martes, 31 de marzo de 2015

LA FORESTAL. TIERRAS Y FERROCARRILES, PROGRESO Y DEPREDACIÓN, EXPLOTACIÓN Y MUERTE. SEGUNDA PARTE







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Desierto verde en el tiempo / que el hacha vino a poblar. / Con sangre de los quebrachos, / el Chaco, llorando está. (Luis Landriscina)

En la pregunta con la cual terminaba la primera parte de este artículo, obviamente me refería, estimado lector, a la élite santafesina de ese momento; pues recuerde usted que arribamos a un punto del relato en el que ya habían transcurrido nada menos que treinta y cuatro años desde la suscripción del empréstito y un cuarto de siglo desde la cancelación del mismo con la venta en Londres de las tierras. 
Desde aquel entonces, la situación había experimentado muchos y sustanciales cambios, derivándose de ella consecuencias en las que nada tenían que ver las ideas que animaron a Iriondo y demás, ni los propósitos que perseguían. Por ejemplo: en 1890, arrastrada por la crisis de la Baring Bros., la banca Murrieta & Co. había quebrado y The Santa Fe Land Company, la compañía colonizadora que había formado para rentabilizar el capital erogado subdividiendo la tierra en parcelas para ser vendidas a migrantes europeos; trocó su misión empresarial original por otra que entendió como mucho más atractiva y conveniente para la maximización de la ganancia: la explotación maderera. Y así, resultó absorbida en 1913 por La Forestal, la cual, trascartón nomás, cerró la fábrica de Santa Felicia por "baja rentabilidad": el anterior ejercicio comercial había repartido "solamente"... ¡el 12,5% de dividendos!
Retomo la ilación: me preguntaba entonces si la élite santafesina habrá sido consciente de las implicancias de lo que estaba haciendo. Y tengo para mí que sí lo fue, que actuó como lo hizo sabiendo lo que podía pasar de resultas de ello. Y no le importó. Y voy aún más allá: no creo, sino que afirmo, que entre los políticos santafesinos de por entonces, no había un solo hombre comparable a Nicasio Oroño, Simón de Iriondo o Servando Bayo. Y sostengo, además; que la aristocracia santafesina de principios del siglo XX atravesaba, en lo moral e intelectual, por un proceso de deterioro y descomposición si no mayor; por lo menos sí idéntico al sufrido por las clases dirigentes tanto de la capital como de las demás provincias argentinas.
El postulado de que el progreso (ese dios Progreso del positivismo spenceriano) necesariamente venía asociado al capital (por fuerza, extranjero), seguía siendo para esa élite, indiscutible (tal como lo había sido para la anterior). Pero como a diferencia de la otra, esta era (y así se evidenció) claudicante y decadente; renegó de sus responsabilidades, archivó el coraje en algún baúl, embriagada de sectarismo vomitó la virtud política que no pudo digerir y olvidada de antiguas glorias y pretéritos señoríos; cayó en la molicie y el deshonor, se prostituyó miserablemente y le dejó al gringo que venía a expoliarnos el resolver el "problema" de llevar "civilización" a ese montaraz norte provincial de "tierras sin valor" (las que para mayor ludibrio, reclamó a la Nación y obtuvo, como vimos en la primera parte), "llenas de indios" y que "tantos gastos dispendiosos generaba en el presupuesto" (¿para qué las querían, entonces?). No puedo imaginar una desgracia mayor para un país, que la degeneración en oligarquía de su clase dirigente.
Medio siglo de accionar de La Forestal significó lisa y llanamente un ecocidio. La deforestación trajo aparejadas alteraciones irreversibles en la biodiversidad, la erosión y desmineralización de los suelos y un descenso alarmante en su capacidad de absorción y retención del agua, la modificación del régimen hídrico y una sensible baja en la población de las especies animales, varias de ellas incluso hasta la cuasi extinción. 
Suele argumentarse, aún en nuestros días, que "no había por entonces consciencia de la necesidad de protección del medio ambiente", por lo cual "lógicamente no se legislaba acerca de ello". Sofisma miserable. Sí se sabían los problemas que deberían arrostrarse después, y también cuál era la manera de evitarlos o por lo menos reducirlos al mínimo posible. Y la carencia de normas y leyes para ello, no se debía al desconocimiento, sino a la desidia o a la corrupción, cuando no a ambas.
En 1905, el gobernador del Chaco, Martín Goitía, informaba al presidente de la República acerca de la tala indiscriminada e irresponsable que se hacía ("explotación arrasadora de los bosques", la llamaba) en los latifundios ("tierras acaparadas entre pocos dueños", escribió), alertaba sobre el riesgo de extinción, sugería la adopción de "medidas simples como la prohibición absoluta del corte de árboles inferiores a determinado diámetro" y solicitaba recursos para poner más inspectores y arbitrar más medios de vigilancia para impedir los abusos. ¿Qué, tenemos que creer que Goitía era una excepción y que lo que era sabido por él en el Chaco era ignorado por la oligarquía en Santa Fe? Por favor... Y para colmo de los colmos, ya en 1915, en el seno de la legislatura santafesina se cantaban loas al "adelanto que a Santa Fe trajo La Forestal" y se lo comparaba orgullosamente con el "escaso" del Chaco, "ese gran desierto inhóspito habitado por tribus refractarias a la civilización". Como si en la naturaleza, un sistema ecológico distinguiese entre las líneas caprichosamente trazadas en un mapa por la mano arbitraria del hombre o entre las palabras vertidas por un imbécil infatuado henchido de vanidad que ostentaba el dudoso privilegio de encontrarse al servicio de intereses espurios.
En lo socio-económico-político La Forestal impactó de manera diversa. Es innegable que su presencia y actividad generó miles de puestos de trabajo, pues en la industria taninera, enormemente demandante de mano de obra, eso es conditio sine qua non. Para atraerla, tuvo que darles a sus obreros y empleados la imprescindible infraestructura de vivienda y servicios: quien trabajaba para la compañía, tenía asegurados un salario nominal medianamente razonable, abonado puntualmente y en moneda nacional, una casa, energía eléctrica, agua corriente, atención médica en el hospital de la empresa y esparcimiento (en una cancha de bochas si era obrero, en un cine si era empleado, o en un link de golf o un court de tenis si era de esta última condición, pero jerarquizado). Todo ello, gratis. Surgieron así los pueblos-factoría, los "pueblos de La Forestal".
Pero todo eso equivalía a un contrato con el diablo. Y para peor; no había por allí ningún herrero Miseria que se diera maña para joderlo a Mandinga: La Forestal les daba a sus obreros y empleados todo eso, sí; pero se quedaba con sus almas, que en adelante le pertenecerían; pues tales "beneficios" los detentarían en tanto sus vidas se consagrasen a la compañía, ya que todo era de ella y se habían convertido en cautivos de un poder que sustituía a un Estado ausente, ese que sólo "existía" en la virtualidad de lo meramente formal y enunciativo. La policía, el juzgado de paz, la escuela (cuyos edificios eran también propiedad de la empresa), el limitadísimo "comercio" (reducido a la botica, la panadería, la lechería y el almacén de ramos generales), todo, absolutamente todo, respondía a La Forestal y no había en esos pueblos más ley que la que el consorcio transnacional imponía. Incluso, desde 1918, al término de la Primera Guerra Mundial, cada 25 de Mayo y 9 de Julio, junto a la bandera argentina ¡se izaba la Union Jack! Y la consabida espada de Damocles siempre pendiendo sobre ellos en forma de despido, el cual no representaba sólo la pérdida del puesto (como si ello no fuera ya suficiente drama), sino además; la de la casa, los goces de la energía eléctrica y el agua corriente, la posibilidad de acceder al hospital y sobre todo; lo más aterrador, la Celda 101 de aquel Big Brother: la expulsión y el desarraigo, porque ¿adónde podrían ir, si estaban en una propiedad privada de casi dos millones de hectáreas? ¡Dos millones de hectáreas! ¿Se acuerda, lector, de aquella canción de Serrat titulada Manuel?: "Del amo eran las tierras, camino abajo / las moras y las flores de los ribazos. / La mula y los arreos, el pan y el vino, / los árboles, las piedras y los caminos", bueno; al igual que en ese estadio de vasallo de un señor feudal en el que se hallaba el hispánico Manuel; estaban los obreros y empleados de La Forestal.
Si así transcurría la existencia (o mejor dicho; subsistencia) monótona, gris, sin horizontes y signada por el miedo, de los trabajadores concentrados en los pueblos de la compañía; la de los obrajeros, es decir, los peones de los obrajes: hacheros, playeros y carreros, era una tragedia que espanta el solo describirla. 


Éstos conformaban una masa seminómada que ambulaba por los quebrachales condenada a malvivir hacinada en ranchos de madera y lata, cuando no en medio del monte, en precarias ramadas, sujeta a los arbitrios de quien intermediaba entre ella y La Forestal: el contratista.
Era éste quien le vendía al obrajero a precios siderales el hacha y el machete con los que trabajaba, los alimentos que consumían él y su familia, los vicios (yerba, tabaco y caña) que lo ayudaban a soportar las infrahumanas condiciones en que se hallaba, y quien regenteaba la bailanta y la casa de tolerancia en las que el pobre peón habría de dilapidar los pocos pesos que le quedaran (encima, en vales o billetes de moneda La Forestal) una vez hechas las cuentas con el patrón. Y eso, siempre y cuando el saldo entre su magra paga, que más que salario era una befa; y lo que en la libreta le debía al contratista, le hubiese resultado favorable y no fuera él quien quedara endeudado. La expectativa de vida de los obrajeros andaba por los 35 años y su inexorable destino era el de muerte causada por el veneno de una yarará, o el paludismo, o la sífilis, o una puñalada recibida en alguna pelea de esas en las que, borracho y por alguna zoncera, se enfrentaba o otro tan deseoso como lo estaba él mismo de escapar de ese infierno por la ruta del alcohol (Hubo pago en el obraje, ese extraordinario poema de Luis Landriscina es arte, pintura en palabras, pero no basado en lo imaginario, en lo ficcional; sino en una terrible y aberrante realidad).
Durante el trienio que va de 1919 a 1921 y bajo gobiernos radicales: el nacional, que presidía Hipólito Yrigoyen (1916-1922) y los provinciales de Rodolfo Lehmann (1916-1919), Juan Cepeda (1919-1920) y Enrique Mosca (1920-1924) sucesivamente, estallaron los conflictos obreros en el Chaco "santafesino", con su horrorosa secuela de represión y muerte. La historia no es un tribunal que dictamina acerca de culpabilidades y las castiga en consecuencia, pero innegablemente, del análisis honesto y desapasionado de la heurística surgen responsabilidades gravísimas en aquellos ominosos sucesos tanto de los gobiernos provinciales como del nacional. En apretada síntesis, puede concluirse en que los de Lehmann, Cepeda y Mosca pecaron por comisión y que el de Yrigoyen lo hizo por omisión e ineptitud.
A los primeros, alineados con los intereses de la compañía, no les cabe ni siquiera el atenuante (aún cuando soslayemos la negligencia vergonzosa de quienes los antecedieron en el cargo al permitir y alentar la erección de un poder que venía a sustituir al del Estado) de interpretar que actuaron como actuaron por cuidar el orden público, ya que obraron decididamente en connivencia con la compañía, a la cual, además; suministraron como fuerza represiva la policía provincial y los guardiacárceles (con sobresueldos pagados por la transnacional), que conjuntamente con grupos de civiles armados y la llamada "gendarmería volante" que había formado y equipado La Forestal, perpetraron una masacre obrera cuyo número de víctimas nunca pudo determinarse con exactitud, pero que con certeza no fue menor a trescientas (hay fuentes que indican seiscientas). Y desde luego, no se eximen de los cargos terribles que pesan sobre los ejecutivos provinciales las legislaturas santafesinas de por entonces y los jueces complacientes con aquel régimen de oprobio, miseria y terror.
En cuanto al gobierno de Hipólito Yrigoyen, es menester consignar que aquella "política obrera" suya tan cacareada por sus turiferarios, habrá formado parte de sus intenciones y fue proclamada hasta la exageración, escrita en algunas leyes y proyectos, y abundantemente declamada; pero al mismo tiempo, en la realidad efectiva se demostró no sólo ineficaz, sino también perniciosa. Y fluctuó entre el paternalismo, el desentendimiento y la represión. 
El enigmático Peludo resolvió, a través de sus ministros del Interior, Ramón Gómez y de Guerra, Julio Moreno; el envío al Chaco "santafesino" de tropas del Regimiento 12 de Infantería General Arenales, acantonado en Santa Fe, para "restablecer el orden". Mandó el ejército para "pacificar"... ¡sólo dos meses después de haber remitido al Congreso para su tratamiento, un proyecto de ley sobre conciliación y arbitraje en los conflictos obreros! Era la incoherencia llevada al extremo del absurdo.

Sólo merced a la actitud firme pero a la vez no exenta de prudencia y ecuanimidad de los por entonces capitán Bartolomé Descalzo y teniente Juan Domingo Perón el Ejército Argentino no resultó en julio y diciembre de 1919 y enero de 1920 manchado con sangre de huelguistas (sí lo sería después, pero cuando ya, por desgracia, no estaban Descalzo y Perón para impedir la consumación de atrocidades) como ocurrió durante la Semana Trágica en los Talleres Vasena en Buenos Aires y la Patagonia Trágica en las estancias de Santa Cruz. Y como seguramente habría acaecido en el Chaco durante los conflictos obreros en la azucarera Sociedad Anónima Las Palmas del Chaco Austral, de no haber mediado en la cuestión el buen tino y la inconmovible decisión de no reprimir del también por entonces capitán Gregorio Pomar, al mando de las tropas del Regimiento 9 de Infantería de Corrientes que hasta allí había enviado el gobierno nacional.
Así y todo, la "pacificación" del norte quebrachero fue una orgía de sangre, una carnicería monstruosa cuyos brazos ejecutores fueron el ejército y las fuerzas provinciales y "privadas" al servicio de la compañía, cuya exclusiva responsabilidad recae indefectiblemente sobre la oligarquía santafesina con su criminal conducta y sobre el gobierno de Yrigoyen con su impericia, su negligencia y su escasa comprensión de la realidad provincial. Eran momentos que requerían una aguda percepción del contexto, un diagnóstico certero del mal, un discernimiento inequívoco y una voluntad férrea de corregir el rumbo remediando olvidos y postergaciones, poniendo fin a la falta de presencia del Estado, fijando reglas claras y justas en la relación trabajo-capital e inhibiendo a la vez la influencia perniciosa del maximalismo que amenazaba extenderse por la prédica y el accionar de los ácratas del anarcosindicalismo y del socialismo marxista.
Pero nada de eso se comprendió, porque la élite santafesina era un círculo irremisiblemente viciado, corrupto y sectario, e Yrigoyen, tal vez por su krausismo exacerbado, se creía llamado a cumplir una misión trascendental: la causa (eso era en su concepto el radicalismo), que adquiría en él ribetes de misticismo, lo cual lo llevaba a la dispersión de una visión que debía necesariamente focalizarse y ser pragmática, y a diluirse en el empeño de un principismo esencialista que desde lo individual podría ser muy loable; pero que en modo alguno era lo que esa región del país precisaba entonces. Envió por decreto "intervenciones reparadoras" (?) a las provincias gobernadas por lo que reputaba como "régimen funesto" (o sea, todas las que no eran radicales); en tanto que a Santa Fe, que gemía bajo la planta opresora de politicastros indignos, infinitamente más perniciosos y encima, permeables al poder económico extranjero; la dejó a la camarilla, porque para él, el solo hecho de ser provincia radical bastaba para redimirla. Lo que se necesitaba era un estadista capaz de enfrentar la coyuntura y triunfar sobre ella; mientras que el Peludo era, o creía serlo, un apóstol de la redención. Y para colmo de males, esa redención no significaba para los peones de La Forestal lo mismo que para Yrigoyen.
Paradojalmente, en los últimos años muchos "historiadores argentinos" se dedican, con enjundia digna de mejor causa, a emitir un juicio negativo sobre el presidente Julio A. Roca, a quien tildan de "oligarca" y "genocida". Así tratan la figura histórica de quien integró miles de leguas de desierto al territorio nacional, propugnó un desarrollo sustentable del país, no avasalló a las provincias gobernadas por un signo político distinto al suyo con intervenciones federales, trató por todos los medios de evitar la descomposición de la clase dirigente y percibió nítidamente el peligro que representaba soslayar la gravedad de los conflictos obreros que seguramente se desatarían de no atenderse la situación angustiante de los trabajadores, para lo cual encargó un exhaustivo y prolijo estudio y proyectó un código de trabajo de resultas de él; mientras que consideran "popular" y "democrático" a Hipólito Yrigoyen, quien toleró un "estado privado" dentro del Estado, intervino todas las provincias que no tuvieran gobiernos radicales, apañó a oligarquías arribistas y mediocres y mandó reprimir las huelgas por el ejército y la policía con un saldo atroz de miles de muertos. Hay muchos que deberían corregir el relato, ¿no?
Desde fines de la década del 20 y comienzos de la del 30, la demanda mundial de extracto de quebracho declinaba a raíz de la baja en el consumo de cueros (pese a lo cual la compañía continuaba obteniendo ganancias astronómicas que eran giradas al exterior y por las cuales tributaba en nuestro país prácticamente nada). Posteriormente, a partir de la segunda mitad de los 40, la llegada del peronismo al gobierno nacional, con la consiguiente legislación obrera, aumento de salarios en términos reales e intervención activa del Estado; más el "alejamiento" paulatino de la materia prima de las vías de comunicación (pues la tala indiscriminada principió por los quebrachales más cercanos a los pueblos forestales y lógicamente, una vez agotados, había que ir a buscarlos cada vez más y más adentro del monte, es decir, más lejos de la fábrica, el puerto y el ferrocarril); representando todo ello un sensible incremento en los costos de explotación, llevó a que el tanino de quebracho argentino perdiera competitividad con respecto al de mimosa africana; con lo cual La Forestal terminó por retirarse de nuestro país en la década del 60.
Aunque, sin privarse antes, claro, de dar al mundo su propia versión de todo el proceso, emitida y volcada en un libro laudatorio (¡y cómo, si no) escrito en 1956, por alguien tan "imparcial" como... ¡una asociada a La Forestal!, Agnes H. Hicks, y editado en Londres, en idioma inglés, por... la misma empresa: The Story of The Forestal
Las secuelas del paso de esta compañía, que nació y creció al amparo de una oligarquía venal y extranjerizante fueron: tierra arrasada tanto en lo botánico como en lo zoológico; alteraciones irreversibles en lo climático, y ruinas, desolación y un recuerdo perenne de miseria, destrucción y muerte en lo socioeconómico.

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS
 
AGN. Ministerio del Interior. 1886. Legajo 1. Expte. 30A.
AGPSF. a) Registro Oficial.
              b) Departamento Topográfico.
AHPCh. Copiadores de la Secretaría de la Gobernación del Chaco.
Álvarez Gila, Oscar y Ruiz de Gordejuela Urquijo, Jesús. El empréstito Murrieta y la fundación de las colonias Portugalete, Santurce y Algorta (Santa Fe, Argentina, 1887-1890), en Reguera Acedo, Iñaki y Porres Marijuan, Rosario (Eds. Lits.), Poder, pensamiento y cultura en el Antiguo Régimen, Actas de la primera semana de Estudios Históricos Noble Villa de Portugalete (Lankidetzan, nº 23), Donostia-San Sebastián, Eusko Ikaskuntza, 2002.
Bialet Massé, Juan. Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República. Imprenta y Casa Editora de Adolfo Grau, Buenos Aires, 1904.
Biblioteca de la Legislatura de la provincia del Chaco. Gobernadores.
Bitlloch, Rubén E. y Sormani, Horacio. Formación de un sistema productivo: los enclaves forestales de la región chaqueño-misionera (siglos XIX-XX), en Revista de Indias N° 255 vol. LXXII, 2012.
Brac, Marcela. La industria del quebracho colorado. Trabajo y vida cotidiana en los pueblos de La Forestal. Tesis de Licenciatura en Antropología Facultad de Filosofía y Letras Universidad de Buenos Aires, 2006.
Campbell, Alberto. La gente... mi gente. Fundación Federico Guillermo Bracht, Buenos Aires, 1981.
Carrasco, Gabriel. La provincia de Santa Fe y el territorio del Chaco. Conferencia en el Instituto Geográfico Argentino, 22.04.1887. Impr. de Carrasco, Rosario, 1887.
Diario La Vanguardia, edición del 09.02.1921.
Gori, Gastón. a) La Forestal. La tragedia del quebracho colorado. Ameghino Editora, Rosario, 1999.
                      b) Inmigración y colonización en la Argentina. Eudeba, Buenos Aires, 1964.
Hicks, Agnes H. The Story of The Forestal. The Forestal Land, Timber and Railways Company, Limited, Londres, 1956.
Miranda, Guido. Tres ciclos chaqueños (Crónica histórica regional). Editorial del Norte Argentino, Resistencia, 1980.
Rosa, José María. Historia Argentina t.10. Editorial Oriente S.A., Buenos Aires, 1976.

martes, 24 de marzo de 2015

LA FORESTAL. TIERRAS Y FERROCARRILES, PROGRESO Y DEPREDACIÓN, EXPLOTACIÓN Y MUERTE. PRIMERA PARTE





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

¿Acaso el capital tiene patria? La patria es la Bolsa, y de donde saca mejores ganancias. Por eso mismo, allí está el peligro de la República. (Eduardo Wilde)

El 20 de junio (¡lindo día para contraer deudas con el extranjero fueron a elegir!) de 1872, la legislatura de Santa Fe (gobernaba la provincia Simón de Iriondo, autonomista) había autorizado la colocación en Inglaterra a través de la banca londinense de origen vizcaíno Cristóbal de Murrieta & Co. Ltd., de un empréstito por un valor neto de 180.187 libras esterlinas ya descontados comisiones y gastos, cuyo pago se garantizó con tierras fiscales y cuyos fondos serían destinados a la creación de un banco provincial de emisión y descuentos y al inicio de las obras del ferrocarril de las colonias
Intermediaron en la operación con Murrieta & Co. los hermanos Carlos y Federico Portalis (franceses), titulares de Portalis Frères & Cie., a quienes Iriondo, agradecido, les concedió la explotación de 10 leguas cuadradas de montes ubicados en la desembocadura del arroyo El Rey, en el límite norte de la provincia, cerca de la recién fundada (por el general Manuel Obligado) Reconquista.
Durante el período 1874-1878 gobernó Servando Bayo, quien en 1876 se enfrentó al Banco de Londres (y por consiguiente, a Inglaterra) y metió preso al gerente de su sucursal Rosario por incurrir en maniobras especulativas en perjuicio del Banco Provincial de Santa Fe, creado precisamente con parte de las libras del empréstito acerca del cual estamos tratando. En abril de 1878, volvió a ser gobernador Iriondo y para 1880, los servicios de esa deuda se habían atendido parcialmente, quedando pendiente de pago un saldo de 110.873 libras. 
Murrieta & Co. no procedió a ejecutar la garantía (hubiera sido políticamente incorrecto hacerlo y ello habría afectado su imagen empresarial), pero sí presionó a través de su apoderado en nuestro país, Lucas González, quien sugirió (sin privarse de proferir amenazas veladas tras buenos, desinteresados y amistosos consejos) a Iriondo el rescate del empréstito mediante la venta de tierras públicas. El 25 de agosto de 1880, el abogado le escribía al gobernador de Santa Fe en estos términos: "... la Casa de los Señores Murrieta y Cía. me ha mandado un poder amplio, con instrucciones terminantes para exigir el pago de esta deuda por todos los medios posibles, haciendo valer los derechos adquiridos por los prestamistas... Esta Provincia, Señor Gobernador, por su posición geográfica, por el estado de su riqueza, por la base de colonización que posee, aumentará considerablemente su progreso, si mantiene su crédito exterior; porque del exterior le vendrán población y capital, que es lo que necesita para ser una de las más ricas de la República. Si por el contrario pierde el crédito exterior, perderá también esos beneficios; porque es un hecho averiguado que a un país sin crédito no le vienen las empresas de ningún género...".
El lobby de González fue efectivo: un proyecto en el sentido que indicaba el apoderado del acreedor (y redactado por él mismo, tal como lo admitió uno de los legisladores que lo aprobaron, el senador Luciano Torrent) fue enviado por Iriondo a la legislatura provincial y previsiblemente, ésta, sin siquiera debatirlo; se apresuró a votarlo y convertirlo en ley el 2 de octubre de ese año, siendo promulgada la misma por el gobernador tres días más tarde.
En ella se estipulaba que la deuda se cancelaría: un tercio en bonos del tesoro provincial, con intereses y que el gobierno se obligaba a aceptar eventualmente en pago de tierras públicas si sus tenedores así lo requerían (y vaya si lo harían) y los dos tercios restantes, con el producido de la venta de tierras fiscales "en Inglaterra u otra parte de Europa" a un precio no inferior a 1.500 pesos fuertes la legua cuadrada. El 30 de noviembre se firmó el acuerdo.

Lucas González sacó las tierras a la venta, pero no ya solamente como apoderado de Murrieta & Co., sino también como agente del gobierno provincial, para lo cual fue nombrado en ese carácter por decreto del 5 de mayo de 1881. Es decir, ejercía simultáneamente la representación del deudor, o sea, la provincia de Santa Fe, y también la del acreedor. Insólito e inaudito. Al día siguiente, 6 de mayo, el gobierno designó apoderado suyo en Londres a Juan Bautista Alberdi para fiscalizar la venta de las tierras, pero como estaba enfermo en Burdeos y no podía viajar; éste transfirió su poder a Cristóbal Federico Woodgate, vinculado estrechamente a la banca inglesa.

Se vendieron así 664 leguas cuadradas (equivalentes a casi 1.600.000 hectáreas), cuando hubiesen bastado menos de 400 para cancelar la deuda. En nuestros días es común la descalificación y la condena en bloque de tal negocio y de todos quienes lo protagonizaron. Ello surge de una visión sesgada y maniquea de la historia y conduce a una percepción errónea del pasado, lo cual equivale a desconocerlo. 
Ni Iriondo ni los legisladores santafesinos eran traidores vendidos al extranjero que obraron como obraron para favorecer intereses foráneos y perjudicar los de Santa Fe y la Nación; sino que actuaron con arreglo a las ideas y paradigmas vigentes en la época en que les tocó hacerlo.  Con respecto a Murrieta & Co., no fue la tenebrosa y ruin organización que algunos han pintado. Por supuesto que perseguía la obtención del rédito máximo que pudiese obtener de los capitales que prestaba ¿o qué otra cosa cabe esperar de un banquero? Pero también hay que decir que fue de las primeras compañías del mundo en incorporar el concepto de misión social (aunque lamentablemente, lo circunscribió a su país de origen, España y dentro de éste, a la región de la cual provenía, Vizcaya) y que el métier principal de esta casa era el préstamo de capitales para la financiación de empresas de colonización y ferrocarriles; y no la erección de un imperio económico, que fue en definitiva en lo que desembocó todo el proceso. 

Culpa que no debe achacarse precisamente a Iriondo y Murrieta. En cambio; es de todo punto de vista escandaloso y repudiable el proceder de Lucas González.

Éste era un marrullero capaz de la más consumada pericia en todo tipo de camándulas leguleyas y enjuagues financieros, y de quien, aún considerando que también compartía y alentaba, como casi todos por entonces, los postulados y criterios usuales acerca del progreso, los beneficios del capital, el crédito exterior, etc.; no cabe excusar su absoluta carencia de ética y de escrúpulos a la hora de situarse a ambos lados del mostrador procurando lo que constituía su norte: el beneficio personal a como diese lugar. 

Basta con mencionar que, además de los ingresos y jugosas comisiones que percibía como apoderado del banquero; el gobierno provincial le asignó 10.000 pesos por honorarios profesionales y lo felicitó por su "actuación patriótica al salvar el crédito y honor de la provincia" (?), y que lejos de conformarse con ello; aún se atrevió González a pedir que le fueran cedidas 20 leguas cuadradas de tierras fiscales en "legítima compensación por los servicios prestados". Petición que Iriondo y la legislatura tuvieron el buen tino de denegar.
Pero los agrimensores de Santa Fe cometieron un... fallido (seamos buenos y llamémoslo así); ya que se incluyeron entre las tierras destinadas a la venta, unas que no pertenecían a la provincia, sino a la nación: las comprendidas entre el arroyo El Rey (límite hasta entonces entre la provincia de Santa Fe y el territorio nacional del Chaco Austral) y el paralelo de 28°.
No se trataba de una cuestión nimia; los límites de la provincia de Santa Fe no estaban en modo alguno claros ni con Buenos Aires, ni con Córdoba, ni con Santiago del Estero y mucho menos aún; con el Chaco.
Pero Iriondo era hombre de empuje; no de pararse en pelillos: confiando en que en algún momento la Nación terminaría por reconocerle a Santa Fe la jurisdicción especificada en el acta de fundación labrada por Juan de Garay el 15 de noviembre de 1573, avanzó resueltamente. 
Está claro que no se trató de un error de mensura, pues en el contrato de venta de las tierras (suscrito en Londres, como vimos), Lucas González (quien sabía que los títulos de Santa Fe a esas tierras eran, en el mejor de los casos, cojitrancos) hizo incluir una cláusula que obligaba a la provincia a "justificar, en el plazo de un año, el dominio sobre ellas".
Con prudencia, el presidente Julio A. Roca sometió el problema a consideración de su ministro de Hacienda, Juan José Romero, quien le dio una salida para la coyuntura, aconsejándole que se declarara incompetente para resolver una cuestión limítrofe interna y transfiriera la cuestión al Congreso enviándole un proyecto de ley ratificando la venta de tierras que había hecho Santa Fe, fundado en la "conveniencia del precio" (?) y el "fomento de la colonización".

Al concluir en 1882 su período de gobierno, Iriondo se hizo elegir senador nacional por Santa Fe, y en ese carácter defendió en el Congreso los supuestos derechos de su provincia a esas tierras, bajo los argumentos de que era "acreedora del gobierno nacional", que a la geografía santafesina se le había amputado "Entre Ríos en 1816" y que "nunca se le habían pagado los gastos militares en que había incurrido para derrocar a Rosas" ni los originados en "sostener económicamente el Congreso Constituyente de 1853". No logró conmover a quienes propugnaban un criterio opuesto; pero no puede negarse que labia le sobraba, ¿no? Poco después, moría. 

Con el recambio presidencial de 1886, deben de haberse movido fuertes influencias, porque ni bien asumido el cargo por parte de Miguel Juárez Celman el 12 de octubre de ese año; el congreso se apresuró a votar, al mes siguiente, una ley por la cual se llevaba desde el paralelo 29 al 28 el límite entre Santa Fe y el Chaco, perdiendo así este último las colonias situadas en esa franja. Así, esa provincia ganó, a expensas de la Nación, nada menos que 500 leguas cuadradas (que incluían las colonias: Florencia, Las Toscas, Villa Ocampo, Tacuarendí, Las Garzas, Piazza y Avellaneda), lo cual representaba una extensión de 450 km de costa sobre el río Paraná.
Profundamente disgustado y dolido (con más que justa causa, pues consideró que se trataba -y en efecto, lo era- de un despojo), el gobernador del Chaco, general Manuel Obligado, renunció.
Las "tierras destinadas a la colonización" por parte de criollos e inmigrantes, lo terminarían siendo sólo en muy pequeña parte; pues en la práctica, unos pocos extranjeros se quedaron con extensos latifundios. El gobierno del presidente Nicolás Avellaneda trató de evitarlos, pero los intereses en torno a la explotación forestal eran muy poderosos y el abuso y la elusión de decretos y leyes fueron las reglas corrientes. Por otra parte, las oleadas de inmigrantes se concentraban en Buenos Aires y Rosario, sin poblar el interior. El presidente Julio A. Roca se propuso remediar eso a través de la reforma de las leyes de tierras efectuada en 1903, pero sin poder lograr una modificación sustancial de ese statu quo.
En 1899, los hermanos Carlos y Alberto Harteneck (alemanes), de Harteneck & Cía., se asociaron con Carlos Casado para producir extracto de quebracho, es decir, tanino, en Calchaquí. En 1902, la Portalis Frères & Cie. y la Harteneck & Cía. se fusionaron entre sí y con la Gerb und Farbstoffwerk Hermann Renner & Co. Actiengesellschaft, de Hamburgo, Alemania; constituyéndose así la Compañía Forestal del Chaco.
A principios de 1904, el presidente Roca encargó a Juan Bialet Massé un estudio pormenorizado acerca de las condiciones de vida de los trabajadores, como así también las propuestas para mejorarlas. El resultado fue su Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República y la consecuencia, el envío al Congreso por parte del Ejecutivo, de un proyecto de ley de Código de Trabajo.
A través del informe (concienzudo, veraz y excelente) del catalán, podemos conocer el régimen terrible al que estaban sometidos los obreros de la Compañía Forestal del Chaco, las condiciones infrahumanas en que vivían y los abusos de que eran objeto (de "invención verdaderamente diabólica", lo califica). En cuanto al proyecto (ambicioso y avanzadísimo), el mismo se componía de 465 artículos agrupados bajo 14 títulos o epígrafes: disposiciones preliminares y generales, de los extranjeros, del contrato de trabajo, de los intermediarios en el contrato de trabajo, accidentes del trabajo, duración y suspensión del trabajo, trabajo a domicilio e industrias domésticas, trabajo de los menores y las mujeres, contrato de aprendizaje, del contrato de los indios, condiciones de higiene y seguridad en la ejecución del trabajo, asociaciones industriales y obreras, autoridades administrativas y de los tribunales de conciliación y arbitraje. El Congreso nunca lo trató.
La creciente demanda de tanino en los mercados mundiales llevó a la Compañía Forestal del Chaco a buscar capitales para ampliarse, pues sus fábricas en Calchaquí y Villa Guillermina ya no daban abasto para satisfacerla.
Para ello, recurrió en Inglaterra a un financista francés de origen belga, el barón Emile d'Erlanger Beaumont, de las bancas Messr. Emile d'Erlanger & Co. y The Anglo-South American Bank Ltd., quien aportó los fondos para la expansión de las actividades, conformándose de esa manera en Londres, el 26 de marzo de 1906, la sociedad The Forestal Land, Timber and Railways Company Limited, con un capital de 1.000.000 de libras esterlinas y absorbente de la Compañía Forestal del Chaco con todos sus activos y propiedades.
Fue en ese inextricable entramado de ideas, diplomacia internacional, empréstitos, fusiones y absorciones, que se formó La Forestal (forma apocopada de uso coloquial para referirse al emporio), un gigantesco cartel que controlaba el 60% de la producción y comercialización mundial de tanino y rollizos, con cerca de 7.000 empleados y obreros, flota fluvial propia, cuatro fábricas propias y cuatro de empresas subsidiarias, 289 km de red ferroviaria propia con 20 locomotoras y 300 vagones, tres puertos y dominio efectivo sobre 800 leguas cuadradas; poderoso, descomunal conglomerado económico que configuró el principal factor de influencia en la geografía del litoral y en la vida de sus pobladores.



¿La élite santafesina habrá sido consciente de que al transferirle al sector privado (extranjero, para colmo), la responsabilidad del desarrollo de extensas porciones del territorio provincial; delegaba paralelamente el poder político que detentaba y que en adelante ya no podría ejercer sobre ese espacio geográfico?
Dejo a usted, estimado lector, formular la respuesta emanada de la inducción de sus propios criterio y raciocinio; pero no me privaré de dar la mía. Eso sí: en la próxima entrega. 
Hasta entonces.

-Juan Carlos Serqueiros-

Continuará
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

AGN. Ministerio del Interior. 1886. Legajo 1. Expte. 30A.
AGPSF. a) Registro Oficial.
              b) Departamento Topográfico.
AHPCh. Copiadores de la Secretaría de la Gobernación del Chaco.
Álvarez Gila, Oscar y Ruiz de Gordejuela Urquijo, Jesús. El empréstito Murrieta y la fundación de las colonias Portugalete, Santurce y Algorta (Santa Fe, Argentina, 1887-1890), en Reguera Acedo, Iñaki y Porres Marijuan, Rosario (Eds. Lits.), Poder, pensamiento y cultura en el Antiguo RégimenActas de la primera semana de Estudios Históricos Noble Villa de Portugalete (Lankidetzan, nº 23), Donostia-San Sebastián, Eusko Ikaskuntza, 2002.
Bialet Massé, Juan. Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República. Imprenta y Casa Editora de Adolfo Grau, Buenos Aires, 1904.
Biblioteca de la Legislatura de la provincia del Chaco. Gobernadores.
Bitlloch, Rubén E. y Sormani, Horacio. Formación de un sistema productivo: los enclaves forestales de la región chaqueño-misionera (siglos XIX-XX), en Revista de Indias N° 255 vol. LXXII, 2012.
Brac, Marcela. La industria del quebracho colorado. Trabajo y vida cotidiana en los pueblos de La Forestal. Tesis de Licenciatura en Antropología Facultad de Filosofía y Letras Universidad de Buenos Aires, 2006.
Campbell, Alberto. La gente... mi gente. Fundación Federico Guillermo Bracht, Buenos Aires, 1981.
Carrasco, Gabriel. La provincia de Santa Fe y el territorio del Chaco. Conferencia en el Instituto Geográfico Argentino, 22.04.1887. Impr. de Carrasco, Rosario, 1887.
Diario La Vanguardia. Edición de fecha 09.02.1921.
Gori, Gastón. a) La Forestal. La tragedia del quebracho colorado. Ameghino Editora, Rosario, 1999.
                      b) Inmigración y colonización en la Argentina. Eudeba, Buenos Aires, 1964.
Hicks, Agnes H. The Story of The Forestal. The Forestal Land, Timber and Railways Company, Limited, Londres, 1956.
Miranda, Guido. Tres ciclos chaqueños (Crónica histórica regional). Editorial del Norte Argentino, Resistencia, 1980.
Rosa, José María. Historia Argentina t.10. Editorial Oriente S.A., Buenos Aires, 1976.

lunes, 16 de marzo de 2015

EL LIBREJO DE LOS CHISMES DE ALCOBA







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Recién termino de leer Argentina, con pecado concebida. Historia sexual de los argentinos II, de Federico Andahazi.
Debo decir que me costó mucho concluir la lectura de este... "libro" (me resisto a llamarlo así, pero de alguna manera hay que hacerlo); porque no es otra cosa que un soporífero engendro inmundo, la verdad.
Y eso que soy un tipo que lee hasta las revistas del consultorio del dentista, eh; no le hago asco a nada. 
Es el compendio de una serie de historias de alcoba escritas por otros en distintas épocas y recopiladas y reescritas por ese compulsivo huelebraguetas que es el frustrado psicoanalista devenido en "escritor" Andahazi, so pretexto de que "hay puntos en la historia donde se demuestra que la sexualidad cambió el rumbo de lo que pasaba". Macanas, puro sover; casi todos los "ejemplos" que cita en ese aberrante librejo son puro cotilleo de prácticamente nula incidencia en los sucesos históricos.
Es preocupante que puedan haber quienes crean que lo que este personaje "escribe", tenga algo que ver con la historia.
Lo suyo no es más que una repugnante sucesión de chismes, una cloaca llena de inexactitudes e interpretaciones antojadizas, cuando no; de mentiras. Y para peor, mal escrita y aburrida.
En síntesis, un librejo que no sirve ni para prender el fuego para el asado, porque si lo usan para eso, les saldría con gusto a mierda.
Y ni siquiera tiene utilidad para limpiarse el culo porque el papel en que está impreso es demasiado duro para eso.

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 15 de febrero de 2015

RESPONSO



Escribe: Juan Carlos Serqueiros

El bandoneón es un alma que tomó forma de gusano a fuerza de arrastrarse detrás de un amor imposible. (Homero Manzi)

Con Homero se murió la mitad de mi corazón. (Aníbal Troilo)

Homero Manzi y Aníbal Troilo no eran amigos; eran más que eso: eran hermanos. 
Todo el mundo cree que la relación entre ellos nació por el tango. Y no fue así, esa sólo era la excusa de Cronos para juntarlos en el cabaret Marabú una noche de 1941; pero lo que los unió indisolublemente en una hermandad que trascendió la muerte misma, fue el amor por el teatro (recordar que Homero además de poeta, político, periodista, docente y gremialista; fue guionista de teatro y de cine). A partir de esa afición común a ambos se forja (y nunca mejor aplicado el término) una de las sociedades humanas más relevantemente artísticas de nuestra cultura popular.
Se hicieron inseparables. Fanáticos del fútbol ambos, hincha de Huracán el uno y de River el otro, la barbada y desfachatada insistencia de Homero invariablemente arrastraba a la resignada, amable, bohomía de Aníbal hasta el Parque de los Patricios: "-Gordo, ¿vamos el domingo a la cancha a ver al Globo?". "-Ufa, Barbeta, bueno; pero el próximo vamos a ver a River, eh". "-¡Claro, seguro!", mentía el primero su jamás cumplida promesa. Y es que ¿sabe usted, estimado lector?, la amistad entrañable y viril que no entiende de divisas ni mezquindades, es tan argentina como Dios mismo.
Sabido es que las musas de Pichuco fueron siempre las poesías que le arrimaran. A Troilo le brotaban las melodías después de leer y sentir los versos de una letra. Así surgieron Sur, Barrio de tango, Che, bandoneón y Romance de barrio, entre otros engendrados por la genial inspiración de Manzi aunada con la inefable creatividad del Bandoneón mayor de Buenos Aires (Julián Centeya dixit). 
A punto tal esto era así, que una mañana de marzo de 1951, cuando el veredicto inapelable de los malditos jueces del destino ya lo había condenado a una cruel y dolorosa agonía en una habitación del Instituto Costa Buero, el Barba le trasmitió al Gordo por el teléfono que los doctores Ramón Carrillo y Raúl Matera le habían hecho instalar, los versos de un tango homenaje destinado a ser antológico: Discepolín
Casi tres meses más tarde, apenas pasadas las ocho de la mañana del 3 de mayo, en la casa de Pichuco el teléfono volvió a sonar, esta vez, como un heraldo de la parca para avisar que Homero se nos fue al mundo de la noche (Arturo Jauretche dixit). Y entonces, un Troilo devastado por el dolor, lloró desconsoladamente su pena sobre el ataúd que contenía los despojos de Manzi hasta pasadas las cuatro de la tarde del día siguiente, en que serían inhumados. 
Aquella noche del 4 de mayo, unos amigos del Gordo se llegaron hasta su domicilio con la excusa de jugar al bacarat (en realidad y más allá del escolaso, para acompañarlo y tratar de hacerle un poquito más soportable el drama que vivía). A las cuatro de la madrugada, entre risas forzadas, sordos rumores de fichas nacaradas, cirrus densos de incontables cigarrillos, gramos de merca mentirosamente reparadores y vahos de whisky engañosamente consoladores, Pichuco se encerró en su habitación para concebir las notas doloridas de su magistral Responso




Enlace a Responso en Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=ip8ppIK_4RE

Era abstraerse para parir en soledad, desde los entresijos de una psiquis transida por el dolor, la más desgarradoramente triste y sublime de las melodías. Era, a la vez, un réquiem para su hermano y un intento catártico de alejar una depresión que, obstinada, porfiada, tardaría más de un año en resignarse por fin a abandonarlo. 
Justo dos décadas más tarde, en 1971, el mismo Pichuco era convocado para evocar a Homero e inaugurar una plaza con su nombre. 
Quizá sea la reminiscencia de una fría noche de 1974 en Caño 14, adonde habíamos ido con mi viejo a escuchar el fueye mágico del Gordo, o tal vez el recuerdo de alguna tarde en su escritorio-santuario, donde él desgranaba para mis oídos ansiosos historias como esta, lo que trajo a mi memoria una viñeta que me condujo a cavilar sobre lo absurdo de la vida y la certeza de la muerte. No lo sé... 
Ni me importa mucho saberlo, si quiere que le diga.

-Juan Carlos Serqueiros- 

Imagen de portada: Caricaturas de Homero Manzi y Aníbal Troilo por Walter Toscano, contemporáneo.


martes, 10 de febrero de 2015

PEDRO SARMIENTO DE GAMBOA, ENTRE LA CIENCIA, LA TENACIDAD Y LA MALA SUERTE. TERCERA PARTE
















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Sus tan leales y constantes vasallos que por servir a V.M. se han quedado en regiones tan remotas y espantables. (Pedro Sarmiento de Gamboa, Memorial a Su Majestad Felipe II, 21 de noviembre de 1591)

De ciento doce hombres entre marinos y soldados (todos y cada uno de ellos cuidadosamente seleccionados por el propio Sarmiento de Gamboa) se componía la expedición. 
Las instrucciones que le impartió Alvarez de Toledo abarcaban, desde el mandato de realizar un reconocimiento profundo y la descripción detallada de las regiones del estrecho, hasta el de la clasificación taxonómica, pasando por el de entablar relaciones con "los de la tierra" (los indios que hallare); sin perder de vista el objetivo principal: la determinación de los puntos del estrecho que habrían de fortificarse de modo de impedir el paso de navíos piratas ingleses a través del mismo. Luego de concluida la empresa, uno de los dos barcos volvería al Perú; mientras que el otro se dirigiría a España a dar cuenta de todo al rey y preparar la segunda expedición, esta vez, colonizadora, que fundaría en esos puntos que se hubiesen elegido, los reales y ciudades. Y obviamente, se le ordenaba confeccionar la crónica de todo. En virtud de lo antedicho, fue que escribió Sarmiento de Gamboa su excepcional Viage al Estrecho de Magallanes por el capitán Pedro Sarmiento de Gamboa en los años de 1579 y 1580 y noticia de la expedición que después hizo para poblarle, obra que fue editada en Madrid recién en 1768.
No debe extrañar que hayan transcurrido casi dos siglos hasta su publicación por primera vez; pues obviamente, el relato de Sarmiento de Gamboa estaba dirigido a la corona española, es decir, el rey y sus funcionarios, por constituir una cuestión de estado y por lo tanto, secreta. El diplomático e historiador chileno José Miguel Barros descubrió en Filadelfia, Estados Unidos, el manuscrito original redactado de puño y letra por Sarmiento de Gamboa, rubricado por él, con las firmas, además, de todos los tripulantes del Nuestra Señora de Esperanza y autenticado por el escribano real Juan de Esquivel. Con posterioridad a la edición de 1768, hubieron varias, entre ellas, una de 1987 de Juan Bautista González, a cuya versión digital en el sitio web Artehistoria puede accederse aquí: http://www.artehistoria.com/v2/contextos/11491.htmDel texto se infiere un Sarmiento de Gamboa que se vio obligado a poner en caja a su segundo, Juan de Villalobos (quien iba al mando de la nave almiranta y que tenía tendencia a adelantarse siempre), ordenándole, so pena de la vida, que la almiranta no se apartase de la capitana ni de día ni de noche; a sofocar un motín ejecutando a su promotor y cabecilla, el alférez Juan Gutiérrez de Guevara, a quien mandó dar garrote por traidor; y a poner en fuga un barco francés, pese a la superioridad de éste en hombres y cañones. Su ego estaba por las nubes: mandaba, como general en jefe, una armada del virrey del Perú, se hallaba resuelto a cumplir su misión a pesar de cualquier contingencia y no estaba dispuesto a tolerar debilidades. Se arrogaba el descubrimiento (descubrimiento formal, quiere significar, pues dispone de escribano) del estrecho, al cual puso el nombre de Madre de Dios (y agregaba: "antes llamado de Magallanes").
 El 15 de agosto de 1580, a diez meses de haber zarpado del Callao, cruzado el estrecho en sentido oeste-este y después de afrontar innumerables vicisitudes y privaciones; un macilento pero exultante Sarmiento de Gamboa llegaba a España con sus hombres e inmediatamente solicitaba audiencia al rey, quien a fines de setiembre lo recibió en Badajoz.
Allí expuso al monarca su proyecto, el cual consistía en fundar y poblar en el estrecho dos ciudades con fortificaciones artilladas, ciudades esas las cuales, sostenía, "podían bastecerse por sí solas", pues "las regiones inmediatas a esos mundos eran ricas ('hay perlas de mixillones muchas, que serán de provecho beneficiándose') y fértiles", y también que "hay otras cosas de mucho provecho, que andado el tiempo se verá (?), y será España muy aprovechada y la Real Hacienda acrecentada y la Iglesia de Dios guardada", convencimiento este en el que descansaba y que debíase, además de a la fantasía a la que su índole soñadora lo inclinaba; a las leyendas y mitos que habían surgido a partir del relato atribuido a un capitán de Gaboto, Francisco César, en tiempos de aquél, y que circulaban profusamente por las Indias. Luego de escucharlo, Felipe II se mostró interesado en el asunto y encargó su planificación al Consejo de Indias. El duque de Alba, Fernando Alvarez de Toledo; y el general de la Armada de la Carrera de Indias, Cristóbal de Eraso, estimaron que era más efectiva la creación de una gran flota que vigilase la costas de Chile y Perú y las protegiese de los piratas; antes que una dificultosa y más que problemática erección de fortalezas en el estrecho. El tiempo demostraría que era ese un consejo atinado; pero prevaleció la opinión favorable al proyecto.
Una vez aprobado el plan, el propio rey intervino activamente en él. A propuesta del Consejo de Indias (y contra la opinión de Eraso), designó general de la armada que se formaría, a Diego Flores de Valdés, quien gozaba del favor de importantes personajes de la corte. Tal nombramiento cayó como un mazazo sobre Sarmiento de Gamboa, que esperaba ser él quien condujera la expedición y que, dolido al enterarse; en carta del 6 de marzo de 1581 pidió al rey que le concediera licencia para regresar al Perú "a mis casas de Lima y el Cuzco" y se le reintegraran los gastos en que había incurrido durante el viaje desde el estrecho. 
Para desagraviarlo, Felipe II no se la dispensó y le confirió una suerte de adelantazgo, nombrándolo gobernador del Estrecho y otorgándole el cargo -más nominal que efectivo- de "general adjunto de la Armada", fijándole como retribución de la corona la suma de cien ducados de entretenimiento al mes por el tiempo que durare el viaje, y dispuso que se le diesen tres mill ducados de renta que al Consejo pareció y otros tres mill de salario con el gobierno en los frutos de la tierra y dos mill ducados de ayuda e costa, ordenando que se le librase de inmediato el pago de la mayor parte o por lo menos, de la mitad. La pesada, asfixiante burocracia española inclumpiría la disposición real.
El nombramiento de Flores de Valdés por parte del Consejo y Felipe II fue absolutamente desacertado y desafortunado. El asturiano era un bueno para nada, irresponsable, flojo, indolente, pusilánime, altanero, negligente, indiscreto, antipático, inescrupuloso y corrupto, y más temprano que tarde, se malquistó con todo el mundo.
La empresa colonizadora y militar, de las más costosas, formidables y ambiciosas que encarara la corona española (veintitrés navíos que transportaban casi tres mil personas entre hombres, mujeres y niños), resultó en desastre.


La cosa empezó mal, seguiría peor y terminaría en calamidad. Baste con decir que la flota zarpó de San Lúcar de Barrameda el 25 de setiembre de 1581 y, ni bien salió del puerto, un terrible temporal se abatió sobre las naves, naufragando cinco de ellas y pereciendo ahogados ochocientos hombres. Volvió a partir desde Cádiz el 9 de diciembre, y después de arrostrar grandes peligros, mil desgracias, tempestades, epidemias, motines, padecimientos indecibles, hambre, desnudez y las manifiesta ineptitud y declarada enemistad de Flores de Valdés (quien desertó y regresó a la península, donde en 1588, en el marco de la guerra hispano-inglesa de 1585 a 1604, se le imputó cobardía y fue encarcelado); Sarmiento de Gamboa llegó al estrecho el 1 de febrero de 1584, fundando solemnemente, cerca del cabo Vírgenes el 11 de ese mes, la ciudad Nombre de Jesús y seguidamente, cerca de Punta Arenas, el 25 de marzo, la ciudad Rey Don Felipe, dando así cumplimiento al mandato de la corona. Ninguna de las dos podría perdurar.


El 26 de mayo, estando a bordo de su nave anclada junto a Nombre de Jesús, un temporal cortó las amarras y lo arrastró hasta el Atlántico. Ante la imposibilidad de volver a cruzar el estrecho, se dirigió al Brasil, y luego de enviar muchas cartas a España en procura de socorros para las colonias sin obtener respuesta (Felipe II había ordenado el envío de ayuda, el cual sufrió indecibles demoras en esa maraña que era la exasperante burocracia española, pero claro; eso no podía saberlo Sarmiento); decidió ir él mismo a la península a reclamarla. 
Durante el viaje fue atacado, el 11 de agosto de 1586 cerca de las islas Terceras, por tres barcos piratas ingleses, tomado prisionero y llevado a Plymouth (Plemut, escribió Sarmiento en su Relación a Felipe II del 15 de setiembre de 1590). Allí se enteró que Telariscandi (es decir, el pirata Thomas Cavendish) había partido desde dicho puerto para el estrecho. Fue trasladado a Güinsar (Windsor), "donde estaba la reina Elisabet" (Elizabeth I de Inglaterra) y donde fue muy bien recibido y mejor tratado por Guaterales, que era "gentilhombre de la reina y señor de los baxeles que me prendieron" (Walter Raleigh, que en efecto, era el armador de los barcos que lo habían apresado, favorito de la reina y quien habló a ésta en favor de Sarmiento, con el que llegó a trabar amistad al punto de obsequiarle mil escudos en piezas de oro y perlas de la India). Elizabeth I quiso conocerlo y se reunió con él en Londres, manteniendo un "coloquio que duró más de hora y media, en latín". La reina quedó tan impactada con sus personalidad, trato y vastedad de conocimientos; que ordenó ponerlo en libertad, le dio mensajes verbales para Felipe II ("para más particular relación para V.M. solo", escribió Sarmiento, ofreciéndose, de paso; como eventual diplomático: "volver a Inglaterra, si fuese necesario") y un pasaporte y salvoconducto. Partió de Londres el 30 de octubre y el 21 de noviembre estaba en París con el ministro español ante la corte de Francia, Bernardino de Mendoza, quien le entregó pliegos para Felipe II. En el trayecto entre Burdeos y Bayona, en la madrugada del 9 de diciembre, fue apresado por los hugonotes, en el marco de la guerra de religión en Francia, quienes solicitaron por él un rescate a Felipe II, caso contrario; sería "echado en el río", "enviado al degolladero" o "tapiado en tinieblas infernales".
Era la burla más cruel del destino: el antes perseguido por la Inquisición católica; era ahora un secuestrado con grandes probabilidades de ser muerto ¡por católico! Si eso no es colmo de la desgracia...
Después de tres años de espantoso cautiverio en un húmedo calabozo ("un infierno increíble, sin luz ni día ni claridad", consignó) y tras muchas y arduas negociaciones en medio de la angustia terrible del prisionero, que rogaba en cartas a su monarca que lo liberase de aquellos tormentos; Felipe II firmó, en diciembre de 1589, una cédula ordenando el pago de su rescate: "seis mill ducados y cuatro caballos escogidos". Un espectral Sarmiento de Gamboa flaco, en los huesos mismos, desdentado, blanco como la nieve el escaso cabello que le quedaba y en parihuelas, pues había quedado inválido ("de la humidad tullido") volvía a su patria, estableciéndose en El Escorial, a la espera de ser recibido por Felipe II.
¿Qué pasó con las gentes de las ciudades que fundó me pregunta, estimado lector? Desembarcaron y quedaron en el estrecho trescientas treinta y siete personas, (sin contar al propio Sarmiento de Gamboa). Todas ellas murieron allí, menos una que fue rescatada por el pirata inglés Thomas Cavendish.

Algunos, los menos, murieron en combates con los indios o ajusticiados por orden de Sarmiento de Gamboa (como por ejemplo, cuatro soldados que fueron degollados por la nuca por amotinarse y planear asesinarlo -aunque él, en su relato, dice que hizo ejecutar sólo al cabecilla, Juan Rodríguez; perdonando a los otros-) o los oficiales que quedaron después de su involuntaria partida del estrecho; y el resto, falleció de enfermedades, frío y sobre todo, hambre; excepto un soldado: Tomé Hernández, natural de Badajoz, quien fue rescatado el 7 de enero de 1587 por el pirata inglés Thomas Cavendish. A esa fecha, sólo quedaban con vida quince hombres y tres mujeres que, escuálidos y desfallecientes, vagaban por la costa buscando marisco. Hernández logró evadirse de los ingleses el 30 de marzo en la bahía Quintero, y recién treinta y tres años después, el 21 de marzo de 1620, por disposición del virrey del Perú Francisco de Borja, príncipe de Esquilache, se le tomó declaración para que narrara lo sucedido a las gentes de Nombre de Jesús y Rey Don Felipe; gracias a lo cual hoy lo sabemos. Fíjese usted, querido lector, lo que precedentemente citaba yo de la burocracia española...
En 2003, 2005 y 2006 un equipo de científicos argentinos encabezado por la historiadora y antropóloga doctora María Ximena Senatore, realizó estudios y excavaciones que permitieron determinar el lugar exacto donde se situaba Nombre de Jesús, descubriéndose su iglesia (y cementerio) con cinco enterratorios que contenían los esqueletos de cuatro individuos adultos jóvenes (tres masculinos y uno femenino, con evidencias de patologías relacionadas con el estrés nutricional) y de un niño-adolescente; y hasta la moneda de plata, las dos planchas de hierro y la botija que el propio Sarmiento de Gamboa refirió en su relato haber puesto en un hoyo: "... puso en el hoyo la primera piedra en el nombre de Jesucristo nro. Sr. en nombre de V. mag. puniendo vna gran moneda de plata con las armas y nombre de V. mag. con año y dia testimonio i ynstrumento scripto en pergamino en vn breado entre carbón por ser yncorrutible en vna botija con el testimonio de la possesion...".


A los aspectos y detalles arqueológicos y antropológicos puede accederse a través de este enlace:





Volvamos a nuestro biografiado. Felipe II lo recibió en audiencia, negándole (con buen criterio, por más duro que resulte reconocerlo) los socorros que pedía para los infelices que habían quedado en el estrecho; pero premiando su tesón, lealtad a la corona y devoción a su persona real, con el cargo de Censor Literario primero (seguramente a la espera de su restablecimiento físico hasta donde el mismo fuera posible -recordemos que había quedado tullido-), y de esta época datan sus poemas, y después, el 30 de noviembre de 1591; el de Almirante de la armada que custodiaba los barcos que llevaban a España el oro y la plata de las Indias. Navegaba cerca de Lisboa, cuando el 14 de julio se sintió muy indispuesto y fue llevado a esa ciudad, en la cual concluyeron sus días, el 17 de julio de 1592, ignorándose la situación de su tumba.
El ilustre Benito Pérez Galdós en La vuelta al mundo en la Numancia, lo caracterizó como "más terco que la misma terquedad", mencionó su "insana testarudez" y lo definió como "un héroe loco, un explorador animoso y exaltado hasta el delirio, que hizo creer a Felipe II en la conveniencia de establecer, en medio de todas las desolaciones de la Naturaleza, una colonia fortificada".
Metafóricamente hablando, incurrió Sarmiento de Gamboa en la hybris y los dioses lo castigaron abatiendo sobre él todas las sucesivas desgracias que le acontecieron, haciendo de sus viajes, para él una odisea y para quienes, voluntaria o involuntariamente lo siguieron en ellos; un calvario.
Ecce homo, presentado en apretadísima síntesis. ¿Un genio, un loco o qué? Estará en cada uno el discernirlo. Para este servidor que escribe, fue ambas cosas; además de héroe, científico y hombre de letras y de espada. Una personalidad tan compleja y multifacética como su vida misma, la cual quemó en aras de su utopía. Y al fin y al cabo, como reza un proverbio ruso, "las grandes obras las sueñan los genios locos, las ejecutan los luchadores natos, las disfrutan los felices cuerdos, y las critican los inútiles crónicos". 
Y tenía un alto grado de consciencia de su propio valer, por decirlo así. Tan alto, que hasta el más ególatra de los ególatras que hemos tenido por estas tierras: su homónimo (una homonimia cojitranca, parida con fórceps y precariamente sostenida con plasticola, clips y banditas elásticas, pero bueno; vaya y pase) Faustino Valentín Quiroga, alias Domingo Sarmiento; lo admiraba tanto, que lamentó, en Recuerdos de provincia, no poder vincular el origen de su familia con tan noble linaje como el de Sarmiento de Gamboa.
Ah!, casi me olvido: el 21 de noviembre de 1591, le escribía un memorial a Felipe II rogándole ordenara al Consejo de Indias hiciera las cuentas para que se le abonen las deudas de años y años que con él se mantenían, pidiendo incluso que se le descuente el importe del rescate que por él se había pagado ("de la suma que se le debiere, se descuente el dicho rescate, y la resta se le mande pagar"). Pues bien (o mal), la severa contabilidad española procedió a descontarle "la suma" del rescate, pero... nunca le fue pagada "la resta".
En fin, Pedro Sarmiento de Gamboa: ¡ni el tiro del final te va a salir! (Cátulo Castillo dixit).

-Juan Carlos Serqueiros-
  

sábado, 31 de enero de 2015

PEDRO SARMIENTO DE GAMBOA, ENTRE LA CIENCIA, LA TENACIDAD Y LA MALA SUERTE. SEGUNDA PARTE


























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Ninguna cosa puse de mi cabeza más de traer ejemplos de propiedades de piedras y yerbas naturales, y por no ser conocidas vulgarmente de todos causan admiración, y aun vienen a ser tenidas de algunos por sospechosas, siendo naturales. (Pedro Sarmiento de Gamboa a la Inquisición, 1575)

Al concluir en 1572 la segunda parte (de las primera y tercera -suponiendo que efectivamente las haya escrito- nunca se supo nada ni a la fecha han podido hallarse) de su Historia, Sarmiento de Gamboa contaba 40 o 42 años y estaba, pues, en una edad meridiana, por así decirlo. Atrás habían quedado las travesuras cuasi adolescentes como aquel remedo de "auto de fe" que le significó su primer problema con la Inquisición, las aventuras galantes, las prácticas esotéricas y los arrebatos juveniles. Pero tenía su personalidad características que permanecían inalterables: escasa ponderación, tendencia a la fantasía, más temeridad que arrojo, compulsión a pleitear, arrogancia, predisposición a la indiscreción, insaciable curiosidad, férrea voluntad y cierto grado de paranoia.
Algunos de sus biógrafos han hecho hincapié en que tendría una supuesta propensión a agrandar en demasía sus propios méritos. Particularmente, creo que no hubo tal cosa y que esa percepción emana de no tomar en cuenta un factor que con mucho detalle ha analizado Ana María del Carmen Ribeiro Gutiérrez: el de la lealtad de los súbditos en el contexto de una monarquía absolutista. Y por más difícil que se torne hacerlo en este siglo XXI; se tiene imprescindiblemente que considerarlo, si es que se quieren comprender adecuada y cabalmente las acciones producidas por un personaje histórico de aquella época. En el mundo hispano-indiano del siglo XVI regía un sistema de soberanía concentrada en el monarca, y éste (que reinaba por derecho divino) y sus súbditos configuraban el corpus político, la res publica. Amar al rey era amar la patria, y las Indias no eran colonias; sino reynos, esto es, tan propiedad del monarca era el reyno del Pirú, por ejemplo; como lo era el de Castilla. Asimismo, el virrey era un álter ego del rey, alguien que reemplazaba a éste por razones de distancia, y por eso, no dependía "de España"; sino del propio monarca, y gobernaba tal "como si la misma Persona Real lo hiciera y cuidara si se hallara presente", estampando en sus disposiciones y ordenanzas el sello real. Acertadamente consigna José María Rosa: "El poder de una provisión sellada con las armas reales era tan grande, que un virrey podía empezar una guerra, como lo hizo Pedro de Cevallos contra Portugal". Consecuentemente, el amor al rey se demostraba con la lealtad que se evidenciase, la exaltación de la cual era, además del mérito que en sí mismo conllevaba su observancia estricta; la manera usual de ascender en el prestigio social y en la consideración del monarca. Por ello, cuando Sarmiento de Gamboa pone de manifiesto su valía, sus merecimientos y sus virtudes en sus relaciones y memoriales a Felipe II y Alvarez de Toledo, no debe verse en ello una intencionalidad manifiesta de exagerarlos (o, como decimos los argentinos, de hacer autobombo) ni una propensión al orgullo vano; sino un modo corriente (y legítimo) de reclamar para sí y legar a su posteridad el eventual fruto de sus esfuerzos. 
Tal parecía que empezaba a favorecerlo la buena estrella: era un encumbrado funcionario del virrey y gozaba de la confianza de éste, había logrado un resonante triunfo militar en la guerra entre los españoles y los incas que terminó con la captura y ejecución de Túpac Amaru I (el historiador inglés Clements Markham, le ha imputado el ser "cómplice del delito atroz de asesinato jurídico"), la fama le sonreía y su prestigio iba in crescendo. Y volvió a ser fácil presa de dos de sus obsesiones: la de demostrar a como diese lugar que, a pesar de la nula relevancia y fortuna que había tenido en vida su padre; él provenía de familia de ilustre linaje, y la de descubrir para España la Terra Australis Incognita a la que no había podido llegar por impedirlo (según él) Mendaña; para lo cual parece que estaba en tratativas con el piloto Juan Fernández (quien sería después el descubridor de las islas que llevan su nombre) y con algunos armadores y capitalistas de Chile.
Pero la sociedad de aquella Lima del siglo XVI, en la cual las intrigas, el favoritismo, el tráfico de influencias y las luchas intestinas por los espacios de poder y la obtención de privilegios y canonjías eran las reglas corrientes, no representaba por cierto el escenario más adecuado y propicio para la exhibición y aún la ostentación del éxito, la fama y sobre todo; la erudición. Las inteligencia e ilustración de Sarmiento de Gamboa en aquel ambiente de mediocridad, boato inútil y corrupción, era una provocación y a la vez una invitación a dañarlo. 
En el marco del proceso inquisitorial que culminaría con la quema en la hoguera de fray Francisco de la Cruz, alguien se acordó de sus problemas con la Inquisición en México y de aquella condena al destierro de 1565 no cumplida, y lo denunció, de resultas de lo cual en noviembre de 1573 el Tribunal del Santo Oficio volvió a perseguirlo, agregándole a los cargos que sobre él pesaban de antes; los de practicar la quiromancia y haber dicho en público que "no podía pretenderse que el Evangelio estuviera acabadamente divulgado en el Pirú si aún no lo estaba en España". Pese a que el virrey Alvarez de Toledo intentó sustraerlo a la Inquisición informando a ésta que tenía dél necesidad para la jornada contra los chiriguanes (guerra contra los indios chiriguanos); a mediados de 1574 fue a dar con sus huesos en las lóbregas mazmorras y fue condenado, a fines de 1575, a las mismas penas que se le habían impuesto diez años antes; agravadas con la humillación adicional de "salir a la vergüenza". Tal como lo había hecho allá por 1565, Sarmiento de Gamboa apeló, con buen éxito, la sentencia y también logró evitar que se lo desterrara del Perú. 
Fue decisiva la influencia del virrey, quien lo protegió. El terrible inquisidor Serván de Cerezuela (quien permanecería doce años en Lima, durante los cuales condenó a la hoguera a muchísimos herejes) mantenía con Alvarez de Toledo una añeja amistad (habían sido condiscípulos en España y el primero debía a la recomendación del segundo su nombramiento como inquisidor). Es conjeturable que entrambos hayan cambiado figuritas: el objetivo principal de Cerezuela (que era el único firmante de la sentencia contra Sarmiento de Gamboa) en el proceso, era fulminar (y lo consiguió, pues como consigné precedentemente, lo hizo quemar) al infortunado fraile Francisco de la Cruz; para lo cual había requerido originalmente a Sarmiento de Gamboa (lo de resucitar los cargos contra éste y la condena emergente de ellos, tiene que haberse debido más a celos, inquina y envidias del comisario y/o demás personajes influyentes; que a otros factores). La instalación formal y real del Tribunal del Santo Oficio en Lima fue una medida del virrey, que fue quien la propició (y se estableció por real cédula de Felipe II en 1569); como así también lo fue el deslinde de poderes entre el suyo y los de la Inquisición y la Audiencia. Así, gracias al alto concepto en que lo tenía Alvarez de Toledo, consiguió zafar Sarmiento de Gamboa. Y por añadidura, el virrey le fijó la cantidad de 1.000 pesos anuales por sus servicios.
Previsiblemente -quizá debido a una "sugerencia" de Alvarez de Toledo para evitarle males mayores; ya que la Inquisición quería que saliese desta tierra a cumplir destierro y reputaba como cosa peligrosa dejalle en ella-, mantuvo un perfil sorprendentemente bajo durante tres años, en el transcurso de los cuales es poco y nada lo que de él se sabe. Entretanto, había llegado a las Indias una real cédula de Felipe II, por medio de la cual mandaba se observase el eclipse de luna que habría de producirse en 1578. Y por descontado, el astrónomo que haría la observación era Sarmiento de Gamboa. Equipado con el instrumental necesario y en compañía de un piloto matemático y de un cura (lo de este último es fácilmente explicable por aquello de que el que se quemó con leche, ve la vaca y llora; no fuera el caso que a la Inquisición se le ocurriese que se trataba de hechicería) que oficiarían de testigos, observó el eclipse desde el cerro Quipaniurco, cercano a Lima, y desde la comparación con la observación que a su vez hizo Rodrigo Zamorano en Sevilla; determinó que había entre ambos puntos una diferencia de cinco horas menos cuatro minutos, lo cual representa 74 grados de longitud. "Y esto es lo que hay entre el meridiano de Sevilla y el de Lima", afirmó. Teniendo en cuenta la época en que Sarmiento de Gamboa realizó el cálculo y los elementos con que contaba, debemos convenir en que se aproximó notablemente a la exactitud; pues hoy por hoy sabemos que Lima está a 77° al oeste del meridiano de Greenwich y Sevilla a 5° 58', es decir, sólo 2° 58' menos que lo que él había estipulado.



Los españoles, en su búsqueda de la mitica ciudad de Trapalanda, se habían percatado de que los piratas ingleses podrían eventualmente pasar al Pacífico por el estrecho de Magallanes y robar y asolar en las aguas y costas de Chile y Perú. Ingenuamente, supusieron que bastaba con esparcir la noticia de que el paso se hallaba cerrado por "una mole de piedra o isleta arrastrada por las tempestades", para hacer desistir a quienes tuvieran esa intención. Vana ilusión y craso error el de descansar en ella.
En 1577 el traficante de esclavos y pirata inglés Francis Drake (Francisco Draquez para los españoles) partió del puerto de Plymouth al mando de una armada integrada por cinco barcos, y luego de atravesar, a mediados de 1578, el estrecho; entró en el Pacífico atacando y robando los buques cargados de oro y plata surtos en Valparaíso, Coquimbo y Arica.


Al filo de la medianoche del 13 de febrero de 1579, Drake arribó al puerto de El Callao, que estaba absolutamente desguarnecido, donde se hizo con la presa más codiciada: el galeón Nuestra Señora de la Concepción, con sus bodegas repletas de metales preciosos, y donde, después de saquearlos; hundió algunos barcos españoles de pequeño calado y cortó a otros las amarras dejándolos al garete, a fin de que no pudieran emplearse en su persecución; tras lo cual huyó a toda vela.




Catorce días después, el 27 de febrero, el virrey Alvarez de Toledo, dolido y furioso con los de Chile que no habían atinado a avisar al Perú de las correrías de Drake, envió dos naves con 120 hombres entre los cuales iba Sarmiento de Gamboa (contrariamente a lo que en general se afirma, éste no estaba al mando, el cual era ejercido por Luis de Toledo; sino que fue como sargento mayor), en seguimiento del pirata para que lo atrapasen; pero no pudieron lograrlo, pues Drake consiguió regresar a Plymouth con su cuantioso botín, tras haber circunnavegado el globo convirtiéndose en el segundo en hacerlo, más de medio siglo después de la epopeya de Juan Sebastián Elcano.
Vicente Fidel López, en su novela histórica (debo confesar que jamás pude entender eso de "novela histórica"; para este servidor, o es novela o es historia; ambas cosas a la vez, no) La novia del hereje o La Inquisición de Lima, escrita en 1846 en su exilio en Chile, incurre en el pecado original de nuestros historiadores liberales: la creencia ciega en la leyenda negra de la conquista española con sus curas corruptos y sus conquistadores sanguinarios; que no les permite saber lo que realmente sucedió ni mucho menos interpretarlo. Así, en esa novela romántica nos presenta a un caballeresco Drake, cuyo odio hacia España estaría justificado por el oscurantismo católico ibérico atacando a los buenos protestantes; que burla a un Sarmiento de Gamboa al cual se muestra poco menos que como un fanático estúpido, inepto y resentido. En fin, cosas del bueno de López, que en eso de escribir fantasía y no historia, era sin dudas un consumado experto.
La verdad es que aquellos hechos no están para nada claros, y no contribuye a conocerlos mejor la Relación de lo que el corsario Francisco Draques hizo y robó en la costa de Chile y Pirú, y las diligencias que el Virrey Don Francisco de Toledo hizo contra él, que acerca de ellos escribió Sarmiento de Gamboa en 1583, es decir, cuatro años después de producidos. 
En su relato, abunda en consideraciones acerca de las gentilezas de Drake (tu quoque Brute fili mi!) para con los españoles del navío abordado y saqueado, y en quejas del autor contra quien capitaneaba la expedición, porque éste no había seguido sus consejos (que era lo habitual en Sarmiento de Gamboa, por otra parte: quejarse de todo y de todos y criticar todo y a todos).
Lo real y concreto es que Drake en esa incursión pirata robó tesoros españoles por valor de 250.000 libras y pudo escapar sano y salvo. Lo cual, lógicamente, generó en Alvarez de Toledo la necesidad imperiosa de poner sobre el tapete la cuestión referida al estrecho de Magallanes. En consecuencia, resolvió el virrey enviar a la zona una armada integrada por dos barcos, el Nuestra Señora de Esperanza y el San Francisco, al mando de la cual iría ¡por fin! como capitán general Pedro Sarmiento de Gamboa, con el mandato de explorarla a fondo y determinar los sitios más aptos para erigir en ella fortificaciones. La misma zarpó de El Callao el 11 de octubre de 1579.
En la tercera y última parte de este artículo veremos, estimado lector, cómo llegó nuestro biografiado a la cima de su gloria... y también a la sima de su desgracia.

Continuará