Escribe:
Juan Carlos Serqueiros
Últimamente, los argentinos hemos sido llevados
a asistir a una especie de revival
del proyecto monárquico (en cuanto a recuerdo y abundante mención mediática del
mismo, me refiero) sustentado por Belgrano en 1816.
El adalid de nuestra independencia fue recibido en sesión secreta el 6 de
julio por los congresales, que se abocarían a partir del 12 del mismo mes a
tratar la cuestión forma de gobierno. Es archisabido que en esa oportunidad, Belgrano
(que había vuelto de Europa poco antes) abundó en detalles acerca del
desprestigio en que por entonces había caído la Revolución Americana en el
concepto de las naciones europeas, y en consideraciones referidas a las
restauraciones monárquicas acaecidas en el Viejo Continente. También habló de
otros temas, como el de que los preparativos bélicos de los portugueses estaban
dirigidos a prevenir la expansión del artiguismo (la infección del territorio del Brasil, dijo). Y propuso como forma
de gobierno una "monarquía constitucional a la inglesa"
(paradojalmente, pues es de hacer notar que Inglaterra no tenía constitución
escrita; pero la expresión se utilizaba para describir a una monarquía no
absolutista), cuyo trono debía, a su juicio, ocupar alguien perteneciente a la
"dinastía de los Incas".



Declarada que fue la independencia el 9; el 12,
como cité precedentemente, se daría inicio al tratamiento de la forma de
gobierno, existiendo en principio amplio consenso en favor de lo que se dio en
llamar monarquía temperada en la dinastía
de los Incas.
En definitiva, diversos factores (entre otros, la invasión portuguesa a la
Banda Oriental, la oposición de no pocos de los congresales, la feroz crítica
de un sector de la prensa porteña y la descalificación por parte de Rivadavia)
hicieron que el proyecto no se llevara adelante.
Actualmente, una pléyade de “sabios”
historiadores se está dedicando (con una enjundia que resultaría más efectiva
si la aplicaran al sano ejercicio de inducir raciocinios propios) a poner de
relieve la figura histórica de quien ellos consideran que era el candidato en
quien pensaba Belgrano para el trono: Juan Bautista Túpac Amaru (o Tupamaro, como algunos lo escribían por
esa época, y como se estipula en el Registro de Inhumaciones), un medio hermano de José Gabriel Condorcanqui que había sobrevivido a las atroces ejecuciones de Cuzco en 1781, permanecía prisionero de los españoles en Ceuta (hasta su liberación entre 1821 y 1822 durante el interregno liberal) y arribaría a Buenos Aires en 1822 o 1823, muriendo allí el 2 de setiembre de 1827, siendo sepultado en el cementerio de La Recoleta.

En una remake
de esos accesos febriles colectivos que de tanto en tanto nos acometen a los
iberoamericanos y en especial a los argentinos, se despertó súbitamente el
interés por Juan Bautista Túpac Amaru, cuyo tratamiento histórico hasta hace
cuatro o cinco años nomás, había quedado circunscripto prácticamente a Eduardo
Astesano y su Juan Bautista de América.
El Rey Inca de Belgrano, editado allá por los años 70.
Entre los principales fogoneros "actualizadores" figuran, por
ejemplo y entre otros, el inefable Hugo Chumbita (el propulsor del mito -ridículo-
según el cual San Martín no era hijo de Juan de San Martín y Gregoria Matorras,
sino de Diego de Alvear y Rosa Guarú); Osvaldo Bayer -que desafortunadamente,
luego de la meritoria investigación histórica que volcara en su excelente libro
Los vengadores de la Patagonia trágica
(después reeditado con el título trocado en La
Patagonia rebelde), quizá nublado por sus convicciones ideológicas; no pudo
persistir en la buena senda ("buena senda" en cuanto a historia, quiero
decir) y entonces incurre en lamentables excesos como esa fobia hacia Roca,
quien en modo alguno fue el monstruo genocida de indios que se empeña en pintar
y denostar)-; Araceli Bellota -la que oficiaba de coequiper de Pacho
O'Donnell en el (felizmente) extinto instituto “histórico” Dorrego), y que
después fue designada en la dirección
del Museo Histórico Nacional, nada menos (¿qué sabrá el chancho de barcos, si
nunca fue marinero?); etc.
Pero quien se lleva todas las palmas en materia
de delirios, es la peruano-salteña Katia Gibaja, quien muy suelta de cuerpo afirma que:
Juan
Bautista Túpac Amaru no fue liberado por los españoles en 1821 o 1822, sino ¡en
1813!, según ella, porque "en 1813 llegó allí el padre Marcos Durán
Martel, que lo ayudó a conseguir su libertad y lo embarcó rumbo a Buenos
Aires". Y no se detiene en eso la fértil imaginación de esta señora; ya
que también sostiene que "cuando Túpac Amaru llegó a Buenos Aires conoció
en persona a Belgrano, San Martín e incluso debió conocer a Güemes", lo
cual lo convertiría nada menos que en "uno de los principales ideólogos
del proyecto libertario que se gestó en Argentina".
Dice Gibaja que todo esto lo sabe por haber leído el libro de memorias que (según relata Mitre) a pedido y bajo el patrocinio y apoyo económico de Rivadavia, escribió el Inca en Buenos Aires: El dilatado cautiverio bajo del gobierno español de Juan Bautista Túpac Amaru, 5º nieto del último emperador del Perú.
Del libro, se conserva en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, un ejemplar de la edición hecha en la Imprenta de los Expósitos; pero Mitre (y mucho menos la Gibaja) no acierta a explicar por qué motivos a Rivadavia -por entonces ministro de Martín Rodríguez-, tan opuesto en 1816 al proyecto belgraniano de monarquía incaica, se le podría haber ocurrido sostener con una pensión gubernamental a Juan Bautista Túpac Amaru y hacer imprimir por cuenta del Estado sus memorias.
Digamos, siendo buenos, que entre la evidencia
histórica y los divagues de Katia Gibaja hay una distancia insalvable. Veamos,
si no.
El fraile agustino Marcos Durán Martel, de
oficio carpintero, había sido uno de los que propulsaron y encabezaron la
insurrección de Huánuco, en el Perú, en febrero de 1812. Juzgado por
rebelión, fue condenado a 10 años de servicios en el real ejército
español, a cumplir en la terrible fortaleza-prisión norteafricana de Ceuta (donde
conoció a Juan Bautista Túpac Amaru, que estaba asimismo preso allí, como he
señalado). En 1820 comenzó en
España el llamado Trienio Liberal, de resultas de la política del cual en
diciembre de 1821 fue amnistiado y consecuentemente liberado de su cautiverio.
Todo esto consta en los documentos que se conservan en el Archivo de Indias. Como
pude apreciarse fácilmente, tan sólo en los intrincados laberintos oníricos de
Katia Gibaja habría podido fray Martel Durán embarcar al Inca "rumbo a Buenos Aires" en 1813.
En fin, comprobamos así cómo, aún con
objetivos, puntos de vista y posiciones ante la historia claramente
diferenciados, utilizando los mismos (nocivos y perjudiciales)
"métodos" y "herramientas", pueden arribar a idénticos
resultados (la mentira y el mito) supuestas antípodas como Mitre, por un lado;
y Chumbita, Gibaja y etcéteras por el estilo, por otro. El eslabón que los une
es el aferrarse como práctica habitual a la manipulación de la heurística de
modo de hacerla servir a los paradigmas de los cuales parten. Si los documentos
y los hechos se dan de patadas con lo que se pretende sostener, no importa;
sencillamente ellos los desechan, los ignoran, los esconden o desaparecen y ya
está: se alteran las fechas, atrasando o adelantando el reloj de la historia
según convenga a lo que quiere erigirse en verdad histórica, y "listo el
pollo". Pero mejor dejemos enhorabuena a esta constelación de sabios debatiéndose y naufragando al fin en el océano de sus mentes
calenturientas, y volvamos al proyecto de monarquía incaica del ínclito general
Belgrano.
¿Era efectivamente Juan Bautista Túpac Amaru en
quien había pensado Belgrano para sentarlo en el trono que a la faz del mundo
habría de alzarse en el Cuzco?
Es difícil (y a menos que aparezcan documentos
hasta hoy desconocidos; será imposible) saberlo. El General no hizo nombres
cuando expresó su proyecto, ni públicamente, ni en cartas privadas, como afirman irresponsablemente algunos, sin
especificar a cuáles "cartas privadas" se refieren ni dónde se hallan
las mismas.
Estimo pertinente resaltar que no es cierto lo
que sostienen los actuales fogoneros mediáticos y politiqueros del asunto, en
el sentido de que Juan Bautista Túpac Amaru era el "único"
sobreviviente de la familia de José Gabriel Condorcanqui atrozmente ejecutada
en 1781 en el Cuzco.
Al respecto, señala apropiadamente José María
Rosa: "Tupac-Amaru tenía un hermano, ya casi octogenario, preso en los
calabozos de Cádiz, y parientes en su confinamiento de Tinta"
(subrayado mío).Y treinta años después de los sucesos, Tomás
Manuel de Anchorena, recordando su participación en la cuestión como diputado
por Buenos Aires al Congreso -y olvidado de su original (bien que efímero)
apoyo a la propuesta belgraniana-, le escribía el 4 de diciembre de 1846 a su
primo Juan Manuel de Rosas, contándole que el general Belgrano, preguntado por
los congresales en aquella sesión secreta del 6 de julio de 1816 con respecto a
quién sería el candidato a ocupar el trono; les respondió que "a su juicio
particular debíamos proclamar la
monarquía de un vástago del Inca que sabía existía en el Cuzco"
(subrayado mío). Ergo, está claro que para Anchorena, en quien había pensado
Belgrano no era precisamente Juan Bautista Túpac Amaru, que estaba preso en
Ceuta o en Cádiz, y que a menos que tuviera el don de la bilocación, obviamente
no podía ser a la vez el que "existía en el Cuzco". Aunque por
supuesto, debe tenerse en cuenta que, más allá de la voluntaria o involuntaria
tergiversación en lo que hace a su actuación personal en el tema, pasados nada
menos que treinta años; la memoria -sea la de Anchorena o la de quien fuese-
bien pudiera tener algún fallo. De todos modos, no deja de ser un indicio más. Al cual, dicho sea de paso, adhiere Vicente
Fidel López, que en su Historia de la
República Argentina dice: "el proyecto de erigir como casa reinante a
la familia de los incas, de la que se decía que andaba por el Perú un indio
viejo que era vástago genuino y notorio de Túpac-Amaru, aquel que en 1782
había sido destrozado a cuatro caballos en el Cuzco" (subrayado mío). Incurre
López en un par de errores, quizá porque como es sabido, escribió su Historia basado en los relatos orales de
su ilustre padre, don Vicente López y Planes: consigna equivocadamente como año
de las ejecuciones de Cuzco a "1782", cuando en realidad, esas
tuvieron lugar en 1781, y reputa como de edad avanzada a alguien que, en caso
de ser efectivamente "vástago de Túpac-Amaru", no podía bajo ningún
punto de vista ser considerado en 1816 como "un indio viejo", toda
vez que andaría frisando en los 40 o 45 años a lo sumo).
Por otra parte, la dinastía del Inca no se
circunscribía sólo a la familia de Túpac Amaru; había, por ejemplo, en España
miembros de la nobleza incaica, como ser Dionisio Inca Yupanqui, coronel del
Regimiento de Dragones del Real Ejército Español y diputado a las Cortes de
Cádiz, quien desde muy joven había sido enviado desde el Cuzco a estudiar al
Colegio de Nobles de Madrid, y a quien le cabría una destacada actuación en la
llamada Guerra de la Independencia española contra los franceses.
Es sugerente que el cónsul general y encargado
de negocios de Inglaterra ante la corte de Río de Janeiro, sir Henry
Chamberlain, escribiera el 29 de agosto de 1816 desde el Brasil a su jefe en el
Foreign Office, el ministro inglés Henry Robert Stewart, vizconde de
Castlereagh, anoticiándolo acerca de las deliberaciones del Congreso en
Tucumán: "La persona que se supone tiene en vista el Congreso es un oficial
del Ejército Español que actualmente se encuentra en España, si es que no está
en Madrid mismo". Quien pasó el dato a Chamberlain, tuvo que haber sido
Manuel José García, quien por esa época estaba en Río de Janeiro incitando a
los portugueses a invadir la Banda Oriental, lo cual éstos, efectivamente,
habrían de verificar.
¿Podemos, si queremos proceder seriamente al
análisis de esta cuestión histórica, desechar la consideración aunque más no
sea como un indicio, de un documento que proviene nada menos que de la siempre
bien informada y eficaz diplomacia inglesa? En mi opinión, no, no podemos;
debemos necesariamente tomarlo en cuenta. No pretendo significar que esto
compruebe que el candidato del general Belgrano al trono incaico fuese Dionisio
Inca Yupanqui, para nada; digo simplemente que es uno más de los tantos
elementos que demuestran que de ninguna manera puede aceptarse más allá de toda
duda que hubiera pensado sí o sí en Juan Bautista Túpac Amaru.
Particularmente, sigo al presente inclinado a
inferir como la hipótesis más plausible, la que hace tiempo induje: que
Belgrano, en el Alto Perú y en 1813, debe de haberse anoticiado, ya sea por
haberlo conocido en persona o por mentas que le llegaron, de la existencia de
algún integrante de la dinastía incaica, y que en él era en quien pensaba
cuando elaboró su proyecto. Y además, creo que lo concibió (no como proyecto
realizable en esos momentos y esas circunstancias, pero sí como idea) ya en ese
año de 1813 y no en 1816 como todo el mundo tiene por válido sólo porque fue en
ese año que el General lo dio a conocer.
Hay un elemento muy importante que -llamativamente-
no es tenido en cuenta: La Memoria
póstuma ó acontecimientos en la vida Pública del Cor.l D.n Ramon de Cazeres.
Este militar oriental tuvo activa participación en la política del Plata entre
1812 y 1852, y escribiría, a solicitud de Andrés Lamas, sus memorias, las
cuales dedicó a éste. Respecto al tema que nos ocupa, dice Cazeres:
Mis opiniones
estaban entonces de acuerdo con muchos de los 1.os hombres de la Rebolucion:
D.n Jose Artigas nos habia mostrado algunas veces una carta de D.n Man.l
Belgrano, escrita desde Sta. Fee, (hay aquí una llamada '[8]', a una nota de pie de página, la cual reza:
'me parece q.e en el año 13') diciendole q.e le parecia no podria
constituirse la America del Sud, sino bajo la forma de una monarquia
constitucional, proyectaba se buscase un descendiente de los Yncas p.a
coronarlo, y conciderandole hombre sin educacion y sin talentos, proponia la formacion
de una regencia, en la q.e. tendrian parte los hombres mas ilustrados, y q.e
mas hubiesen trabajado en la rebolucion; Ese docum.to yo creo que no está
perdido, y q.e ha de ver la luz un día. (sic). El texto es la
transcripción fiel de lo escrito por el autor, sin correcciones gramaticales ni
ortográficas.
Cazeres sitúa la carta como escrita desde
"Sta. Fee", es decir, Santa Fe, en 1813; pero acota en relación al
año: "me parece". No debe haber sido de 1813, ya que ese año Belgrano
no estuvo en Santa Fe; sino de 1814 (en cuyo caso, tampoco debería estar
emitida desde esa ciudad), en que se produjo su intercambio epistolar con
Candioti acerca de la situación de Santa Fe y la Banda Oriental y la mediación
que a éste le había encomendado Posadas; o bien de 1816, cuando tuvo que marchar a hacerse cargo del Ejército
de Observación.
Y de paso, el testimonio de Cazeres me reafirma
en mi creencia de que el Inca en quien pensaba Belgrano no eran ni Juan Bautista
Túpac Amaru ni Dionisio Inca Yupanqui (hombres cultos ambos, sobre todo, el
segundo); sino algún otro que desconocemos, alguien que, como afirma el
oriental que se estipulaba en la carta dirigida a Artigas, no poseía
considerables educación y talentos.
¿Se hace perceptible como se va clarificando la
cuestión? Así, vemos al general Belgrano tendiendo un puente hacia la postura
ideológica del general Artigas, procurando -en vano, porque éste utilizaba la
carta para ejemplificar ante sus oficiales lo distantes (y en efecto, así era,
por desgracia) que estaban un punto de vista del otro- convencerlo de que la
tesis de la monarquía incaica a la que le proponía adherir, era una concepción
superadora tanto del centralismo directorial que se había demostrado egoísta,
sectario y exclusivista; como de la anárquica confederación de provincias con
sus localismos mezquinos y disolventes.
Para 1816, transcurridos ya seis años de
revolución, el panorama distaba mucho de ser halagüeño. Las Provincias Unidas,
que de esa presunta condición de unidad sólo conservaban el nombre, estaban
partidas en dos bloques antagónicos: por una parte, las que componían la Liga
Federal, es decir la Banda Oriental, Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes y las
Misiones; y por otra, las que giraban en la órbita del Directorio, o sea Buenos
Aires, Salta (de la cual dependía Jujuy), Tucumán (de la cual eran sufragáneas
Santiago del Estero y Catamarca), Cuyo (Mendoza, San Juan y San Luis), y el
Alto Perú. Córdoba se mantenía en un precario equilibrio entre ambas posturas.Declarada que fue de hecho (presumiblemente) el 29 de Junio de 1815 en el
marco del Congreso de Arroyo de la China la independencia por parte de las
provincias nucleadas en los Pueblos Libres (con más la asistencia de Córdoba);
las que respondían al Directorio se aprestaban a hacer lo propio en el que se
había convocado en Tucumán (que contaría también con la adhesión de Córdoba).
Y
por cuanto ya resultaba evidente que ninguno de ambos bloques tenía la
capacidad de imponerse al otro; se había alcanzado una virtual situación de stalemate que amenazaba con asfixiar a
una revolución que se debatía entre los egoísmos y la prepotencia sectaria de
los directoriales; y los mezquinos localismos anárquicos de los federales.
Para salir de ese brete alevoso, se precisaba
de una propuesta superadora, equidistante de ambas posturas, y fue entonces
que, una vez más y como siempre; surgió el genio portentoso del gran ideólogo y
nervio motor de la revolución: el general Manuel Belgrano, con su proyecto de
monarquía incaica con trono asentado en el Cuzco.
El mismo, a la vez que reflotaba uno de los
principios más caros a la Revolución de Mayo expresado en versos de la canción
patria, prefiguraba no sólo la unidad del ex virreinato del Río de la Plata;
sino además la integración política con el del Perú, la ex Capitanía General de
Chile y el sur del Brasil, y además; al ser inclusivo, multiétnico y prever una
regencia ejercida por una aristocracia con auténtico sentido nacional, sintetizaba los postulados sociales más relevantes tanto de los sostenedores
del federalismo, como de los directoriales.
Inmediatamente, los intereses en pugna de unos
y otros se pusieron en juego para abortarlo. Frente a la grandeza de la propuesta
belgraniana se alzaron las pequeñeces de la politiquería vernácula, obediente
tanto a los dictados de ultramar como a la estrechez de miras de los localismos
ridículos. Había sólo un Belgrano, sólo un San Martín y sólo un Güemes, y la
golondrina representada por ellos no bastaba para hacer propiamente un verano
que, efímero, se mostró escuálido y poco tórrido ante un largo invierno
especialmente gélido, encarnado en tanta mezquindad reinante.
Así las cosas, en el seno del Congreso la
moción del diputado Azevedo, originalmente apoyada por la mayoría; naufragaría
frente a las trenzas y enjuagues dilatorios de los diputados porteños duchos en
componendas, en connivencia con no pocos de sus pares provincianos.
Para
muestra basta un botón, y si no, veamos lo que el congresal José Darregueira,
diputado por Buenos Aires, le escribía a Guido en fecha 27 de junio de 1816: "Por cartas contextes recibidas en el
correo anterior, estamos convencidos de la necesidad de trasladar el
Congreso a ésa (se refiere a mudar el Congreso a Buenos Aires, como
en efecto, se verificó después). Sin
embargo, por asegurar el golpe, hemos convenido con algunos diputados que
nos son adictos, en suspender la moción hasta que empiecen a llegar las
tropas de arriba y el nuevo Director nos ayude desde ahí en la empresa"
(subrayados míos).
Por su parte, Rivadavia conseguía infundir
dudas en el Director Supremo, Pueyrredón, quien a principios de 1817 le
escribía a San Martín:
"Ayer he tenido comunicaciones de Rivadavia del 22
de febrero último en París. Dice que ha sido recibida con extraordinario
aprecio la noticia de que pensábamos declarar por forma de gobierno la
monarquía constitucional; pero que ha sido en proporción ridiculizada la idea
de fijarnos en la dinastía de los Incas. Discurre con juicio sobre esto, y me
insta para que apresure la declaración de la primera parte. Éste ha sido mi
sentir, pero no sé si los doctores pensarán de un modo igual". Era ese el
mismo Pueyrredón que en carta a Belgrano del 3 de diciembre de 1816, decía a
éste: "Me ofrece V. instruirme del enviado al interior a promover las
ideas de Inca, Constitución, etc., etc.: si me interesa saber su nombre,
dígamelo V. pero si no, omítalo, para no exponerlo al riesgo de un
correo".
Y por el lado de los federales la incomprensión
no era menor: ya habíamos visto cómo Artigas usaba la carta de Belgrano para
ejemplificar a sus oficiales en qué residía aquello a lo que en su opinión,
había que oponerse a como diera lugar.
De nada serviría la hermosa proclama del 27 de
julio de 1816 del General a las milicias en Tucumán:
"He sido testigo de
las sesiones en que la misma soberanía ha discutido acerca de la forma de
gobierno que ha de regir la Nación, y he oído discurrir sabiamente en favor de
la monarquía constitucional, reconociendo la legitimidad de la representación
soberana en la casa de los Incas y situando el asiento del trono en el Cuzco,
tanto, que me parece se realizará este pensamiento tan racional, tan noble y
justo con que aseguraremos la losa del sepulcro de los tiranos".
Sería asimismo otra campana de palo la no menos
heroica de Güemes, aquella de:
"En todos los ángulos de la tierra no se
oye más voz que el grito unísono de la venganza y exterminio de nuestros
liberticidas. ¿Si estos son los sentimientos generales que nos animan, con
cuanta más razón lo serán cuando, restablecida muy en breve la dinastía de los
Incas, veamos sentado en el trono y antigua corte del Cuzco al legítimo sucesor
de la corona? Pelead, pues, guerreros intrépidos, animados de tan santo
principio; desplegad todo vuestro entusiasmo y virtuoso patriotismo, que la
provincia de Salta y su jefe vela incesantemente sobre vuestra existencia y
conservación".
Resultaría también infructuoso el entusiasta y
decidido apoyo del ínclito general San Martín enunciado, por ejemplo, en esta
carta del 22 de julio de 1816 a Godoy Cruz:
"Ya digo a Laprida lo admirable que me
parece el plan de un Inca a la cabeza, las ventajas son geométricas, pero por
la patria les suplico no nos metan una regencia de personas, en el momento que
pase de una todo se paraliza y nos lleva el diablo, al efecto no hay más que
variar de nombre a nuestro Director y quede un Regente, esto es lo seguro para
que salgamos a puerto de salvación".
Un a esa altura ya muy preocupado Belgrano,
escribía a Güemes el 10 de octubre de 1816:
"Crea V. compañero que tengo mi ánimo muy
afligido y más cuando veo que nuestros sabios reunidos no dan el gran paso que
promoví desde que llegué: se contentaron con declarar la independencia, acto
insignificante si no era acompañado de la forma de gobierno, pues que ya la
teníamos de hecho y después no han dado un paso a constituirnos, dejando a los
amigos del desorden en sus mismos caminos y prestándoles oído a sus opiniones
tan ridículas, como imposibles de ejecutarse".
Y no otra cosa que deplorable fue el papel que
le cupo en la cuestión a cierto sector de la prensa, tal como consignaba el
General en carta a Güemes del 18 de octubre de 1816:
"El editor de la Crónica Argentina nos da
dicterios y zahiere por el pensamiento de Monarquía Constitucional y del Inca:
contra mí se encarniza más; pero yo me río, como lo hago siempre que mi
conducta e intenciones se dirijan al bien general".
Aquel ya dos siglos lejano 1816, el rara
vez generoso y siempre apremiante tren de la historia pasó por Tucumán,
deteniéndose muy brevemente. Los argentinos, adormecidos en el andén, con la
consciencia colectiva obnubilada por tanto estupefaciente consumido en la forma
de cantos de sirena, lo dejamos seguir; sin atinar a subirnos a él.
Y desde entonces, aguardamos su regreso.
-Juan Carlos Serqueiros-
______________________________________________________________________
REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS
Archivo General de la Nación. a) Fondo Congreso
General Constituyente.
b) Proyecto
monarquía incaica de Manuel Belgrano. Documentos Escritos. Sala VII. Colección
Casavalle, Legajo 6.
Astesano, Eduardo, Juan Bautista de América. El Rey Inca de Manuel Belgrano,
Castañeda, Buenos Aires, 1979.
BNMM. Sala del Tesoro. El dilatado cautiverio bajo del gobierno español de Juan Bautista Tupamaru, 5° nieto del último emperador del Perú. Imprenta de los Epósitos, Buenos Aires, [1822?].
Cáceres, Ramón de. Memoria Póstuma o Acontecimientos de la Vida Pública del Coronel Don
Ramón de Cazeres (en Revista Histórica, Montevideo, 1959).
Caldas Villar, Jorge, Nueva Historia Argentina, Tomo 2, Editorial P.A.D.E.E., Buenos
Aires, 1968.
Campos y Fernández de Sevilla, Javier F. Presencia de los agustinos en la revolución peruana de Huánuco de 1812. Real Centro Universitario Escorial-María Cristina, San Lorenzo del Escorial, 2012.
El Redactor del Congreso Nacional. Coni Hermanos, Buenos Aires, 1916.
Gianello, Leoncio, Historia del Congreso de Tucumán, Editorial Troquel, Buenos Aires,
1968.
Güemes, Luis, Güemes Documentado, Editorial Plus Ultra, Buenos Aires, 1979.
López, Vicente Fidel, Historia de la República Argentina, Tomo V, Librería La Facultad de
Juan Roldán, Buenos Aires, 1911.
Mitre, Bartolomé, Historia de Belgrano, Tomo II, Ledoux y Cía. - Imprenta de Mayo,
Buenos Aires, 1859.
Registro de Inhumaciones del cementerio de La
Recoleta.
Rosa, José María, Historia Argentina, Tomo 3, Editor Juan C. Granda, Buenos Aires,
1965.
Temple, Ella Dunbar. Conspiraciones y rebeliones en el siglo XIX vol. 5. La revolución de Huánuco, Panatahuas y Huamalíes de 1812. Editorial Universo, Lima, 1971.