lunes, 12 de febrero de 2018

LA PIRÁMIDE DE LA CIUDADELA







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Uno contempla, con una mezcla de asombro, dolor e indignación, cómo al narrar la historia algunos incurren en errores groseros, los cuales son después reiterados hasta el hartazgo por otros, quienes a su turno, en lugar de investigar y enmendarlos; se limitan a copiar a quienes les precedieron en la comisión de los mismos.
Así ocurre, por ejemplo, con este monumento, al cual en no pocos libros y artículos se lo describe como que fue levantado "por Belgrano en recuerdo de la batalla de Tucumán". ¿Puede alguien en su sano juicio imaginar al ínclito general, que era propiamente la abnegación y el desinterés hechos carne y espíritu, homenajeándose a sí mismo? Por favor... 
Lo cierto es que se trata de la Pirámide que el prócer que creó la Bandera y nos dio la Independencia, mandó erigir en 1817 o 1818, en la antigua Ciudadela, en celebración de y homenaje a, las victorias obtenidas en Chile por el Ejército de los Andes al mando del general San Martín, las cuales se festejaron hasta el delirio en la Tucumán de por entonces.
El monumento, construido de ladrillos, estaba rodeado de rosales y se hallaba al fondo de una alameda, paralelo a la cual corría un manso y cristalino arroyuelo. Todo aquello conformaba un paisaje ensoñador que movía al fervor patriótico y que muy pronto se constituyó en uno de los paseos preferidos por los tucumanos de la época. Afortunadamente, todavía se yergue, orgulloso en su humildad, y esa feliz circunstancia nos pone en condición de poder admirarlo (ver la imagen que oficia de portada de este artículo). 
Pero también, merced a ciertos testimonios históricos; nos es dable conocer cómo era originalmente y por qué fue levantado.
En 1834, la pluma de Alberdi en su célebre Memoria descriptiva sobre Tucumán, lo reseñaba de este modo:
Ya el pasto ha cubierto el lugar donde fue la casa del General Belgrano, y si no fuera por ciertas eminencias que forman los cimientos de las paredes derribadas, no se sabría el lugar preciso en que existió (nota mía: lo consignado por Alberdi nos permite saber que ya en 1834, de la casa que habitaba Belgrano en Tucumán, quedaban sólo los cimientos). Inmediato a este sitio está el campo llamado de Honor, porque en él se obtuvo en 1812, la victoria que cimentó la independencia de la República (nota mía: se refiere a la Batalla de Tucumán, acaecida el 24 de setiembre de 1812) (…) que presenta la forma de un vasto anfiteatro como si el cielo le hubiera construido de profeso para las escenas de un pueblo heroico (…) A dos cuadras de la antigua casa del General Belgrano, está la ciudadela (nota mía: alude a la fortificación pentagonal conocida como la Ciudadela, el campamento militar que había dispuesto emplazar San Martín en 1814, tras asumir la jefatura del Ejército Auxiliar del Perú, y donde después, con Belgrano nuevamente como jefe de dicha fuerza, estaban los cuarteles). Hoy no se oyen músicas ni se ven soldados. Los cuarteles derribados, son rodeados de una eterna y triste soledad (…) Entre la ciudadela y la casa del General Belgrano se levanta humildemente la pirámide de Mayo (nota mía: Alberdi -que por la época en que Belgrano mandó construir el monumento era un niño de 7 u 8 años y vivió en Tucumán sólo hasta los 14-, creía, en 1834, al regresar a su ciudad natal -brevemente, pues sólo estaría allí pocos meses-, que se la había erigido en homenaje a la Revolución de Mayo y por esa razón la denomina así), que más bien parece un monumento de soledad y muerte. Yo la vi en un tiempo circundada de rosas y alegría; hoy es devorada de una triste soledad. Terminaba una alameda formada por una calle de media Iegua de álamos y mirtos. Un hilo de agua que antes fertilizaba estas delicias, hoy atraviesa solitario por entre ruinas y la acalorada fantasía ve más bien correr las lágrimas de la Patria. (sic)
Por su parte, José María Paz, en sus Memorias, dice:
Las victorias de Chacabuco y Maipo compensando en cierto modo nuestros desastres anteriores nos abrieron una nueva fuente de recursos (…) La última de estas victorias, después de la impresión que había producido en los ánimos el desastre de Cancha-rayada fue celebrada en Tucumán con locura. El General Belgrano hizo levantar un monumento para perpetuar su memoria, el que se conservaba hasta estos últimos años. (sic)
Esto implica que Paz, al consignar que el monumento se erigió con “la última de estas victorias” y después del ”desastre de Cancha Rayada”, está indicando que lo fue a posteriori de la Batalla de Maipú, librada el 5 de abril de 1818.
Con las guerras civiles, el sitio fue cayendo en el abandono, hasta que en 1858, un antiguo oficial de Napoleón, que fue después edecán de Belgrano, acompañó a éste en su último viaje a Buenos Aires y permaneció junto al general hasta que falleció: el teniente coronel Emidio Salvigni (quien durante el rosismo había emigrado a Chile y redondeado una regular fortuna con sus actividades en la minería), regresó a Tucumán, y al ver el estado en que se hallaba el monumento, el 12 de junio le ofreció al por entonces gobernador de la provincia, Marcos Paz, costear de su propio bolsillo tanto la restauración de la Pirámide como los gastos que demandara protegerla con una verja de hierro. El gobernador no sólo acogió con beneplácito la oferta de Salvigni, sino que además; al día siguiente decretó la formación en el sitio de una plaza, la cual debía llevar por nombre General Belgrano.


Pero sabido es que en este nuestro bendito país, las cosas, o bien se hacen a las apuradas y mal, o sufren una morosidad exasperante y descorazonadora hasta su ejecución; con lo cual la plaza en cuestión se inauguró recién en 1878, en ocasión de los actos y festejos por el Día de la Independencia.
Esta es una fotografía de la Pirámide, tomada por Angel Paganelli en 1872:


Esta otra, en la cual se distingue el monumento al fondo de la calle, fue tomada el 9 de Julio de 1878, en el acto inaugural de la plaza Belgrano:


Y en esta, podemos apreciar el monumento tal como estaba c. 1900:


En 1910, para el Centenario de la Revolución de Mayo, durante la presidencia de Figueroa Alcorta se editaron en Buenos Aires álbumes alusivos a tan relevante aniversario. Uno de ellos, con alcance nacional: Centenario Argentino. Álbum Historiográfico de la República Argentina. Ciencias, Artes, Industrias, Ganadería y Agricultura


Y los otros, con particularidades propias de cada provincia. En el correspondiente a la de Tucumán, titulado Álbum Argentino, se describe el monumento y se suministran detalles, como por ejemplo, el de las inscripciones que había en las cuatro caras de su base. En la que da al norte: “La independencia de la República Argentina se juró en este suelo, que sirvió de tumba a los tiranos”; en la que da al sur: “A la jornada de Chacabuco la consagró el general en jefe del Ejército Auxiliar del Perú, don Manuel Belgrano”; en la que mira al este: “La República Argentina, fuerte y feliz por la Constitución de mayo, que debe al ilustre presidente Urquiza, vea su nombre restaurado este monumento”; y en la que da al poniente: “En este campo el ilustre general Belgrano venció al ejército español en la batalla del 24 de septiembre de 1812”.


Con total certeza, al menos tres de las inscripciones que se citan en el Álbum Argentino, fueron puestas con posterioridad a que se erigiera la Pirámide, seguramente en ocasión de la restauración costeada por Salvigni en 1858; porque obviamente, el prócer no iba a homenajearse a sí mismo con la que alude a la Batalla de Tucumán, y mucho menos auto calificándose de “ilustre” (por más que lo haya sido, y además; muy). Y tampoco pueden atribuirse a Belgrano -fallecido en 1820- ni la que menciona la “Constitución de mayo” (de 1853) -lo cual, además; está expresamente consignado, pues la inscripción dice “vea (Urquiza) su nombre restaurado este monumento”) ni la referida a la independencia “de la República Argentina”, por no ser esa la denominación de nuestro país en épocas del creador de la Bandera y artífice de nuestra Independencia. De modo que en el hipotético caso de que el prócer hubiese hecho poner una inscripción; ésa sólo podía ser la que remitía al triunfo de las armas de la patria en Chile.
Y es, querido lector, llegado el momento de abordar una cuestión: Belgrano, ¿ordenó levantar la Pirámide en honor al triunfo de Chacabuco, al de Maipú o lo hizo por ambas batallas? La verdad es que hasta el momento, no puede despejarse el interrogante. Como ya hemos visto, Paz consigna que fue por Maipú; mientras que Salvigni estipula que fue por Chacabuco.
No he podido hallar ni en los fondos Gobierno, Hacienda y Cabildo, ni en la Sección Administrativa 1573-1915 del AHPT, disposición alguna ni de Belgrano ni de los gobernadores Bernabé Aráoz en 1817 y Feliciano de la Mota Botello en 1818 ni del Cabildo, que fuera relativa a la erección del monumento; como tampoco hay asiento de los gastos que demandó la obra.
Ello me conduce (siempre y cuando, lógicamente, lo infructuoso de la búsqueda no se haya debido a fallas u omisiones mías) a inferir que el prócer hizo levantar la Pirámide con ladrillos fabricados por sus propios soldados, constituyendo ellos mismos también la mano de obra, dirigidos por alguno de sus oficiales. Al fin y al cabo, la Ciudadela se había edificado de esa manera: construyendo los soldados sus propios cuarteles.
En las cartas remitidas por Belgrano a Güemes no hay, ni en la que le informa la victoria obtenida en Chacabuco ni en las cursadas durante el trimestre posterior a la batalla, mención alguna a que haya dispuesto elevar el monumento. Tampoco hay ninguna referencia a ello en las que por esos días Belgrano escribió a San Martín. Y lo mismo ocurre con las dirigidas a ambos, San Martín y Güemes, por Belgrano una vez anoticiado del triunfo en Maipú.
En función de lo hasta aquí citado, particularmente me hallo inclinado a creer que debe de haber sido en celebración por la victoria de Chacabuco, como consignó Salvigni; pues estimo como muy probable que al momento de escribir Paz sus Memorias, tuviera ya borroso el recuerdo del suceso por los muchos años transcurridos desde que Belgrano dispuso que se erigiera el monumento; mientras que Salvigni, en su condición de edecán del general, fue testigo presencial y además; necesariamente tuvo que haber participado del hecho (como por otra parte, lo afirma él mismo en la nota de fecha 12 de junio de 1858 que dirige al jefe de policía).
En 1877 -un año antes de la inauguración de la plaza Belgrano cuya creación había decretado, como vimos, Marcos Paz en 1858-, el acaudalado comerciante y estanciero Andrés Egaña interesó al gobierno tucumano (Tiburcio Padilla) en embellecer y realzar el monumento, asumiendo él los gastos que la empresa demandara. Con ese cometido, encargó a un escultor suizo que vivía en Córdoba, José Allio, la reforma de la pirámide. Éste la coronó con una esfera y cubrió con mármol sus cuatro caras, colocando en cada una de ellas una inscripción, todas distintas a las que muchos años después se reputaron en el Álbum Argentino como “originales” (y que como consigné antes, al menos tres de ellas, con seguridad no lo eran). Las que introdujo Allio decían (o mejor dicho; dicen, pues son las que el monumento exhibe aún hoy): “General Belgrano. 1812”, “1812. General Eustoquio Díaz Vélez”, “Tucumán. Bernardo Monteagudo”, y “1840. Marco Avellaneda”. Así las cosas, se había alterado sustancialmente la significación que pretendió Belgrano darle a la Pirámide, trocando en ella su homenaje a la gesta de San Martín en Chile; por una alusión a la Batalla de Tucumán y la mención de tres figuras históricas que ninguna vinculación tenían con la victoria obtenida por el Ejército de los Andes. ¿Por qué eso?
Ocurría que el gestor y costeador del embellecimiento de la Pirámide, Egaña (n. 1816, Lima, Perú), estaba casado con Manuela Díaz Vélez, hija del general Eustoquio; de allí lo de mencionar a éste en una de las inscripciones introducidas en el monumento, antedatando a su nombre, “1812”, de manera de disimular, aludiendo a su participación -destacadísima, dicho sea de paso- en la Batalla de Tucumán; el verdadero motivo de citarlo en la Pirámide: su parentesco con quien pagaba las obras. A la vez, Egaña -miembro conspicuo del autonomismo- se hallaba estrechamente vinculado al por entonces presidente de la Nación, Nicolás Avellaneda, en tanto había sido no sólo uno de los primeros impulsores de la candidatura de éste, sino además; el principal aportante económico en su campaña electoral, y por eso la mención de Marco Avellaneda (padre de Nicolás), precedida por la cita “1840”, en elíptica referencia al 7 de abril de ese año, fecha en que la legislatura tucumana por él encabezada (y asimismo, había sido él quien instigó el asesinato del gobernador Alejandro Heredia y pagó a los que encabezados por Gabino Robles ejecutaron aquel magnicidio) se pronunció contra Rosas. Por último, el gobernador de Tucumán, Tiburcio Padilla, era muy amigo del presidente Nicolás Avellaneda y compartía con él la admiración hacia la figura histórica de Monteagudo; siendo ese el motivo por el cual se menciona a éste en otra de las inscripciones de la Pirámide, anteponiendo “Tucumán” a su apellido, de modo de resaltar que había nacido allí.
Y así fue, estimado lector, como se desvirtuó completamente el sentido que Belgrano otorgara al monumento que ordenó levantar.
En 1914, la plaza fue declarada Lugar Histórico Nacional. Y en 2012, año en que se cumplió, el 24 de Setiembre, el Bicentenario de la Batalla de Tucumán; se dispuso el embellecimiento de la misma. Sin embargo, y desde que se alteró la significación del monumento, nunca ningún gobierno se ocupó de restituir la que le otorgara el prócer que mandó erigirlo; con lo cual la inmensa mayoría de los argentinos ignora cuál es la verdadera. Incluso, la cosa ha llegado al extremo de que hasta los organismos oficiales incurren en errores (horrores, en realidad) al momento de citarlo.
Así, por ejemplo, en el sitio web de la Municipalidad de Tucumán se denomina al monumento -correctamente, pues de ese modo se lo llamó durante mucho tiempo y se ajusta a la verdad histórica- “Columna de Chacabuco”; pero a continuación, se consigna que Belgrano la hizo levantar “en honor al Gral. San Martín por el triunfo en Chile de la Batalla de Maipú” (sic). O sea, la llaman de Chacabuco y trascartón ponen que es en homenaje a Maipú. De locos. Y para rematar el dislate, se cita: “(1817)”; cuando la batalla de Maipú aconteció… ¡en 1818! Uno no puede menos que preguntarse si quien está a cargo de la página de la Municipalidad habrá terminado de cursar la primaria, porque -al menos, cuando yo la hice- eso se enseñaba en sexto grado.


Otro: en su página de la red social Facebook, el Archivo Histórico de la Provincia de Tucumán, en sus publicaciones del día 7 del corriente, llama al monumento -acertadamente, pues era ese otro de los nombres por los cuales se lo conocía, y se corresponde también con la verdad histórica- “Pirámide de la Ciudadela”; pero seguidamente pone que fue erigida... ¡"en conmemoración de la Batalla de Tucumán"! Y en “prueba” de ello cita como “fuente”… ¡a Wikipedia! Como si algo extraído de Wikipedia, donde cualquiera puede subir lo que se le antoje, hasta el disparate más inconcebible o la infamia más atroz o la más descarada de las mendacidades, haciendo aparecer lo publicado como si se tratase de la mismísima verdad revelada. Y eso lo toma como documento y testimonio nada menos que el organismo oficial que, precisamente, tiene por misión las clasificación, guarda, conservación y publicación del acervo histórico de todos los tucumanos.


Me vienen a la memoria unos versos de José Larralde en su Fragmento de Catalino Paredes: “Si yo no lo hubiera visto, / diría que esto es un cuento, / un bolazo, nada más, / pa’ hacer reír un momento. / Que uno a veces dice cosas / de a dieces como de a cientos / y ande quiere fantasiar, / le va poniendo el acento”.
Urge restituir a la Pirámide de la Ciudadela el carácter de monumento consagrado a celebrar y homenajear la/s victoria/s obtenida/s en Chile por el Ejército de los Andes al mando del general San Martín que le otorgó Belgrano cuando dispuso levantarla, quitando del revestimiento de mármol las inscripciones que se colocaron en 1877, para poner, en cambio; una en la cual se consigne su motivo y propósito, o simplemente una placa de bronce estipulándolo veraz, clara e inequívocamente.

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

AHPT. Fondo de Gobierno. Decretos de Gobierno, 1854 a 1896.
Alberdi, Juan Bautista. Memoria descriptiva sobre Tucumán. Imprenta de la Libertad, Buenos Aires, 1834.
Diario La Gaceta. Ediciones de fechas: 08.08.1976, 12.02.2011, 25.03.2012, 07.10.2012, 13.12.2015 y 12.02.2017.
González O.P., Fr. Rubén. San Martín y Belgrano. Una amistad histórica, en Revista del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas N° 61 oct.-dic. 2000, Buenos Aires.
Granillo, Arsenio. Provincia de Tucumán. Serie de artículos descriptivos y noticiosos. Imprenta La Razón, Tucumán, 1872.
ISES UNT-CONICET. Álbum Argentino. Buenos Aires, 1910.
Página Oficial en Facebook del AHPT. Publicaciones del 07.02.2018.
Paz, José María. Memorias póstumas del Brigadier General D. José María Paz. Imprenta de la Revista, Buenos Aires, 1855.
Sitio Oficial en Internet de la Municipalidad de San Miguel de Tucumán. Plaza Belgrano.
Wilde, Ana. La renegociación de la unión desde la perspectiva litúrgica. Tucumán, 1816-1819, en anuario Prohistoria vol. 25. Editores Prohistoria, Rosario, 2016.

domingo, 28 de enero de 2018

ASESINATO EN EL COMITÉ CENTRAL











































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Uno de Manuel Vázquez Montalbán, escritor que me gusta muchísimo. Y para mejor, de la saga protagonizada por el personaje que fuera su creación más inspirada: Pepe Carvalho. Su título: Asesinato en el Comité Central.
¿La trama? Bueno, digamos que en una reunión rutinaria del Partido Comunista Español, el Secretario General del partido, Garrido, aparece apuñalado cuando se apagan las luces de la sala. A partir de allí, la investigación policial oficial, se verá acompañada por la que a Carvalho le encarga el PCE. De ese modo, Carvalho se ve obligado a trabajar conjuntamente con el comisario Fonseca, ex represor durante la etapa franquista y torturador del propio Carvalho.
Van surgiendo todas las miserias humanas, rencores, traiciones y enfrentamientos que subyacen en el seno del partido, y al final; Carvalho (trasplantado en esta oportunidad a Madrid desde su residencia habitual en Barcelona) resolverá el caso.
Carvalho, cínico y descreído, ex militante comunista, ex agente de la CIA, es un detective que reside en Barcelona, en el coqueto barrio de Vallvidrera. Tiene un ayudante, Biscuter, ex presidiario, que se dejaría matar por él; y una novia, Charo, que labura de call girl, es decir, gatea, bah. A las particularidades de Pepe Carvalho, Vázquez Montalbán le añade la de mostrarlo como un consumado gourmet y un excelso chef; amante de la buena mesa, los vinos caros y los habanos.
Altamente recomendable. Después no digan que no les avisé, eh.

-Juan Carlos Serqueiros-

lunes, 11 de diciembre de 2017

MARIPOSA PONTIAC - ROCK DEL PAÍS


Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Mariposa Pontiac - Rock del País
(Beilinson-Solari)

Ven a mi casa suburbana
me obsesiona tu prisión.
Ay! mariposa Pontiac que va a ser de mí-uh!
Sin tus caricias, nena
que va a ser de mí.

**********
Me vine a ver un recital de rocanrol del país
y míren toda la cacona que juntaron aquí
será que pueden calentarnos el pavito nomás
para gastarlo!
Verte felíz no es nada
es sólo un rocanrol del país
verte felíz no es nada
es todo lo que hacemos por tí.
Tuve temprano entre mis manos mi boleto y oí
que en el ensayo ya chingaban nuestra onda y pensé
con la lechuza que circula ya no se puede más
para gastarla!
Verte felíz no es nada
es sólo un rocanrol del país
verte felíz no es nada
es todo lo que hacemos por ti.


Este tema (en realidad, originalmente eran dos canciones que después el Indio compactó en una), si bien los Redo recién se decidieron a editarlo en el disco Luzbelito; es de los más viejos de la banda y lo tocaban siempre en los primeros recitales.
La “primera parte” es una especie de anécdota sobre una minita que según la mitología redonda, caía siempre a los shows (y que según afirman algunos chantapufis que presumen de "saber", habría venido por el lado de Enrique Symns; lo cual es puro blableta porque allá por 1978, Quiquito no había aparecido todavía en la historia redonda; lo haría recién años después). Se trataba de una típica tilinga, de clase media-alta, que vivía en un barrio de gente biam, digamos y asistía a los recitales de los Redo cuando estos aún eran una banda que no tenía las trascendencia y convocatoria popular que tuvo después, y cuando todavía, por ese tiempo, su público estaba compuesto mayoritariamente por personajes de la noche y la bohemia, intelectuales, artistas, etc.; aunque luego eso cambiaría, e iría in crescendo la cantidad de gente que llegaba desde zonas humildes y estratos sociales más bajos (de los barrios desangelados, como los llama Solari). 
A la chica esa le decían Mariposa Pontiac porque siempre andaba “mariposeando” y se movilizaba en un glamoroso automóvil de esa marca norteamericana. Los hay también quienes afirman que lo de “Pontiac” era en alusión al culo espectacular que tenía, o sea, comparaban el orto de la mina con la cola distintiva de ciertos modelos de Pontiac. En aquellas épocas, quienes supuestamente la conocían, me la "marcaron"; pero el problema fue que me señalaron, cada uno de quienes (según ellos) la junaban... ¡a tres minas distintas! Eso sí: las tres tenían un culo divino, debo decir... el problema es que me quedé sin saber si alguna de ellas era la "famosa" Mariposa Pontiac.
Y después, el Indio decidió compactar ambas canciones transformándolas en una, porque la “segunda parte” está referida a alguien que va a ver un recital de “rocanrol del país” (como por ejemplo, uno de los Redo), esperando encontrarse con un ambiente copado principalmente por gente de clase media-alta; y en lugar de eso se encuentra con que el público mayoritariamente proviene de sectores sociales menos favorecidos, más humildes (de ahí lo de frases tales como “miren toda la cacona que juntaron aquí”, que es un referencia peyorativa, despectiva, la óptica de algún tilingo / tilinga de clase media-alta -como por ejemplo, la mina esa a la que apodaban “Mariposa Pontiac”- respecto de la gente que no pertenece a su clase social).

Enlace a la canción en You Tube

-Juan Carlos Serqueiros-

sábado, 9 de diciembre de 2017

EL CACIQUE BLANCO. TERCERA PARTE


















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Viene de partes Primera y Segunda

“El Territorio del Chaco es actualmente una agencia electoral de las provincias vecinas.” (Revista Estampa Chaqueña)

El inicio de la década del veinte marcó un clivaje en la historia del Chaco en tanto representó el pasaje desde el denominado ciclo forestal, subsiguiente a la conquista y poblamiento; al que se ha dado en llamar ciclo algodonero. Esto trajo aparejada otra ola inmigratoria -que duraría hasta bien entrados los años cuarenta-, volcada al centro-norte y al centro-oeste chaqueños, sin que todavía se hubiese logrado más que parcialmente la argentinización de la que la había precedido cuando la colonización. 
Si los españoles (no así los italianos) habían sido huesos duros de roer a la hora de hacerlos argentinos, imagine usted, apreciado lector, la tarea ímproba que representaría lograrlo con la masa famélica, sufrida y esforzada de yugoslavos, búlgaros, ucranianos, polacos y demás etcéteras componentes del gringaje del Este europeo trasplantado al Chaco. Máxime, cuando de las dos herramientas con las cuales se contaba en tiempos de la etapa colonizadora, esto es, la escuela pública y el ejército nacional; sólo quedaba disponible la primera, porque algunos años antes, se había dispuesto retirar del territorio al segundo.
En lo atinente a la escuela pública, la escasez de establecimientos era notoria. Y encima -las pulgas del perro flaco-, a hombres que tuvieran la doble condición de apóstol y titán (como Raúl B. Díaz, por ejemplo) no se los encontraba a la vuelta de una esquina, precisamente). En cuanto al ejército, en 1917 Yrigoyen ordenó evacuar del Chaco los pocos regimientos que aún quedaban en él luego de la conquista. Así, el territorio quedó limitado a la (relativa) seguridad que pudieran brindarle sus propios organismos. 
La homogeneización identitaria de aquella Babel no fue, ciertamente, un proceso sencillo y exento de conflictos.
Con respecto a los indios, la reducción de Napalpí, que constituía la cristalización de la prédica de Lynch Arribálzaga, albergaba una población más o menos estable de entre 700 y 800 individuos pertenecientes en su mayoría a las etnias toba y mocoví. En ella había una escuela en la que se impartía instrucción primaria a los niños indígenas, la cual constituía una de sus dos claves, siendo la restante el trabajo -que se realizaba a destajo y en modalidades lindantes con la explotación lisa y llana (lo cual no difería de las condiciones en que laboraban en obrajes y chacras los hacheros y braceros correntinos, santiagueños y paraguayos que componían, conjuntamente con los aborígenes, la totalidad de mano de obra disponible en el territorio)-.
El advenimiento del radicalismo al gobierno nacional, significó para el territorio que el poder central instalara en el sillón de Obligado a políticos provenientes de las provincias de Santa Fe y Corrientes, quienes evidenciaban tener poca o ninguna empatía con el territorio y sus habitantes, desconocían en absoluto sus problemáticas y usaron al Chaco como base de operaciones encaminadas a la intervención activa en la política partidario-electoralista de sus lugares de origen. El norte de quienes eran designados gobernadores, lo constituían, pues, sus intereses políticos en las provincias de las cuales procedían y su propio beneficio económico, lo que provocaba que dedicaran su tiempo a esos fines y que sus prolongadas ausencias del territorio, lejos de ser excepcionales; fueran lo habitual.
Así las cosas, el Chaco se convirtió, ora en un reducto donde se planeaban transas y camándulas para mantener la “situación” si ésta era favorable, o conspiraciones y revueltas para tornarla propicia si era adversa; ora en un sitio donde “asilar” a los amigos en caso de que resultaran perdidosos en aquellas feroces contiendas a las que pomposamente se llamaba comicios.
En cuanto a la policía brava, era una herramienta al servicio del gobernador de turno, que éste utilizaba a discreción para confiscar libretas de enrolamiento y arrear hasta las provincias limítrofes como si de ganado se tratara, a gente a la que se hacía figurar como inscripta en los padrones correntino o santafesino.
El 12 de octubre de 1922, Marcelo T. de Alvear asumió la primera magistratura de la República. El gobierno paralelo que Yrigoyen intentó establecer, valiéndose para ello del vicepresidente Elpidio González, y el hecho de que Alvear formara su gabinete sin requerir en absoluto la opinión del Peludo, además de otros factores que omitiré citar en obsequio a la brevedad; fueron indicios claros de que las diferencias en el seno del partido gobernante eran mucho más profundas que una mera cuestión de estilos. En ese contexto, Alvear se tomó un pequeño plazo de ¡ocho meses! para designar gobernador del Chaco al político santafesino Fernando E. Centeno.
Nacido el 27 de setiembre de 1876, Fernando Enrique Centeno provenía de una familia rosarina de origen español (era nieto del coronel Dámaso Centeno, muerto en la batalla de Cepeda; e hijo de Fernando S. Centeno, gestor e impulsor del pueblo que lleva ese nombre). Opositor a Yrigoyen, desde principios de la segunda década del siglo XX recaló en el radicalismo antipersonalista, fue diputado a la legislatura provincial por el departamento Constitución en 1914 y 1917, y convencional constituyente por el departamento Gral. López en 1920. Estaba casado con Lily Baraldi, una dama perteneciente a una familia italiana exiliada en España y posteriormente “trasplantada” desde allí a América.
Centeno llegó al Chaco con el definido propósito de enriquecerse en la gobernación a como diese lugar. Para eso, llevó consigo a dos de sus cuñados: Enrique Jorge Pedro Baraldi, en carácter de secretario; y Fernando Restituto Guido Baraldi, como contador.
Organizó las cosas de modo que las tareas burocráticas (confección de planillas, rendición de fondos, redacción de informes al ministerio del Interior, etc.) fueran desempeñadas por sus parientes; mientras él se quedaba en la provincia de Santa Fe, limitándose a viajar al Chaco un par de veces al año, como mucho, para cumplir alguna que otra formalidad protocolar, firmar los papeles y, por supuesto; percibir la “renta”, es decir, el canon pactado con sus cuñados por “alquilarles” la gobernación efectiva (30.000 pesos mensuales, según se decía), astillita esa la cual provenía de ilícitos tales como defraudación al Estado mediante el ardid de engrosar las planillas de sueldos incluyendo en ellas empleos inexistentes (policías, principalmente), coimas a prostíbulos, casas de juego y ladrones de ganado, y otras lindezas por el estilo.
La persecución a quienes se atrevían a oponerse a sus designios, a criticar su nepotismo descarado y a denunciar sus delitos, fue otra de las constantes en su gobernación. Decididamente, el radicalismo no lograba prender del todo en el Chaco, lo cual no tenía nada de extraño, al contrario; era la reacción esperable a la odiosa presencia de sujetos como Cáceres y el propio Centeno, impuesta desde el poder central).
No parecen haber existido móviles partidistas en el acoso ejercido sobre adversarios políticos y periodistas; sino el propósito de presionarlos, intimidarlos y hacerlos desistir, por medio de la coacción y el temor, de revelar y manifestar las irregularidades y abusos en que incurrían él y sus esbirros (y por otra parte, un individuo como Centeno, de moral laxa, carente de virtud política y que no procuraba más fin que la obtención del beneficio económico propio; no iba a favorecer al radicalismo del Chaco ni tampoco al de la vecina Corrientes, de cuyas expresiones -escasas, por cierto- emanaba un indisimulable tufillo yrigoyenista por demás ofensivo a su  oligárquico olfato).
Con todo, de no ser por un suceso funesto que tuvo a Centeno como actor principal y que se precipitó al derivar las circunstancias en espantosa tragedia debido a la concurrencia de varios factores; Chronos habría tendido sobre su venalidad y su ominoso gobierno el manto del tiempo; no quedando de él en la historia más registro que la borrosa referencia de un par de fechas seguidas del nombre de aquel oscuro politicastro de actuación limitada al ámbito regional y corrupto como otros muchos que hubieron.   
La crisis del algodón, iniciada en los Estados Unidos en 1921 y que se profundizó y eclosionó en 1923, provocada por la plaga del picudo que pasó desde México a Texas y se expandió a todo el sur norteamericano, llevó a que los grandes industriales hilanderos y tejedores del mundo, ávidos del textil y desesperados por su escasez; posaran la vista sobre Argentina, y que los fabricantes estadounidenses de maquinaria hicieran lo propio.
El ministro de Agricultura del presidente Alvear, Tomás Le Breton -una especie de súper ministro que pocos años antes había impulsado, como diputado nacional, una ley propiciando la formación de cooperativas, y que después fue designado embajador en EE.UU., donde tomó contacto con grupos de poder político y económico que se comprometieron a establecer y apoyar por todos los medios a su alcance una complementación argentino-estadounidense destinada a hacer de nuestro país uno de los grandes productores y procesadores mundiales de algodón-; fue quien trazó la política que signó el tránsito del Chaco desde una economía extractiva (quebracho-tanino), a otra productiva (algodón), que debía pivotear sobre el eje reparto de la tierra pública - optimización del proceso de cultivo, comercialización e industrialización.
Mas, había un problema (o mejor dicho; varios, pero me ocuparé sólo del que hace específicamente a la cuestión enfocada, esto es, la tragedia acontecida en el Chaco durante la gobernación de Centeno): la producción algodonera requería, según los expertos americanos traídos al país y contratados por el gobierno; de mano de obra barata, especialmente, en el primer eslabón de la cadena, o sea, los braceros. Esa condición sólo podía cumplirse manteniéndolos en el oprobioso régimen de laboreo a destajo y en las condiciones infrahumanas que enuncié precedentemente.
Para agravar aún más las cosas, la administración de la reducción de Napalpí (a cuyo frente ya no estaba Lynch Arribálzaga) no se le ocurrió nada mejor que disponer una quita forzosa del 15% en el algodón que cosecharan los indios, so pretexto de destinarlo a “costear los valores de las herramientas de labranza, el funcionamiento de las escuelas y los arreglos dentro de la Reducción”. Y para no ser menos, Centeno decretó para los aborígenes la prohibición de desplazarse a Salta y Jujuy -como venían haciendo desde algunos años antes-, donde podían percibir mejores salarios en los ingenios. Los indios respondieron con la huelga.
El Chaco era una caldera a presión. La aguja del manómetro subía y subía, pero nadie le prestó atención. Y la caldera estallaría, nomás, en la forma más oprobiosa y trágica que imaginarse pueda: la masacre de Napalpí.

Continuará

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 12 de noviembre de 2017

EL CACIQUE BLANCO. SEGUNDA PARTE






































Escribe: Juan Carlos Serqueiros


(Los habitantes de los territorios nacionales son) parias sometidos al destino que les deparan los funcionarios que les mandan desde esta capital, (así, esos territorios constituyen) verdaderos refugios de pecadores y de vagos donde encuentran fácil acomodo los peores elementos de comité, como los favoritos que venían de la metrópoli en tiempos de la colonia, a enriquecerse en un medio sin vinculación, sin nada que los ligara, con amor a la tierra a donde van sin ánimo de trabajar, pero ávidos por enriquecerse. (Benjamín Villafañe, diputado por Jujuy, discurso en el Congreso de la Nación, setiembre de 1921)

En 1912, el presidente Roque Sáez Peña dispuso la creación en el Chaco de la Reducción de Indios de Napalpí, a cuyo frente se designó, en 1913, al naturalista Enrique Lynch Arribálzaga (quien seis años antes había fundado la Sociedad Protectora del Indio).
La solución al problema indígena que proponía Lynch Arribálzaga estaba basada en la erección de escuelas en las cuales se impartiría a los niños indios una educación tal, que además de sustraerlos al analfabetismo; estuviera orientada al aprendizaje de oficios (es decir, la que llamaríamos hoy “con salida laboral”), inculcándoles, además; hábitos que los condujeran gradualmente al abandono de la superstición, el animismo y la organización clánica, y los convenciera de adherir al concepto de propiedad de la tierra y de los medios de producción; renunciando al que tenían adoptado, el cual se caracterizaba -consignó- por “el nomadismo, la posesión y el usufructo más o menos comunista de la propiedad” (sic). Confiaba en que una nueva generación indígena, educada con esos métodos y herramientas que recomendaba, podía ser llevada a estadios sociales superiores, previo paso por reducciones aborígenes que se autofinanciarían mediante la agricultura y la explotación forestal.  
Desde un indigenismo declamatorio, trasnochado, disgregador y con veleidades academicistas más propias de esos intelectualoides ensoberbecidos que se pavonean muy orondos presumiendo del dudoso privilegio de pertenecer a la vanguardia; que de auténticos inteligentes, a menudo se ningunea la figura histórica de Lynch Arribálzaga so pretexto de sus postulados paternalistas (¿qué pretenderán que fuera, a principios del siglo XX?), apelando para ello al anacronismo y a la reproducción descontextualizada de frases suyas, las cuales son citadas peyorativamente y con sorna.
El indigenismo sustentador de la tesis de un “Estado nacional de origen genocida”, al cual propugna reemplazar por otro que sea “plurinacional”; así como su antítesis, esto es, la visión sesgada, esclerosada y obstinadamente acrítica parapetada tras un absurdo negacionismo recalcitrante y obtuso, son las dos caras de una misma vil moneda.
Si afligente era la dramática situación de los indios, ya irremisiblemente quebrados su modo de vida y sus medios tradicionales de subsistencia; en modo alguno constituía una problemática menor y más sencilla de resolver la representada por los inmigrantes que arribados al Chaco, le conferían su característica de tierra con población aluvional, ora con su melancólica indiferencia, ora con su franca cuando no cerril oposición a las reglas que se habían estipulado previamente para regir el proceso de su argentinización. No era aquel un panorama precisamente halagüeño, por cierto.
En 1914 (postrimerías del orden conservador 1904-1916), Alejandro Gancedo fue designado gobernador del Chaco.
Tucumano por nacimiento y crianza, porteño por formación y educación y santiagueño-chaqueño por adopción, Gancedo era un científico en toda la línea: ingeniero y docente de profesión; y geógrafo, astrónomo, cartógrafo y botánico amateur. Su nombramiento estaba motivado en el propósito de llevar a la gobernación a un técnico y hombre de ciencia que fuese, a la vez, conocedor profundo del territorio y con las aptitud y capacidad imprescindibles como para trascender las funciones meramente administrativas; consagrándose también a las cuestiones sociales y étnicas, y a los problemas operativos y de infraestructura que afectaban al Chaco.
El presidente Roque Sáez Peña y su ministro del Interior Indalecio Gómez encontraron en el ingeniero Gancedo al hombre ideal para el cargo.
Su gobernación fue excelente. Se interesó muy especialmente por la situación de los indios, apoyando decidida y eficazmente a la reducción de Napalpí. En procura de evitar los abusos patronales, implantó la obligatoriedad de la libreta de trabajo en los obrajes. Jerarquizó la policía y mejoró su servicio, a través de una esmerada selección del personal que la componía, aumentando el número de comisarías y dotando de destacamentos a los rincones del territorio que carecían de ellos (lo cual, de paso, representó un notorio incremento en la lucha contra el flagelo del cuatrerismo).
Mas lo bueno dura poco (Landriscina dixit) y a la meritoria, luminosa gestión de Gancedo, subseguirían las tinieblas de una larga noche radical signada por la arbitrariedad, la corrupción y el peculado, que ominosa e implacable vendría a cernirse sobre aquel Chaco que contaba por entonces 46.000 almas que lo habitaban. Señor Hipólito Yrigoyen, su turno.
Habiéndose recibido de la presidencia el 12 de octubre de 1916, Yrigoyen, con su exasperante  lentitud y su inveterado personalismo, se tomó un tiempo excesivo para elegir a quien pondría al frente de la gobernación del Chaco, lo cual recién hizo seis meses después de asumir, ya pasado el primer trimestre de 1917, más precisamente el 20 de abril, resolviéndose (es una manera de expresarlo) por Enrique Cáceres.
Dada la catadura moral del designado, es inevitable que surja en uno el deseo de que las cosas hubiesen ocurrido de modo que aquella morosidad en llenar el cargo se prolongara in aetérnum; porque como perspicazmente solía sentenciar mi abuelo: “pa’ semejante bombilla, mejor es tomar el mate a tragos”. A poco de llegar al territorio, el hasta allí ignoto y oscuro politicastro Cáceres se evidenciaría como lo que en efecto era: un sujeto de avería.
Extraño al medio, venal y arbitrario, no perseguía más propósito que medrar en un cargo que le posibilitaba operar negocios ilícitos. Era vox populi que actuaba en escandalosa connivencia con tenebrosas organizaciones dedicadas al abigeato y al proxenetismo, a las que protegía y amparaba. Y eran esas actividades delictivas las que constituían sus principales fuentes de financiamiento y enriquecimiento personales: hacía la diaria coimeando a los propietarios de casas de tolerancia y redondeaba su fortuna con los cuantiosos ingresos que le producían los arreos de cientos de vacunos robados hasta las provincias de Santa Fe y Santiago del Estero, a las cuales se extendían ramificaciones de las bandas que ejercían el cuatrerismo en el Chaco con la impunidad que él les garantizaba.
Las trapisondas de Cáceres llegaron a su fin en 1920, cuando ordenó a sus esbirros meter preso al director del diario La Voz del Chaco, Angel D’Ambra, achacándole el estar incurso en el “imperdonable delito” de criticarlo, disponiendo, asimismo. la clausura del periódico. En la población, harta ya de soportar sus abusos, se propagó rápidamente el rumor de que D’Ambra había sufrido apremios ilegales y torturas, y Resistencia se convirtió en un polvorín. Se esperaba que de un momento a otro estallara una pueblada contra Cáceres, ante lo cual éste, escoltado y custodiado fuertemente por la policía (adicta a él y cómplice en los latrocinios que perpetraba), hizo mutis por el foro el 14 de setiembre en que abordó el tren que lo llevaría a Buenos Aires, abandonando para siempre aquel territorio (o más apropiadamente expresado, huyendo del mismo).
¿Qué motivos llevaron a Yrigoyen -que era de una estricta y jamás desmentida honradez- a colocar en la gobernación del Chaco a un deleznable cachafaz como Cáceres, y encima; prefiriéndolo antes que a otros correligionarios suyos de mayor prestigio y con más méritos como, por ejemplo, Oreste Arbó y Blanco, quien también aspiraba al cargo, era un fiel y consecuente amigo suyo, había demostrado una lealtad inquebrantable hacia el partido radical y era hombre de incorruptible honestidad? Nunca los explicó, empecinándose en mantener sobre el particular un hermético silencio; con lo cual la cuestión pasó a engrosar la interminable lista de secretos que el enigmático Peludo, cuyos designios eran las más de las veces inescrutables, llevaría consigo al descender a la tumba.
Precipitados aquellos sucesos, Yrigoyen, con una celeridad inusual en él (y que sorprendió a propios y extraños), se apresuraría, el 30 de setiembre, a designar en su reemplazo a Oreste Arbó y Blanco. El nombrado tenía la ventaja de estar, en esos momentos apremiantes, muy cerca del lugar de los hechos (era el intendente de Corrientes, pues Yrigoyen, el 23 de julio de 1918, lo había hecho designar en tal cargo, quizá en compensación y desagravio por su anterior preferencia en favor de Cáceres para la gobernación del Chaco); así que le bastaba con cruzar el río para asumir el gobierno en Resistencia. Lo cual efectivamente hizo, el 1 de octubre. 
Una de sus primeras medidas fue la de ordenar, el 11, la inmediata liberación de D’Ambra. La gestión de Arbó y Blanco fue muy destacable y de puertas abiertas, distinguiéndose por una evidente moralización en las cuestiones administrativas y burocráticas, en el llenado de los cargos y empleos, en la depuración de la policía y en la lucha contra el cuatrerismo. Evidenció un puntilloso respeto por  el derecho vecinal, mejoró caminos y la infraestructura del puerto de Barranqueras, creó escuelas, juzgados de paz, organizó nuevas colonias y, sobre todo; hizo hincapié en la cuestión salud pública, a la cual favoreció cuanto pudo.
La prudencia, el sentido común, la probidad, la transparencia y el aplicado esfuerzo de Arbó y Blanco, iban borrando el mal recuerdo que había dejado la espantosa “administración” de Cáceres, y parecía que por fin, las cosas se encarrilaban. Pero... parecía, nomás. El gobernador enfermó gravemente y debió trasladarse, para recibir una mejor atención médica, a Buenos Aires, donde falleció el 5 de diciembre de 1922. Yrigoyen -que el 12 de octubre había traspasado la presidencia de la República a Marcelo T. de Alvear- estuvo junto a él en su lecho de muerte y lo acompañó hasta su última morada.
Si Yrigoyen se había tomado nada menos que seis meses para designar gobernador del Chaco al funesto Cáceres; Alvear lo superaría en morosidad: ocho meses tardó, para terminar nombrando en dicho cargo a un personaje tan abyecto, siniestro y repulsivo, que su sola mención continúa, aún hoy en día, provocando horror y repudio.
En las próximas entregas llegaremos, estimado lector, a una de las páginas más negras de la historia chaqueña. Pero también arribaremos a otra en la cual veremos cómo el empuje y el tesón proverbiales en uno de los hombres más notables que actuaran en esa tierra, abrirían nuevamente la senda a un futuro mejor.

Continuará

-Juan Carlos Serqueiros-

viernes, 20 de octubre de 2017

EL CACIQUE BLANCO. PRIMERA PARTE







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Los gobiernos de Territorio son apenas de gestión ante los poderes públicos nacionales. (Juan S. Mac Lean)

El 16 de junio de 1931, Juan Samuel Mac Lean asumía la gobernación del Chaco, que por entonces era aún territorio nacional.
De ascendencia escocesa, nacido en Buenos Aires el 5 de julio de 1852, su infancia transcurrió en Entre Ríos. Siendo aún adolescente, sus padres lo enviaron a estudiar a Escocia, desde donde regresó al país en 1880 para, c. 1887, dirigirse al Chaco, donde se afincó.
Atrapado por el Desierto verde, quedó cautivo de esa tierra que era por entonces “rugir de tigres y hachas”, de “selvas tupidas y también de extensas pampas” (Luis Landriscina dixit).
Atinó a comprender -y comprender es amar- tanto aquel suelo como las gentes que lo habitaban. Y muy pronto le destacaron entre ellas su despierta inteligencia, su clara percepción, sus inquietudes progresistas y sus constancia y tenacidad en todo lo que acometía. Fundó empresas propias y fue, además; liquidador de una compañía colonizadora, asesor de consorcios ferroviarios y consejero de sociedades ganaderas y forestales. Los gobiernos nacionales fueron encargándole distintas misiones y responsabilidades, las cuales aceptó siempre de buen grado, aplicándose a ellas esforzada, honrada y eficazmente.
Así, al concebirse el proyecto de una ruta que vinculara al puerto de Barranqueras con Santa Cruz de la Sierra, y siendo designado en 1907 al frente de la Comisión Exploradora que definiría el trazado de la misma; Mac Lean hizo el recorrido entre ambos puntos a lomo de caballo y de mula, y en el curso del mismo tomó contacto con los pueblos indios del Gran Chaco. Eso marcaría en su vida un clivaje.
Recién a partir de la década de 1880 el Estado argentino pudo ejercer efectivamente su soberanía sobre todo el territorio nacional e imponer sus leyes, sus regulaciones sobre la actividad económica, impartir instrucción pública y transmitir al imaginario colectivo el relato histórico que se había adoptado para el país post Pavón. La consolidación de todo ese proceso no se produjo en el Chaco (y hasta por ahí nomás) sino hasta bien entrada la quinta década del siglo XX.
La colonización subsiguiente a la expedición militar de conquista u ocupación definitiva, con la explotación forestal y la actividad agropecuaria, quebró tanto el modo de vida como los medios tradicionales de subsistencia de los indios chaqueños. Y provocó que éstos fuesen incorporados por la fuerza y/o el hambre al nuevo orden económico de la región como mano de obra barata (o a menudo, esclava).
Se cumplía a rajatabla -con las variantes que lo empírico obligaba a adoptar por sobre lo dogmático- con el postulado alberdiano (del primer Alberdi, el de Bases, quiero decir; que no del segundo, el de Peregrinación de Luz del Día, ya evolucionado de mero intelectual a inteligente) de “necesitamos cambiar nuestras gentes incapaces de la libertad, por otras gentes hábiles para ella”, instalando el modelo pretendido de ciudadano argentino: un individuo masculino, blanco y alfabetizado.
Significaba, en la realidad efectiva, el rechazo a la otredad, la exclusión del cuerpo social del país de las etnias que lo habitaban desde antes de la llegada de los europeos.
La constitución sancionada y promulgada en 1853 estipulaba en su artículo 67°: “conservar el trato pacífico con los indios”. Pero claro, no había -no ya sólo en dicha carta; sino en ningún otro cuadernito (Rosas dixit)- prescripción alguna que indicara la manera de compatibilizar esa tan cacareada voluntad de paz y concordia, con la actitud asumida -y evidenciada en lo tangible- de expulsarlos de su hábitat, negarles obstinadamente la condición de ciudadanos y volverlos heterónomos forzándolos a suplantar su cultura ancestral por los usos, costumbres e ideas de aquel individuo masculino, blanco y alfabetizado que se imponía como gálibo (el cual, para colmo, encerraba una contradicción en sí mismo; porque era variopinto en tanto provenía de las hordas pauperizadas y famélicas que las guerras y hambrunas expulsaban de Europa y Asia).
Entretanto, se debatía qué hacer con el problema indígena. Había dos posiciones: la adoptada por quienes propugnaban lisa y llanamente el exterminio de aquellos pueblos; mientras que el otro sector de opinión postulaba que debía integrárselos a la civilización.
Mac Lean tomó campo decididamente por la segunda. Consideraba que era imprescindible propender a la elevación del nivel de vida de los aborígenes, de modo de rescatarlos de la barbarie, y vio en la reducción de indios, la escuela pública, el servicio militar, las vacunas, los hábitos de higiene y las condiciones dignas de trabajo, las herramientas para lograr ese objetivo. 
Consignó inequívocamente: “La civilización no ha hecho nada por el pueblo indígena. Al contrario, lo explota y corrompe convirtiéndolo en elemento peligroso”, poniendo la cuestión sobre el tapete y anticipándose en ello tres años a la famosa controversia suscitada en 1910 entre los etnógrafos Juan Bautista Ambrosetti y Robert Lehmann-Nitsche.
Como cité precedentemente, en aquella prospección a Bolivia, Mac Lean se relacionó con los tobas y matacos (parafraseando a Landriscina, ese “ramillete de indios fuertes de melancólicas razas”) y aprendió sus usos, costumbres, tradiciones y lenguas. Fue para él una epifanía, quizá transportada inadvertidamente en su sangre caledonia de generación en generación, para revelársele cual chamán picto surgido desde el fondo de los siglos. Se vinculó con los indios hermanándose con ellos desde el desprejuicio y la empatía, y se propuso hacer cuanto pudiera en su favor. Y ellos le correspondieron llamándolo Cacique blanco.
Los indios fueron relocalizados en reducciones o misiones con el objeto de reformarlos, es decir, “adaptarlos a la civilización”. Con ese objeto se dispusieron concesiones de tierras fiscales y se destinaron recursos presupuestarios. Pero a pesar de los loables propósitos declamados harto frecuentemente a gran estrépito; la implementación del criterio adoptado se tradujo en un fracaso que no tardó mucho en patentizarse. Las partidas asignadas resultaron insuficientes y las tierras otorgadas a las reducciones distaban mucho de estar entre las mejores, por lo contrario; no eran aptas para desarrollar eficazmente la agricultura.
Por otra parte, en el Chaco de la etapa territoriana, el valor supremo era el dinero. Y fue esa su principal característica distintiva con respecto a las provincias y a la capital del país, porque en aquellas y esta última el linaje, la alcurnia, y en fin, la portación de un apellido de prosapia, eran lo que confería el derecho a la preeminencia social que reclamaban para sí -y de hecho, obtenían- aquellas familias que conformaban la clase dirigente; por más que en muchos casos no tuvieran un centavo. El éxito económico era lo que marcaba en el Chaco el grado de figuración social de quienes llegaban a alcanzarlo. 
Así, pues, en modo alguno era casual que se evidenciasen en la población el desdén por la participación política, el desapego y aún el descuido hacia y de los intereses comunitarios, y el desprecio por las actividades espirituales, intelectuales y culturales.
La ley 1532 llamada de Organización de Territorios Nacionales sancionada en 1884 estipulaba que el gobernador fuese designado por el Poder Ejecutivo con acuerdo del Senado, ejerciendo sus funciones por un período de tres años al cabo de los cuales podía ser renombrado. Las facultades y atribuciones que se le otorgaban estaban muy acotadas, debido a lo cual era percibido por los habitantes del territorio, esto es, sus gobernados, como poco más que un simple delegado del ministerio del Interior -y convengamos que en la práctica, efectivamente lo era-; alguien que ni remotamente tenía el poder de decisión imprescindible para resolver las problemáticas que los afectaban ni mucho menos para arbitrar los medios conducentes a la defensa de sus intereses.
Para peor, los gobiernos nacionales a partir de 1916 y hasta la provincialización dispuesta por el presidente Juan Domingo Perón, ayudaron poco y nada para modificar aquel statu quo, cuando no directamente contribuyeron a agravarlo.
Durante las presidencias de Sarmiento, Avellaneda y Roca -en sus dos períodos- (y exceptuando expresamente la calamitosa administración de Juárez Celman, durante la cual el Chaco perdió sus mejores colonias, que se entregaron a la provincia de Santa Fe), los gobernadores designados fueron militares en su totalidad y estuvieron consagrados a la exploración, conquista y ocupación efectiva del territorio; a la fundación, apoyo, protección y consolidación de las colonias, al desarrollo de las comunicaciones (caminos, ferrocarril, telégrafo y teléfono) y a la continua expansión de la “frontera interior”, esto es, la frontera… con los indios.
También durante el llamado orden conservador 1904 - 1916 se designaron gobernadores eficaces y que cumplieron, en general, aceptables administraciones. Y algunas de ellas, incluso muy encomiables. 
Entre éstas últimas, merece destacarse la de Martín Goitía, el primer gobernador civil del territorio, quien en 1905 informaba al presidente de la República acerca de la tala indiscriminada e irresponsable que se hacía ("explotación arrasadora de los bosques", la llamaba) en los latifundios ("tierras acaparadas entre pocos dueños", escribió), alertaba sobre el riesgo de extinción, sugería la adopción de "medidas simples como la prohibición absoluta del corte de árboles inferiores a determinado diámetro" y solicitaba recursos para poner más inspectores y arbitrar más medios de vigilancia para impedir los abusos.
Durante la presidencia de José Figueroa Alcorta se lanzó un ambicioso Plan de Fomento de los Territorios Nacionales. Y en 1912 el presidente Roque Sáenz Peña dispuso, a través de su ministro del Interior, Indalecio Gómez,  la creación de la Dirección General de Territorios Nacionales, al frente de la cual se nombró a Isidoro Ruiz Moreno.
Al año siguiente se celebró en Buenos Aires la Primera Conferencia de Gobernadores de Territorios Nacionales, lo cual significó nada menos que la apertura de un ámbito de deliberación y participación (aunque todavía, no de debate amplio). Cierto es que hubo también una clara diferenciación entre discurso y praxis a posteriori del cónclave, que el temario abordado en el mismo fue decidido unilateralmente por el ministro del Interior (que concurrió con diecisiete funcionarios suyos; mientras que los gobernadores eran solamente diez) y que se soslayó el tratamiento de temas fundamentales como, por ej., la cuestión aborigen, la conformación de legislaturas en los territorios que ya hubiesen alcanzado el número de habitantes prescripto por la ley (como era el caso del Chaco, precisamente) y la creación de un ministerio en el que se concentrase lo atinente a los territorios nacionales; pero con todo, aquella Conferencia fue un acontecimiento muy importante y representó un cambio de paradigma en la relación Estado nacional-gobiernos territorianos.
En 1916 se produciría el advenimiento del radicalismo al gobierno nacional. A partir de allí, todo cambiaría en el Chaco. Y no precisamente para mejor, como veremos, apreciado lector, en la próxima entrega.

Continuará

-Juan Carlos Serqueiros-