a enormes tensiones políticas, de escribir en papelitos sus reflexiones acerca de lo que lo preocupaba. Era un modo de ordenar sus pensamientos y a la vez, descargar de alguna forma lo que lo angustiaba, aquello que no podía hacer público y que se veía impedido de compartir con nadie; pues no tenía alguien en quien volcar sus más íntimas confidencias políticas (el poder es sinónimo de soledad y también de miedo a perderlo). Escribía sus pensamientos, dirigidos sólo a él mismo, y luego destruía el papel. Pero por algún azar del destino, alguno que otro de ellos se le olvidó; y así llegó al repositorio de Luis Peralta Ramos un borrador escrito a lápiz por el Zorro que reza: "Pellegrini mismo debe tener mucho en contra del disparate que ha sostenido ayer. Este hombre es una fuerza loca y explosiva que se manifiesta por espasmos sin tener en cuenta nada, ni aún los intereses y conveniencias de su ambición". Era una clara y exactísima descripción del Gringo, o por lo menos; de ese Gringo de julio de 1901.
Roca se vió obligado a reconfigurar su gabinete, dado que dos de sus integrantes se fueron con Pellegrini. Privado del colchón financiero que le hubiera significado la postergación de los pagos de la deuda externa, sus ministros se sacaban chispas por la distribución del exiguo resto que quedaba del presupuesto nacional una vez descontadas las obligaciones con los acreedores foráneos, tal como mordazmente lo ilustraba Caras y Caretas en un fotomontaje en el que aparecía el gabinete reunido en acuerdo de ministros (o más bien digamos, desacuerdo) "matándose" por un "cacho de presupuesto".
Lo que siguió es bien conocido: Roca terminó llamando al ministerio a Terry; el mismo que había dado aquella conferencia opuesta a la unificación y que adelantó la manifestación popular en su contra. Cambia, todo cambia... El conflicto con Chile terminó con la celebración de los "pactos de mayo" (de 1902) y el ahora opositor Pellegrini votó en el Senado a favor de su aprobación, pese a que los había suscripto el mismo gobierno de Roca con respecto al cual el Gringo había declarado "rotos todos los vínculos". ¿Y para eso había armado Pellegrini todo el cachengue que armó? Sí, lastimosamente sí. Caras y Caretas se burlaba tanto del Gringo como de Roca, dibujando a éste como una paisana triste, que es consolada por un Pellegrini "chileno".
A raíz del choque Pellegrini-Roca, originado sólo en una lucha de egos; el segundo profundizó tanto su "acercamiento" al mitrismo, que terminó siendo el diario La Nación el oráculo que dirigía la política nacional e internacional de la Argentina; y sería el Zorro quien -luego de darse el gusto de tirar abajo la candidatura del Gringo, tanto como para que éste aprenda que el agua no se masca- provocaría que se eligiera presidente de la República en 1904 al mitrista Manuel Quintana.
A todo esto, Pellegrini seguía en el papel de víctima de Roca, a quien acusaba de ser un adicto al poder (lo cual era cierto... como también era cierto que él mismo era otro adicto al poder, y que lo que criticaba en Roca no era otra cosa que su propia imagen que veía reflejada en el espejo del Zorro). Magistralmente, Caras y Caretas explicita la cuestión caricaturizando a Pellegrini al que muestra como señalando una protuberancia en el cráneo de Roca, la cual dice que indica su inmoderada afición al mando; pero "olvidándose".... de su propia y notable protuberancia.
La segunda presidencia de Roca contrasta con la primera, en la cual habíamos tenido un Zorro progresista e innovador. Tanto contrasta, que sirve para recordarnos (una vez más, y van...) a los argentinos que nunca segundas partes fueron buenas y que mejor harían los gobernantes en irse a sus casas una vez terminados sus mandatos; en lugar de querer perpetuarse en el poder.
Llegamos así al final de esta serie UNA MITAD DEL PAÍS CONTRA LA OTRA, y nos reencontraremos muy pronto para seguir charlando de esta nuestra historia argentina.
Espero que la hayan disfrutado. ¡Chau, hasta la próxima!

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 2 de junio de 2013

¿POLÍTICA, SEXO Y CUERNOS O AMOR AL PODER?














































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

No hay nada como el amor de una mujer casada. Es algo de lo que ningún marido tiene la menor idea. (Oscar Wilde)

Ni uno ni otra  me escriben, así es que agradezco el recorte que me mandó ayer por el cual veo con gusto  que siguen siendo bien considerados por la más alta y culta sociedad. (Julio A. Roca a Ángela de Oliveira Cézar y Diana de Costa, en carta sin fecha ni mes -datada simplemente "un miércoles"- de 1904)

¿Por qué no me escribes desde hace tantos meses, nada, nada, nada? Te has resentido por el retrato que hice de ti en una carta a Guillermo Correa. Eso no está en mis libros. (Eduardo Wilde a Julio A. Roca, en carta del 11 de marzo de 1908) 

Hago un pequeño paréntesis en la serie UNA MITAD DEL PAÍS CONTRA LA OTRA que vengo publicando (y de la cual se avecina, les anuncio, en el curso de los próximos días la última parte), para narrarles una historia de las llamadas (mal llamadas) de alcoba, que a priori pareciera no tener nada que ver con el objeto de dicha serie. Pero que por lo contrario; sí tiene que ver, y mucho. Y cuando lean el final de la sucesión de artículos, van a comprobar cuánto.
Ah, y también en ese momento, van a advertir que esta interrupción, lejos de ser ociosa; tiene un motivo concreto: suministrarles una información que estimo indispensable a la hora de hacer cada cual su propia interpretación, es decir su particular hermenéutica acerca de los hechos comprobados mediante la evidencia, esto es, la heurística. ¿Vieron que en un thriller (si el autor del mismo tiene eso llamado honestidad intelectual y no incurre en hacer trampa a sus lectores) invariablemente están narrados todos los personajes, datos, circunstancias y hechos de los cuales el protagonista principal extrae la solución final al misterio? Bueno, en este caso es lo mismo, sólo que en lugar de tratarse de novela; es historia.
En la imagen de arriba aparece la tapa de la edición n° 130, del 30 de marzo de 1901, de la revista Caras y Caretas. Como podrán observar, en la ilustración está caricaturizado el por entonces presidente de la Nación, Julio A. Roca, al cual su ministro de Relaciones Exteriores, Amancio Alcorta, le dice: "General, la prensa critica el nombramiento de Wilde para ministro en Holanda"; y el Zorro responde: "Pues confío en que ha de serle grato a Guillermina".
Se trataba de una sutil mordacidad que llevaba aparejada una buena carga de satírico humor político, pues el "Wilde ministro en Holanda" mencionado (por esa época, se les decía ministros no sólo a los que integraban el gabinete, sino también a los designados como plenipotenciarios y destacados ante los gobiernos y cortes de las naciones extranjeras), no era otro que Eduardo Wilde, íntimo amigo de Roca, que durante la primera presidencia de éste y como ministro de Justicia e Instrucción Pública había tenido una eficaz y descollante actuación en la creación de las leyes n° 1420 de Enseñanza Primaria Gratuita y Obligatoria (ver en este ENLACE mi artículo al respecto), de la nº 1565 de Registro Civil y de la nº 2393 de Matrimonio Civil, y que ahora ("ahora" en 1901, quiero decir, durante el segundo mandato de Roca) era a la sazón director del Departamento Nacional de Higiene. En cuanto a la citada "Guillermina", oculta y disfrazada tras la apariencia de referirse a la reina de Holanda, Guillermina de Orange; estaba la implícita alusión a Guillermina María Mercedes de Oliveira Cézar y Diana, que era la esposa de Wilde y a la vez, desde hacía unos cuantos años, la amante del presidente Roca. La ironía, hiriente como un fino estilete, estaba ahí, clarísima: en buen criollo quería decir que a Roca lo que le interesaba, era que estuviera contenta con la designación, Guillermina, pero la Guillermina "de acá", se entiende; no la "de allá", la de Holanda. Y le importaba tres belines lo que al respecto opinara la prensa. Pero... ¿era tan así como lo ponía Caras y Caretas -y otra buena porción de los medios y toda (o casi toda) la "clase política"-? Veamos:
En 1885 Wilde, que tenía por entonces 41 años (n. Tupiza, Bolivia, 15.06.1844) y que era como cité antes, ministro de Roca, se casó en Buenos Aires con Guillermina cuando ésta era una adolescente de 15 (había nacido en Montevideo, Uruguay, el 25.06.1870). Los testigos de la boda (que causó gran suceso, dada la notoriedad del novio y la pertenencia de la novia al más selecto círculo social porteño) fueron nada menos que los colegas de Wilde en el gabinete nacional: Carlos Pellegrini, Bernardo de Irigoyen, Victorino de la Plaza y Benjamín Victorica; y padrino, el mismísimo presidente de la Nación, Julio A. Roca. Wilde -cuya figura histórica, si bien de tanto en tanto es destacada; no ha alcanzado el grado de relevancia que correspondería a sus enormes méritos- era uno de los más preclaros exponentes de eso que se dio en llamar Generación del 80: prominente médico, pensador, periodista, escritor y político. En cuanto a Guillermina, que había tenido una esmerada educación en el exclusivo Colegio Americano fundado por una de las maestras norteamericanas traídas al país por Sarmiento, además de evidenciar una despierta inteligencia y una muy notable independencia de criterios; detentaba un encantador savoir faire y tenía un rostro de extraordinaria belleza y una agraciada figura no exenta de exuberancia, tanto delantera como trasera. Ustedes entienden... 


Al término de su gestión como ministro de Roca en 1886, Wilde fue designado ministro del Interior por el presidente Juárez Celman, cargo al que renunció en 1889. Por entonces, la pareja se dedicó a viajar por el mundo, regresando a Buenos Aires recién en 1893. No se sabe si desde que se casaron, o si llegaron después a esa decisión en Europa, ni importa; lo cierto es que los cónyuges optaron por un matrimonio "abierto". De Wilde se supo que frecuentó muchas mujeres, en cambio; de Guillermina se ignora si es que, o bien fue más discreta y nada trascendió, o bien se abstuvo de mantener relaciones con otros hombres. Sea como haya sido, al poco tiempo del regreso a la Argentina de Wilde y su esposa, ella y Julio A. Roca (que había enviudado en 1890 y que largamente la doblaba en edad) se convirtieron en amantes.
La relación -que ninguno de los dos (o mejor dicho; de los tres) se preocupó por mantener en reserva, ya que si bien no andaban proclamándola a los cuatro vientos; tampoco se escondían ni se molestaban en tomar precauciones para encontrarse-, fue el chisme de todo Buenos Aires. Y por supuesto, no era en modo alguno ignorada, sino consentida por el complaciente Wilde; ya que entre él, su esposa y Roca, mantenían como siempre el más estrecho vínculo amistoso, "ampliado" ahora con un armónico ménage à trois.
Y si la cosa ya era archiconocida públicamente, al asumir Roca en 1898 otra vez la primera magistratura del país, el cotilleo por el "escándalo" llegó al paroxismo, máxime cuando el Zorro influyó para que la jefatura del regimiento de Coraceros (que tenía a su cargo la responsabilidad de la escolta presidencial) recayese en un hermano de Guillermina, con lo cual la gente empezó a llamar "guillerminos" a los coraceros, y cuando durante la visita a Brasil en 1899 -en la cual Wilde, en tanto funcionario de alta jerarquía en el gobierno, integraba la comitiva oficial (acompañado por su esposa, desde ya)- los tres andaban juntos a toda hora, y Roca llegó hasta alterar el programa protocolar del país anfitrión para que en el palacio en que iban a alojarse él, sus ministros y secretarios, quedaran libres los aposentos destinados a uno de estos últimos, al cual mandó a un hotel; de manera de ubicar en ellos a Wilde y de ese modo poder estar cerca de la hermosa Guillermina.
En el mundillo de la política, entonces, las habladurías y maledicencias en torno al asunto se exacerbaron. Y la prensa -o por lo menos, buena parte de ella-  también "aportó" lo suyo, empeñada en que la cosa adquiriese ribetes de cuestión de estado. Por su parte, Roca se limitó a designar a Wilde ministro plenipotenciario de la Argentina ante el gobierno de los Estados Unidos, y luego también ante los de México, España, Bélgica y Holanda. Y allá fueron, Wilde y también, obviamente, su esposa. Y sin embargo, los comentarios zafios se atenuaron pero no cesaron; como hemos visto en esa tapa de Caras y Caretas, que es de un tiempo en el cual Guillermina ya no estaba en el país y por ende, ya no podía ser la amante de Roca; a menos que éste la tuviera tan larga, que llegase hasta el extranjero (y disculpen la crudeza).
Y eso es todo lo que necesitan saber acerca del "escándalo" Roca-Guillermina; porque este es un artículo de historia y no los miserables engendros televisivos de Rial y/o Tinelli con sus chabacanerías faranduleras. Si a alguien le interesa ahondar en los detalles escabrosos, pues entonces vaya y lea a Félix Luna, quien en esa ficción novelesca disfrazada de historia que es su libro Soy Roca, acomete una de sus ocupaciones favoritas: el puterío soez y trivial.
Retomo: toda la historiografía (y cuando digo toda, es exactamente eso, toda), sea opuesta o favorable al Zorro, es coincidente en afirmar que Roca buscó alejar a Guillermina nombrando ministro en el extranjero a Wilde; mientras que este humilde servidor sostiene todo lo contrario: tengo el absoluto convencimiento de que a quien quiso alejar Roca no fue a Guillermina, sino a Wilde.
Se me preguntará por qué y es sencilla la respuesta: por una combinación de motivaciones suyas personales y políticas. Ambos eran inteligentísimos, pero Wilde, además de inteligente, era intelectualmente brillante; mientras que Roca no. Y en una personalidad como la del Zorro -que era perfectamente consciente de la superioridad intelectual de su amigo por sobre la suya-, eso era corrosivo. Para colmo, Wilde era el esposo de esa a la que Roca reputaba como la mujer: la hermosa, inteligente, sensual, chispeante, seductora, rica, independiente y liberal Guillermina. Cierto es que él era su amante, pero el Zorro sabía (mejor que nadie) que el amor de Guillermina era para Wilde, y eso lo carcomía; él necesitaba poseerlo todo. Roca era valiente y cada grado militar lo había ganado en una batalla, jugándose la vida; pero Wilde era capaz de evidenciar un heroísmo que trascendía el coraje físico, como lo demostró durante la epidemia de fiebre amarilla que asoló Buenos Aires en  1871, exponiendo su vida sin hesitar y cumpliendo una abnegada labor médica, mientras casi todos los gobernantes -incluyendo a quien era por entonces presidente de la Nación, Sarmiento-, en una actitud miserable, huyeron de la ciudad despavoridos en un tren especial. Y políticamente, Roca era innovador, liberal y progresista a su modo, pero también era fundamental, intrínsecamente, un oligarca; mientras que Wilde, a pesar de llevar el tren de vida de un aristócrata; siempre tuvo inquietudes sociales, de favorecer a los más humildes, a los de abajo (era muy comentado siempre el aviso que publicó en el diario La Prensa: "Dr. Eduardo Wilde, atiende gratis a los pobres por decisión propia, y también atiende gratis a los ricos; pero por decisión de ellos"). Y por último, les pido aquí -desde ya, perdón por la impertinencia y el atrevimiento- que registren este punto en sus memorias para cuando publique la última parte de la serie UNA MITAD DEL PAÍS CONTRA LA OTRA; porque el mismo tiene una especial significación, como podrán comprobarlo oportunamente):  Wilde era obstinadamente antimitrista y resumía en Mitre todo lo nefasto de la oligarquía sectaria, y por supuesto, el diario La Nación lo odiaba, y si no se atrevía a zaherirlo más; era sólo porque Wilde con la pluma constituía un enemigo formidable y sus estocadas de finísima ironía eran dirigidas hábilmente con tal precisión que resultaban letales. Pero reitero, recuerden esto porque es importante: Wilde era tenaz, ferozmente opositor a Mitre.
Roca no "alejó a Guillermina" por chimentos de la prensa, ni -como sostiene Félix Luna- porque "la situación estaba afectando su autoridad, así como dañaba la reputación de Guillermina y el prestigio de Wilde", ni por celos palaciegos como los del cortesano Enrique García Mérou, quien se escandalizaba por las "preferencias" que Roca hacía con Wilde (o sea, traducido al criollo, al tipo le molestaban las preferencias presidenciales, pero porque las mismas no se orientaban hacia él), y mencionaba que "Roca tiene una pasión senil por Guillermina y los errores de su gobierno responden a un principio de reblandecimiento"; pero se cuidaba muy bien de decir que quien pensaba eso, era él mismo, y prudentemente (el miedo no es zonzo), se lo atribuía a unos tales "todos han dado en decir" (pero claro, sin consignar quiénes eran esos todos que habían dado en decir). En fin, pavadas nomás, voceo de otarios.
Al Zorro (a quien jamás le importó nada que no fuera el país, la política y el poder) lo tenían sin cuidado los chismes, lo que se escribiera en diarios y revistas, la reputación de Guillermina y el prestigio de su amigo, y a  quien sí alejó, fue a Wilde. Y eso lo hizo por resquemor, por las prevenciones que en su psique hacían albergar sus sentimientos encontrados y por cuestiones de conveniencia política cuyos designios y entramado sólo una persona en el mundo conocía: el propio Roca. Y que en unos días nomás, también vamos a conocer nosotros; porque hay algo que los protagonistas de la historia, sean de la época que fueren, no pueden impedirnos a quienes vivimos en otra y pretendemos ahondar en dicha historia; y ese algo son las consecuencias de los hechos que produjeron y los actos que cometieron; a través de las cuales siempre nos es posible inferir los motivos que tuvieron para hacer lo que sea que hayan hecho.
Espero les haya gustado el artículo. Gracias por la paciencia y nos estaremos reuniendo en unos días, para el final de la serie UNA MITAD DEL PAÍS CONTRA LA OTRA.
¡Hasta ese momento!

-Juan Carlos Serqueiros-

sábado, 1 de junio de 2013

UNA MITAD DEL PAÍS CONTRA LA OTRA. CUARTA PARTE: LA DEUDA EXTERNA



















































E
scribe: Juan Carlos Serqueiros

He adquirido, pues, la convicción de que el proyecto de la deuda nacional se ha hecho de todos modos irrealizable; e inhabilitado el Poder Ejecutivo constitucionalmente para retirarlo, después de haber merecido la aprobación de una de las cámaras, debe manifestaros que desiste en sostenerlo y os pide que no le prestéis vuestra sanción definitiva. (Julio A. Roca, nota a la Cámara de Diputados del 8 de julio de 1901)

Comencé esta serie de artículos estipulando que en ella iba a abordar el tratamiento de las tres oportunidades en las que, siendo presidente Julio A. Roca, la opinión publica se dividió en dos porciones absolutamente antagónicas. Hoy analizaré la cuestión que se produjo en torno al asunto de las negociaciones con los acreedores por la crecida deuda externa que agobiaba a nuestro país.
En 1901 debía afrontarse el pago de los servicios de esa deuda, que representaban por entonces nada menos que el 44,2% del presupuesto total. No escapará al entendimiento de nadie que un gobierno que se viera obligado a destinar casi la mitad del presupuesto nacional a la atención de la deuda, estaría en serios problemas. 
A fines de 1900 Roca anunció la intención del gobierno de convertir la deuda externa, la cual se traducía en una treintena de empréstitos (36, para ser exacto), todos con distintas tasas de interés (que iban del 3 al 7%) y de garantías, y que totalizaban la enorme suma de 388.771.614 pesos oro. Se dijo (y se sigue diciendo) que aprovechando que su principal socio político, Carlos Pellegrini, debía viajar a Europa para atender su salud; Roca le encomendó la misión. Y se imponen aquí algunas consideraciones de modo de llegar a entender mejor el intrincado proceso que desembocó en los hechos de los que se trata.
En primer lugar hay que tener en cuenta que en 1898 iba a ser presidente de la Nación quien resultara el candidato del PAN, y ese era, sin duda alguna el Gringo; pero sus problemas de salud lo llevaron a resignar sus apiraciones en favor de las del Zorro. Roca debía su segunda presidencia a esa decisión de Pellegrini, así de conciso y tajante. Y en segundo lugar es menester aclarar que, al contrario de lo que generalmente se afirma; la idea de la unificación de la deuda no fue de Roca, sino de Pellegrini. Tanto así, que el 17 de setiembre de 1898 (Roca ya era presidente electo y asumiría el 12 de octubre), el Gringo le escribía a éste desde París: "Mi consejo es que su Ministro de Hacienda no se apure. Hay que tener presente que los banqueros todos aspiran a la gran operación de la conversión y hay que explotar esto, ofreciendo esa operación para cuando el Gobierno Argentino lo considere oportuno, al que facilite una operación promisoria para arreglar las dificultades del momento"
Queda claro entonces que no fue que al Zorro se le ocurrió pedirle a Pellegrini que "ya que viajaba a Europa, aprovechase para tomar contacto con los acreeedores a ver si había alguna chance de consolidar la deuda"; sino que todo estaba planificado de antemano, que la idea la había pergeñado y alentado Pellegrini y que era éste quien, aún desde antes de recibirse Roca del gobierno, se había reunido con los banqueros y estaba en condiciones de adelantar un pronóstico favorable a la gestión para cuando el Zorro resolviese que era hora de realizarla. Y esa hora llegó en 1901, cuando la atención de la deuda demandó la erogación de nada menos que 30 millones de pesos oro, lo cual representaba ¡el 46% del presupuesto! (45,9%, para los amantes de la exactitud).
Pellegrini regresó al país con el esbozo del acuerdo al que había llegado con los banqueros: consolidar la deuda en 392 millones de pesos oro y, en una compleja fórmula de "alquimia financiera", unificarla en un solo empréstito a través de la emisión de títulos o bonos que llevarían el nombre de "Consolidados Argentinos" a pagar desde 1905 por 435 millones de pesos oro, con un interés anual del 4%, con 0,5% de amortización a 50 años y con una garantía la cual se instrumentaría mediante el depósito diario del 8% de la recaudación aduanera en el Banco Nación para que éste, en forma trimestral, transfiriera el pago a los acreedores. A grandes rasgos digamos entonces que en lo financiero, era más "oxígeno" para el gobierno, que podría disponer así de los recursos que de otro modo deberían dedicarse al pago de la deuda, y que si bien la misma se incrementaba en un 20%; el adicional quedaba compensado con la notable extensión del plazo y la reducción de intereses al 4% anual.
El ingreso del proyecto de ley en el Senado el 11 de junio de 1901 corrió a cargo del propio Pellegrini (que era por entonces senador), quien luego de hacer la presentación del mismo, leyó una nota firmada por Roca y Berduc a través de la cual "recomentaban su aprobación". Y en efecto, el 15 se lo aprobó sin reservas, girándoselo luego a Diputados. Y allí se armó el lío que provocó que en definitiva no se tratase.
Desde el anuncio mismo de Roca de que se pensaba unificar la deuda, la oposición criticó acerbamente la medida y pugnó por instalar en el imaginario colectivo la idea de que era lesiva para los intereses nacionales, y el periodismo, mayoritariamente, se pronunció en idéntico sentido (nótese, por ejemplo, que la tapa de Caras y Caretas cuya imagen con caricaturas de Pellegrini y de Ernesto Tornquist es la portada de este artículo, corresponde a la edición del 6 de abril de 1901, es decir que es incluso anterior a que el proyecto entrara al Congreso).
Los dos diarios de mayor tirada: La Prensa, de José C. Paz y La Nación, de Mitre, atizaban el fuego, al igual que los diarios de todas las provincias. Las objeciones se enfocaban principalmente en la garantía, que consideraban "deprimente para el país" porque "lastimaba la dignidad nacional" y en las elevadas comisiones para los banqueros (en tratativas con los cuales andaba Ernesto Tornquist), lo cual según La Prensa configuraba lisa y llanamente "un negociado".
Por otro lado, estaban a favor del proyecto  los dos diarios oficialistas: La Tribuna, roquista, y El País, de Pellegrini, que tildaban de "opositores sistemáticos" a los otros y los acusaban de "carecer de argumentos fundados", de "desconocer el tema", de "pertubar el órden público" y de "promover sediciones".
La oposición y la mayor parte de la prensa, si bien habían "perdido" en el Senado por cuanto el proyecto resultó allí aprobado; consiguió volcar la opinión pública hacia el rechazo del mismo.
Los estudiantes universitarios publicaron una solicitada en La PrensaLa Nación el lunes 1 de julio convocando a la ciudadanía a congregarse en la Plaza de Mayo el 3, para entregar un petitorio a los diputados instándolos a rechazar el proyecto, y ambos diarios no sólo adhirieron al meeting (todavía se usaba el vocablo en el inglés original), sino que además lo motorizaron; y se formó una comisión que coordinaría el acto. Pero ocurrió que los acontecimientos se precipitaron y el estallido popular acaeció antes. El martes 2, la comisión invitó a disertar en la Facultad de Derecho a José Antonio Terry, quien había sido ministro de Hacienda del presidente Luis Sáenz Peña y que era a la sazón el profesor titular de la cátedra de Finanzas.
Al término de su conferencia (contraria al proyecto) Terry fue ovacionado por más de un millar de estudiantes que concurrieron a oírlo y que después se dirigieron a atacar las instalaciones de los diarios oficialistas La Tribuna y El País, y luego de que hubieran producido algunos destrozos, a duras penas la policía montada pudo contenerlos. Al día siguiente, el del meeting, el caldo se puso espeso en serio. Luego de entregar el petitorio a los diputados, la comisión instó a la multitud a desconcentrarse, pero nadie hizo caso al pedido. 
La gente fue nuevamente a apedrear La Tribuna y El País, y luego se dirigió a hacer lo propio con las casas de Roca y Pellegrini. La custodia presidencial hizo disparos por encima de las cabezas de los manifestantes y logró que se disolvieran. Por su parte, Pellegrini recibió un piedrazo en la cara. La policía consiguió trabajosamente sofocar los disturbios.
El jueves 4, la ciudad era un polvorín. La gente atacó la Casa de Gobierno, y la guardia, la policía y los bomberos reprimieron. Dos muertos (un manifestante y un policía) fueron el saldo trágico de la infausta jornada.
Y en el interior del país la agitación también era notoria, sucediéndose manifestaciones en La Plata, Rosario, Córdoba y San Luis.
Mientras tanto, el presidente Roca enviaba al Congreso un pedido de implantar el estado de sitio, el cual fue aprobado en la madrugada del 5. Ese mismo viernes, ya con el estado de sitio vigente, Buenos Aires amaneció con la Plaza de Mayo cercada por soldados del ejército e inusual patrullaje policial en las calles; pese a lo cual se produjeron más incidentes, de resultas de los cuales hubo que lamentar otros tres muertos. El gobierno prohibió las reuniones, impuso restricciones a la libertad de prensa y clausuró (sólo por un día, el 6) el diario La Nación (llamativamente, no hizo lo propio con La Prensa). Sorprendentemente (y atenti a esto), La Tribuna y El País se refirieron a los sucesos de la víspera, pero sin culpar como lo venía haciendo a "grupos de pueblo" ni a "los estudiantes"; sino atribuyendo los desórdenes a "descamisados" y "andrajosos", términos peyorativos estos que usaba más que habitual y despectivamente La Nación (y obviamente, los mitristas en general).
En algún momento entre la noche del viernes 5, el sábado 6 y el domingo 7, Roca habló con Mitre. Después se sabría, por testimonio del segundo, que éste le repetiría al Zorro la frase aquella de Pierre-Claude Nivelle de La Chaussée: "Cuando todo el mundo se equivoca, todo el mundo tiene la razón".
El lunes 8 se esperaba que la Cámara de Diputados tratase el tan enconadamente resistido proyecto de unificación de la deuda, del cual se esperaba su aprobación por cuanto el gobierno contaba con amplia mayoría y los conflictos habían cesado a partir de la aplicación del estado de sitio. Pero no hubo debate alguno y el "tratamiento" del asunto se limitó a la lectura de un mensaje del propio presidente Roca en el cual, luego de algunas consideraciones acerca de los hechos ocurridos en torno a la propuesta que "ha suscitado una oposición violenta, que ha sido bandera ostensible de movimientos tumultuosos y hasta criminales" y dada la imposibilidad constitucional para el Poder Ejecutivo de retirarlo después de "haber merecido la aprobación de una de las cámaras"; el mismísimo Zorro les advertía a sus diputados que "desiste de sostenerlo" y les pedía que "no le prestéis vuestra sanción definitiva".
Como vemos, Roca, en medio de la tormenta, recogía el barrilete. Horacio Juan Cuccorese nos cuenta que "explicó" a sus allegados la decisión que tomaba, en la forma de una frase sintética y por demás elocuente: "No habrá unificación, pero habrá gobierno". Y Mariano de Vedia pone en su boca estas palabras: "Tratándose de grandes operaciones financieras que el pueblo rechaza, ya sea porque no las entiende o porque sospecha torpemente de sus móviles, no corresponde empeñarse en llevarlas a término contra viento y marea".
No habría de salirle gratis y ni siquiera barata al Zorro la baza que acababa de jugar, por lo contrario; el costo político que debió pagar fue astronómico. Pellegrini, que quedó ante la opinión pública como el gran "culpable" de la cuestión, rompió estruendosamente con él y hasta lo trató de cobarde: "Dejar de sostener el proyecto es de una cobardía incalificable", dijo en el Senado y afirmó públicamente: "Declaro rotos todos mis vínculos con el gobierno". La prensa se cebó en el Gringo. Por ejemplo, en la tapa de Caras y Caretas en su edición  del 20 de julio de 1901, aparece caricaturizado ante un escaparate en el cual se ven muñecas (por la gran muñeca que se le atribuía a Pellegrini -que era un gran aficionado al turf- para capear temporales) diciendo: "Ya no soy el único".
Y en la edición del 2 de agosto de 1901, volvió a cargar contra Pellegrini remarcando el rápido levantamiento del estado de sitio por parte de Roca y sentenciando, bajo la metáfora de un guinche, que al Gringo "ya no hay Dios que lo levante".
El PAN se fracturó en dos porciones y la sangría que sufrió el roquismo fue considerable. Asimismo, el Zorro se vería obligado a reconfigurar la cuarta parte de su gabinete, pues disconformes con él, le presentaron las renuncias su ministro de Hacienda, Enrique Berduc; y el de Agricultura, Ezequiel Ramos Mejía; que se fueron con Pellegrini. Refiriéndose al enfrentamiento entre las dos figuras partidarias principales, Caras y Caretas con notable perspicacia, en la tapa de su edición del 14 de setiembre hacía notar socarronamente que si Roca "era incurable" como afirmaba el Gringo; él mismo era también un "cadáver político" que... ¡no tenía "ni sacristán" para el entierro!
Pero si el sacudimiento para su gobierno fue tan espantoso, ¿por qué entonces Roca hizo lo que hizo, cuando le hubiera resultado sencillo persistir en el proyecto y transformarlo en ley?
Eso precisamente es lo que les voy a contar en la quinta (y última) parte de esta serie de artículos UNA MITAD DEL PAÍS CONTRA LA OTRA. Les adelanto que hay muchas explicaciones acerca de ello, de una larga y variopinta lista de prestigiosos historiadores; pero modestamente sostengo que ninguna de ellas permite que encajen todas las piezas del rompecabezas y por lo tanto, voy a dar la mía propia.
Nos encontraremos dentro de unos días nomás. ¡Hasta entonces!

lunes, 27 de mayo de 2013

UNA MITAD DEL PAÍS CONTRA LA OTRA. TERCERA PARTE: LEY DE EDUCACIÓN COMÚN










































Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Lástima que su inmenso talento lleve aparejada una vanidad sin límites, un candor de niño y unas tremendas pasiones. (Julio A. Roca en 1879, refiriéndose a Sarmiento)

Una de las oportunidades en que siendo presidente Julio A. Roca la opinión pública se fragmentó en dos porciones antagónicas (en este caso en particular, ello ocurrió durante su primera presidencia) fue en 1884 con el tratamiento de la Ley de Educación, cuando la discusión entre laicos y católicos acaparó la atención de todos.
Negar la importancia e influencia de Sarmiento en la educación sería algo más grave aún que una injusticia; sería un error histórico, con todo lo que de dañino y nocivo implica tergiversar el pasado. Lo cierto es que durante su presidencia a lo que se le imprimió un notorio impulso fue a la educación secundaria, ya que la primaria y universitaria estaban a cargo de las provincias y no de la nación. En el transcurso de la administración Sarmiento y con Nicolás Avellaneda como ministro de Instrucción Pública, se fundaron cinco colegios nacionales (en las ciudades de San Luis, Corrientes, Santiago del Estero, Rosario y Jujuy), dos escuelas normales (una en Tucumán y otra en Paraná) y se crearon bibliotecas populares. Por iniciativa de Sarmiento se fundaron, además; el Colegio Militar, la Escuela Naval, la Academia de Ciencias y el Observatorio Astronómico. En el ámbito universitario se creó en la Universidad de Córdoba la Facultad de Ciencias Exactas. Y en lo que se refiere a la instrucción primaria (la cual estaba, como consigné antes, bajo la jurisdicción de las provincias); desde el gobierno nacional de Sarmiento se subsidió la creación de escuelas en éstas, especialmente en La Rioja. Sarmiento es, en nuestro país (en parte por derecho propio y otro poco por exageración historiográfica), el ícono principal de la educación. Y eso es innegable.
Pero es inexacto e injusto atribuirle merecimientos que no tuvo y que corresponden a otros, como por ejemplo, esa creencia errónea y lamentablemente tan difundida de que a él se le debe la ley 1420 de educación (que fue sancionada durante la primera presidencia de Julio A. Roca). La realidad es que Sarmiento no sólo no tuvo nada que ver en el logro de la misma, sino que además; la obstaculizó con su conducta inapropiada e impolítica. Veamos, pues, cómo fueron las cosas:
La relación entre Sarmiento y Roca siempre había sido, digamos... tempestuosa. Es sabido que la buena convivencia con un ególatra muchas veces no es ya difícil, sino lisa y llanamente imposible. "Viejo crápula y desagradecido", había llamado el segundo al primero en carta a Juárez Celman. Cuenta Gálvez que Sarmiento, designado ministro del Interior por el presidente Avellaneda, se presentó en la casa de Roca (que era por entonces ministro de Guerra) y le dijo a la esposa de éste que el general mandaba pedir su uniforme y su espada. La señora, sin sospechar nada raro, se los dio, y al llegar su marido le preguntó para qué quería el uniforme. Roca averiguó que había sido Sarmiento el autor del engaño, fue inmediatamente a la casa de éste a verlo para pedirle explicaciones, y se lo encontró en el patio al sanjuanino ¡vestido con su uniforme (que le quedaba ridículamente chico) y blandiendo su espada! Al preguntarle Roca el porqué de todo eso, Sarmiento, muy suelto de cuerpo, le respondió que tenía que "prepararse militarmente para reventar a ese hijo de puta de Tejedor". 
Siguiendo el inveterado sistema de gran parte de su vida: vivir a expensas del Estado, Sarmiento (que ya cobraba un suculento sueldo de general de la nación y que durante la presidencia de Avellaneda llegó a percibir hasta cinco de ellos por otros tantos cargos: los de coronel, senador nacional, director del Arsenal de Zárate, Director General de Escuelas de Buenos Aires y presidente de la Comisión del Parque Tres de Febrero, totalizando ingresos por más de 1.500 pesos fuertes) le pidió como favor especial a Roca que lo nombrase Superintendente General de Escuelas (lo cual lo convertía también en presidente del Consejo Nacional de Educación); y Roca, en un gesto de amabilidad política se lo concedió. Pero claro, el Zorro no calculó en ese momento que Sarmiento no era un político como él, sino un terrible polemista de enconos perdurables. Entonces, al designarse en la vicepresidencia del Consejo a Miguel Navarro Viola (a quien Sarmiento aborrecía desde tiempo atrás con sordo rencor) ardió Troya: a partir de ese momento, no sólo criticó desde el diario El Nacional todas las medidas del gobierno de Roca (del cual era funcionario), sino que además; entorpeció la sanción de la ley.
En 1881 Manuel D. Pizarro, ministro de Instrucción Pública del presidente Roca, había elaborado el proyecto de Ley de Educación General de la República que establecía la instrucción primaria gratuita y obligatoria (y que mantenía la enseñanza del catecismo en las escuelas), el cual tendría media sanción legislativa, ya que fue aprobado en la Cámara de Senadores. Paralelamente a ello, Pizarro convocó para el 10 de abril de 1882 a todas las personalidades destacadas de la enseñanza, a un Congreso Pedagógico a realizarse en Buenos Aires, .
Pero pasó que Roca (por motivos totalmente ajenos a dicha cuestión) pidió la renuncia de su ministro Pizarro por indisciplina partidaria y lo reemplazó por Eduardo Wilde, quien designó presidente del Congreso Pedagógico reunido a instancias de su antecesor, a Onésimo Leguizamón, con instrucciones precisas de, ni entrar en consideraciones ni alentar ni permitir debates acerca de la cuestión laicismo vs. catolicismo, ya que el propósito de Roca era sacar la ley a como diese lugar, aún con prescindencia de ese aspecto en particular (debe tenerse en cuenta que si bien el presidente y su ministro eran partidarios del laicismo, resignaban toda influencia oficial en favor del mismo, con tal de llevar adelante el proyecto al cual reputaban como de máxima importancia). Y por otra parte, en el gabinete convivían católicos acendrados, como Bernardo de Irigoyen; con descreídos y ateos como Wilde, por ejemplo. No obstante la "recomendación" presidencial y ministerial; en el seno del Congreso Pedagógico ingresó una propuesta impulsada por la masonería para eliminar el catecismo en horas de clase. El Gran Maestre de la masonería era por entonces Sarmiento (al parecer, ya olvidado de que poco antes de ser presidente de la Nación había abjurado de la misma); quien no asistía a las reuniones "de puro asco" (según sus propias palabras) porque no quería saber nada de encontrarse con Navarro Viola (al cual llamó "ignorante, intrigante y de mal carácter"), cuya opinión era expresada a través de Leandro Alem (a la sazón, Vice Gran Maestre de los masones).
Los católicos (entre otros, Goyena, Sastre, Estrada y el propio Navarro Viola) argumentaron que en función de la disposición gubernamental, ese punto no debía ni podía tratarse; pero sometido el asunto a votación, perdieron la misma, debido a lo cual se retiraron del cónclave en manifiesta y ruidosa disconformidad. "¡Nos retiramos!", dijeron Navarro Viola y Estrada. "¡Váyanse!, fue la respuesta de Alem.
A todo esto, y coincidentemente con los hechos hasta aquí citados, se iba a tratar en la cámara de diputados el proyecto de ley que había sido aprobado en la de senadores (que recordemos, era el de Pizarro, aquel que mantenía la enseñanza del catecismo). Onésimo Leguizamón (es decir, el gobierno; porque había sido nombrado por Wilde), quien además de presidir el Congreso Pedagógico era diputado por Entre Ríos (y cuya figura histórica está esperando aún que se le adjudique por fin el reconocimiento al que es más que justo acreedor) encontró lo que creía una solución (aprobada por Roca a través de Wilde) para zanjar las diferencias: se permitiría impartir la enseñanza religiosa "a los niños de su respectiva comunión", estando la misma a cargo de "los ministros autorizados de los diferentes cultos", sin obligatoriedad de asistencia y fuera del horario de clases. La enmienda se aprobó en Diputados por mayoría el 14 de julio de 1883, y consecuentemente el proyecto volvió al Senado, el cual el 28 de agosto rechazó la modificación, insistiendo en  su voto original.
Dado que el Congreso Nacional había entrado en receso, la polémica hasta entonces circunscripta a los diarios (El Nacional, dirigido por Sarmiento, por el lado de los laicos; y La Unión, por los católicos, en el cual escribían Estrada y Goyena principalmente) ganó la calle y el asunto se debatía airadamente. El tono de la prensa se exacerbó, las discusiones en todos los ámbitos se caldearon y por doquier menudeaban las diatribas, las descalificaciones y los insultos que se cruzaban unos con otros.
Y se impone aquí una aclaración: no existía ni entre los laicos ni entre los católicos una confrontación de ideología política; porque todos ellos eran (o al menos, decían serlo; aunque bastaba con rascar un poco la superficie para comprobar que no era tan así) liberales.
A todo esto, Roca había dispuesto que el gobierno se situara por encima de la cuestión, permaneciendo absolutamente prescindente en ella. Era público y notorio que en sus ideas era laico, pero no estaba dispuesto a involucrarse en un asunto que olfateaba tenía poquísimas chances de llevarse adelante; porque era altamente improbable que al reiniciarse las sesiones en el Congreso, en la cámara de diputados se lograsen las dos terceras partes de los votos, que era el requisito constitucional imprescindible para contraponer a la insistencia del Senado en el proyecto tal cual había sido presentado y aprobado. Además, nada fundamental para él se jugaba; lo que quería era la ley de educación y ésta habría de salir sí o sí, ante eso ¿qué le importaba lo de laicos o católicos? Nada dijo en un sentido ni en otro, a los diputados que se acercaron a pedirle opinión, limitándose a contestarles que votasen según lo creyesen conveniente. Y a los que fueron a rogarle que se pronunciara, aunque más no fuere con alguna de sus medias palabras, en apoyo a los laicos; les dijo que "comer carne de cura, a menudo resulta indigesto".
Y así habrían quedado las cosas: la ley aprobada y la enseñanza del catecismo sin variaciones; de no haber acontecido una circunstancia inesperada: pasó que los católicos, que en esos momentos tenían todas las de ganar, se fueron de mambo.
A quien era vicario de Córdoba, un tal monseñor Jerónimo Emiliano Clara, ensoberbecido por lo que creía un triunfo asegurado, no se le ocurrió mejor idea que emitir el 25 de abril de 1884 una inoportuna pastoral en la cual instaba a los padres a no permitir la concurrencia de sus hijos a la escuela normal porque en ella "daban clases maestras protestantes". Roca, con calma y prudencia, sometió el tema a consulta con el procurador general de la Nación, quien dictaminó que se amonestara severamente al vicario y se le previniese en el sentido de que en adelante no debía inmiscuirse en asuntos ajenos a su competencia eclesiástica. El vicario,  necio y torpe (que paradojalmente, era quien había casado a Roca con su esposa, Clara Funes), lejos de comprender que lo último que deseaba el presidente era confrontar; redobló la apuesta apoyado por cuatro catedráticos de derecho, y declaró "nulas las resoluciones del gobierno contra el magisterio de la Iglesia". Y eso, el Zorro no iba a tolerarlo. Vaya y pase mantenerse neutral en el conflicto laicos-católicos aún a despecho de sus propias convicciones, vaya y pase en aras de la ansiada tranquilidad política apercibir con una simple amonestación el desplante absurdo de un vicario sin ningún sentido de la oportunidad; pero soportar la abierta desobediencia de una sotana, sea la de un vicario o la del mismísimo papa, no importaba, a la autoridad de su gobierno; no, de ninguna manera. Invocando el derecho emergente del patronato eclesiástico, ordenó la inmediata remoción de los profesores por considerarlos incursos en la violación del mismo y sanseacabó.
El 22 de junio el proyecto volvió a tratarse en Diputados, donde los partidarios del laicismo lograron ya no sólo los dos tercios necesarios; sino una virtual unanimidad para insistir en la modificación que había sido rechazada por el Senado. Este último ya no podría conseguir a su vez los votos requeridos para mantener su negativa, y en consecuencia el 8 de julio de 1884 quedó definitivamente aprobada la ley n° 1420 que establecía la enseñanza primaria gratuita y obligatoria, estipulándose que los credos religiosos podrían en adelante impartirse fuera de las horas de clase y no por maestros, sino por sacerdotes de los distintos cultos.
Paradojalmente, la irreductible obcecación de un cura había hecho realizable lo que a priori aparecía como imposible.
Aunque en obsequio a la verdad histórica, hay que decir también que el justo medio estuvo (como a menudo suele ocurrirnos a los argentinos) ausente en esa oportunidad, porque si bien era cierto que había que sacudirse de encima el pesado yugo de la iglesia en aspectos como el casamiento o la educación; no era menos cierto que con el correr de los años se caería en excesos, lo cual llevaría al mismo Roca, ya en su segunda presidencia, a propugnar modificaciones al sistema educativo a través de la gestión de su ministro Osvaldo Magnasco. Pero esa... es otra historia.
En cuanto a Sarmiento, pese a las trastadas y a la feroz oposición que le había hecho; Roca lo nombraría el 18 de enero de 1884 comisionado ante el gobierno de Chile para tratar, en el marco de una convención hispanoamericana, la traducción al español de obras literarias de interés mundial, asignándole para ello ¡2.500 pesos oro!
Sarmiento, a quien todo le resultaba poco tratándose de él mismo, aceptó y se embolsó el dinero; pero extendió sus pretensiones al extremo de mandarle un mensaje al Zorro por medio de la misma persona que le llevó el ofrecimiento presidencial: "Dígale a Roca que también quiero que me ascienda a teniente general".
En fin... siempre habrá gente insaciable.

-Juan Carlos Serqueiros-