lunes, 9 de septiembre de 2013

ACQUAFORTE. Y FUE EN MI TIEMPO LA REINA DE MONTMARTRE




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

En alguna noche de 1930, dos argentinos que se hallaban circunstancialmente en Italia: Juan Carlos Marambio Catán y Horacio Pettorossi, compusieron en ese país un tango al que titularon Acquaforte, cuya letra dice:

Acquaforte
Música: Horacio Pettorossi
Letra: Juan Carlos Marambio Catán

Es media noche. El cabaret despierta.
Muchas mujeres, flores y champán.
Va a comenzar la eterna y triste fiesta
de los que viven al ritmo de un gotan.
Cuarenta años de vida me encadenan,
blanca la testa, viejo el corazón:
hoy puedo ya mirar con mucha pena
lo que otros tiempos miré con ilusión.

Las pobres milongas,
dopadas de besos,
me miran extrañas,
con curiosidad.
Ya no me conocen:
estoy solo y viejo,
no hay luz en mis ojos...
La vida se va...

Un viejo verde que gasta su dinero
emborrachando a Lulú con el champán
hoy le negó el aumento a un pobre obrero
que le pidió un pedazo más de pan.
Aquella pobre mujer que vende flores
y fue en mi tiempo la reina de Montmartre
me ofrece, con sonrisa, unas violetas
para que alegren, tal vez, mi soledad.

Y pienso en la vida:
las madres que sufren,
los hijos que vagan
sin techo ni pan,
vendiendo "La Prensa",
ganando dos guitas...
¡Qué triste es todo esto!
¡Quisiera llorar!

Como lo recuerda el propio Marambio Catán en su libro editado en 1972 El tango que yo viví: 60 años de tango, él y Pettorossi estaban en Milán, en un cabaret que se llamaba Excelsior, y el ambiente de ese sitio les inspiró la obra.
Parece que en aquella Italia mussoliniana, algún tanito que quiso ser más papista que el papa (o quizá el propio Duce), molesto con la letra del tema, permitió su estreno a cargo del tenor local Gino Franci; pero siempre y cuando quedase previa y expresamente aclarado que "no se trataba de música italiana, sino de un tango argentino". Y es que el bruto aquel, sea quien fuere, había "entendido" que sus versos constituían una crítica a la situación social que se vivía allí por entonces.
Y debe ser, también, que la estulticia y la estupidez son enfermedades contagiosas, porque hubo y hay muchos en esta nuestra bendita tierra, que cojean del mismo pie, y si bien no lo hacen para prohibirlo o restringirlo, al contrario; se empeñan en atribuirle a ese tango el ser de "denuncia social", de "protesta" y demás etcéteras por el estilo. Y hasta se intentó instalar en el imaginario colectivo que el tango era en realidad, autoría de Roberto Arlt. 
Todas zonceras, sandeces, pavadas, voceo de otarios...
La obra es, sin asomo de duda, de Horacio Pettorossi en la música, y fue asimismo Horacio (apodado "el Marqués") quien le llevó el tema a Gardel, que lo cantó y grabó en 1933, acompañado por las guitarras de Guillermo Barbieri, Ángel Riverol, Domingo Vivas y del propio Pettorossi, según pueden escuchar en este ENLACE); y de Juan Carlos Marambio Catán en la letra.


Ah, antes de olvidarme: estoy seguro de que usted, mi apreciado lector, posee una vista de lince y se habrá percatado del pin que en la solapa de su saco exhibe Riverol (y el de Barbieri no se ve, porque en la foto lo tapa la cabeza de Pettorossi; pero lo tenía también, esté seguro de ello): es el globo de Newbery, la insignia de Huracán, que en tanto quemeros ostentaban orgullosamente ambos. Perdón por la digresión; sigo con el tema:
Y así está registrado Acquaforte en SADAIC el 18 de octubre de 1938 bajo el código de obra 12179, ISWC T-037005986-1, lo cual puede comprobar cualquiera que desee hacerlo, simplemente ingresando a la web oficial de esa entidad.


La interpretación del Mudo es tan, pero tan elocuente, que pareciera hecha por el mismísimo Demóstenes, mire vea... Traspasa los sentidos y se anida en la psique tornando ocioso cualquier esfuerzo por entender qué quiso transmitir Marambio Catán en esos versos, ya que ese trabajo "intelectual" sería absolutamente innecesario, toda vez que basta con escuchar a Gardel para comprender al autor en ese hito de su obra.


No obstante, y habiendo tanto pavote suelto dando vueltas, tal vez fuera mejor leer y sentir la letra en conjunto, ¿les parece? Y después  de ello, espero que vuestra gentileza me disculpe el atrevimiento de algunas reflexiones.
Primero el título, porque "a la mulita hay que agarrarla por la cabeza", como acertadamente dijera ño Juan Manuel de Rosas: Acquaforte significa aguafuerte en italiano. Es una técnica que se emplea en las artes plásticas para realizar grabados sobre láminas o planchas metálicas, generalmente de cobre, con ácido nítrico diluido en agua. Y como ese método se usaba habitualmente para estampar imágenes costumbristas; por extensión se recurrió también al término para rotular como aguafuertes a escritos que versaban sobre dicha temática, tal como hizo Roberto Arlt en sus célebres, geniales, Aguafuertes porteñas, publicadas como artículos en el diario El Mundo. Y Marambio Catán, que era —en tanto docente, actor y cantor, además de poeta— un hombre de la cultura, contemporáneo y admirador de Arlt, escogió precisamente esa palabra para titular el tango que había compuesto con Pettorossi. Pero en italiano, simplemente porque estaba por entonces en Tanolandia (en SADAIC figura registrado en italiano, y además; en francés y en español, es decir, como Acquaforte y también como Eau-Forte y Agua Fuerte).


Vayamos ahora al cuerpo de la letra. La primera estrofa dice: "Es media noche. El cabaret despierta. / Muchas mujeres, flores y champán. / Va a comenzar la eterna y triste fiesta / de los que viven al ritmo de un gotan. / Cuarenta años de vida me encadenan, / blanca la testa, viejo el corazón: / hoy puedo ya mirar con mucha pena / lo que otros tiempos miré con ilusión". Se advierte claramente que no hay celebración alguna, que al cabaret que antes, "en otros tiempos", miró "con ilusión"; hoy, con esos "cuarenta años de vida" que lo "encadenan", lo contempla desazonado ("eterna y triste fiesta"). ¿Y por qué? ¿Tanto cambió el cabaret desde ese tiempo que él evoca? ¿Tan viejo está con esos cuarenta años que carga, que un ambiente a priori festivo que antes lo atraía; ahora sólo le produce tristeza y nostalgia?


No, es que no cambió el cabaret (o el mundo, si vamos al caso), sino que cambió él, o mejor dicho; cambió su manera de verlo, la perspectiva desde la cual lo contempla. Entiende que muchos de esos cuarenta pirulos que lleva sobre el lomo, los de su primera juventud, fueron una oquedad en tanto los vivió alegre y despreocupadamente, y eso, hoy, lo apesadumbra. Está desencantado, y lo que antes le parecía alegre y glamoroso; ahora lo ve ajado por una pátina de sordidez. Y por eso siente "viejo el corazón".
La segunda: "Las pobres milongas, / dopadas de besos, / me miran extrañas, / con curiosidad. / Ya no me conocen: / estoy solo y viejo, / no hay luz en mis ojos... / La vida se va...". Subraya la sensación de fracaso y desesperanza. Antes, esas a las que ahora ve como "pobres milongas dopadas de besos" (en metafórica alusión a las alternadoras drogadas); se le antojaban hadas que lo transportaban a una dimensión mágica y placentera. Se le ocurre que esas chicas lo "miran extrañas, con curiosidad" y que ya no lo "conocen" como sí lo conocían aquellas, las de antes, las de su tiempo; un tiempo irremisiblemente ido en el cual él también soñaba con integrarse a un ambiente que lo ilusionaba.



Y por supuesto, se trata sólo de una percepción suya; porque las "milongas" esas a las que observa dopadas, no hacen otra cosa que lo mismo que hacían las de antes: drogarse. Las de ahora se dan con cocaína, y las otras... también se fajaban, y con morfina, además de con papusa.


Y entonces lo miran, no con ojos de extrañeza como él cree, sino con los del interés; esos mismos con los cuales miran a cualquier otro cliente del cabaret al que puedan darle un poco de amor mentido, retribuido con unos pesos. ¿Y cómo puede sentirse "viejo" a los cuarenta años? Sencillamente, porque está en una edad meridiana y sumido en una crisis existencial, y contempla escéptico, lleno de abatimiento, todo lo mismo que antes miró "con ilusión".
Y llegamos a las estrofas por las cuales se pretendió y pretende clasificar a este tango como "de protesta". La tercera dice: "Un viejo verde que gasta su dinero / emborrachando a Lulú con el champán / hoy le negó el aumento a un pobre obrero / que le pidió un pedazo más de pan. / Aquella pobre mujer que vende flores / y fue en mi tiempo la reina de Montmartre / me ofrece, con sonrisa, unas violetas / para que alegren, tal vez, mi soledad". Y la cuarta y última: "Y pienso en la vida: / las madres que sufren, / los hijos que vagan / sin techo ni pan, / vendiendo 'La Prensa', / ganando dos guitas... / ¡Qué triste es todo esto! / ¡Quisiera llorar!".
Pero mejor vayamos por partes, dijo Jack the Ripper, y veamos primero lo del vejete que despilfarra su guita atosigando a Lulú con burbujas de champagne.


Seguramente, Lulú preferiría que el efectivo, el jovino lo gastara en ella en lugar de dilapidarlo en extra brut; pero bueno, se sabe: el dueño del cabarulo también tiene que vivir, che, qué tanto joder... En realidad, el viejo verde que escandaliza y entristece al personaje imaginado por Marambio Catán, no es sustancialmente diferente a los viejos —y ya que estamos, a los no tan viejos— verdes de ese tiempo y ese ambiente. A fines del siglo XIX lo teníamos —por ejemplo y entre una inacabable lista de etcéteras— al príncipe de Gales tirando plata a lo pavote en los cabarets parisinos; mientras su mamita, la reina Victoria, permitía y alentaba una moralina hipócrita que disimulaba los miles de prostitutas que yiraban por Whitechapel y por toda Londres, el trabajo esclavo de niños en las minas de carbón, los fumaderos de opio y las clases obreras sumidas en la miseria y el hambre; en tanto Conan Doyle describía a su Sherlock Holmes inyectándose cocaína de aburrido que estaba, el pobre... O sea, nada nuevo bajo el sol, bah.
Y después repara en "aquella pobre mujer que vende flores", que fue en su tiempo la "reina de Montmartre" y que le "ofrece, con sonrisa, unas violetas" que sirvan para "alegrar, tal vez", esa "soledad" que lo invade.


Pero, ¿cómo puede sentirse "solo" en un cabaret? Porque la soledad que lo embarga es metafísica, es la soledad del alma, la que puede llegar a experimentarse aún estando en medio del bullicio de una multitud... por más que se trate de la multitud acotada y amarreta de un cabaret.
Inexplicablemente, a todos quienes analizaron este tango y se distrajeron llenándose las bocas llamándolo "progresista" y de "izquierda", les pasó inadvertido a quién se refiere Marambio Catán con lo de "aquella pobre mujer que vende flores". Quizá si no hubiesen delirado tanto con lo de "denuncia social", habrían reparado en que el propio autor lo dice en la letra: a "la reina de Montmartre". Pero claro, lo de siempre: el árbol no les dejó ver el bosque. Seamos buenos y démosles la noticia: alude a Louise Weber, apodada La Goulue (La Glotona, en francés) por su apetito voraz y su afición a los bombones de chocolate con menta, quien fuera la más famosa bailarina de french cancan de aquel París de la Belle Époque, a quien llamaban "la reina de Montmartre" y quien habiendo ganado fama y fortuna; terminó vendiendo flores por los cabarets y muriendo en 1929 en la más desoladora pobreza y sin más compañía que los perros y gatos que rescataba de las calles. Compañía esa que, dicho sea de paso, seguramente debe de haberle deparado infinitamente más felicidad que la que experimentó con los exponentes de la especie humana que la frecuentaron. Quizá en algún momento escriba un artículo sobre ella, mientras tanto; que baste con estas imágenes suyas.






 
No hay que buscar en el tema una traducción ideológica de lo que el autor manifiesta líricamente. Marambio Catán tenía algo para decir, y lo dijo en los versos de ese tango, tal como hace cualquier artista que pretende dar su visión sobre alguna cuestión: con el arte; a través de la poesía, de la plástica, de la actuación, de la prosa o de la música.
Y lo hace desde lo individual, no desde lo colectivo. Acquaforte es el lamento angustioso de alguien conmovido por algo; no la protesta de un cuerpo social doliente. El tango —como cultura, digo; que no meramente como género musical— proviene de una pasión creadora que es pura individuación. Y si el alma tiene un lenguaje, seguro que ese lenguaje es el tango.
La repulsa, el esplín, la desazón y el desconsuelo que al personaje creado por Marambio Catán le provocan unas coperas drogadas; un viejo verde que por un lado explota miserablemente a un obrero que labura para él y por otro agasaja con champagne a una puta; una bataclana que viene de una añeja decadencia y vende flores para no desterrarse definitivamente del lugar que fue testigo de su pretérito triunfo; el asistir a la desgarradora contemplación de pibes desangelados que venden diarios para ganar dos chirolas ante la resignación obligada y sufriente de sus madres, es moral, es existencial, es desespero y es llanto; y no el llamado a armar un sóviet comunista, ni a la revolución proletaria, ni la instigación a poner una bomba anarquista, como deliran ciertos trasnochados.
Acquaforte no es un tango "revolucionario". No podría serlo, por cuanto revolución socio-política e individuación se dan de patadas y se excluyen mutuamente. No es tampoco de "denuncia social" ni de "protesta" ni "izquierdista". Es sí, un tango (un gran tango, por otra parte) moral y ético; porque el pathos del personaje de Marambio Catán deriva de su ethos. Y salvador, porque precisamente en la tristeza infinita que experimenta; está implícita su redención.
El autor se vale de dos grandes escalones para situarse a una distancia suficiente, de modo de poder contemplar en perspectiva ese cabaret porteño que no frecuentaba, y escribir versos que resuenan musicalmente por sí mismos, aún con prescindencia de la melodía creada por Pettorossi: uno es la lejanía geográfica: Milán distante de Buenos Aires; y otro, el bagaje intelectual que traía consigo —porque era hombre que venía del teatro, el folclore y la docencia— y que le posibilitaba saber muy bien a qué atenerse con respecto al esplendor del cabaret parisino de la Belle Époque y tener mentas de personajes como La Goulue. El resultado es esa viñeta ácida de una realidad lastimosa y doliente, es decir; un aguafuerte. De nacionalidad argentina, parición italiana y ascendencia francesa.
No pueden comprender la lírica y se quedan en una mera intelectualidad estéril quienes montan el caballo de una soberbia guaranga y prejuiciosa que los lleva a creer erróneamente que justicia social e izquierda político-filosófica son ineludiblemente sinónimos.
Marambio Catán falleció el 15 de febrero de 1973, al año siguiente de editarse su libro El tango que yo viví: 60 años de tango. Tengo para mí que se debe haber muerto para evitarse el espectáculo de ver a tanto zonzo que no entendía nada de nada.
Lo cual seguramente le provocaría una tristeza mucho más profunda que la experimentada por el personaje de su magistral tan-ga-zo Acquaforte.

-Juan Carlos Serqueiros-   

jueves, 29 de agosto de 2013

A LA FRESCACHONA ISABEL LE GUSTABA MUCHO CO... MER - SEGUNDA PARTE



Escribe: Juan Carlos Serqueiros

"La corona estaba sin norte, el gobierno sin brújula, el Congreso sin prestigio, los partidos sin bandera, las fracciones sin cohesión, las individualidades sin fe, el tesoro ahogado, el crédito en el suelo, los impuestos en las nubes, el país en la inquietud..." (Juan Valera)

El reinado de Isabel II pretendió ser liberal y modernizador, pero nunca pudo traducir esas aspiraciones en una realidad efectiva.
A la Frescachona no le faltaba patriotismo, al contrario; lo tenía en alto grado. Lo que le faltaba era saber reinar y una clase dirigente a la altura de las circunstancias. Y ambas carencias, para desgracia de España, no eran pasibles de subsanarse. Isabel no había sido educada para ocupar eficaz y atinadamente el trono, y las buenas prendas que adornaban su carácter resultaron insuficientes para suplir esa limitación. Y los políticos y militares de la época, todos ellos, sin distinción de bandos, anduvieron faltos de virtud y comprensión.
Los absolutistas, que habían devenido en carlistas; y los liberales, divididos entre moderados (fraccionados a su vez entre autoritarios y puritanos) y progresistas (que también se escindieron a su turno entre ala derecha y ala izquierda) representaban la evidencia patética del ocaso definitivo del otrora poderoso imperio.
Trató Isabel, que amaba profundamente a su tierra y a su pueblo, de devolverle algo del pasado esplendor, pero dadas sus propias limitaciones y las circunstancias en que le tocó actuar; el patriotismo que quiso evidenciar (y que sin duda alguna sentía) se acercó demasiado al chauvinismo. Las aventuras imperialistas de la España de por entonces en la Cochinchina, en África y en América; sólo lograron hacerla aparecer como odiosa ante los ojos del mundo. Lo funesto del pesado yugo hispánico impuesto a Cuba, fue ilustrado por Sem (Gustavo Adolfo y Valeriano Bécquer, como vimos en la primera parte) en esta acuarela:


En lo interno, hubo durante el reinado de Isabel tres etapas en el transcurso de las cuales se alternaron en el gobierno las distintas corrientes de opinión. La primera de ellas abarca desde 1844 hasta 1854, es llamada la Década Moderada y su figura más prominente fue la del general  Ramón María Narváez; la segunda va desde 1854 hasta 1856, se la conoce como el Bienio Progresista y el protagonismo lo tuvo el general Baldomero Espartero; y la tercera, Alternancia Moderados-Unión Liberal, comprende el período 1856-1868, con preeminencia de los generales Leopoldo O'Donnell y -otra vez- Narváez.
El 2 de febrero de 1852 la reina Isabel sufrió un atentado. En la iglesia de Atocha, a la cual había concurrido a una misa de acción de gracias por el nacimiento de su hija, la infanta Isabel de Borbón; un cura llamado Martín Merino le asestó una puñalada en el costado. Las ballenas del corset que llevaba la reina impidieron que la herida fuese mortal. 


Merino fue aprehendido allí mismo, y tras un brevísimo juicio en el cual declaró que había actuado solo, por su exclusiva cuenta, y que había atentado contra la reina porque no pudo hacerlo contra el que en realidad quería matar: el general Narváez, por hallarse éste siempre escoltado y protegido; fue condenado a muerte, ejecutado en el garrote vil, su cadáver cremado y esparcidas al viento sus cenizas.



Bajo el reinado de Isabel II, España comenzó a ser un estado moderno. Llegó la industrialización -a los ponchazos, con mucho de improvisación y mil defectos de toda laya, pero llegó-, se crearon bancos, llegaron los ferrocarriles y se construyeron rutas. Pero un país sumido en la miseria, la corrupción, la superstición y el atraso, con una población que detentaba el dudoso privilegio de una tasa de analfabetismo superior al 80%, requería de algo más que de buenas intenciones e iniciativas transformadoras más declamadas que reales; requería de grandeza en sus clases privilegiadas para tolerar el ser un poquitín menos ricas para que a su vez las desposeídas fuesen un poquitín menos pobres. 
El problema no residía en que Isabel estuviese lejos de ser una reina preparada adecuadamente para reinar, ni en que los sucesivos presidentes del Consejo de Ministros que ejercían el gobierno fuesen ineptos para gobernar. Al fin de cuentas, las monarquías inglesa, francesa, italiana, alemana y holandesa no eran infinitamente superiores a la española; como así tampoco sus gabinetes estaban integrados por luminarias que eran un portento de inteligencia comparados con el ibérico. Isabel, Narváez, Espartero y O'Donnell no eran unos genios -ni mucho menos-, pero no puede decirse que carecieran de patriotismo ni que fueran unos negados totales.
Tampoco estaba la raíz del mal en las tan mentadas camarillas que insistentemente se citan cada vez que se encara el análisis del período isabelino. En todo caso, la existencia de estos grupúsculos era una señal indicativa de la enfermedad; pero no la causa de la misma. Dicho sea esto sin soslayar que existía también una influencia malsana que no constituía camarilla porque era unipersonal, y que erosionó con sus camándulas, negociados y agachadas el reinado de Isabel: la del mismísimo rey consorte Paquita Natillas.
Y mucho, pero muchísimo menos, ha de buscarse el origen del problema en la activísima vida sexual extramarital de la reina. Por trajinado que estuviere el lecho real, lo que en él ocurría escandalizaba mucho más a los progresistas que al pueblo; que tenía que preocuparse por cosas mucho más acuciantes que los hombres que se procuraba Isabel para satisfacer su genitalidad. Lo cual por otra parte, no hacía disminuir ni un ápice el cariño que se le tenía y la popularidad de la que gozaba. 
El drama español venía de lejos en el tiempo y anidaba en el alma misma del ser nacional. Era un gran mal que tornaba imprescindible contar con un gran remedio que no podía conseguirse en las boticas: una clase dirigente con generosidad y grandeza.
Grandeza que no tuvieron los moderados, pero que tampoco exhibieron los progresistas que la destronaron; pues la reina intentó acordar con ellos e integrarlos al gobierno, lo cual rechazaron, volcándose de lleno a la vía revolucionaria.
El 23 de octubre de 1865, Isabel II le escribía al general O'Donnell, por entonces jefe del gobierno en tanto presidente del Consejo de Ministros, a propósito de una epidemia:

"O'Donnell
No pudiendo compartir en estas tristes circunstancias, porque así lo ha considerado conveniente el Gobierno, los riesgos que corren muchos de mis súbditos con motivo de la epidemia reinante, te envío un millón de reales de mi patrimonio para que le remedien con ellos todas las desgracias que sean posibles y en la forma que juzgue oportuna el Gobierno; sintiendo mucho no poder disponer de más actualmente para aplicarlo á este objeto.
Isabel"



Si en 1856, en el ocaso del Bienio Progresista llegó a gritarse en Cataluña "¡Viva la república democrática y mueran la reina puta, los fabricantes, los ricos y los propietarios!"; ahora ("ahora" en 1868, me refiero) las cosas estaban más feas aún. A la crisis financiera de 1866 que había arrastrado a los consorcios ferroviarios y bancos; se le sumó (las pulgas del perro flaco) lo que dió en llamarse crisis de subsistencias originada en la escasez de trigo de resultas de las malas cosechas. Sobrevinieron la recesión, el desempleo y el hambre. Los motines se sucedían en toda España y el país era un polvorín presto a estallar. Se conspiraba abiertamente no ya sólo contra el gobierno, sino también contra la reina; al grito de "¡Abajo los Borbones y arriba los cojones!".



En ese contexto, Isabel designó a Luis González Bravo para presidir el gobierno.


El mensaje de éste a las Cortes (a las que seguidamente mandaría cerrar) fue el de que sería el suyo un "gobierno de resistencia a cualquier tendencia revolucionaria". Y trascartón nomás, resuelto y sin pararse en pelillos, ordenó detener y desterrar a los generales más comprometidos e involucrados con la oposición progresista-unionista (entre los cuales estaba Serrano, antiguo amante de la reina) y al duque de Montpensier, cuñado de Isabel por estar casado con su hermana María Luisa Fernanda de Borbón.
Sem (es decir, los hermanos Bécquer) satirizaba ferozmente a la Frescachona; a su amante de turno, el senador Carlos Marfori; al rey consorte Paquita Natillas; y -paradojalmente- a González Bravo.




  



Y escribí "paradojalmente" en relación a lo de Sem con respecto a González Bravo, porque Gustavo Adolfo Bécquer era amigo personal del presidente del gobierno, quien no sólo lo protegía y patrocinaba; sino que además lo había nombrado censor con un elevado sueldo. Mal que les pese a los panegiristas del poeta, éste procedió con evidentes doblez e hipocresía en tanto era por entonces funcionario rentado de un gobierno al cual criticaba.

Y no se quedó sólo en eso de morder la mano que le daba de comer, sino que también pintó a González Bravo como un ladrón huyendo a Francia con bolsas de dinero producto del saqueo a los caudales públicos y diciendo "ya gané"; todo lo cual era falso, una infamia de Bécquer; porque el presidente del gobierno era un hombre honesto a rajatabla.

 
Y dicho sea así como al pasar, tampoco era quién Bécquer para tildar de cornudo a nadie..., siéndolo él mismo. En fin, miserias humanas, que les dicen... 
El 18 de setiembre al clamor de "¡Viva España con honra!" comenzó la revolución conocida como La Gloriosa: se sublevó la escuadra al mando del almirante Juan Bautista Topete; el 28 la batalla de Alcolea dió el triunfo a los revolucionarios; y el 29 se levantaba en armas Madrid. 



El 30 de ese mismo mes, Isabel II, que se hallaba en San Sebastián, era destronada y forzada a partir desde allí mismo en un tren a exiliarse en Francia. Tenía 38 años. Ya nunca volvería a su patria. Las gentes del pueblo, que jamás dejaron de amarla, ni siquiera en esos momentos de su caída, y que se volcaron a las calles para ver cómo se alejaba su reina; lloraban.


Llegada la familia real a París, la Frescachona ya no quiso continuar soportando la ficción de su "matrimonio" y eligió vivir separada de Paquita Natillas. Éste se recluyó en un castillo con su amante Antonio Ramos Meneses, y como si quisiera seguir hundiéndose más y más en su ruindad y su bajeza; entabló en los tribunales franceses una demanda contra Isabel, reclamándole una pensión. El 8 de abril de 1870 un fallo judicial disponía que la ex reina debía pasarle a su esposo la enorme suma de 150.000 francos anuales. Con esa renta, el abyecto y rastrero Francisco de Asís de Borbón continuó su indigna y miserable existencia de parasitismo crónico dedicado al "agotador trabajo" de coleccionar obras de arte; hasta que el 17 de abril de 1902 tuvo a bien morirse.
El 25 de junio de 1870, Isabel abdicó de sus derechos dinásticos a la corona española en favor de su hijo Alfonso, acto que podemos apreciar en un grabado de la época: 



Por su parte, en la península ibérica la publicación La Flaca lo ilustraba así:



A todo esto, España atravesaba más o menos penosamente lo que en historia se conoce como el Sexenio Democrático, período que abarca desde 1868 hasta 1874. En ese lapso se sucedieron: el Gobierno Provisional (1868-1871), la Monarquía Parlamentaria de Amadeo I (1871-1873) -que duró lo que un suspiro ese macaroni que fueron a buscar los españoles, del que el pueblo se burlaba, y que cuando avisado por su acompañante en el carruaje de que estaban pasando por frente a la casa donde vivió Cervantes, dijo: "No salió a saludar a mi paso ese señor Cervantes, pero de todos modos vendré a visitarlo cuando tenga tiempo"-; y la efímera Primera República Española (1873-1874).
¿Y todo eso para qué? Para terminar en la Restauración Borbónica entronizando al hijo de Isabel, Alfonso XII.


La Flaca ilustraba de este modo la "armonía" y la "concordia" que campeaban entre los Borbones:


A todo asistía Isabel desde su exilio en París. Y desde allí se vió obligada también a asistir a la muerte de su hijo Alfonso XII, resignada a su destierro y a la lejanía de su patria y de su pueblo, a los que con errores y aciertos, tanto amó.
Su llama se apagó definitivamente el 9 de abril de 1904. A su muerte, Benito Pérez Galdós escribió en su Memoranda, artículos y cuentos, estas palabras:

"El reinado de Isabel se irá borrando de la memoria, y los males que trajo, así como los bienes que produjo, pasarán sin dejar rastro. La pobre Reina, tan fervorosamente amada en su niñez, esperanza y alegría del pueblo, emblema de la libertad, después hollada, escarnecida y arrojada del reino, baja al sepulcro sin que su muerte avive los entusiasmos ni los odios de otros días. Se juzgará su reinado con crítica severa: en él se verá el origen y el embrión de no pocos vicios de nuestra política; pero nadie niega ni desconoce la inmensa ternura de aquella alma ingenua, indolente, fácil a la piedad, al perdón, a la caridad, como incapaz de toda resolución tenaz y vigorosa. Doña Isabel vivió en perpetua infancia, y el mayor de sus infortunios fue haber nacido Reina y llevar en su mano la dirección moral de un pueblo, pesada obligación para tan tierna mano."

Me parece una buena síntesis este párrafo de Galdós. Y si él me lo permitiese, por mi parte agregaría alguna mención al alma generosa de la Frescachona, que la llevó hasta el punto de perdonar la vileza de ese áspid que fue Paquita Natillas; del cual  supo ser, pese a todo lo que aquél le hizo; una amiga leal y consecuente.

-Juan Carlos Serqueiros-

lunes, 26 de agosto de 2013

A LA FRESCACHONA ISABEL LE GUSTABA MUCHO CO... MER - PRIMERA PARTE







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros 
 
"La reina entretanto, sin Poder Real entre sus manos, se consolaba ejerciendo el real poder de su entrepierna... Y su conejito tamborilero seguía, seguía, seguía..." (Andrés Vázquez de Sola, Jaque mate)

 
En 1991 la firma española Compañía Literaria S. A. lanzó (y relanzaría después en 1996) a través de su sello editorial El Museo Universal, un libro de 399 páginas a cargo de Lee Fontanella, Robert Pageard y María Dolores Cabra Loredo.
Se trataba de la recopilación de dos portafolios  que databan de 1868 o 1869, llevaban por título Los Borbones en pelota, comprendían 107 láminas a la acuarela (de las cuales se conservan solamente 89) con contenido satírico-político-pornográfico, cuya circulación en aquella época había sido clandestina, y que fueran adquiridos a su poseedor en 1986 por la Biblioteca Nacional de España. El foto-historiador Lee Fontanella los redescubrió en 1989 y después de su investigación; les atribuyó la autoría de los textos y las ilustraciones al gran poeta Gustavo Adolfo Bécquer y su hermano, el pintor Valeriano respectivamente, que habían creado la obra en conjunto, bajo el pseudónimo Sem.
 
 
Era una viñeta ácida y ferozmente crítica de la España de la época del reinado de Isabel II, y en ella aparecen, además de la propia reina; su esposo el rey consorte Francisco de Asís de Borbón; sus asesores espirituales el padre Claret y sor Patrocinio; el príncipe Alfonso, futuro rey Alfonso XII; Napoleón III; y los más conspicuos políticos y militares de por entonces, representados los hombres con gigantescos penes y las mujeres con enormes vaginas, componiendo cuadros sumamente explícitos de masturbación, orgías, homosexualidad, lesbianismo, zoofilia y hasta algún atisbo de necrofilia.
Por ejemplo, en esta lámina pueden distinguirse al senador Marfori, con una copa de vino en la mano; a la reina Isabel II sentada, de piernas abiertas y con una de ellas apoyada en un brazo del sillón; a sor Patrocinio, que es requerida sexualmente por González Bravo; y al rey consorte, Francisco de Asís, que es sodomizado por el padre Claret.
 
 
A lo largo de este artículo podrán observar algunas otras ilustraciones; quien desee verlas todas (son, reitero, 89), podrá hacerlo cliqueando sobre este ENLACE.
Pero a todo esto, ¿quiénes fueron Isabel II y el resto de los personajes?
María Isabel Luisa de Borbón y Borbón-Dos Sicilias nació en Madrid el 10 de octubre de 1830, del matrimonio entre Fernando VII y su cuarta esposa (y sobrina) María Cristina de Borbón.
Al no tener hijos varones, el mariquita bordador soslayó la ley sálica recurriendo al arbitrio de reflotar la llamada Pragmática Sanción de 1789, lo cual permitió que a su muerte en 1833; su hija fuera proclamada reina de España bajo el nombre de Isabel II. Eso motivó que el hermano de Fernando y tío de Isabel, Carlos María Isidro de Borbón, al ver truncadas sus posibilidades de acceder al trono, no reconociera a su sobrina como Princesa de Asturias y sucesora de su padre; originándose así la Primera Guerra Carlista.

 
En setiembre de 1833, al fallecer Fernando VII, la corona pasó a Isabel, pero como tenía sólo 3 años de edad, su reinado hubo de iniciarse bajo la regencia de su madre, María Cristina, hasta 1840; y del general Baldomero Espartero (de quien los suramericanos no tenemos la mejor de las opiniones, habida cuenta de su actuación -por supuesto, del lado español- en nuestra Guerra de la Independencia) después; hasta 1843 en que, a pesar de tener apenas 13 años; fue declarada por las Cortes mayor de edad para que pudiese reinar sin necesidad de regentes.
En 1846 se convino entre España, Francia e Inglaterra casarla con un primo suyo, Francisco de Asís de Borbón, al que se consideraba (con justicia) un indolente afeminado bueno para nada a quien el ingenio popular "bautizó", aludiendo a su mariconería y a sus preferencias sexuales, como "Paquita Natillas".
Isabel y Francisco eran primos hermanos, pero además, con un doble vínculo sanguíneo; ya que tanto la madre como el padre de Francisco, Luisa Carlota de Borbón-Dos Sicilias y Francisco de Paula de Borbón (que había sido uno de los candidatos para el trono del Río de la Plata en quienes pensaron los directoriales en sus proyectos monárquicos de 1815 y 1816); eran respectivamente hermanos de la madre y el padre de Isabel.  La boda real se celebró el 10 de octubre (fecha de cumpleaños de la reina).

 
En lo que se refiere a las conveniencias políticas, estratégicas y diplomáticas españolas, esa unión no estaba mal proyectada, por lo contrario; tenía la ventaja de resultar admitida por todas las facciones internas en pugna, convencidas como estaban de que Francisco, hombre (bueno, “hombre”… es un decir) débil y sin carácter, no intervendría en política; complacía a los isabelinos, pues había sido la madre de Francisco, Luisa Carlota (mujer decidida y de "cuchillo en liga"), quien impedió que el ministro de Gracia y Justicia de Fernando VII, Francisco Carlomarde, aprovechándose de la enfermedad del rey que estaba postrado y con sus facultades mentales disminuidas (disminuidas más allá de lo que era natural en él, quiero decir), capitalizara en beneficio de los carlistas una derogación de la Pragmática Sanción que le había hecho firmar, arrebatándosela de las manos y rompiéndola; y era alentada por las otras potencias.
Pero más allá de eso, no había entre Isabel y Francisco compatibilidad alguna y ese matrimonio fue un desastre que tuvo principio en una frustrada noche de bodas en la cual Paquita Natillas no pudo consumarlo en el lecho real. Muchos años después, Isabel le haría en París a Fernando León y Castillo esta confidencia: "¿Qué puedo decirte de un hombre que en la noche de bodas llevaba más puntillas, bordados y encajes que yo?".
El pueblo quería mucho a Isabel –la quiso siempre, aún en su descrédito y caída-, en quien había depositado grandes esperanzas después del calamitoso reinado de Fernando VII, y la llamaba cariñosamente "frescachona" (empleando el término como sinónimo de robusta, rozagante, saludable). Y es que en efecto, era todo eso. Y excelente amazona, además.


Y lógicamente, en la comparación con el amanerado y enjuto Francisco, éste, obviamente salía perdiendo; por más uniforme militar que vistiera intentando disimular su evidente carencia de virilidad.

 
 
Las coplas populares que circulaban en aquel tiempo son muy ilustrativas, como por ejemplo, esta: "Doña Isabelona / tan frescachona / y don Francisquito / tan mariquito". O esta otra, más hiriente aún: "Paquita Natillas / es de pasta flora / y mea en cuclillas / como las señoras".
Y una imagen de Sem que es más contundente todavía: Aparece Isabel exhibiendo una archipeluda vagina ante su esposo, diciéndole burlona: “¡Ay, Paquita! La verás, pero no la catarás”, aludiendo inequívocamente a que el marica rey consorte no tendría actividad de alcoba con ella (cosa que por otra parte, él no deseaba, dicho sea de paso).


¡Pobre pueblo español! Tan noble, tan hidalgo, tan valeroso; obligado a asistir impotente a la unión de la reina a la cual quería, con un amariposado al cual no se le conocían aptitudes para nada que no fuera el parasitismo vergonzante en el que vivió toda su miserable existencia.
Así las cosas, Isabel evidenció más temprano que tarde una notable sexualidad que la llevó a tener varios amantes. Pero cuidado; no debe confundirse sexualidad con genitalidad (que también la ejerció y en alto grado). Isabel denotó una gran sexualidad, pero eso no significa necesariamente que toda ella se tradujera en genitalidad y que fuesen ciertos todos los affaires que se le endilgaron. Que fueron, eso sí, varios.
Así como también es más que probable que ninguno de sus cinco hijos que sobrevivieron al embarazo y al parto fuese de Paquita Natillas. Aparece como innegable que no lo fue su hija la infanta Isabel –a quien se le decía popularmente la Chata y maliciosamente la Araneja-, fruto de su relación con el capitán José María Arana; ni lo fue su hijo Alfonso XII, quien habría sido engendrado en el vientre de su madre por el capitán Enrique Puigmoltó; y tampoco lo fueron sus hijas Pilar, Paz y Eulalia, nacidas de la relación de Isabel con Miguel Tenorio.


 
Y obviamente, no iba Sem a perderse la gran oportunidad de mostrarla concibiendo hijos de varios amantes en una lámina en la que se la representa fornicando en el trono, detrás del cual aparece escondido su confesor el padre Claret; al lado de su esposo, Francisco, que se masturba; mientras otro amante aguarda su turno con el pene en erección; y viene entrando, desnuda, sor Patrocinio a sumarse a la fiesta. Al pie se lee: "Real taller de construcción de príncipes. Se admiten operarios". 
 
 
Había mucho de dionisíaco en Isabel. Todo en ella parecía excesivo, desde su rolliza figura hasta su índole franca, expansiva, locuaz, para nada distante; gustaba de alternar con las gentes del pueblo sin pararse a mirar su “jerarquía” social; generosa hasta el punto de la prodigalidad y aficionada al arte y sobre todo al canto (fue ella misma una extraordinaria cantante de bellísima y afinada voz); sus noches se alargaban hasta las madrugadas y se despertaba ya avanzadas las tardes. Su sexualidad se extendía a un voraz apetito: se decía que en ocasiones solía comer hasta dieciséis veces en un día. No ocultaba sus relaciones extramatrimoniales, seguramente porque consideraba que si se le había impuesto un marido al que no amaba y que no podía ejercer de tal; su derecho a subsanar aunque sea parcialmente esa desgracia, estaba más que justificado; y quizá por eso era absolutamente indiscreta y no tenía reparos en escribir explícitos mensajes a sus amantes.
Sem la representa lúbrica, con un cetro terminado en forma de pene goteando semen, y la insta: "No seas lividinosa (sic) y tapa, tapa la cosa".

 
Por su parte, Paquita Natillas no era un puto promiscuo; él se mantenía fiel a su gigoló,  un oscuro barbero de Sevilla llamado Antonio Ramos Meneses, precursor en el “oficio” de chongo al que el rey consorte llegó al extremo de hacer nombrar duque de Baños. Mientras tanto, el pueblo seguía riendo de él y acuñando coplas sentenciosas: “Gran problema es en la Corte / averiguar si el consorte / cuando acude al excusado / mea de pie o mea sentado”.
Sem lo pinta con una enorme cornamenta y masturbándose, como "El rey consorte / primer pajillero (para nosotros los argentinos, pajero) de la corte".

  
Y no se priva de mostrarlo en toda su indignidad, en otra lámina al pie de la cual se lee: "Vuestra noble faz empaña / el nublo del deshonor / desfaced pronto esa niebla / cortaos los cuernos, Señor; / que el mundo entero os señala, / la Europa os llama cabrón, / y cabrón repite el eco / en todo el pueblo español".
 
 
 
Pero debemos discernir adecuadamente entre la historia y la propaganda política. Quiero decir; así como no se debe escribir la historia de Rosas basada en el panfleto sarmientino Facundo o la del doctor Francia fundada en el Yo el Supremo de Roa Bastos; tampoco debe escribirse la de Isabel II cimentada en el becqueriano Los Borbones en pelota.
Porque no había nada de lesbianismo en su vínculo con sor Patrocinio, ni tampoco su confesor el padre Claret mantenía relaciones homosexuales con el maricón cornudo consciente y complaciente de Francisco como se estipula en esa obra, ni se realizaban en el palacio real orgías con políticos y militares, ni se ejercían la zoofilia y la necrofilia como se describe en  las acuarelas de Valeriano.

 
 
 

 
 
Sor Patrocinio era una monja “milagrera” y una delirante mística (y por ende, mistificadora y fraudulenta), pero su influencia se circunscribía a mediar ante el manfloro cornamentado Francisco para que aceptara reconocer e inscribir como propios a los hijos habidos entre Isabel y sus amantes (a cambio de millones, dicho sea así como al pasar; porque Paquita Natillas era puto, sí; pero un puto al que le gustaba el dinero).
 
 
Y el padre Antonio María Claret, confesor de Isabel, fue sin duda alguna un prelado conservador y en ocasiones hasta recalcitrante si se quiere; pero en su función eclesiástica fue eficaz y consecuente en su prédica cristiana, y tuvo gran aceptación en el pueblo, eso es indisputable.
Soy agnóstico y tengo escasa (o mejor dicho, ninguna) simpatía por la iglesia católica; pero también me empeño en atenerme a rajatabla a la búsqueda de la verdad histórica bajo el postulado de la estricta honestidad intelectual, y por eso me repugna todo falseamiento; no estoy dispuesto a incurrir en ellos por más adhesión o rechazo que me generen ciertos personajes históricos. Claret retrógrado y refractario, sí, coincido (y hasta agregaría a los calificativos sobre él, el de hipócrita); pero Claret bufarrón de Paquita Natillas y bastonero de desenfrenadas orgías y bacanales palatinas, no, no fue así.
Lo de la relación entre Isabel II y el papa Pío IX (o Pío Nono) es más complicado de establecer fehacientemente, fundamentalmente por la cerrazón en torno a los archivos vaticanos. Se ha sostenido con insistencia que la reina evidenciaba una “beatería supersticiosa” y eso no es cierto. La Frescachona era auténticamente católica y no había en ella en ese aspecto fingimiento ni exageración alguna. La crítica de vastos sectores de la opinión pública española se cebó en esa época en torno a dos cuestiones: el otorgamiento de Pío Nono a Isabel II de la Rosa de Oro en reconocimiento a su virtud católica, y una supuesta bula que Sem (los Bécquer) menciona como singularis: “Pío Nono agradecido / a los dones de Isabel, / le da bula singularis / para que pueda joder” (asignándole a joder la significación que los argentinos le damos a coger).
 
 
En virtud de esta bula, que dicen se habría expedido a cambio de trescientos cincuenta millones de reales, se le habría otorgado a la reina una suerte de vía libre papal para que pudiera fornicar con quien se le antojara. ¿Habrá algo de cierto en eso? Por lo pronto, las bulas pontificias emitidas por Pío Nono son de público dominio y ninguna de ellas está referida a semejante asunto; pero ¿podría haber habido una bula secreta en favor de Isabel II? A priori, surge como altamente improbable, pero chi lo sa...
Eso sí, para instalarlo como una certeza histórica se necesita una prueba fehaciente (o sea, la bula misma); y para inferirlo como posibilidad, por lo menos algún indicio razonable; no basta con citar una "información" aislada y no verificada de un diario opositor al gobierno, como esa que se esgrime de El Relámpago en su edición del 10 de febrero de 1867, que menciona la postergación de un pago "en remuneración por cierta bula que Pío IX ha acordado a Isabel II y que su esposo Francisco ha creído deber aceptar". O la publicada en el diario El Caos del 4 de julio de 1870 (cuando ya no era reina de España y vivía en París) atribuyéndole a Isabel haber pronunciado estos versos: "Yo nunca pierdo la chola / por más que me llamen chula, / para estas cosas, yo sola / tengo del papa la bula / y dejo correr la bola".
Digamos que si lo de El Relámpago es difícil de creer; lo de El Caos directamente raya en el absurdo. En fin...

Continuará