lunes, 26 de agosto de 2013

A LA FRESCACHONA ISABEL LE GUSTABA MUCHO CO... MER - PRIMERA PARTE







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros 
 
"La reina entretanto, sin Poder Real entre sus manos, se consolaba ejerciendo el real poder de su entrepierna... Y su conejito tamborilero seguía, seguía, seguía..." (Andrés Vázquez de Sola, Jaque mate)

 
En 1991 la firma española Compañía Literaria S. A. lanzó (y relanzaría después en 1996) a través de su sello editorial El Museo Universal, un libro de 399 páginas a cargo de Lee Fontanella, Robert Pageard y María Dolores Cabra Loredo.
Se trataba de la recopilación de dos portafolios  que databan de 1868 o 1869, llevaban por título Los Borbones en pelota, comprendían 107 láminas a la acuarela (de las cuales se conservan solamente 89) con contenido satírico-político-pornográfico, cuya circulación en aquella época había sido clandestina, y que fueran adquiridos a su poseedor en 1986 por la Biblioteca Nacional de España. El foto-historiador Lee Fontanella los redescubrió en 1989 y después de su investigación; les atribuyó la autoría de los textos y las ilustraciones al gran poeta Gustavo Adolfo Bécquer y su hermano, el pintor Valeriano respectivamente, que habían creado la obra en conjunto, bajo el pseudónimo Sem.
 
 
Era una viñeta ácida y ferozmente crítica de la España de la época del reinado de Isabel II, y en ella aparecen, además de la propia reina; su esposo el rey consorte Francisco de Asís de Borbón; sus asesores espirituales el padre Claret y sor Patrocinio; el príncipe Alfonso, futuro rey Alfonso XII; Napoleón III; y los más conspicuos políticos y militares de por entonces, representados los hombres con gigantescos penes y las mujeres con enormes vaginas, componiendo cuadros sumamente explícitos de masturbación, orgías, homosexualidad, lesbianismo, zoofilia y hasta algún atisbo de necrofilia.
Por ejemplo, en esta lámina pueden distinguirse al senador Marfori, con una copa de vino en la mano; a la reina Isabel II sentada, de piernas abiertas y con una de ellas apoyada en un brazo del sillón; a sor Patrocinio, que es requerida sexualmente por González Bravo; y al rey consorte, Francisco de Asís, que es sodomizado por el padre Claret.
 
 
A lo largo de este artículo podrán observar algunas otras ilustraciones; quien desee verlas todas (son, reitero, 89), podrá hacerlo cliqueando sobre este ENLACE.
Pero a todo esto, ¿quiénes fueron Isabel II y el resto de los personajes?
María Isabel Luisa de Borbón y Borbón-Dos Sicilias nació en Madrid el 10 de octubre de 1830, del matrimonio entre Fernando VII y su cuarta esposa (y sobrina) María Cristina de Borbón.
Al no tener hijos varones, el mariquita bordador soslayó la ley sálica recurriendo al arbitrio de reflotar la llamada Pragmática Sanción de 1789, lo cual permitió que a su muerte en 1833; su hija fuera proclamada reina de España bajo el nombre de Isabel II. Eso motivó que el hermano de Fernando y tío de Isabel, Carlos María Isidro de Borbón, al ver truncadas sus posibilidades de acceder al trono, no reconociera a su sobrina como Princesa de Asturias y sucesora de su padre; originándose así la Primera Guerra Carlista.

 
En setiembre de 1833, al fallecer Fernando VII, la corona pasó a Isabel, pero como tenía sólo 3 años de edad, su reinado hubo de iniciarse bajo la regencia de su madre, María Cristina, hasta 1840; y del general Baldomero Espartero (de quien los suramericanos no tenemos la mejor de las opiniones, habida cuenta de su actuación -por supuesto, del lado español- en nuestra Guerra de la Independencia) después; hasta 1843 en que, a pesar de tener apenas 13 años; fue declarada por las Cortes mayor de edad para que pudiese reinar sin necesidad de regentes.
En 1846 se convino entre España, Francia e Inglaterra casarla con un primo suyo, Francisco de Asís de Borbón, al que se consideraba (con justicia) un indolente afeminado bueno para nada a quien el ingenio popular "bautizó", aludiendo a su mariconería y a sus preferencias sexuales, como "Paquita Natillas".
Isabel y Francisco eran primos hermanos, pero además, con un doble vínculo sanguíneo; ya que tanto la madre como el padre de Francisco, Luisa Carlota de Borbón-Dos Sicilias y Francisco de Paula de Borbón (que había sido uno de los candidatos para el trono del Río de la Plata en quienes pensaron los directoriales en sus proyectos monárquicos de 1815 y 1816); eran respectivamente hermanos de la madre y el padre de Isabel.  La boda real se celebró el 10 de octubre (fecha de cumpleaños de la reina).

 
En lo que se refiere a las conveniencias políticas, estratégicas y diplomáticas españolas, esa unión no estaba mal proyectada, por lo contrario; tenía la ventaja de resultar admitida por todas las facciones internas en pugna, convencidas como estaban de que Francisco, hombre (bueno, “hombre”… es un decir) débil y sin carácter, no intervendría en política; complacía a los isabelinos, pues había sido la madre de Francisco, Luisa Carlota (mujer decidida y de "cuchillo en liga"), quien impedió que el ministro de Gracia y Justicia de Fernando VII, Francisco Carlomarde, aprovechándose de la enfermedad del rey que estaba postrado y con sus facultades mentales disminuidas (disminuidas más allá de lo que era natural en él, quiero decir), capitalizara en beneficio de los carlistas una derogación de la Pragmática Sanción que le había hecho firmar, arrebatándosela de las manos y rompiéndola; y era alentada por las otras potencias.
Pero más allá de eso, no había entre Isabel y Francisco compatibilidad alguna y ese matrimonio fue un desastre que tuvo principio en una frustrada noche de bodas en la cual Paquita Natillas no pudo consumarlo en el lecho real. Muchos años después, Isabel le haría en París a Fernando León y Castillo esta confidencia: "¿Qué puedo decirte de un hombre que en la noche de bodas llevaba más puntillas, bordados y encajes que yo?".
El pueblo quería mucho a Isabel –la quiso siempre, aún en su descrédito y caída-, en quien había depositado grandes esperanzas después del calamitoso reinado de Fernando VII, y la llamaba cariñosamente "frescachona" (empleando el término como sinónimo de robusta, rozagante, saludable). Y es que en efecto, era todo eso. Y excelente amazona, además.


Y lógicamente, en la comparación con el amanerado y enjuto Francisco, éste, obviamente salía perdiendo; por más uniforme militar que vistiera intentando disimular su evidente carencia de virilidad.

 
 
Las coplas populares que circulaban en aquel tiempo son muy ilustrativas, como por ejemplo, esta: "Doña Isabelona / tan frescachona / y don Francisquito / tan mariquito". O esta otra, más hiriente aún: "Paquita Natillas / es de pasta flora / y mea en cuclillas / como las señoras".
Y una imagen de Sem que es más contundente todavía: Aparece Isabel exhibiendo una archipeluda vagina ante su esposo, diciéndole burlona: “¡Ay, Paquita! La verás, pero no la catarás”, aludiendo inequívocamente a que el marica rey consorte no tendría actividad de alcoba con ella (cosa que por otra parte, él no deseaba, dicho sea de paso).


¡Pobre pueblo español! Tan noble, tan hidalgo, tan valeroso; obligado a asistir impotente a la unión de la reina a la cual quería, con un amariposado al cual no se le conocían aptitudes para nada que no fuera el parasitismo vergonzante en el que vivió toda su miserable existencia.
Así las cosas, Isabel evidenció más temprano que tarde una notable sexualidad que la llevó a tener varios amantes. Pero cuidado; no debe confundirse sexualidad con genitalidad (que también la ejerció y en alto grado). Isabel denotó una gran sexualidad, pero eso no significa necesariamente que toda ella se tradujera en genitalidad y que fuesen ciertos todos los affaires que se le endilgaron. Que fueron, eso sí, varios.
Así como también es más que probable que ninguno de sus cinco hijos que sobrevivieron al embarazo y al parto fuese de Paquita Natillas. Aparece como innegable que no lo fue su hija la infanta Isabel –a quien se le decía popularmente la Chata y maliciosamente la Araneja-, fruto de su relación con el capitán José María Arana; ni lo fue su hijo Alfonso XII, quien habría sido engendrado en el vientre de su madre por el capitán Enrique Puigmoltó; y tampoco lo fueron sus hijas Pilar, Paz y Eulalia, nacidas de la relación de Isabel con Miguel Tenorio.


 
Y obviamente, no iba Sem a perderse la gran oportunidad de mostrarla concibiendo hijos de varios amantes en una lámina en la que se la representa fornicando en el trono, detrás del cual aparece escondido su confesor el padre Claret; al lado de su esposo, Francisco, que se masturba; mientras otro amante aguarda su turno con el pene en erección; y viene entrando, desnuda, sor Patrocinio a sumarse a la fiesta. Al pie se lee: "Real taller de construcción de príncipes. Se admiten operarios". 
 
 
Había mucho de dionisíaco en Isabel. Todo en ella parecía excesivo, desde su rolliza figura hasta su índole franca, expansiva, locuaz, para nada distante; gustaba de alternar con las gentes del pueblo sin pararse a mirar su “jerarquía” social; generosa hasta el punto de la prodigalidad y aficionada al arte y sobre todo al canto (fue ella misma una extraordinaria cantante de bellísima y afinada voz); sus noches se alargaban hasta las madrugadas y se despertaba ya avanzadas las tardes. Su sexualidad se extendía a un voraz apetito: se decía que en ocasiones solía comer hasta dieciséis veces en un día. No ocultaba sus relaciones extramatrimoniales, seguramente porque consideraba que si se le había impuesto un marido al que no amaba y que no podía ejercer de tal; su derecho a subsanar aunque sea parcialmente esa desgracia, estaba más que justificado; y quizá por eso era absolutamente indiscreta y no tenía reparos en escribir explícitos mensajes a sus amantes.
Sem la representa lúbrica, con un cetro terminado en forma de pene goteando semen, y la insta: "No seas lividinosa (sic) y tapa, tapa la cosa".

 
Por su parte, Paquita Natillas no era un puto promiscuo; él se mantenía fiel a su gigoló,  un oscuro barbero de Sevilla llamado Antonio Ramos Meneses, precursor en el “oficio” de chongo al que el rey consorte llegó al extremo de hacer nombrar duque de Baños. Mientras tanto, el pueblo seguía riendo de él y acuñando coplas sentenciosas: “Gran problema es en la Corte / averiguar si el consorte / cuando acude al excusado / mea de pie o mea sentado”.
Sem lo pinta con una enorme cornamenta y masturbándose, como "El rey consorte / primer pajillero (para nosotros los argentinos, pajero) de la corte".

  
Y no se priva de mostrarlo en toda su indignidad, en otra lámina al pie de la cual se lee: "Vuestra noble faz empaña / el nublo del deshonor / desfaced pronto esa niebla / cortaos los cuernos, Señor; / que el mundo entero os señala, / la Europa os llama cabrón, / y cabrón repite el eco / en todo el pueblo español".
 
 
 
Pero debemos discernir adecuadamente entre la historia y la propaganda política. Quiero decir; así como no se debe escribir la historia de Rosas basada en el panfleto sarmientino Facundo o la del doctor Francia fundada en el Yo el Supremo de Roa Bastos; tampoco debe escribirse la de Isabel II cimentada en el becqueriano Los Borbones en pelota.
Porque no había nada de lesbianismo en su vínculo con sor Patrocinio, ni tampoco su confesor el padre Claret mantenía relaciones homosexuales con el maricón cornudo consciente y complaciente de Francisco como se estipula en esa obra, ni se realizaban en el palacio real orgías con políticos y militares, ni se ejercían la zoofilia y la necrofilia como se describe en  las acuarelas de Valeriano.

 
 
 

 
 
Sor Patrocinio era una monja “milagrera” y una delirante mística (y por ende, mistificadora y fraudulenta), pero su influencia se circunscribía a mediar ante el manfloro cornamentado Francisco para que aceptara reconocer e inscribir como propios a los hijos habidos entre Isabel y sus amantes (a cambio de millones, dicho sea así como al pasar; porque Paquita Natillas era puto, sí; pero un puto al que le gustaba el dinero).
 
 
Y el padre Antonio María Claret, confesor de Isabel, fue sin duda alguna un prelado conservador y en ocasiones hasta recalcitrante si se quiere; pero en su función eclesiástica fue eficaz y consecuente en su prédica cristiana, y tuvo gran aceptación en el pueblo, eso es indisputable.
Soy agnóstico y tengo escasa (o mejor dicho, ninguna) simpatía por la iglesia católica; pero también me empeño en atenerme a rajatabla a la búsqueda de la verdad histórica bajo el postulado de la estricta honestidad intelectual, y por eso me repugna todo falseamiento; no estoy dispuesto a incurrir en ellos por más adhesión o rechazo que me generen ciertos personajes históricos. Claret retrógrado y refractario, sí, coincido (y hasta agregaría a los calificativos sobre él, el de hipócrita); pero Claret bufarrón de Paquita Natillas y bastonero de desenfrenadas orgías y bacanales palatinas, no, no fue así.
Lo de la relación entre Isabel II y el papa Pío IX (o Pío Nono) es más complicado de establecer fehacientemente, fundamentalmente por la cerrazón en torno a los archivos vaticanos. Se ha sostenido con insistencia que la reina evidenciaba una “beatería supersticiosa” y eso no es cierto. La Frescachona era auténticamente católica y no había en ella en ese aspecto fingimiento ni exageración alguna. La crítica de vastos sectores de la opinión pública española se cebó en esa época en torno a dos cuestiones: el otorgamiento de Pío Nono a Isabel II de la Rosa de Oro en reconocimiento a su virtud católica, y una supuesta bula que Sem (los Bécquer) menciona como singularis: “Pío Nono agradecido / a los dones de Isabel, / le da bula singularis / para que pueda joder” (asignándole a joder la significación que los argentinos le damos a coger).
 
 
En virtud de esta bula, que dicen se habría expedido a cambio de trescientos cincuenta millones de reales, se le habría otorgado a la reina una suerte de vía libre papal para que pudiera fornicar con quien se le antojara. ¿Habrá algo de cierto en eso? Por lo pronto, las bulas pontificias emitidas por Pío Nono son de público dominio y ninguna de ellas está referida a semejante asunto; pero ¿podría haber habido una bula secreta en favor de Isabel II? A priori, surge como altamente improbable, pero chi lo sa...
Eso sí, para instalarlo como una certeza histórica se necesita una prueba fehaciente (o sea, la bula misma); y para inferirlo como posibilidad, por lo menos algún indicio razonable; no basta con citar una "información" aislada y no verificada de un diario opositor al gobierno, como esa que se esgrime de El Relámpago en su edición del 10 de febrero de 1867, que menciona la postergación de un pago "en remuneración por cierta bula que Pío IX ha acordado a Isabel II y que su esposo Francisco ha creído deber aceptar". O la publicada en el diario El Caos del 4 de julio de 1870 (cuando ya no era reina de España y vivía en París) atribuyéndole a Isabel haber pronunciado estos versos: "Yo nunca pierdo la chola / por más que me llamen chula, / para estas cosas, yo sola / tengo del papa la bula / y dejo correr la bola".
Digamos que si lo de El Relámpago es difícil de creer; lo de El Caos directamente raya en el absurdo. En fin...

Continuará
 

 

martes, 13 de agosto de 2013

10 DE MAYO DE 1886: ATENTADO CONTRA EL PRESIDENTE JULIO A. ROCA


Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Para mayo de 1886 la situación política en lo concerniente a la pugna entre partidos, ya estaba definida. El período presidencial de Julio A. Roca (el primero: 1880-1886; porque tendría un segundo: 1898-1904) vencía ese año, y de las elecciones realizadas el 11 de abril, emergieron los colegios electorales que proclamarían presidente de la Nación a Miguel Juárez Celman (concuñado de Roca y candidato por el roquismo, es decir, el oficialismo) por 168 votos contra 32 para Manuel Ocampo y 13 para Bernardo de Irigoyen postulados por la coalición denominada Partidos Unidos, conformada por el rochismo, el mitrismo y el bernardismo, llamados así por ser sus principales referentes Dardo Rocha, Bernardo de Irigoyen y Bartolomé Mitre respectivamente (además de Aristóbulo del Valle, Domingo Faustino Sarmiento y Vicente Fidel López, entre otros)—; y vicepresidente a Carlos Pellegrini también por el oficialismo, obviamente por 179 votos contra 28 para Rafael García, 3 para Luis Sáenz Peña y 3 para Bartolomé Mitre.
Consecuentemente, para mayo le quedaban a Roca cinco meses por delante para concluir su mandato el 12 de octubre, fecha en la que traspasaría la presidencia a Juárez Celman: Meses durante los cuales debía inaugurar el 24° período de sesiones del Congreso, que comenzaría el 10. La ceremonia estaba prevista para ese día (caía lunes) a las tres de la tarde.
Minutos antes de esa hora, un Roca vestido con uniforme de gala, con la cabeza cubierta por un bicornio y luciendo la banda presidencial, recogió de su mesa de trabajo los papeles en que había escrito el discurso que pronunciaría, salió de la Casa de Gobierno y cruzó la calle en diagonal para dirigirse al Congreso, que distaba menos de una cuadra (me refiero al viejo edificio del Congreso, que estaba situado en la esquina de las calles Balcarce y de la Victoria —la actual Hipólito Yrigoyen—), con entrada por Balcarce 139, acompañado por sus ministros y otras personalidades.

Un corto número de personas observaba la escena (“una multitud se apiñaba en la plaza 25 de Mayo... hallándose asimismo las azoteas y balcones de La Bolsa, Correo, Aduana y Altos de Escalada, coronados de gente”, fantaseaba el diario La Nación, que se ha caracterizado por tener un curioso concepto a la hora de definir lo que es multitud).
Al pasar la comitiva, las tropas formadas del regimiento 1 de Infantería al mando del coronel (meses después ascendido a general) Antonio Donovan, presentaron armas al presidente, y la banda militar comenzó a tocar la marcha Ituzaingó.
De repente ("siendo exactamente las 15.10 hs. —consigna La Nación, a escasos metros de la puerta de acceso al Congreso y cuando el primer mandatario subía a la vereda, un sujeto surgió de entre el gentío y levantando un puño en el que tenía una piedra, lo golpeó en la cabeza. Cuando se aprestaba a asestarle otra vez, Carlos Pellegrini que era muy alto y de fuerza hercúlea lo tomó de atrás ("lo acogotó con el brazo derecho", dice La Nación en la nota publicada respecto al incidente en su edición del 11 de mayo de 1886) y lo inmovilizó; mientras el senador David Argüello le tiraba de la barba ("de los cabellos", según La Nación). Por su parte, el general Nicolás Levalle, integrante de la comitiva, vociferaba ordenándole a Donovan "desplegar sus tropas en batalla" ( convengamos en que era un tanto excesivo lo del hombre, ¿no?). Otro de los militares que acompañaban a Roca gritaba: "¡Que lo envasen con la espada!", y uno que calzaba los mismos puntos, se preparaba a hacerlo; pero Pellegrini, sereno, lo llamó al orden, impidiéndoselo. Vicente Casares, que asistía a todo desde el balcón de la casa de sus padres, clamaba desde allí: "¡No lo maten!". Pellegrini entregó al agresor (que desde el suelo pedía insistentemente "¡mátenme!") al comisario Baldomero Cernadas, quien lo esposó. Costó a la policía sacarlo de entre los soldados que le estaban dando una tremenda golpiza ("Pellegrini ordenó la calma, aunque no pudo impedir en la vereda de Balcarce los trompis sobre el criminal", pone La Nación).
El ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública, Eduardo Wilde (amigo de Roca y prominente médico higienista, de abnegada y heroica actuación durante la epidemia de fiebre amarilla de 1871), improvisó una enfermería en la Secretaría General de la Cámara de Diputados, y procedió a asistir al presidente, que seguía sangrando profusamente. Limpió la herida, le puso árnica para detener la hemorragia y después de asegurarse de que no hubiese arterias rotas que ligar; sobre ella colocó un apósito hecho "a partir de un pañuelo" (que era del ministro de Hacienda, Wenceslao Pacheco).
Dicho sea de paso, se ha difundido hasta el hartazgo el mito del supuesto diálogo entre Roca y Wilde: "—Doctor Wilde, esta es la primera cachetada que he recibido en mi vida", le habría dicho el Zorro a su ministro; y este habría contestado: "—No es usted solo, señor presidente, quien la recibe; sino el decoro de la República". Absurdo por donde se lo mire. Roca y Wilde eran íntimos amigos y el tratamiento usual entre ellos era el cotidiano y familiar vos; no los acartonados "usted", "doctor" y "señor presidente". Por otra parte, suponerlos a Roca —que había ganado cada uno de sus ascensos en un hecho de armas— preocupado en semejantes circunstancias por aclararle a su ministro que esa era "la primera cachetada que recibía en su vida" (como si su padre, su madre o quizá algún superior, no le hubieran aplicado jamás algún que otro chirlo o soplamocos); y a Wilde, concentrado en evaluar la gravedad y curarle la herida que sangraba copiosamente, acordándose ¡justo en ese momento! del "decoro de la República", raya en lo cómico. Pero bueno, son esas chafalonías con las que los mitómanos se empeñan en adornar artificiosamente la historia, como si ésta precisara de ello. En fin...
Seguidamente, un Roca que estaba mucho más pálido que lo natural en él (era de tez muy blanca, cabellos rubios y ojos grises azulados), notoriamente demacrado, con la cabeza vendada y  la banda presidencial manchada con un cuajarón de sangre; se dirigió al recinto de sesiones. 
Y allí se excusó de pronunciar el discurso que tenía preparado para la ocasión, pues "un incidente imprevisto me priva de la satisfacción de leer mi último mensaje que como presidente dirijo al Congreso de mi país. Hace un momento, sin duda un loco, al entrar yo al Congreso, me ha herido en la frente no sé con qué arma", dijo.  Después con escasa memoria a la hora de recordar sus propios "procedimientos", diría yo; porque justamente había sido su ministro Pellegrini quien desde el ministerio de Guerra bajó la orden presidencial de "ganar las elecciones cueste lo que cueste" en un grand coup lors, ya que situaba el juego en campo contrario: el del mitrismo, y con el estiletazo de una fina ironía, además; lo que viene a demostrar que, aún conmocionado por el atentado que había sufrido y debilitado por la pérdida de sangre; la astucia del Zorro estaba ahí, inalterable como siempre, dijo: "Se habla de fraudes, de violencias, de abusos de autoridad. Las elecciones se han realizado con no menos libertad ni garantías que en las administraciones de los ilustres argentinos que me han precedido en el gobierno". 
Y concluyó manifestando que estaba "con la conciencia tranquila, el ánimo sereno, acariciando la idea del retiro y el silencio que las democracias reservan a quien las ha servido bien o mal, sin odios ni rencores para nadie, ni siquiera para el loco que acaba de agredirme". 
El óleo sobre tela de Juan Manuel Blanes que se encuentra en el salón de los Pasos Perdidos del edificio del Congreso Nacional, cuya imagen es la portada del presente opúsculo, ilustra la escena.
Trascartón, Roca se retiró del Congreso y abordó un carruaje que lo trasladó a su casa, donde Wilde, ahora acompañado de los doctores Crespo y Costa, volvió a examinar la herida y le practicó un nueva curación. Tan eficientemente, que el vendaje recién fue retirado tres días después, y en el término de veinticuatro, había sanado completamente.
Pero a todo esto veamos: ¿quién era el autor del atentado y qué fue de él luego de ser entregado a la policía?
Se trataba de un hombre de 36 años de edad, oriundo de la provincia de Corrientes, llamado Ignacio Monjes ("Ignacio Monge" consigna erróneamente La Nación), según consta en el expediente judicial titulado "Monjes, Ignacio - Tentativa de asesinato al presidente de la República don Julio A. Roca - Juez Doctor Julián L. Aguirre, Secretario Román Bourel.
Monjes había actuado en la guerra del Paraguay, en las campañas del gobierno de Sarmiento contra López Jordán, y en la sublevación correntina en apoyo a la porteña del gobierno de Tejedor contra el de Avellaneda. Provenía de una antigua familia unitaria y mantenía estrechos vínculos con el Partido Liberal, tanto con el de su provincia, como con el de Buenos Aires, lo cual no necesariamente significa que "militara" en sus filas, como han afirmado la mayoría de los historiadores que se ocuparon del caso; o que "no tenía militancia política", como sostuvieron tajantemente otros. La verdad es que Monjes era ardorosamente unitario y liberal en cuanto a sus ideas y a sus actos; pero eso no lo hacía "carne de comité" ni "elemento de acción", es decir, un matón al servicio del caudillo de turno. Distaba mucho de ser un "gaucho malo" y "compadre" arrastrado hasta descender al asesinato político por "lealtad partidaria", como ocurrió 
por ejemplo con el famoso Juan Moreira, que había puesto su daga sucesivamente al servicio de alsinistas y mitristas en pos de un indulto que jamás le llegó.
Del expediente judicial surge que Monjes actuó solo y por su exclusiva cuenta; pese a que las primeras investigaciones (las policiales, no las judiciales) se inclinaron hacia la hipótesis de una conspiración, debido a la existencia de determinados indicios y antecedentes en tal sentido. Ocurría que por ese tiempo, Monjes que estaba sin empleo vivía en casa de su comprovinciano Manuel Florencio Mantilla que era director del Archivo General de la Nación en el domicilio de éste en la calle Perú n° 99. Es pertinente recordar aquí que Mantilla fue el "Mitre correntino", es decir, el creador de una historia amañada para servir a los postulados e intereses del orden liberal impuesto a sangre y fuego en el país, post Caseros y Pavón. 
La policía estaba perfectamente al tanto de que dos años antes había existido un complot para apresar y asesinar al presidente Roca, en el que anduvieron entreverados Dardo Rocha, Máximo Paz y Carlos D'Amico, lo cual (según cuenta este último en su libro Buenos Aires, sus hombres, su política) no se verificó debido a una supuesta traición de Paz, quien habría sido un elemento infiltrado en la conspiración por el mismo Roca, que pudo de esa manera enterarse de lo que se tramaba en su contra. Entonces, para el día del atentado, siendo Rocha como consigné antes, uno de los referentes principales de la oposición a Roca, y siendo asimismo Mantilla tenazmente antirroquista (en 1880, como diputado nacional, se había negado a trasladarse a la localidad —hoy barrio de Belgrano, declarada capital nacional provisoria por decreto de Avellaneda; y fue considerado dimitente, cesando (de hecho y por imposición) en sus funciones de diputado, y además; al regresar a su provincia fue proscripto y desterrado, con todo lo cual se entiende su antirroquismo, ¿no?; tenía cierta lógica el que la policía se inclinara en principio a encuadrar lo de Monjes en un complot opositor, orientando la investigación desde esa presunción. Investigación que, a horas nomás de iniciada, demostró que el supuesto del que se partía era incorrecto y que no cabía la posibilidad de ninguna conspiración organizada por los partidos opositores, por otra parte. Minutos después del atentado y ya detenido Monjes, la policía secuestró la piedra de la que se había valido éste para atacar a Roca, que resultó ser un trozo de ladrillo refractario de manufactura inglesa de 10 cm. de ancho y que pesaba 675 g., es decir, un cascote y no un adoquín como se informó al principio.
Y esa misma noche del 10 de mayo se allanó la habitación que ocupaba en la casa de Mantilla, en la cual se halló un baúl atestado de libros de espiritismo y papeles y folletos que indicaban que Monjes integraba una secta espiritista llamada La Humildad entre cuyos postulados se encontraba uno que sostenía que "cuando dos terceras partes del pueblo ven que el gobernante es malo, éste debe desaparecer".
Así pues, al incoarse el 13 de mayo la causa contra Monjes, el juez Aguirre sabía a qué atenerse. Pidió los pertinentes informes periciales, que abarcaron desde los referidos al arma utilizada, hasta los exámenes psíquicos (Monjes hacía trece años que sufría de frecuentes ataques de epilepsia y su abogado Jorge Argerich estimaba que una declaración de insania mental lo salvaría, o por lo menos beneficiaría notoriamente su situación procesal). Convengamos en que la defensa muchas alternativas no tenía: Monjes cometió el atentado delante de cientos de testigos, había sido apresado in fraganti, y en la indagatoria había declarado que: "Lo hizo para salvar a la Patria y porque quiere la libertad para ella, que esa idea la tuvo desde esa mañana al haber sabido que se abría el Congreso. Al herirlo (al presidente) lo hizo con la intención de detenerlo en sus malos procederes, matándolo si el golpe resultaba mortal. Que el hecho lo cumplió solo, que no estaba ebrio y sí en su sano juicio". Después, en una ampliación dijo que: "Su intención fue además de salvar la patria, mejorar de situación (nota mía: se refiere a su situación socio-económica personal) con el cambio de gobierno". Y por último, en otra ampliación declaró: "La idea, la intención de darle muerte, la tuvo recién al verlo salir de la Casa de Gobierno en dirección al Congreso y que a nadie comunicó su propósito". Contundente, ¿no? Como canta el Indio Solari: "Pintan mal las cosas para él, mi viejo, pintan mal".
No obstante, es de hacer notar que la estrategia elegida por Argerich para la defensa, denotaba su habilidad abogadil. Digo, en esos tiempos de orden liberal (en lo teórico las más de las veces; que no en lo práctico) y de "odio eterno a la tiranía" (Rosas), el pintar a Monjes como un fanático de la libertad en lucha solitaria y desigual para "librar al país de otro tirano" (Roca), era más que conveniente.
Y le dio buenos resultados, porque vastos sectores de la opinión pública empezaron a mirar a Monjes desde esa óptica, y porque el informe psiquiátrico de los peritos forenses doctores Marcelino Aravena y Julián Fernández, aconsejaba al juez que "su culpabilidad debe ser atenuada".
Debía estar todavía felicitándose a sí mismo Argerich por sus dotes de leguleyo, cuando el fallo del juez Carlos Miguel Pérez cayó sobre él (o mejor dicho, sobre Monjes) como un mazazo: el 10 de mayo de 1887 (exactamente al cumplirse un año del atentado a Roca) emitió su veredicto considerando al imputado incurso en el delito de tentativa próxima de asesinato ejecutado con premeditación y alevosía y sentenciándolo a diez años de presidio que cumplirá en la cárcel penitenciaria, inhabilitación absoluta para ejercer cargos públicos por el tiempo de la condena y la mitad más, e interdicción civil mientras dure la pena (arts. 95, 12 y 83, inc. 1 del Código Penal).
El fallo fue apelado a la Cámara y ésta primero giró el expediente al Consejo de Higiene pidiéndole taxativamente que se expida acerca de una sola cuestión: "Si Monjes está demente". Pero al considerar insatisfactoria e inadmisible la respuesta de dicho organismo (que sugería un cambio de paradigmas en el criterio penal), solicitó otro informe psiquiátrico para lo cual designó dos nuevos peritos, los cuales consultados en tal sentido manifestaron que "nada revela que el procesado Ignacio Monjes esté actualmente en estado de demencia". La Cámara ratificó entonces el 3 de setiembre de 1888 la sentencia del juez Pérez, pero morigeró las condiciones de encarcelamiento, estipulando que el condenado debería cumplir la pena en presidio y no en cárcel penitenciaria (la diferencia no era una cuestión menor, porque relevaba al preso de los trabajos forzados y además le posibilitaba recibir ayuda de extramuros) y especificando que el plazo debía contarse a partir del 6 de julio de 1887.
Condenado y recluido que fue Monjes, todo el mundo lo olvidó pronto. Todo el mundo... menos Roca.
El 22 de enero de 1895 renunció el presidente Luis Sáenz Peña, en función de lo cual asumió el vice, José Evaristo Uriburu, que era una hechura del Zorro  y a quien éste ¡hasta le indicó quiénes debían ser los ministros que habrían de integrar el gabinete! El 28 de octubre Roca (que presidía el Senado) se hizo cargo en ese carácter de la presidencia de la Nación por enfermedad de Uriburu, hasta el 8 de febrero de 1896, fecha en la que restablecida ya su salud, este último reasumió. Después de eso, Roca le pidió a Uriburu que decretase el indulto para Monjes (a quien le faltaba uno para cumplir los diez años de su condena) y Uriburu así lo hizo, el 9 de julio. El Zorro hizo llamar a su presencia al correntino, le dijo que todo el incidente quedaba olvidado, y le anunció que le había conseguido un empleo.
Dependiendo del grado de adhesión o de rechazo hacia la figura histórica de Roca, algunos han interpretado el hecho como indicativo de su magnanimidad, y otros sostienen que lo hizo por oportunismo. A modo de ejemplo, voy a citar, de entre los primeros, lo que se consigna en el Museo Roca - Instituto de Investigaciones Históricas, que es obviamente, un organismo oficial:

El 10 de mayo de 1886, el presidente Roca se dirige al Congreso para dar su último mensaje. Antes de llegar es atacado por Ignacio Monges (sic) con una piedra que lo hiere en la frente sin mayores consecuencias. El agresor resultó ser un desequilibrado, a quien Roca perdonó, ocupándose de su futuro.

Y de entre los segundos, he seleccionado lo que al respecto sostiene José María Rosa, en su Historia Argentina t. 8 ps. 229 y 230:

La impopularidad de Roca quedó demostrada en ese atentado (...) En un gesto políticamente cotizable, indultó a Monges (sic) y le buscó un modesto empleo.

Por mi parte, no creo que Roca hiciera eso por magnanimidad ni por oportunismo político; sino que estimo que debe de haber tenido otros motivos que lo impulsaron a ello. Si hubiera querido proceder con benevolencia y benignidad, no hubiera esperado diez años para gestionar la libertad de Monjes; pues le hubiera bastado con pedirles a Juárez Celman, o a Pellegrini o a Luis Sáenz Peña que lo indultaran y sin duda alguna cualquiera de ellos habría accedido; tal como accedió Uriburu. ¿O alguien cree que se iban a negar a la petición de quien era, además de la víctima del atentado; la figura rectora de la política nacional? Sin embargo, esperó hasta que sólo le restara al correntino un año para cumplir su condena, para gestionarle la libertad. Y —aclaro, porque siempre hay algún poco avisado que cuando uno escribe "caballo", se empeña en interpretarlo como "mancarrón"— no pretendo negar que Roca haya sido esa vez magnánimo, porque lo fue en muchas ocasiones; ni estoy en modo alguno minimizando el gesto que tuvo para con Monjes, porque se necesita tener grandeza de alma para perdonar a alguien que quiso matarnos, y el Zorro la tuvo. Lo que quiero dejar estipulado es simplemente que para mí, no actuó en esa oportunidad guiado por la intención de ser magnánimo, sólo eso.
Y tampoco me parece que lo hiciera por oportunismo político, porque a ver: ¿qué representaba Monjes en términos cuantitativos, es decir, en votos? La respuesta es: nada, ni un solo voto, ni tan siquiera el propio. ¿Qué simpatías que se tradujeran en sufragios iba a acarrearle a Roca el gestionar el indulto para alguien que estaba preso desde hacía nueve años y que no poseía capital político alguno? Si hubiera actuado por oportunismo político, o sea, por interés, ¿acaso no le hubiera convenido mucho más recomponer las cosas con personas infinitamente más relevantes que Monjes en ese mundillo de la política? Además, no se le dio al hecho trascendencia periodística alguna: ni La Prensa, ni La Nación y ni siquiera Tribuna (el diario del propio Roca), dedicaron espacio a  batir el parche con el indulto a Monjes, entonces; ¿qué oportunismo político puede inferirse como causal de un hecho que ni siquiera publicita el mismo supuesto beneficiario del rédito que le reportaría?
No, el Zorro no hizo indultar a Monges y le consiguió un empleo porque quisiera ser magnánimo y condescendiente con él, ni porque pensara que eso le traería un beneficio político; sino que procedió así por coherencia, porque era lo que estaba en su naturaleza. Ese acto era precisamente el que cabía esperar de él dada su índole. Durante los veinticinco años en que fue la figura predominante en la política nacional, Roca procuró cerrar heridas siempre que pudo, y nunca quiso tener frentes abiertos porque sí nomás.
Entre el año que duró su procesamiento, juicio y apelación, y el tiempo de su condena, Monjes iba a estar once años fuera de la vía, y cuando saliera; encima sería un hombre sin medios de vida, pues si no tenía trabajo antes de ser presidiario, ¿qué le cabía aguardar para cuando terminara de cumplir la pena que se le había impuesto? Monjes estaba jugado, y así las cosas, cabía dentro de lo previsible que se propusiera llevar a cabo lo que no había podido lograr años antes, atentando nuevamente contra Roca. Era natural y lógico que éste lo hiciera poner en libertad y lo ayudara consiguiéndole un empleo, porque de ese modo el correntino le estaría agradecido, y además; podía tenerlo controlado, por lo menos, en algunos aspectos y ámbitos. Todo lo cual no invalida la buena acción del Zorro, desde ya.
Y si estoy o no acertado, es algo que —lamentablemente— no me será dado comprobar, porque en su correspondencia, Roca no se refirió al asunto. ¿Lo habrá comentado con alguno de sus hermanos o con su leal y consecuente amigo Gramajo? Si lo hizo, ninguno de ellos dijo jamás ni pío al respecto.
Será por siempre otro de los secretos que el Zorro se llevó a la tumba. Y es que aquel hombre, de verborrágico no tenía nada; hablaba muy poco y lo estrictamente preciso. Y lo bien que hacía.

-Juan Carlos Serqueiros-

viernes, 26 de julio de 2013

HOMENAJE AL PADRE DEL PARQUE DE LOS PATRICIOS



Escribe: Juan Carlos Serqueiros


El gusto por los jardines de cualquier dimensión que sean es una de las más caracterizadas expresiones del grado de civilización alcanzado por una nación. (Carlos Thays)

Jules Charles Thays, arquitecto, urbanista, paisajista y naturalista, nació en París, Francia, el 20 de agosto de 1849.
En 1889 llegó a nuestro país contratado por el empresario Miguel Crisol para el diseño y realización del parque que llevaría su nombre (el hoy Parque Sarmiento) en la capital cordobesa. Ya nunca se iría de la Argentina, pues concluída la obra para la que había sido convocado; ganó por concurso el cargo de Director de Parques y Paseos de la Municipalidad de Buenos Aires.
A todo esto, en 1865 se había resuelto el traslado del Matadero del Sud, que estaba ubicado en la actual Plaza España; llevándoselo más al oeste. Entre 1866 y 1867 se habían construido ya los corrales para el ganado, en el sitio que a partir de allí se conocería como la Meseta de los Corrales; pero diversos motivos (litigios sobre los terrenos, la epidemia de fiebre amarilla y cuestiones presupuestarias) llevaron a que el traslado del matadero, con la pertinente habilitación para faenar vacas; se efectivizara recién el 12 de noviembre de 1872. 
Durante las presidencias de Sarmiento, Avellaneda y Roca se le dio a la zona un fuerte impulso progresista. En ese orden de ideas, se dictó en 1896 una ordenanza que disponía la re ubicación del matadero, trasladándolo al barrio que habría de tomar precisamente ese nombre: Mataderos. En 1898 comenzó la construcción de los nuevos corrales, finalizada en 1901, y el sitio donde estaban los anteriores empezó a ser llamado popularmente los Corrales Viejos. 
Pero la necesidad de aguardar la conclusión de las obras del ferrocarril destinado a transportar a los trabajadores y la carga de los establecimientos fabriles (curtiembres y frigoríficos) de la zona, demoró la mudanza hasta 1902.
Simultáneamente, el intendente Adolfo Bullrich ordenó a Thays (quien a esa altura ya había dejado de ser monsieur Jules Charles para convertirse en el más criollo don Carlos) la elaboración del proyecto para parquizar la zona a la que se "liberaba" del matadero. El filoso humor de la revista Caras y Caretas volcado en la tapa de su edición del 19 de enero de 1901, muestra a una dama en cuyo vestido se lee "MUNICIPALIDAD" (simbolizando a Bullrich) "pechando" al ministro de Hacienda de la Nación, quien exclama escandalizado: "¿Otra vez? ¡Esto no tiene nombre!"; a lo cual ella contesta: "Sí, señor: Adolfo Bullrich".
En marzo de 1902, Thays elevó a la consideración de las autoridades el plano de lo que llamó Parque al Sud.
De inmediato se inició la formación del paseo, el cual sería inaugurado el 11 de setiembre de 1902 (pese a que las obras no estaban finalizadas aún), con las presencias de su creador, de las autoridades municipales, de más de 4.500 alumnos de escuelas primarias y por  supuesto; de los vecinos del lugar que se congregaron poniendo un marco multitudinario al emotivo acto en el que un coro de 400 niños entonó el himno nacional. La ordenanza municipal de esa misma fecha (y aprobada al día siguiente, esto es, el 12), estableció para el paseo el nombre de Parque de los Patricios, en honor a ese regimiento tan cargado de glorias. 
El Parque es mucho más que un pulmón de la gran urbe. Con sus arboledas añosas donde anidan sueños, el aroma de sus flores en las que se liba el amor al barrio, el verdor de su césped tiñendo de magia la vista, sus cuidados senderos que invitan a pasear al pensamiento y la calmosa paz de sus bancos que nos cuentan mil y una historias; es una caricia a la psique, una bendición para los sentidos. El Parque de los Patricios es Buenos Aires.
A Carlos Thays también le debemos los argentinos, además del Parque de los Patricios y entre otras muchas obras: el Jardín Botánico, las Barrancas de Belgrano, el Paseo de Julio, el Paseo Colón, los parques Los Andes; Centenario; Avellaneda; Lezama; Colón; Chacabuco y Pereyra, y muchas, muchísimas plazas, todo ello en Buenos Aires. Y en el interior del país, el Boulevard Marítimo, en Mar del Plata; el Paseo General Urquiza, en Paraná; y los parques Crisol (actual Sarmiento), en Córdoba; del Centenario (actual 9 de Julio), en Tucumán; 20 de Febrero, en Salta y del Oeste (actual San Martín), en Mendoza.
Describir en detalle toda la inmensa obra de Thays sería materia no ya de un libro; sino de varios tomos. Fue además un destacadísimo botánico y un hombre comprometido con las iniciativas e inquietudes de los habitantes del país que lo había acogido, fueran estos de la condición social que fueren; ya que no limitó sus trabajos a los encargos del Estado y de las clases pudientes; sino que estuvo siempre pronto a satisfacer solidaria y desinteresadamente los pedidos que la gente de los distintos barrios le hacía. ¿Querían una plaza, o árboles, o quizá flores? Y allí estaba, sonriente, su afable y señera figura, invariablemente dispuesta a complacer el requerimiento. 
En 1901 José María Cao, de Caras y Caretas, homenajeaba a Thays en una de sus excelentes caricaturas al pie de la cual ponía estas rimas: "Las plantas más olorosas / los árboles más gallardos, / los jazmines y los nardos, / los claveles y las rosas / con su perfume más vivo / parecen estar diciendo: - Este señor que es-thays viendo / es vuestro padre adoptivo".
Falleció a los 84 años el 31 de enero de 1934. Todo Buenos Aires lo lloró y sus exequias fueron imponentes. Miles de personas de todas las clases sociales conformaron el cortejo fúnebre que acompañó sus restos al cementerio de la Chacarita.
Con el respeto profundo y el recuerdo emocionado de las grandes admiraciones, vaya este mi humilde homenaje al amante eterno de la Naturaleza, al hombre que diseñó y plasmó la obra que da nombre al barrio que alberga al club de mis amores, el glorioso Huracán: Don Carlos Thays, el Jardinero de la República.

-Juan Carlos Serqueiros-

lunes, 1 de julio de 2013

COCINA ARGENTINA: REVUELTO GRAMAJO... ÑAM ÑAM


Escribe: Juan Carlos Serqueiros


El coronel Artemio Gramajo -(n) Loreto, Santiago del Estero, 1838; (m) Buenos Aires, 11.01.1914- anduvo entreverado en muchas acciones bélicas; pero la celebridad que su apellido adquirió no se debe a las aptitudes que haya podido tener para el arte de la guerra; sino a las que supo evidenciar para uno tan distinto como el... culinario.
El hombre era de buen comer, digamos. Caras y Caretas en su edición del 19 de octubre de 1901 nos lo pintaba como pueden observar en la caricatura de abajo, la cual venía acompañada del siguiente texto: "Es Gramajo de Roca el ayudante / y además un glotón de mucho aguante; / vale decir que nuestro presentado / ayuda al presidente... y al mercado".



Y era, en efecto, el edecán del general Julio A. Roca y muy ligado a él a partir de una añeja camaradería militar. La índole seria, adusta, reconcentrada, fría y calculadora del Zorro; y el carácter abierto, amable, expansivo, locuaz y festivo del santiagueño se complementaron a la perfección, y así, se entabló entre esos dos hombres una leal y consecuente amistad que habría de prolongarse hasta la muerte de ambos en 1914.



La presencia de Roca presuponía también la de Gramajo, situado siempre en un discreto segundo plano que no intentó ultrapasar jamás. Y si alguna vez (cosa harto improbable) el tucumano hizo a alguien objeto de alguna confidencia, de seguro el destinatario de ésta fue el santiagueño (que también sabía callar cuando era preciso hacerlo).´
Gramajo falleció unos meses antes que Roca, y éste, en su sepelio dijo: "¿Quién no conocía en la República al coronel Gramajo como el prototipo de la lealtad y la consecuencia a la amistad y al honor militar? Amó la vida y la supo llevar dignamente, sin temer nunca a la muerte, que más de una vez vió muy de cerca. Su bondad de corazón, ecuanimidad y supremo don de gentes; sólo eran comparables con su amor a la patria y su bravura de soldado. Decir 'viene Gramajo' era anunciar la llegada del buen humor, la alegría, la discreción y la más fina amabilidad".
Algunos afirman que improvisó lo que después se convertiría en el archifamoso revuelto Gramajo, durante la "Campaña al Desierto"; otros sostienen que era su desayuno habitual; están los que aseguran que fue en la cocina de la Casa de Gobierno; y los hay también quienes están dispuestos a jurar que lo ordenaba como tentempié durante interminables partidas de naipes o billar en el Club del Progreso. Y estuvo a punto de provocar otra guerra civil la cuestión de si originalmente llevaba o no cebolla. Por supuesto, no llevaba cebolla, ¿a quién se le ocurre ponerle cebolla a un revuelto Gramajo? A nadie... aunque en todos los restaurantes tengas que hacer, al pedirlo; la aclaración de que no le agreguen cebolla. 
Sea como haya sido, no importa demasiado, la verdad... Lo que interesa en definitiva es en qué circunstancias puede ser el revuelto Gramajo una alternativa salvadora, con qué maridarlo apropiadamente (lo cual como sabrás, es muy importante), y fundamentalmente; cómo prepararlo. La posta, te cuento, la tiene papá, o sea, yo. Pero como soy nada egoísta; la voy a compartir con vos.
Supongamos que vivís solo y te caen al derpa tres amigotes a jugar un truquito o a ver el partido del Globo o de los Pumas; ¿qué vas a hacer? Porque obviamente, para un asado comme il faut, con chorizos, morcillas, chinchulines, mollejas y demás etcéteras imprescindibles, no da, por la escasa cantidad de comensales. Y además, no vas a ir a verlo a esa hora al encargado para reservar el asador (que seguro ya lo tiene asignado algún otro, como inapelablemente lo disponen las leyes de ese reverendo hijo de puta de Murphy). O que sos mujer y llegan de improviso tres congéneres a departir con vos acerca de temas que a ustedes las féminas, nunca les faltan.Y seas hombre o mujer, no vas a andar pidiendo que te manden pizzas o empanadas; porque eso es cosa de inútiles y vos sos un/una winner que sabe salir del paso y no se anda atosigando ante un súbito arribo de los chochamus o las chicas. O supongamos que conformás, con tu pareja y dos pibes, la clásica familia tipo. O que son vos y tu pareja. O simplemente, estás solo/a y te querés agasajar un cachito, porque... qué tanto joder, uno lo merece, che. Ahí es donde entra a tallar el revuelto Gramajo, que es para una persona y hasta un máximo de cuatro.
¿Que con qué lo acompañás? Y... con vino, ¿con qué va a ser? Es una fritanga, así que va con su correspondiente tinto... que tiene que ser de buen cuerpo, obvio, de modo de prevalecer en boca por sobre el gusto del revuelto.
¿Cómo lo preparaba o hacía preparar Gramajo, preguntás? No importa lo que hacía Gramajo, que ya se murió; vos lo hacés así: Cortás las papas en juliana fina y las dejás en remojo media hora. Ese tiempo lo ocupás en trocear en tiritas las lonchas de jamón crudo (a los que te digan que va con cocido no les des bola; los mirás y no les respondés, porque sólo merecen el elocuente silencio del desprecio) y los morrones, picar perejil, batir (no mucho) los huevos (van dos por cada comensal) y poner al fuego la freidora con aceite (que tiene que estar muy caliente), en la que vas a meter, una vez que las hayas extraído y secado, las papas paille que habías dejado en remojo. Una vez que se doraron las papas (que tienen que salirte así, doradas y a la vez masticables; no quemadas y duras como una piedra), las reservás y ponés en una sartén un poco de manteca y a medida que se derrite, le agregás un cachito de crema de leche, o mejor aún, si tenés, de queso para untar, ese tipo casancrem, y vas rehogando en esa mezcla las tiritas de jamón y de morrones, y adicionás arvejas (no en demasía, no pierdas de vista que es un revuelto Gramajo; no un colchón de arvejas). Cuando notes que el jamón torna a cambiar ligeramente de color, agregás las papas paille que habías reservado, mezclás todo y le echás al menjunje una pizquita de pimentón y otra de ají molido. Y se viene el momento cumbre y de máxima responsabilidad: el de añadir los huevos ligeramente batidos, operación esta que es de alta ingeniería y que requiere de tu grado más alto de concentración, porque los huevos tienen que servirte para que todo ligue; pero sin quedar recocidos y dispersos en forma de pelotitas, ¿se entendió, no? Y ya está, salpimentás a gusto y piaccere, espolvoreás el perejil distribuyéndolo por encima de toda la menesunda... ¡y a servir y cosechar los aplausos!
No, dejá, no es necesario que me agradezcas; ya te dije que no soy egoísta. Chau y que lo disfrutes. Bon appétit.

-Juan Carlos Serqueiros-

miércoles, 26 de junio de 2013

C...ARA SUCIA


Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Casimiro era negro, muy negro. Tanto así, que había nacido en 1840 en aquella Buenos Aires pintada de rojo punzó cuyo puerto en la puerta (Miguel Cantilo dixit) abría o cerraba con férrea mano el muy rubio señor de Palermo de San Benito; llevaba, como todo afroargentino, el apellido de la familia a la que sus abuelos habían servido como esclavos: Alcorta; y de niño lo había mecido el son de los candombes federales en homenaje a la Niña, a Manuelita.
Si Julio Verne escribió: "los yanquis nacen ingenieros, como nacen metafísicos los alemanes"; yo afirmo que los negros nacen músicos. Y Casimiro Alcorta era músico. Excelente músico, además. Violinista. Y popular, muy popular. Tocaba, a veces solo y otras veces formando dueto con uno que también se las traía: el Mulato Sinforoso (clarinetista el hombre); en las academias o en esos bailongos y algo más del barrio del Tambor y del barrio del Mondongo, y en las de extramuros, allá en los Corrales, en el barrio de las Ranas, en Barracas al sur, en la Boca del Riachuelo, y en fin; donde cuadrara.
De tanto yirar de musicante por esos... bailes, el Negro Casimiro, tan pobre en dinero como rico en talento, amigos y amores, conoció en el Scudo d'Italia que quedaba en la calle Corrientes casi esquina con Uruguay; a la Rubia Paulina, una bellísima italiana de profesión bailarina y otras yerbas, a la que hubo de arrebatar de prepo al canfinflero que la explotaba. La Paulina (que fue en su tiempo una de las más famosas bailarinas del tango), desde ese momento formó pareja con el Negro hasta la muerte de éste en 1913.
El 15 de setiembre de ese año salió el primer número de Crítica, bajo la dirección de Natalio Botana y con el lema Diario ilustrado de la noche, impersonal e independiente. Exactamente una semana más tarde, en la edición del día 22 alguien, bajo el pseudónimo Viejo tanguero (que algunos sostienen fue utilizado por un periodista español y otros atribuyen a uno de los cofundadores del diario, el periodista, escritor y dramaturgo José Antonio Saldías (hijo del ilustre historiador Adolfo Saldías) publicó en Crítica una nota titulada El tango: su evolución y su historia. Quiénes lo implantaron, en la cual se ubicaba al Negro Casimiro en el sitial al que era más que justo acreedor por sus aptitudes y merecimientos musicales entre los pioneros de un género que empezaba a abandonar ese carácter e iba camino a hacerse cultura de todo un país; se lo reputaba como uno de los mejores ejecutantes de Academia y se lo sindicaba como el primero en hacer conocer sus tangos.
Pero si las mentas de Casimiro Alcorta nos llegaron a través de ese  artículo periodístico; su música perdura en las obras de su autoría que se han podido rescatar hasta el presente: su tango La yapa, y otro que conocemos bajo el título Cara sucia, que tiene una historia muy especial, la cual voy a narrarles a continuación: En 1884, el Negro ejecutó durante un baile en el Politeama las notas de un tango que había compuesto a partir de algunos pasajes de la melodía de una habanera de autor anónimo titulada Dame más (y utilizando como base dicha pieza, muy popular por entonces; también Gabino Ezeiza había creado su famoso Saludo a Paysandú -el mismo que después sería grabado por el dúo Gardel-Razzano-, el cual pueden escuchar cliqueando en este ENLACE
Atisbando a través del calamaco del tiempo y con escasa prueba documental, se hace difícil determinar cuándo la historia se confunde con la leyenda; pero la tradición oral que nos ha llegado es unánime en cuanto a que al Negro el tango se le inspiró a partir de un reproche dirigido en el ámbito de algún queco de la ribera a una pupila de nombre Enriqueta, la cual parece que no se distinguía precisamente por contarse en las filas de las más fervorosas militantes de la higiene íntima: "¡Tenés la concha sucia y peluda!", se le habría endilgado, se ignora si por parte de algún cliente, o bien del cafishio o de la madama que cuidaba de la señorita en cuestión y le contabilizaba las latas.
Y de la inventiva de Casimiro para la picaresca (o mejor dicho, para lo francamente soez) a partir de los comentarios burlones que circularon acerca de la falta de aseo de la susodicha Enriqueta, emergió (según dicen los memoriosos) una copla que decía aproximadamente esto: "Concha sucia, concha sucia, concha sucia; / te has venido con la concha sin lavar. / Melenuda, melenuda, melenuda; / esa concha que tenés sin afeitar. / Esa concha tan sabrosa y picarona / que me tiene encajetado hasta el ojal". En fin, como puede apreciarse, muy edificante todo, realmente de salón. De salón... de prostíbulo, claro.
La música de ese tango de Casimiro resonó por toda Buenos Aires, a la par que la letrilla que le adosó se hizo popular en el ambiente prostibulario. Y como no podía ser de otra manera, por supuesto en la calle se lo conocía bajo el título de Concha sucia.
Ya fallecido el Negro en 1913, Angel Villoldo grabó en 1915 una versión de Concha sucia con arreglos propios; pero desde ya, editada bajo un título presentable como para que la compañía discográfica lo aceptara: Cara sucia.
F. Elpidio y J. Caruso le escribieron sendas letras, siguiendo la línea de la letrilla que había hecho el Negro Casimiro; pero ya "aptas para todo público" y no acotadas a un par de coplas procaces. La de Elpidio estaba referida a un hombre, el cual aparece de galera y fumando un habano en una imagen de la tapa de la partitura; y la letra comienza: “Cara sucia, cara sucia, cara sucia / te viniste con la cara sin lavar / Melenudo, melenudo, melenudo / también llevas la melena sin peinar”. La de Caruso, que fue la más grabada y difundida, trata acerca de una mujer de rubia y ensortijada cabellera, que tiene un modo coquetón de caminar, y empieza: "Cara sucia, cara sucia, cara sucia, / te has venido con la cara sin lavar, / esa cara tan bonita y picarona / que refleja una pasión angelical".
Genaro Vázquez, con arreglos que le pertenecen, también lo versionó instrumentalmente; pero titulándolo La carterita. Por su parte, en 1916 Francisco Pirincho Canaro, que le había introducido también arreglos de su autoría, registró estos a su nombre y lo grabó, con la letra de Caruso, interpretado por el actor y a veces cantor Arturo Calderilla (quien fuera uno de los fundadores de la Sociedad Argentina de Actores, precursora de la actual Asociación Argentina de Actores), para la compañía de discos y gramófonos Atlanta.


Una anécdota curiosa: los registros acústicos se realizaban en un pequeño galpón, al fondo del local de Atlanta ubicado en la calle Esmeralda 274, en cera, la cual era luego enviada en barco a Hamburgo, Alemania, para que allí se hiciera el prensado y la impresión del sonido en discos de pasta de 25 cm. de diámetro a doble cara, cada una de las cuales contenía un tema musical. A raíz de la Primera Guerra Mundial y ante la imposibilidad  de seguir enviando las grabaciones en cera a Alemania, el propietario de Atlanta, señor Alfredo Améndola, suscribió un convenio con un italiano llamado Saverio Leonetti, quien tenía una fábrica de discos en Porto Alegre, Brasil. Y hasta allí tuvo que viajar Canaro para grabar, y como él mismo cuenta en sus Memorias  publicadas por Corregidor en 1999, por razones presupuestarias debió, a pedido de Améndola, ceñirse a que lo acompañaran sólo el bandoneonista Pedro Polito y el contrabajista Leopoldo Thompson, contratándose en Porto Alegre al resto de los músicos que compondrían la orquesta.


El viaje a Brasil lo hicieron en un vapor de carga, el Toro (que al año siguiente sería hundido por un submarino alemán, sin que hubiera que lamentar víctimas, pues su comandante ordenó recoger a todos los tripulantes del buque que había atacado, y nuestro gobierno nacional de por entonces -presidido por Hipólito Yrigoyen- mandó un ultimátum a su similar alemán exigiendo el inmediato desagravio a la bandera argentina, la indemnización por la pérdida del Toro y que en adelante los buques argentinos quedasen exceptuados del bloqueo germano, caso contrario, declararía la guerra a Alemania; y ésta, se allanó por completo a todos los reclamos). En la imagen aparecen (de izquierda a derecha) de pie: Emilio Marchiano, violinista; un flautista cuyo nombre se desconoce; Francisco Canaro, violinista, y Leopoldo Thompson, guitarrista (que también era contrabajista y por eso en su libro lo menciona Canaro en tal carácter), y sentados: Pedro Polito, bandoneonista; el hombre que ofició de técnico de grabación (que algunos dicen que se llamaba Francisco Schultz y otros afirman que se trataba de un hermano de Leonetti); Alfredo Améndola (propietario de la compañía Atlanta) y Saverio Leonetti (propietario de la compañía A Eléctrica, de Porto Alegre).
Se hicieron por lo menos dos matrices de la grabación de Cara sucia para el sello Atlanta, pues la realizada en Brasil, que figura en el catálogo de la compañía con el N° 3075, es sólo instrumental; mientras que como consigné más arriba, la que canta Arturo Calderilla está registrada con el n° 3047, como pueden ver en la imagen. En esa oportunidad, la orquesta fue un quinteto conformado por Francisco Canaro y Rafael Rinaldi en violines, José Martínez en piano, Leopoldo Thompson en contrabajo y Pedro Polito en bandoneón. A través de este ENLACE pueden escuchar la exclusivamente instrumental, es decir, la que se grabó en Porto Alegre.
Otro gran espaldarazo en cuanto a difusión para Cara sucia, fue el que en 1917 le dio la gran actriz y cantante Lola Membrives al grabarlo (también con la letra de Caruso). Si desean escuchar esa versión, cliqueen en este ENLACE. Y sería el maestro Carlos Di Sarli quien haría la mejor orquestación de Cara sucia: ENLACE.
No hay manera de saber (al menos, mientras no aparezcan nuevas fuentes documentales) cuántas y cuáles obras fueron las que compuso y/o arregló el Negro Casimiro más allá de las que hoy conocemos y sobre las que hay absoluta certeza de que son suyas; simplemente porque en ese entonces aún no había en nuestro país una entidad en la cual registrar la autoría de las piezas musicales, dado que la primera con ese propósito fue la Sociedad del Pequeño Derecho formada a instancias de Angel Villoldo a su regreso de París, adonde había sido enviado en 1907 con el patrocinio de la casa Gath y Chaves, para que hiciera conocer y grabar sus temas. Varios le adjudican, por ejemplo, a Casimiro Alcorta la autoría del tango Entrada prohibida, el cual fue registrado en 1918 por Luis Teisseire. ¿Habrá éste recopilado y arreglado un tema del Negro al que después inscribió como propio? Es imposible saberlo, y por lo tanto, resulta cuanto menos imprudente afirmarlo. Tanto, como aseverar (como hacen algunos) que Canaro le robó Cara sucia a Casimiro y lo inscribió a su nombre; siendo que el primero lo que hizo fue registrarlo como "Cara sucia arreglado por Francisco Canaro", y además; no hay que olvidar que el segundo compuso, por lo menos en forma parcial, la pieza a partir de una melodía preexistente, ¿entonces? Ah, y por las dudas, aclaro: no es Canaro objeto de mi especial devoción y son pocos, poquísimos los tangos suyos que me gustan. Lo consigno por si a alguien se le llegase a ocurrir la peregrina idea de que pudiera yo estar ensalzándolo en razón de una excesiva admiración, cuando de ningún modo es así. Pero por más que a mí no me guste mayormente Canaro; sería injusto y absurdo que intente por eso minimizar la relevancia de su obra.
Deploro las generalizaciones, pero hay circunstancias en las que es prácticamente imposible no apelar a ellas de modo de ilustrar lo que se quiere expresar. Los argentinos solemos exhibir cierta tendencia a exaltar personajes del pasado más remoto, pero paralelamente en desmedro y con ninguneo de los personajes del pasado más reciente. Ello se debe, en mi modesta opinión, a la combinación de dos factores: somos fundamentalmente nostálgicos; y cargamos con la mochila de una supina ignorancia con respecto a nuestra propia historia. Así, en cuanto nos enteramos de que existió un Casimiro Alcorta, nos apresuramos a transformarlo en una especie de padre del tango e inferimos que algunos lo cagaron apoderándose de temas que eran suyos, máxime si esos algunos a los cuales culpamos de haberlo cagado, alcanzaron un alto grado de reconocimiento. Más o menos lo mismo pasa con Tanguito (y no utilizo cursivas, como debería hacerlo al escribir "Tanguito", porque muchos de esos que tanto boquean acerca de él como si supiesen, si se les mencionara a José Alberto Iglesias (como se llamaba en realidad), se quedarían mirando cual si se les hubiera nombrado a un extraterrestre; así que mejor lo dejo en Tanguito sin cursivas). ¿Cuántas veces habremos oído pontificar el consabido "see, Tanguito... Litto Nebbia lo garcó con La balsa, que era autoría de él solo, y la registró a nombre de los dos". ¿Se habrán detenido a pensar que Tanguito, con suerte y viento a favor, hizo, cuanto mucho, una decena de canciones, encima, casi todas en coautoría y de las cuales sólo una fue un hit; mientras que Litto compuso, él solo, cientos de temas, TODOS éxitos y muchísimos de ellos, internacionales, además?
El Negro Casimiro (al igual que Tanguito para lo que se llamó música progresiva o rock nacional) fue uno de los pioneros del tango y un músico con toda seguridad, notable; pero vamos... tampoco la pavada; ni tan peludo que no se le vean los ojos, ni tan pelado que se le vean los sesos. Fue el Negro, reitero, un excelente ejecutante, merecedor de reconocimiento; pero no era Troilo, ni Piazzolla, ni Salgán, eh. Guarda, ojo al piojo; las cosas hay que contarlas como fueron; no como a cada uno de nosotros nos hubiese gustado que fueran.
Particularmente, me gusta evocar con simpatía y emoción el recuerdo de un precursor como Casimiro Alcorta, y suelo divagar con la idea de que estará en alguna estrella, enamorando a la tana Paulina con su coraje y el embrujo de su violín. Estrella esa por la que también andará de seguro Enriqueta, que por ahí, quién te dice; quizá hasta se haya vuelto adicta al jabón... y a la prestobarba.
Amén.

-Juan Carlos Serqueiros-
______________________________________________________________________

REFERENCIAS

Canaro, Francisco. Mis memorias: mis bodas de oro con el tango. Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1999.
El Tango: Su evolución y su historia. Historia de tiempos pasados. Quiénes lo implantaron, por "Viejo Tanguero" (pseud.), publ. en diario Crítica ed. 22.09.1913.
Selles, Roberto. El origen del tango. Academia Porteña del Lunfardo, Buenos Aires, 1998.
Selles, Roberto y Benarós, León. La historia del tango. Primera época. Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1977.

lunes, 17 de junio de 2013

DE CUANDO LA RIVALIDAD NO ERA SÓLO DEPORTIVA



Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Nostalgia de las cosas que han pasado, / arena que la vida se llevó / pesadumbre de barrios que han cambiado / y amargura del sueño que murió. (Homero Manzi)

José Arturo Severino fue, sin dudas ni quizás, uno de los innovadores del tango. 
Si su notoriedad no corre pareja con sus innegables méritos musicales y si su trascendencia se circunscribe a los cultores del género; ello se debe sólo a que no quiso cambiar de querencia. Severino era de su barrio y a él pertenecía, con él estaba identificado y se erigía así en ícono principalísimo del mismo y de su gente. Y luego... lo sería también de su club.
Había nacido en fecha y mes no precisados de 1893, en los arrabales de Buenos Aires, en los Corrales o Barrio de las Latas, como se llamaba por entonces y como se le decía popularmente a lo que después, a partir de 1902, sería el Parque de los Patricios.
Apodado "la Vieja" (algunos dicen que porque sus facciones recordaban a la Vieja del juego del sapo, y otros sostienen que era porque siendo muy jovencito, andaba en amoríos con una mujer casada, mucho mayor que él -que se refería a ella como "la vieja"-, y que un día en que el marido de esta señora llegó antes de lo previsto; el pibe tuvo que salir corriendo desnudo por los fondos de la casa y que al saltar un alambrado de púas, se lastimó un testículo), Severino no era un compositor y ejecutante intuitivo, de esos llamados de oído o autodidactas; sino que había tenido una esmerada formación músical. Comenzó tocando la guitarra, hasta que cierto día de 1907, yirando con ese su primer instrumento por las llamadas casas de baile (en realidad, prostíbulos, quilombos) y por los cafés de extramuros (peringudines), conoció al Pardo Sebastián Ramos Mejía (que no era, como podría inferirse, un integrante de esa linajuda familia; sino un descendiente de esclavos africanos que habían servido en esa casa, y que como era usual en épocas del virreinato, habían adoptado el apellido de sus amos), un mayoral del tranway, es decir, del tranvía (que por entonces, era aún tirado por caballos) que oficiaba también de músico y a quien se sindica como uno de los primeros -sino el primero- ejecutantes de bandoneón por estas tierras. Fue el Pardo quien convenció a la Vieja de trocar viola por fueye.
El 1 de noviembre de 1908, siendo todavía un adolescente de 15 años, Severino asistió a lo que representaría un hito en la historia de su barrio: la reorganización de aquel club que el 25 de Mayo de 1903, en Nueva Pompeya, había fundado un grupo de alumnos del Colegio Luppi: el glorioso Huracán.


 

Ese mismo año marcaría su debut como músico profesional, y así formó junto al guitarrista Marino García, un dúo que a poco se haría cuarteto con la adición de otra guitarra: la de Félix Camarano, y de un violín: el de Luis Adesso, y que más pronto que tarde se constituiría en la atracción principal del mítico Café de Benigno, ubicado en la calle La Rioja 2177.
Por 1911, ya con 18 años, Severino se fue del hogar paterno, pero no del barrio, de su barrio; porque en él permaneció, alquilando una casita en Pavón entre Jujuy y Alberti, en la cual instaló su academia musical.
Como casi todos los compositores de esa época, hizo tangos que en principio no llevaban título, a la espera de dedicárselo a alguien de generosa billetera que contribuyese con algunos pesos a sus flacos grilos de esforzado músico o a que, si tal circunstancia no se daba; terminasen siendo "bautizados" con algún rótulo picaresco, como por ejemplo, ese sugestivo Metéle bomba al p...rimus. El artefacto en cuestión, era un calentador de bronce, de la marca Primus, de los del tipo alimentado a kerosén, al cual había que bombear, de modo que el combustible subiese desde el depósito hasta el mechero previamente encendido con alcohol de quemar (y de allí la más que obvia alusión al bombeo del acto sexual):

 

Como todo hincha de Huracán, Severino experimentaba una admiración rayana en la devoción hacia la arquetípica figura de ese hombre extraordinario que fue el ingeniero Jorge Newbery, gran mecenas del Club, Presidente Honorario del mismo y cuyo globo aerostático se constituyó, a partir de 1911, en su insignia. Luego de la trágica muerte de Newbery en 1914, la Vieja lo homenajeó en la forma de un tango al que tituló, precisamente, Un recuerdo á Newbery:


 

La rivalidad entre Parque Patricios y Boedo no se limitaba a lo deportivo (ámbito este reservado en principio a los players de Huracán y de San Lorenzo, que eran quienes en el field disputaban los partidos, pero que indefectiblemente se trasladaba a las parcialidades que constituían los vecinos de uno y otro barrio alentando a sus respectivos clubes), no; también se extendía a lo musical. Así como Parque Patricios tenía a su José Arturo "la Vieja" Severino; Boedo tenía a su Francisco "el Tano" Famiglietti. Quemero uno y cuervo el otro, ambos músicos y bandoneonistas excelentes, tenían entablada entre sí una sana competencia que iba desde las camisetas de los clubes de sus amores hasta lo artístico, sin dejar por ello de dispensarse mutuamente una sincera y consecuente amistad que ninguno de los dos desmintió ni ofendió nunca.
La Vieja acababa de componer un tangazo de aquellos, Trompito N° 2, que provocó enorme repercusión:

 

Dice Oscar Zucchi que Vicente Demarco (que en 1928 fue pianista de Severino) le contó que era tal el duelo artístico que sostenían, que al enterarse del tango que había creado la Vieja, su amigo y archirrival el Tano, no quiso quedarse atrás; así que le "contestó" con uno que se le había inspirado mientras cruzaba el charco de regreso a Buenos Aires desde Montevideo, ciudad a la cual había ido a actuar, en un viaje en barco que resultó muy movidito, de resultas de lo picado que estaba el río, y al cual tituló Mar revuelto. La pieza musical tenía la particularidad de requerir una especial destreza a la hora de ejecutarla en el bandoneón, dada la cantidad de seisillos para mano izquierda que contenía en una de sus partes, y como sobre Severino corrían mentas (ciertas) de que era el creador de los arabescos y firuletes para mano izquierda en el fueye; Famiglietti demostró a su vez que él de manco no tenía nada. El Tano también compuso un tango milonga llamado a tener gran suceso: Un bohemio.


 

Famiglietti era una gran persona, profundamente solidaria y que hacía de la amistad un culto. Obstinadamente remiso a grabar sus obras y a integrar grupos u orquestas dirigidas por otro, vivía de dar clases de música en su casa y de sus actuaciones en los cafés de Boedo, en los cuales era el ídolo, el crédito local. Cierta vez, en uno de ellos contrataron a su trío, en el que había un músico negro: el violinista uruguayo Modesto Ocampo. El desempeño del grupo gustó mucho al dueño del sitio, quien le ofreció a Famiglietti ponerlo como número estable, pero a condición de que reemplazara al violinista, porque según le dijo, "era muy negro, y eso allí, no pegaba". El Tano le respondió al tipejo: "Sí, es muy negro... pero también es un músico muy talentoso y tiene un corazón muy grande. Por eso, usted quédese con el trabajo que me ofrece; que yo me quedo con el negro, que es muy amigo mío".
Por su parte, Severino, siempre innovador y a la vanguardia de todo, armó una formación inédita para la época, que consistía en una orquesta de diez integrantes: un flautista, tres guitarristas, tres violinistas y tres bandoneonistas. 
Decididamente, la Vieja era un precursor, pero también, al igual que su amigo y rival Famiglietti; era muy reacio a la hora de tocar en orquestas dirigidas por otro, y debido a eso fue lo fugaz de su paso por la de Francisco Canaro, al cual enseguida dejó, para formar otro grupo encabezado por él mismo, cuyas actuaciones serían la sensación en el café El Caburé, que quedaba en Entre Ríos 1253. El éxito sería tan resonante, que la compañía Víctor quiso que grabara para su sello; pero Severino era tan renuente para esas cosas, que sólo llegó a grabar ocho tangos. Y... lo de siempre... era que la Vieja no quería salir del barrio, y por eso, formó yunta con otro quemero ilustre, también gran músico y compositor, que tres años después sería nada menos que guitarrista de Carlos Gardel hasta aquel trágico 24 de junio de 1935: Guillermo Desiderio Barbieri.
Severino falleció el 30 de enero de 1934, día este en que todo Parque de los Patricios lo lloró. Tanto, como lloraría todo Boedo a Famiglietti aquel 9 de julio de 1937 en que murió.
Por alguna dimensión andarán, junto al Tigre Arolas, el Gordo Troilo y el Gato Piazzolla, tal vez sacándose chispas con sus bandoneones, quizá sufriendo el uno por el quemero y el otro por el santo; pero de seguro... compartiendo el mate y el faso de la buena y criolla amistad.

-Juan Carlos Serqueiros-