domingo, 26 de enero de 2014

EN ROSARIO HASTA LAS PIEDRAS SON RADICALES








































Escribe: Juan Carlos Serqueiros


El "loco" (se refiere a Sarmiento, comillas mías) se nos entregará en cuerpo y alma y nos dará todo lo que le pidamos, inclusive la capital de la República en el Rosario. (Julio A. Roca, en carta de mayo de 1880)

Julio A. Roca dispensaba a Rosario un afecto especial. Desde allí (y también desde Córdoba, alternando su residencia entre ambas ciudades después de su renuncia al cargo de ministro de Guerra) había lanzado y afianzado su candidatura presidencial para el período 1880-1886. A Rosario había vuelto, ya presidente de la Nación, primero en 1882, y su gente lo había colmado de homenajes, y después; el 4 de noviembre de 1883 para inaugurar entre apoteóticos festejos populares el ferrocarril del Oeste santafesino. No pudo hacerla capital de la República por la cerrada oposición de Buenos Aires y los avatares de la política vernácula; pero sin dudas el Zorro quería y distinguía a Rosario, y ésta le correspondía de igual modo.
Y ya en su segunda presidencia, se debió a Roca la concreción de un anhelo muy caro a los rosarinos: el puerto moderno
En 1880 era el de Rosario el primer exportador del país, y resultaba impostergable satisfacer las muchas y variadas necesidades que evidenciaba en materia de infraestructura. Por ello, en 1899 envió al Congreso un proyecto para su construcción y explotación, el cual votado favorablemente, se convirtió en ley n° 3885, que fuera sancionada en diciembre de ese año. Paralelamente, urgió a Emilio Civit, titular del flamante ministerio de Obras Públicas, la realización del dragado que posibilitara el ingreso de buques de ultramar de gran calado, y después; en setiembre de 1901 dispuso el llamado a una licitación internacional en la que resultó gananciosa la propuesta del consorcio francés Hersent et Fils et Schneider et Cie., previéndose para 1902 el inicio de las obras que debían concluirse en un plazo de cinco años, estipulándose que en tres, el nuevo puerto debía comenzar a funcionar.
El 26 de octubre de 1902, a bordo del acorazado Libertad y acompañado de una numerosa comitiva escoltada por 900 efectivos del Ejército y de la Marina de Guerra transportados en los buques Entre RíosEsporaGaviota, Maipú, Patagonia y Patria; el presidente Roca llegó a Rosario para poner la piedra fundamental. Allí lo esperaban: el intendente de la ciudad, Luis Lamas; el gobernador de la provincia de Santa Fe, Rodolfo Freyre, y una multitud estimada por entonces en 30.000 personas (sobre una población total de 115.000 habitantes, podía decirse que toda la ciudad se había volcado a las calles para recibir al primer mandatario de la Nación y asistir a los actos).


Caras y Caretas mostraba a Roca dirigiéndose camino al Rosario conduciendo una silla presidencial con ruedas la cual era esforzadamente empujada por su edecán, el coronel Artemio Gramajo. Y al pie: "¡A dónde llegará su postración / que no puede apearse del sillón".


Luego de la recepción, se pronunciaron los discursos de rigor y se colocó la piedra fundamental. Pero el Zorro que llegaba aquel domingo de 1902 a la pujante y esforzada Rosario profusamente embanderada para la ocasión, no era el mismo de 1880, 1882 y 1883. 
Poco tenía que ver aquel Roca audaz e innovador de la primera presidencia, enemigo acérrimo del mitrismo y lo que éste encarnaba; con el político recocido en el cinismo de la segunda: el del acercamiento a Mitre y el distanciamiento de colaboradores de la talla de Wilde, Magnasco, etc. Los conflictos sociales y las demandas obreras se sucedían, y la ciudad había sido luctuoso escenario de ello: el año anterior, la policía rosarina había matado a un huelguista, y la prédica del anarquismo había encontrado campo fértil entre los estibadores y entre la mayoría de los demás gremios.
Así las cosas, no fue de extrañar un piedrazo arrojado por alguien desde la multitud agolpada al paso de las autoridades que iban hacia el Palacio Municipal, que dirigido contra el landó que llevaba a Roca, fue a dar en el palco oficial. El presidente no le dio trascendencia al hecho, pero después empezó a circular insistentemente la especie de que el Zorro, recordando aquel momento, habría dicho: "En Rosario hasta las piedras son radicales". Caras y Caretas lo ilustró así:


Y no sólo eso, sino que además; la revista no se privó de mencionar a Monges, el sujeto que en 1886 intentó asesinar a Roca (cliquear sobre este ENLACE para acceder a mi artículo "10 de mayo de 1886: Atentado contra el presidente Julio A. Roca"). 
Pero veamos, ¿pronunció efectivamente aquellas palabras el presidente? Rotundamente no. En primer lugar, se trató sólo de una bola echada a rodar, un dicen que Roca dijo, y nada más que eso, un rumor. Y en segundo lugar; Rosario no era (al menos, en 1902) radical, y muchísimo menos al punto de que hasta las piedras lo fuesen. Sea como haya sido, lo concreto es que la cosa no pasó de la anécdota y los actos prosiguieron, ya en el Palacio Municipal, tal como estaban previstos: el intendente Lamas recibió a Roca con un florido discurso, que éste retribuyó a su vez con uno suyo.
Las palabras del Zorro estuvieron dirigidas a ensalzar "la laboriosidad de los rosarinos", y tuvo elogiosos conceptos para "su comercio, su espíritu cosmopolita y su amor al trabajo, que sólo encuentra parecido en la gran República del Norte" (refiriéndose a los Estados Unidos). Y luego, llevado por la oratoria, echó una parrafada acerca de las diferencias que a su juicio existían entre nuestro pasado y el de los yanquis:

Decididamente los genios y hadas que rodearon la cuna de la República de Washington no fueron los mismos que presidieron el advenimiento de las democracias sudamericanas. Los fieros conquistadores cubiertos de hierro que pisaron esta parte de América, con raras nociones de la libertad y del derecho, con fe absoluta en las obras de la fuerza y la violencia, eran muy diferentes de aquellos puritanos que desembarcaron en Plymouth sin más armas que el Evangelio ni otra ambición que la de fundar una nueva Sociedad bajo la ley del amor y la igualdad. De ahí que las repúblicas latinas necesiten mayor suma de perseverancia de juicio y energía para lavar su pecado original, asimilarse las virtudes que no heredaron, formar una nueva educación y constituirse definitivamente.

Caras y Caretas puso el grito en el cielo por lo que reputó como "ofensivo a la numerosa colectividad española y que provocó el rechazo de sus miembros", y consignó que "resulta sugestivo que no fuera rectificado ni por el canciller ni por el presidente, quienes restaron importancia al polémico texto".
Veamos: la versión acerca de los crueles y sanguinarios conquistadores españoles expresada en cualesquiera de sus muchas formas metafóricas, era uno de los tantos mitos de la historiografía mitro-lopista impuesta como oficial, de modo que caerle con todo a Roca por repetir un concepto machacado hasta el hartazgo e instaurado como principio fundacional era, cuanto menos; injusto. Y sin embargo, Caras y Caretas lo hizo. 



Aunque claro, lo que la revista no hizo, fue cuestionar a aquellos que precisamente habían instaurado ese postulado erróneo. Mucho escandalizarse por las palabras de Roca, pero nada de crítica a los libros de Mitre y de López (que en todo caso, debían necesariamente resultarle a la comunidad española muchísimo más ofensivos que ese corto párrafo del discurso del Zorro).
Más allá de esas nimiedades a las que nadie (y Roca menos que nadie) prestó atención, los festejos y celebraciones en Rosario siguieron. Hubo desfiles militares en la plaza 25 de Mayo, y la Asociación Popular Canalización de los Ríos y Puerto del Rosario se encargó de distribuir entre la gente volcada a las calles nueve toneladas de pan y carne. Rosario era una fiesta, y literalmente tiró la casa por la ventana. Si esto no es el pueblo... 



En esta imagen puede verse una postal firmada por Roca aquel día memorable: 


Tres años después de todo esto, en 1905 fue inaugurado el puerto moderno de Rosario, tal como estaba estipulado:


Todo habitante de Rosario era consciente de que su propia suerte y la de la ciudad estaban indisolublemente vinculadas a la del puerto. Y también de que la concreción de ese puerto moderno la debía al presidente Roca. A pesar de algunos defectos que se hicieron perceptibles a poco de concluida su construcción (capacidad de tráfico y tarifas, entre otros) y que plantearon cuestiones nuevas a resolver y sortear; fue sin dudas el basamento de su progreso y grandeza. 
Lo mínimo que debe exigírsenos a quienes gustamos de bucear en nuestro pasado y narrarlo, es que más allá de los criterios que asumamos y las interpretaciones que hagamos; tengamos la honestidad intelectual imprescindible para contar las cosas como fueron en la realidad.
Si de algo estoy seguro, es de que no serán ni Rosario ni los rosarinos quienes se suban a o tiren de, la carroza farisaica de quienes con una visión maniquea, tendenciosa y sesgada de nuestra historia, exigen el sacrificio de ciertas figuras notables de la misma en aras de un declamado revisionismo muy mal entendido y además falso; porque lo que de cierto buscan no es la verdad histórica, sino digitar el futuro a través de la manipulación torpe e inescrupulosa del pasado.

-Juan Carlos Serqueiros-

martes, 21 de enero de 2014

SIN DINERO, A NINGUNA PARTE


















































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Estas vacaciones, ya sea que las pases en el mar, las sierras o en tu casa, son una buena oportunidad para abordar este libro de James Hadley Chase que, te lo aseguro, te deparará algunos buenos y gratos momentos de lectura descomprometida (término este deplorable; porque ¿cómo puede ser "descomprometida" una lectura siendo el de leer un acto que desde el vamos significa un compromiso con el alma?) con los que mitigar un poco los sinsabores que te haya podido dejar el laburo: Sin dinero, a ninguna parte.
Cameron es un escritor que ha conseguido reunir con sus últimos trabajos una buena cantidad de dólares que le permiten alejarse de la fría y nevada Nueva York en busca de las acogedoras playas de Paradise City en la costa de Florida, sitio este caro y elitista. Pero bueno, qué joder..., no tanto como otros que más que exclusivos, son excluyentes; porque al fin de cuentas, como canta el Indio Solari, "Positano es muy chico y jamás va a alcanzar para vos, no va a ser nunca tu paraíso"; así que el amigo Chase, aún siendo un susheta de aquellos, dispuso que su personaje Cameron tenga que "conformarse" con Paradise City el pobre... Un terrible guacho resultó ser este Chase, mire vea.
Y como Cameron siempre anda detrás de alguna historia que pueda transformar en novela con la cual hacer más dólares que le posibiliten seguir escapándole al tornillo neoyorquino, va al Neptune, un antro en el que para uno de los personajes de la fauna local: Barney, autodefinido como el hombre del oído pegado al suelo; una enorme y sucia fábrica ambulante de colesterol capaz de deglutir cantidades industriales de hamburguesas grasientas a las que empuja con hectolitros de cerveza. A cambio de que el bueno de Cameron le garpe la cuenta de lo que lastra y escabia esa noche y de una propina, Barney le cuenta una historia que involucra a: un padre, de oficio punga y su bella y curvilínea hija, mechera ella; un actor caído en desgracia que en sus buenos tiempos supo ser el sucesor de Errol Flynn y un ladronzuelo con escaso número de neuronas en funcionamiento, veleidades de matón e impulsos de asesino; empeñados todos en chorearle a un magnate filatelista ocho estampillas rusas que valen la nada despreciable suma de un millón de dólares y detrás de las cuales también anda, oh, sorpresa, el inefable Tío Sam a través de la CIA.
Y con estos ingredientes y sazonada con el condimento especial del ocio que tenés por delante, ¿te la vas a perder? No, ¿no? Ni ahí. Leela, haceme caso.
¡Y que la disfrutes!

-Juan Carlos Serqueiros- 

domingo, 19 de enero de 2014

BEEMEDOBLEVE




Escribe: Juan Carlos Serqueiros

BEEMEDOBLEVE
(Solari)

Han clausurado las puertas del cielo
y esas cosas no se pueden ocultar
Una crecida arrasa la ribera...
El barro se hace cruel!
Nos viene a sepultar!
Y... por aquí el señor no dio una vuelta
Con lechos fértiles se va la inundación
Qué ancho que es, ay!, el cielo de los nabos!
Al "barrio de los acostados" voy
De que reís! A vos te digo, imbécil!
(Pepa le grita al dealer con gesto inmoral)
A vos te van a merendar mis perros!
Beemedobleve! Con pastatrola y más!
Si lo mejor de lo mejor del amor
Dios siempre se lo quedó para él!
Bocado amargo que nos dejó
en un manzanar
"Muy rara vez ésos gritos funcionan!"
(mientras veo pasar mi muerte
en un lanchón)
Lamento irme... pero estoy contento
Voy a extrañar, seguro, todo el botiquín
Si lo mejor de lo mejor del amor
Dios siempre se lo quedó para él!
Bocado amargo que nos dejó
en un manzanar


Beemedobleve podría ser, como sospecha Marcelo Furtivo, un tal Sergio (personaje tristemente célebre en el mundillo redondo a quien -por suerte, pues me llegaron mentas de que es una merda de tipo- no traté personalmente, incluso en algún momento hasta llegué a pensar que podría ser el buchón que inspiró Murga purga, pero como ignoro si estuvo en cana o no, deseché la idea; pero Marcelo, que lo juna, seguramente tendrá más data sobre el tipejo en cuestión y podrá aportarla si quiere), un boludín que presumía de wailer (quejoso) como de sí mismo decía Bob Marley (es vox populi que Marley se compró un automóvil BMW por las iniciales -que él asimilaba a Bob Marley Wailer- y después lo cambió pues en la práctica no le servía); o bien otro tipo dedicado a actividades non sanctas. 
De todas maneras, no importa mucho saber puntualmente quién es Beemedobleve en la vida real; lo que necesitamos conocer de él, ya lo sabemos, pues está explícito en la letra: se trata de un chabón que oficia de dealer y lo apodan como a esa marca de autos, escrita tal como se popularizó allá por fines de los ochenta y principios de los noventa.
El escenario donde ocurre todo es la Isla Paulino en Berisso (lo más probable; porque el Indio iba ahí en esas excursiones en las que Deborah VIP mi fiel enamorada cargaba sangría en termos de telgopor) o quizá Ensenada. De todos modos, lo importante es saber que la acción transcurre en la zona ribereña platense, un sitio inundable; el lugar exacto es irrelevante.
“Han clausurado las puertas del cielo / y esas cosas no se pueden ocultar”. Alusión metafórica de doble sentido: al agnosticismo de Solari, porque el que clausuró las puertas del cielo es Dios, que no debe ser tan bueno como dicen si impide el acceso al cielo; y a la injusticia social, a la marginalidad, a esos barrios desangelados, damnificados por el flagelo de las inundaciones, sin que el poder de turno haga nada para remediar y menos prevenir tal catástrofe (“Una crecida arrasa la ribera... / El barro se hace cruel! / Nos viene a sepultar! / Y... por aquí el señor no dio una vuelta"); rematada con una evocación al Nilo, que tras la creciente, al retirarse sus aguas, dejaba el limo en el que los antiguos egipcios desarrollaban sus cultivos ("Con lechos fértiles se va la inundación”).
“Qué ancho que es, ay!, el cielo de los nabos! / Al ‘barrio de los acostados’ voy”: El cielo de los nabos (donde el Indio situó oportuna y acertadamente al payasesco Polimeni) es el limbo en el que viven muchos de pelotuditos que andan dando vueltas, y que es muy ancho, tanto, que puede albergar a infinidad de ellos; y el barrio de los acostados es una forma metafórica de referirse a un cementerio en particular: el Montesacro en Medellín, Colombia, donde está la tumba de Pablo Escobar Gaviria (en obvia alusión al tráfico de drogas que viene a continuación, como veremos).
“De qué reís! A vos te digo, imbécil! / (Pepa le grita al dealer con gesto inmoral) / A vos te van a merendar mis perros! / Beemedobleve! Con pastatrola y más!”: Bueno, el "grito" al dealer de Pepa es un soliloquio; se trata de una imprecación, un insulto imaginario, del último al primero (porque Pepa es un chabón, no una mujer, ¿se acuerdan de la Chanchita Rivera?, bueno, algo similar; Pepa es un tipo al cual apodan así por su adicción al ácido lisérgico). Pepa es cliente (y sub dealer) de Beemedobleve, al que le compró una buena cantidad y variedad de drogas tanto para consumo personal como para revender; pero resulta que vino la inundación y le llevó todo, y encima, por la catástrofe Beemedobleve no puede ir a reponerle lo que perdió, y por eso Pepa está con el mono (síndrome de abstinencia) y a las puteadas contra él, a quien imagina riéndose de su situación y lo amenaza (también en su imaginación) con ese “a vos te van a merendar mis perros… con pastatrola y más!”. Pepa fantasea con que cuando aparezca de nuevo Beemedobleve, le va a tirar encima a sus perros para que lo muerdan y le va a hacer tragar -aquí apela el Indio a un neologismo que suena fonéticamente parecido a la popular pasta frola- pastatrola, o sea, pasta puta, pasta base, paco; o quizá una "pasta" (pastilla) del ácido lisérgico que le vendió.
“Muy rara vez ésos gritos funcionan!’ / (mientras veo pasar mi muerte / en un lanchón) / Lamento irme... pero estoy contento / Voy a extrañar, seguro, todo el botiquín”: Pepa piensa, resignadamente, que todas las puteadas que le echó imaginariamente a Beemedobleve no sirven de nada, son sólo un pobre consuelo a su desesperación, una forma de desahogarse y nada más ("Muy rara vez ésos gritos funcionan!"). Y mientras va en el lanchón de la prefectura que lo rescató de la inundación, “ve pasar su muerte”, es decir, lamenta todo lo que perdió, se siente vacío, muerto. Y filosóficamente dice para sí que “va a extrañar todo el botiquín”, o sea, todas las drogas que perdió en la inundación.
“Si lo mejor de lo mejor del amor / Dios siempre se lo quedó para él! / Bocado amargo que nos dejó / en un manzanar”. La canción se cierra con una muletilla: para Pepa, la culpa la tiene Dios, que nos echó del Paraíso Terrenal cuando mordimos la manzana y se guardó para sí solo “lo mejor de lo mejor del amor”, es decir, el disfrute, el goce.
Pobre Pepa, che... le pasan todas...

-Juan Carlos Serqueiros-

viernes, 17 de enero de 2014

EL PALOMAR: TIERRAS, COIMAS Y AMORES CLANDESTINOS







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Yo le había tomado declaración a Guillot... Estaba muy nervioso, y por lo que dijo, saqué en conclusión que nunca antes había intervenido en un asunto sucio, que ésa era la primera vez y por eso se había pisado... (Vicente Solano Lima)

En 1934, siendo presidente de la Nación el general Agustín P. Justo, dos hermanas, María Antonia y María Luisa Pereyra Iraola, casadas con dos hermanos de apellido Herrera Vegas, ofrecieron en venta al ministerio de Guerra 227 hectáreas que poseían en El Palomar de Caseros, en tierras linderas con el Colegio Militar, a razón de $ 1 el metro cuadrado. La Dirección General de Ingenieros del Ejército Argentino las tasó a $ 0,19 y las dueñas no aceptaron vender a ese precio. Como eran de familia "notable", movieron influencias con el objeto de convencer al ministerio de elevarlo, pero sin resultado; ante lo cual tres años después, a fines de diciembre de 1937 (en setiembre, en elecciones tildadas de fraudulentas, había sido electo presidente el candidato de Justo, el radical Roberto M. Ortiz) comunicaron que retiraban el ofrecimiento de venta.
Era un farol. En realidad, el 22 de diciembre las señoras Herrera Vegas habían convenido con un sujeto llamado Néstor Luis Casás, que sería éste quien vendería las tierras al ministerio en un plazo máximo de 120 días, pagándoles a las propietarias a razón de $ 0,65 por metro cuadrado y quedándose con todo el importe que por encima de ese valor obtuviese. 
Casás actuaba a través de su apoderado, un tal Jacinto Baldassarre Torres, de "profesión" lobbysta y de estrecha relación de amistad con el general Alonso Baldrich, quien le gestionó una audiencia con el ministro de Guerra, general Basilio Pertiné, en la cual le reiteró a éste la oferta de venta de las tierras. Había que apurar el trámite porque en dos meses, el 20 de febrero de 1938, Justo debía ponerle la banda presidencial a Ortiz. Pertiné dijo que la cuestión le interesaba, pero que su ministerio no tenía los fondos suficientes, y Baldassarre le preguntó si compraría los terrenos en el caso de que el Congreso de la Nación dispusiera una partida especial en el próximo presupuesto, a lo cual Pertiné respondió: "Ah, entonces sí, encantado".
Baldassarre fue a verlo al presidente de la comisión de presupuesto de la Cámara de Diputados,  Gregorio Raúl Godoy (conservador), le planteó el negocio, y éste entró en el enjuague. La ley de Presupuesto Nacional para el Ejercicio 1938, que incluía en su artículo 27 una partida especial para la adquisición de las tierras de El Palomar a razón de... ¡un precio "no mayor" a $ 1,10 el metro cuadrado! (que Baldassarre consiguió sobornando al presidente -también conservador- de la Cámara: Juan Gaudencio Kaiser), se aprobó el 27 de enero, y el Ejecutivo (Justo) la promulgó el 8 de febrero. Ya no tenían tiempo Baldassarre y su mandante Casás para concretar la "operación" antes del cambio de gobierno que se produciría el 20 de ese mes.
Al asumir la presidencia de la Nación, Roberto M. Ortiz designó ministro de Guerra al general Carlos Márquez, y sería con éste con quien debió proseguir Baldassarre las gestiones, que insumieron todo el resto del año 1938 (costó que el presidente Ortiz -que le sintió un tufillo feo al asunto-  autorizara la compra de los terrenos, lo cual hizo recién el 31 de diciembre de 1938 mediante el decreto N° 21.583 -a pesar de la desconfianza que sentía-, y también, al renovarse autoridades en la Cámara; tuvo Baldassarre que "untar" a las nuevas, esta vez, radicales). Y a través del decreto N° 26.643 del 22 de marzo, suscripto por el presidente Ortiz en acuerdo de ministros, se aprobó la compra. 
El 24 de abril se labraron en el Banco Central tres escrituras: una, del Banco Nación sucursal La Plata por la cancelación de la deuda hipotecaria que las señoras de Herrera Vegas mantenían con dicha entidad; otra, de éstas vendiendo las tierras a Casás a $ 0,65 por metro cuadrado; y otra, de Casás transfiriéndolas al ministerio de Guerra a $ 1,10 el metro cuadrado. En el colmo de la desvergüenza, los pagos (que se hicieron en títulos numerados de la deuda pública) se realizaron invirtiendo el orden en el que se habían confeccionado las escrituras: primero, el Estado le pagó a Casás $ 2.450.303; luego, éste pagó a las señoras de Herrera Vegas $ 1.447.906; y por último, éstas pagaron al Banco Nación $ 723.953.
Así las cosas, en ese negociado Casás se hizo una "pequeña" diferencia de... ¡$ 1.002.397! a costa del Estado.
Y el affaire habría permanecido ignorado por la opinión pública si no se hubiesen despertado los "remordimientos de conciencia cívica" en el presidente Ortiz: llegado al gobierno de la mano de Justo y a través del fraude, paradojalmente estaba empeñado en terminar con el mismo; entonces dispuso, el 7 de marzo de 1940, la intervención a la provincia de Buenos Aires, que estaba gobernada por Manuel Fresco, quien en comicios amañados había impuesto para que lo sucediera en el cargo a Alberto Barceló, el caudillo conservador de Avellaneda.
Fresco conocía al dedillo el negociado de las tierras de El Palomar. Profundamente resentido con Ortiz, hizo una reseña con los antecedentes del caso y se la dio al periodista José Luis Torres, del semanario Ahora. Éste publicó la cuestión en la revista, y además; el 16 de mayo fue al Congreso a ver a su amigo, el senador por Jujuy Benjamín Villafañe, y le expuso el asunto. El senador preguntó a Torres, según propias palabras de éste, "si tenía coraje para denunciarlo en el Senado". Torres contestó afirmativamente, y ese mismo día, Villafañe pidió la palabra en la cámara, y luego de detallar la trama del negociado, solicitó que se nombrara una comisión investigadora. El doctor Ramón A. Castillo -que además de ser escrupulosamente honrado, era un habilísimo político (ver en este ENLACE mi artículo Lo salvaba la hermosa condición de la austeridad)-, que en su carácter de vicepresidente de la Nación presidía el Senado, fue autorizado por la alta Cámara para elegir a quienes la integrarían, lo cual hizo al día siguiente, designando a los senadores Alfredo Palacios (por Buenos Aires, socialista), Gilberto Suárez Lago (por Mendoza, conservador) y Eduardo Laurencena (por Entre Ríos, radical).
Tanto y tan concienzudamente trabajaron, que a los pocos días, nomás, ya tenían esclarecido quiénes habían tenido participación en el negociado -entre los que estaba un ex diputado radical emparentado con Laurencena, por lo cual éste debió apartarse de la comisión; siendo reemplazado por el senador (por La Rioja, socialista independiente) Héctor González Iramain)-.
El 8 de agosto de 1940, la comisión anunció que había concluido su investigación, y el 19 de ese mes se trató en el recinto su despacho. El mismo especificaba que la venta de las tierras de El Palomar había sido una operación dolosa en perjuicio del Estado, de la cual habían participado el ministro de Guerra, Carlos Márquez; y el presidente de la Contaduría General de la Nación, Mario de Tezanos Pinto, y que estaban incursos en el delito de cohecho y/o negociaciones incompatibles con la función pública los siguientes diputados y funcionarios:

Juan Gaudencio Kaiser, ex presidente de la Honorable Cámara de Diputados, con 137.000 títulos, que liquidados le produjeron $ 126.925,18;  Gregorio Raúl Godoy, ex presidente de la Comisión de Presupuesto y Hacienda de la Honorable Cámara de Diputados, con 177.000 títulos y, además, con $ 140.689,26 en un cheque de Jacinto Baldassarre Torres;  Miguel Aguirrezabala, con 30.000 títulos, los que vendidos le produjeron $ 25.373,85; José Guillermo Bertotto y Víctor Juan Guillot -actual presidente de la Comisión de Presupuesto y Hacienda de la Honorable Cámara de Diputados-, con 15.000 títulos que llevan juntos el 26 de abril de 1939 al Banco Español del Río de la Plata Limitado, a cuyo gerente general, Eduardo Grané, pidieron que se vendan en plaza sin consignar el nombre del vendedor, razón por la cual aparece en el libro rubricado del comisionista oficial de bolsa señor Manuel Fernández Rivas, como vendidos por “Eduardo García”, nombre supuesto de persona inexistente -el producido de dichos títulos, $ 12.612,48, lo recibió el diputado Bertotto el día siguiente, de manos del señor Grané-; Franklin Fernández Lusbín, empleado de Obras Sanitarias de la Nación hasta el 27 de marzo de 1939 y Agustín Marcelo Echevarrieta, empleado de la Honorable Cámara de Diputados y ex secretario del presidente de la Comisión de Presupuesto y Hacienda Gregorio Raúl Godoy, que recibieron de Baldassarre Torres en títulos la suma de $ 167.500 y $ 10.100, respectivamente; y el general (R) Alonso Baldrich, que recibió de Baldassarre Torres 10.600 títulos, los que vendidos le produjeron $ 8.871,39.

Al día siguiente de conocerse los nombres de los involucrados, el escándalo era el tema obligado de todos los corrillos. El 22 de agosto, el presidente Roberto M. Ortiz - que el 5 de julio había delegado por enfermedad (era diabético y se estaba quedando ciego) el gobierno en el vice Castillo, pero provisionalmente; con lo cual éste se veía obligado a mantener la composición del gabinete sin poder elegir sus propios ministros-, envió su renuncia a la Asamblea Legislativa, señalando que se sentía "implicado" por la investigación del Senado (a la cual atribuyó una "finalidad política"), defendiendo a su ministro Márquez (a quien los diarios nacionalistas llamaban Palomárquez) y deplorando que "no se haya profundizado más la investigación, a fin de poner en descubierto las raíces mismas del negociado". En realidad, ni Ortiz ni Márquez habían recibido coimas, pero sin duda procedieron con una negligencia atroz; debieron impedir la consumación del negociado (que ambos sospechaban) y no lo hicieron. Ortiz estaba convencido de que en el enjuague andaba el ex presidente de Obras Sanitarias, Domingo Selva, de quien Fernández Lusbín (que había sido su secretario) vendría a ser un testaferro, y así se lo dijo a Suárez Lago, quien estaba acompañado en esa oportunidad por Robustiano Patrón Costas (pero en la investigación, por más que se puso el foco sobre Selva; no se encontró indicio alguno de su participación).
El 23 de agosto uno de los diputados radicales que habían sido coimeados, Víctor Juan Guillot, se suicidó disparándose en el corazón. Luego se sabría que de los 15.000 títulos que había percibido junto a José Guillermo Bertotto, él no había tocado un centavo; pero sí su amante -con la cual había tenido dos hijos-, que bajo el nombre ficticio de Ana Gómez, había cobrado 35.000.
Mientras tanto, las gentes en las calles discutían en favor del Eje o de los Aliados y las manifestaciones se sucedían. Desde la noche del 22, los jefes militares adictos a Márquez preparaban una revuelta con el objetivo de moralizar la política, tendiente a sostener a Ortiz en la presidencia, secuestrar al vice Castillo y abonar el terreno para la próxima candidatura del ministro de Guerra. El ex presidente Agustín P. Justo, negociando oculta y trabajosamente, pudo frenar el golpe comprometiéndose a lograr la renuncia de todo el gabinete a fin de que Castillo pudiese conformar otro, que Ortiz fuese mantenido nominalmente en la presidencia, que éste y Márquez salieran indemnes del escándalo de las tierras de El Palomar, y sobre todo; que no prosiguiera la investigación. Consiguió -lamentablemente, en mi opinión- sus propósitos.
El sábado 24 de agosto la Asamblea Legislativa rechazó la renuncia de Ortiz por 170 votos contra 1 (del senador por Buenos Aires Matías Sánchez Sorondo, conservador). Nota: no he tenido a la vista el detalle de los votos de cada uno de los integrantes de la Asamblea Legislativa, pero me extrañaría que el senador Benjamín Villafañe hubiera asentido a la permanencia de Ortiz en la presidencia, después de haber sido él mismo el denunciante del negociado. Si alguien tiene el documento y la deferencia de acercármelo, aunque más no sea en formato electrónico, lo agradeceré muchísimo.
El 26 de agosto la Cámara de Diputados dispuso que el expediente con la causa contra Guillot fuera archivado por la trágica desaparición del inculpado. El 29 separó a José Guillermo Bertotto, y (una de cal y otra de arena) el 5 de setiembre rechazó, por 69 votos a 27, el pedido de juicio político al ministro Márquez.
Girados los antecedentes del caso a la justicia ordinaria, el 7 de abril de 1945 fueron condenados: Aguirrezabala, Bertotto y Fernández Lusbín a cinco años de prisión e inhabilitación perpetua; Baldassarre Torres y Casás a cinco años de prisión e inhabilitación por nueve años; Godoy y Kaiser a seis años de prisión e inhabilitación perpetua. Aguirrezabala, Bertotto, Kaiser (que en 1947 serían indultados por el presidente Perón) y Fernández Lusbín, huyeron al Uruguay; Baldassarre Torres, Casás y Godoy, fueron a dar con sus huesos en la cárcel.
Nunca pudo saberse la verdadera identidad de Ana Gómez ni establecerse su paradero. Pero "nunca" oficialmente, quiero decir; porque extraoficialmente trascendió que era hija de un ex diputado radical. Sin dudas, hubo un pacto de silencio al respecto, porque de otro modo no se explica que habiendo indicios sobre quién podía ser; no se la hubiese puesto frente al empleado del Banco Español "que la recuerda perfectamente", según declaró a la comisión investigadora el perito técnico-contador doctor Mauricio E. Greffier.
"¿Y la mosca? No se sabe, / el Estado la perdió; / el preso sale a la calle / y se acabó la función." (Bartolomé Hidalgo-Alfredo Zitarrosa, La ley es tela de araña).

-Juan Carlos Serqueiros-

jueves, 26 de diciembre de 2013

EL CULO PAGA LOS CHEQUES QUE EMITE LA LENGUA














































Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Cuando en 1898 llegó a la presidencia por segunda vez, Julio A. Roca confiaba en que  podía intentar algo que lo alejara de su condición de blanco predilecto de los dardos ponzoñosos del diario La Nación. Ese algo sería su acercamiento a Mitre. Por supuesto, no entraba en sus cálculos pagar un precio oneroso por el galanteo. No iba a casarse con Mitre sino que, conocedor de los puntos que éste calzaba: venal, fatuo, pobre de espíritu y sensible a los elogios; iba a convenir con él en una suerte de entendimiento pour la gallerie y nada más. Al Tísico lo contentaría con las exterioridades: le daría unos cuantos abalorios, mucho bla bla bla "consultándolo sobre asuntos centrales para la República", y listo.
Si bien logró (otra vez y van...) engatusar a Mitre, voluble y farisaico; las cosas no resultarían como Roca las había planeado; porque olvidó lo que él mismo sabía: que el mitrismo era algo que excedía a Mitre; una manera (sectaria, centralista, oligárquica y extranjerizante) de sentir y entender el país.
Roca, por si las moscas, llevó al ministerio de Justicia e Instrucción Pública a Osvaldo Magnasco, quien había tenido una resonante actuación en el congreso (ver en este ENLACE mi artículo Los espadachines de la elocuencia) y que era odiado por Mitre y el mitrismo.
Entrerriano de Gualeguaychú (n. 04.07.1864) e hijo de un inmigrante italiano capitán de marina garibaldino en su tierra y mitrista en la nuestra; Magnasco, personalidad destacada del autonomismo, era por mérito propio a la vez un erudito jurista, un eximio orador, un concienzudo periodista, un sesudo y perspicaz congresista y un temible polemista.
Políglota desde la adolescencia, al doctorarse en Derecho su tesis versó sobre L'Uomo delinquente, del italiano Cesare Lombroso, con el cual llegó a polemizar en los diarios. Mitre quiso captarlo para su partido apadrinando su tesis; pero Magnasco rechazó incorporarse al mitrismo y fue aún más allá: cuando Mitre publicó sus traducciones de La Divina Comedia, de Dante Alighieri y de las Odas, de Horacio; Magnasco, que era experto en latín e italiano, las criticó acerbamente resaltando que estaban plagadas de errores. 
Era un intelectual, pero llegó a ser un inteligente. Su carácter, nada afecto a ser ista de otros, lo hizo dejar de lado los dogmas y lo aprendido, y cavilando sobre la patria y sus problemas; atinó a comprenderla y diseñó desde sus propios cerebro y corazón las soluciones que para él demandaba el drama nacional. No lo encandilaron las "luces del progreso" que Mitre se empeñaba en ver en el capital extranjero que se iba quedando con el país todo, y fue el primero de los argentinos en percibir lo gravoso de las trampas de los ferrocarriles ingleses y denunciarlas. Se dió cuenta también del peligro que representaba el intento de avasallar las provincias -tal como habían hecho a su turno Mitre en su presidencia y Sarmiento en la suya-, en este caso, Santiago del Estero cuyo gobernador (Absalón Ibarra, autonomista) había sido derrocado por una revuelta, y el ministro del Interior del presidente Luis Sáenz Peña (Manuel Quintana, mitrista) quería el gobierno para su partido; y al respecto alzó su voz en el congreso:

Porque lo que se está perfilando, y mucho me temo que suceda, es que los hombres arrastrados por corrientes históricas conocidas -y quiera Dios que me equivoque- levanten de nuevo aquella vieja tendencia de otros tiempos que tantos dolores nos costaron: el gobierno de Buenos Aires sobre las catorce provincias.

Eran las suyas alusiones indisimuladas y directas al mitrismo que, obviamente, lo odiaba como también lo odiaba el Tísico por haberlo desairado y criticado.
Ni bien recibido de su cargo de ministro, Magnasco impulsó reformas en el Poder Judicial de manera de modernizarlo simplificando fueros y agilizando trámites en lo penal; y también organizó la justicia militar con los Consejos de Guerra y el Tribunal Supremo.  
Pero su gran desvelo era la educación, acerca de cuya realidad había meditado mucho. A poco de instalado en el ministerio nombró Director Técnico del Departamento Industrial (que funcionaba por entonces en un anexo de la Escuela Nacional de Comercio) al ingeniero Otto Krause, y al año siguiente lo designó director de la primera Escuela Industrial de la Nación, cuya creación había dispuesto.
Magnasco creía que así como a Roca le había correspondido ser el fundador del estado moderno; le tocaba ahora en su segunda presidencia coronar su obra sentando las bases para la enseñanza moderna que acabaría con la situación de atraso de las provincias dotando a sus industrias de los técnicos que requería el desarrollo de las mismas. El Zorro, que solía jactarse de su federalismo ("usted sabe que tengo mis ribetes de federal", había escrito en 1876 a Juárez Celman), encomió sus ideas y lo alentó a ponerlas en planta; y el 31 de mayo de 1899 el ministro envió al congreso su Proyecto de Ley de Enseñanza General y Universitaria que combinaba elementos del positivismo en boga con otros del utilitarismo, con el objeto de "imprimir a la enseñanza las direcciones prácticas que el problema de la educación y la índole de nuestro país exigen", poniendo a los argentinos "en aptitud de enfrentar la realidad con sentido práctico" y estipulando "desechar del plan todo conocimiento abstracto cuyas virtudes de aplicación no sean una necesidad bien comprobada".
De inmediato, los mitristas (y algunos roquistas también, dicho sea de paso) hicieron sonar el clarín de guerra contra el proyecto. Transcurrido un año de debates, el mismo seguía "en estudio" y Magnasco creyó conveniente apurar las cosas. Así, remitió al congreso, encareciendo su urgente tratamiento, otro de reforma de la enseñanza secundaria para "subsanar las graves deficiencias que hoy presenta bajo el punto de vista de su utilidad individual y colectiva inmediata", como especificó en su mensaje.
La educación impartida en los colegios nacionales de Mitre, creados "para formar una minoría enérgica e ilustrada" y "para que la barbarie no nos venza"; y en las escuelas normales de Sarmiento, ideadas "para que las montoneras no se levanten", estaba demostrando con creces ser inadecuada. La enseñanza enciclopédica y universalista distaba mucho de producir una clase dirigente con virtud política, sentido nacional y percepción cabal de las problemáticas regionales. Podía generar doctorcitos capaces de perorar brillantemente hasta en latín, pero que divorciados de su historia y su tiempo no atinaban a gobernar con eficacia ni a legislar con sabiduría inmersos como estaban en un universalismo abstracto y ajenos a la realidad que los circundaba; eran -como diría el Capitán Nemo de Julio Verne- "sabios que en realidad no saben nada".
Magnasco proyectaba reemplazar ese sistema por uno que llamó de institutos prácticos, esto es, establecimientos descentralizados en los cuales se impartiría en todo el país enseñanza con programas ajustados a las características geoeconómicas de cada provin­cia, reduciendo los aspectos humanísticos de la educación a aquellos que resultasen imprescindibles. Planeaba financiar su proyecto mediante la supresión de los colegios nacionales (preveía dejar sólo seis ubicados en Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Mendoza, Tucumán y Concepción del Uruguay), destinando los recursos con que hasta allí se venía sosteniendo a los que desaparecerían; a los nuevos  "institutos prácticos de artes y oficios, agricultura, minas, industria, comercio, etc., según las peculiaridades de cada localidad y previo informe del correspondiente gobierno de provincia".
Se topó con un cerrado rechazo. Fogoneados desde el diario La Nación, los mitristas con Emilio Gouchón ("cívico" devenido después en radical) a la cabeza, diputado por Entre Ríos; y los autonomistas Juan Balestra, diputado por Corrientes y el normalista Alejandro Carbó, diputado por Entre Ríos y miembro informante de la comisión; fueron los más enconados opositores al proyecto. Caras y Caretas se sumó a los detractores: en la tapa de su edición del 16 de marzo de 1901, caricaturizaba a Magnasco y lo acusaba de haber plagiado las ideas del pedagogo francés Edmond Demolins. 
En el Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados puede seguirse la discusión: Carbó y Gouchón, con su impronta anticlerical, sostuvieron un verdadero disparate alegando el primero que "lo que se quería era enjesuitar (sic) la enseñanza", y el segundo que si la nación dejaba la educación en manos de las provincias, éstas, "de exiguos recursos, la entregarían a las congregaciones religiosas" (?). La imagen que ilustra este artículo corresponde a la tapa de la revista Caras y Caretas en su edición del 29 de setiembre de 1900, y en ella podemos apreciar cómo, con fino y perspicaz humor, se describía la situación: bajo el título "PRO-ENSEÑANZA" aparecen caricaturizados Magnasco, Carbó y Balestra tirando todos a la vez de un educando; más atrás un clérigo sonriente, sin intervenir en la disputa y esperando quedarse con el "botín"; y al pie estos versos: "En la reñida querella / sobre quién ha de formar / el elemento escolar / el que no figura en ella / es quien se va a aprovechar". 
Carbó llegó incluso a tachar de "antidemocrático" al proyecto argumentando que el cierre de los colegios nacionales ¡privaría a las provincias de la formación de élites!, de "ciudadanos capaces de dirigir las masas y enseñarles su deber" (sic).
Así las cosas y en un clima enrarecido, las presiones sobre Magnasco eran tremendas, y éste, que no era de los que se amilanan, declaró que "ninguna extorsión lo haría renunciar". La Nación, cual libelo infame, ultrapasó todo límite y cayó en el agravio personal y la difamación iniciando una campaña de desprestigio en contra del ministro, llegando a instigar manifestaciones públicas destinadas incluso a agredirlo físicamente y publicando una denuncia de Gouchón (¿cochon?) acusando a Magnasco de hacerse fabricar por los presos de la cárcel algunos muebles para su uso personal. Hasta Caras y Caretas se hizo eco de esa acusación infundada en su edición del 29 de junio de 1901, caricaturizando a Magnasco cayéndose de una silla a la que se le rompe la pata y diciendo: "-¡Pucha, qué muebles frágiles! ¡Y yo que creí haber hecho una pichincha!...!".
Al ministro le fue sencillo demostrar que se trataba de una patraña urdida en su contra por Mitre y Gouchón con la complicidad del director de la cárcel; un sujeto de baja estofa a quien había hecho sumariar por corrupto e inepto antes de exonerarlo de su cargo (a quienes les interese ahondar en el tema, me permito recomendarles la lectura del libro de Horacio Domingorena Osvaldo Magnasco, el mejor parlamentario argentino).
A todo esto, el 26 de junio de 1901 Mitre cumplía 80 años y se le habían preparado fastuosos homenajes en el congreso para su jubileo. Magnasco, que tenía de él una pobre opinión y que era, como dije, un temible polemista capaz de utilizar sus dotes oratorias como estiletazos de letal ironía, hizo una alusión al Divus Bartolus. Y no tuvo empacho alguno en repetírsela en la cara a Mitre. Dirigiéndose a él, le dijo en el congreso, donde se realizaba el homenaje a quien la tilinguería había convertido en prócer en vida:

Quizás haya llegado a oídos del señor general mi desafecto por la ceremonia de su deificación. Quizás, señor, yo profeso principios republicanos, por lo menos trato de ajustar a ellos mi conducta. Puede que haya también llegado a sus oídos mi frase acaso festiva -que me debía disculpar y que puedo repetir porque no ha­blo en nombre del poder Ejecutivo: Después de la ceremonia ten­dremos que llamarlo como a los emperadores romanos Divus Aurelius, Divi Fratres Antonii, Divus Bartolus.

En buen criollo, le estaba diciendo: "No comparto la iniciativa de los imbéciles obsecuentes que lo endiosan, porque a diferencia suya; yo sí soy republicano de verdad. La frase que pronuncié sobre usted fue humorística y así debió tomarla; pero estoy aquí a título personal y no como ministro, y como hombre no tengo ningún problema en repetirla y sostenerla: Divus Bartolus".
El diario La Prensa publicó que Mitre, demudado, dijo a sus secuaces al retirarse del acto: "Ese Magnasco es hombre muerto".
¡Escándalo! ¿Pero quién se creía que era ese tanito, ese provincianito, para inferir semejante ofensa al ilustre patricio de la calle San Martín, a la primera figura de la República, al ídolo de la juventud porteña? ¡Inaudito! ¡Habráse visto tamaño descaro!
Roca, en el marco de su acercamiento a Mitre, no sólo no sostuvo ni apoyó a su ministro; sino que además le "aceptó la renuncia" el 1 de julio. Era echarlo a las fieras, porque ni siquiera tuvo el Zorro con Magnasco la precaución de tenderle un manto que lo protegiera del escarnio mitrista como sí lo había hecho con Eduardo Wilde (que también era objeto del odio de Mitre y otra de las víctimas que Roca sacrificó en su altar) cuando lo mandó al extranjero nombrándolo ministro plenipotenciario luego de sacarlo de la dirección del Departamento Nacional de Higiene, sustrayéndolo así a los ataques y las venganzas del Tísico (ver en este ENLACE mi artículo ¿Política, sexo y cuernos o amor al poder?).
Decepcionado, Magnasco renunció también a su cátedra en la universidad y se retiró de la política para siempre. No quiso volver a ella ni cuando años después le ofrecieron una candidatura a diputado y ni siquiera cuando el presidente Roque Sáenz Peña (que siempre lo valoró en alto grado) quiso que fuera ministro suyo. Se dedicó -latinista extraordinario como era- a traducir a los clásicos y publicar textos jurídicos de su autoría. Falleció en Temperley, provincia de Buenos Aires, el 4 de mayo de 1920 con apenas 56 años, sumido en el más ingrato e injusto de los olvidos. Tengo por seguro que murió de pena.
¿Por la suerte corrida por el proyecto me pregunta, estimado lector? Fue rechazado por 53 votos por la negativa, contra 30 por la afirmativa.
¿Y La Nación? Le cuento: a la muerte de Magnasco, ese diarucho, que nunca olvida supuestos agravios, publicó un obituario "recordándolo" con alusiones a su "inmesura", su "soberbia" y su "embriaguez mental", y aseverando que "las victorias duraderas sólo son de los metódicos y de los modestos" (o sea, Mitre). No ha cambiado nada; sigue, so pretexto de "tribuna de doctrina" como la calificó su fundador, siendo el mismo pasquín oligarca de siempre. 
Con justeza Homero Manzi le enrostró a Ignacio Anzoátegui: "Usted se ha metido con todos los próceres; menos con el que se dejó un diario de guardaespaldas". Y claro, es que por desgracia no hemos tenido muchos magnascos dispuestos a pagar con el culo los cheques que emite la lengua. Y sin embargo, a esos nos damos el lujo los argentinos de despreciarlos y olvidarlos.
Es como dice don José Larralde: "Qué le va a hacer amigo... / Usté está solo, / pero no olvide que Dios es argentino; / aguántese muy macho su destino / o hágase trolo".

-Juan Carlos Serqueiros-

sábado, 14 de diciembre de 2013

LOS ESPADACHINES DE LA ELOCUENCIA






















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Como Ovidio puedo decir sin ninguna emulación al verlo pasear al señor diputado por el hermoso camino de la elocuencia: ya mis sienes comienzan a cubrirse con el color de las plumas del cisne y la alba vejez tiñe mis cabellos. (Lucio Vicente López, ministro del Interior, al diputado Osvaldo Magnasco, Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados del Congreso de la Nación, 14 de julio de 1893)

Para 1893 el gobierno del presidente Luis Sáenz Peña tenía serios problemas. Decididamente, algo en él no andaba.
El fermento revolucionario radical no había cesado -por lo contrario- con el fracaso de la revolución proyectada para el 3 de abril del año anterior (ver en este ENLACE mi artículo Yrigoyen contra Irigoyen). El país entero era un polvorín y Luis Sáenz Peña quería renunciar. Pero los autores del acuerdo entre cívicos y autonomistas (Pellegrini, Roca y Mitre) pensaban que no era el caso. Reunidos los tres con el presidente, el primero de ellos le sugirió llamar a Aristóbulo del Valle a formar un gabinete que sacara al gobierno adelante, consejo este que fue admitido por Luis Sáenz Peña. Era un modo (erróneo como quedaría a poco demostrado; porque equivalía a juntar el aceite con el agua) de conciliar el criterio esencialmente conservador del presidente, nada proclive a las mudanzas y sacudones, con la demanda popular de elecciones libres que expresaba el radicalismo. Previsiblemente, la cosa no podía funcionar y en efecto, no funcionó. Veamos:
Del Valle instaló a su amigo Lucio Vicente López (hijo de Vicente Fidel López y nieto de Vicente López y Planes, autor de nuestro himno nacional) en el ministerio del Interior, y se puso él mismo en el ministerio de Guerra. Proyectaba así hacer una revolución... pero sin revolución (por eso se la llamó la revolución desde arriba, o sea, desde el poder mismo). Pensaba que volteando los gobiernos provinciales que eran el origen y sostén de autonomistas y cívicos, es decir, roquistas-pellegrinistas y mitristas, y llamando a elecciones limpias; la agitación política se calmaría, el gobierno saldría adelante, el respeto a la constitución y las formas se guardaría, los radicales abandonarían la vía revolucionaria y todo el mundo contento...
Se tenía fe y confiaba en sus extraordinarias oratoria y elocuencia (que eran sin duda magistrales) para persuadir a quienes en el congreso se mostraran reacios. Por supuesto, no creía posible convencer a Roca y los gobernadores afectos a éste, pero pensaba que desarmando a las provincias, las situaciones -como se las llamaba- cederían a los movimientos populares, y al Zorro, privado así de apoyo; no le quedaría más remedio que resignarse.
Por eso, a instancias suyas, el ejecutivo nacional en acuerdo de ministros elaboró un decreto que disponía el desarme de los cuerpos militares de la provincia de Buenos Aires (obviamente, con el indisimulable propósito de dejar inerme al gobernador Julio Costa frente a la revolución radical que sin dudas estallaría).
El asunto empezó para el gobierno nacional bajo los mejores auspicios: al revés de lo que se presumía, el congreso aprobó el decreto el 10 de julio, tanto en diputados como en senadores. Y cuatro días más tarde el ministro del interior Lucio Vicente López, interpelado por el diputado roquista Osvaldo Magnasco (y presten atención a éste, ya verán por qué), concluyó abrazándose, luego de intercambiarse floridas frases, con el legislador de la oposición ante la cerrada ovación del público que asistía al debate. El 23 de julio hubo elecciones en Buenos Aires para senador nacional, y garantizada la limpieza de las mismas por el gobierno, que no permitió el fraude ni la violencia; triunfó Leandro Alem (que el 16 había criticado injusta y acerbamente a Del Valle, dicho sea de paso) contra el candidato del mitrismo por amplio margen. Diríase que estábamos en el país de las maravillas y el hasta allí denostado gobierno nacional pasó de objeto predilecto para el escarnio y la diatriba, a ser vivado por multitudinarias manifestaciones populares.
En las primeras horas del sábado 29 de julio estallaron revoluciones radicales en San Luis (gobernada por Jacinto Videla, cabeza de la alianza puntana entre autonomistas y mitristas) y Santa Fe (gobernada por el autonomista Juan Manuel Cafferata); y una revuelta mitrista y otra radical -si bien simultáneas; separadas e independientes entre sí-  en Buenos Aires (gobernada, como cité antes, por Julio Costa, del modernismo de Roque Sáenz Peña). La de San Luis triunfó y derrocó a Videla -que antes de ser depuesto consiguió requerir al gobierno nacional la intervención a la provincia- erigiéndose una junta revolucionaria que proclamó gobernador a Teófilo Saa. La de Santa Fe se impondría dos días después del estallido (Cafferata también alcanzó a pedir la intervención), luego de una enconada lucha en Rosario que arrojó un trágico saldo de 108 muertos, tras lo cual una junta revolucionaria designó gobernador a Mariano Candioti. Aristóbulo del Valle, en nombre del ejecutivo nacional, reconocería (¡y cómo no habría de hacerlo!, si al fin y al cabo, eran hechura -si bien más o menos indirecta- suya) ambos gobiernos revolucionarios. 
Ante esos acontecimientos, en la tarde del domingo 30 sesionó la cámara de diputados del congreso nacional. Osvaldo Magnasco llevó la voz cantante y solicitó la presencia del ministro del interior, López, para que informara sobre la situación, y éste concurrió al recinto. Su exposición fue breve: se limitó a decir que tanto Videla como Cafferata habían pedido la intervención, que Julio Costa no, y que el ejecutivo había elevado para su tratamiento en senadores un proyecto de intervención a las tres provincias. Tras esto, se levantó de su asiento y se fue. ¿Barruntaría López algo raro? Apenas dieciséis días antes se había abrazado con Magnasco; pero ahora se mostraba parco y aún distante. Lo que ocurría era que el ministro del Interior no compartía el criterio de su amigo y colega Del Valle (que era quien lo había llevado al gabinete, como consigné más arriba) de fomentar y apañar revoluciones; pero no quería que ese desacuerdo suyo se trasluciera (que no se trasluciera... raro en alguien que se llamaba precisamente Lucio, es decir, luminoso; pero a la vez, explicable: la revolución desde arriba tenía una grave fisura en su línea de flotación). Ni bien se retiró López; Magnasco mocionó en el sentido de la intervención a San Luis y Santa Fe, pero no para reconocer a los gobiernos revolucionarios sino para restablecer a Videla en la primera y sostener a Cafferata (que aún no había caído) en la segunda, moción esta que muy bien fundamentada con frases de corte exquisito por el autor de la misma (que era un eximio orador, por otra parte), fue votada y aprobada.
Era todo lo contrario a lo que quería Del Valle, quien desde la casa de gobierno seguía atentamente lo que pasaba en diputados. Inmediatamente de conocer el resultado de la votación, dispuso pedir al senado el tratamiento urgente del proyecto de intervención a las tres provincias que había enviado, y el cuerpo se reunió esa misma noche. Una numerosa barra asistió al debate y al recinto concurrió todo el gabinete. La noche del 30 de julio de 1893 marcó uno de los grandes momentos en la vida de ese ilustre tribuno que fue el doctor Aristóbulo del Valle: con soberbia elocuencia y argumentación impecable dignas de Cicerón, demostró la necesidad insoslayable de las intervenciones que pedía y propugnaba, y demolió las objeciones de sus adversarios políticos:

¿Hay motivos para la revolución? Eso no se pregunta cuando los hechos hablan con elocuencia... Buenos Aires está gobernada en condiciones irregulares, es una situación enferma... ¿Qué frutos se habrían recogido de los esfuerzos del pueblo, del gobierno, de los sacrificios consumados y de los que en este momento se hacen, si limitáramos nuestra acción a restablecer o mantener la autoridad del gobierno de la provincia de Buenos Aires derrocado o amenazado? El poder ejecutivo de la República iría a arrancarle a su gobierno hasta el último fusil que tuviera en sus manos dejándolo inerme ante las fuerzas revolucionarias... Diez o doce años gobernada por el mismo partido... eso basta para explicar la descomposición política de la provincia de Santa Fe... ¡Hay más que un derecho político; hay un derecho civil lastimado! He aceptado con los señores ministros un puesto de lucha en una situación azarosa y difícil para la República, porque he creído que enceguecidos marchamos a un abismo. Porque la crisis del presidente habría sido la crisis del vicepresidente, y sobre estas crisis sucesivas no habría sino sangre, fuego, humo y ruinas.

La retórica de Del Valle logró lo que parecía a priori un imposible. Sus palabras calaron tan hondo, que seis de los senadores autonomistas modificaron el criterio -opuesto, claro- que originalmente sustentaban y terminaron por votar favorablemente el proyecto que resultó aprobado en la madrugada del lunes 31 por nueve contra ocho. Pero restaba aún que lo tratasen en diputados, y allí... estaba Magnasco.
Si la oratoria de Del Valle era magistral; la de Magnasco no era menos brillante: sus frases, siempre rotundas y acompañadas de estudiados y escogidos efectos teatrales y de un nutrido bagaje gestual, resonaban en quienes le oían como latigazos sentenciosos.
El martes 1 de agosto la cámara de diputados abordó la cuestión, también con la presencia de Del Valle y el resto del gabinete. Magnasco acertó con el lenguaje justo para utilizar con esos legisladores que distaban muy poco de asumirse a sí mismos como réprobos:

Ya sé que los señores ministros traen en sus labios la palabra que halaga el sentimiento de las muchedumbres, ya sé que vienen con el programa pomposo de la regeneración política que en su lenguaje no significa reforma racional y paulatina sino expulsión en masa y derrocamiento a sangre y fuego, ya sé que vienen cobijados con el lábaro siempre simpático de la regeneración. Me llevan todas las ventajas... ellos son los nuevos Cristos de la redención argentina y yo la cabeza de turco de todos los odios, todos los rencores y todas las iras... Me sería tan fácil hacerme popular y simpático si tuviera ¡caramba! el coraje y la fuerza de quebrantar mis convicciones y torcer lo que tengo aquí dentro: el coraje y la fuerza.

Lapidario. Eran las palabras apropiadas para esas personas y esas circunstancias, el contraste entre una postura quizá cínica pero realista y una más grata al corazón, sin duda más ética pero tal vez romántica. Y es sabido: política electoral y romanticismo se excluyen mutuamente. Sometido el asunto a votación, el proyecto fue rechazado por 39 a 22. Fue el principio del fin de la revolución desde arriba.
No obstante la derrota, Del Valle tendría revancha; porque a todo esto, una crecida multitud se había congregado en la plaza de Mayo y lo acompañó en el corto trayecto hasta la casa de gobierno (recordemos que era 1893 y que el congreso no estaba donde está hoy sino que se situaba en la esquina de las calles Balcarce y de la Victoria -la actual Hipólito Yrigoyen-, con entrada por Balcarce 139). Llegado a la Rosada, salió a un balcón y dijo:

Si el congreso nacional ha resuelto que no haya intervenciones, ¡no ha podido ni podrá resolver que no haya libertades! La resolución del congreso se cumplirá, pero el poder ejecutivo tiene también facultades constitucionales y ha de usar de ellas para arrancar hasta el último fusil que quede en las manos de los gobiernos que quieran oprimir a los pueblos.

Fue ovacionado hasta el delirio. A los pocos días, el 12 de agosto, renunció al ministerio junto con el resto del gabinete. Tres años después, murió.
Lucio Vicente López fue designado por el presidente Luis Sáenz Peña interventor de la provincia de Buenos Aires. Moriría el 29 de diciembre de 1894 de resultas de un balazo en el abdomen  que recibió en un duelo con el coronel Carlos Sarmiento. 
Osvaldo Magnasco sería nombrado en 1898 ministro de Justicia e Instrucción Pública por el presidente Julio A. Roca. Desde ese cargo propugnó un proyecto de reforma de la enseñanza secundaria que sería rechazado (eso será materia de un próximo artículo mío). En una acción miserable, el diario de Mitre, La Nación, lo hizo objeto de un ataque feroz y despiadado, no sólo pidiendo su renuncia sino además ofendiendo su honor y llegando incluso a la aberración de instigar manifestaciones públicas en su contra. Magnasco, que no era de los que se arrean con el poncho, se burló de Mitre llamándolo "Divus Bartolus", y Roca (que había hecho una alianza con el mitrismo) le pidió la renuncia en junio de 1901. Retirado de la política, se dedicó a la docencia universitaria. Murió en Temperley, provincia de Buenos Aires, el 4 de mayo de 1920.
En fin, otros hombres y otros tiempos; tiempos en los que el arte de la elocuencia era la moneda corriente y la facundia el denominador común. 

-Juan Carlos Serqueiros-