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domingo, 25 de agosto de 2024

CUANDO ME FALTEN LAS PALABRAS





























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Extático, a través del ventanal disfruto del renovado placer de contemplar la lluvia. Estoy solo (¿acaso no lo estamos todos siempre?), pero en cercana y amada compañía: mi esposa: Gabriela, se encuentra en su consultorio, inmersa en un día especialmente cargado de pacientes; nuestros tres perros: Rufino, India y Malevo; y nuestra gata: Greta, están durmiendo abrigados y despreocupados —por supuesto, en nuestra cama, a la cual obviamente consideran territorio propio y representaría un trabajo de Hércules cualquier intento de desalojarlos—.
La tibieza acariciante del mate amargo baja por mi garganta, mientras las volutas de humo del cigarrillo que estoy fumando dibujan figuras caprichosas, las cuales me empeño en asimilar a las fusas y corcheas de ese maravilloso "Oblivion" con que la magia de Piazzolla ha tenido a bien bendecirme.
Son esos instantes de la eternidad en que se me ocurre que quizá, y a pesar de su condición cuasi invariable de injusta; la vida sí tenga algún sentido...
Y entonces, quisiera atesorarlos en un cofre, para ir por ellos cuando a ese maldito gordo traidor del Espasa-Calpe de mi mente le falten las palabras a la hora de expresar cuán feliz me siento.
Y es que como acertadamente canta Daniel Altamirano: “Vea, chamigo: la vida es linda, / después de todo; nada es mejor. / Y nunca es pareja la ley del hombre… / Y pasa ‘e todo en la viña ’e Dios”.

-Juan Carlos Serqueiros-

Imagen: Michael Bilotta, "The Secret Keeper (El guardián secreto)".

viernes, 19 de mayo de 2023

FELICIDAD Y TRISTEZA





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Cada vez que me invade LA felicidad, esa felicidad plena, extática; en paralelo siento que llega a mí acompañada por una extraña tristeza.
Y no es una tristeza originada en melancolía ni en abatimiento ni en pesar ni en dolor, y mucho menos una tristeza motivada por alguna carencia, es decir, la falta de algo o de alguien; sino una tristeza íntima, profunda, inefable, metafísica, y hasta si se quiere, dulce. Y probablemente (o mejor expresado: seguramente), se trate de una tristeza... desesperada, digamos, amnióticamente adquirida para siempre.
No sé... debe ser el balance cósmico, que como es arriba es abajo... Reitero: no lo sé; pero es como el matrimonio indisoluble entre una sonrisa de plenitud lograda y una lágrima de certeza de finitud. Algo así...
Como saber que uno está junto a la persona amada, esa a quien le abrió el alma de par en par, sin guardar un solo secreto, sin dejar una sola ventana con el visillo corrido, ni una sola puerta entornada, ni un solo pasillo a oscuras o a medio iluminar, y a la vez; la consciencia de que a esta edad (voy a cumplir 67 años), uno ya entró en la última curva y de que la línea de llegada (o de partida, para quienes creen que hay vida más allá de la muerte —que no es, lamentablemente, mi caso, ya que no me fue concedido el don de la fe—), está ahí nomás, al toque...
La felicidad es el goce de llegar a la meta y la tristeza es la pena de saber que al alcanzarla, la carrera habrá terminado. 
Por eso, cierta vez escribí en un poema que la cosa no estriba en haber arribado ¡por fin! a Ítaca (lo cual en definitiva, es nada más que un logro efímero, porque después de todo; no debería perder de vista que hasta el pobre Argos se murió y Penélope terminó poniéndole los cuernos a Odiseo —que la mató, según algunos, o la repudió y devolvió a su padre, según otros—), sino que lo entretenido es el viaje.
La tristeza es una oquedad y la felicidad es el contenido que la llena, pero nunca del todo; porque cuando está por verterse la última gota, esa, sí, justo esa que la va a rebalsar... ¡alguien o algo cierra la canilla!

-Juan Carlos Serqueiros-