sábado, 1 de junio de 2013

UNA MITAD DEL PAÍS CONTRA LA OTRA. CUARTA PARTE: LA DEUDA EXTERNA







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

He adquirido, pues, la convicción de que el proyecto de la deuda nacional se ha hecho de todos modos irrealizable; e inhabilitado el Poder Ejecutivo constitucionalmente para retirarlo, después de haber merecido la aprobación de una de las cámaras, debe manifestaros que desiste en sostenerlo y os pide que no le prestéis vuestra sanción definitiva. (Julio A. Roca, nota a la Cámara de Diputados del 8 de julio de 1901)

Comencé esta serie de artículos estipulando que en ella iba a abordar el tratamiento de las tres oportunidades en las que, siendo presidente Julio A. Roca, la opinión publica se dividió en dos porciones absolutamente antagónicas. Hoy analizaré la cuestión que se produjo en torno al asunto de las negociaciones con los acreedores por la crecida deuda externa que agobiaba a nuestro país.
En 1901 debía afrontarse el pago de los servicios de esa deuda, que representaban por entonces nada menos que el 44,2% del presupuesto total. No escapará al entendimiento de nadie que un gobierno que se viera obligado a destinar casi la mitad del presupuesto nacional a la atención de la deuda, estaría en serios problemas. La revista Don Quijote lo ilustraba así:

A fines de 1900 Roca anunció la intención del gobierno de convertir la deuda externa, la cual se traducía en una treintena de empréstitos (36, para ser exacto), todos con distintas tasas de interés (que iban del 3 al 7%) y de garantías, y que totalizaban la enorme suma de 388.771.614 pesos oro. Se dijo (y se sigue diciendo) que aprovechando que su principal socio político, Carlos Pellegrini, debía viajar a Europa para atender su salud; Roca le encomendó la misión. Y se imponen aquí algunas consideraciones de modo de llegar a entender mejor el intrincado proceso que desembocó en los hechos de los que se trata.
En primer lugar hay que tener en cuenta que en 1898 iba a ser presidente de la Nación quien resultara el candidato del PAN, y ese era, sin duda alguna el Gringo; pero sus problemas de salud lo llevaron a resignar sus apiraciones en favor de las del Zorro. Roca debía su segunda presidencia a esa decisión de Pellegrini, así de conciso y tajante. Y en segundo lugar es menester aclarar que, al contrario de lo que generalmente se afirma; la idea de la unificación de la deuda no fue de Roca, sino de Pellegrini. Tanto así, que el 17 de setiembre de 1898 (Roca ya era presidente electo y asumiría el 12 de octubre), el Gringo le escribía a éste desde París: "Mi consejo es que su Ministro de Hacienda no se apure. Hay que tener presente que los banqueros todos aspiran a la gran operación de la conversión y hay que explotar esto, ofreciendo esa operación para cuando el Gobierno Argentino lo considere oportuno, al que facilite una operación promisoria para arreglar las dificultades del momento"
Queda claro entonces que no fue que al Zorro se le ocurrió pedirle a Pellegrini que "ya que viajaba a Europa, aprovechase para tomar contacto con los acreeedores a ver si había alguna chance de consolidar la deuda"; sino que todo estaba planificado de antemano, que la idea la había pergeñado y alentado Pellegrini y que era éste quien, aún desde antes de recibirse Roca del gobierno, se había reunido con los banqueros y estaba en condiciones de adelantar un pronóstico favorable a la gestión para cuando el Zorro resolviese que era hora de realizarla. Y esa hora llegó en 1901, cuando la atención de la deuda demandó la erogación de nada menos que 30 millones de pesos oro, lo cual representaba ¡el 46% del presupuesto! (45,9%, para los amantes de la exactitud).
Pellegrini regresó al país con el esbozo del acuerdo al que había llegado con los banqueros: consolidar la deuda en 392 millones de pesos oro y, en una compleja fórmula de "alquimia financiera", unificarla en un solo empréstito a través de la emisión de títulos o bonos que llevarían el nombre de "Consolidados Argentinos" a pagar desde 1905 por 435 millones de pesos oro, con un interés anual del 4%, con 0,5% de amortización a 50 años y con una garantía la cual se instrumentaría mediante el depósito diario del 8% de la recaudación aduanera en el Banco Nación para que éste, en forma trimestral, transfiriera el pago a los acreedores. A grandes rasgos digamos entonces que en lo financiero, era más "oxígeno" para el gobierno, que podría disponer así de los recursos que de otro modo deberían dedicarse al pago de la deuda, y que si bien la misma se incrementaba en un 20%; el adicional quedaba compensado con la notable extensión del plazo y la reducción de intereses al 4% anual.
El ingreso del proyecto de ley en el Senado el 11 de junio de 1901 corrió a cargo del propio Pellegrini (que era por entonces senador), quien luego de hacer la presentación del mismo, leyó una nota firmada por Roca y Berduc a través de la cual "recomentaban su aprobación". Y en efecto, el 15 se lo aprobó sin reservas, girándoselo luego a Diputados. Y allí se armó el lío que provocó que en definitiva no se tratase.
Desde el anuncio mismo de Roca de que se pensaba unificar la deuda, la oposición criticó acerbamente la medida y pugnó por instalar en el imaginario colectivo la idea de que era lesiva para los intereses nacionales, y el periodismo, mayoritariamente, se pronunció en idéntico sentido (nótese, por ejemplo, que la tapa de Caras y Caretas cuya imagen con caricaturas de Pellegrini y de Ernesto Tornquist es la portada de este artículo, corresponde a la edición del 6 de abril de 1901, es decir que es incluso anterior a que el proyecto entrara al Congreso). Y la revista no paraba allí:


Los dos diarios de mayor tirada: La Prensa, de José C. Paz y La Nación, de Mitre, atizaban el fuego, al igual que los diarios de todas las provincias. Las objeciones se enfocaban principalmente en la garantía, que consideraban "deprimente para el país" porque "lastimaba la dignidad nacional" y en las elevadas comisiones para los banqueros (en tratativas con los cuales andaba Ernesto Tornquist), lo cual según La Prensa configuraba lisa y llanamente "un negociado".
Por otro lado, estaban a favor del proyecto  los dos diarios oficialistas: La Tribuna, roquista, y El País, de Pellegrini, que tildaban de "opositores sistemáticos" a los otros y los acusaban de "carecer de argumentos fundados", de "desconocer el tema", de "pertubar el órden público" y de "promover sediciones".
La oposición y la mayor parte de la prensa, si bien habían "perdido" en el Senado por cuanto el proyecto resultó allí aprobado; consiguió volcar la opinión pública hacia el rechazo del mismo.
Los estudiantes universitarios publicaron una solicitada en La PrensaLa Nación el lunes 1 de julio convocando a la ciudadanía a congregarse en la Plaza de Mayo el 3, para entregar un petitorio a los diputados instándolos a rechazar el proyecto, y ambos diarios no sólo adhirieron al meeting (todavía se usaba el vocablo en el inglés original), sino que además lo motorizaron; y se formó una comisión que coordinaría el acto. Pero ocurrió que los acontecimientos se precipitaron y el estallido popular acaeció antes. El martes 2, la comisión invitó a disertar en la Facultad de Derecho a José Antonio Terry, quien había sido ministro de Hacienda del presidente Luis Sáenz Peña y que era a la sazón el profesor titular de la cátedra de Finanzas.


Al término de su conferencia (contraria al proyecto) Terry fue ovacionado por más de un millar de estudiantes que concurrieron a oírlo y que después se dirigieron a atacar las instalaciones de los diarios oficialistas La Tribuna y El País, y luego de que hubieran producido algunos destrozos, a duras penas la policía montada pudo contenerlos. Al día siguiente, el del meeting, el caldo se puso espeso en serio. Luego de entregar el petitorio a los diputados, la comisión instó a la multitud a desconcentrarse, pero nadie hizo caso al pedido.

 
La gente fue nuevamente a apedrear La Tribuna y El País, y luego se dirigió a hacer lo propio con las casas de Roca y Pellegrini. La custodia presidencial hizo disparos por encima de las cabezas de los manifestantes y logró que se disolvieran. Por su parte, Pellegrini recibió un piedrazo en la cara. La policía consiguió trabajosamente sofocar los disturbios.



El jueves 4, la ciudad era un polvorín. La gente atacó la Casa de Gobierno, y la guardia, la policía y los bomberos reprimieron. Dos muertos (un manifestante y un policía) fueron el saldo trágico de la infausta jornada.


Y en el interior del país la agitación también era notoria, sucediéndose manifestaciones en La Plata, Rosario, Córdoba y San Luis.
Mientras tanto, el presidente Roca enviaba al Congreso un pedido de implantar el estado de sitio, el cual fue aprobado en la madrugada del 5. Ese mismo viernes, ya con el estado de sitio vigente, Buenos Aires amaneció con la Plaza de Mayo cercada por soldados del ejército e inusual patrullaje policial en las calles; pese a lo cual se produjeron más incidentes, de resultas de los cuales hubo que lamentar otros tres muertos. El gobierno prohibió las reuniones, impuso restricciones a la libertad de prensa y clausuró (sólo por un día, el 6) el diario La Nación (llamativamente, no hizo lo propio con La Prensa). Sorprendentemente (y atenti a esto), La Tribuna y El País se refirieron a los sucesos de la víspera, pero sin culpar como lo venía haciendo a "grupos de pueblo" ni a "los estudiantes"; sino atribuyendo los desórdenes a "descamisados" y "andrajosos", términos peyorativos estos que usaba más que habitual y despectivamente La Nación (y obviamente, los mitristas en general).
En algún momento entre la noche del viernes 5, el sábado 6 y el domingo 7, Roca habló con Mitre. Después se sabría, por testimonio del segundo, que éste le repetiría al Zorro la frase aquella de Pierre-Claude Nivelle de La Chaussée: "Cuando todo el mundo se equivoca, todo el mundo tiene la razón".
El lunes 8 se esperaba que la Cámara de Diputados tratase el tan enconadamente resistido proyecto de unificación de la deuda, del cual se esperaba su aprobación por cuanto el gobierno contaba con amplia mayoría y los conflictos habían cesado a partir de la aplicación del estado de sitio. Pero no hubo debate alguno y el "tratamiento" del asunto se limitó a la lectura de un mensaje del propio presidente Roca en el cual, luego de algunas consideraciones acerca de los hechos ocurridos en torno a la propuesta que "ha suscitado una oposición violenta, que ha sido bandera ostensible de movimientos tumultuosos y hasta criminales" y dada la imposibilidad constitucional para el Poder Ejecutivo de retirarlo después de "haber merecido la aprobación de una de las cámaras"; el mismísimo Zorro les advertía a sus diputados que "desiste de sostenerlo" y les pedía que "no le prestéis vuestra sanción definitiva".
Como vemos, Roca, en medio de la tormenta, recogía el barrilete. Horacio Juan Cuccorese nos cuenta que "explicó" a sus allegados la decisión que tomaba, en la forma de una frase sintética y por demás elocuente: "No habrá unificación, pero habrá gobierno". Y Mariano de Vedia pone en su boca estas palabras: "Tratándose de grandes operaciones financieras que el pueblo rechaza, ya sea porque no las entiende o porque sospecha torpemente de sus móviles, no corresponde empeñarse en llevarlas a término contra viento y marea".
No habría de salirle gratis y ni siquiera barata al Zorro la baza que acababa de jugar, por lo contrario; el costo político que debió pagar fue astronómico. Pellegrini, que quedó ante la opinión pública como el gran "culpable" de la cuestión, rompió estruendosamente con él y hasta lo trató de cobarde: "Dejar de sostener el proyecto es de una cobardía incalificable", dijo en el Senado y afirmó públicamente: "Declaro rotos todos mis vínculos con el gobierno". La prensa se cebó en el Gringo. Por ejemplo, en la tapa de Caras y Caretas en su edición  del 20 de julio de 1901, aparece caricaturizado ante un escaparate en el cual se ven muñecas (por la gran muñeca que se le atribuía a Pellegrini -que era un gran aficionado al turf- para capear temporales) diciendo: "Ya no soy el único":


Y en la edición del 2 de agosto de 1901, volvió a cargar contra Pellegrini remarcando el rápido levantamiento del estado de sitio por parte de Roca y sentenciando, bajo la metáfora de un guinche, que al Gringo "ya no hay Dios que lo levante":


El PAN se fracturó en dos porciones y la sangría que sufrió el roquismo fue considerable. Asimismo, el Zorro se vería obligado a reconfigurar la cuarta parte de su gabinete, pues disconformes con él, le presentaron las renuncias su ministro de Hacienda, Enrique Berduc; y el de Agricultura, Ezequiel Ramos Mejía; que se fueron con Pellegrini. Refiriéndose al enfrentamiento entre las dos figuras partidarias principales, Caras y Caretas con notable perspicacia, en la tapa de su edición del 14 de setiembre hacía notar socarronamente que si Roca "era incurable" como afirmaba el Gringo; él mismo era también un "cadáver político" que... ¡no tenía "ni sacristán" para el entierro!:



Pero si el sacudimiento para su gobierno fue tan espantoso, ¿por qué entonces Roca hizo lo que hizo, cuando le hubiera resultado sencillo persistir en el proyecto y transformarlo en ley?
Eso precisamente es lo que les voy a contar en la quinta (y última) parte de esta serie de artículos UNA MITAD DEL PAÍS CONTRA LA OTRA. Les adelanto que hay muchas explicaciones acerca de ello, de una larga y variopinta lista de prestigiosos historiadores; pero modestamente sostengo que ninguna de ellas permite que encajen todas las piezas del rompecabezas y por lo tanto, voy a dar la mía propia.
Nos encontraremos dentro de unos días nomás. ¡Hasta entonces!

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