sábado, 18 de febrero de 2017

Y UN DÍA, TUVIMOS TELÉFONO (PRIMERA PARTE)




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Se ignoraba cuánto de esa leyenda era verdad y cuánto inventado. (George Orwell)

Fue Antonio Meucci quien en 1855 inventó un aparato que llamó teletrófono, el cual, conectado a otro igual, hacía posible la transmisión y recepción de la voz a través de ambos, publicando su trabajo y desarrollo en 1860. La modestia de sus recursos no le permitió patentar definitivamente su invento, y entonces hubo forzosamente de recurrir, más de una década después, a trámites preliminares que le otorgaban solamente una especie de reserva precaria sobre los derechos intelectuales y económicos de su creación; situación esa de la cual se aprovechó Alexander Graham Bell quien, mediante fraudes y coimas, lo registró a su favor en 1876 con el nombre de teléfono.
Ahora bien, ¿cómo y cuándo llegó a la Argentina el teléfono?
En el marco del modelo teórico que sirve de referencia al relato histórico oficialmente aceptado, se ha estipulado primero, difundido después y finalmente; instalado en el imaginario colectivo, que la primera comunicación telefónica en nuestro país se realizó en Buenos Aires el 4 de enero de 1881 y se cursó entre la casa en que circunstancialmente habitaba el presidente Julio A. Roca en el barrio de Caballito, y la residencia particular de su ministro de Relaciones Exteriores, Bernardo de Irigoyen, en el centro de la ciudad.





¿Fue efectivamente así y consecuentemente es esa la verdad histórica? Veamos.
En el portal web de la CNC (Comisión Nacional de Comunicaciones) se incluía -hasta diciembre de 2015, en que dicho organismo fue reemplazado por el ENaCom (Ente Nacional de Comunicaciones)- esta imagen:


La cual estaba acompañada por el siguiente texto:  
Desde su residencia, el ministro del Interior Bernardo de Irigoyen inaugura el servicio telefónico en la ciudad de Buenos Aires con una comunicación con el presidente Julio Argentino Roca.La historia cuenta que una calurosa mañana del martes 4 de enero de 1881, el técnico francés Víctor Anden llamó a la puerta de una gran casona ubicada sobre la calle Florida 351, entre Tucumán y Viamonte (hoy Florida 611).
Su dueño, el doctor Bernardo de Irigoyen, ministro de Relaciones Exteriores, estaba por salir para la Casa de Gobierno, pero antes de hacerlo vería colocado el primer teléfono del país.El mismo día se instalaron también otros teléfonos en las residencias del presidente de la Nación, general Julio A. Roca en la calle Rivadavia 1783 (hoy 4805); del presidente de la Municipalidad de Buenos Aires, Marcelo Torcuato de Alvear; del Ministro de Guerra y Marina, general Benjamín Victorica, y en instituciones como la Sociedad Rural, el Club del Progreso y el Jockey Club hasta totalizar el número de veinte.
He allí sucintamente expresado el relato histórico oficial (que tiene más agujeros que un gruyere, como demostraré a continuación). Pero antes, ¿de dónde dimanan tantas inexactitudes? 
Pues, de un documento también oficial (oficialísimo, diría), consistente en un libro que en 1981 hizo editar la dirección de la hoy por hoy fenecida ENTel: 100° Aniversario del servicio telefónico en Argentina (1881-1981), en el cual se consignó esa serie de disparates, que sería sucesivamente reproducida hasta el hartazgo sin que nadie se preocupara por enmendar semejantes errores.
Ciertamente asombra -aun considerando que el documento en cuestión no escapa al conflicto entre historia y comunicación institucional (con su consiguiente carga ficcional la última)- el nivel de ignorancia evidenciado en tan groseros gazapos tales como ubicar a Bernardo de Irigoyen como “ministro del Interior” en enero de 1881, cuando lo era de Relaciones Exteriores; situar la casa de éste en la calle Florida 351 entre Tucumán y “Viamonte”, cuando esta última arteria se llamaba en 1881 y desde 1810 calle del Temple, y recién en 1893 cambiaría su nombre por el de Viamonte; llamar “Marcelo Torcuato” al presidente de la Comisión Municipal de Buenos Aires, cuyos nombres eran Torcuato Antonio, (Marcelo Torcuato era uno de sus hijos, quien sería presidente de la Nación en el sexenio 1922-1928); o hacer aparecer entre los poseedores de teléfono en 1881 al Jockey Club que… ¡por entonces aún no había sido fundado!
Dicho sea de paso, la empresa a la cual se atribuyen las líneas por las cuales se estableció “la primera comunicación telefónica en la Argentina”, es (o más apropiadamente, era) la Societé du Pantéléphone L. de Locht et Cie.
Léon de Locht-Labye fue un ingeniero belga que a fines de 1879 había desarrollado un transmisor mucho más sensible que el de Bell, el cual mediante el recurso de aumentar el tamaño del diafragma (una lámina de corcho de 15 cm por lado), permitía registrar la voz o el sonido que se quisiera transmitir, incluso estando el emisor situado a veinte metros de distancia del micrófono.



En 1880 Locht-Labye, asociado a capitales belgas, fundó la Societé du Pantéléphone L. de Locht et Cie., que a fines de ese año comenzó a operar en nuestro país a través de quien detentaba aquí su representación y dirección: Clément Cabanettes (un militar y empresario francés llegado a Buenos Aires en 1879), constituyendo sus oficinas en un local ubicado a los fondos de la imprenta Minerva, en el n° 76 de la calle Florida, entre La Piedad (actual Bartolomé Mitre) y Cangallo (actual Teniente General Juan Domingo Perón). Más temprano que tarde, la empresa castellanizó su nombre,  pasando a llamarse Sociedad Nacional del Panteléfono.
Cabanettes se movía rápido: mientras sus técnicos (entre ellos, el mencionado francés Victor Anden) hacían el tendido de aquella primitiva red (aérea y de alambre galvanizado) e instalaban los primeros panteléfonos; hizo insertar en el diario El Nacional una serie de avisos publicitarios, configurando una campaña de propaganda que no se basaba en la abundante mención de características técnicas del producto como hacían otras empresas; sino que ponía el acento en las ventajas y la superior calidad de servicio que erogaba el aparato de Locht en relación a los de sus competidores. 
Le pido, estimado lector, que retenga brevemente en su memoria esta circunstancia, pues como veremos enseguida; incidirá a la hora de analizar lo referente a la comunicación telefónica establecida entre Roca e Irigoyen.
En esta imagen podemos apreciar cómo era un teléfono de dicha compañía y fabricado ese año de 1881, idéntico a aquellos a través de los cuales se comunicaron presidente y ministro.


Y en esta otra, de 1881 y perteneciente a la colección Abel Alexander, observamos a dos técnicos de la Compañía Nacional del Panteléfono. 
Posiblemente haya sido tomada en la residencia de Bernardo de Irigoyen. A simple vista puede notarse que se trata de un ambiente lujoso (todas las residencias en las que por entonces se instalaban los panteléfonos lo eran, desde ya) y quizá uno de los dos hombres que en ella aparecen sea Victor Anden (de quien no se conocen fotografías ni retratos). Esto último también es muy probable, ya que necesariamente la plantilla de personal de la Sociedad Nacional del Panteléfono debió de ser reducida, en razón de la escasa cantidad de abonados que podía admitir (sólo veinte).


Posteriormente, se “condimentó” todo con anécdotas fabuladas, tales como por ejemplo, una que cuenta que la comunicación entre Roca e Irigoyen al principio salió mal debido a que:
“Por ser el abonado n° 1, Bernardo de Irigoyen llama al general Roca, pero se adelanta a atender uno de los sobrinitos de Roca, que se acerca al tubo y lo inunda con su parloteo. Poco familiarizado con el nuevo aparato, Irigoyen colgó indignado, pidiendo a los técnicos que hagan más ensayos hasta acabar con los ruidos. El misterio se aclaró unos minutos después, cuando Roca llamó al canciller y le explicó la intervención de su sobrinito. Por lo tanto, la primera conversación telefónica argentina fue entre Bernardo de Irigoyen y el sobrinito de Roca, cuyo nombre se ignora”.
Paparruchadas como esa, nadie las ha ilustrado en poesía mejor que José Larralde cuando recita: “Que uno a veces dice cosas / de a dieces como de a cientos / y ande quiere fantasiar, / le va poniendo el acento”. Digamos que para establecer una comunicación telefónica entre dos abonados, es indiferente cuál de ellos se suscribió primero al servicio. O sea, que Irigoyen fuera “el abonado N° 1”, no implica que necesariamente hubiera tenido que llamar él (a través del operador, claro) al supuesto “N° 2” (Roca); pues perfectamente podría haber sido al revés. 
Como por otra parte, lo reconoce -bien que inadvertidamente, lo cual viene a demostrar que no solamente sanatea, sino que además; desprecia y echa en saco roto los avisos que le envía su inconsciente- el propio repetidor del delirio al consignar luego: “Roca llamó al canciller”.
Vamos a lo del “sobrinito de Roca cuyo nombre se ignora”.
Es claro que el divagante escribe “se ignora”, porque ni siquiera se tomó el trabajo de compulsar en el AGN la correspondencia privada de Roca; si lo hubiera hecho, sabría que se trataba de Miguelito Juárez Funes, sobrino del presidente en tanto hijo de su cuñada, Elisa Funes, y del esposo de ésta, Miguel Juárez Celman, que por aquel verano de 1881 estaba pasando una temporada en casa de sus tíos en Buenos Aires). Y es una fantasía que el niño pudiera “acercarse al tubo”, sencillamente porque este elemento aún no existía tal como lo conocemos hoy, con las cápsulas transmisora y receptora contenidas en el mismo; por aquella época, el transmisor se hallaba fijo en la caja del aparato y todo el conjunto iba montado sobre pared, de modo que quedaba aproximadamente a la altura de la boca de una persona de estatura promedio (con lo cual, por supuesto, no podía alcanzarlo una criatura de cinco años).
Más allá de la gaffe en que incurren los divulgadores al tomar como prueba histórica algo que a todas luces se trata simplemente de un ardid publicitario de la época; lo cierto es que hace ciento treinta y seis años, aquello de la intervención del sobrinito de Roca fue un eficaz instrumento de propaganda por medio del cual la empresa instalaba el convencimiento de que el panteléfono era tan superior a todos los demás aparatos, que hasta podía captar y transmitir la algazara de una criatura torturando los oídos de nada menos que un ministro de estado.
Pero ni en la edición del 4 de enero de 1881 (fecha establecida como efeméride de la considerada “primera comunicación telefónica en nuestro país”) ni en las inmediatamente anteriores y posteriores de los diarios, hay mención alguna de que se hubiera producido tal acontecimiento. Por esos días, las noticias que acaparaban los titulares eran relativas a la guerra del Pacífico y al baile de gala que la legación británica daría en el teatro Opera con motivo del arribo a nuestro país de los hijos del príncipe de Gales, Alberto Víctor y Jorge de Sajonia-Coburgo, quienes por entonces fungían de guardiamarinas en el buque escuela Bacchante de la armada inglesa, recepción esa a la que asistirían el presidente de la República, su señora esposa y el gabinete en pleno.



¿Cómo se explica, entonces, que la prensa no se haya referido ni siquiera tangencialmente a semejante novedad? Ya lo veremos, tenga paciencia, por favor.
El 3 de febrero de 1881, Cabanettes dirigió una nota al presidente de la Comisión Municipal (Torcuato de Alvear, como cité antes) consignando en la misma que su empresa asumía el compromiso de no cobrar a sus abonados (suscriptores, como se los llamaba) el canon estipulado para el servicio que brindaba, hasta el 1 de octubre, por más comunicaciones que se cursaran entre ellos; pues el lapso que hubiese transcurrido desde la instalación hasta esa fecha, lo consideraba de promoción y ensayo. Además, el 8 de ese mes, dictó una conferencia en el teatro Coliseum, sito en la calle Reconquista N° 7, en el transcurso de la cual hizo una demostración estableciendo una comunicación entre dicha sala y las dependencias de la municipalidad, que funcionaban en Bolívar 13.
¿Vivía por entonces Roca en una quinta situada en la calle (hoy avenida) Rivadavia N° 1783 (“hoy 4805”) y desde allí entabló una comunicación telefónica con Irigoyen? Digamos que desde su nombramiento como ministro de Guerra de Nicolás Avellaneda, Roca habitó en Buenos Aires en tres casas.
La primera de ellas la alquiló en 1879 a su propietario, Francisco Bernabé Madero -quien después, en 1880, sería su vicepresidente-, y estaba ubicada en la calle Suipacha entre Lavalle y Corrientes. A principios de setiembre, Roca -que había renunciado al ministerio- abandonó Buenos Aires e instaló a su familia en la estancia La Paz, cerca de Ascochinga, y él vivió alternativamente entre las ciudades de Córdoba y Rosario. El 7 de agosto de 1880, finalizada la guerra civil desatada en junio, regresó; mas no a la ciudad de Buenos Aires propiamente dicha, sino a Belgrano (que actualmente es un barrio porteño, pero que por entonces era un municipio aparte y había sido designado capital provisoria de la República en las postrimerías de la presidencia de Avellaneda), y allí no tomó casa, sino que prefirió alojarse en un hotel. A principios de octubre, Roca alquiló un chalet (no una quinta, como sostiene Félix Luna) propiedad de Gerónima Negrotto de Consandier (no “del constructor José Bernasconi”, como consignan muchos de quienes se han ocupado de narrar la historia del barrio de Caballito; ya que dicha persona adquirió ese inmueble recién en 1903 a Heinz Clausen, quien a su vez lo había comprado previamente a doña Gerónima) situado en Rivadavia 1783 (que vendría a ser el 4903 de la actual numeración; no el 4805 como dice la historia oficial), en el cual vivió hasta julio de 1881, en que volvió a la casa de Madero que arrendaba en la calle Suipacha. Y por último, en 1885 se mudó a la que le compró a Carlos Escalada, ubicada en la calle San Martín 577.
Cabe aclarar que Rosendo Fraga dice que al asumir la presidencia en octubre de 1880, Roca se trasladó con su familia a una quinta en el barrio de Almagro, la cual quedaba donde hoy se alza el Instituto Sagrado Corazón, en la calle Hipólito Yrigoyen (que por entonces se llamaba de la Capilla) al 4350. Es posible que así haya sido, pues Roca enfermó de cierta consideración mientras estaba en Belgrano, y quizá fue a restablecerse a esa quinta; pero en todo caso, el lapso en que residió allí fue tan breve, que el dato resulta irrelevante a los efectos de lo que estamos tratando.
Así pues, no hay duda alguna de que Roca vivía en Caballito en enero de 1881. Y en consecuencia, forzosamente tuvo que ser desde allí que se comunicó con Irigoyen. No obstante ello; seguía yo sin encontrar respuesta a tres cuestiones.
En primer lugar, la distancia (hay cosa de 5 km entre ese punto y el centro de la ciudad, con lo cual infería como poco probable -especialmente por la relación costo-beneficio, pero también por las dificultades de orden práctico- que la Sociedad Nacional del Panteléfono tendiera una línea hasta Caballito, cuando necesariamente tuvo que estar en conocimiento de que la residencia del presidente en ese sitio era sólo transitoria y obedecía a motivos de seguridad -otra vez: recordar que pocos meses antes, Buenos Aires había desatado la guerra civil al rebelarse contra la Nación, precisamente por no aceptar el resultado de las elecciones que habían consagrado a Roca presidente electo (circunstancia esa que, extrañamente, obviaron considerar todos los historiadores que bucearon en los comienzos de la telefonía en nuestro país)-. Después, un interrogante técnico, digamos: con aquel primitivo panteléfono de Locht ¿podía establecerse una comunicación entre dos personas situadas a 5 km una de la otra? Y finalmente: ¿por qué en los diarios no se había mencionado absolutamente nada?
La duda de orden técnico podía despejarse totalmente a través de una comprobación práctica que certificara lo afirmado por Léon de Locht-Labye en sus publicaciones, en el sentido de que con sus aparatos, garantizaba una comunicación entre personas distantes entre sí varios kilómetros a través de una línea de alambre de un solo hilo.
Se conservan algunos panteléfonos, tanto en Francia como en otros países (incluso el nuestro, pues sin ir más lejos; a través del centro de compraventa por Internet eBay, se subastó uno en 2006), con lo cual perfectamente podría hacerse la prueba. Pero dado que implementar tal cosa obviamente excede con largueza mis modestas posibilidades; hube de conformarme con evidencias algo más “recientes” (de fines del siglo XIX y principios del XX), las cuales tuve a mi vista en muchas ocasiones a lo largo de mi actividad profesional, como por ejemplo las líneas de alambre que aún hoy se conservan en el yacimiento minero de zinc, plomo y plata de El Aguilar, en la puna jujeña; en las cuasi fantasmales ruinas de la Compañía Azucarera Las Palmas del Chaco Austral y las de las fábricas de tanino de La Forestal; y también en algunos ingenios de Tucumán, todos mudos testigos de que con alambre galvanizado y teléfonos energizados a pila, se establecían comunicaciones telefónicas entre puntos muy alejados. No serían propia y exactamente los panteléfonos de Locht, pero bueno; como dicen los jóvenes hoy en día: es lo que hay. Y deberá usted, mi querido lector, contentarse con ello.
Pero seguía martillándome otro de los cuestionamientos que me hacía. Hasta que acerté, munido de los pocos datos que sobre él se conservan, a trazar un perfil psicológico de Clément Cabanettes y hacerme una idea de su índole. Y entonces, todo adquirió claridad.
Cabanettes era, al igual que su compatriota y coetáneo Angelo Mariani (aquel del archifamoso vino de coca y del cual quizá hubiese aprendido y emulado sus métodos y tácticas), además de un infatigable emprendedor; un habilísimo hombre de negocios y un tigre de la publicidadCon su clara percepción y forzosamente limitado a los veinte abonados que como máximo soportaba el conmutador de Locht, rápidamente se dio cuenta de que en el contexto de aquella sociedad porteña, el éxito comercial de su compañía pasaba por contar entre sus clientes a lo más granado de la misma, es decir, las principales y más prestigiosas personalidades. Después, ya vería el modo de ampliar la capacidad técnico-económica de su empresa, ya fuese mediante la absorción de las de sus competidores, o por alianzas estratégicas, como les decimos hoy, o instalando más conmutadores; por ahora, no le importaba (y aquel por ahora no importa, fue justamente lo que lo dejaría fuera del negocio, como narraré más adelante). Por eso comenzó con Roca e Irigoyen, que eran, respectivamente, nada menos que el máximo líder militar y político, y por añadidura; presidente de la República, y el estadista más reputado del país (además de ministro de Relaciones Exteriores); y siguió con otro ministro de estado (el de Guerra, Benjamín Victorica), militares de alto rango (generales Manuel J. Campos y Eduardo Racedo), el presidente de la Comisión Municipal (Torcuato de Alvear), la entidad núcleo del poder económico (la Sociedad Rural), la institución más relevante (el Club del Progreso), y así hasta colmar la capacidad de su conmutador. Y de allí también los ardides promocionales como la anécdota del sobrinito de Roca que ya hemos visto, y la frase con la que supuestamente éste habría cerrado aquella comunicación telefónica mantenida con Irigoyen: “la difusión de estos aparatos en la Argentina será tan decisiva para su progreso como nuestra expedición al Río Negro”, la cual fuera cierto o no que se pronunciara, poco o nada le interesaba a Cabanettes; pues lo importante para él era que la tuvieran por verídica y la repitieran hasta el hartazgo en las tenidas del Club del Progreso, en los cenáculos de la Sociedad Rural y en las casonas solariegas de las familias de nota. Y convengamos en que tuvo éxito en lo que se proponía, porque así tal cual nos la trajo la tradición oral.
En cuanto a las dificultades y costo económico de tender una línea (por más que fuera ésta de alambre galvanizado común y corriente) entre el centro de Buenos Aires y el barrio de Caballito, situado en los arrabales de la ciudad los cuales se extendían hasta más allá de los Corrales; debe de haberlo resuelto a través del sencillo método de utilizar -y por supuesto, tiene que haber mediado la previa aquiescencia presidencial- la línea del telégrafo. Después de todo, se trataba simplemente de un ensayo de breve duración, tan sólo unos minutos; ya llegaría el momento en que Roca se mudara al centro, y entonces se instalaría en su casa el panteléfono. Tal como ocurrió; porque ya vimos que el presidente volvió en julio a ocupar la casa de la calle Suipacha, y allí (y no en “la de San Martín 577” como cuenta la historia oficial; pues sabemos que a esa, Roca la compraría recién en 1885), Cabanettes le haría instalar no sólo su teléfono particular; sino además una línea directa con su despacho en la Casa Rosada. 
Coincidentemente, ¡oh, casualidad! (¿o causalidad?), ese mismo mes, la Sociedad Nacional del Panteléfono se trasladó al domicilio de San Martín 26, donde contaría con instalaciones mucho más amplias que aquellas modestas oficinas que ocupó en los inicios de su actividad, a los fondos de una imprenta. Para julio, ya había cambiado su conmutador por otro de mayor capacidad, y sus clientes particulares eran más de 150. En la edición del 16 de ese mes del diario El Nacional, publicaba esta lista de abonados:



Y por último, aquella considerada oficialmente como “la primera comunicación telefónica en nuestro país”, no salió en los diarios simplemente porque… ¡no fue en modo alguno la primera!
¿Cómo? Pero, si no era esa; entonces ¿cuál lo fue?
Eso, apreciado amigo y si no lo considera usted abusar por mi parte de su paciencia, es lo que le contaré en algunos -poquitos, no se preocupe- días; si es que decide continuar gentilmente con la deferencia de leerme.
¡Hasta entonces y gracias por su atención!

-Juan Carlos Serqueiros-

CONTINUARÁ
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

AGN Sala VII Fondo Roca.
Cincuenta años de vida. Cía. Unión Telefónica del Río de la Plata 1887-1937, UTRP, Buenos Aires, 1937.
Colección fotográfica Abel Alexander.
Contreras, Leonel, Historia cronológica de la ciudad de Buenos Aires, Editorial Dunken, Buenos Aires, 2014.
Diario El Mensajero, edición de 5 de marzo de 1884.
Diario El Nacional, varias ediciones de los años 1878, 1880 y 1881.
Diario La Nación, ediciones de los días 19 de febrero de 1878, 28 de abril de 1881 y 11 de enero de 1887.
Diario La Prensa, varias ediciones de los años 1878, 1879, 1880 y 1881.
Empresa Nacional de Telecomunicaciones (ENTel), 100° Aniversario del servicio telefónico en Argentina (1881-1981), Marchand Editores, Buenos Aires, 1981.
Fraga, Rosendo, El hijo de Roca, Emecé Editores, Buenos Aires, 1994.
Fundación Standard Electric Argentina, Historia de las comunicaciones argentinas, Buenos Aires, 1979.
Irigoin, Alfredo M., La evolución industrial en la Argentina (1870-1940), Instituto Universitario ESEADE, revista académica Libertas edición N° 1, Buenos Aires, octubre de 1984.
Luna, Félix, Soy Roca, Sudamericana, Buenos Aires, 2012.
Museo de los Corrales Viejos, Sala Historia del teléfono.
Piñeiro, Alberto G., Las calles de Buenos Aires. Sus nombres desde la fundación hasta nuestros días, Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, Buenos Aires, 2003.
Porto, Ricardo A. y Claudio Schifer, El inicio de las telecomunicaciones, blog Ricardo Porto Medios, publicación en Internet del 29 de febrero de 2012.
Reggini, Horacio C., Los caminos de la palabra. Las telecomunicaciones de Morse a Internet, Ediciones Galápago, Buenos Aires, 1996.
Revista de Historia Iberoamericana V6 N2, Fundación Universia, Madrid, 2013.
Revista Fibra, edición N° 7, 1 de noviembre de 2015.
Schávelzon, Daniel, Arqueología histórica de Buenos Aires, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1991.
Semanario El Mosquito, edición del 9 de enero de 1881.
Siemens, 75 años en Argentina, Siemens S. A., Buenos Aires, 1983.
Tesler, Mario, La telefonía argentina. Su otra historia, Editorial Rescate, Buenos Aires, 1990.
Tesler, Mario, Teléfonos en la Argentina. Su etapa inicial, Biblioteca Nacional de la República Argentina y Página/12, Buenos Aires, 1999.

jueves, 9 de febrero de 2017

LA ESPERANZADA


















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

La esperanzada
(Zamba)
Música: Gerardo López – Letra: Carlos Barbarán

Miran mis ojos tus ojos
y ahogan un llanto al verte partir,
y me quedo muy solo pensando:
"jamás he sabido
lo que es ser feliz".

Hombre del surco gredoso,
labriego vallisto teñido de sol,
poeta me vuelvo en la noche
y en vez de la siembra
me acuerdo de vos.

Al viento le doy mi voz
al cielo una oración;
el viento besó tu rostro
y en cada estrella está mi adios.

Aunque el camino te aleje
y el río se trague tu voz de mujer;
cintura habrá en mi guitarra
y luna en el cielo
que te hagan volver.

El cerro esconde en sus ecos,
los besos que ahora
promete mi amor;
para el dia en que una cruz de palo
te cuente el silencio
de mi corazón.

"La esperanzada" (zamba cuya composición musical pertenece a Gerardo López, correspondiendo la autoría poética a Carlos Barbarán) fue el debut discográfico, la primera canción, que Los Fronterizos, el 16 de junio de 1954, grabaron para el sello TK, en un disco (registro S-5290) de pasta de 78 rpm, que traía en el lado A el citado tema, y "La flor del cardón" en la otra cara.
La elección no fue casual; interpretando "La esperanzada", ese conjunto (formado a instancias de la profesora María Angélica Fernández de Córdoba de Díaz, tía de Barbarán) había ganado el concurso folclórico organizado en noviembre del año anterior por el Colegio Nacional de Salta en el teatro Alberdi de dicha ciudad, adjudicándose así el primer premio, consistente en un contrato para convertirse en artistas de radio LV9. Y luego de una gira, a mediados de 1954, llegaron al disco precedentemente mencionado. En este enlace puede usted, querido lector, escuchar aquella primera grabación:


Hubieron de transcurrir ocho años para que el conjunto registrara nuevamente esa zamba, el 26 de julio de 1962, para el mismo sello TK, pero esta vez; para un disco doble de 45 rpm (EP 54322), con "La esperanzada" y "El Paraná en una zamba" en el lado A; y "Campo Quijano" y "La Solís Pizarro" en el B. 
Ya no estaba Carlitos Barbarán, que por cuestiones de salud y con deseos de proseguir sus estudios, en 1956 había dejado su lugar a César Isella. 
A través de este enlace puede acceder a esa versión y percibir las diferencias (notables) con aquel primer registro de 1954: 

El arreglo musical es básicamente el mismo, pero ahora, la segunda guitarra y la guitarra rítmica (Isella y López respectivamente), están más "al frente", así como el contraste de voces entre ambos barítonos que hacen la primera y segunda (López e Isella); y los agudos y coros de Madeo y los graves de Moreno, es (técnica de grabación mediante y para mayor disfrute del oyente) mucho más pronunciado. También el bombo de Madeo está más "adelante" en los inicios, finales y bises de estrofas. Y una rareza que, cosa extraña, pasó por alto el técnico de grabación de TK en esa oportunidad: en el punteo introductorio, tanto en el de la primera parte de la zamba como en el de la segunda; al Chango Moreno se le "queda ausente" una nota, la cual no alcanza a oírse, seguramente debido a un desfase entre la digitación de su mano izquierda en el diapasón, y la derecha al pulsar la cuerda.
Notoriamente —y más allá de lo apuntado—, la TK se había superado a sí misma; porque la grabación es, para su época (recordar que hablamos de 1962) un regalo para los oídos.
La escucho y me sigue conmoviendo igual que como me arrobaba en mi infancia, cuando mi madre la ponía en un viejo Winco que mi padre había comprado de segunda mano, para escucharla mientras lavaba la ropa en el patio de la casa chorizo que habitábamos en Rosario.
Que la disfrute tanto como yo. 

-Juan Carlos Serqueiros-

martes, 10 de enero de 2017

MERCEDES GIUFFRÉ Y LA SAGA REDHEAD



















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Los escritores de novela histórica no estamos tratando de recuperar el pasado sino que estamos tratando de entender el presente. (Mercedes Giuffré)

Comenzaré por reconocer un prejuicio que arrastro: a priori no me atrae ni un cachito así el género literario conocido como novela histórica. Quizá ello se deba a que tanto novela como historia, me inspiran demasiado respeto como para celebrar que se las misture en una mélange que -para mi gusto, al menos- en general resulta en un repulsivo brebaje francamente imbebible.
Sin embargo (y por suerte, seguramente), a quienes habitan el ámbito de las letras parece importarles tres velines mi opinión, y en consecuencia la novela histórica continúa gozando de buena salud y más aún; su producción está en franco ascenso. Incluso en nuestro país, lo cual no deja de ser sorprendente, pues sabido es que hay en el mundo tres clases de naciones: las desarrolladas, las sub desarrolladas y... la Argentina. Que nuestros connacionales, que tanto desinterés y desapego por nuestra historia demuestran y que tan esquivos son a la hora de indagar en nuestro pasado para conocerlo, aceptarlo y sintetizarlo, evidencien interés en este género; no deja de ser, en cierto modo, alentador. Por más que lo que estén leyendo no sea estrictamente historia.
Por otra parte, en obsequio a la honestidad intelectual, me veo precisado a reconocer que ha habido ocasiones (escasas, pero las hubo) en las que venciendo mis preconceptos; pude disfrutar intensamente algunas -pocas- obras de ese género. Y es exactamente eso lo que me ocurrió con los thrillers históricos de esta autora, que me parecieron excelentes, proporcionándome placenteras horas de lectura que gocé con fruición.
Mercedes Giuffré (n. Buenos Aires, 27.05.1972) es licenciada en Letras y docente universitaria. Ha publicado un libro de cuentos: Lo único irremediable (Editorial Dunken, 2003); un trabajo de investigación acerca de los colonos europeos en el sur de Córdoba: Un colono escocés: biografía de William J. Grant (Editorial Dunken, 2004); y un ensayo académico: En busca de una identidad: La novela histórica en Argentina (Ediciones del Signo, 2004).





Pero comenzó a escribir profesionalmente y alcanzó celebridad, con su trilogía (trilogía sólo hasta el momento, pues ha empeñado su palabra de que habrá, por lo menos; otras dos novelas) de historias policiales ambientadas en la Buenos Aires colonial y con tramas que giran en torno a Samuel Redhead, el personaje por ella creado: Deuda de sangre (Editorial SUMA de Letras, 2008), El peso de la verdad (Editorial SUMA de Letras, 2010) y El carro de la muerte (Editorial SUMA de Letras, 2011).
Redhead surgió de la angustia de la autora, quien en la crisis de 2001 quedó sin trabajo, como miles y miles de compatriotas, y se abocó a pensar el país y su problemática, en la cual se puso a indagar buceando en la historia en procura de explicarse aquel presente. Así, concluyó en que los momentos claves de nuestros orígenes había que situarlos en las Invasiones Inglesas y la Revolución de Mayo, y por ello; ubicó a su personaje en aquellos tiempos, los cuales recrea en sus novelas. Y como la propia Mercedes Giuffré “confiesa”, hay en Redhead no poco de ella misma: “Redhead tiene mucho que ver conmigo. Él, como yo, tiene la mitad de sus ancestros en Galicia. Es metódico, obsesivo y tiene una gran necesidad de justicia. Y a veces, espera demasiado de la gente”, nos dice.
La escritora le asignó a su personaje Samuel Redhead algunas características -el origen, el apellido, la fisonomía y la profesión- de un protagonista de nuestra historia real: el doctor Joseph Redhead, aquel escocés adherente a la Revolución de Mayo que actuara luego en la Guerra de la Independencia y que fuera médico de Belgrano y de Güemes.
El enigmático Samuel Redhead llega a la Buenos Aires colonial procedente de La Coruña portando su título de médico otorgado por la universidad de Edimburgo y dotado de un importante bagaje de experiencia como cirujano.


Doblemente celta por su ascendencia escocesa y gallega, Redhead es pelirrojo, pulquérrimo obsesivo y atildado en el vestir. Músico aficionado, toca el violín. Es lector empedernido y cuando tiene tiempo, juega al ajedrez. Vive en un par de habitaciones que alquila en casa de una viuda, y desplaza por las estrechas y barrosas callejuelas de Buenos Aires su alta y enjuta figura (“pura piel y huesos”, lo describe la autora) en un cabriolé, cargando un oscuro secreto de familia que le revelara su padre al morir. Agudo y perspicaz, más temprano que tarde su espíritu inquieto, su profesión, su cargo y sobre todo; su sentido de la justicia, lo conducen a involucrarse en resonantes casos policiales que conmueven los estratos de aquella sociedad virreinal que lenta pero sostenidamente, va dejando de ser trinitaria para mutar definitivamente en porteña. Y tan desigual, por lo menos, como la que hoy por hoy y transcurridos ya dos siglos, exhibe aún el drama argentino.


Reseña de Deuda de sangre
Durante una noche lluviosa de verano, en 1806, aparece el cuerpo degollado de Manuel Balbastro, un joven de la alta sociedad de Buenos Aires. El doctor Samuel Redhead, misterioso personaje llegado de Europa, es comisionado para reconocer el cadáver. Poco después, una serie de mensajes anónimos precede a nuevos asesinatos, y el médico decide tomar cartas en el asunto, ayudado por su cuñado Francisco Alvarado y la perspicaz Clara Ocampo, pariente lejana de la primera víctima. Deuda de Sangre es la novela que inicia esta serie histórico- detectivesca.


Reseña de El peso de la verdad
La reaparición de don Arístides Arciniegas Gil, antiguo vecino de Buenos Aires sospechoso de ser el autor de un crimen no resuelto, activa el mecanismo de una venganza sutil. Poco después, el doctor Samuel Redhead es convocado para certificar su muerte. La investigación que deriva de ella se enmarca dentro de los sucesos de la primera invasión inglesa de 1806, trazando inusitadas simetrías entre la vida del médico y las de los implicados.
En un ambiente tenso de rivalidades, quedará al descubierto la verdad más celosamente guardada. Y el propio Redhead deberá elegir entre prolongar la injusticia o traicionar su palabra.


Reseña de El carro de la muerte
Los británicos se han rendido y en Buenos Aires impera la confusión. Mientras el pueblo se organiza para resistir una nueva invasion y los poderosos se disputan el mando del virreinato, el doctor Samuel Redhead deberá investigar las muertes de varios esclavos que a nadie más parecen conmover. Simultáneamente, el pasado que creía enterrado irrumpirá en su vida con graves consecuencias y lo expondrá ante sus enemigos.
En medio de falsas acusaciones y sin tener en claro quién es quién, el médico buscará hacer justicia y poner de manifiesto la inhumanidad de un sistema que está llegando a su fin.


Soy amante devoto y perpetuo del libro en papel. Pero si usted, apreciado lector, tiene -al igual que millones de compatriotas y que este servidor- escuálido el presupuesto y exhaustos los grilos; pues entonces le diré que poseo en formato electrónico las tres novelas de la saga, y que estoy de buen grado dispuesto a compartirlas si me lo solicita por email o por el privado de Facebook.
Y ¡eso es to-to-todo, amigos! (Porky dixit). Buenas lecturas y hasta la vista.

-Juan Carlos Serqueiros-

jueves, 29 de diciembre de 2016

ARBOLITO Y RAUCH: SUMANDO MENTIRA TRAS MENTIRA























Escribe: Juan Carlos Serqueiros


En el contexto emergente del golpe que el 1 de diciembre de 1828 había dado Juan Lavalle al gobierno de Manuel Dorrego, deponiendo a este último y fusilándolo poco después en Navarro; el 28 de marzo de 1829, a eso de las dos de la tarde, se enfrentaron en la batalla de Vizcacheras las tropas unitarias destacadas por Lavalle al mando del coronel Friedrich Rauch, y las federales del Comandante General de Campaña de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, al mando del por entonces teniente Prudencio Arnold (que después llegaría al grado de coronel). 
La victoria correspondió a los federales y en la acción cayeron, del bando unitario, tanto el coronel Rauch como el coronel Nicolás Medina -hermano por parte de padre de Anacleto Medina, aquel oficial de Pancho Ramírez que se hizo cargo de lo que quedaba de las tropas de éste después de su derrota y muerte en Río Seco y que habiéndolo autorizado caballerescamente Juan Felipe Ibarra a cruzar Santiago del Estero, había llegado, después de atravesar el Chaco y Corrientes, de vuelta a la villa del Arroyo de la China en Entre Ríos escoltando a La Delfina (ver en este ENLACE mi artículo al respecto)-.
Después, la historiografía impuesta como oficial erigió en héroe y víctima de la "barbarie federal" a Rauch, y por eso un partido de la provincia de Buenos Aires y su localidad cabecera llevan su nombre.
Y en la actualidad, el escritor Osvaldo Bayer ha pintado con ribetes romancescos la muerte de Rauch, la cual atribuye al "indio justiciero Arbolito" (?), quien supuestamente habría emboscado y matado a Rauch en "justa represalia" por la matanza de indios que éste había perpetrado. En efecto, Rauch (un mercenario alsaciano traído al país por Rivadavia, quien lo contrató para actuar en la represión a los indios que maloqueaban por la campaña bonaerense) había cometido espantosas atrocidades las cuales están descriptas por él mismo en las comunicaciones que dirigió al gobierno. Así las cosas, en función de esa "justicia vengadora" que -según él- habría aplicado Arbolito; Bayer está empeñado en una campaña tendiente a que se reemplace, en el partido y en el pueblo, el nombre de Rauch por el del indio.
Pero veamos (hasta donde nos sea dable conocer a través de la documentación que hay al respecto) cómo fueron en realidad las cosas: 
El coronel Prudencio Arnold en sus memorias, las cuales vuelca en su libro Un soldado argentino (Editorial Universitaria, Buenos Aires, 1970), describe la acción de Vizcacheras y la muerte de Rauch, y dice que "el cabo de blandengues Manuel Andrada le boleó el caballo y el indio Nicasio lo ultimó". Y agrega que Rauch murió "víctima de su propia torpeza militar", y que "se le cortó la cabeza".
Hubo dos partes militares de la batalla de Vizcacheras: el de los triunfadores federales, que expidió Arnold y envió a Rosas; y el de los vencidos unitarios, que escribió -o mejor dicho, hizo escribir, porque era analfabeto- el coronel (que después llegaría a general) Anacleto Medina, y que dirigió a su superior jerárquico, el Inspector General coronel Blas Pico, en el cual al referirse a su hermano, dice que "el señor coronel D. Nicolás Medina se infiere que es muerto". Y con respecto a Rauch, consigna: "ignorando el que firma cuál habrá seguido el comandante general", es decir, Medina desconocía, al momento de escribir su parte, la suerte corrida por Rauch y el rumbo que había tomado éste. 
El de Medina difiere del de Arnold en cuanto a la relación entre las tropas que se enfrentaron: según el de Arnold, eran similares en número, y según el de Medina, sus enemigos eran "el doble" (probablemente lo suyo fuese para disminuir el valor de la victoria federal y atenuar la derrota unitaria). El parte de Medina dice textualmente:

Chascomús, Marzo 29 de 1829.
El coronel que suscribe pone en conocimiento del Señor Inspector General, jefe del estado mayor, que habiéndose reunido en el punto de Siasgo al señor coronel Rauch, en virtud de órdenes que tenía, marchó toda la fuerza en persecución de los bandidos que habían invadido el pueblo de Monte, y ayer a las 2 de la tarde fueron alcanzados, como cuatro leguas de la estancia de los Cerrillos, del otro lado del Salado, en el lugar llamado de las Vizcachas. Una y otra división se encontraron, y, cargándose, resultó flanqueada la nuestra por los indios, que ocupaban los dos costados del enemigo. Después del choque, cedió nuestra tropa a la superioridad que, en doble número, tenía aquél, y se dispersó a distintos rumbos; ignorando el que firma cuál habrá seguido el comandante general del Norte. Se me ha incorporado parte del regimiento de húsares con todos sus jefes, hallándose heridos el comandante Melián, el ayudante Schefer y el teniente Castro del regimiento 4. El señor coronel D. Nicolás Medina se infiere que es muerto; y no será posible detallar la pérdida que habrá resultado, por no saber si se ha reunido por otro rumbo a otro jefe. La pérdida del enemigo debe ser bastante. Me he replegado a este punto con 72 húsares y 48 coraceros del 4. En él pienso permanecer, y defender esta población, que tengo probabilidad de que va a ser atacada, y se halla en gran compromiso el vecindario que se declaró por el orden.
El que suscribe saluda al Señor Inspector con su acostumbrada consideración.
Anacleto Medina
En realidad, se ignora quién fue Arbolito, ya que de ninguna manera está comprobado que haya sido Nicasio Maciel. Hay historiadores (José María Rosa entre ellos) que afirman que el tal Arbolito era un "capitanejo apellidado Basualdo". Y Prudencio Arnold no dice en su libro que Nicasio fuera Arbolito; dice solamente "el indio Nicasio", y agrega que "su apellido cristiano era Maciel", y que se trataba de "un valiente cacique que murió después de Caseros". 
Esa es la verdad. Y lo del "querido y apuesto cacique Arbolito, de grueso pelo largo", que habría "notado que siempre Rauch se adelantaba a sus tropas y por eso lo emboscó, le boleó el caballo y le cortó la cabeza", son invenciones novelescas de Bayer, vuelos de su imaginación calenturienta y sin ningún basamento documental. Ya vimos que no fue Arbolito -que no es mencionado por Arnold- el que "boleó el caballo de Rauch"; sino el cabo Manuel Andrada (quien de hecho, fue ascendido a alférez por esa acción, a instancias del propio Arnold, que fue quien lo recomendó en el parte de la batalla que envió a Rosas), y que no lo “emboscó Arbolito”, como divaga Bayer; sino que por imprevisión militar y por haber arrollado el centro de las fuerzas federales, se creyó vencedor; sin percatarse de que ambas alas de sus tropas habían sido derrotadas. Así, se encontró de golpe con que lejos de ser triunfador; estaba rodeado. O sea que de “emboscada de Arbolito”, como sostiene Bayer, no hay nada por aquí, nada por allá, nada de nada.
Como puede usted apreciar, estimado lector, este caso de "Arbolito vs. Rauch" tiene aristas que, además de constituir una invención; son absolutamente ridículas.
Por otro lado, y si bien es -por decirlo amablemente- poco serio lo de Bayer; no por eso es menos grotesco lo de haber dado a un pueblo el nombre de Rauch, siendo que fue éste un mercenario extranjero y un personaje absolutamente menor, y encima; de irremisiblemente manchada memoria histórica por los hechos aberrantes que cometió y por haber sido conchabado para pelear contra los indios que maloqueaban, terminando por enredarse en nuestras guerras internas. ¿Cuáles fueron, entonces, los méritos de Rauch para que un pueblo lleve su nombre? La respuesta es: ninguno.
En suma, se trata de un dislate tras otro: ponerle a un pueblo el nombre de un mercenario extranjero, y después pretender cambiárselo por el de otro personaje, tan menor como el anterior y del que se desconoce todo. Ciertamente, es difícil en estos casos decidir cuál de ambos es menos delirio, cuando los dos lo son igualmente.
Por mi parte, creo que sí habría que cambiarle el nombre a la localidad y al partido de Rauch; no precisamente por el de Arbolito, que ni siquiera sabemos quién fue; pero sí habría que cambiárselo, toda vez que lo de que se llame Rauch es un completo disparate tan ideologizado e inmerecido como lo que propone Bayer a modo de "remedio".

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS

Arnold, Prudencio. Un soldado argentino. Editorial Universitaria, Buenos Aires, 1970.
Bayer, Osvaldo. Rebeldía y esperanza. Planeta, Buenos Aires, 2016.
Benencia, Julio A. Partes de batalla de las guerras civiles. 1822-1840. Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires, 1974.

martes, 20 de diciembre de 2016

NESSUNO




















NESSUNO
(Poema de Juan Carlos Serqueiros)

Aquí yace Nadie
Ni cobarde ni valiente fue

(del todo)


No fue héroe, no
Pero tampoco anodino
Fue el suyo un triste destino
Quiso ser nadie y lo fue


Nunca nadie lo amó
Nunca nadie lo odió
Nunca nadie lo esperó
Nunca nadie lo extrañó

Nunca nadie  lo olvidó

No fue noble; tampoco ruin
No fue honesto ni ladrón 

(del todo)

Y lo archivaron al fin
Bajo una ignota losa
Que lacónica y sentenciosa
Reza: “Nadie”


Las Parcas, morosas
Perdieron el bondi
Y cuando al cabo Cronos

La tardanza remedió
Nadie lo lloró
Y nadie se alegró


Por eso, simplemente por eso

(Y tan sólo por eso)
Yace aquí
Nadie

-Juan Carlos Serqueiros-