lunes, 9 de septiembre de 2013

Y FUE EN MI TIEMPO LA REINA DE MONTMARTRE




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

En alguna noche de 1930 dos argentinos que se hallaban circunstancialmente en Italia: Juan Carlos Marambio Catán y Horacio Pettorossi, compusieron en ese país un tango al que titularon Acquaforte, cuya letra dice:

Acquaforte
Música: Horacio Pettorossi
Letra: Juan Carlos Marambio Catán

Es media noche. El cabaret despierta.
Muchas mujeres, flores y champán.
Va a comenzar la eterna y triste fiesta
de los que viven al ritmo de un gotan.
Cuarenta años de vida me encadenan,
blanca la testa, viejo el corazón:
hoy puedo ya mirar con mucha pena
lo que otros tiempos miré con ilusión.
Las pobres milongas,
dopadas de besos,
me miran extrañas,
con curiosidad.
Ya no me conocen:
estoy solo y viejo,
no hay luz en mis ojos...
La vida se va...
Un viejo verde que gasta su dinero
emborrachando a Lulú con el champán
hoy le negó el aumento a un pobre obrero
que le pidió un pedazo más de pan.
Aquella pobre mujer que vende flores
y fue en mi tiempo la reina de Montmartre
me ofrece, con sonrisa, unas violetas
para que alegren, tal vez, mi soledad.
Y pienso en la vida:
las madres que sufren,
los hijos que vagan
sin techo ni pan,
vendiendo "La Prensa",
ganando dos guitas...
¡Qué triste es todo esto!
¡Quisiera llorar!

Como lo recuerda el propio Marambio Catán en su libro editado en 1972 El tango que yo viví: 60 años de tango, él y Pettorossi estaban en Milán, en un cabaret que se llamaba Excelsior, y el ambiente de ese sitio les inspiró la obra.
Parece que en aquella Italia mussoliniana algún tanito que quiso ser más papista que el papa, o quizá el propio Duce, molesto con la letra del tema, permitió su estreno a cargo del tenor local Gino Franci; pero siempre y cuando quedase previa y expresamente aclarado que "no se trataba de música italiana, sino de un tango argentino". Y es que el bruto aquel, sea quien fuere, había "entendido" que sus versos constituían una crítica a la situación social que se vivía allí por entonces.
Y también debe ser que la estulticia y la estupidez son enfermedades contagiosas; porque hubo y hay muchos en esta nuestra bendita tierra que cojean del mismo pie, y si bien no lo hacen para prohibirlo o restringirlo, al contrario; se empeñan en atribuírle a ese tango el ser de "denuncia social", de "protesta" y demás etcéteras por el estilo. Y hasta se intentó instalar en el imaginario colectivo que el tango era en realidad, autoría de Roberto Arlt. 
Todas zonceras, sandeces, pavadas, voceo de otarios...
La obra es, sin asomo de duda, de Horacio Pettorossi en la música (y fue asimismo Horacio -apodado "el Marqués"- quien le llevó el tema a Gardel, quien lo cantó y grabó en 1933, acompañado por las guitarras de Guillermo Barbieri, Ángel Riverol, Domingo Vivas y del propio Pettorossi, según pueden escuchar en este ENLACE) y de Juan Carlos Marambio Catán en la letra.


Y así está registrado en SADAIC el 18 de octubre de 1938 bajo el código de obra 12179, ISWC T-037005986-1, lo cual puede comprobar cualquiera que así desee hacerlo, simplemente ingresando a la web oficial de esa entidad.


La interpretación del Mudo es tan, pero tan elocuente; que pareciera hecha por el mismísimo Demóstenes, mire vea... Traspasa los sentidos y se anida en la psique tornando ocioso cualquier esfuerzo por entender qué quiso transmitir Marambio Catán en esos versos. Y es que ese trabajo "intelectual" sería absolutamente innecesario, toda vez que basta con escuchar a Gardel para comprender al autor en ese momento de su obra.


No obstante, y habiendo tanto pavote suelto dando vueltas, tal vez fuera mejor leer y sentir la letra en conjunto, ¿les parece? Y después  de ello, espero que vuestra gentileza me disculpe el atrevimiento de algunas reflexiones.
Primero el título, porque "a la mulita hay que agarrarla por la cabeza", como acertadamente dijera ño Juan Manuel de Rosas: Acquaforte significa aguafuerte en italiano. Es una técnica que se emplea en las artes plásticas para realizar grabados sobre láminas o planchas metálicas, generalmente de cobre; con ácido nítrico diluido en agua. Y como ese método se usaba habitualmente para estampar imágenes costumbristas; por extensión se recurrió también al término para rotular como aguafuertes a escritos que versaban sobre dicha temática, tal como hizo Roberto Arlt en sus célebres, geniales Aguafuertes porteñas, publicadas como artículos en el diario El Mundo. Y Marambio Catán, que era -en tanto docente, actor y cantor; además de poeta- un hombre de la cultura, contemporáneo y admirador de Arlt, escogió precisamente esa palabra para titular el tango que había compuesto con Pettorossi. Pero en italiano, simplemente porque estaba por entonces en Tanolandia (en SADAIC figura registrado en italiano, y además; en francés y en español, es decir, como Acquaforte y también como Eau-Forte y Agua Fuerte).


Vayamos ahora al cuerpo de la letra. La primera estrofa dice: "Es media noche. El cabaret despierta. / Muchas mujeres, flores y champán. / Va a comenzar la eterna y triste fiesta / de los que viven al ritmo de un gotan. / Cuarenta años de vida me encadenan, / blanca la testa, viejo el corazón: / hoy puedo ya mirar con mucha pena / lo que otros tiempos miré con ilusión". Se advierte claramente que no hay celebración alguna, que al cabaret que antes, "en otros tiempos", miró "con ilusión"; hoy, con esos "cuarenta años de vida" que lo "encadenan", lo contempla desazonado ("eterna y triste fiesta"). ¿Y por qué? ¿Tanto cambió el cabaret desde ese tiempo que él evoca? ¿Tan viejo está con esos cuarenta años que carga, que un ambiente a priori festivo que antes lo atraía; ahora sólo le produce tristeza y nostalgia?


No, es que no cambió el cabaret (o el mundo, si vamos al caso); sino que cambió él, o mejor dicho; su manera de verlo, la perspectiva desde la cual lo contempla. Entiende que muchos de esos cuarenta pirulos que lleva sobre el lomo, los de su primera juventud, fueron una oquedad en tanto los vivió alegre y despreocupadamente; y eso, hoy, lo apesadumbra. Está desencantado y lo que antes le parecía alegre y glamoroso; ahora lo ve ajado por una pátina de sordidez. Y por eso siente "viejo el corazón".
La segunda: "Las pobres milongas, / dopadas de besos, / me miran extrañas, / con curiosidad. / Ya no me conocen: / estoy solo y viejo, / no hay luz en mis ojos... / La vida se va...". Subraya la sensación de fracaso y desesperanza. Antes, esas a las que ahora ve como "pobres milongas dopadas de besos" (en metafórica alusión a las alternadoras drogadas); se le antojaban hadas que lo transportaban a una dimensión mágica y placentera. Se le ocurre que esas chicas lo "miran extrañas, con curiosidad" y que ya no lo "conocen"; como sí lo conocían las de antes, las de su tiempo; un tiempo irremisiblemente ido en el cual él también soñaba con integrarse a un ambiente que lo ilusionaba.



Y por supuesto, se trata sólo de una percepción suya; porque las "milongas" esas a las que observa dopadas, no hacen otra cosa que lo mismo que hacían las de antes: drogarse; las de ahora se dan con cocaína, y las otras... también se fajaban, y con morfina, además de papusa.


Y lo miran no con ojos de extrañeza como él cree, sino con los ojos del interés; esos mismos con los cuales miran a cualquier otro cliente del cabaret. Y, ¿cómo puede sentirse "viejo" a los cuarenta años? Sencillamente porque está en una edad meridiana sumido en una crisis existencial; y entonces contempla escéptico, lleno de abatimiento, lo mismo que antes miró "con ilusión".
Y llegamos a las estrofas por las cuales se pretendió y pretende clasificar a este tango como "de protesta". La tercera dice: "Un viejo verde que gasta su dinero / emborrachando a Lulú con el champán / hoy le negó el aumento a un pobre obrero / que le pidió un pedazo más de pan. / Aquella pobre mujer que vende flores / y fue en mi tiempo la reina de Montmartre / me ofrece, con sonrisa, unas violetas / para que alegren, tal vez, mi soledad". Y la cuarta y última: "Y pienso en la vida: / las madres que sufren, / los hijos que vagan / sin techo ni pan, / vendiendo 'La Prensa', / ganando dos guitas... / ¡Qué triste es todo esto! / ¡Quisiera llorar!".
Pero mejor vayamos por partes, dijo Jack the Ripper, y veamos primero lo del vejete que despilfarra su guita atosigando a Lulú con burbujas de champagne.


Seguramente, Lulú preferiría que el efectivo, el jovino lo gastara en ella en lugar de dilapidarlo en extra brut; pero bueno, se sabe: el dueño del cabarulo también tiene que vivir, che, qué tanto joder... En realidad, el viejo verde que tanto escandaliza y entristece al personaje imaginado por Marambio Catán no es sustancialmente diferente a los viejos -y ya que estamos, a los no tan viejos- verdes de ese tiempo y ese ambiente. A fines del siglo XIX lo teníamos -por ejemplo y entre una inacabable lista de etcéteras- al príncipe de Gales tirando plata a lo pavote en los cabarets parisinos; mientras su mamita la reina Victoria permitía y alentaba una moralina hipócrita que disimulaba los miles de prostitutas que yiraban por Whitechapel y por todo Londres, el trabajo esclavo de niños en las minas de carbón, los fumaderos de opio y las clases obreras sumidas en la miseria y el hambre; en tanto Conan Doyle describía a su Sherlock Holmes inyectándose cocaína de aburrido que estaba, pobre... O sea, nada nuevo bajo el sol, bah.
Y después repara en "aquella pobre mujer que vende flores", que fue en su tiempo la "reina de Montmartre" y que le "ofrece, con sonrisa, unas violetas" que sirvan para "alegrar, tal vez", esa "soledad" que lo invade.


Pero, ¿cómo puede sentirse "solo" en un cabaret? Porque la soledad que lo embarga es metafísica, es la soledad del alma, la soledad que puede llegar a experimentarse aún estando en medio del bullicio de una multitud..., por más que se trate de la multitud acotada y amarreta de un cabaret.
Inexplicablemente, a todos quienes analizaron este tango y se distrajeron llenándose las bocas llamándolo "progresista" y de "izquierda", les pasó inadvertido  a quién se refiere Marambio Catán con lo de "aquella pobre mujer que vende flores". Quizá si no hubiesen delirado tanto con lo de "denuncia social", habrían reparado en que el propio autor lo dice en la letra: a "la reina de Montmartre"; pero claro, lo de siempre: el árbol no les dejó ver el bosque. Seamos buenos y démosles la noticia: alude a Louise Weber, apodada La Goulue (La Glotona, en francés) por su apetito voraz y su afición a los bombones de chocolate con menta, que fuera la más famosa bailarina del french cancan de aquel París de la Belle Époque, a la que las gentes llamaban la "reina de Montmartre" y que habiendo ganado fama y fortuna; terminó vendiendo flores por los cabarets y muriendo en 1929 en la más desoladora pobreza. Quizá en algún momento escriba un artículo sobre ella, mientras tanto; que baste con estas imágenes suyas.






 
No hay que buscar en el tema una traducción ideológica de lo que el autor manifiesta líricamente. Marambio Catán tenía algo para decir y lo dijo en los versos de ese tango, como hace cualquier artista que pretende dar su visión sobre alguna cuestión: con el arte; a través de la poesía, de la plástica, de la actuación, de la prosa o de la música.
Y lo hace desde lo individual, no desde lo colectivo. Acquaforte es el lamento angustioso de alguien conmovido por algo; no la protesta de un cuerpo social doliente. El tango -como cultura, que no meramente como género musical- proviene de una pasión creadora que es pura individuación. Y si el alma tiene un lenguaje, seguro que ese lenguaje es el tango.
La repulsa, el esplín, la desazón y el desconsuelo que al personaje creado por Marambio Catán le provocan unas coperas drogadas; un viejo verde que por un lado explota miserablemente a un obrero que labura para él y por otro agasaja con champagne a una puta; una bataclana que viene de una añeja decadencia y vende flores para no desterrarse definitivamente del lugar que fue testigo de su pretérito triunfo; el asistir a la desgarradora contemplación de pibes desangelados que venden diarios para ganar dos chirolas ante la resignación obligada y sufriente de sus madres, es moral, es existencial, es desespero y es llanto; y no el llamado a armar un sóviet comunista, ni a la revolución proletaria ni la instigación a poner una bomba anarquista, como deliran ciertos trasnochados.
Acquaforte no es un tango "revolucionario"; no podría serlo por cuanto revolución socio-política e individuación se dan de patadas y excluyen mutuamente. No es tampoco de "denuncia social", ni de "protesta", ni "izquierdista". Es sí, un tango (un gran tango, por otra parte) moral y ético; porque el pathos del personaje de Marambio Catán deriva de su ethos. Y salvador, porque precisamente en la tristeza infinita que experimenta; está implícita su redención.
El autor se vale de dos grandes escalones para situarse a una distancia suficiente de modo de poder contemplar en perspectiva ese cabaret porteño que no frecuentaba y escribir versos que resuenan musicalmente por sí mismos, aún con prescindencia de la melodía creada por Pettorossi: uno es la lejanía geográfica: Milán distante de Buenos Aires; y otro, el bagaje intelectual que traía consigo -porque era hombre que venía del teatro, el folclore y la docencia- y que le posibilitaba saber a qué atenerse con respecto al esplendor del cabaret parisino de la Belle Époque y tener mentas de personajes como La Goulue. El resultado es esa viñeta ácida de una realidad lastimosa y doliente, es decir; un aguafuerte. De nacionalidad argentina, parición italiana y ascendencia francesa.
No pueden comprender la lírica y se quedan en una mera intelectualidad estéril quienes montan el caballo de una soberbia guaranga y prejuiciosa que los lleva a creer erróneamente que justicia social e izquierda político-filosófica son ineludiblemente sinónimos.
Marambio Catán falleció el 15 de febrero de 1973, al año siguiente de editarse su libro El tango que yo viví: 60 años de tango. Tengo para mí que se debe haber muerto para evitarse el espectáculo de ver a tanto zonzo que no entendía nada de nada.
Lo cual seguramente le provocaría una tristeza mucho más profunda que la experimentada por el personaje de su magistral tan-ga-zo Acquaforte.

-Juan Carlos Serqueiros-   

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