En todas las conversaciones que se convierten en discusión, existen puntos de vista radicalmente diferentes, formas de pensar total o parcialmente distintas, y una lente absolutamente particular a través de la cual se analiza el tema; puesto que cada quien parte de una tabla de valores, aspiraciones, creencias y postulados, que jamás puede igualarse de una persona a otra.
No obstante, y bajo formas bastante comunes de reconocer; los integrantes de la saga luchan y se debaten por imponer su punto de vista al interlocutor, como si se tratara de "convertir" al catolicismo a un judío o viceversa, o de cambiarle la camiseta del cuadro de fútbol al fanático del equipo opuesto. Imposible.
Aún así, todos hemos participado de tales escenas, y aunque no lo queramos reconocer, nos hemos comportado como fundamentalistas, fanáticos, y tiranos, a la hora de respetar a quien opina en forma diferente a nosotros. En no pocas veces, la charla pasa a ser una confrontación, y de confrontación pasa a ser una guerra en donde los "estás loca/o?!", "te sentís mal?", "¿tenés un mal día?"; son formas de comenzar con el pie izquierdo en el debate; puesto que pareciera que lo que al final importa, es que el otro "piense como yo" o declarar inválido al contrincante como si eso se tratara de una "lucha" en un ring de boxeo. No son pocos los que luego de argumentar una y mil veces; salen de una conversación sin haber captado en absoluto qué es lo que el otro le quiso decir. Además (y como si lo anterior fuera poco); abandonan la "pelea" diciendo que no les gusta pelear, y culpando al otro de su modo de reaccionar.
En la mayoría de los casos, pareciera que cada uno se ensaña contra la posición de aquel a quien pasa a tratar como "adversario", y gracias a la ceguera absoluta que se enciende por la bronca, se deja de advertir, ya sea la perspectiva, o todo punto de acuerdo que pueda existir entre las posiciones.
A partir de allí, es como si el desacuerdo, para ser tal, debiera consistir en estar en la vereda de enfrente, viendo al otro como un ser totalmente equivocado y sin poder otorgarle algo más que un "adjetivo" que lo encasilla y lo encierra en la sin-razón.
En este tipo de intercambio, no queda nada que conciliar; pero quizá una imagen pueda decir más que mil palabras. Y tal vez debamos recordarla a la hora de los enfrentamientos.
Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica
M. N. 16814

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