viernes, 16 de enero de 2015

PEDRO SARMIENTO DE GAMBOA, ENTRE LA CIENCIA, LA TENACIDAD Y LA MALA SUERTE. PRIMERA PARTE







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Y porque el talento que Dios me comunicó, que aspira a estas cosas, no se me demande de él cuenta estrecha. (Pedro Sarmiento de Gamboa)

Pedro Sarmiento de Gamboa, geógrafo, astrónomo, quiromante, matemático, alquimista, cosmógrafo, astrólogo, poeta, cartógrafo, historiador, militar y navegante; nació en 1530 (hay otros quienes sostienen que en 1532), en fecha y mes que no han podido ser precisados (Ernesto Morales cita -sin pruebas- el 18 de agosto), en Alcalá de Henares, como lo declarara él mismo; o (lo que aparece como más probable) en Pontevedra, como afirman otros de sus biógrafos, ciudad esta última en la cual transcurrieron sus infancia y adolescencia. Fueron sus padres Bartolomé Sarmiento, gallego de Pontevedra; y María de Gamboa, vasca de Bilbao. 
A los 18 años ingresó al ejército, al servicio del emperador Carlos I, dirigiéndose después, en 1555, al por entonces virreinato de Nueva España. 
Allí tendría la primera de sus muchas cuestiones con la Inquisición: se burló de los "autos de fe", haciendo en la ciudad de Puebla de los Ángeles (México) la parodia pública de uno, a raíz de lo cual fue condenado a ser azotado en la plaza y enviado de vuelta a España. De alguna manera, se las ingenió para eludir la sentencia y fugitivo, pasó a Guatemala primero, y al Perú después, en 1558. 
Fue en Lima donde Sarmiento de Gamboa, mientras se ganaba el sustento desempeñándose como preceptor de gramática; se dedicó con esmero y ahínco a la alquimia y la astrología, lo cual le acarrearía nuevos problemas con la Inquisición, que lo reputó de "mago" y atribuía a "la posesión de un talismán para tratar con mujeres y tener gracia con ellas" el éxito que cosechaba aquel osado y cultísimo joven entre el género femenino, pese a no ser "hombre de posición".


En 1558 el rey de España, Felipe II, había nombrado visorrey del Pirú a Diego López de Zúñiga y Velasco, conde de Nieva, quien llegó a Lima recién en 1561, año en el que tomó a su servicio a Sarmiento de Gamboa. Agradecido, éste le confeccionó al nuevo virrey su carta natal y le suministró unos "anillos mágicos con los que lo favorecerían, Venus en cuestión de amores; y Júpiter, que lo mantendría alto en el concepto del monarca. Otro astrólogo, por su parte, había prevenido al virrey acerca de las consecuencias fatales que le acarrearían su afición a frecuentar el trato (y sobre todo, la cama) de mujeres casadas.





Tal predicción se cumpliría inexorablemente: el conde de Nieva -que hizo caso omiso de las prevenciones, la astrología y el horóscopo, y que persistió en sus escándalos al punto que Felipe II, cansado de las quejas que sobre la conducta de él le llegaban, por real cédula del 27 de febrero de 1563 lo emplazó a "vivir más recatadamente"- andaba en amoríos con su prima, Catalina López de Zúñiga, casada con un caballero llamado Rodrigo Manrique de Lara.


El marido cornudo, que en la especialmente tórrida madrugada del 19 de febrero de 1564 había visto a Zúñiga descender por una cuerda o una escala desde la alcoba de su esposa infiel, mandó a sus criados que le dieran una paliza, y éstos, sea debido a un exceso o porque esas eran las órdenes que les había impartido su señor, le propinaron tantos golpes con cachiporras hechas con bolsas de arena, que de resultas de la feroz tunda el virrey fue encontrado agonizante en la calle y falleció poco rato después.


A pesar de que Lope García de Castro, quien asumió el gobierno en reemplazo del virrey muerto (nombrado por Felipe II el 16 de agosto de 1563, aún antes del fallecimiento de Zúñiga, pues el monarca, harto de las corruptelas, la inmoralidad y la ineficacia de éste, había resuelto suplantarlo) ordenó suspender las investigaciones sobre la muerte de su antecesor; el 2 de diciembre de 1864 el arzobispo, puesto a inquisidor, la tomó contra Sarmiento de Gamboa (que había sido denunciado por unos amigos suyos), a quien acusó de "hechicero", "nigromante", "proporcionar filtros amorosos y tintas para escribir misivas de amor que hacían rendir a las damas aún las más difíciles", de construir "anillos mágicos, hacer sortilegios y poseer ciertos cuadernos con signos de la Qaballah". Fue condenado el 8 de mayo de 1565, a ser encerrado en una celda del convento de Santo Domingo y luego "desterrado a perpetuidad destas Yndias". Pero él presumía de ser infinitamente más inteligente y hábil que los inquisidores: apeló la sentencia al papa y logró convencer al arzobispo, el fraile dominico Jerónimo de Loayza, de que se le permitiese quedar provisoriamente en Lima sin más consecuencia que la de "ser forzado a oír misa con candela de penitente", hasta que seis meses más tarde, solicitó su traslado al Cusco.
A continuación, vamos a conocer al Sarmiento de Gamboa aventurero y navegante, pues regresado a Lima; interesó a Lope García de Castro en preparar una expedición a la mítica Tierra de Ofir, donde según la biblia se situaban las legendarias minas de oro, plata y piedras preciosas del rey Salomón. 
El gobernador se entusiasmó con la iniciativa y pidió al arzobispo que dejara sin efecto la condena a Sarmiento de Gamboa, pues lo precisaba como cosmógrafo en dicha empresa. Así, fue nombrado en el cargo de capitán de una de los dos naves, Los Reyes (otros biógrafos ponen en duda este cargo, afirmando que no le confería el mandar la nave; sino que el mismo era sólo aparente: "capitán de Su Majestad" -como efectivamente consta en el rol de la expedición-), y consejero de derrota, pero la dirección de la empresa le fue confiada (por sugerencia del propio Sarmiento de Gamboa según escribiría éste después; pues esperaba con ello interesar aún más al gobernador en el negocio), como capitán general al sobrino de García de Castro; Alvaro de Mendaña; mientras que la capitanía del otro barco, Todos los Santos, la detentaría Pedro de Ortega; oficiando de piloto mayor Hernando Gallego. Sería esa expedición, compuesta por 157 hombres que partieron desde el puerto de El Callao el 19 de noviembre de 1567, la que descubriría (para Europa, se entiende) las islas Salomón.
Más temprano que tarde surgieron disidencias entre Mendaña y Sarmiento de Gamboa, pues el primero, al no hallar el tan preciado oro, quería volver a Lima; mientras que el segundo insistía en cumplir el mandato de la corona española: fundar una ciudad en las islas descubiertas y continuar después navegando en busca de lo que por entonces se denominaba Terra Australis Incognita, la cual él aseguraba que existía: una "grande Tierra" (que no era otra que Australia, la cual -después se comprobaría- estaba... ¡donde él decía que estaba!). Lamentablemente (lamentablemente para la gloria de Sarmiento de Gamboa, que perseguía algo más trascendental que la riqueza, quiero significar), la pulseada la ganó Mendaña y la expedición regresó al puerto del Callao el 22 de julio de 1569.

Para entonces, el Perú contaba con un nuevo virrey designado por Felipe II: Francisco Alvarez de Toledo, quien asumió su cargo en Lima, el 30 de noviembre de ese año.
Muy pronto, la brillante inteligencia, la vasta cultura, el ardor que ponía en la defensa de sus convicciones, la tenacidad que evidenciaba y la desbordante personalidad de Sarmiento de Gamboa, despertaron el interés del virrey; quien lo favoreció con sus dos primeros nombramientos, en virtud de los cuales lo designaba "Historiador" y "Cosmógrafo Mayor destos reynos del Pirú". Adusto, grave y aún taciturno, Alvarez de Toledo no era precisamente generoso a la hora de pronunciar elogios sobre los demás; no obstante lo cual afirmaría de Sarmiento de Gamboa que era "el hombre más hábil de cuantos he conocido". 
No enuncio nada original si consigno que Alvarez de Toledo fue un enorme estadista y el hacedor del virreinato del Perú (que si bien preexistía en lo formal; en la realidad efectiva no era más que un montón de líneas en los mapas, una tierra que integraba el imperio español pero que era prácticamente desconocida en la península ibérica y en el resto del mundo, o a lo sumo; un sitio remoto al cual ir a correr la aventura -quimera, la mayoría de las veces- de enriquecerse); pero debo hacerlo inevitablemente si quiero (y en efecto, quiero) dejar estipulado que su visión geopolítica demandaba la construcción de un relato, tanto histórico como así también sobre la actualidad socioeconómica, de aquellas regiones que le había tocado gobernar.
De las responsabilidades que le confirió a Sarmiento de Gamboa (las mencionadas precedentemente, a las cuales debe agregarse la de alférez real, rango que tenía cuando ocupó militarmente Vilcabamba luego de derrotar a Túpac Amaru I en la guerra hispano-incaica de 1572), surgió su monumental Historia Indica.
La misma debía constar, según estaba previsto, de tres partes: la primera sería una detallada descripción geográfica del Perú; la segunda, la historia del imperio incaico o Tahuantinsuyo; y la tercera, la historia transcurrida desde la llegada de los españoles a las Indias hasta la actualidad (entendiendo como "actualidad" a 1572). Razones políticas (siempre lo urgente postergando lo importante) obligaron a nuestro biografiado a empezar no por el principio, sino por el medio, esto es, por la Historia de los Incas, la cual escribió luego de dos años de ardua investigación, recorriendo en compañía del virrey todo el territorio peruano.
Diré, sucintamente y con la imprescindible brevedad a la que me circunscribe un artículo, que Sarmiento de Gamboa postula en su Historia la tesis de que los incas eran extranjeros al Perú que habían sometido a los primeros pobladores de dicha región, ejerciendo sobre ellos una tiranía (a la que califica de "pésima y más que inhumana"), a la cual los españoles venían a poner justo término. 
La obra está dividida en 71 acápites, de los cuales los cinco primeros tratan acerca de lo geográfico y etnográfico, combinando elementos de lo bíblico y de los antiguos griegos: los primeros habitantes de las Indias descenderían de Noé, tal como el primer rey hispano; Tubal, y habrían pasado a esas tierras a través de la Atlántida descrita por Platón en sus diálogos Timeo y Critias. Así, pues, para Sarmiento de Gamboa los que poblaron "las Indias de Castilla" eran "descendientes de los Atlánticos" (es decir, de los atlantes); y los españoles (que según él, tendrían con ellos un origen común) les traían la divina palabra de Cristo y venían a rescatarlos de la tiranía de los incas opresores. Los capítulos sexto y séptimo se refieren a la "fábula del origen destos bárbaros indios del Pirú, según sus opiniones ciegas". El octavo lo dedica a describir el estado de los pueblos del Perú, previamente a la entrada en escena de los incas. Considera a esa etapa como behetria, o sea, behetría, población que vivía en el desorden y cuyos habitantes, como dueños absolutos de ella, gozaban de total autonomía: "antes (antes de los incas, quiere decir) todas las poblaciones, que incultas i disgregadas eran, vivian en general libertad, siendo cada uno señor de su casa i sementera", consigna Sarmiento de Gamboa. El capítulo 9 está referido al valle del Cusco y sus antiguos habitantes. Los capítulos que van desde el 10 hasta el 47 tratan de la historia de los incas propiamente dicha: sus organización, instituciones, hazañas, guerras intestinas, conquistas, etc. Los capítulos 48 al 69 narran la llegada de los españoles y la caída del imperio incaico, la cual para él está representada por la muerte de Guascar (Huáscar), el duodécimo Inca del Tahuantinsuyo (y al que el historiador considera el último), en 1533. El capítulo 70 es una síntesis de la tiranía de los incas, indudablemente destinada a dejar instalado en las mentes de quienes leyeran su Historia, el racconto de las violencias y crueldades que les atribuye haber cometido. Y el final, el 71, es lo que Sarmiento de Gamboa llama "computacion sumaria del tiempo que duraron estos yngas del Pirú", es decir, la cronología de los reinados incaicos. Nuestro historiador afirma que "fue todo el tiempo desde Manco Capac hasta el fin de Guascar novecientos y sesenta y ocho años" y que "comenzó la tiranía de los yngas capacs del Pirú que tuvieron su silla en la ciudad del Cuzco, el año de quinientos y sesenta y cinco años de nuestra reparación cristiana", es decir, resta de 1533 d.C., año de la muerte de Huáscar; el 565 d.C., año de inicio del reinado del primer Inca, Manco Cápac (equivocadamente, pues hoy sabemos que Manco Cápac gobernó a fines del siglo XII o principios del XIII), lo cual da como resultado los 968 años que según él, duró la tiranía incaica. Eso se ha tomado siempre, tanto en la propia época del historiador como en la actualidad, como una exageración.
Particularmente, opino que no es eso, sino que se trata de una cuestión de interpretación: creo que el período que consigna el cronista es congruente con su tesis; pues él postula que los incas eran extranjeros al Perú y entonces es perfectamente lógico que considere al inicio mismo de los reinados incaicos como el punto de partida de un estado que reputa como imperialista, expansionista e invasor; por más que la materialización efectiva de ello se haya dado recién a partir del noveno Inca: "Pachacuti" (Pachacútec). Por otra parte, el hecho mismo de atribuirle Sarmiento de Gamboa a la "tiranía inca" un período tan extenso, es la mejor prueba de su honestidad intelectual; pues manifiestamente eso se da de patadas con el propósito del virrey Alvarez de Toledo de presentar a los incas como usurpadores más o menos recientes del poder. Y los errores de datación y duración de cada uno de los reinados de los doce Incas en los que incurre, son los esperables (y entendibles, justificables y disculpables) en un cronista obligado necesariamente a abrevar en la sola fuente posible y disponible que tenía: la tradición oral, con todo lo que ello implica (y eso que ni siquiera tomo en cuenta que aún hoy en día sigue sin haber unanimidad al respecto; pese a la multiplicidad de fuentes y recursos con que se cuenta).
A continuación del último capítulo, hay una "Ffee de la Provança y Verificacion desta Historia", rubricada por el notario oficial del virrey Alvarez de Toledo: Alvaro Ruyz de Navamuel, "secretario de Su Excelencia y de la governacion y visita general destos Reynos y escrivano de Su Magestad", en la cual se hace constar que a petición de Pedro Sarmiento de Gamboa, el virrey convocó a una "junta de 42 yndios de los mas principales y de mejor entendimiento de los doze ayllos y decendencias de los doze yngas y otras personas que le paresciere, para que se les haga leer la dicha ystoria y se les declare por yntérprete y lengua de los dichos yndios, para que todos juntos vean y platiquen entre si, si es conforme a la verdad quellos saben. Y si ay alguna cosa que corregir y enmendar, y lo que paresciere questá en contrario a lo quellos saben, se enmiende y corrija". Seguidamente, está la enumeración de cada uno de los cuarenta y dos, con nombre, edad y linaje, y este texto: "Juraron dezir la verdad acerca de lo que supiesen de la dicha ystoria, y aviendo conferenciado entre si, declararon que solo avia que enmendar algunos nombres de personas y de lugares y otras cosas insignificantes; que por lo demas, la dicha ystoria estava buena y verdadera y conforme a lo quellos sabian y avian oydo dezir a sus padres y pasados".  
El 4 de marzo de 1572 en el Cusco, Sarmiento de Gamboa terminó de escribir su Historia (cuyo título completo es Segunda parte de la hisstoria general llamada yndica, la qual por mandato del Exmo. S. don Franco. de Toledo virrey gobernador y capt. general de los reynos del Piru y mayordomo de la casa real de Castilla compuso el capt. Po. Sarmiento de Gamboa), según consta en el memorial que éste dirigió al rey Felipe II; e inmediatamente la misma fue despachada al monarca por el virrey Alvarez de Toledo, quien la envió por conducto de uno de sus criados, Jerónimo Pacheco; conjuntamente con cuatro cuadros históricos pintados sobre tela por artistas indios. Está probado más allá de toda duda que Felipe II la recibió, pero la mala suerte que siempre tuvo Sarmiento de Gamboa, quiso que se extraviase y permaneciera perdida durante más de tres siglos; hasta que su original manuscrito, con la firma hológrafa del historiador, apareció en 1893 en Göttingen, Alemania, y se editó recién en 1906.


El hallazgo de 1893 se debe al lingüista, romanista e hispanista suizo Whilhelm Meyer-Lübke, encargado por el gobierno prusiano de confeccionar un catálogo de todos los manuscritos obrantes en las bibliotecas de las universidades alemanas; y la primera edición de la obra le correspondió al historiador alemán Ludwig Wilhelm Richard Pietschmann en 1906.
La Historia de Sarmiento de Gamboa se daba a conocer al mundo nada menos que ¡334 años después de haber sido escrita! Si eso no es tener suerte para la desgracia...

Continuará 

lunes, 24 de noviembre de 2014

CEREMONIA DURANTE LA TORMENTA











































Escribe: Juan Carlos Serqueiros


CEREMONIA DURANTE LA TORMENTA
(Solari)

La belleza atrae a malvados,
más que a cualquier cosa.
Hay de lavanda un bombón,
en mujeres con tibios manjares.
Y hay ceremonias en la tormenta...

Y hay también un topacio en Brasil,
que quita los dolores,
y un abundante buffet del hotel
esperando en tu suite por la cita.
Y hay ceremonias en la tormenta...

Fino cristal, licor de Ecuador,
en la copa refleja tu risa
y así ves que no alcanzarás
a calmar esa sed que afiebra.


Y siempre te sentís vulgar
si alquilás cruceros de amor.
Corazón encadenado y triste
que guardás en tu aburrida virtud.

Fuego prendés, un leño acercás,
paladeás castañas asadas
y mirás el mar y la vida se ve
demasiado gris... sin deseos
Y hay ceremonias en la tormenta...

Te bronceás y elegís
y querés atrapar esa linda piba de Borneo,
la corrés, la alcanzás... y el amor se te va...
otra vez escapa de tus manos.
Y hay ceremonias de piedad
en la tormenta...
No las ves?
Poderoso dios de amor,
enviá la tormenta ya!



Este, track número 3 del compacto El perfume de la tempestad, tiene una letra que es de las más explícitas —o "directas", como dirían aquellos creadores del mito (¿sandez?) de lo "críptico" (?) de la poesía solariana— que haya escrito el Indio. Pero ojo al piojo: que sea explícita no necesariamente significa que carezca de metáforas, por lo contrario; las tiene, y con mucha tela para cortar, además.
El tema está debidamente registrado en SADAIC el 23.03.2011 bajo el código de obra 1280018, con derechos exclusivos de composición y autoría reservados a favor de Solari, Carlos Alberto o cualquiera de sus dos pseudónimos artísticos: El Indio Solari y El Fisgón Ciego. Extrañamente —extrañamente para mí, quiero decir, que desconozco los procedimientos del registro de obras musicales—, no figura en los créditos el pseudónimo Caballo Loco, que fue el que utilizó para ese disco, en cuyo packaging se lee: "Música, letra e ilustraciones por Caballo Loco" (sic).
El título nos llama a sumergirnos en una tormenta de placeres desatados, mientras en medio de ella, alguien cumple una serie de rituales cuidadosamente preparados y que constituyen en sí mismos toda una ceremonia.
La temática de la letra aborda la angustia existencial de un chabón que lo tiene todo. Todo... menos el amor.
Es, en buena medida, la visión de Solari con respecto al hedonismo; pero sin que ello implique asumir una posición, sea esta contraria o favorable (¿se acuerdan de aquello de "sin un estandarte de mi parte" o de "vos gritás —¡no logo! / o no gritás —¡no logo! / o gritás —¡no logo... no!"?, bueno, eso), y en la cual campea ya en la primera estrofa, una tajante, rígida definición moral que bien podría haber suscrito el mismísimo Artaud —desde luego y como ya se habrán dado cuenta (me resisto a formular la pregunta: "¿son por acaso ustedes, hoy un público respetable?")—, la frase de éste incluida en el arte del disco no es casual): "La belleza atrae a malvados, más que a cualquier cosa".
El tipito goza de una envidiable posición económica, la cual le posibilita vivir en medio del confort y del boato, saltando de relación en relación, pero sin poder asistir al estallido de la tormenta verdadera: la del amor; la cual intenta suplir con el sucedáneo de una tormenta de placeres que encadena sin cesar, buscando hacer de cada disfrute una ceremonia que, más temprano que tarde, se le torna en una suerte de calma chicha que lo retrotrae indefectiblemente al mismo estado de insatisfacción que lo agobiaba.
En ese contexto, a los placeres carnales que obtiene en cada relación descomprometida que encara, asimilando a las mujeres que así va conociendo con "tibios manjares"; los alterna con el goce de una exquisitez cual lo es un "bombón de lavanda". Se trata de una metáfora de doble significación, pues además de lo rico de la confitura; a la lavanda se le asignan propiedades antioxidantes, lo cual nos indica que el chabón es alguien obsesionado con la cuestión de retrasar el envejecimiento y adepto a las terapias alternativas. Tanto así, que trascartón el Indio lo pinta usando el "topacio en Brasil que quita los dolores", en obvia alusión a que el ñato es adherente a la gemoterapia, la cual confiere al topacio la condición de piedra de la verdad y le otorga propiedades para combatir el envejecimiento, anti estrés y antidepresivas.
Después lo tenemos al quía instalado en la suite de un lujoso hotel que, entre otros servicios, ofrece a sus huéspedes el "de habitación" consistente en el "suministro" de call girls, putas a domicilio ("un abundante buffet del hotel, esperando en tu suite por la cita"), el cual se le antoja, luego, un sustituto del amor tan pobre como los demás a que suele apelar. 
Y es esa del amor, una "sed que afiebra" y que "no alcanzarás a calmar" ni aún paladeando un exquisito "licor de Ecuador" (país que se destaca por la excelsa calidad de sus licores) servido en una copa de "fino cristal" que "refleja tu risa".
Tampoco mitigan su angustia existencial esos cruceros para solos y solas que ofrecen las agencias de turismo y que lo hacen sentir "vulgar" y dejan "encadenado y triste" a ese corazón que guarda en su "aburrida virtud". Y es esa una metáfora —altísima, por cierto— que me impactó en esta letra, porque veamos: ¿qué es eso de "aburrida virtud"? El hedonismo consiste en la búsqueda del bien supremo y la anulación del dolor y la angustia por el camino del placer obtenido de la satisfacción de los deseos, basado en el postulado socrático de que la felicidad es un logro que deviene de la acción moral. Pero al personaje que pinta Solari en la letra, le ocurre que por más empeño que ponga en su honestidad; el placer que alcanza es efímero y se le traduce después en el sacrificio del bienestar pleno, y de allí lo del hartazgo de eso que el Indio menciona como "aburrida virtud". Un ejemplo concreto: en el caso de esos "cruceros de amor", los tipos y tipas que en ellos se embarcan, son virtuosos en el sentido de que no hay engaños mutuos; ellos consisten en disfrutar de la haute cuisine y excelentes bebidas, visitando paradisíacos lugares, todo matizado con buenas dosis de sexo descomprometido en los rounds de amor que mantengan las personas que se sientan atraídas entre sí. Son una variante simplificada y consumista del hedonismo y hasta, si se quiere verlo así, una especie de "degeneramiento" del mismo; por eso el chabón lo percibe como "vulgar". Terminado el periplo y ya atracado el barco en el puerto, se acabó el placer que se haya compartido: "—Lo pasamos bárbaro, ¿no creés?"; "—Sí, claro. Me encantó conocerte y muchas gracias por los momentos", y listo, chau. Nadie (me veo obligado a generalizar) va a ir en uno de esos cruceros buscando el amor, aunque claro, nadie... salvo el protagonista de esta letra, quien se ve otra vez sumido en su "aburrida virtud".
Ahora lo tenemos al tipo situado en alguna exótica playa donde alquiló una casa o cabaña con vista al mar. En ella, enciende el fuego en el hogar y pone a asar unas castañas (nadie puede negar que es un bon vivant, ¿no?), las cuales saborea mientras contempla el mar y piensa en esa vida que se le antoja "demasiado gris" y "sin deseos". Y es —para mí— precisamente eso de "sin deseos" la metáfora más sublime de esta letra; porque constituye, con ese genial poder de síntesis del que hace gala Solari, el meollo del asunto, la raíz de la angustia del personaje, al cual contemplamos ahora desprovisto de su disfraz de hedonista, pero no para presentarse con su verdadero ropaje, es decir, el del alma; sino travestido con el de una anhedonia que es, en realidad, tan engañosa como su hedonismo. Y simplemente se trata de que esa angustia que lo aqueja, no reside ni en su exacerbación del placer (hedonismo) ni en su incapacidad para experimentarlo (anhedonia); sino que ella anida en lo profundo de su psique. Y la cura para lo que sufre requiere, no de esas "soluciones" alternativas que busca en la gemoterapia, la fitoterapia, las putas de hotel, los cruceros de amor o los placeres de gourmet; sino de recurrir a la ayuda profesional, es decir, hacer terapia psicológica.
El problema es que no resulta muy probable que alguien con la índole y las características de ese chabón, vaya a darse cuenta de ello, y mucho menos que vaya a aceptarlo. Y así, lo vemos ahora bronceándose al sol y corriendo tras una nueva conquista, en este caso, una "linda piba de Borneo", la cual, como invariablemente le ocurre, luego de habérsela transado, lo deja tan vacío e insatisfecho como estaba antes; mientras espera otras "ceremonias de piedad" e invoca al "poderoso dios del amor" para que desate "ya" esa "tormenta" que él busca sin cesar —y erróneamente, además— en la exterioridad; cuando el mal que lo angustia está internalizado en su alma.


-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 16 de noviembre de 2014

ÁNGELA DE OLIVEIRA CÉZAR DIANA DE COSTA: EL NOBEL QUE NO FUE












































Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Y tenga fe que de Ud. se ha de decir en el futuro: "hizo la estatua del Cristo de los Andes", como dijo Jesús a uno de sus discípulos que le preguntó si Salomón se salvaría: “hizo el templo del Señor". (Julio A. Roca en carta a Ángela de Oliveira Cézar Diana de Costa, 1904) 


La eventualidad de una guerra con Chile se diluyó en 1902 con la celebración de los llamados Pactos de Mayo. La cuestión suscitada en torno a los mismos significó por entonces (y representa aún) un clivaje en nuestra historiografía. 
No diré que el mismo sea tan notable como las disociaciones más profundas, por ejemplo, las habidas entre directoriales y artiguistas, y entre unitarios y federales, no; pero sí creo que es nítidamente perceptible una disyunción al momento de analizar y evaluar ya sea de manera positiva o negativa, las figuras históricas de la época, y también al de situarse los historiadores en alguna de las corrientes interpretativas de nuestro pasado.
A fines de la década de 1890 se creía que la guerra sobrevendría indefectiblemente, a punto tal se creía, que Pellegrini renunció a sus aspiraciones presidenciales en favor de las de Roca. Fue el suyo un gesto de realismo político: había consenso generalizado acerca de que el genio de estadista del Zorro y su innegable habilidad en lo militar conducirían al país a una paz honorable o, si a pesar de sus esfuerzos el conflicto bélico se desataba de todos modos; al triunfo de nuestras armas. "Buscaré por todos los medios una solución conciliadora, pero si no es dado una paz honrosa; sabré afrontar la situación cualquiera que fuese", declaró éste en 1901. El quiebre de la sociedad política Roca-Pellegrini a partir de la situación creada en torno al proyecto de unificación de la deuda externa (click en este ENLACE para acceder a mi artículo relativo al asunto) llevó a que el acercamiento entre el primero y Mitre se estrechara, y a que el presidente (quien por diciembre de 1901 se aprestaba ya ostensiblemente para la guerra: había firmado el decreto movilizando las reservas y en el Congreso se trataba y aprobaba la ley de servicio militar obligatorio) hiciera una nueva tentativa en pro de la paz, designando ministro en Chile a José Antonio el petiso Terry. No era ese un hecho de menor cuantía, sino todo un símbolo en sí mismo: el nombrado sustentaba la tesis de que si la Argentina accedía a darle a Chile la certeza de que no intervendría en sus cuestiones con Perú y Bolivia; el país trasandino se comprometería a su vez a detener la carrera armamentista y a someter a arbitraje todo litigio limítrofe surgido o por surgir.
En la opinión pública, y de suyo, en la clase política toda, las opiniones estuvieron divididas y el debate fue intenso y apasionado. Por un lado, los "belicistas" más notorios: Roque Sáenz Peña, Indalecio Gómez y Estanislao Zeballos entre ellos, con el diario La Prensa; y por el otro, los conspicuos "pacifistas": Bartolomé y Emilio Mitre, Norberto Quirno Costa (quien era, a la sazón, vicepresidente de la República) y Luis María Drago entre ellos, con el diario La Nación, llevaban públicamente la voz cantante de una y otra postura. En julio de 1902, el Congreso finalmente aprobó los Pactos de Mayo que se constituyeron en el primer tratado de limitación de armamentos de la historia universal. Nada menos.
¿Fueron beneficiosos para nuestro país o por lo contrario; tendríamos que reputarlos como inicuos? Por mi parte, debo confesar que tengo al respecto sensaciones encontradas y que mi corazón me impulsa en un sentido y mi cerebro me indica el opuesto, así es que dada mi índole, me inclino a seguir al primero: mis simpatías están, pues, con los belicistas opositores a los pactos. No obstante ello, en obsequio a la verdad histórica y a la estricta observancia de la honestidad intelectual a la que me atengo, debo admitir un hecho incontrastable: el tiempo se encargó de evidenciar que la razón estuvo de parte de los pacifistas, porque la paz que no lograron mantener los europeos al rechazar Francia y Alemania en 1898 la iniciativa de limitación de armamentos y arbitraje obligatorio emanada de Nicolás II, zar de Rusia, y continuar en la carrera armamentista que desembocaría en la Primera Guerra Mundial; sí pudo en cambio hacerse realidad efectiva en Iberoamérica cuando Argentina y Chile a través de sus presidentes Roca y Riesco y sus ministros Terry y Vergara Donoso atinaron, en 1902, a desactivar la posibilidad de un conflicto armado. 
Aunque también hay que decir que aquella paz que por entonces se calificó de "permanente" no fue tal, sino que duró ochenta años, hasta que los chilenos volvieron a las andadas en 1982 en injustificable, oprobiosa y repudiable alianza con Inglaterra; lo cual viene a significar que quienes bregaron por los Pactos de Mayo estuvieron acertados, sí, pero en aquel momento (que en definitiva y a los efectos de lo que estamos tratando, es lo que importa, desde luego; y sin perjuicio de ello, lo que apunto sirve al menos para que a usted, estimado lector, no le extrañen mi malquerencia y desafecto hacia un vecino que nos debe hasta su independencia e invariablemente se ha mostrado desagradecido, hostil y traicionero). 
Bien, dicho esto, retomo la ilación: en 1900, el obispo de San Juan de Cuyo, fray Marcolino del Carmelo Benavente, había expresado su intención de materializar la exhortación que el papa León XIII había expresado en una encíclica, mandando erigir una colosal estatua de Cristo Redentor la cual habría de emplazarse en "uno de los picos cercanos a Puente del Inca", en la cordillera de los Andes. Se juntaron los fondos por suscripción pública y se adjudicó la obra al artista Mateo Alonso, quien la hizo fundir en bronce. Alta de 7 metros, estaba terminada en febrero de 1903 y se la exhibía en el colegio dominico Lacordaire, de Buenos Aires. Y fue a partir de entonces que entró a tallar Ángela de Oliveira Cézar Diana.
Tanto ella como su marido, Pascual Costa, mantenían una añeja amistad con el presidente Roca, relación esta íntima a punto tal que eran, ambos, los confidentes y celestinos del affaire amoroso entre éste y Guillermina, hermana de Ángela y esposa de Eduardo Wilde (click en este ENLACE para acceder a mi artículo al respecto). Ángela había concebido la idea de que el Cristo Redentor se colocara en la "cumbre de los Andes" como monumento erigido a la paz entre Argentina y Chile y se la transmitió a Roca, quien la aceptó y apoyó; a fray Marcolino Benavente, quien prestó asimismo su conformidad; y a los integrantes de la delegación chilena que por entonces (Semana de Mayo de 1903) había llegado a Buenos Aires, los cuales también se mostraron complacidos y entusiasmados con la iniciativa. 
De ahí en más, la actividad de Ángela para llevarla adelante fue febril: consiguió, a través de suscripciones públicas, el dinero necesario para el traslado de la estatua (desmontada y en piezas) en tren hasta Las Cuevas y desde allí a lomo de mula hasta el punto en que sería rearmada y ubicada sobre un pedestal de granito de 6 metros de altura. Hubo de vencer mil escollos, entre los cuales estaban los que le ponía el propio José Antonio Terry, quien buscaba arrebatarle el protagonismo principal que había adquirido. Hubieron desde el principio desinteligencias entre ambos y el ministro hizo todo lo que pudo para eclipsar a Ángela; si bien es justo consignar también que ésta no colaboraba mucho para minimizarlas; así fue que se desató entre ellos una verdadera lucha de egos. Por ejemplo, a la buena señora se le ocurrió que debía colocarse en la base de la estatua una placa alegórica, la cual mandó a hacer con el escultor Mateo Alonso, quien la fundió en los talleres del Arsenal de Guerra. La misma representa un libro abierto en cuyas páginas se abrazan dos mujeres vestidas al uso antiguo grecorromano, y al pie una inscripción en latín, extraída de la Biblia: "Ipse est enim pax nostra qui facit utraque unum".


Ángela le había pedido al artista que los rostros de las mujeres de la placa se hicieran, uno, figurando el de la primera dama chilena, es decir, la esposa del presidente Germán Riesco; y el otro... el de ella misma. En cuanto se enteró, Terry armó un escándalo de proporciones y se opuso terminantemente a la colocación de la placa, algunos dijeron que debido a los celos de su mujer, Leonor Quirno Costa y otros afirmaron que fue porque ello originó un entredicho diplomático con los chilenos, a quienes no les había caído bien la cosa. Ángela, exasperada, le escribió a Roca pidiéndole que se interesara personalmente en el asunto y le ordenara a Terry sobre la placa, y lógicamente, el Zorro no podía (ni era su estilo, por otra parte) aparecer avasallando a un ministro por algo nimio; así que tuvo que hacer malabares para tranquilizar a Ángela y a la par, evitar que Terry renunciara, provocando una crisis de gabinete.
Al respecto, es muy ilustrativa la correspondencia entre el presidente y su amiga, la cual obra en el Archivo Roca y se transcribe en el libro de Carmen Peers Costa de Perkins (nieta de Ángela) El joven siglo. Cartas de Roca y Wilde, cuya lectura recomiendo.
Es llamativo que Terry armara una cuestión de estado por algo tan trivial y no haya percibido que lo de Ángela en la placa no obedecía a un mero afán de figurar. Nuestro país no tenía primera dama cuyo rostro pudiera aparecer en ella, porque el presidente era viudo. Y desde luego, dado lo clandestino de la relación de Roca con Guillermina, tampoco podía ser el de ésta; de modo que Ángela optó por lo que hubiera hecho cualquier otra mujer en su caso y en aquellas circunstancias: la solución romántica de pedirle al artista que figurase en el bronce el rostro de ella misma, sintiendo en su corazón que así representaba al de su propia hermana. Todo hombre medianamente vivido se hubiera dado cuenta de eso, pero el acartonado Terry no; porque era muy docto en cuestiones financieras, pero tenía menos calle que Venecia.
El 13 de marzo de 1904 se inauguró el Cristo Redentor emplazado en el Paso de Uspallata, sobre una pequeña meseta de la Cumbre del Bermejo, a 3.854 msnm. Terry, para perjudicar a Ángela, había dispuesto que se excluyera a las damas de la ceremonia de descubrir la estatua. 
No logró su cometido, porque ella escribió y editó con gran suceso su libro El Cristo de los Andes, fundó la Sociedad Sudamericana de Paz Universal y obtuvo abundantes reconocimientos en todo el mundo, entre ellos el del zar de Rusia, Nicolás II; el de la reina Guillermina de Holanda, el del papa Pío X y el del filántropo Andrew Carnegie (quien además pidió y consiguió en 1913 que se instalara una réplica del Cristo Redentor de los Andes en el Palacio de la Paz de La Haya).


Candidata al Nobel en 1904 y 1911, con manifiesta injusticia no le fue conferido dicho premio a pesar de sus largos e innegables merecimientos. En la dimensión en que se encuentre, Ángela se consolará seguramente al comprobar que después de todo, no valía la pena amargarse por no haber logrado una distinción que sí le fuera otorgada a sujetos de la calaña de Kissinger y Obama.
Amén.

-Juan Carlos Serqueiros-

viernes, 7 de noviembre de 2014

MADAME IVONNE










































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

La amalgama inefablemente perfecta entre melodía y poesía es lo que convierte en extraordinaria a una determinada obra de música popular, cualesquiera sean género y ritmo en los cuales se encasille. Y aún si la disociamos y en ese clivaje percibimos que las palabras van hilándose en frases que resuenan en nuestros sentidos con musicalidad propia y que las notas se encadenan en fraseos que nos conmueven y traspasan nuestra psique cual si se tratara de versos; entonces estamos frente a una canción trascendental. 
Y eso es, precisamente, lo que ocurre con el tango Madame Ivonne, de 1933, cuya melodía fuera compuesta por Eduardo Chon Pereyra y de cuya letra fue autor Enrique Cadícamo.

Madame Ivonne
(Tango, 1933)
Música: Eduardo Pereyra
Letra: Enrique Cadícamo

"Mamuasel" Ivonne era una pebeta
que en el barrio posta del viejo Montmartre,
con su pinta brava de alegre griseta
animó la fiesta de Les Quatre Arts.
Era la papusa del Barrio Latino
que supo a los puntos del verso inspirar...
Pero fue que un día llegó un argentino
y a la francesita la hizo suspirar.

"Madam" Ivonne,
la Cruz del Sur fue como un signo,
"Madam" Ivonne,
fue como el sino de tu suerte...
Alondra gris,
tu dolor me conmueve,
tu pena es de nieve…
"Madam" Ivonne…

Han pasado diez años que zarpó de Francia,
"Mamuasel" Ivonne hoy sólo es "Madam"…
La que al ver que todo quedó en la distancia
con ojos muy tristes bebe su champán.
Ya no es la papusa del Barrio Latino,
ya no es la mistonga florcita de lis,
ya nada le queda… Ni aquel argentino
que entre tango y mate la alzó de París.





Luego de concluir la letra, Cadícamo le llevó el tango a Gardel, quien lo grabó el 6 de noviembre de ese año (click sobre este enlace para acceder en YouTube a Madame Ivonne interpretado por Carlos Gardel). Figura registrado en SADAIC tres años después, el 25 de junio de 1936, bajo el código de obra 1752 | ISWC T-037001724-5, con derechos reservados a favor de Eduardo Pereyra o su pseudónimo Cooper Ray como compositor y de Enrique Cadícamo o cualquiera de sus pseudónimos: Rosendo Luna y Yino Luzzi, como autor.
Mucho se ha escrito sobre esta pieza musical y la historia de su gestación, y sobre todo; mucho se ha especulado acerca de quién era el personaje que la había inspirado, tejiéndose las más disparatadas versiones, desde la que sostiene que Ivonne era "una señorita que animaba fiestas infantiles por las mañanas y fiestas para adultos en las noches, que había conocido en París a un ganadero argentino adinerado quien la trajo a nuestro país y se casó con ella y que el matrimonio había fracasado porque no quiso hacerse cargo de las tareas del hogar, por lo cual fue repudiada por el ricachón y entonces terminó sus días en un cabaret, víctima del alcohol"; hasta el delirio de Julián y Osvaldo Barsky en su libro Gardel, la biografía, quienes traen un "rumor" (al cual conceptúan de "pequeña leyenda", que atribuyen a "una supuesta referencia literaria de Julio Cortázar"), según el cual "la Madame Ivonne del tango de Pereyra y Cadícamo, sería Ivonne Guitry, quien aquejada de una enfermedad venérea incurable que le contagió su marido, un príncipe asiático, y buscando alivio en la morfina, la cocaína, los gigolós y el champagne, se dedicó a dilapidar su fortuna por los cabarets parisinos, en uno de los cuales conoció a Gardel y se enamoró locamente, sin ser correspondida por éste más que para vivir con ella una relación ocasional, y entonces lo persiguió en sus giras hasta su muerte en Medellín; y quien luego declararía que ese tango lo había encargado el propio Carlos Gardel a Pereyra y Cadícamo en homenaje a ella". Como puede usted apreciar, estimado lector, es todo muy poco serio. Y encima, sin que se dignen aclarar los Barsky por qué, si ellos mismos admiten que se trata sólo de un rumor, una leyenda y una supuesta referencia literaria; igual lo citan en una biografía, la cual presumiblemente debería emanar de un prolijo y concienzudo trabajo de investigación sobre fuentes documentales, ¿no? En fin... 
Para colmo (y agravando el "daño"), el diario Página/12 en su edición del 26 de marzo de 2005, en un artículo firmado por una tal Karina Micheletto, se hizo eco de eso y fue aún más allá: "Verdadera o no la versión, lo cierto es que los versos de Cadícamo coinciden con su historia" (?), dijo la Micheletto, refiriéndose a la de Ivonne Guitry relatada por los Barsky. Claro, divagando a partir de un bolazo, cualquiera podría afirmar, por ejemplo, que Mi Buenos Aires querido en realidad fue compuesto por Gardel y Le Pera pensando en Roma o en Tombuctú, total... 
Es que como escribió Julio Verne, "así son los sabios: no saben". Francamente, resulta lamentable que "historiadores", "investigadores" y "periodistas" de arte metidos a escribir sobre el tema, no hayan historiado ni investigado nada. Si se hubiesen tomado la molestia de hacerlo, sabrían que el "misterio" que creen que hay en torno a este tango no es tal; ya que hace más de medio siglo, en 1963, León Benarós bajo el pseudónimo que usaba por entonces: Ernesto Segovia; le hizo un extenso reportaje al Chon Pereyra, en el cual éste narró todo el proceso creativo de Madame Ivonne, desde su concepción musical y sus fuentes de inspiración, hasta la creación de la letra por parte de Cadícamo:

El tango Madame Ivonne está inspirado en la Rapsodia húngara Nº 2, de Franz Liszt. Yo tenía 10 o 12 años, usaba pantalón corto cuando estudiaba la famosa rapsodia en el piano, así fue que, muchos años más tarde, cuando compuse "Madame Ivonne", utilicé el primer compás de la rapsodia. Después, ya me aparto y hago lo mío, algo que está de acuerdo con aquel comienzo. La gente cree que inevitablemente debe haber una mujer de por medio en composiciones como ésta. No hay tal cosa. En realidad hubo, sí, una mujer; pero no con el sentido que casi todos imaginan. La mujer del tango no fue un viejo amor mío sino, sencillamente, la que me cobraba la pensión en Montevideo, durante el tiempo en que viví en aquella ciudad. Vivía yo en una pensión, en la calle Ciudadela al 1400 y pico. La dueña era una señora francesa, de nombre Louise, y la administradora, también una francesa, de nombre, precisamente, Ivonne. Me ganaba la vida tocando el piano, pero se me había infectado un dedo y me resultaba imposible trabajar así. Ivonne, pobre, se veía obligada a reclamarme el pago del alquiler. "Le pagaré inmediatamente ni bien pueda volver al piano", le dije, y de alguna forma, ella se las arregló para esperarme. Por fin, curado el dedo, pude volver a trabajar y saldé lo adeudado. Cuando llegó el momento de regresar a Buenos Aires, no olvidé la solidaridad de aquella dama, de modo que quise agradecerle con un tango. Por supuesto, no le dije -no me gusta hacerlo- que le dedicaría ese homenaje. Lo titulé "Madame Ivonne" y se lo confié a Cadícamo para que lo versificara. Él inventó entonces otra "Madame Ivonne", aquella que se enamoró de un argentino que entre tango y tango la alzó de París. Hizo un precioso poema y yo no lo trabé en su libre albedrío.

Claramente surge que no había misterio alguno, ya que el propio compositor se encargó de contarnos quién era la Ivonne que le inspiró la melodía y también que hubo otra, pero que fue una imaginada por Cadícamo para construir sus versos, lo cual da al traste con todas las fantasías que se elucubraron alrededor de este tango. Sin embargo, quedaba en pie un interrogante: ¿quién y cuál/es hecho/s y/o circunstancias habían imbuido en Cadícamo el personaje de Ivonne y la historia que en torno a ella creó en esa letra? La primera pista la dio Julio Sosa quien, en 1962, al grabar este tango para el sello discográfico CBS, le añadió, a guisa de introducción recitada, una glosa de su propia autoría:

Ivonne,
yo te conocí allá en el viejo Montmartre,
cuando el cascabel de plata de tu risa
era un refugio para nuestra bohemia
y tu cansancio y tu anemia
no se dibujaban aún detrás de tus ojeras violetas.
Yo te conocí cuando el amor te iluminaba por dentro
y te adoré de lejos, sin que lo supieras
y sin pensar que confesándote este amor
podría haberte salvado.
Te conocí cuando era yo un estudiante de bolsillos flacos
y el París nocturno de entonces
lanzaba al espacio en una cascada de luces
el efímero reinado de tu nombre,
Mademoiselle Ivonne...

Click en este enlace para acceder en YouTube a Madame Ivonne interpretado por Julio Sosa, quien había acertado con lo que quiso expresar el autor en la letra. ¿Fue intuición suya el haber captado el significado de la historia narrada por Cadícamo en sus versos, o fue éste quien le explicó el sentido de los mismos? No hay modo de saberlo, porque no los tenemos ya entre nosotros para preguntarles; pero tengo para mí que habrá sido el cantor quien vislumbró lo que transmitía el poeta en la letra, ya que su glosa así lo estaría indicando. Además, a partir de la grabación de Sosa, los elogios del autor hacia él fueron in crescendo. Y un detalle que no es menor: al morir Cadicamo, dejó un libreto para una película sobre la vida de Julio Sosa (que grabó siete tangos suyos: Al mundo le falta un tornillo; Che, papusa, oí; La casita de mis viejos, Madame Ivonne, Nunca tuvo novio, Olvidao y Pa' mí es igual), que no llegó a rodarse. 
Y llegó el momento de informarle quién le inspiró a Cadícamo el personaje sobre el cual gira la historia que imaginó y narra en la letra, cuestión la cual puedo afirmar que conozco con certeza por lo que me dijo el propio autor. 
Le cuento: cuando yo vivía en el Chaco, fui dirigente del club de fútbol más importante de esa provincia: Chaco For Ever, y ocurrió que una mañana de 1994, en Buenos Aires, en el Senado de la Nación, estábamos en el despacho de Deolindo Felipe Chacho Bittel, a la sazón, senador por aquella provincia y presidente de la Comisión de Acuerdos, éste; el por entonces, presidente del club (y quien había sido diputado nacional por la fracción del radicalismo que dirigía el Bicho León), Jorge Coco Yunes; otro amigo, el modelo y empresario Ante Garmaz, que era el representante del club ante la AFA; y quien suscribe. Habíamos ido a pedirle a Bittel que intercediera ante el titular de la ANSeS, un tal Schulstein, por una deuda (inventada años antes por un malnacido coimero) a raíz de la cual la institución corría serio peligro de quiebra. De eso conversábamos, cuando entró un empleado y le anunció al Chacho que estaba en la antesala Enrique Cadícamo. Al oír ese nombre, le pregunté a Bittel por el motivo de la visita (me dijo que se le estaba por hacer un homenaje en el senado, que al final se realizó recién cinco años después) y le manifesté mi deseo de quedarme, pues obviamente, quería conocer a esa relevante personalidad que la suerte ponía tan cerca. Al final, nos quedamos todos. Entró Cadícamo, y a mí se me hizo que aquel hombre tenía reflejadas en su rostro toda la poesía y toda la bohemia...


Un señor con mayúsculas. Estuvo alrededor de una hora, en el transcurso de la cual (cuando lo permitía el parloteo tenaz del querido Ante, que como era habitual en él, hablaba hasta por los codos) tuve oportunidad de preguntarle cómo le había surgido la letra; y me respondió que en 1928, en su primer viaje a París y siendo él gran admirador de Paul Verlaine y Rubén Darío (por entonces Cadícamo adscribía al modernismo, a punto tal que un par de años antes había editado en Buenos Aires un libro con poemas suyos que se inscribían claramente en esa tendencia literaria: Canciones grises), nada más llegar, lo primero que hizo fue frecuentar Montmartre y el barrio Latino y relacionarse con los círculos de la bohemia. Y así le llegaron las mentas de Clarisse "Yvonne" Roger, protagonista de aquellos sucesos parisinos de 1893 (click en este enlace para acceder a mi artículo Sarah Brown, la Cleopatra del escándalo).
Alrededor de aquella Yvonne, transmutada en "mamuasel Ivonne", tejió Cadícamo la historia de la "pebeta" que con su "pinta brava de alegre griseta" (griseta -del fr. grisette-: así se les decía en París a las costureras y obreras de la industria del vestido por las ropas grises que usaban, y luego se aplicó el término a las jóvenes de condición social humilde, que llevaban una vida alegre e independiente y ejercían la libertad sexual), "animó la fiesta de Les Quatre Arts" (es decir, el bal des quat'z' arts, que organizaban los estudiantes de Bellas Artes) y que era "la papusa del barrio Latino que supo a los puntos del verso inspirar" (aludiendo a las poesías que por aquel tiempo dedicaron algunos poetas parisinos a las grisettes que fueron procesadas por "escándalo", entre ellas, Yvonne).



Cadícamo decidió reservarle en su poesía un destino de infelicidad a su Ivonne; por eso en la última estrofa nos la pinta cuando ya no es "mamuasel" sino "madam"; cuando "ya nada le queda, ni aquel argentino", y bebiendo su "champán" con "ojos muy tristes" mientras añora su juventud en Francia; a pesar de la pobreza en que vivía ("mistonga florcita de lis"). Julio Sosa, en cambio; se atuvo en su glosa a la historia real de Clarisse Yvonne Roger (quien murió tísica), y entonces nos relató en ella su sino trágico con preliminares de anemia y ojeras violetas
Y a partir de ahora, cuando escuche ese tango, ya sabe usted, querido lector, quiénes fueron las dos Ivonne: aquella honesta y esforzada mujer de una pensión montevideana que fue la musa de Pereyra; y la griseta parisiense, la papusa del barrio Latino que inspiró lo imaginado por Cadícamo.

-Juan Carlos Serqueiros-

Imagen de portada: "Madame Ivonne", cuadro de Jorge González Badiali