lunes, 15 de abril de 2024

DISCURSO DEL PRESIDENTE AVELLANEDA DESDE LOS BALCONES DE LA CASA ROSADA, 10 DE MAYO DE 1880








































Escribe: Juan Carlos Serqueiros 

Este discurso, que reprodujo íntegro el diario El Nacional, fue el que desde un balcón de la Casa Rosada improvisó y pronunció el 10 de mayo de 1880 ese gran orador que fue el presidente Nicolás Avellaneda, en ocasión del llamado "Mitin de la paz".
Entre treinta y cuarenta mil personas se habían convocado en la plaza de la Victoria (actual plaza de Mayo), para escuchar la palabra del primer mandatario de la República, con la esperanza de que pudiera evitarse la guerra civil en ciernes.
El contexto era el siguiente: el domingo 11 de abril, en las elecciones primarias presidenciales, había triunfado en todas las provincias, excepto las de Buenos Aires y Corrientes, la candidatura del general Julio A. Roca con 155 electores, por sobre la del doctor Carlos Tejedor (a la sazón, gobernador de Buenos Aires) con 71. Pero ocurrió que Buenos Aires y Corrientes, aliadas entre sí política, militar y económicamente, se negaron obstinadamente a reconocer el veredicto de los comicios, y se alzaron en armas contra el gobierno nacional.
Ese mismo 10 de mayo de 1880 en que Avellaneda pronunciaba su discurso, se entrevistaban, en la cañonera Pilcomayo, el presidente electo, Julio A. Roca; y el gobernador de Buenos Aires, Carlos Tejedor, sin llegar a ningún acuerdo.
Así las cosas, pese a las palabras confiadas de Avellaneda: "¡Habrá paz en la República!"; la guerra sobrevendría indefectiblemente un mes más tarde.
Lo cual viene a demostrarnos que era mejor presidente que profeta.

-Juan Carlos Serqueiros-


domingo, 14 de abril de 2024

A TIEMPO





















A TIEMPO
(Poema de Gabriela Borraccetti) *

Todos los días estamos a tiempo
De valorar lo que tenemos,
De soltar lo que nos pesa,
De perder el miedo,
De dejar atrás la costumbre,
De no querer parecernos a nadie,
De mirar hacia adentro
En lugar de buscar afuera,
De vivir sin resignarnos,
De aprender lo que queramos,
De ser sinceros frente al espejo;
A tiempo de escucharnos
Y actuar en consecuencia,
Y a tiempo de amar;
Único tiempo que importa
Y que nunca termina.

-Gabriela Borraccetti-

* Gabriela Borraccetti (n. 1965, Vicente López, Buenos Aires), es licenciada en Psicología por la Universidad Argentina John F. Kennedy. De extensa trayectoria profesional, ejerce como psicóloga clínica especializada en el diagnóstico y tratamiento de la angustia, el estrés, los temas de la sexualidad y los conflictos derivados de situaciones familiares, de pareja y laborales. Es, además; poetisa, cuentista, artista plástica y astróloga. Para contactar con ella por consultao terapia, enviar e-Mail a licgabrielaborraccetti@gmail.com o Whatsapp al +54 9 11 7629-9160.


viernes, 12 de abril de 2024

AYESHA, EL RETORNO DE ELLA






























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Acordamos encontrarnos en esta vida para aprender algo. (Gabriela Borraccetti)

Henry Rider Haggard (n. 22.06.1856 – m. 14.05.1925), fue un extraordinario escritor inglés de literatura fantástica, viajes y aventuras. Los personajes más representativos de su obra literaria, y en torno a los cuales giraría la parte más difundida de la misma, son Allan Quatermain y Ella
Con respecto a Ella, Haggard hizo una saga de cuatro novelas: "Ella" (1887); "Ayesha, el retorno de Ella" (1905); "Allan y Ella" (1921); e "Hija de la Sabiduría" (1923). En particular, la que nos convoca hoy es “Ayesha, el retorno de Ella”; pero sin perjuicio de citar (a título informativo y sólo para dar una idea de la relevancia de Haggard en la literatura universal) que los cuatro que componen la serie Ella, están entre los libros más editados y vendidos en todo el mundo; y que a Ella la han referenciado e iconizado, por ejemplo y entre otros, tanto Sigmund Freud —para quien representa lo eterno femenino y quien específicamente menciona a Haggard (que dicho sea de paso, es su escritor de aventuras predilecto) en “La interpretación de los sueños”—; como Carl Gustav Jung —quien la considera una manifestación del anima y cita expresamente a Haggard en “El fenómeno del espíritu en el arte y en la ciencia”—. Casi nada, ¿no?
Leo Vincey es un inglés que en vidas anteriores fue Kalikrates, un sacerdote de Isis a quien ésta había matado por celos al enamorarse él de la hija del faraón. Acompañado por su inseparable amigo y padre adoptivo Ludovico Horacio Holly; Leo va en busca de su adorada Ella, a quien en otro tiempo había conocido en sus viajes por el África. Ella es una mujer inmortal, diosa y reina, que ha sido en Egipto el Oráculo de Horus, se ha bañado en la Fuente de la Vida, y es nada menos que la manifestación terrenal de Isis. Ahora, después de veinte años e impelido por una visión que experimentó, Leo debe ir a su encuentro en el Asia, y en las mesetas tibetanas afrontará mil peligros y conjuros para reunirse con su amada, que ha reencarnado en Ayesha, una sacerdotisa muy anciana de milenaria sabiduría. El amor de Leo devolverá a Ayesha su radiante, divina e indescriptible belleza. Y entonces... pero no, nada de y entonces; mejor no te cuento más, no quiero espoilear.
Leí este libro en mi adolescencia y lo releí muchas veces (de hecho, acabo de hacerlo). Me conmovió, me laburó planos altísimos de la psiquis, y sin embargo; nunca antes había podido, por más que cavilé en ello, explicarme racionalmente el porqué. Hasta que en abril de 2011, al fin supe —no por el cerebro, sino por el corazón, o quizá; por la conexión entre este último y la mente— el motivo, e incluso; escribí en aquella oportunidad un poema (que nunca publiqué, pero me apresto a hacerlo en unos días).
Las obras cumbres de la buena literatura universal, no saben de tiempo; perduran por siempre. Millones y millones de personas leyeron a Haggard y se deleitaron con sus novelas. Sus libros seguirán siendo lo que los malditos marketineros adoradores del dios mercado llaman best seller.
Si no has tenido ocasión de leerlo hasta ahora, este es un buen momento para hacerlo. Te va a proporcionar un gran placer y te transportará, sin golpes arteros, sin estridencias violentas y sin trucos literarios de baja estofa, a mundos exóticos, al reino de la fantasía (¿será fantasía?); lo cual ya de por sí, como escape a una tangibilidad que suele dolernos y agobiarnos; no es poco decir.
¡Ah!, y ni siquiera tendrás que gastar dinero en comprarlo; ya que si no te molesta leer en versión e-Book, podrás bajarlo gratis de la web en formato pdf o ePub.
Que lo disfrutes.

-Juan Carlos Serqueiros-

Imagen de portada: Creada por Gabriela Borraccetti con IA


lunes, 8 de abril de 2024

LA FELICIDAD, UN CAMINO PERSONAL























Escribe: Gabriela Borraccetti *

La felicidad no es esa algarabía continua que buscamos en el afuera, sino que más bien; es un estado de contento interior en el cual la paz y la alegría se encuentran en el arte de vivir de acuerdo a uno mismo. (Gabriela Borraccetti)

Recuerdo que cuando era muy joven, hubo un día en el que alguien me pidió que recordara momentos felices de mi vida. Fruncí los labios y el entrecejo mientras mis ojos daban vueltas apuntando a mi coronilla, aunque más no fuera para encontrar un bosquejo de lo que pudiese ser considerado como memorable y dichoso.
No me cabía en la cabeza que no existieran en mis archivos experienciales registros ni viejos ni nuevos de algo que, por lo menos, me hiciese arquear la comisura de los labios hacia arriba. “No debería estar sucediendo esto”, me dije. Y no sabía si el error estaba en mi apreciación de lo que era la felicidad o si realmente había tenido una vida muy dura, difícil o vana.
Pasaron los años y tomé como costumbre el ejercicio de dedicar cada tanto un momento para hacer un repaso de felicidades atesoradas. Y en ese ejercitar, fui cambiando, sin darme cuenta, la definición de la felicidad, de la vida, y sobre todo, la de mí misma.
Cuando en su momento creí que no había existido ningún suceso merecedor de sonrisa, estuve en lo cierto. Por entonces, vivía pendiente de lo que dijesen y aprobasen los demás acerca de mí. Enteramente dedicada a que me quisieran antes que a querer, a ser admirada sin poder admirar a las figuras que se me presentaban como modelos, simplemente hasta archivar otro calificativo gris: el de pesimista. Desde el pobre que moría en una cruz por la indiferencia del resto, hasta las caras preocupadas de los adultos encerrados en rituales, me topaba a diario con el constante entierro de los deseos penados por la omnipotencia de dios o descartados por impracticables, utópicos, imposibles y tontos, hasta tallar en piedra tal como se había hecho con los mandamientos, la seguridad de que todo lo que quisiese era un gran sinsentido para alguien tan poco inteligente y mal agradecido como yo.
Mis proyectos eran, además; poco ambiciosos, poco lucrativos y había que ir por la vida pensando en uno mismo para tener éxito. No era el arte una posibilidad: el trabajo tenía que doler y si no; ser hijo de un millonario.
Como si fuera poco, tener éxito era poseer los bolsillos llenos, ser aplaudido y amado por gente por la cual no sentimos nada y mejor era ser amado que amar. Se sufría menos y uno era un gigante si rompía corazones. Eso era prueba de triunfo.
Y ahí estaba yo, ya bien grandecita, durmiendo y tapando muñecos como intentando exorcizar y evadir un mundo que me parecía helado y lleno de impedimentos, rechazo y vacío. ¿Qué podía recordar de bueno, si todo lo que experimentaba era la lucha constante entre el afuera y mi negativa a asistir a mi propio entierro?
Así que pensando siempre en lo terrible de morir sin un recuerdo bonito, tiré al demonio todo lo que me habían hecho creer (obviamente, sin quererlo yo) acerca de las fórmulas para ser feliz. Me ayudó el animarme a desobedecer, y en vez de morir en una oficina que odiaba y de seguir la tradición de casarme; sería mejor pasar de largo e ir a la universidad y al diván para saber si me estaba volviendo loca o ya lo estaba y debía recuperar cordura.
Allí salieron como fantasmas, los colgajos de los guiones que se me habían hecho carne. De a poco, comencé a arrancarme pedazos de una seguridad ficticia y temores ancestrales. Me quité varias veces el corsé expresivo y el mote de tonta.
Fuera del consultorio, me quité el pecado, el miedo, el poder sin autoridad, el machismo, la autodescalificación, los clichés, la obediencia ciega, los prototipos, el terror de fallar, la parálisis del que aspira a la perfección, la ropa y el silencio.
Y entonces empecé a tener recuerdos. Pero no eran como los había imaginado: llenos de mariposas y luciérnagas, aplausos y miradas. Eran y son cada vez más simples:

-El segundo en que vi una estrella fugaz
-Cuando vi a mi perra por primera vez
-La flor naranja de mi jardín
-El momento en que me di cuenta de que ya no tenía pesadillas
-El paisaje del mar, de los cerros y una nube rara
-La luz que se encendió misteriosamente cuando pedí una señal
-El regalo de encontrar a quien admirar, y junto con eso; descubrir que el amor tiene mucho de admiración. pero poco de desmayos y suspiros.

En fin, descubrí que hay chispas, instantes, experiencias que se definen en un contexto mayor, que es el de encontrarse consigo mismo.
Te deseo el mejor de tus caminos: el tuyo.

Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica
M. P. 16814

* Gabriela Borraccetti (n. 1965, Vicente López, Buenos Aires), es licenciada en Psicología por la Universidad Argentina John F. Kennedy. De extensa trayectoria profesional, ejerce como psicóloga clínica especializada en el diagnóstico y tratamiento de la angustia, el estrés, los temas de la sexualidad y los conflictos derivados de situaciones familiares, de pareja y laborales. Es, además; poetisa, cuentista, artista plástica y astróloga. Para contactar con ella por consulta o terapia, enviar e-Mail a licgabrielaborraccetti@gmail.com o Whatsapp al +54 9 11 7629-9160.


viernes, 5 de abril de 2024

EL CANTO, LA MEDITACIÓN Y LA RISA


















Escribe: Gabriela Borraccetti *

El canto, la meditación y la risa son tres formas de entrar en un estado en el cual la imaginación suplanta al pensamiento, la creatividad a las trabas y la felicidad al tono lúgubre de lo rutinario.
Esas tres formas dependen de ti, son gratuitas, y además; son una excelente medicina que, tomada diariamente, cambia tu estado de ánimo.
Después de ejercitarlas durante un tiempo, te permitirán ver que lo que antes mirabas como una cruz colgando de un collar; hoy puede muy bien ser un signo positivo (o signo de sumar), que llevas como tu actitud ante la vida.

Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica
M. P. 16814

* Gabriela Borraccetti (n. 1965, Vicente López, Buenos Aires), es licenciada en Psicología por la Universidad Argentina John F. Kennedy. De extensa trayectoria profesional, ejerce como psicóloga clínica especializada en el diagnóstico y tratamiento de la angustia, el estrés, los temas de la sexualidad y los conflictos derivados de situaciones familiares, de pareja y laborales. Es, además; poetisa, cuentista, artista plástica y astróloga. Para contactar con ella por consulta o terapia, enviar e-Mail a licgabrielaborraccetti@gmail.com o Whatsapp al +54 9 11 7629-9160.


miércoles, 3 de abril de 2024

LA ZORRA ROJA










































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

No hay que leer —tal como hizo quien suscribe— ciertos libros un domingo (día depresivo por excelencia), especialmente, si se pertenece a la porción de gente que ya hace mucho ha perdido su fe en que esa deleznable especie denominada humanidad pueda eventualmente experimentar alguna mínima mejoría o evolución, aunque sea; de este a cuatro o cinco milenios.
¿La razón? Sencilla: esos ciertos libros que mencionaba son como algunas drogas: adictivos, y llevan a una persona hasta un pico de euforia, pero después de alcanzada la cima; sobreviene otra etapa que la conduce a algo que suena parecido, pero se escribe con "s": sima, es decir, lo que en el rioba llamamos “el bajón”. Y luego, ahí nomás, al toque, viene el estadio signado por la culpa.
Pues bien, "La zorra roja" (Editorial Bruguera, 1964), de John D. MacDonald (estadounidense, n. 24.07.1916 – m. 28.12.1986) es uno de esos libros que no habría que seleccionar para leerlo un domingo. Se trata de la cuarta novela de la saga protagonizada por Travis McGee, el personaje creado por MacDonald autodefinido como “un bicho de playa”, que vive en un barco que ganó en una partida de póker, y que se dedica a recuperar cosas para terceros, quedándose con la mitad del valor que tienen o representan. En esta oportunidad, McGee es requerido por una bellísima y sensual damisela, estrella cinematográfica ella, para que le solucione un “pequeño problemita”: es víctima de un chantaje y se le exigen ingentes sumas de dinero para entregarle los negativos de una serie de fotografías que le fueron tomadas durante una orgía en la cual participó.
Uno sabe de antemano que leer esta novela le hará mal, pero... ¡cómo se la disfruta y qué lindo es alcanzar el clímax del placer que eroga! Incluso, llega a pensar que después de todo; tal vez haya sido apresurada la adopción del convencimiento de que el animal conocido como ser humano es la evidente falla de Dios, Logos Ordenador o como cuernos queramos referirnos a la inefable entidad que lo creó. Y es una pena que luego de trasegar la infamia evidenciada por los miserables descriptos en la novela, haya que descender a la sima, porque al fin, uno se da cuenta de que, lejos de ser errónea la creencia que tenía; se había quedado corto en la abyección que atribuyó a la humanidad: ésta es infinitamente más ruin de lo que imaginó en la más negra de sus depresiones y el más atroz de sus desencantos.
Pero por suerte, la ficción nos ha dado un Patoruzú, un Sherlock Holmes, un capitán Nemo, un Hércules Poirot y una felizmente muy extensa lista de personajes, incluido en ella el bueno de Travis McGee, lo cual nos permite albergar la ilusión de que haya algo de justicia y de que el que las hace las pague. Y que como en el tango escrito por Mario Iaquinandi y musicalizado por la gran Eladia Blázquez: aunque el mundo siga yirando a los tumbos, / aún vale la pena jugarse y vivir.
Decididamente, poseo una índole peligrosamente inclinada al vicio y debo de ser, nomás, incorregible; porque me apresto a leer... ¡otra novela de MacDonald! Es que son excelentes… y adictivas.

-Juan Carlos Serqueiros-


lunes, 1 de abril de 2024

FAROL















FAROL

(Poema de Gabriela Borraccetti) *

Enciendo un farol y lo cuelgo
En el dintel de mi puerta.
La llama dibuja “eses”,
Quizá para escribir “susurro”...
Y anunciada con el gemido
Del gato cortejando a la gata,
Toca el timbre la noche
Para sentarse a mi mesa,
Para meterse en mi almohada,
Para quedarse en mi alma.

-Gabriela Borraccetti-

* Gabriela Borraccetti (n. 1965, Vicente López, Buenos Aires), es licenciada en Psicología por la Universidad Argentina John F. Kennedy. De extensa trayectoria profesional, ejerce como psicóloga clínica especializada en el diagnóstico y tratamiento de la angustia, el estrés, los temas de la sexualidad y los conflictos derivados de situaciones familiares, de pareja y laborales. Es, además; poetisa, cuentista y artista plástica. 
Para contactar con ella por consulta psicológica o terapia psicoanalítica, enviar e-Mail a licgabrielaborraccetti@gmail.com o Whatsapp al +54 9 11 7629-9160.




sábado, 30 de marzo de 2024

EL NOBEL DE CARLOS SAAVEDRA LAMAS










































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

A veces, nos encontramos frente a coincidencias sorprendentes que, lejos de ser casualidades; en cuanto comenzamos a reflexionar en ellas, descubrimos que son, en realidad, causalidades.
Sin ir más lejos, en la noche del miércoles 27 de marzo pmo. pdo., buscando imágenes para ilustrar un artículo que estaba escribiendo, me topé con esta de la tapa de la revista Caras y Caretas correspondiente a su edición del 3 de diciembre de 1932, alusiva a Carlos Saavedra Lamas, un argentino notable quien fuera descendiente de Hernandarias, bisnieto de Cornelio Saavedra, nieto del gobernador de la provincia de Buenos Aires Mariano Saavedra, discípulo dilecto de Joaquín V. González, yerno del presidente Roque Sáenz Peña (estaba casado con Rosa “la Nena” Sáenz Peña González), ministro de Justicia e Instrucción Pública del presidente Victorino de la Plaza, ministro de Relaciones Exteriores del presidente Agustín P. Justo y primer Premio Nobel argentino y latinoamericano por sus contribuciones a la paz mundial a través de su Pacto Antibélico y su mediación entre Paraguay y Bolivia que puso fin a la guerra entre ambos países.
Normalmente, ocurre que encontrarme con algo que me despierta una evocación histórica, provoca en mí interés y las más de las veces júbilo; pero extrañamente, en esta oportunidad experimenté una sensación de inquietud, como de pesar, de amargura, sin saber a qué atribuirla. Entonces, me puse a cavilar sobre el asunto, a darle vueltas en el magín; hasta que mi memoria (siempre endeble, un mil veces maldito talón de Aquiles) dio al fin con el motivo: era por el destino de la medalla conferida (además del premio en efectivo, equivalente hoy a unos 900.000 dólares, según afirma esa plaga azote de la humanidad llamada los economistas) a Saavedra Lamas.
Sucedió que su hijo (un insano mental, psicótico y violento, misógino y misántropo, adicto a las armas, enjuiciado por la comisión de un doble homicidio por el que resultó, condenado y encarcelado), empeñó la medalla (de oro de 18 quilates) y a partir de eso, durante décadas se perdió el rastro de la misma. Hasta que hace diez años, justamente el 27 de marzo de 2014 (y de allí el porqué me sonaba la fecha y me provocaba una sensación de desasosiego), fue subastada en Baltimore, Estados Unidos, por 1.116.000 dólares, ante el desdén y la indiferencia de nuestro gobierno nacional, que no evidenció interés alguno en la cuestión, cual si se hubiese tratado de una distinción dada a un extranjero, en lugar de una obtenida por un compatriota, lo cual prestigió a nuestro país ante el mundo.
Digo, se me ocurre: ¿no será llegado el momento en que quienes somos peronistas (hoy dispersos, inermes, sin rumbo y acometidos por una especie de autocrítica histérica y febril llevada hasta el extremo de la autoflagelación constante, y pareciera que ya sólo nos falta inmolarnos a lo bonzo), nos dediquemos seriamente a evaluar las nefastas consecuencias del empeño puesto desde los 70 hasta el presente, en la construcción caprichosa y antojadiza de un relato histórico sesgado, infectado de mentiras, plagado de buenos y malos, con pretensiones de único que algunos de los nuestros han procurado imponer a como dé lugar?

-Juan Carlos Serqueiros-


jueves, 28 de marzo de 2024

A TI, TIEMPO











































A TI, TIEMPO
(Poema de Gabriela Borraccetti *)

A ti, tiempo
Te digo adiós
Te dejo atrás
Porque en esos cuentos
Que narran tu miedo
El de las arrugas
El de los pliegues de dolor
Al llegar la mitad de mi vida
En la mitad de un día…
Me sonrió la vida
Y me llamó el amor.

-Gabriela Borraccetti-

* Gabriela Borraccetti (n. 1965, Vicente López, Buenos Aires), es licenciada en Psicología por la Universidad Argentina John F. Kennedy. De extensa trayectoria profesional, ejerce como psicóloga clínica especializada en el diagnóstico y tratamiento de la angustia, el estrés, los temas de la sexualidad y los conflictos derivados de situaciones familiares, de pareja y laborales. Es, además; poetisa, cuentista, artista plástica y astróloga. Para contactar con ella por consulta o terapia, enviar e-Mail a licgabrielaborraccetti@gmail.como Whatsapp al +54 9 11 7629-9160.


martes, 26 de marzo de 2024

TENER... PARA SER "FELICES"












Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Mi sillón, una copa de vino y “El silencio de Beethoven", de Ernesto Cortázar, vuelven evocadora esta noche que tozuda, caprichosamente, se ha empeñado con encomio digno de mejor causa en traerme el recuerdo de mi rosarina infancia, allá en el barrio Nuestra Señora de la Guardia.
Barrio pobre y… bravo (digamos, siendo buenos), con calles de tierra, casas bajas (casi todas a medio terminar), zanjones, potreros, quintas, yuyales, baldíos... 
Jugábamos horas y más horas con un autito de plástico relleno con mucha masilla al que hacíamos correr en un "autódromo"… ¡excavado en la tierra! Barrilete de caña y papel de diario, pelota de trapo o (a lo sumo y con mucha suerte) una Pulpo, bolitas, payana, trompo, balero, figuritas, Billiken, fogata de San Juan, pescar ranas en la zanja y asar camotes en el campito... ¡Gloria de titanes!
Y hoy, niñitos con teléfono celular, notebook, play station, tablet, pizarra inteligente, videogame, robot... Y eso, cuando no unas Nike exigidas perentoriamente a un padre que, o se endeuda hasta el cogote para comprárselas fusilando la tarjeta de crédito en quisicientas cuotas o… sale a robar en procura de conseguirlas a como dé lugar.
No soy ni remotamente de los que sostienen que todo tiempo pasado fue mejor; al contrario. Tampoco se me ocurriría volver a los sitios en que uno fue feliz (o al menos, creyó serlo). En absoluto.
Pero no puedo evitar pensar en ¡qué felices éramos cuando no teníamos nada o casi nada!
Mejor, apuro el vino, me doy una ducha y me voy a dormir. Eso, sí, seguramente será mejor…

-Juan Carlos Serqueiros-


domingo, 24 de marzo de 2024

PACKARD































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

PACKARD
(Carlos de la Púa)

Era una mina bien, era un gran coche,
Era un Packard placero, era una alhaja;
Auto que sólo trabajó de noche,
Llevando siempre la bandera baja.
Pero… un día la droga la hizo suya
Y en vez de cargar nafta; echó morfina,
Y cerrando el escape por la buya,
Se fajaba debute en cada esquina…
Ayer la vi pasar… iba dopada
Y me sentí yo, curda, un santo Asís;
Al ver que de su pinta abacanada,
Pinta que fuera de auto de parada,
Sólo queda, cual resto de chocada,
Con los cuatro fierritos del “chassís”.


Carlos de la Púa —Carlos Raúl Muñoz y Pérez (n. La Plata, 14.01.1898 - m. Buenos Aires, 09.05.1950) en el documento de identidad—, también conocido como Carlos Raúl Muñoz del Solar o El Malevo Muñoz, fue un periodista y poeta que nos dejó en su libro La crencha engrasada (ed. 1928) viñetas crudelísimas del Buenos Aires de las primeras décadas del siglo XX.



En este poema "Packard", el ambiente de marginalidad que en él describe, cambia de segmento social. Ya no se trata de inmigrantes esforzados y honestos que tienen hijos ladrones y asesinos e hijas putas como los que pinta en "Los bueyes", ni de un ex pesado que vuelve de una condena a veinte años de prisión en la tenebrosa cárcel de Ushuaia como el que retrata en "El Vago Amargura", ni de un buchón como el que muestra en "Batidor"; sino de una "niña" de alcurnia, de la high society porteña (“era una mina bien”, dice), que se desplaza en un automóvil glamoroso, de altísima gama: un Packard, nada menos…


En semejante auto, obviamente, esta buena señorita no llevaba a cualquiera, no, ni ahí; ella alternaba sólo con gente de su mismo status social, y por eso Carlos de la Púa asimila al lujoso Packard con un taxi al que no puede accederse, ya que está siempre con la bandera baja.
Pero... un buen —o mejor dicho (dadas las consecuencias); mal— día, la chica esta se “equivoca”, y en vez de cargarle nafta al coche; opta por zamparse una dosis de morfina (un derivado del opio que si se lo refina aún más; después da la heroína, que era la droga habitualmente usada —probablemente por afán de imitar a la aristocracia inglesa— en las clases altas de la sociedad porteña del último decenio del siglo XIX y los tres primeros del XX.
Por supuesto, el abuso que la damisela hace del consumo de esa substancia (“se fajaba debute en cada esquina”), provoca estragos en ella y deriva en que, paralelamente; el ostentoso Packard fuera deteriorándose irremisiblemente al igual que su dueña.


Lo cual motiva que el hablante lírico de la poesía los contemple a ambos en su decadencia ya a esa altura irreversible: al auto hecho pelota ("con los cuatro fierritos del chassís"), y a la chica convertida en un escracho, flaca y consumida; y experimente él, que es un alcohólico (“y me sentí yo, curda”), la sensación de ser infinitamente más sano y bueno ("un santo Asís") que la mina, que está en las últimas, descangayada por la falopa.
En fin, dijo Serafín…

-Juan Carlos Serqueiros-



jueves, 21 de marzo de 2024

EN EL DIVÁN: PENSAMIENTOS QUE NACEN DESPUÉS DE UNA SESIÓN Y ANTES DE LA SIGUIENTE





















Escribe: Gabriela Borraccetti (*)

Una mujer comenzó a hacer terapia años después de una separación. Cuando inició el tratamiento, ella no sabía si su tristeza era arrepentimiento, si había hecho mal, si al fin de cuentas no hubiese sido mejor seguir… “Al final... no todo era tan malo y "yo soy una Susanita", decía. Sin embargo, ya llevaba muchos años hundida en dudas, y hasta para ella misma era imposible darse una respuesta coherente: “¿Por qué no salgo de esto? ¿Aún lo amo? ¿Y si me equivoqué? ¿Y si acerté? Pero... ¿a dónde voy? ¿Y cómo se sale? No puedo, no sé... ¿o no quiero? ¿No me animo?”.
Ella llegó a terapia por un artículo mío que leyó, y entonces tomó la decisión de enfrentar la respuesta. Tiempo después de escarbar, con subidas y bajadas, con el dolor con que la consciencia desanda los años, escribió esta reflexión que hoy, quizá te identifique en algún punto:
Dicen que la palabra libera. Eso espero con esto. Se están cayendo tantos esquemas, tantos arquetipos de la vida ideal, de lo que suponía que debía ser...
Escuché, días pasados, una frase que me pegó fuerte: "Veinticinco años de matrimonio y una separación, no es fracaso; son veinticinco años de éxito". Y con eso me voy a quedar.
Ahora, a partir de eso, tengo mucho que analizar. Que no sos, como lo fuiste en un principio, el hacedor de este quiebre, que la responsabilidad fue tanto mía como tuya. Que me dormí en el calor del hogar y la familia, que si bien quise ser (y lo intenté por todos los medios) una amante casi perfecta; era sólo para hacerte feliz a vos. Había muchas cosas en las que no quería transar y jugaba a que lo hacía. Como así también, asumo la responsabilidad de las cosas que te indilgaba a vos y que en el fondo, eran deseos míos.
Que fuiste alguien MUY importante en mi vida, no caben dudas. Fuiste el maestro que vino a enfrentarme con mis propios fantasmas. No porque LO SEAS, sino porque a través de vos pude vivenciar aquellas partes mías que no quería ver, pues no eran políticamente correctas.
Con todo esto hubo un problema en el que vos nada tenés que ver: te entregué mi sol, mi brillo, mi SER. Porque todo era por y para vos, pero no de buena, sino porque era de esa forma que yo brillaba: a través tuyo.
Tan así era, que cuando nos separamos no sólo perdí mi pareja; me perdí a mí misma, porque vos eras yo, tus logros eran los míos, tu felicidad era la mía, tu bienestar era el mío... ¡HORROR!
Yo a eso le daba el nombre de AMOR. Ahora creo que nunca lo fue, o al menos; no el tipo de amor que me gustaría vivir hoy. Tampoco sé todavía lo que quiero, pero al menos; ya tengo claro lo que no quiero.
Sé de todas las culpas que te echaba a vos por no animarme a hacer cosas, cuando hoy sé que soy la única responsable de eso. EN ESE SENTIDO no eras vos; era yo la que no se animaba y sigo sin animarse. Estoy trabajando en eso, pero a veces mi dualidad mental me engaña, mis diálogos internos me confunden y entre el coraje y el miedo, el miedo es el vencedor.
Poco a poco me voy conociendo. A veces, amo a esta mujer que va apareciendo (tímidamente, con mucho miedo, mirándose y no sabiendo si es o no es), pero de algo estoy segura: que no es como pensaba hace ya siete años cuando nos separamos: una pérdida de años, por el contrario; hoy que soy capaz de ver un poquito (y sólo un poquito) más allá el tiempo mejor invertido, porque gracias a él hoy puedo ir metiéndome más adentro y verme un poco más fresca sin tanta careta, sin tantos: "¿Yo? No.... yo no soy así"; y hoy, creo que no hay nadie a quien conozca menos que a mí misma.
Hasta aquí habló la paciente (cuya identidad obviamente no puedo revelar por el secreto profesional y la protección de un ámbito que es muy privado y sagrado, perteneciente a aquel que empieza a conocerse a sí mismo).
No obstante, sé que por ahí hay muchas personas con preguntas, miedos, y dudas similares, y quién te dice…de pronto esto que narré quizá te lleve por el camino que necesitas tomar: hacia ti y hacia adelante.

Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica
M. P. 16814

* Gabriela Borraccetti (n. 1965, Vicente López, Buenos Aires), es licenciada en Psicología por la Universidad Argentina John F. Kennedy. De extensa trayectoria profesional, ejerce como psicóloga clínica especializada en el diagnóstico y tratamiento de la angustia, el estrés, los temas de la sexualidad y los conflictos derivados de situaciones familiares, de pareja y laborales. Es, además; poetisa, cuentista, artista plástica y astróloga. Para contactar con ella por consulta o terapia, enviar e-Mail a licgabrielaborraccetti@gmail.com o Whatsapp al +54 9 11 7629-9160.