sábado, 6 de agosto de 2022

SILLA



























SILLA
(Poema de Juan Carlos Serqueiros)

¿A quién habrá pertenecido?
¿Quiénes en ella se habrán sentado?
Tal vez una mujer hermosa
Acaso un niño desconsolado
O una abuela encantadora
Quizá un ladrón anodino…
¿Quién o quiénes habrán sido
Los que en ella se sentaron?

De acero, bronce, madera...
Hechas del material que fuera
Todas las cosas guardan memorias
De besos y de querellas
De amores y de tragedias
De logros y de fracasos
De grandezas y miserias
De amaneceres y ocasos…

Yo voy a llevarte, silla
Te volveré a tu esplendor
Sentado en ti lloraré mi pena
Por la que amé y no me amó
O tal vez escriba los versos
De mi poema mejor…

Todas las cosas guardan memorias
De lo que fue y lo que pasó.

-Juan Carlos Serqueiros-

jueves, 4 de agosto de 2022

HOMBRES ILUSTRADOS SE BUSCAN























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

En Tucumán, la noche del 28 de agosto de 1821, el general Abraham González se alzó contra el gobierno de Bernabé Aráoz, derrocándolo. El 3 de setiembre era proclamado gobernador, y la República del Tucumán creada por Aráoz había dejado de existir.



Inmediatamente de recibido del cargo, González circuló la novedad a los gobiernos de Buenos Aires y de las demás provincias, y también al general San Martín y a O'Higgins. En ese contexto, el 29 de octubre de 1821 le escribía a Martín Rodríguez, por entonces gobernador de Buenos Aires, en respuesta a una anterior que éste le había cursado:
Para que V. no extrañe que aquí no se adopte el sistema representativo como me insinúa en sus oficios, quiero decirle a V., que conoce el país, lo siguiente: V. sabe que una representación diminuta, o es una facción o dista una línea de serlo, y creo que por este principio es que se ha sabiamente doblado la representación provincial de Buenos Aires; sabe V. también, que ella no puede subsistir; sino dotada o compuesta de hombres con comodidad y espíritu público bien grande y sostenido de buenas luces. Supuesto esto, eche la vista sobre esta provincia y si separa al Dr. García asesor de Cabildo, al Dr. Paz, juez de alzadas, al Dr. Molina, que huye de todo asunto de esta clase, y al Dr. Perico Aráox, no encuentra V. más quienes formen el Cuerpo Representativo. Suponga V. que todos estos se allanaran a servir sin sueldo y reunirse ¿de qué serviría un cuerpo tan diminuto, y en que es preciso callar circunstancias particulares de los individuos? Si en las otras clases hubiera medianas luces, espíritu público como en esa, yo estaría allanado; pues aún cuando estuviera lleno de ambición por este triste mando, sé como V. sabe que en América hasta pasados muchos años, los gobernantes con un poquito de política, harán de estos cuerpos lo que Augusto con el Senado y Enrique VIII con el Parlamento; pero V. conoce este país, y si me da media docena de hombres capaces del cargo, aunque muy buenos por otra parte, le agradeceré mucho el hallazgo. Esta y no otra es la causa de no entrar en ello. (sic)
Como se desprende del tenor de la carta, Rodríguez le había escrito a González al recibir la comunicación de éste enterándolo de que estaba en el gobierno de Tucumán, extrañándose de la ausencia de legislatura en la provincia y sugiriéndole su implementación. Y tal como vemos, González le respondía que eso no debiera sorprenderlo, pues en Tucumán sólo había cuatro personas capacitadas para integrarla; en función de lo cual le parecía (y convendremos en que tenía razón) ridículo e inconducente formar una representación tan escasa.
Es que en efecto, tal como certeramente consigna González en su carta, una legislatura de sólo cuatro diputados —y hasta eso, suponiendo que aquel "Dr. Molina que huye de todo asunto de esta clase" aceptara el cargo, y que el “Perico Aráox” mencionado, hiciera lo mismo (cosa altamente improbable, si consideramos que el tal Perico no era otro que Pedro Miguel Aráoz, pariente y mano derecha de Bernabé Aráoz, a quien González había derrocado)—, más temprano que tarde se constituiría en una facción. Y nadie mejor para saberlo, en tanto él mismo provenía de una facción (bien que heterogénea y por eso mismo frágil e inestable) que se había ido conformando por los vínculos, familiares y de clase, con la oficialidad del ejército.
Pero ¿quién fue Abraham González? Veamos: había nacido en fecha y mes no precisados del año 1782, en las Misiones, más precisamente en Concepción de la Sierra, y hallándose en la Banda Oriental, participó de la lucha contra los realistas hasta la toma de Montevideo por las fuerzas patriotas. Luego, siguió a Rondeau, integrado al Ejército Auxiliar del Perú. Acantonado éste en Tucumán luego de la catástrofe de Sipe-Sipe, en 1816 el por entonces capitán contrajo enlace con una dama de la elite local, Catalina de La Madrid y Aráoz, vinculándose así al grupo encolumnado detrás de la figura de Bernabé Aráoz. Posteriormente, y ya reducida la presencia del ejército a una guarnición puesta al mando del coronel Domingo Arévalo; González sublevó la misma y derrocó al gobernador Mota Botello (a quien apresó junto a Arévalo, y pretendió hacer lo mismo con el general Belgrano, que se hallaba en Tucumán, ya gravemente enfermo). De resultas de ese movimiento, González hizo convocar a un cabildo abierto, el cual eligió gobernador al instigador y beneficiario principal de la sublevación, Bernabé Aráoz, quien lo promovió a teniente coronel, primero, y después a coronel. Posteriormente, al estallar el conflicto entre Tucumán y Salta, Aráoz lo puso al frente del ejército que derrotaría al de los salteños en la batalla de Rincón de Marlopa, y como consecuencia de su eficiente desempeño en ese hecho de armas, lo ascendió a general. Pero disconforme con el manejo y los procederes de Aráoz en su gestión, Abraham González lo derrocó el 28 de agosto de 1821 y asumió el gobierno días después. Por poco tiempo, ya que no pudo sostenerse, y a principios de 1822, la poderosa familia Aráoz lo desplazó. Había durado en el cargo tan sólo 4 meses. Tras su caída, González abandonó la política y terminó sus días c. 1838 en la provincia de Buenos Aires, trabajando un campo de su hermano.
La semblanza que de él hacen tanto Mitre —quien lo describe como “un hombre vulgar, gran charlatán y de malas costumbres nacido en la Banda Oriental”— como su epígono tucumano Páez de la Torre —quien en el colmo de lo disparatado consigna que era “uruguayo, nacido en Concepción de Misiones”—, es absolutamente negativa. Tendamos un piadoso manto de olvido sobre esas inexactitudes (o mendacidades, diríamos mejor) y notemos que el susodicho González poseía cierto grado de cultura, lo cual se evidencia a través de las citas que hace de las historias romana (el emperador Augusto con el Senado) e inglesa (Enrique VIII con el Parlamento) en ese párrafo extraído de su carta. Y quien se tome el trabajo de leer su correspondencia, podrá comprobar que también en otros oficios suyos campean menciones a los clásicos.
Pero más allá de González, de los Aráoz, de Martín Rodríguez y del intercambio entre dos gobernadores; me interesa remarcar el detalle en que repara el primero: no había en Tucumán (y esto a fines de 1821, eh; no ya al principio de la revolución) más que cuatro personas letradas capaces de desempeñarse en una legislatura, y encima, de las cuatro, sólo podía contarse de fijo con dos; y a las otras dos, en circunstancias normales no cabría considerarlas, ya que el “Dr. Molina que huye de todo asunto de esta clase” no quería saber nada con la política, y el otro, el “Dr. Perico Aráox”, era el cura de la iglesia matriz, o sea que para conformar una representación, había sí o sí que sacarle el cura a la catedral.
Y eso no se daba solamente en Tucumán; ya que Jujuy, Salta, Catamarca, La Rioja, Santiago del Estero, Chichas, Mizque, Mendoza, San Juan y San Luis, adolecían del mismo problema. Únicamente Buenos Aires, Charcas y Córdoba escapaban a la regla general. En cuanto a las provincias nucleadas en los Pueblos Libres o Liga Federal (coalición político-militar creada al influjo de Artigas y ya extinguida para la fecha de la carta de Abraham González), la situación no variaba mayormente: tanto la Banda Oriental como así también Corrientes, las Misiones, Santa Fe y Entre Ríos, no se caracterizaban precisamente por la abundancia de ilustración que en ellas había.
Avancemos en la historia hasta 1834. En ese extraordinario documento político que conocemos como Carta de la Hacienda de Figueroa, un perspicaz Juan Manuel de Rosas le escribía, el 20 de diciembre de ese año, a Juan Facundo Quiroga:
¿Habremos de entregar la administración general a ignorantes, aspirantes, unitarios, y a toda clase de bichos? ¿No vimos que la constelación de sabios no encontró más hombre para el Gobierno general que a don Bernardino Rivadavia, y que éste no pudo organizar su Ministerio sino quitándole el cura a la Catedral (nota mía: Rosas se refería a Julián Segundo de Agüero), y haciendo venir de San Juan al Dr. Lingotes (nota mía: Rosas mencionaba el apodo que le habían puesto a Salvador María del Carril, por su idea de pagar las deudas en metálico) para el Ministerio de Hacienda, que entendía de este ramo lo mismo que un ciego de nacimiento entiende de astronomía? (sic)
Y estamos hablando de... ¡trece años después!, sin que la situación hubiese variado.



En semejantes condiciones, el logro de fundar una nueva nación y darle su independencia, agiganta aún más, si cabe, la gloria del general Belgrano. Y también (en otra "vereda" ideológica y metodológica) la del general Artigas. Belgrano, con su infatigable prédica en favor de la educación, demostrada también en lo tangible, en los hechos concretos; y Artigas, declamando aquello de "seamos ilustrados y valientes", nos mostraban el camino, único posible de recorrer para forjar la grandeza de una nación: la ilustración de sus ciudadanos.
Y en pos de esa ansiada ilustración estamos, o por lo menos; decimos que estamos. Y usted, mi querido amigo lector, ¿qué opina? ¿Estamos?

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS

AGN. Sala X, Legajo 5-10-5, Tucumán 1820-33.
AHT. Fondo Cabildo v. 10.
Diario La Gaceta. Edición del 14.02.2016.
Imagen de portada: Emeric Essex Vidal, “Gauchos de Tucumán en la playa”, acuarela, 1819.
Mitre, Bartolomé. Historia de Belgrano y la Independencia Argentina t. III. Talleres Gráficos Rodolfo Buschi, Buenos Aires, 1942.
Morea, Alejandro H. El legado de la guerra. La carrera política de los oficiales del Ejército Auxiliar del Perú: Abraham González y el gobierno de Tucumán, 1816-1821 (en Anuario IEHS 31, Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, 2016).
Páez de la Torre, Carlos (h). Historia de Tucumán, Editorial Plus Ultra, Buenos Aires, 1987.
Tío Vallejo, Gabriela. Antiguo Régimen y Liberalismo, Tucumán, 1770-1830. UNT Facultad de Filosofía y Letras, Tucumán, 2001.
Zinny, Antonio. Historia de los gobernadores de las Provincias Argentinas. Hyspamerica, Buenos Aires, 1987.

sábado, 30 de julio de 2022

VEINTE AÑOS NO ES NADA




















VEINTE AÑOS NO ES NADA
(Poema de Juan Carlos Serqueiros)

Volví a verte ayer
Entre la masa apretada
Que en la soleada mañana
Se asfixiaba en el trajín
Tan inútil, tan solitario
Y tan acompañado
En el sinsentido de esta oquedad
Que no llego a comprender.

Veinte años no es nada
(Dijo un poeta)
Y quizá tuviera razón…
Veinte años de sueños gastados
De noches oxidadas
De sudores rancios
De gramos añejados
En la tragicomedia del vivir.

Fue raro ¿sabés?
Como el súbito despertar
De una amnesia que me volvió
Impermeable a recordar
El perfume de tu piel
De tus besos el sabor
De tu sexo la humedad
Y hasta el eco de tu voz.

Una sola imagen se quedó
En mis retinas atesorada
La del gato que en su boca
Venía a traernos la luna
Desde la ribera de la noche
Hasta la helada pobreza
De un mísero cuarto de pensión
Veinte años... nada son.

-Juan Carlos Serqueiros-

viernes, 29 de julio de 2022

HISTORIAS DE PUTAS, CAFÉS PARISINOS Y CUADROS: EN CABINET PARTICULIER O AU RAT MORT









































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Le Rat Mort… le paradis qu'Eve nous fit perdre, mais que ces dames nous font retrouver. (Guide des Plaisirs à Paris, 1899)

En esta obra "En cabinet particulier" o "Au Rat Mort" (para el mundo hispanoamericano titulada "En un reservado del Rat Mort", y para el mundo anglosajón "In a Private Dining Room at The Rat Mort"), Henri de Toulouse-Lautrec representa una pareja de la Belle Époque, integrada por un caballero al cual se ve sólo parcialmente, y una demi-mondaine, cenando en un reservado del Café du Rat Mort.
Una "demi-mondaine" ("medio mundana") era una mujer que se desenvolvía en el "medio mundo" —expresión que proviene de la comedia Le Demi Monde, de Alejandro Dumas (h)—, es decir, aquel mundo que se presume fino, elegante, rico, culto y glamoroso (los españoles, a instancias de la RAE, prefieren emplear glamuroso, pero me complace embromarlos un poco a esos tiranos del idioma cada vez que puedo); más en el que muchos —quizá la mayoría— de sus "habitantes" son en sí mismos una impostura, porque después de todo; son capaces de las peores miserias y abyecciones, y de perpetrar idénticos delitos a los que a diario vemos / escuchamos / sufrimos / cometemos en el "gran mundo", o sea, ese que es el real y tangible.
A menudo englobada (inapropiada y erróneamente, en mi opinión) bajo el denominador común de "prostituta", una demi-mondaine no debe ser confundida con una grisette, muchacha independiente, obrera de la industria del vestido (de allí lo de "grisette", por el tono gris de los uniformes que utilizaban las costureras de los talleres de confección), y por ello, de condición muy humilde, que vivía sola, se bastaba a sí misma (con frecuencia, en medio de grandes privaciones y con la amenaza constante del hambre y la tisis, dados el salario misérrimo que percibía, las extenuantes jornadas de trabajo que soportaba, y la alimentación escasa), ejercía libremente su sexualidad y se relacionaba, en el ambiente de la bohemia, con pintores, poetas, músicos y escritores). Ni con una lorette ("lorette" por el sitio del cual procedía: las inmediaciones de la iglesia de Notre-Dame-de-Lorette, o sea, Nuestra Señora de Loreto), que era una joven que vivía exclusivamente de prostituirse. Y tampoco con una cocotte, es decir, una "cacerola", que ejercía la prostitución en los estratos sociales más altos. Una demi-mondaine no era nada de eso; sino que pertenecía, por derecho propio (ya sea por haber nacido en el seno de la aristocracia o de la burguesía terrateniente, banquera o industrial; o por haber logrado acceder a él por las circunstancias que fueren), a ese "medio mundo" o "semi mundo" que describí precedentemente.
La demi-mondaine era, generalmente, mantenida por uno o varios amantes que sufragaba/n su estilo de vida rumboso, en medio del boato, y residía en un lujoso apartamento cuando no en una suntuosa mansión o en un coqueto petit hotel; aunque (más frecuentemente de lo que se cree) también se daba el caso inverso y era ella quien mantenía a algún amante o “favorito” que se constituía así en su gigoló (claro que a costa del bolsillo de otro amante, poderoso y adinerado, que era su “protector”).
El ámbito en que transcurre la escena pintada por Toulouse-Lautrec es Le Rat Mort, un café restaurante parisino situado en Place Pigalle, más precisamente, en el número 7 de la rue homónima, y con entrée particulière, es decir, con una entrada para acceder (directa, y sobre todo; discretamente) a los reservados, en el 16 de la rue Frochot, en Montmartre.




Hay tres versiones que procuran explicar el porqué de tal nombre para aquel establecimiento gastronómico, de espectáculos y… otras cositas. 
Una sostiene que se originó en el hecho de encontrarse los parroquianos —más precisamente, un couple (una pareja) según se estipula en la publicidad (que podemos considerar como oficial, ya que es la que se consigna en la Guide des Plaisirs à Paris)— con la desagradable sorpresa de una rata muerta atascada en la bomba de tirar chopp instalada sobre el barril de cerveza; otra afirma que obedecía al olor nauseabundo que se desprendía de un vaciadero de desperdicios que la gente desaprensiva arrojaba alrededor de la Fontaine Pigalle (obra del arquitecto Gabriel Davioud); y la tercera dice que surgió por el olor “a rata muerta” que emanaba del enyesado fresco en ocasión de remodelarse el local (que antes de 1867, había albergado al Grand Café Place Pigalle). Particularmente, me hallo inclinado a inferir que la más probablemente acertada sea la que cité al último. 
Sus paredes estaban adornadas con paneles en los que se representaban escenas alusivas al nombre del café restaurante, los cuales conocemos gracias a los dibujos de Joseph Faverot en su Dessins de rats en action au Café du Rat Mort (1886): “Le Baptême", "La Noce", "L'Orgie" et "La Mort” ("El bautismo”, “La boda”, “La orgía” y “La muerte”).






A las mesas de Le Rat Mort se sentaron Verlaine, Rimbaud, Castagnary, Desnoyers, Mendés, Forain, Coppée, Villemessant, Willette, Steinlen, Anquetin, Guibert, Degas, Matisse, Vlaminck, Sescau, Conder y, por supuesto, también Toulouse-Lautrec y tantas, tantas otras celebridades de las letras, del arte y de la política. Allí concertaban sus citas las cocottes más renombradas, y también allí, en compañía del bacán que te acamala (Celedonio Flores dixit), disfrutaban sus cenas, con platos seleccionados de entre la gran variedad que ofrecía el menú exquisitamente ilustrado por el mismísimo Adolphe Léon Willette las demi-mondaines, como por ejemplo, la que aparece en el cuadro de Toulouse-Lautrec que nos convoca y sirve de portada a este artículo.




Y también acudían a Le Rat Mort, cómo no, lesbianas en procura de otras mujeres con quienes compartir las preferencias sexuales que tenían en común. Se ha propagado hasta el hartazgo (y se lo sigue haciendo), que en las dos últimas décadas del siglo XIX, aquel establecimiento se había convertido en un “café para lesbianas”. 
Se trata de una exageración, de la afirmación de un presunto “hecho histórico” que no se puede sostener al momento de confrontar el relato con la evidencia que surge de la heurística: lo cierto es que no se registran en los archivos de la policía parisina, procedimientos, arrestos y detenciones de mujeres, indicativos de que hubo una persecución al lesbianismo.
Obviamente, ello no implica negar en redondo que concurriesen lesbianas a Le Rat Mort, porque de hecho; sí iban algunas (o posiblemente varias y quizá hasta muchas), tal como se desprende de artículos periodísticos y obras literarias de la época, y tal como taxativamente escribí más arriba. Pero de allí a considerar válida y veraz la aseveración de que era un “café para lesbianas”… bueno… ciertamente ¡hay un campo de distancia!
Y agregaré: sí existían, en tiempos de Le Rat Mort, cafés exclusivos para lesbianas, como —por ejemplo y por citar sólo un par de ellos—: La Brasserie du Hanneton y La Souris. Incluso, el primero se promocionaba así: “Por la noche, rara vez te encuentras con un representante del sexo fuerte; mujeres emasculadas, amantes del lugar incluidas, cenan solas, en mesas pequeñas, y se ofrecen luego los cigarrillos, los dulces y los besos. Ver como curiosidad patológica.” (sic). Y en ambos se desalentaba sin ambages la entrada de hombres y como presencia masculina sólo se admitía y era bienvenida la de Henri de Toulouse-Lautrec, por concesión especial de quienes los regentaban: Madame Armande, la Hanneton; y madame Palmyre, La Souris (que además; eran amigas entrañables del artista).
El relato edulcorado que procura (y mayormente consigue) instalar en el colectivo una mirada romántica, idílica, sobre los establecimientos y centros de diversión nocturnos que combinaban lo artístico con lo literario y el espectáculo de entretenimientos en París, en el período que se extiende entre las tres últimas décadas del siglo XIX y fines de la primera mitad del XX, se acerca mucho más a la ficción que a la verdad histórica.
La visión de una París-faro irradiando al mundo desde Montmartre, Pigalle y el Quartier Latin los rayos de una vanguardia cultural y artística transformadora en realidad tangible de los postulados de liberté, égalité, fraternité para todo el orbe (y de paso, también para los distintos géneros), es nada más que un espejismo, una fantasía. Creer seriamente que las demandas de la mujer en procura de sus derechos encontraron allí y en esa época, favorable eco, constituye, cuanto menos, una ingenuidad inadmisible.
Y asimismo lo es la percepción de la Belle Époque como un tiempo en el que floreció el arte y a su mágico conjuro desapareció el flagelo de las miserias humanas. Como si Pierrot hubiese dejado de ser el zonzo que sufre por Colombina, y ésta hubiera derivado, de voluble y miserable pizpireta, en EL amor puro e idealizado. Como si las grisettes, milagrosamente, ya no murieran de tisis o de consunción por el hambre en los talleres de costura o en la sórdida estrechez de las buhardillas parisinas en que malvivían, o ya no languidecieran de pena, desarraigo y fracaso, trasplantadas a la orilla del Plata por aquel argentino que entre tango y mate la alzó de París (Enrique Cadícamo dixit). O que por decreto divino, todos los pintores y poetas, de pronto pudieran hacer tres comidas decentes al día y ya no muriesen como moscas, atrapados en el delirium tremens, en los vahos etílicos y mentirosamente felices de la verde diosa absenta o en la telaraña letal de la sífilis. O como si las presuntamente alegres y divertidas hetairas parisinas no fueran, a menudo, protagonistas de su propio infierno como esclavas de la morfina cuando no de la atropina o del éter. O como si la sola pertenencia al mundillo de la bohemia creativa, bastara para garantizar la inexistencia en él de lacras como el colonialismo, el racismo, la xenofobia y la misoginia.
Obviamente, lo antedicho no debe leerse en modo alguno como menoscabo de la trascendental importancia de toda esa movida en torno a las artes, la literatura y la filosofía que tuvo lugar en la ciudad luz durante el período precitado, ni ocultar o negar la influencia que ejerció en el mundo (o al menos, en el occidental y cristiano). Ni tampoco, debe llevarnos a caer en el error de analizar las actitudes de aquellos hombres y de los hechos que protagonizaron, utilizando los parámetros culturales, los valores ético-morales y la percepción que de esas cuestiones tenemos vigentes en la actualidad; porque ellos fueron hombres de su tiempo y lo que corresponde es estudiarlos situándonos en la época y en el contexto en que vivieron, tan aproximadamente como nos sea posible hacerlo. Rasgarnos las vestiduras y condenarlos, cual si fuésemos un tribunal póstumo de justicia, por los prejuicios que muchos de ellos tuvieron, por la frontera entre géneros que establecieron y por la misoginia que evidenciaron, equivaldría poco más o menos a que condenemos al ostracismo definitivo la memoria y el pensamiento de Aristóteles porque consideraba que la esclavitud era natural.
Le Rat Mort llegó al apogeo en cuanto a notoriedad y afluencia de clientes a partir de la Exposición Universal de París de 1889 (y vaya uno a saber, mi apreciado lector, cuántos argentinos habrán pasado por aquel café restaurante y habrán disfrutado allí sus cenas y se habrán solazado en la compañía de las bellas damiselas que a él concurrían… ¡riche comme un argentin!), y su existencia se prolongó hasta después de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, cuando hubo de cerrar para siempre sus puertas. Actualmente, en ese edificio del 7 de la Rue Pigalle hay instalado un banco.


Y pensando bien la cosa (Borges dixit), existe cierta ironía cruel en el hecho de que en el mismo sitio donde antaño se hicieran transacciones, digamos... gastronómicas y sexuales (y por ende, placenteras); se realicen hoy por hoy, asimismo transacciones, sólo que… financieras.  
Pero volvamos a Lautrec y esa pintura suya en particular. No existe, entre los historiadores y críticos de arte que han analizado e interpretado (o, más apropiadamente expresado; han tratado de interpretar) este cuadro, coincidencia de opiniones en cuanto a lo que pretendió transmitir el artista en su obra, ni tampoco en lo que atañe a la motivación que lo impulsó a pintarla. Veamos.
Está representada, en primer plano, Lucie Jourdan, una célebre demi-mondaine de la Belle Époque, ricamente ataviada con un vaporoso vestido y tules que se extienden incluso hasta su cabeza, en una especie de caperuza coronada con un moño negro. A su lado aparece un caballero rubio del que no se ve su rostro más que parcialmente. No obstante ello, sabemos —o al menos; creemos saber, por los testimonios de la época que nos han llegado a través de la tradición oral— que se trata de Charles Conder, un pintor e ilustrador de la corriente simbolista nacido en Londres y formado en Australia, que vivió en París, donde trabó estrecha amistad con Lautrec. Ambos personajes están instalados en un reservado del Rat Mort, en el que presumiblemente, han disfrutado o se aprestan a hacerlo, de una opípara cena y se hallan junto a una fuente llena de frutas, tomando champagne (o al menos, la dama; porque la copa del hombre no se visualiza en la escena). Ella tiene ante sí, además; otra copa que, o bien es para el agua, o bien nos sugiere (por los reflejos verdes) que bebió o se dispone a beber, absenta.
Puede usted estar tranquilo, mi querido amigo lector: no voy a aburrirlo con consideraciones pseudo explicativas de la obra (para lo cual no califico, y por otra parte; ello significaría entrar en materia propia de esa deleznable especie que son los críticos de arte), ni tampoco me atreveré a esbozar un perfil psicológico del artista (tengo un acuerdo con Gabriela, mi esposa, y me propongo atenerme a él: ella no se mete con la historia ni yo con la psicología). Pero sí voy a mencionar determinados aspectos, los cuales estimo importantes.
Pintado en 1899, este cuadro significó la rentrée de Toulouse-Lautrec a la actividad artística (y de paso; también su recaída en el consumo desenfrenado de alcohol y su vuelta al mundo de la noche, las mujeres galantes y los amigos de juergas y francachelas), después de haber estado recluido, por disposición de su familia, en el sanatorio de Neuilly, entre febrero y mayo de ese año, en procura de desintoxicarlo y curarlo de sus adicciones. Así, no me parece casual (de casualidad, maldita palabreja a la que se apela cuando no se tiene explicación para determinadas coincidencias) esa ambigüedad de los reflejos verdes en la copa de la dama, como insinuando que, minga de agua; lo que hay en ella es ajenjo. ¿No estaría eso que en el cuadro aparece como incierto, originado en el mono que sufría Lautrec por la abstinencia que se le había ordenado? Qué sé yo... se me ocurre…
Y en cuanto a lo de aparecer cortado por el extremo derecho del cuadro el rostro de Conder, para representarlo sólo parcialmente, y que algunos sabihondos se arrogan "explicar" atribuyéndolo a que el hombre "quiso mantenerse en el anonimato para que no se supiera de su relación con una prostituta", diré que tal inferencia me parece un disparate; porque ¿para qué cuernos querría Conder, que contaba por entonces 31 años y era soltero y descomprometido (se casaría recién en 1902, en Inglaterra, y con una inglesa), “mantenerse en el anonimato” evitando aparecer en un cuadro que lo mostraba cenando con una de las más codiciadas mujeres de París? Máxime, cuando en 1893, esto es, seis años antes, ya había sido retratado por Lautrec en su cuadro “Aux Ambassadeurs: Gens Chic”, en el cual aparecía representado cenando con una dama en el célebre café concert Les Ambassadeurs, situado en los Campos Elíseos.


Y también había aparecido Conder pintado, junto a Toulouse-Lautrec, Jean Moréas, Henri Bourges y Louis Anquetin en una acuarela obra de este último, titulada “Rencontre d'amis à Bougival” (“Encuentro de amigos en Bougival”), en la que se representa una escena que los muestra a todos en ese sitio de las afueras de París, en un alegre y desprejuiciado picnic en el cual las mujeres están desnudas.


Así las cosas, se convendrá conmigo en que resulta absurdo eso de que Conder quería “mantenerse en el anonimato” y que se deba a ello el que su rostro no aparezca totalmente en el cuadro.
Prefiero suponer como más probable, que Lautrec lo haya pintado por iniciativa propia, y no “por encargo del barón de W.” (?), quien supuestamente sería “un caballero adinerado, cliente fijo de esa prostituta y que por obvias razones, no quería que se lo representase en la obra”, como afirman otros. Infiero que Lautrec, que era buen gourmet y mejor cocinero, y odiaba tener que cenar solo, habrá buscado la compañía de su amigo Conder, antiguo camarada de borracheras y lupanares. Y si le sumamos la presencia de la amante de Conder por esos días: Lucie Jourdan, que era pelirroja… bueno, ¡bingo en la sala! (las pelirrojas eran el fetiche de Lautrec). La cena en Le Rat Mort debe de haberla sufragado la damisela en cuestión (que era, reitero, una demi-mondaine y no una “prostituta” como la califican, con escasa caballerosidad, los sabios críticos de arte), o quizá el propio Lautrec; porque Conder invariablemente andaba de la cuarta al pértigo, sin un centavo en el bolsillo. Y de allí también lo de representar en primer plano a Lucie.
De todos modos, no deja de ser peligrosa la pretensión de narrar la historia fundándose en elementos intrínsecamente subjetivos, tales como obras de arte, ya sea que se traten estas de cuadros, esculturas o poesías; porque sabido es que en ellas no se expresa o traduce la realidad tal como fue y ocurrió, sino como la percibió y representó simbólicamente el artista.
Así que no corramos riesgos innecesarios incursionando en un terreno tan fangoso, y dediquémonos, mejor, a disfrutar de la contemplación de este cuadro magistral y a tener a mano la copa llena de bon vin para brindar por la memoria de Henri de Toulouse-Lautrec, Lucie Jourdan y Charles Conder. Y desde luego, también por la felicidad de usted, mi apreciado lector, que ha tenido la gentileza de favorecerme con su paciente interés.
À votre santé!

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

Albert, Nicole G. Saphisme et Décadence dans Paris fin-de-siècle. La Martinière, París, 2005.
Baxter, John. Chronicles of Old Paris. Exploring the Historic City of Light. Museyon Inc., Nueva York, 2011.
Balducci, Richard. Les Princesses De Paris: L'âge d'or des Cocottes. Les Presses de la Cité, París, 1994.
Bibliothèque nationale de France. a) Guide des Plaisirs à Paris. Édition Photographique, París, 1899.
                                                       b) Semanario Le Courrier français, edición del 25 de febrero de 1894.
Carcas Castillo, M. Rosario. El alcohol entre la vida y la obra de Toulouse-Lautrec. Prensas de la Universidad, Zaragoza, 2012.
Coquiot, Gustave. Lautrec. Libraire Ollendorff, París, 1921.
Dumas, Alejandro (h). Demi-Monde: comedia en cinco actos. Editorial Estrella, Madrid, 1919.
Duret, Théodore. Lautrec. Bernheim-jeune, éditeurs. París, 1920.
Galbally, Ann. Charles Conder: The Last Bohemian. Melbourne University Press, Melbourne, 2003.
Guigon, Catherine. Les Cocottes - Reines du Paris 1900. Parigramme, París,  2012.
Lepage, Auguste. Les cafés politiques et littéraires de Paris. J. Clayer, imprimeur, París, 1874.
Morrow, William C. Bohemian Paris of To-Day. J. B. Lippincott Company, Filadelfia, 1899.
Néret, Gilles. Henri de Toulouse-Lautrec: 1864-1901. Taschen, Colonia, 2009.
Rodríguez Suárez, María. El cronista de la noche: La temática de Henri Toulouse-Lautrec. Universidad de La Laguna, San Cristóbal de La Laguna, 2015.

viernes, 22 de julio de 2022

THE DOORS, L.A. WOMAN, ALDOUS HUXLEY, JOANNA KARPOWICZ Y ANUBIS


























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Todo está en todo. Todo es realmente cada cosa. (Aldous Huxley, "Las puertas de la percepción").

La imagen de la portada en este opúsculo corresponde al cuadro "Anubis i L.A. kobieta" ("Anubis and L.A. Woman" en inglés y "Anubis y Mujer de Los Ángeles" en castellano), de la pintora polaca Joanna Karpowicz.
En dicha obra (acrílico sobre tela, pintada en 2015), la artista rinde tributo a los adoradores del filósofo y escritor Aldous Huxley: la banda de rock psicodélico The Doors que lleva precisamente ese nombre por el libro The Doors of Perception (ed. 1954)—, representando a la deidad egipcia Anubis como alter ego de Jim Morrison, confortable y placenteramente instalado en un motel, paladeando su trago mientras contempla a la bella Mujer de Los Ángeles, la cual se apresta a lanzarse a la piscina desde el trampolín.
L.A. Woman (que según los propios Doors refleja la esencia de la banda) es un blues compuesto y escrito entre fines de 1970 y principios de 1971 por Jim Morrison, Robby Krieger, Ray Manzarek y John Densmore, que fue incluido en el álbum del mismo nombre. Y el Mr. Mojo risin' mencionado en la letra, no es otra cosa que un anagrama de “Jim Morrison”.

L.A. WOMAN

Well, I just got into town about an tour ago
Took a look around, see which way the wind blow
Where the little girls in their Hollywood bungalows
Are you a lucky little lady in The City of Light
or just another lost angel?
City of Night,
City of Night,
City of Night

L.A. Woman, L.A. Woman
L.A. Woman Sunday afternoon
L.A. Woman Sunday afternoon
L.A. Woman Sunday afternoon

Drive through your suburbs
Into your blues, into your blues, into your blues

I see you hair is burning
Hills are filled with fire
If they say I never loved you
You know they are a lair
Driving down your freeways
Midnite alleys roam
Cops in cars, the topless bars
Never saw a woman…
So alone
Motel, Money, Murder, Madness
Let’s change the mood from glad to sadness

Mr. Mojo rising
Mr. Mojo rising
Mr. Mojo rising
Mr. Mojo rising, Got to keep on rising

Mr. Mojo rising
Mr. Mojo rising
Mr. Mojo rising
Mr. Mojo rising, gotta

Well, I just got into town about an tour ago
Took a look around, see which way the wind blow
Where the little girls in their Hollywood bungalows
Are you a lucky little lady in The City of Light
or just another lost angel?
City of Night,
City of Night,
City of Night

L.A. Woman, L.A. Woman

MUJER DE LOS ÁNGELES

Bien, bajé a la ciudad hace como una hora
Me di una vuelta para ver de qué lado soplaba el viento
Donde están las chicas en sus bungalows de Hollywood
¿Eres una pequeña chica con suerte en la ciudad de la luz
o sólo otro ángel perdido?
Ciudad de la noche
Ciudad de la noche
Ciudad de la noche

Mujer De Los Ángeles, Mujer De Los Ángeles,
Mujer De Los Ángeles, tarde de domingo
Mujer De Los Ángeles, tarde de domingo
Mujer De Los Ángeles, tarde de domingo

Maneja por los suburbios
Para entrar en tu blues

Veo que tu cabello está en llamas
Las colinas están llenas de fuego
Si te dicen que nunca te he amado
Sabes que ellos están mintiendo
Manejando por las autopistas
Vagando por los callejones a media noche
Policías en autos, los bares topless
Nunca vi a una mujer…
Tan sola
Motel, asesinato, locura
Vamos a cambiar el  humor de placentero a tristeza

Sr. Mojo que se eleva
Sr. Mojo que se eleva
Sr. Mojo que se eleva
Sr. Mojo que se eleva, debe seguir elevándose

Sr. Mojo que se eleva
Sr. Mojo que se eleva
Sr. Mojo que se eleva
Sr. Mojo que se eleva, tengo que…

Bien, bajé a la ciudad hace como una hora
Me di una vuelta para ver de qué lado soplaba el viento
Donde están las chicas en sus bungalows de Hollywood
¿Eres una pequeña chica con suerte en la ciudad de la luz
o sólo otro ángel perdido?
Ciudad de la noche
Ciudad de la noche
Ciudad de la noche

Mujer de Los Ángeles, Mujer de Los Ángeles

En cuanto a lo de “City of Night”, lo declaró tantas veces Ray Manzarek, que es ocioso repetirlo, pero vaya esto para los pocos que lo desconozcan: se trata de una referencia a una obra literaria en particular, esa que inspiró tanto el ambiente como parte de la poética: la novela homónima de John Rechy editada en 1963, en cuya trama se describe la persecución de que la policía —"Cops in cars" ("Policías en autos"), se consigna en la letra— hace objeto a lesbianas, gays y travestis, provocando la reacción de la gente y generándose un gran disturbio, el cual fue ferozmente reprimido.
Pero mejor, escuchemos la canción de The Doors y disfrutemos el arte de Joanna Karpowicz, así dejamos a Anubis solazándose con su trago y admirando a su hermosa y pelirroja Mujer de Los Ángeles.


Chin chin y hasta la próxima.

-Juan Carlos Serqueiros-