sábado, 1 de junio de 2013

UNA MITAD DEL PAÍS CONTRA LA OTRA. CUARTA PARTE: LA DEUDA EXTERNA



















































E
scribe: Juan Carlos Serqueiros

He adquirido, pues, la convicción de que el proyecto de la deuda nacional se ha hecho de todos modos irrealizable; e inhabilitado el Poder Ejecutivo constitucionalmente para retirarlo, después de haber merecido la aprobación de una de las cámaras, debe manifestaros que desiste en sostenerlo y os pide que no le prestéis vuestra sanción definitiva. (Julio A. Roca, nota a la Cámara de Diputados del 8 de julio de 1901)

Comencé esta serie de artículos estipulando que en ella iba a abordar el tratamiento de las tres oportunidades en las que, siendo presidente Julio A. Roca, la opinión publica se dividió en dos porciones absolutamente antagónicas. Hoy analizaré la cuestión que se produjo en torno al asunto de las negociaciones con los acreedores por la crecida deuda externa que agobiaba a nuestro país.
En 1901 debía afrontarse el pago de los servicios de esa deuda, que representaban por entonces nada menos que el 44,2% del presupuesto total. No escapará al entendimiento de nadie que un gobierno que se viera obligado a destinar casi la mitad del presupuesto nacional a la atención de la deuda, estaría en serios problemas. 
A fines de 1900 Roca anunció la intención del gobierno de convertir la deuda externa, la cual se traducía en una treintena de empréstitos (36, para ser exacto), todos con distintas tasas de interés (que iban del 3 al 7%) y de garantías, y que totalizaban la enorme suma de 388.771.614 pesos oro. Se dijo (y se sigue diciendo) que aprovechando que su principal socio político, Carlos Pellegrini, debía viajar a Europa para atender su salud; Roca le encomendó la misión. Y se imponen aquí algunas consideraciones de modo de llegar a entender mejor el intrincado proceso que desembocó en los hechos de los que se trata.
En primer lugar hay que tener en cuenta que en 1898 iba a ser presidente de la Nación quien resultara el candidato del PAN, y ese era, sin duda alguna el Gringo; pero sus problemas de salud lo llevaron a resignar sus apiraciones en favor de las del Zorro. Roca debía su segunda presidencia a esa decisión de Pellegrini, así de conciso y tajante. Y en segundo lugar es menester aclarar que, al contrario de lo que generalmente se afirma; la idea de la unificación de la deuda no fue de Roca, sino de Pellegrini. Tanto así, que el 17 de setiembre de 1898 (Roca ya era presidente electo y asumiría el 12 de octubre), el Gringo le escribía a éste desde París: "Mi consejo es que su Ministro de Hacienda no se apure. Hay que tener presente que los banqueros todos aspiran a la gran operación de la conversión y hay que explotar esto, ofreciendo esa operación para cuando el Gobierno Argentino lo considere oportuno, al que facilite una operación promisoria para arreglar las dificultades del momento"
Queda claro entonces que no fue que al Zorro se le ocurrió pedirle a Pellegrini que "ya que viajaba a Europa, aprovechase para tomar contacto con los acreeedores a ver si había alguna chance de consolidar la deuda"; sino que todo estaba planificado de antemano, que la idea la había pergeñado y alentado Pellegrini y que era éste quien, aún desde antes de recibirse Roca del gobierno, se había reunido con los banqueros y estaba en condiciones de adelantar un pronóstico favorable a la gestión para cuando el Zorro resolviese que era hora de realizarla. Y esa hora llegó en 1901, cuando la atención de la deuda demandó la erogación de nada menos que 30 millones de pesos oro, lo cual representaba ¡el 46% del presupuesto! (45,9%, para los amantes de la exactitud).
Pellegrini regresó al país con el esbozo del acuerdo al que había llegado con los banqueros: consolidar la deuda en 392 millones de pesos oro y, en una compleja fórmula de "alquimia financiera", unificarla en un solo empréstito a través de la emisión de títulos o bonos que llevarían el nombre de "Consolidados Argentinos" a pagar desde 1905 por 435 millones de pesos oro, con un interés anual del 4%, con 0,5% de amortización a 50 años y con una garantía la cual se instrumentaría mediante el depósito diario del 8% de la recaudación aduanera en el Banco Nación para que éste, en forma trimestral, transfiriera el pago a los acreedores. A grandes rasgos digamos entonces que en lo financiero, era más "oxígeno" para el gobierno, que podría disponer así de los recursos que de otro modo deberían dedicarse al pago de la deuda, y que si bien la misma se incrementaba en un 20%; el adicional quedaba compensado con la notable extensión del plazo y la reducción de intereses al 4% anual.
El ingreso del proyecto de ley en el Senado el 11 de junio de 1901 corrió a cargo del propio Pellegrini (que era por entonces senador), quien luego de hacer la presentación del mismo, leyó una nota firmada por Roca y Berduc a través de la cual "recomentaban su aprobación". Y en efecto, el 15 se lo aprobó sin reservas, girándoselo luego a Diputados. Y allí se armó el lío que provocó que en definitiva no se tratase.
Desde el anuncio mismo de Roca de que se pensaba unificar la deuda, la oposición criticó acerbamente la medida y pugnó por instalar en el imaginario colectivo la idea de que era lesiva para los intereses nacionales, y el periodismo, mayoritariamente, se pronunció en idéntico sentido (nótese, por ejemplo, que la tapa de Caras y Caretas cuya imagen con caricaturas de Pellegrini y de Ernesto Tornquist es la portada de este artículo, corresponde a la edición del 6 de abril de 1901, es decir que es incluso anterior a que el proyecto entrara al Congreso).
Los dos diarios de mayor tirada: La Prensa, de José C. Paz y La Nación, de Mitre, atizaban el fuego, al igual que los diarios de todas las provincias. Las objeciones se enfocaban principalmente en la garantía, que consideraban "deprimente para el país" porque "lastimaba la dignidad nacional" y en las elevadas comisiones para los banqueros (en tratativas con los cuales andaba Ernesto Tornquist), lo cual según La Prensa configuraba lisa y llanamente "un negociado".
Por otro lado, estaban a favor del proyecto  los dos diarios oficialistas: La Tribuna, roquista, y El País, de Pellegrini, que tildaban de "opositores sistemáticos" a los otros y los acusaban de "carecer de argumentos fundados", de "desconocer el tema", de "pertubar el órden público" y de "promover sediciones".
La oposición y la mayor parte de la prensa, si bien habían "perdido" en el Senado por cuanto el proyecto resultó allí aprobado; consiguió volcar la opinión pública hacia el rechazo del mismo.
Los estudiantes universitarios publicaron una solicitada en La PrensaLa Nación el lunes 1 de julio convocando a la ciudadanía a congregarse en la Plaza de Mayo el 3, para entregar un petitorio a los diputados instándolos a rechazar el proyecto, y ambos diarios no sólo adhirieron al meeting (todavía se usaba el vocablo en el inglés original), sino que además lo motorizaron; y se formó una comisión que coordinaría el acto. Pero ocurrió que los acontecimientos se precipitaron y el estallido popular acaeció antes. El martes 2, la comisión invitó a disertar en la Facultad de Derecho a José Antonio Terry, quien había sido ministro de Hacienda del presidente Luis Sáenz Peña y que era a la sazón el profesor titular de la cátedra de Finanzas.
Al término de su conferencia (contraria al proyecto) Terry fue ovacionado por más de un millar de estudiantes que concurrieron a oírlo y que después se dirigieron a atacar las instalaciones de los diarios oficialistas La Tribuna y El País, y luego de que hubieran producido algunos destrozos, a duras penas la policía montada pudo contenerlos. Al día siguiente, el del meeting, el caldo se puso espeso en serio. Luego de entregar el petitorio a los diputados, la comisión instó a la multitud a desconcentrarse, pero nadie hizo caso al pedido. 
La gente fue nuevamente a apedrear La Tribuna y El País, y luego se dirigió a hacer lo propio con las casas de Roca y Pellegrini. La custodia presidencial hizo disparos por encima de las cabezas de los manifestantes y logró que se disolvieran. Por su parte, Pellegrini recibió un piedrazo en la cara. La policía consiguió trabajosamente sofocar los disturbios.
El jueves 4, la ciudad era un polvorín. La gente atacó la Casa de Gobierno, y la guardia, la policía y los bomberos reprimieron. Dos muertos (un manifestante y un policía) fueron el saldo trágico de la infausta jornada.
Y en el interior del país la agitación también era notoria, sucediéndose manifestaciones en La Plata, Rosario, Córdoba y San Luis.
Mientras tanto, el presidente Roca enviaba al Congreso un pedido de implantar el estado de sitio, el cual fue aprobado en la madrugada del 5. Ese mismo viernes, ya con el estado de sitio vigente, Buenos Aires amaneció con la Plaza de Mayo cercada por soldados del ejército e inusual patrullaje policial en las calles; pese a lo cual se produjeron más incidentes, de resultas de los cuales hubo que lamentar otros tres muertos. El gobierno prohibió las reuniones, impuso restricciones a la libertad de prensa y clausuró (sólo por un día, el 6) el diario La Nación (llamativamente, no hizo lo propio con La Prensa). Sorprendentemente (y atenti a esto), La Tribuna y El País se refirieron a los sucesos de la víspera, pero sin culpar como lo venía haciendo a "grupos de pueblo" ni a "los estudiantes"; sino atribuyendo los desórdenes a "descamisados" y "andrajosos", términos peyorativos estos que usaba más que habitual y despectivamente La Nación (y obviamente, los mitristas en general).
En algún momento entre la noche del viernes 5, el sábado 6 y el domingo 7, Roca habló con Mitre. Después se sabría, por testimonio del segundo, que éste le repetiría al Zorro la frase aquella de Pierre-Claude Nivelle de La Chaussée: "Cuando todo el mundo se equivoca, todo el mundo tiene la razón".
El lunes 8 se esperaba que la Cámara de Diputados tratase el tan enconadamente resistido proyecto de unificación de la deuda, del cual se esperaba su aprobación por cuanto el gobierno contaba con amplia mayoría y los conflictos habían cesado a partir de la aplicación del estado de sitio. Pero no hubo debate alguno y el "tratamiento" del asunto se limitó a la lectura de un mensaje del propio presidente Roca en el cual, luego de algunas consideraciones acerca de los hechos ocurridos en torno a la propuesta que "ha suscitado una oposición violenta, que ha sido bandera ostensible de movimientos tumultuosos y hasta criminales" y dada la imposibilidad constitucional para el Poder Ejecutivo de retirarlo después de "haber merecido la aprobación de una de las cámaras"; el mismísimo Zorro les advertía a sus diputados que "desiste de sostenerlo" y les pedía que "no le prestéis vuestra sanción definitiva".
Como vemos, Roca, en medio de la tormenta, recogía el barrilete. Horacio Juan Cuccorese nos cuenta que "explicó" a sus allegados la decisión que tomaba, en la forma de una frase sintética y por demás elocuente: "No habrá unificación, pero habrá gobierno". Y Mariano de Vedia pone en su boca estas palabras: "Tratándose de grandes operaciones financieras que el pueblo rechaza, ya sea porque no las entiende o porque sospecha torpemente de sus móviles, no corresponde empeñarse en llevarlas a término contra viento y marea".
No habría de salirle gratis y ni siquiera barata al Zorro la baza que acababa de jugar, por lo contrario; el costo político que debió pagar fue astronómico. Pellegrini, que quedó ante la opinión pública como el gran "culpable" de la cuestión, rompió estruendosamente con él y hasta lo trató de cobarde: "Dejar de sostener el proyecto es de una cobardía incalificable", dijo en el Senado y afirmó públicamente: "Declaro rotos todos mis vínculos con el gobierno". La prensa se cebó en el Gringo. Por ejemplo, en la tapa de Caras y Caretas en su edición  del 20 de julio de 1901, aparece caricaturizado ante un escaparate en el cual se ven muñecas (por la gran muñeca que se le atribuía a Pellegrini -que era un gran aficionado al turf- para capear temporales) diciendo: "Ya no soy el único".
Y en la edición del 2 de agosto de 1901, volvió a cargar contra Pellegrini remarcando el rápido levantamiento del estado de sitio por parte de Roca y sentenciando, bajo la metáfora de un guinche, que al Gringo "ya no hay Dios que lo levante".
El PAN se fracturó en dos porciones y la sangría que sufrió el roquismo fue considerable. Asimismo, el Zorro se vería obligado a reconfigurar la cuarta parte de su gabinete, pues disconformes con él, le presentaron las renuncias su ministro de Hacienda, Enrique Berduc; y el de Agricultura, Ezequiel Ramos Mejía; que se fueron con Pellegrini. Refiriéndose al enfrentamiento entre las dos figuras partidarias principales, Caras y Caretas con notable perspicacia, en la tapa de su edición del 14 de setiembre hacía notar socarronamente que si Roca "era incurable" como afirmaba el Gringo; él mismo era también un "cadáver político" que... ¡no tenía "ni sacristán" para el entierro!
Pero si el sacudimiento para su gobierno fue tan espantoso, ¿por qué entonces Roca hizo lo que hizo, cuando le hubiera resultado sencillo persistir en el proyecto y transformarlo en ley?
Eso precisamente es lo que les voy a contar en la quinta (y última) parte de esta serie de artículos UNA MITAD DEL PAÍS CONTRA LA OTRA. Les adelanto que hay muchas explicaciones acerca de ello, de una larga y variopinta lista de prestigiosos historiadores; pero modestamente sostengo que ninguna de ellas permite que encajen todas las piezas del rompecabezas y por lo tanto, voy a dar la mía propia.
Nos encontraremos dentro de unos días nomás. ¡Hasta entonces!

lunes, 27 de mayo de 2013

UNA MITAD DEL PAÍS CONTRA LA OTRA. TERCERA PARTE: LEY DE EDUCACIÓN COMÚN










































Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Lástima que su inmenso talento lleve aparejada una vanidad sin límites, un candor de niño y unas tremendas pasiones. (Julio A. Roca en 1879, refiriéndose a Sarmiento)

Una de las oportunidades en que siendo presidente Julio A. Roca la opinión pública se fragmentó en dos porciones antagónicas (en este caso en particular, ello ocurrió durante su primera presidencia) fue en 1884 con el tratamiento de la Ley de Educación, cuando la discusión entre laicos y católicos acaparó la atención de todos.
Negar la importancia e influencia de Sarmiento en la educación sería algo más grave aún que una injusticia; sería un error histórico, con todo lo que de dañino y nocivo implica tergiversar el pasado. Lo cierto es que durante su presidencia a lo que se le imprimió un notorio impulso fue a la educación secundaria, ya que la primaria y universitaria estaban a cargo de las provincias y no de la nación. En el transcurso de la administración Sarmiento y con Nicolás Avellaneda como ministro de Instrucción Pública, se fundaron cinco colegios nacionales (en las ciudades de San Luis, Corrientes, Santiago del Estero, Rosario y Jujuy), dos escuelas normales (una en Tucumán y otra en Paraná) y se crearon bibliotecas populares. Por iniciativa de Sarmiento se fundaron, además; el Colegio Militar, la Escuela Naval, la Academia de Ciencias y el Observatorio Astronómico. En el ámbito universitario se creó en la Universidad de Córdoba la Facultad de Ciencias Exactas. Y en lo que se refiere a la instrucción primaria (la cual estaba, como consigné antes, bajo la jurisdicción de las provincias); desde el gobierno nacional de Sarmiento se subsidió la creación de escuelas en éstas, especialmente en La Rioja. Sarmiento es, en nuestro país (en parte por derecho propio y otro poco por exageración historiográfica), el ícono principal de la educación. Y eso es innegable.
Pero es inexacto e injusto atribuirle merecimientos que no tuvo y que corresponden a otros, como por ejemplo, esa creencia errónea y lamentablemente tan difundida de que a él se le debe la ley 1420 de educación (que fue sancionada durante la primera presidencia de Julio A. Roca). La realidad es que Sarmiento no sólo no tuvo nada que ver en el logro de la misma, sino que además; la obstaculizó con su conducta inapropiada e impolítica. Veamos, pues, cómo fueron las cosas:
La relación entre Sarmiento y Roca siempre había sido, digamos... tempestuosa. Es sabido que la buena convivencia con un ególatra muchas veces no es ya difícil, sino lisa y llanamente imposible. "Viejo crápula y desagradecido", había llamado el segundo al primero en carta a Juárez Celman. Cuenta Gálvez que Sarmiento, designado ministro del Interior por el presidente Avellaneda, se presentó en la casa de Roca (que era por entonces ministro de Guerra) y le dijo a la esposa de éste que el general mandaba pedir su uniforme y su espada. La señora, sin sospechar nada raro, se los dio, y al llegar su marido le preguntó para qué quería el uniforme. Roca averiguó que había sido Sarmiento el autor del engaño, fue inmediatamente a la casa de éste a verlo para pedirle explicaciones, y se lo encontró en el patio al sanjuanino ¡vestido con su uniforme (que le quedaba ridículamente chico) y blandiendo su espada! Al preguntarle Roca el porqué de todo eso, Sarmiento, muy suelto de cuerpo, le respondió que tenía que "prepararse militarmente para reventar a ese hijo de puta de Tejedor". 
Siguiendo el inveterado sistema de gran parte de su vida: vivir a expensas del Estado, Sarmiento (que ya cobraba un suculento sueldo de general de la nación y que durante la presidencia de Avellaneda llegó a percibir hasta cinco de ellos por otros tantos cargos: los de coronel, senador nacional, director del Arsenal de Zárate, Director General de Escuelas de Buenos Aires y presidente de la Comisión del Parque Tres de Febrero, totalizando ingresos por más de 1.500 pesos fuertes) le pidió como favor especial a Roca que lo nombrase Superintendente General de Escuelas (lo cual lo convertía también en presidente del Consejo Nacional de Educación); y Roca, en un gesto de amabilidad política se lo concedió. Pero claro, el Zorro no calculó en ese momento que Sarmiento no era un político como él, sino un terrible polemista de enconos perdurables. Entonces, al designarse en la vicepresidencia del Consejo a Miguel Navarro Viola (a quien Sarmiento aborrecía desde tiempo atrás con sordo rencor) ardió Troya: a partir de ese momento, no sólo criticó desde el diario El Nacional todas las medidas del gobierno de Roca (del cual era funcionario), sino que además; entorpeció la sanción de la ley.
En 1881 Manuel D. Pizarro, ministro de Instrucción Pública del presidente Roca, había elaborado el proyecto de Ley de Educación General de la República que establecía la instrucción primaria gratuita y obligatoria (y que mantenía la enseñanza del catecismo en las escuelas), el cual tendría media sanción legislativa, ya que fue aprobado en la Cámara de Senadores. Paralelamente a ello, Pizarro convocó para el 10 de abril de 1882 a todas las personalidades destacadas de la enseñanza, a un Congreso Pedagógico a realizarse en Buenos Aires, .
Pero pasó que Roca (por motivos totalmente ajenos a dicha cuestión) pidió la renuncia de su ministro Pizarro por indisciplina partidaria y lo reemplazó por Eduardo Wilde, quien designó presidente del Congreso Pedagógico reunido a instancias de su antecesor, a Onésimo Leguizamón, con instrucciones precisas de, ni entrar en consideraciones ni alentar ni permitir debates acerca de la cuestión laicismo vs. catolicismo, ya que el propósito de Roca era sacar la ley a como diese lugar, aún con prescindencia de ese aspecto en particular (debe tenerse en cuenta que si bien el presidente y su ministro eran partidarios del laicismo, resignaban toda influencia oficial en favor del mismo, con tal de llevar adelante el proyecto al cual reputaban como de máxima importancia). Y por otra parte, en el gabinete convivían católicos acendrados, como Bernardo de Irigoyen; con descreídos y ateos como Wilde, por ejemplo. No obstante la "recomendación" presidencial y ministerial; en el seno del Congreso Pedagógico ingresó una propuesta impulsada por la masonería para eliminar el catecismo en horas de clase. El Gran Maestre de la masonería era por entonces Sarmiento (al parecer, ya olvidado de que poco antes de ser presidente de la Nación había abjurado de la misma); quien no asistía a las reuniones "de puro asco" (según sus propias palabras) porque no quería saber nada de encontrarse con Navarro Viola (al cual llamó "ignorante, intrigante y de mal carácter"), cuya opinión era expresada a través de Leandro Alem (a la sazón, Vice Gran Maestre de los masones).
Los católicos (entre otros, Goyena, Sastre, Estrada y el propio Navarro Viola) argumentaron que en función de la disposición gubernamental, ese punto no debía ni podía tratarse; pero sometido el asunto a votación, perdieron la misma, debido a lo cual se retiraron del cónclave en manifiesta y ruidosa disconformidad. "¡Nos retiramos!", dijeron Navarro Viola y Estrada. "¡Váyanse!, fue la respuesta de Alem.
A todo esto, y coincidentemente con los hechos hasta aquí citados, se iba a tratar en la cámara de diputados el proyecto de ley que había sido aprobado en la de senadores (que recordemos, era el de Pizarro, aquel que mantenía la enseñanza del catecismo). Onésimo Leguizamón (es decir, el gobierno; porque había sido nombrado por Wilde), quien además de presidir el Congreso Pedagógico era diputado por Entre Ríos (y cuya figura histórica está esperando aún que se le adjudique por fin el reconocimiento al que es más que justo acreedor) encontró lo que creía una solución (aprobada por Roca a través de Wilde) para zanjar las diferencias: se permitiría impartir la enseñanza religiosa "a los niños de su respectiva comunión", estando la misma a cargo de "los ministros autorizados de los diferentes cultos", sin obligatoriedad de asistencia y fuera del horario de clases. La enmienda se aprobó en Diputados por mayoría el 14 de julio de 1883, y consecuentemente el proyecto volvió al Senado, el cual el 28 de agosto rechazó la modificación, insistiendo en  su voto original.
Dado que el Congreso Nacional había entrado en receso, la polémica hasta entonces circunscripta a los diarios (El Nacional, dirigido por Sarmiento, por el lado de los laicos; y La Unión, por los católicos, en el cual escribían Estrada y Goyena principalmente) ganó la calle y el asunto se debatía airadamente. El tono de la prensa se exacerbó, las discusiones en todos los ámbitos se caldearon y por doquier menudeaban las diatribas, las descalificaciones y los insultos que se cruzaban unos con otros.
Y se impone aquí una aclaración: no existía entre los laicos ni entre los católicos una confrontación de ideología política; porque todos ellos eran (o al menos, decían serlo; aunque bastaba con rascar un poco la superficie para comprobar que no era tan así) liberales.
A todo esto, Roca había dispuesto que el gobierno se situara por encima de la cuestión, permaneciendo absolutamente prescindente en ella. Era público y notorio que en sus ideas era laico, pero no estaba dispuesto a involucrarse en un asunto que olfateaba tenía poquísimas chances de llevarse adelante; porque era altamente improbable que al reiniciarse las sesiones en el Congreso, en la cámara de diputados se lograsen las dos terceras partes de los votos, que era el requisito constitucional imprescindible para contraponer a la insistencia del Senado en el proyecto tal cual había sido presentado y aprobado. Además, nada fundamental para él se jugaba; lo que quería era la ley de educación y ésta habría de salir sí o sí, ante eso ¿qué le importaba lo de laicos o católicos? Nada dijo en un sentido ni en otro, a los diputados que se acercaron a pedirle opinión, limitándose a contestarles que votasen según lo creyesen conveniente. Y a los que fueron a rogarle que se pronunciara, aunque más no fuere con alguna de sus medias palabras, en apoyo a los laicos; les dijo que "comer carne de cura, a menudo resulta indigesto".
Y así habrían quedado las cosas: la ley aprobada y la enseñanza del catecismo sin variaciones; de no haber acontecido una circunstancia inesperada: pasó que los católicos, que en esos momentos tenían todas las de ganar, se fueron de mambo.
A quien era vicario de Córdoba, un tal monseñor Jerónimo Emiliano Clara, ensoberbecido por lo que creía un triunfo asegurado, no se le ocurrió mejor idea que emitir el 25 de abril de 1884 una inoportuna pastoral en la cual instaba a los padres a no permitir la concurrencia de sus hijos a la escuela normal porque en ella "daban clases maestras protestantes". Roca, con calma y prudencia, sometió el tema a consulta con el procurador general de la Nación, quien dictaminó que se amonestara severamente al vicario y se le previniese en el sentido de que en adelante no debía inmiscuirse en asuntos ajenos a su competencia eclesiástica. El vicario,  necio y torpe (que paradojalmente, era quien había casado a Roca con su esposa, Clara Funes), lejos de comprender que lo último que deseaba el presidente era confrontar; redobló la apuesta apoyado por cuatro catedráticos de derecho, y declaró "nulas las resoluciones del gobierno contra el magisterio de la Iglesia". Y eso, el Zorro no iba a tolerarlo. Vaya y pase mantenerse neutral en el conflicto laicos-católicos aún a despecho de sus propias convicciones, vaya y pase en aras de la ansiada tranquilidad política apercibir con una simple amonestación el desplante absurdo de un vicario sin ningún sentido de la oportunidad; pero soportar la abierta desobediencia de una sotana, sea la de un vicario o la del mismísimo papa, no importaba, a la autoridad de su gobierno; no, de ninguna manera. Invocando el derecho emergente del patronato eclesiástico, ordenó la inmediata remoción de los profesores por considerarlos incursos en la violación del mismo y sanseacabó.
El 22 de junio el proyecto volvió a tratarse en Diputados, donde los partidarios del laicismo lograron ya no sólo los dos tercios necesarios; sino una virtual unanimidad para insistir en la modificación que había sido rechazada por el Senado. Este último ya no podría conseguir a su vez los votos requeridos para mantener su negativa, y en consecuencia el 8 de julio de 1884 quedó definitivamente aprobada la ley n° 1420 que establecía la enseñanza primaria gratuita y obligatoria, estipulándose que los credos religiosos podrían en adelante impartirse fuera de las horas de clase y no por maestros, sino por sacerdotes de los distintos cultos.
Paradojalmente, la irreductible obcecación de un cura había hecho realizable lo que a priori aparecía como imposible.
Aunque en obsequio a la verdad histórica, hay que decir también que el justo medio estuvo (como a menudo suele ocurrirnos a los argentinos) ausente en esa oportunidad, porque si bien era cierto que había que sacudirse de encima el pesado yugo de la iglesia en aspectos como el casamiento o la educación; no era menos cierto que con el correr de los años se caería en excesos, lo cual llevaría al mismo Roca, ya en su segunda presidencia, a propugnar modificaciones al sistema educativo a través de la gestión de su ministro Osvaldo Magnasco. Pero esa... es otra historia.
En cuanto a Sarmiento, pese a las trastadas y a la feroz oposición que le había hecho; Roca lo nombraría el 18 de enero de 1884 comisionado ante el gobierno de Chile para tratar, en el marco de una convención hispanoamericana, la traducción al español de obras literarias de interés mundial, asignándole para ello ¡2.500 pesos oro!
Sarmiento, a quien todo le resultaba poco tratándose de él mismo, aceptó y embolsó el dinero; pero extendió sus pretensiones al extremo de mandarle un mensaje al Zorro por medio de la misma persona que le llevó el ofrecimiento presidencial: "Dígale a Roca que también quiero que me ascienda a teniente general".
En fin... siempre habrá gente insaciable.

-Juan Carlos Serqueiros-



domingo, 19 de mayo de 2013

UNA MITAD DEL PAÍS CONTRA LA OTRA. SEGUNDA PARTE: 50 A 48


Escribe: Juan Carlos Serqueiros
 
Los jacobinos de sotana pretenden gobernar a los pueblos con el hisopo y la hoguera en plena luz del siglo XIX. ¡Bárbaros! (Julio A. Roca, carta a Enrique Moreno de junio de 1884)

Le hablo a esta sociedad realmente adormecida; que no parece vinculada al pensamiento del mundo por el telégrafo, el diario, la revista y el libro. (Carlos Olivera, discurso en el Congreso de la Nación, 20 de agosto de 1902)

Si hay algo que debe escapar a la consideración de una asamblea política, es lo que se refiere a la legitimidad y al fundamento de las creencias de sus miembros. (Ernesto Padilla, discurso en el Congreso de la Nación, 23 de agosto de 1902)

¡Usted lo ha mamado! (Julio A. Roca a Ernesto Padilla, 23 de agosto de 1902)
 
Una de las tres veces en las que siendo presidente de la Nación Julio A. Roca la opinión de la ciudadanía argentina se dividió en dos porciones que sustentaban criterios diametralmente opuestos, fue en 1902, en oportunidad de tratarse en el Congreso el proyecto de ley de divorcio que en 1901 había presentado el legislador Carlos Olivera.
Éste había accedido a una banca de diputado nacional por la provincia de Buenos Aires, emergente de la lista presentada por el partido del gobierno en las elecciones legislativas del 11 de marzo de 1900, en las cuales el oficialismo había resultado triunfador por amplio margen derrotando a los "cívicos radicales" nucleados en la Unión Cívica Radical; y a los "cívicos nacionales", o sea, el mitrismo, bastante raleado y trabajosamente rejuntado en la Unión Cívica Nacional (o "unión cívica nació-mal" como jocosa e irónicamente se le decía por esa época al partido de los mitristas).
A Carlos Olivera (n. 1858)  lo precedían las mentas que sobre él corrían acerca de sus condiciones de brillante intelectual. Como periodista, se había formado y fogueado al lado de Láinez y de Sarmiento en El Diario, del primero; y en El Nacional, dirigido por el segundo. Políglota, había traducido a Poe del inglés para el diario La Nación; y fue en nuestro país uno de los precursores del género policial, con relatos como "Fantasmas" y "El hombre de la levita gris". Publicó dos libros: En la brecha, que fue editado en Buenos Aires en 1880 y en París en 1886; y La cuestión del divorcio, publicado en Buenos Aires en 1900. 
En lo político, Olivera formaba en el PAN roquista, pero ya antes había estado entre los intelectuales del círculo aúlico del burrito cordobés Juárez Celman; y muy especialmente cerca de los adherentes (y de hecho, él era uno de ellos, y de los más entusiastas) a la candidatura presidencial del mono Ramón José Cárcano. Tan de hecho era carcanista Olivera, que no sólo se contó entre los organizadores y concurrentes al banquete del 20 de agosto de 1889 en el que se proclamó a aquél; sino que también fue designado por el propio Cárcano como director del diario La Argentina, creado precisamente para apoyar por medio de la prensa su postulación a la jefatura del Estado.
Y a propósito de Cárcano, en algún momento deberé escribir algo acerca de esa figura histórica que los argentinos hemos soslayado, y que en 1926 fue nada menos que hombre de consulta de un joven e inquieto oficial llamado Juan Domingo Perón, quien lo consideraba un consumado estadista. Y en 1946, Cárcano fue uno de los primeros políticos en adherir a la postulación de Perón, todo tal cual el mismísimo Perón le contó a Enrique Pavón Pereyra, y tal como éste consignara en su célebre Conversaciones con Juan Domingo Perón (libro que dicho sea así como al pasar, muchos de los que se auto definen como peronistas pero evidencian un peronismo más que dudoso, harían muy bien en leer; por ahí, quién te dice, aprenden algo). Y se me ocurre que ya va siendo hora de que nos despojemos de esas malditas manías que tenemos de preconceptuar en función de los rótulos y de generalizar; porque son ambas muy malas costumbres y especialmente nocivas a la hora de tratar sobre nuestra historia. Digo, qué sé yo...
Bueno, disculpas por la digresión, pero me pareció importante mencionar todo eso; ya vuelvo a Olivera, no se impacienten. Era éste ardorosamente liberal, positivista, descreído, anticlerical y masón, esto último a punto tal, que fue la masonería la impulsora principal de su candidatura a diputado.
Algunos han afirmado que presentó su proyecto de ley de divorcio ni bien accedió a la Cámara en 1900, y que urgió con insistencia su tratamiento, reiterando el mismo en 1901. Eso es erróneo y no coincide con lo que está asentado en el Catálogo de expedientes legislativos del Archivo Histórico por la Subdirección de Archivo Parlamentario de la Cámara de Diputados, donde inequívocamente figura ingresado en 1901 el expediente 00006-D-1901 que consta de 20 folios, titulado Proyecto de Ley de Divorcio, autoría de Carlos Olivera y como comisión asesora, la de Legislación General. ¿Por qué, entonces, incurren en un "error" de detalle en algo que en definitiva no reviste mayor importancia (porque al fin de cuentas, si lo presentó en 1900 o en 1901, y si hubo de insistir o no; pareciera, a priori, carecer de relevancia)? ¡Ah!, no..., es que el "error" no es tan inocente ni la cuestión tan intrascendente. Con la ficción de un Olivera "rebelde" a los supuestos obstáculos que le habría opuesto el mandamás político (v. gr.: Roca), los simpatizantes de ciertas corrientes de pensamiento, esos que se han erigido en dueños de un progresismo que estiman les corresponde en propiedad exclusiva, logran "resolver la contradicción" que en sus mentes calenturientas les plantea la militancia de alguien a quien admiran y a quien ven como el summum del progreso (Olivera); junto a alguien a quien denostan y a quien ven solamente como a un réprobo (Roca). "Quieren el picho pero no las pulgas" (Indio Solari dixit). Pobres..., creen haber inventado la pólvora y se sienten muy ufanos con esas manipulaciones de que hacen objeto a la historia a fin de hacerla servir a sus propósitos. Mal que les pese, y para espanto de esa gente que busca barrer debajo de la alfombra aquello que reputa como basura; lo real y concreto es que Olivera era roquista, y para colmo, encima ("¡horror!", exclamarán), con antecedentes juaristas
El proyecto obtendría despacho en comisión el 2 de julio del año siguiente, pasando al recinto para su tratamiento, el cual comenzó en agosto.
Se barruntaba que se transformaría en ley, pues era notorio que existía en el seno del Congreso un amplio consenso para la aprobación del mismo. Habían sido públicas las opiniones en favor de la iniciativa por parte de la flor y nata del parlamentarismo vernáculo, y sin que influyeran en ello distinciones e intereses partidarios; porque los había de todos los colores políticos. Se manifestaron en favor, por ejemplo y entre otros: Nicasio Oroño, de antigua cercanía al mitrismo (ver en este ENLACE mi artículo al respecto); Belisario Roldán, también mitrista; Gregorio de Laferrere, autonomista independiente; Francisco Barroetaveña, radical bernardista; etc. Y hasta el mismísimo Carlos Pellegrini (que tiempo después cambiaría de opinión) había adelantado que cuando el proyecto llegase al Senado, votaría por la afirmativa.
Por otra parte, se oponían al proyecto la iglesia católica (desde luego); el diario La Nación (¡cuándo no!); las damas de la high society porteña (y las de los estratos más altos de las pacatas sociedades provincianas); y no pocos diputados de lo más variopinto en cuanto a pertenencia partidaria como por ejemplo: Damián Torino, Benjamín Victorica, Manuel J. Campos, Marco Avellaneda, Alberto Capdevila, etc.
Entretanto, el presidente Roca no exteriorizaba su parecer al respecto. Se lo sabía divorcista; pero fiel a su estilo, evitaba cuidadosamente expresar públicamente su adhesión o rechazo al proyecto (que al fin de cuentas, había sido presentado por uno de los suyos y que era alentado por muchos de sus partidarios; aunque también debe decirse que otros muchos que eran adherentes a su política, se contaban entre quienes se oponían al mismo); y se esperaba alguna de esas famosas medias palabras a las que tan afecto se mostró siempre el Zorro, y que bajo el disfraz de la ambigüedad, encerraban siempre una tajante definición; ora destinada a todo el mundo; ora circunscripta al círculo de la política.
Y la media palabra presidencial, al fin llegó..., no verbalizada; sino en la forma de un hecho que no le pasó desapercibido a nadie: Ni bien iniciado el 6 de agosto el tratamiento en el recinto, el diputado por Entre Ríos Pedro Coronado, propuso postergar para mejor oportunidad ("hasta que esa oportunidad se presente", dijo) un debate que según su criterio, resultaría inconducente ("una situación que a nada conduce", fueron las palabras que pronunció). Cuando saltó a cruzarlo Mariano de Vedia (que era como la voz de Roca en la Cámara de Diputados) habilitando la discusión, les quedó clara a todos la línea que bajaba el presidente: auspiciaba el tratamiento del asunto y propiciaba la aprobación del proyecto -porque Coronado (y los demás también) sabía que Roca sabía que los pro estaban en ese momento en posición de ventaja con respecto a los anti-; y al mismo tiempo, dejaba sentada su prescindencia en relación al debate. No estaba dispuesto a jugarse entero; si los divorcistas ganaban la votación (como todo lo hacía presagiar), mejor para ellos (y para él, que estaba a favor, obviamente); pero si la perdían, él aparecía como no teniendo nada que ver en la cuestión. El corto plazo demostraría lo atinado ("atinado" en cuanto a lo que era conveniente para la tranquilidad de su gobierno, quiero decir; no "atinado" en el sentido de emitir por mi parte juicio de valor sobre algo que ni comparto ni rechazo) de tan prudente actitud.
Una semana más tarde, el 13 de agosto, comenzó el debate. El espectáculo estuvo para alquilar balcones, tanto en el Congreso, como en la calle; porque las manifestaciones multitudinarias a favor y en contra se sucedieron.
En obsequio a la brevedad, no voy a abrumarles con detalles acerca de los discursos. Me limitaré a señalar entre los más relevantes, a los del diputado Francisco Borroetaveña, por la afirmativa; y del diputado monseñor Gregorio Ignacio Romero, por la negativa.
Y los que concitaron toda la expectativa, toda la atención, los que se constituyeron en el eje del debate, que fueron dos: el del autor del proyecto, diputado Carlos Olivera, por supuesto, a favor; y el del diputado por Tucumán Ernesto Padilla, en contra.
Ah, y una extraña paradoja, que inexplicablemente les ha pasado inadvertida (por lo menos, hasta donde alcanzan mis conocimientos) a quienes se ocuparon de historiar estos sucesos: el 20 de agosto de 1889, Olivera pronunciaba un encendido discurso en adhesión a la candidatura de Cárcano, incubada desde la voluntad del por entonces presidente Juárez Celman; y ese mismo día, Barroetaveña publicaba en el diario La Nación un artículo que lo haría famoso y al cual había titulado "¡Tu quoque, juventud! ¡En tropel al éxito!", en sentido totalmente opositor a Juárez Celman y a todo lo que él representaba. Trece años más tarde, las vueltas de la política reunían en defensa de un mismo proyecto legislativo, a quienes habían sustentado antaño posturas absolutamente antagónicas. Jugarretas del destino, que les dicen...
El discurso de Olivera apoyando su propio proyecto fue una pieza brillante de la oratoria, la declamación y la elocuencia. Con frases perfectamente cortadas y finísima retórica de lujo, se floreó exhibiendo una riqueza tal de conocimientos, que parecía abrevada en la fuente misma de la sabiduría; y un bagaje argumentativo que se mostraba como inagotable. Peroró con afectada erudición acerca del analfabetismo que le atribuía a Cristo, del oscurantismo eclesiástico, del poderío vaticano que pretendía perpetuar su tiranía retrógrada en nuestras tierras, de la tenebrosa Inquisición, del dios progreso; y hasta citó en su auxilio a Ibsen y su psicología del matrimonio. Fue largamente aplaudido y felicitado, pero a pesar de ello; no logró sumar una sola adhesión a las que de antemano tenía.
En cambio, el del bisoño diputado Padilla, su correligionario político y a la vez su oponente en esa emergencia, careció de efectismos e ironías, no apeló a las citas clásicas y eludió referirse a cualquier consideración de tipo religiosa; prefirió centrarse en lo objetivo y habló largamente de tradición, carácter nacional, patria y de cuidar la familia; palabras todas que invariablemente usan quienes desean sumar; que era precisamente lo que necesitaba Padilla en ese momento: captar voluntades.
Quienes estaban indecisos y fluctuaban entre las dos posturas, puestos a elegir entre escuchar horas y más horas a un Olivera que los abrumaba con consideraciones de orden filosófico y metafísico y que enamorado de su propio discurso como Narciso de su hermosura reflejada en el espejo de agua; u oir las frases rotundas, llanas, simples de Padilla; prefirieron lo segundo; lo cual se reflejó en sus gestos de asentimiento y en la cerrada ovación que coronó la exposición del tucumano.
Y llegó otra media palabra de Roca; otra vez, no verbalizada pero harto demostrativa: esa misma tardecita del 23 de agosto, al regresar Padilla desde el Congreso,  se encontró en su casa con un mensajero que portaba una esquela del presidente (comprovinciano suyo), invitándolo a reunirse con él en su despacho para expresarle sus felicitaciones y beneplácito. El Zorro lo recibió con un estentóreo "¡Usted lo ha mamado!", referido a la percepción evidenciada por Padilla, que había acertado a interpretar eficazmente lo que las circunstancias demandaban. 
El 4 de setiembre se votó el proyecto. Ganó la negativa por 50 a 48. Por dos votos de diferencia, la iniciativa había sido desechada. 
Olivera quiso buscar culpas en una súbita aparición de gripe, la cual les habría impedido concurrir a la Cámara a varios diputados que cayeron en cama y que según él, hubiesen votado por la afirmativa. Por mi parte, me inclino a suponer que de no haber existido esa última media palabra presidencial, quizá muchos de los que no fueron a votar por "estar en cama"; no se habrían "enfermado" tan inoportunamente.
Al año siguiente, Olivera volvería a presentar su proyecto, que no corrió mejor suerte. Y es que nunca segundas partes fueron buenas; la oportunidad dorada, ya había pasado.
Aquel 4 de setiembre de 1902, Ernesto Padilla y otros 49 diputados atrasaron el tren de la historia más de medio siglo; pero ello les fue posible porque el maquinista que conducía la locomotora, falló. Y ese, era Olivera. No es que ganó Padilla; sino que perdió Olivera. Y Roca siempre, siempre, jugó a ganador.
Habría que esperar 52 años, hasta 1954, en que Perón sancionaría la ley N° 14.394 que en su artículo 31 autorizaba el divorcio por primera vez en nuestro país (y que la estulticia del gorilismo de derecha y de izquierda, ridículamente atribuye al "enfrentamiento de Perón con la iglesia"). Ley esta que después sería derogada por el golpe militar de 1955, y entonces hubo que volver a armarse de paciencia hasta la promulgación,  en 1987, de la ley N° 23.515 que rige en la actualidad.

(Continuará esta serie UNA MITAD DEL PAÍS CONTRA LA OTRA)
 

viernes, 17 de mayo de 2013

UNA MITAD DEL PAÍS CONTRA LA OTRA. PRIMERA PARTE: INTRODUCCIÓN











































Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Mi nombre político ha de tener de zorro y de león. (Julio A. Roca)

¡Yo he de ser presidente y no ha de arder la República! (Julio A. Roca)

Sellaremos con sangre y fundaremos con el sable esta nacionalidad argentina. (Julio A. Roca)

La enunciación partidaria del roquismo, esto es, la sigla PAN (Partido Autonomista Nacional), se había conformado originalmente por medio del sencillo trámite de combinar una entelequia como lo era ese entramado artificioso y ligado con engrudo, alfileres, clips y banditas elásticas (suponiendo que estos dos últimos adminículos existieran por esa época, lo cual ignoro si es así o no) llamado Partido Nacional (Sarmiento y su "hechura sucesoria", es decir, Avellaneda); con la expresión más cruda -y nunca mejor aplicado el término, ya que sus integrantes y exponentes eran exactamente eso: los crudos; así llamados porque "no habían sido cocidos en la olla de Urquiza" (remember "Juvenilia", de Miguel Cané)- del porteñismo a ultranza, con el aporte adicional de figuras procedentes del viejo tronco del rosismo y algún sustento popular en los elementos del lumpenaje excluído como factor político, expulsado a los arrabales de Buenos Aires y usado como carne de comicio: el Partido Autonomista, de Adolfo Alsina.
La mano ducha y experta en componendas y camándulas de don Adolfo había llevado a sentar en el sillón de la presidencia de la Nación, primero a Sarmiento y después a Avellaneda; y se aprestaba a hacer otro presidente más, sólo que esta vez, sería él mismo; y para ello había urdido eso de Partido Autonomista Nacional, para enfrentar al que era reputado como "enemigo común": el mitrismo. Pero ocurrió que Alsina, repentinamente... se murió, y entonces, quien capitalizaría todo eso a su favor, sería Julio A. Roca.
En sustancia, el PAN fue la alianza entre la aristocracia porteña y las provincianas, impuesta en todo el país por el ejército de línea, al influjo poderoso del zorro Roca, que exhibía una brillante carrera militar y era un político tan hábil y astuto como Alsina; pero infinitamente más perspicaz e inteligente que éste.
En sus manos, el PAN se convirtió en una formidable, eficacísima y aceitada máquina electoralista que lo llevaría a ser la figura rectora de la política nacional durante 25 años, y a la presidencia de la Nación no ya en una; sino en dos oportunidades (1880-1886 y 1898-1904).
Si bien no fue popular (lo cual le estaba vedado por su pecado original: esa índole irremisiblemente aristocrática), el PAN, con Roca, superó el estadio de la mera formulación programática para adquirir ribetes de movimiento. Y eso fue lo que le trajo aparejada su característica más distintiva: la heterogeneidad.
No es que careciera de "contenido ideológico"; a eso lo tenía (o por lo menos, sus referentes principales creían -cosa que en muchos casos no era así ni siquiera remotamente- tenerlo): el positivismo spenceriano; pero en él convivían (con armonía más declamada que ejercida) el liberalismo y el conservadurismo, en aras de una deidad común: el tan cacareado progreso.
Eso explica las contradicciones y prescindencias (siempre aparentes y jamás reales) del roquismo. El zorro era un político nato y nunca fue hombre de privilegiar lo dogmático por sobre lo conveniente ("conveniente" según su criterio e intereses, desde luego).
A lo largo de sus dos períodos presidenciales, hubo tres oportunidades en las cuales la acción de gobierno de Roca, sea por sí mismo o (más frecuentemente esto último) por interpósitas personas (a las que mandaba al frente de modo de no aparecer él como propugnador), hubo de provocar que la opinión publica se dividiese en dos porciones más o menos equivalentes en cuanto al número: quienes estaban a favor, por un lado; y los que se oponían, por el otro, a determinadas iniciativas presidenciales.
Y es eso lo que me propongo abordar en los siguientes artículos, los cuales espero resulten de vuestros agrado e interés. Amén.

(Continuará)

miércoles, 17 de abril de 2013

UN GRINGO MACANUDO, CHE






































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Our solemn asseveration that, under the administration of Governor Rosas, never has edition in any part of the world, been more unshackled than we have been... (Thomas George Love)

Thomas George Love fue un inglés a quien el azar de la vida trajo a nuestro país, tierra esta a la que aprendió a querer y en la cual se afincó.
Nacido en Londres en 1792, llegó a Buenos Aires en 1820 para dedicarse al comercio. La ciudad lo cautivó al extremo de embelesarlo, a punto tal; que se lo considera el autor de un libro editado en Londres en 1825 bajo el pseudónimo An Englishman (Un inglés) y titulado: A Five Years' Residence in Buenos Ayres, during the years 1820 to 1825, publicado aquí como Cinco años en Buenos Aires, 1820-1825.


Se trata de un librito que se compone de ocho capítulos, muy entretenido e interesante en tanto refleja una mirada no contaminada por nuestras disensiones intestinas ni causada por ningún móvil espurio, de un extranjero sobre Buenos Aires, su arquitectura, economía, cultura, usos y costumbres, paseos, diversiones y entretenimientos, política, legislación, comercio, la belleza de sus mujeres, etc. Ha sido recientemente reeditado en Argentina, de modo que es de muy fácil consecución. Si bien no hay documentación que respalde más allá de toda duda la aseveración de que la autoría es de Love; mucho menos la hay para refutarla. Paul Groussac y Rafael Alberto Arrieta entre otros, afirman que le pertenece a Love; como así también la tradición transmitida oralmente de generación en generación entre la colectividad inglesa en Buenos Aires, el estilo literario se corresponde con el que empleaba Love, y en el libro se consigna inequívocamente: "Cuando yo desembarqué, en octubre de 1820", lo cual concuerda con el mes y año en que llegó Love a Buenos Aires. Es decir, camina como pato, tiene plumas y hace cua cua, ergo; es un pato. Todo indica que An Englishman era Thomas George Love, y a menos que aparezcan nuevos elementos que lleven a inferir que no sea así; puede darse por agotado el tema.
Love no podía apellidarse de otro modo: romántico y enamoradizo, moría por las mujeres. Tanto le gustaban y tanto las amaba, a todas, que para no pertenecer a ninguna; permaneció irreductiblemente soltero. Si por una elemental cuestión étnica no puede catalogárselo como un latin lover; sí puede decirse sin dudas que fue un british lover. Seductor nato, el hombre siempre andaba a la conquista de algún corazón femenino. Literalmente, las porteñas al gringo, lo daban vuelta.
Cité precedentemente que se dedicaba al comercio, y en efecto, así fue. Pero no se trataba lo suyo de una casa, una firma, un establecimiento que giraba bajo tal o cual razón social; sino que fue más bien una especie de director general del consorcio conformado en los hechos por el grupo de los comerciantes ingleses. Hoy lo definiríamos como alguien que era el CEO, el que ejercía el management, digamos.
Filántropo y deportista entusiasta, su natural bonhomía, la simpatía que emanaba de su persona, la proverbial honradez con la que invariablemente procedía, la vasta cultura que poseía y la confianza que inspiraba; llevaron a que desde el puesto clave de secretario de la British Commercial Rooms (Sala del Comercio Británico) que detentaba, se convirtiera en una personalidad relevante en la sociedad porteña.
Parece haber sido un buen administrador de intereses ajenos y un eficaz generador de beneficios para terceros; a la vez que un mediocre tutor y procurador de los fondos suyos, según se desprende de las constantes tribulaciones financieras que hubo de pasar. Digamos, un más que eficaz gerente del comercio de otros; pero no muy hábil a la hora de ejercerlo por cuenta e interés propios.
En 1826, Love fundó un periódico semanal en idioma inglés, que a la postre resultaría el emprendimiento por el cual sería recordado por la posteridad: el British Packet and Argentine News (Paquete Británico y Noticias Argentinas), que salía los sábados y que estaba dirigido a la colectividad británica, con noticias locales e internacionales y por supuesto; toda la información atinente al comercio.
Al principio, el British Packet no incluía artículos vinculados con la política local (posiblemente porque si bien era Love quien lo había creado y quien escribía en él y lo dirigía; el periódico era propiedad de la Sala Comercial y ésta debe de haber querido -con buen criterio- abstenerse de expresar opinión editorial al respecto); pero a fines de 1828 (ya era Love el propietario) al producirse el golpe de Lavalle del 1 de diciembre de 1828, que derrocó a Dorrego; el British Packet (y la prensa en general, y la población, y...) debió soportar una más que difícil situación, ya que hasta fue cerrado y no poco debe de haber tenido que ver con ello el pormenorizado detalle de los funerales de Dorrego que hizo el periódico en su edición del 26 de diciembre, y que obviamente, tiene que haber exasperado al autor material del magnicidio y también a los instigadores del mismo, es decir: Lavalle, Varela, del Carril, etc. -justamente, por esos días, del Carril escribió, refiriéndose a los honores fúnebres, en carta a Lavalle: "(...) mucha gentuza a las honras de Dorrego (...)"-. Así las cosas, no es de extrañar que a partir de todo eso, surgiera un Love enrolado decididamente entre quienes propugnaban la ascensión al gobierno del único hombre que se mostraba capaz de garantizar el orden: Juan Manuel de Rosas.
Se ha afirmado que Love no figuraba como editor responsable del British Packet debido a que se negó a sacar carta de ciudadanía argentina, prefiriendo en cambio; recurrir a terceros que se prestaran a aparecer en ese carácter. No deja de ser cierto, pero así expresado, sin el imprescindible agregado del contexto; resulta ser esa una verdad a medias. Veamos:
El 1 de febrero de 1832, Rosas emitió un decreto por medio del cual se establecían ciertas limitaciones y restricciones a la libertad de imprenta, como por ejemplo la obligatoriedad de consignar en la publicación el nombre y apellido del editor responsable de la misma, y la de asumir éste, en caso de ser extranjero, la ciudadanía argentina renunciando a la nacionalidad de origen. Los historiadores antirrosistas, con su habitual costumbre de medir con distinta vara, lo atribuyen a la condición de "tirano" de Rosas. Absolutamente inexacto. El decreto estaba motivado en: a) lo estipulado en el artículo 6 del Pacto Federal; b) los excesos intolerables en que había incurrido la prensa durante el período iniciado en el golpe de Lavalle del 1 de diciembre de 1828; y c) el espionaje extranjero; y así tal cual lo expresaba Rosas en carta a Quiroga del 28 del mismo mes y año:

(...) He tirado en estos días un decreto sobre uso de la libertad de imprenta. Me ha movido a hacerlo la necesidad de dar cumplimiento exacto al artículo 6° del tratado de los Gobiernos; también el deber de cruzar los manejos de los Unitarios Decembristas; asimismo la conveniencia de contener la influencia de los extranjeros al menos en una gran parte. Además ya que no puedan al todo desarmarse las logias secretas, el decreto no podrá menos que dar el resultado de debilitarlas; así como nos pone en guarda contra los espías y revolucionarios enviados ocultamente a los pueblos de América, no sólo por los españoles, sino también por los que no lo son (...). (sic)

Siendo como era, fervoroso rosista, Love  no estaba ni remotamente comprendido (ni tampoco el British Packet) en los propósitos que perseguía el decreto, pero observador puntilloso de la ley, se atuvo a la misma, y conociendo perfectamente que un pedido de excepción de su parte colocaría al Restaurador en el incómodo deber de tener que denegárselo; se abstuvo cuidadosamente de gestionarlo. Pero no fue por eso que Love no se hizo argentino, que no renegó de su ciudadanía inglesa; sino simplemente porque a esa nacionalidad pertenecía y así quiso mantenerse. Nació inglés y murió como tal porque amaba a su país y no quiso para sí la hipocresía de aparentar un sentimiento patriótico hacia nuestra nación que no sentía. Love se consideraba un buen amigo de la Argentina, y en efecto lo fue. Y con eso le bastó para demostrar en lo tangible, un apego a esta tierra y su gente que inclusive superó y con creces, al de muchos de los nacidos en ella.
El British Packet fue un periódico netamente rosista, pero más allá de ello; fue resueltamente pro argentino y se mostró invariablemente como un firme defensor de los derechos de nuestro país frente a la agresión de Francia con su bloqueo, y fue aún más allá: en el conflicto con la entente anglofrancesa, Love, aún siendo inglés; deploró y criticó acerbamente la errónea política de su país y puso de manifiesto desde el British lo injusto del ataque de su propia nación hacia la nuestra. Y entiendo menester destacar que su periódico no recibía por parte del gobierno de Rosas subvención alguna, ni figuró nunca en la lista de "fondos de reptiles" que el Restaurador destinaba a sobornar periodistas extranjeros para que apoyasen a la Confederación Argentina en la cuestión con Inglaterra y Francia. Y no sólo eso, sino que además; Love rechazó el ofrecimiento oficial que se le hizo de adquirirle una cantidad extraordinaria de ejemplares del British sosteniendo la postura argentina, para enviarla al exterior. Y es que el gringo don Jorge (así se refería a él afectuosamente Rosas, que le profesaba gran estima y consideración), en tanto auténtico y verdadero gentleman; hacía un culto de la estricta observancia del fair play.
Su apoyo a la causa de la Confederación Argentina habría de costarle caro a Love. Los ataques contra su periódico y hasta contra su persona que desde Montevideo se le hacían a través de la prensa que respondía a los intereses del gobierno intruso del pardejón Rivera y los unitarios argentinos emigrados, alentada y solventada por la firma comercial Lafone & Cía. a la que se le habían cedido los derechos aduaneros del puerto oriental, serían feroces y harían no poca mellla en su ánimo y en su físico. Su espíritu romántico e idealista no pudo soportar el tremendo impacto de la maledicencia y el agravio: súbitamente enfermó de gravedad, muriendo el 28 de noviembre de 1845. Fue sepultado el 30, en el cementerio protestante de la calle de la Victoria (la actual Hipólito Yrigoyen). 
Debe de haber en la perinola del destino una cara "todos pierden"; porque ese 28 de noviembre la sociedad porteña perdió a uno de sus más conspicuos integrantes, el gobierno de Rosas perdió a un firme sostenedor, la Confederación Argentina perdió a un buen amigo del país y la Humanidad perdió a una buena persona.
Vaya uno a saber en qué dimensión estará flotando el alma del gringo Love, pero tengo para mí que en la que fuere; de seguro andará su alta y desgarbada figura por la Alameda, galanteando a alguna bella porteña de esas que hacían latir más fuerte su enamoradizo corazón. Amén.

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS

AGN. Archivo Rosas.
BN. Publicaciones periódicas. The British Packet.
Montes-Bradely II, Saul M. Dissident Cemeteries in Buenos Aires vol. II (1821-1855). Thomas Osgood Bradley Foundation, Virginia, 2012.
"Un inglés" (pseudónimo atribuido a Thomas George Love). Cinco años en Buenos Aires. 1820-1825. Hyspamérica, Buenos Aires, 1986.

martes, 2 de abril de 2013

EL MAPA DE PIRI REIS Y EL REINO DE LA FANTASÍA







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Este mapa ha sido dibujado por Piri Ibn Ají Mehmed, conocido como el sobrino de Kemal Reis, en Gelibolu, en el mes de muharrem del año 919. En este siglo no hay un mapa como éste en posesión de nadie. (Piri Reis)

El hecho de que tengamos en este nuestro bendito país superproducción de chantapufis, no necesariamente implica que estos sean un invento argentino. Y ni siquiera significa que sean patrimonio exclusivo (y para nada enorgullecedor) de nuestra fauna local.
En efecto, los pignas, lanatas, o'donnells, terragnos, chumbitas, brienzas, feinmanns, romeros y demás especímenes de similar laya, si bien autóctonos (por desgracia); son meros chantas de cabotaje digamos, simples émulos de los chantas con vuelo internacional estilo Charles Berlitz o Erich von Däniken. Y son tan diferentes en cuanto a envergadura los primeros de los segundos, como nuestro vernáculo yacaré de un cocodrilo del Ganges o del Nilo. Y ¿cómo se mide esa envergadura? Muy sencillo: por la cantidad de libros y videos que venden, la cual es directamente proporcional al número de crédulos (¿giles?) que embaucan. Los chantas que supimos conseguir por estas tierras, se dedican a depredar nuestra historia argentina; mientras que los chantas con vuelo internacional, actúan en un coto de caza mucho más amplio: la historia universal.
Berlitz, von Däniken y una larga lista de etcéteras esparcidos por todo el orbe -Dios los cría y editoriales pseudo científicas (además de Discovery Channel, Nat Geo y The History Channel) los amontonan- se dedicaron (muy lucrativamente para ellos, por cierto, y con empeño digno de mejor causa) a meterle en la marota a la gente el supuesto origen extraterrestre y/o debido a pretéritas civilizaciones perdidas que habrían sido mucho más avanzadas que la nuestra (eso, aceptando que a la nuestra pueda llamársela "civilización" y reputarla de "avanzada", lo cual para mí; teniendo en cuenta que siguen proliferando el hambre, la miseria, las pestes y las guerras es, por lo menos, discutible) de las Pirámides de Gizeh, de las Líneas de Nazca, de la Atlántida (si es que en verdad existió y no se trató sólo de una metáfora del bueno de Platón), de un imaginario Triángulo de las Bermudas, y hasta de las agujas de tejer al crochet de mi abuelita Angela...
Así, le atribuyen al archifamoso mapa de Piri Reis la inclusión nada menos que de la cordillera de los Andes y la Antártida como era antes de ser cubierta por los hielos; en función de lo cual sostienen (en un divague que llega al paroxismo) que necesariamente debió ser trazado desde el aire, y como en el siglo XVI no había aviones; entonces la obvia inferencia sería que el mapa es obra de alienígenas que lo hicieron desde una nave espacial, o bien gentes de una desarrolladísima cultura hoy perdida que habría florecido hace aproximadamente entre 10.000 y 12.000 años y que tenía la capacidad de desplazarse por el espacio aéreo.
A ver, dejemos Chantalandia, en el delirante Reino de la Fantasía, bajemos mejor a nuestra vieja y sacudida Tierra y examinemos el asunto; o "veámoslo un poco con tus ojos" (Solari dixit):
Piri Reis -en realidad, el hombre se llamó a sí mismo como Piri, hijo de Mehmed (algunos historiadores turcos afirman que se llamaba Muhiddin Piri y otros Ahmet, hijo de Hajji Mehmed), y Re'is significa Almirante; con lo cual escribir Piri Reis equivale a escribir Almirante Piri- fue un marino, militar, historiador, geógrafo y cartógrafo turco que nació en Gelibolu (Galípoli) entre 1465 y 1470, y murió en El Cairo en 1553. Durante muchos años navegó con su tío Kemal Piri como pirata por el Mediterráneo y después, incorporado oficialmente a la armada otomana, participó en las campañas navales turcas a Córcega, Sicilia, Cerdeña, Francia, Venecia (a cuya finalización fue nombrado almirante)  y Egipto. En 1513 produjo lo que cuatro siglos y medio más tarde lo volvería tan célebre como lo había sido en su propio tiempo: el mapamundi que hoy conocemos como mapa de Piri Reis. En 1521 terminó de escribir su notabilísimo libro Kitab-i-Bahriye (Sobre la Navegación), un atlas en el cual condensaba toda la información histórica y geográfica disponible en la época para la navegación, y consignaba tanto los conocimientos que había adquirido él mismo, como los descubrimientos y adelantos de los españoles y portugueses en la materia; el cual presentó solemnemente al por entonces nuevo califa del Imperio Otomano, Süleyman I (al que los occidentales conocemos como Solimán el Magnífico). Kitab-i-Bahriye está dividido en 230 capítulos, 21 de los cuales están escritos en verso; y los otros 209 en prosa.
Trasladémonos al siglo XX. A fines de 1929, Halil Edhem, director de Museos de Turquía, descubrió en el palacio Topkapi, que era la antigua residencia de los emperadores otomanos y que en ese tiempo se había transformado en museo; el mapamundi que Piri había confeccionado en 1513; o dicho más apropiadamente, un fragmento del mismo de 90 x 65 cm; el resto se había perdido en la noche de los tiempos. La parte que se había hallado contenía la representación de la Península Ibérica, la porción occidental del Africa, el Caribe y el oriente de Suramérica.
El mapa de Piri Reis es en sí mismo y más allá de sus merecimientos (innegables) y de la exactitud geográfica e histórica (que sin duda, calificaríamos de escasa hoy por hoy; pero ello es más que razonable, habida cuenta de la época de la que data), una auténtica obra de arte. Se trata de un pergamino, ya que está trazado sobre cuero de gacela, compuesto según la modalidad de los portulanos o "cartas de marear", es decir, con un reticulado cuyas líneas no indicaban longitug y latitud, sino los rumbos de la rosa de los vientos, hecho a nueve colores,  ilustrado con bellas imágenes  y con anotaciones marginales a la izquierda en las cuales Piri, como si hubiera tenido la facultad de predecir a sus historiadores, consignó, además de particularidades de los distintos sitios; las fuentes de las que se valió: veinte cartas y ocho Mappae Mundi de su época (entre los cuales había uno de Columbus,o sea, Colón).
Pasado el furor inicial del descubrimiento del mapa de Piri Reis el asunto cayó en el olvido; hasta que a mediados de la década de 1950, un militar turco envió una copia a los Estados Unidos para que la estudien y analicen, y allí entraron a tallar dos norteamericanos: el capitán Arlington Mallery, un delirante que presumía de arqueólogo; y Charles Hapgood, un profesor de historia. Ellos fueron quienes elucubraron el mito de que el mapa tenía "tal exactitud" que venía a demostrar que "había sido trazado desde el aire",  que en él estaban representadas "la Antártida sin hielo y la cordillera de los Andes", y unas cuantas sandeces más; leyenda esta que después sería "perfeccionada" por Berlitz, von Däniken y otros cuantos por el estilo, para utilizarla en beneficio propio ($).
Todo eso es una patraña gigantesca que no resiste análisis serio alguno. La presunta exactitud del mapa no es tal, al contrario; el mismo registra errores groseros (propios de la época en que fue dibujado, eh; para nada debe tomarse el señalamiento de fallas en el mapa como un cargo tendiente a desmerecer la obra de Piri). En algún vericueto de sus delirios se les deben haber perdido tres ceros, porque la "Antártida sin hielo" a la que aluden no es de hace "doce mil años" como afirman, sino de hace por lo menos doce millones de años, durante la época geológica del mioceno, período Neógeno de la era Cenozoica. La "cordillera de los Andes" que los farsantes sostienen que aparece en el mapa de Piri Reis, no son montañas, sino -"pequeña" diferencia- islas; la porción suramericana dibujada es la oriental, porque no aparece el Océano Pacífico, "detalle insignificante" este que no podía haberle pasado inadvertido a un cartógrafo genial como Piri, y que no obstante ello, los chantas hacen de cuenta que no lo ven. ¿Qué, la cordillera de los Andes por un misterioso fenómeno geológico se trasladó del oeste al este y no nos percatamos de ello? Por favor... Y el animal representado en una de las imágenes, que para ellos es una "llama"; vaya uno a saber lo que es, pero una llama seguro que no; ya que el que dibujó Piri tiene cuernos. Pero claro, seguramente debe ser que uno ni se dió cuenta de que las llamas desarrollaron cornamenta. En fin... 
El tratamiento irresponsable y con un criterio exclusivamente mercantilista encubierto bajo la apariencia de un interés científico, llevó a que se perdieran de foco aspectos interesantísimos del documento; los cuales debieran ser objeto de serias y profundas atención e investigación. Por citar sólo algunos ejemplos: las anotaciones marginales de Piri abundan en detalles referidos a cómo llegó Colón a "Antilla, que está en la parte en la que se pone el sol" (es decir, lo que después se llamaría América, por Amerigho Vespucci), guiado por "un libro que cayó en sus manos", en el que "aparecía, al final del Mar del Oeste, que existían costas e islas y toda clase de metales y piedras preciosas". El libro que dice Piri que "cayó en las manos" de Colón, era, como ya se habrán percatado ustedes, la Biblia; con el versículo de Isaías que dice: "Palomas en tan arrebatado vuelo como cuando van a sus palomares; así los ya salvados arrojarán las saetas de su predicación en las islas más apartadas y traerán en retorno el oro y la plata"; algo que fue muy bien tratado por un perspicaz José María Rosa y a lo que -extrañamente- por lo general no se le presta mucha atención. Es notable (y señal inequívoca de un celoso entendimiento al que nada se le escapaba) que Piri -en tanto otomano, enemigo de los españoles y por ende, de la epopeya colombina- no haya cedido al prejuicio que debiera de haberlo guiado a la descalificación y por lo contrario; haya preferido privilegiar la verdad histórica. Lo cual de paso, viene a situarlo en un sitial destacado de la geopolítica. También menciona Piri a un personaje que llama Sanvolrandan, que no es otro que San Brandan o Samborombóm, aquel monje que los portugueses hacen suyo y que da nombre a nuestra Bahía de Samborombón.
En fin, el límite que me impone la imprescindible brevedad de un artículo me inhibe a la hora de abundar en detalles jugosísimos que se desprenden del examen minucioso y sin preconceptos del documento, pero en el caso de que sientan despertado su interés; hagan el ejercicio de analizarlo concienzudamente. Garantizo que se van a sorprender.
En cuanto a Piri, diré que ya largamente octogenario, volvió a comandar como almirante, la armada turca en guerra contra Portugal por Egipto. Murió, como lo indica un documento papal recientemente hallado en los archivos vaticanos, decapitado en 1553 por orden del pasha de El Cairo por habérsele imputado traición según algunos historiadores, y cobardía según otros; al ordenar a su mermada flota el levantamiento del sitio otomano al puerto de Ormuz.
Los chantas que so pretexto de "historiarlo", lo tergiversaron escandalosamente lucrando con la invención de una sarta de estupideces; corrieron (y corren) mejor suerte que él. 

-Juan Carlos Serqueiros-