martes, 10 de enero de 2017

MERCEDES GIUFFRÉ Y LA SAGA REDHEAD



















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Los escritores de novela histórica no estamos tratando de recuperar el pasado sino que estamos tratando de entender el presente. (Mercedes Giuffré)

Comenzaré por reconocer un prejuicio que arrastro: a priori no me atrae ni un cachito así el género literario conocido como novela histórica. Quizá ello se deba a que tanto novela como historia, me inspiran demasiado respeto como para celebrar que se las misture en una mélange que -para mi gusto, al menos- en general resulta en un repulsivo brebaje francamente imbebible.
Sin embargo (y por suerte, seguramente), a quienes habitan el ámbito de las letras parece importarles tres velines mi opinión, y en consecuencia la novela histórica continúa gozando de buena salud y más aún; su producción está en franco ascenso. Incluso en nuestro país, lo cual no deja de ser sorprendente, pues sabido es que hay en el mundo tres clases de naciones: las desarrolladas, las sub desarrolladas y... la Argentina. Que nuestros connacionales, que tanto desinterés y desapego por nuestra historia demuestran y que tan esquivos son a la hora de indagar en nuestro pasado para conocerlo, aceptarlo y sintetizarlo, evidencien interés en este género; no deja de ser, en cierto modo, alentador. Por más que lo que estén leyendo no sea estrictamente historia.
Por otra parte, en obsequio a la honestidad intelectual, me veo precisado a reconocer que ha habido ocasiones (escasas, pero las hubo) en las que venciendo mis preconceptos; pude disfrutar intensamente algunas -pocas- obras de ese género. Y es exactamente eso lo que me ocurrió con los thrillers históricos de esta autora, que me parecieron excelentes, proporcionándome placenteras horas de lectura que gocé con fruición.
Mercedes Giuffré (n. Buenos Aires, 27.05.1972) es licenciada en Letras y docente universitaria. Ha publicado un libro de cuentos: Lo único irremediable (Editorial Dunken, 2003); un trabajo de investigación acerca de los colonos europeos en el sur de Córdoba: Un colono escocés: biografía de William J. Grant (Editorial Dunken, 2004); y un ensayo académico: En busca de una identidad: La novela histórica en Argentina (Ediciones del Signo, 2004).





Pero comenzó a escribir profesionalmente y alcanzó celebridad, con su trilogía (trilogía sólo hasta el momento, pues ha empeñado su palabra de que habrá, por lo menos; otras dos novelas) de historias policiales ambientadas en la Buenos Aires colonial y con tramas que giran en torno a Samuel Redhead, el personaje por ella creado: Deuda de sangre (Editorial SUMA de Letras, 2008), El peso de la verdad (Editorial SUMA de Letras, 2010) y El carro de la muerte (Editorial SUMA de Letras, 2011).
Redhead surgió de la angustia de la autora, quien en la crisis de 2001 quedó sin trabajo, como miles y miles de compatriotas, y se abocó a pensar el país y su problemática, en la cual se puso a indagar buceando en la historia en procura de explicarse aquel presente. Así, concluyó en que los momentos claves de nuestros orígenes había que situarlos en las Invasiones Inglesas y la Revolución de Mayo, y por ello; ubicó a su personaje en aquellos tiempos, los cuales recrea en sus novelas. Y como la propia Mercedes Giuffré “confiesa”, hay en Redhead no poco de ella misma: “Redhead tiene mucho que ver conmigo. Él, como yo, tiene la mitad de sus ancestros en Galicia. Es metódico, obsesivo y tiene una gran necesidad de justicia. Y a veces, espera demasiado de la gente”, nos dice.
La escritora le asignó a su personaje Samuel Redhead algunas características -el origen, el apellido, la fisonomía y la profesión- de un protagonista de nuestra historia real: el doctor Joseph Redhead, aquel escocés adherente a la Revolución de Mayo que actuara luego en la Guerra de la Independencia y que fuera médico de Belgrano y de Güemes.
El enigmático Samuel Redhead llega a la Buenos Aires colonial procedente de La Coruña portando su título de médico otorgado por la universidad de Edimburgo y dotado de un importante bagaje de experiencia como cirujano.


Doblemente celta por su ascendencia escocesa y gallega, Redhead es pelirrojo, pulquérrimo obsesivo y atildado en el vestir. Músico aficionado, toca el violín. Es lector empedernido y cuando tiene tiempo, juega al ajedrez. Vive en un par de habitaciones que alquila en casa de una viuda, y desplaza por las estrechas y barrosas callejuelas de Buenos Aires su alta y enjuta figura (“pura piel y huesos”, lo describe la autora) en un cabriolé, cargando un oscuro secreto de familia que le revelara su padre al morir. Agudo y perspicaz, más temprano que tarde su espíritu inquieto, su profesión, su cargo y sobre todo; su sentido de la justicia, lo conducen a involucrarse en resonantes casos policiales que conmueven los estratos de aquella sociedad virreinal que lenta pero sostenidamente, va dejando de ser trinitaria para mutar definitivamente en porteña. Y tan desigual, por lo menos, como la que hoy por hoy y transcurridos ya dos siglos, exhibe aún el drama argentino.


Reseña de Deuda de sangre
Durante una noche lluviosa de verano, en 1806, aparece el cuerpo degollado de Manuel Balbastro, un joven de la alta sociedad de Buenos Aires. El doctor Samuel Redhead, misterioso personaje llegado de Europa, es comisionado para reconocer el cadáver. Poco después, una serie de mensajes anónimos precede a nuevos asesinatos, y el médico decide tomar cartas en el asunto, ayudado por su cuñado Francisco Alvarado y la perspicaz Clara Ocampo, pariente lejana de la primera víctima. Deuda de Sangre es la novela que inicia esta serie histórico- detectivesca.


Reseña de El peso de la verdad
La reaparición de don Arístides Arciniegas Gil, antiguo vecino de Buenos Aires sospechoso de ser el autor de un crimen no resuelto, activa el mecanismo de una venganza sutil. Poco después, el doctor Samuel Redhead es convocado para certificar su muerte. La investigación que deriva de ella se enmarca dentro de los sucesos de la primera invasión inglesa de 1806, trazando inusitadas simetrías entre la vida del médico y las de los implicados.
En un ambiente tenso de rivalidades, quedará al descubierto la verdad más celosamente guardada. Y el propio Redhead deberá elegir entre prolongar la injusticia o traicionar su palabra.


Reseña de El carro de la muerte
Los británicos se han rendido y en Buenos Aires impera la confusión. Mientras el pueblo se organiza para resistir una nueva invasion y los poderosos se disputan el mando del virreinato, el doctor Samuel Redhead deberá investigar las muertes de varios esclavos que a nadie más parecen conmover. Simultáneamente, el pasado que creía enterrado irrumpirá en su vida con graves consecuencias y lo expondrá ante sus enemigos.
En medio de falsas acusaciones y sin tener en claro quién es quién, el médico buscará hacer justicia y poner de manifiesto la inhumanidad de un sistema que está llegando a su fin.


Soy amante devoto y perpetuo del libro en papel. Pero si usted, apreciado lector, tiene -al igual que millones de compatriotas y que este servidor- escuálido el presupuesto y exhaustos los grilos; pues entonces le diré que poseo en formato electrónico las tres novelas de la saga, y que estoy de buen grado dispuesto a compartirlas si me lo solicita por email o por el privado de Facebook.
Y ¡eso es to-to-todo, amigos! (Porky dixit). Buenas lecturas y hasta la vista.

-Juan Carlos Serqueiros-

jueves, 29 de diciembre de 2016

ARBOLITO Y RAUCH: SUMANDO MENTIRA TRAS MENTIRA























Escribe: Juan Carlos Serqueiros


En el contexto emergente del golpe que el 1 de diciembre de 1828 había dado Juan Lavalle al gobierno de Manuel Dorrego, deponiendo a este último y fusilándolo poco después en Navarro; el 28 de marzo de 1829, a eso de las dos de la tarde, se enfrentaron en la batalla de Vizcacheras las tropas unitarias destacadas por Lavalle al mando del coronel Friedrich Rauch, y las federales del Comandante General de Campaña de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, al mando del por entonces teniente Prudencio Arnold (que después llegaría al grado de coronel). 
La victoria correspondió a los federales y en la acción cayeron, del bando unitario, tanto el coronel Rauch como el coronel Nicolás Medina -hermano por parte de padre de Anacleto Medina, aquel oficial de Pancho Ramírez que se hizo cargo de lo que quedaba de las tropas de éste después de su derrota y muerte en Río Seco y que habiéndolo autorizado caballerescamente Juan Felipe Ibarra a cruzar Santiago del Estero, había llegado, después de atravesar el Chaco y Corrientes, de vuelta a la villa del Arroyo de la China en Entre Ríos escoltando a La Delfina (ver en este ENLACE mi artículo al respecto)-.
Después, la historiografía impuesta como oficial erigió en héroe y víctima de la "barbarie federal" a Rauch, y por eso un partido de la provincia de Buenos Aires y su localidad cabecera llevan su nombre.
Y en la actualidad, el escritor Osvaldo Bayer ha pintado con ribetes romancescos la muerte de Rauch, la cual atribuye al "indio justiciero Arbolito" (?), quien supuestamente habría emboscado y matado a Rauch en "justa represalia" por la matanza de indios que éste había perpetrado. En efecto, Rauch (un mercenario alsaciano traído al país por Rivadavia, quien lo contrató para actuar en la represión a los indios que maloqueaban por la campaña bonaerense) había cometido espantosas atrocidades las cuales están descriptas por él mismo en las comunicaciones que dirigió al gobierno. Así las cosas, en función de esa "justicia vengadora" que -según él- habría aplicado Arbolito; Bayer está empeñado en una campaña tendiente a que se reemplace, en el partido y en el pueblo, el nombre de Rauch por el del indio.
Pero veamos (hasta donde nos sea dable conocer a través de la documentación que hay al respecto) cómo fueron en realidad las cosas: 
El coronel Prudencio Arnold en sus memorias, las cuales vuelca en su libro Un soldado argentino (Editorial Universitaria, Buenos Aires, 1970), describe la acción de Vizcacheras y la muerte de Rauch, y dice que "el cabo de blandengues Manuel Andrada le boleó el caballo y el indio Nicasio lo ultimó". Y agrega que Rauch murió "víctima de su propia torpeza militar", y que "se le cortó la cabeza".
Hubo dos partes militares de la batalla de Vizcacheras: el de los triunfadores federales, que expidió Arnold y envió a Rosas; y el de los vencidos unitarios, que escribió -o mejor dicho, hizo escribir, porque era analfabeto- el coronel (que después llegaría a general) Anacleto Medina, y que dirigió a su superior jerárquico, el Inspector General coronel Blas Pico, en el cual al referirse a su hermano, dice que "el señor coronel D. Nicolás Medina se infiere que es muerto". Y con respecto a Rauch, consigna: "ignorando el que firma cuál habrá seguido el comandante general", es decir, Medina desconocía, al momento de escribir su parte, la suerte corrida por Rauch y el rumbo que había tomado éste. 
El de Medina difiere del de Arnold en cuanto a la relación entre las tropas que se enfrentaron: según el de Arnold, eran similares en número, y según el de Medina, sus enemigos eran "el doble" (probablemente lo suyo fuese para disminuir el valor de la victoria federal y atenuar la derrota unitaria). El parte de Medina dice textualmente:

Chascomús, Marzo 29 de 1829.
El coronel que suscribe pone en conocimiento del Señor Inspector General, jefe del estado mayor, que habiéndose reunido en el punto de Siasgo al señor coronel Rauch, en virtud de órdenes que tenía, marchó toda la fuerza en persecución de los bandidos que habían invadido el pueblo de Monte, y ayer a las 2 de la tarde fueron alcanzados, como cuatro leguas de la estancia de los Cerrillos, del otro lado del Salado, en el lugar llamado de las Vizcachas. Una y otra división se encontraron, y, cargándose, resultó flanqueada la nuestra por los indios, que ocupaban los dos costados del enemigo. Después del choque, cedió nuestra tropa a la superioridad que, en doble número, tenía aquél, y se dispersó a distintos rumbos; ignorando el que firma cuál habrá seguido el comandante general del Norte. Se me ha incorporado parte del regimiento de húsares con todos sus jefes, hallándose heridos el comandante Melián, el ayudante Schefer y el teniente Castro del regimiento 4. El señor coronel D. Nicolás Medina se infiere que es muerto; y no será posible detallar la pérdida que habrá resultado, por no saber si se ha reunido por otro rumbo a otro jefe. La pérdida del enemigo debe ser bastante. Me he replegado a este punto con 72 húsares y 48 coraceros del 4. En él pienso permanecer, y defender esta población, que tengo probabilidad de que va a ser atacada, y se halla en gran compromiso el vecindario que se declaró por el orden.
El que suscribe saluda al Señor Inspector con su acostumbrada consideración.
Anacleto Medina
En realidad, se ignora quién fue Arbolito, ya que de ninguna manera está comprobado que haya sido Nicasio Maciel. Hay historiadores (José María Rosa entre ellos) que afirman que el tal Arbolito era un "capitanejo apellidado Basualdo". Y Prudencio Arnold no dice en su libro que Nicasio fuera Arbolito; dice solamente "el indio Nicasio", y agrega que "su apellido cristiano era Maciel", y que se trataba de "un valiente cacique que murió después de Caseros". 
Esa es la verdad. Y lo del "querido y apuesto cacique Arbolito, de grueso pelo largo", que habría "notado que siempre Rauch se adelantaba a sus tropas y por eso lo emboscó, le boleó el caballo y le cortó la cabeza", son invenciones novelescas de Bayer, vuelos de su imaginación calenturienta y sin ningún basamento documental. Ya vimos que no fue Arbolito -que no es mencionado por Arnold- el que "boleó el caballo de Rauch"; sino el cabo Manuel Andrada (quien de hecho, fue ascendido a alférez por esa acción, a instancias del propio Arnold, que fue quien lo recomendó en el parte de la batalla que envió a Rosas), y que no lo “emboscó Arbolito”, como divaga Bayer; sino que por imprevisión militar y por haber arrollado el centro de las fuerzas federales, se creyó vencedor; sin percatarse de que ambas alas de sus tropas habían sido derrotadas. Así, se encontró de golpe con que lejos de ser triunfador; estaba rodeado. O sea que de “emboscada de Arbolito”, como sostiene Bayer, no hay nada por aquí, nada por allá, nada de nada.
Como puede usted apreciar, estimado lector, este caso de "Arbolito vs. Rauch" tiene aristas que, además de constituir una invención; son absolutamente ridículas.
Por otro lado, y si bien es -por decirlo amablemente- poco serio lo de Bayer; no por eso es menos grotesco lo de haber dado a un pueblo el nombre de Rauch, siendo que fue éste un mercenario extranjero y un personaje absolutamente menor, y encima; de irremisiblemente manchada memoria histórica por los hechos aberrantes que cometió y por haber sido conchabado para pelear contra los indios que maloqueaban, terminando por enredarse en nuestras guerras internas. ¿Cuáles fueron, entonces, los méritos de Rauch para que un pueblo lleve su nombre? La respuesta es: ninguno.
En suma, se trata de un dislate tras otro: ponerle a un pueblo el nombre de un mercenario extranjero, y después pretender cambiárselo por el de otro personaje, tan menor como el anterior y del que se desconoce todo. Ciertamente, es difícil en estos casos decidir cuál de ambos es menos delirio, cuando los dos lo son igualmente.
Por mi parte, creo que sí habría que cambiarle el nombre a la localidad y al partido de Rauch; no precisamente por el de Arbolito, que ni siquiera sabemos quién fue; pero sí habría que cambiárselo, toda vez que lo de que se llame Rauch es un completo disparate tan ideologizado e inmerecido como lo que propone Bayer a modo de "remedio".

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS

Arnold, Prudencio. Un soldado argentino. Editorial Universitaria, Buenos Aires, 1970.
Bayer, Osvaldo. Rebeldía y esperanza. Planeta, Buenos Aires, 2016.
Benencia, Julio A. Partes de batalla de las guerras civiles. 1822-1840. Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires, 1974.

martes, 20 de diciembre de 2016

NESSUNO




















NESSUNO
(Poema de Juan Carlos Serqueiros)

Aquí yace Nadie
Ni cobarde ni valiente fue

(del todo)


No fue héroe, no
Pero tampoco anodino
Fue el suyo un triste destino
Quiso ser nadie y lo fue


Nunca nadie lo amó
Nunca nadie lo odió
Nunca nadie lo esperó
Nunca nadie lo extrañó

Nunca nadie  lo olvidó

No fue noble; tampoco ruin
No fue honesto ni ladrón 

(del todo)

Y lo archivaron al fin
Bajo una ignota losa
Que lacónica y sentenciosa
Reza: “Nadie”


Las Parcas, morosas
Perdieron el bondi
Y cuando al cabo Cronos

La tardanza remedió
Nadie lo lloró
Y nadie se alegró


Por eso, simplemente por eso

(Y tan sólo por eso)
Yace aquí
Nadie

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 11 de diciembre de 2016

SUBMARINO SOLUBLE


























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Por ejemplo, tengo claustrofobia, me he tenido que bajar de aviones para ir a tocar. (Indio Solari)

SUBMARINO SOLUBLE
(Solari)

¡No me obedece más la nave donde estoy!
(me pregunto por qué no me obedece más...)
Planetaria es mi fortuna pero hundida en un océano.

Abandonado aquí en Cibernube. 
En la profundidad virtual de un negro mar.
Planetaria criatura... mi mirada nunca aprendió a llorar.

¡Lo que hay que sufrir en esta hojalata!
Yendo al muere... quieto... ¡Aleluya! ¡Aleluya!
Pienso si estaría más a gusto ahí fuera. 
Miro las pantallas... ¡Aleluya! ¡Aleluya!

Me hostigan mal desde el Control.
Tantas consignas me hacen ver que solo estoy.
Planetaria es mi fortuna pero hundida en un océano. 

¡Mi cápsula neural ya no me hace efecto!
¡Y el joystick rojo no gobierna nada más!
¡No me obedece más la nave donde estoy!
¡Falta el aire! La luz parpadea...

¡Lo que hay que sufrir en esta hojalata!
Yendo al muere... quieto... ¡Aleluya! ¡Aleluya!
Pienso si estaría más a gusto ahí… fuera. 
Miro las pantallas... ¡Aleluya! ¡Aleluya!

Control insiste en que es normal lo que ocurre,
que estar tan solo, así, puede hacer mal...
Planetaria criatura mi mirada nunca aprendió a llorar. 

Me arrastro muy lentamente, sobre mi vientre... ¡Aleluya! ¡Aleluya!
Adivino más que veo
un campo soleado en mí... ¡Aleluya! ¡Aleluya!

Los amantes de las letras “explícitas” (?) estarán de parabienes, porque difícilmente encuentren otra de Solari tan “directa” como esta.
Como consigné en artículos precedentes, El perfume de la tempestad no es un disco. Bah... en realidad, sí es un disco; pero lo que pretendo significar es que no es solamente un disco; sino que es "arte siglo XXI", es decir, una obra que contiene, en un mismo packaging, elementos de distintas disciplinas: poesía, música y arte gráfico.
En Momo Sampler, el Indio ya nos alertaba desde Dr. Saturno sobre el hartazgo que sentía, y producida luego la disolución de la banda; se embarcó en un proceso creativo sumamente ambicioso que trasciende lo estrictamente musical y abarca otras manifestaciones artísticas.
En ese orden de ideas, lo visual pasa a ser parte integrante de la obra, no ya como aquel mero viejo y cansado arte de tapa; sino concebido como íntimamente concatenado con el resto, es decir, con lo lírico, con lo melódico y hasta con el "envoltorio"; todo configurando un paquete de novedoso formato de unicidad estética.
Si el corolario inmediato posterior a aquellos lejanos 60 que fueron “tres putos años nomás” (exactísima y genial definición solariana), fue lo que llamábamos -tal vez con excesiva presuntuosidad- “música progresiva”, esa que sin estar limitada ni obligada a encasillarse en ningún género (la universalidad era el único dogma que reconocía) y partiendo de estructuras simples, evolucionaba, progresaba, hasta lograr texturas infinitamente más elaboradas; el avance de la tecnología volvió perimido ese concepto y produjo, en cambio, un efecto sinérgico asociando la música a las artes plásticas y visuales en contenidos multimedia.
Veamos, si no, la obra cuasi póstuma de David Bowie, Blackstar, con ese video realmente conmovedor. A propósito de eso, dijo el Indio en la última nota que le hizo la revista Rolling Stone: “Y eso es lo que hizo Bowie, una obra maestra… los coros, ese saxo free, la voz de él, los videos… Lo que son los videos… son de un dramatismo…” (sic)
El perfume de la tempestad es una obra autorreferencial. A tal punto es así, que resulta imposible afirmar que se la ha comprendido; si previamente no se admitió eso. Y como hemos visto, no es simplemente un disco, en tanto lo metafórico no se agota en su poesía y su lírica, ni se limita a traducirse musicalmente en sus melodías y armonías; sino que está también representado en su arte visual. ¿Te fijaste en la ilustración de Submarino soluble? ¿No? Harías bien en contemplarla larga, detenida y minuciosamente:


Si lo representativo de sí mismo Solari lo enuncia indubitablemente -y con una muy lucida estética que raya a gran altura y sin ajarse lo más mínimo en ningún instante durante el decurso de El perfume- en (por ejemplo) la maldita duda que aqueja al agnóstico de No es Dios todo lo que reluce, la clara personificación que asume de Patricio Rey (¿y quién con mejor derecho que él?) en Vino Mariani, el zumbido de El tábano en la oreja (insecto que acosa la oreja de su ex socio, naturalmente) o el castellano de Parque Leloir quien, bajo la tormenta en ciernes, vaga por los jardines de la heredad, desvelado al encontrar Una rata muerta entre los geranios; no menos intimista es la desgarradora -y genial- descripción de los sufrimientos del claustrofóbico que hace en Submarino soluble.
Pues de eso trata, querido lector, el track N° 10 de El perfume: del tormento al que se ve sometido un pasajero claustrofóbico (el propio Indio) embarcado en un “submarino” que es, en realidad, un avión en vuelo dirigiéndose a Nueva York.
En las dos primeras estrofas enuncia, todo metaforizado en alta poética, en qué consiste la claustrofobia -que no es exactamente, como suponen muchos, “el miedo a los lugares cerrados”; sino el temor a lo que de ello puede derivarse: la sensación de pérdida del control de la situación, ante la imposibilidad de salir de esos espacios- ["¡No me obedece más la nave donde estoy! / (me pregunto por qué no me obedece más...) / Planetaria es mi fortuna pero hundida en un océano"], y el miedo que le causa esa restricción impuesta, sintiéndose atrapado en el avión en vuelo, en el marco del cielo que surca, el cual se le antoja “un negro mar” idéntico al océano en el que se solubilizará la aeronave al precipitarse en él (“Abandonado aquí en Cibernube. / En la profundidad virtual de un negro mar”).
Sigue con una amarga queja, enfatizada, del martirio que le significa estar a bordo de ese avión (“Lo que hay que sufrir en esta hojalata!”), y en su convencimiento de que sucederá una catástrofe de resultas de la cual él, inerme, morirá sin poder hacer nada por evitarlo (“Yendo al muere... quieto...”); emite un irónico “¡Aleluya! ¡Aleluya!”. E inmediatamente expresa la ansiedad por salir de allí: “Pienso si estaría más a gusto ahí fuera”, dice, con una buena dosis de sorna, porque obviamente que desearía estar "ahí fuera" y no preso en el puto avión, así que el "pienso si" es socarrón. 
Y trascartón, una metáfora muy sutil: “Miro las pantallas... ¡Aleluya! ¡Aleluya!”, la cual en principio confundí con un intento suyo de calmar la ansiedad poniendo su atención en la película que para los pasajeros a bordo está proyectándose en el avión. Pero enseguida caí en la cuenta de que no podía tratarse de eso, porque el Indio escribe en plural: “las pantallas”, con lo cual ¿qué se supone que va a hacer, mirar la película en el monitor que está frente a cada asiento, en lugar de fijar la vista en el que tiene delante suyo? No, evidentemente no es eso y se refiere, pues, a otras “pantallas”. ¿A cuáles? Nos lo indica en la estrofa siguiente.
En ella la cuestión se clarifica: el comandante de la aeronave, en pos de bajarle la ansiedad, lo ha invitado a la cabina de mando para enseñarle el instrumental (son esas las “pantallas” a las que aludía antes) y hacerle escuchar las comunicaciones con la torre de control en tierra (“Control”), demostrándole, clara y razonadamente, que todo está en perfecto orden y que no hay motivo para abrigar temor alguno. Pero de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno, dicen. Y debe ser cierto nomás, porque la deferencia que para con él tuvo el piloto, no sólo no sirvió de nada, sino que además; fue contraproducente, logrando sólo exacerbar en Solari los efectos de la claustrofobia (“Me hostigan mal desde el Control. / Tantas consignas me hacen ver que solo estoy”). Y es que se ha pretendido, vía un sucedáneo improvisado e informal (obligadamente "improvisado e informal", por supuesto, dadas las circunstancias y la emergencia) de tratamiento cognitivo-conductual, remediarle desde lo racional (convencerlo, con fundados argumentos y evidencias, de que todo va bien), un trastorno que es por completo irracional y que requiere para su remisión del complemento imprescindible de la terapia psicológica.
Así que ahora lo tenemos al pobre Indio con el nivel de ansiedad tan disparado, que amaga con desembocar en un ataque de pánico en toda la línea. No le sirve el fármaco con que lo hayan medicado (“¡Mi cápsula neural ya no me hace efecto!”, exclama, refiriéndose al ansiolítico, al antidepresivo o al medicamento que se haya zampado, sea este cual fuere). Está convencido de que el avión se ha puesto incontrolable (“¡Y el joystick rojo no gobierna nada más! / ¡No me obedece más la nave donde estoy!”) y está experimentando la sensación de asfixia esa que es tan característica y frecuente en los claustrofóbicos (“¡Falta el aire!”). Y en ese estado, se empeña en atribuirle fallas -inexistentes, desde ya- al avión (“La luz parpadea...”).
Así las cosas, el comandante de la aeronave intenta nuevamente tranquilizarlo y vuelve a mostrarle que el instrumental indica que todo está OK y que desde tierra así lo ratifican (“Control insiste en que es normal lo que ocurre”), y en procura de llevarle más seguridad todavía; lo invita a permanecer con él en la cabina (“que estar tan solo, así, puede hacer mal...”).
Hay un final feliz, porque -a regañadientes y aún escéptico-, el Indio acepta, resignadamente, el convite del piloto (“Me arrastro muy lentamente, sobre mi vientre... ¡Aleluya! ¡Aleluya!”). Y algún efecto benéfico le causa, porque a continuación estampa un “adivino más que veo / un campo soleado en mí...”. Es decir que, si bien no convencido del todo; ya al menos ha consentido en trocar ese tenebroso mar en el que creía iba a precipitarse el avión, por un campo soleado.
Lo cual concluye festejando con un “¡Aleluya! ¡Aleluya!” (aleluya significa, etimológicamente, “alaben a Dios”), que, por esta vez, no es irónico; sino expresado con júbilo, por raro que suene en un agnóstico como Solari.
Y así, nuestro querido Indio pudo felizmente arribar a Nueva York y ver, en algún cine de la Gran Manzana, Wall Street 2, de Oliver Stone, que se estrenaba por entonces (2010).
¡Aleluya! ¡Aleluya!


Nota: la imagen que sirve de portada al presente artículo, es una ilustración cuya autoría corresponde a Carlos Indio Solari, lleva por título Claustrofobia y fue exhibida en la Biblioteca Nacional de la República Argentina en 2015.

-Juan Carlos Serqueiros-

martes, 6 de diciembre de 2016

DIEZ COSAS QUE TE PASAN CUANDO EMPIEZAS A ENCONTRARTE


Escribe: Gabriela Borraccetti (*)


1- Puedes disfrutar estando a solas.


Se convierte en necesaria la propia intimidad y se busca activamente todo aquello que podemos hacer cuando nadie nos molesta.

2- Dejas de depender de los aparatos y puedes "desconectarte" de los chupetes electrónicos.



Cuando bajamos la ansiedad social, empezamos a conectar con nosotros mismos.

3- Comienzas a buscar actividades que te produzcan placer y que concentren tu energía en la belleza, la cultura, la naturaleza y el crecimiento interno.


Pintar, leer y sobre todo; crear un ambiente acogedor, lleva implícita la necesidad de poner afuera el sello interno. Con la creatividad se potencia la sensación de estar "en eje".

4- Comienzas a elegir los lugares adonde ir, con quiénes salir y a quiénes borrar de la agenda. 


Ya no tienes desesperación por ser invitada a fiestas, salidas y actividades. Eliges tus compañías según afinidad y dejas por completo de lado las conveniencias. Lo genuino se vuelve el punto para poder ser significativo.

5- Encuentras belleza en cosas que antes ni mirabas.


Te detienes a observar la vida. Ya no es cuestión de correr sin ver, sino de caminar para disfrutar.

6- No te aferras a la moda, a los mandatos parentales ni sociales. Es más importante ser vos, que parecerte o pertenecer.


Ya no estás dispuesta a sacrificar tus piernas y tu columna por los zapatos de moda, a morir apretada en un jean o sufrir porque tu trasero no entra en el pantalón. Ya no te acomodas al afuera sino que acomodas al afuera para sentirte bien.

7- La edad empieza a importar poco.


Ya no miras el calendario para vivir. Simplemente eliges qué es lo que te hace bien, qué es lo que te hace feliz, y lo pones en práctica. La juventud es un estado del alma.

8- No finges tus orgasmos.


Ya no hay que fingir placer: sabemos exactamente lo que queremos y lo pedimos. No hace falta demostrar que somos panteras en celo 24 horas. La mujer que ha encontrado su centro ya no sólo no friega pisos: tampoco se pone máscaras hot que cansan igual que limpiar una casa entera. 

9- Ya no te callas.


Es importante la apertura sobre todo mental. Adiós al silencio, adiós a tragar pedidos, dolores, ofensas, amor, gratitud, cariño, preguntas o enojos. Fuera a la Barbie sonriente que sólo quiere conquistar a costa de reprimir todas las emociones que, aunque genuinas; se adjetivaron de inadecuadas. Ya no es importante ganar en una relación; sino averiguar si vale la pena y si podemos estar con otro sin pose.

10-  Mostrarte tal cual eres es EL LOGRO, incluso aunque otros opinen que es algo ridículo.


Aprender a jugar siendo mayor es un reto. Hemos tratado tanto de parecer cool, "interesantes" y "atractivas" y nos hemos ido disfrazado de adultas como si llegar a serlo implicase tener un esqueleto de piedra y muecas de cartón. Liberarse de los estereotipos es lograr ser del derecho lo mismo que escondemos en el revés... incluso aunque al resto le parezca ridículo.

Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica
Mat. Nac. 16814

* Gabriela Borraccetti (n. 1965, Vicente López, Buenos Aires), es licenciada en Psicología por la Universidad Argentina John F. Kennedy. De extensa trayectoria profesional, ejerce como psicóloga clínica especializada en el diagnóstico y tratamiento de la angustia, el estrés, los temas de la sexualidad y los conflictos derivados de situaciones familiares, de pareja y laborales. Es, además; poetisa, cuentista y artista plástica.
Para contactar con ella por consulta psicológica o terapia psicoanalítica, escribir a licgabrielaborraccetti@gmail.com. 

lunes, 14 de noviembre de 2016

SORPRESA DE SHANGAI







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros


SORPRESA DE SHANGAI
(Beilinson-Solari)

Tengo el hocico listo
estoy acalorado
voy a chasquear la lengua, un poco
voy a escupir misiles.
Puro veneno! risas que duelen!

Acostumbré el pellejo
a los ultravioletas
voy a tumbarme a la bartola
sobre unos terciopelos.
El que abandona! no tiene premio!

¿A quién le importa?, toda esa guinda!
Si te sofoca! A quién le importa?!

Están contando chistes
detrás de las paredes
si de reír se trata, creo,
son verdaderos dramas.
El bote roto! A quién le importa?!

Mis penas como piedras
caen, ruedan y escapan
falopas duras en tipos blandos
ahuecan corazones.
Caras de liebre!, de liebre muerta!

A quién le importa? toda esta guinda!
Si te sofoca! A quién le importa?!

Por decisión propia, nunca me había puesto a “interpretar” este tema. En parte, porque su letra no necesita “interpretación” en cuanto a por dónde van los tiros, dado el inequívoco sentido de las metáforas que en ella se incluyen, pero fundamentalmente; porque no tenía explicación para el título. Sí, leíste bien: para el título; porque ocurre que la idea central de la canción, está expresada en él más aún que en su poética.
En apretada síntesis, el Indio nos pinta en estos versos a un chabón en situación de caravana, es decir, pasar muchas horas (o días) drogándose debute en compañía de otra gente que también es del palo.
El tipito cae a la caravana ya con un par de saques encima (“estoy acalorado”, dice, al experimentar el aumento de su temperatura corporal producido por el consumo de cocaína), y se dispone a darse más, ya que tiene el naso pronto (“el hocico listo”) para zamparse toda la frula, incluso la que al aspirarla, se le vaya a la garganta, y entonces para tragarla, deberá “chasquear la lengua, un poco”, para luego expectorar las “piedritas” de merca mal molida o apelotonada que no haya podido deglutir (“escupir misiles”). Es consciente de que le hace daño, sabe que la droga es un efímero sucedáneo de la felicidad, porque después viene la depre, el dolor del bajón y la culpa (“puro veneno! risas que duelen!”), pero como dirá después; todo eso… a quién le importa?!
Es un chabón carrereado en el asunto de consumir sin freno, ya tiene el cuero bien curtido en esas lides (“acostumbré el pellejo a los ultravioletas”), y por eso; se va a juntar con otros que son como él, a merquear, tumbado así nomás, a la que te criaste (“a la bartola”) en un sillón, en un sofá, o directamente en unos almohadones desparramados por el piso (“sobre unos terciopelos”). Y es sabido: en una caravana, “el que abandona! no tiene premio!”, es decir, es un flojo, un logi, uno que no se la banca.
Pero en esta oportunidad, al tipito no le pegó bien la merca, porque percibe el mudo reproche de su conciencia, reproche ese que en principio, rechaza airadamente con un rotundo: “¿A quién le importa?, toda esa guinda!”. O sea, “conciencia, no rompas las guindas con tus escrúpulos, si total… ¿a quién le interesa lo que haga conmigo mismo?”. Trascartón, otro aviso, esta vez no ya de su conciencia; sino de su organismo: se siente sofocado, le falta el aire, advertencia esa que también se apresura a desoír y a repudiar con un tajante: “Si te sofoca! A quién le importa?!”. Pero se ve que al menos ese día, el ángel de los perdedores estaba resuelto a salvarlo; ya que llega para él una última señal de peligro inminente, la cual se le manifiesta, como la anterior, físicamente: le sangra la nariz (“el bote roto!”). Sin embargo, sus compinches de caravana siguen en la suya, esnifando a full, riéndose e importándoles tres belines que el chabón esté sofocado y sangrando profusamente por la nariz (“están contando chistes / detrás de las paredes / si de reír se trata, creo, / son verdaderos dramas”). Y entonces, ahora sí, ya sabe lo que es estar solo pero acompañado (si me es permitido el oxímoron). Por eso dice, como un queja, con aflicción, amargamente: “A quién le importa?!”.
Se encuentra en un estado que si bien no es de plena consciencia (lógico, dada la merca que se zampó hasta ahí); tampoco es de total estupefacción como el que exhiben sus compañeros de caravana, re duros con sus “caras de liebre”. Por eso, aún en su semiconsciencia, es capaz de discernir y decidir que, después de todo; no quiere eso para sí mismo, no quiere tener “cara de liebre!, de liebre muerta!”, es decir, no quiere crepar de resultas de un ataque cerebral o un bobazo producidos por el exceso de falopa. El miedo que le insuflaron la sofocación y la hemorragia nasal que sufrió, hizo que la etapa depresiva, ese bajón culpógeno que sobreviene luego del consumo intenso de cocaína; se manifieste en él un poco antes. Así las cosas, asimila su pena al moqueo de la frula, a la secreción por la nariz de los restos de cocaína que la mucosa nasal no llegó a absorber del todo (“mis penas como piedras / caen, ruedan y escapan”). Y en cierto modo, justifica y disculpa la indiferencia de sus compinches ante lo que le pasó a él: “falopas duras en tipos blandos ahuecan corazones”, dice, refiriéndose a que eso de que les importara una mierda lo que le estaba ocurriendo, no lo hicieron porque fueran unos hijos de puta de corazones vaciados, sino por estar dados vuelta por la droga que se mandaron.
Posiblemente, después de ese episodio el chabón haya largado la merca. O posiblemente no. Chi lo sa… Solari no lo dice en la letra; pero la concluye con un más que expresivo: “A quién le importa? toda esta guinda! / Si te sofoca! A quién le importa?!”. Y es tal cual, porque ¿a quién le importa lo que le pase al chaboncito y lo que haga o deje de hacer? 
Y… digamos que, fuera de las personas que lo quieren bien, que lo aman (¿te acordás de “tiranizando a quienes te han querido” en Ji ji ji?, bueno, eso mismo); a nadie le importa. Empezando por él mismo, que corre el riesgo de palmar drogado hasta los bujes; siguiendo con los “amigos”, a quienes, metidos en la suya, no les interesa en lo más mínimo lo que le ocurra a él, y fundamentalmente; mucho menos les importa a unos ñatos muy poderosos cuya existencia está implícita en el título. Lo cual nos lleva a preguntarnos, entonces, en qué consiste esa “sorpresa de Shangai”.
En 1993, cuando se editó Lobo suelto, cordero atado, en los corrillos y mentideros redondos previos a las dos misas de Huracán, corría el runrún de que “Shangai” era el nombre de cierto tugurio non sancto al que concurría, el Indio, según algunos, o un amigo suyo que le habría inspirado la letra, según otros. Eso quedó instalado en el imaginario colectivo de los ricotas y desde entonces se adoptó como verdad revelada. 
Hasta un viejo redondo, uno de los primeros y con asistencia cuasi perfecta a todas las misas como lo era Marcelo Furtivo, así lo creía. Y si te tomás el laburo de fijarte en algunos de los muchos artículos sobre lírica solariana que escribí, vas a notar que en sus comentarios se refirió varias veces a eso y dejó inequívocamente consignado que para él, “el Shangai era un volteadero", “un cogedero” (sic).
Por mi parte, siempre sostuve que no podía tratarse de eso, pues si así fuera, el Indio habría escrito “Sorpresa del Shangai” o “Sorpresa en el Shangai”, en lugar de Sorpresa de Shangai, como reza el título.
Algunos redondos veteranos, algo más… intelectuales, digamos (y estoy empleando peyorativamente el término, no sé si te diste cuenta); me respondían que la explicación a ese reparo que yo ponía, era que “Solari escribe en verso libre”.
Sofisma miserable. Si bien efectivamente el Indio escribe en verso libre, ésa es una forma de expresión poética que permite irrespetar las normas de métrica, rima, puntuación y acentuación, y posibilita tener amplia libertad en el empleo de licencias, de manera de poner énfasis en el mensaje que se desea transmitir, sin tener que estar necesariamente sujeto a formas rígidas de estructurar las estrofas. Pero todo eso no implica que por escribir en verso libre, el poeta pueda cagarse literalmente en todas las reglas. No es así en modo alguno.
¿Acaso alguien puede, seriamente, imaginar a un purista, un obsesivo (un hinchapelotas, como le zampó, cariñosamente, Lito Vitale) como el Indio, incurriendo en un error como ese de usar "de" en lugar de "del" o "en el"? Vamos… Ni en pedo se le puede atribuir a un gourmet exquisito como él, no sólo en cuanto a comidas y bebidas, sino -y fundamentalmente- en lo que hace a su laburo, haber caído en eso. Y desde ya, tampoco se le puede endosar la cosa a una cuestión de ortotipografía, porque de ser así; Solari lo habría hecho corregir en las ediciones posteriores de Lobo suelto, cordero atado.
No. Lo de Shangai en el título debe pues, tomarse literalmente, esto es, como mención intencionada, objetiva, concreta y específica de la ciudad de China que lleva ese nombre.
Pero ¿qué puede tener que ver Shangai con un chaboncito argentino falopeado al extremo y cuál vendría a ser la sorpresa que puede depararnos dicha ciudad en el contexto de esta letra del Indio?, se me preguntará legítimamente. Y me torturaba preguntándome eso mismo, hasta que en 2014, el azar (o eso que llamo azar y tal vez no lo sea tanto) me llevó a descubrir el mundo de un artista extraordinario: Fyodor Pavlov. 
Sus ilustraciones, frecuentemente bizarras, otras veces románticas cuando no violentas y en ocasiones, abiertamente pornográficas; pero invariablemente de inefable belleza, me conmovieron al punto de pasar horas contemplándolas. Y así, di con una que lleva por título Shangai, 1928. La sucinta descripción (traducida del inglés) que de esa ilustración hace el artista, dice:
Para este dibujo me inspiré en las canciones de Vertinsky (nota mía: se refiere a Alexandr Nikolayevich Vertinsky, n. Kiev, Ucrania, Imperio Ruso, 21.03.1889 - m. Leningrado, URSS, 21.05.1957, que fue un extraordinario cantante, autor, compositor y actor de burlesque, adicto a la cocaína) que me hizo pensar en la diáspora rusa en Shanghai; y en Emily Hahn, la escritora adicta al opio que rompió el convencionalismo tácito de segregación entre las poblaciones occidentales y nativas, manteniendo un romance con el poeta y publicista chino Sinmay Zau. (sic)
Es esa ilustración de Sinmay Zau que hizo Pavlov la que, con los solos agregados del título de la canción y el logo de Patricio Rey Discos, utilicé como portada de este artículo. Infiero, entonces, que lo de sorpresa de Shangai se refiere al evento internacional conocido como Comisión del Opio, que a instancia de Estados Unidos, entre el 1 y el 26 de febrero de 1909 se celebró (es una manera de decirlo) en dicha ciudad china, y que en realidad fue una bolsada ‘e gatos en la cual, lejos de perseguir fines humanitarios; cada uno de los países participantes defendía sus propios intereses comerciales y estratégicos.
En fin…

-Juan Carlos Serqueiros-

PD (agregada 03.11.2024): En 2016, cuando subí a internet la interpretación más arriba enunciada, obviamente yo no podía saber lo que Solari daría a conocer recién en 2019 cuando editó su autobiografía "Recuerdos que mienten un poco. Memorias en conversaciones con Marcelo Figueras": que el tema se le inspiró en una conversación que pared de por medio, escuchó que mantenían unos pescadores en un hotel de Ostende. Y mucho menos podía saber lo que menciona acerca de los proveedores estadounidenses de armas, que introducían en los misiles que vendían a países aliados, un chip que imposibilitaba que eventualmente esos mismos misiles pudieran dirigirse contra Yanquilandia, chip ese al que bautizaron, precisamente, Sorpresa de Shangai. De modo que lo consigno ahora, adicionado aquí, para que todos quien me leen, sepan de dónde proviene en realidad el título del tema.
En lo demás, acerté con mi interpretación: la letra habla de un chabón falopeado hasta los bujes ("hasta las manos, desconsolado, en un cuarto de hotel" dice el Indio (sic). Así que cuando llegue el momento en que republique mi interpretación de esta canción, lo haré introduciendo la imprescindible corrección.