domingo, 27 de noviembre de 2011

JUAN MOREIRA, UNA NECESARIEDAD HISTÓRICA

 
























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Si hemos de atenernos a la escasa documentación encontrada y disponible, el Juan Moreira de carne y hueso muy poco o nada tuvo que ver con el que se nos pinta en la novela epónima de Eduardo Gutiérrez.
En efecto, nos encontraremos, según esos elementos, con un bandido rural de siniestra fama, que cometió una serie de asesinatos por distintos móviles y que fue abatido por las fuerzas del orden el 30 de abril de 1874, en una casa de lenocinio llamada La Estrella, situada en Lobos, provincia de Buenos Aires, donde hoy por hoy se alza un sanatorio (¿será acaso una ironía del destino?).





Los amarillentos papeles y la sola fotografía que de él se conserva -e incluso sobre la autenticidad de ésta existen dudas; pues los hay quienes afirman que se trata de una foto que fue amañada a partir de una de su hijo, Valerio, quien (supuestamente y según su madre) conservaría un gran parecido con su padre- nos presentan a un hombre de estatura regular, alto (¿en qué quedamos, era de "estatura regular", es decir, promedio; o era "alto"? en fin…), grueso, de tez blanca, cabellos castaños (según consignan algunos funcionarios; pelirrojo escriben otros), hoyoso de viruelas, de a caballo y vago y mal entretenido.




¡Si hasta Enrique Cadícamo, en su novela (o crónica novelada, como él mismo la denominó) Café de camareras, no resistió la tentación de buscar al Moreira “real”, y lo describe como un corpulento pelirrojo que deja una carreta con su cargamento en un corralón porteño!
La discrepancia con la condición de bandido, vago y mal entretenido que se le endilga a Moreira, proviene de un solo elemento de la heurística: un reportaje a su compañero de andanzas, Julián Andrade, que en un suplemento especial a la edición del 4 de abril de 1923, publicó el diario tandilense Nueva Era (periódico ese que además; insertó en su obituario la noticia del fallecimiento de Andrade el 10 de agosto de 1928). En aquella nota que le hicieran, éste negó clara e inequívocamente que Moreira haya sido un "facineroso" y lo reputó como un "hombre de juicio que defendió al desvalido" (sic).



Pero resulta ocioso rastrear en la noche de los tiempos la laya fiel de aquel hombre (Georgie Borges dixit); porque de nada sirve saber si su compañera, la Vicenta, se llamaba Andrea "Vicenta" Santillán y vivió hasta bien entrado el siglo XX en un conventillo porteño. Tampoco conocer que tuvieron tres hijos: el citado Valerio (el mayor, que durante algún tiempo usó el apellido "Morales"); otro que murió de viruela a poco de nacer; y Juanita, criada por las Hermanas de la Caridad, que nunca más tomó contacto con su madre y hermano. Así como de nada sirve, tampoco; saber que el sargento Chirino vivió cerca de cien años o quizá más, y que reporteado por la revista Caras y Caretas en su edición número 235 del 4 de abril de 1903, contó, con lujo de detalles, la muerte de Moreira y la pérdida de cuatro dedos de su mano izquierda y de un ojo en aquellas circunstancias.


Nada importa el Moreira “real”, porque el verdaderamente REAL es el del mito. Sí, sí; leyó bien: el real es el del mito.
Y creo que hay una necesariedad histórica para que así sea: obligatoriamente debió de existir un Juan Moreira enfrentado a un statu quo injusto y perverso como el que se estableció a sangre y fuego en nuestro país con posterioridad a Caseros y Pavón. JUAN MOREIRA (así, todo en mayúsculas, de modo de distinguirlo en adelante del mal llamado real) existió... simplemente porque no pudo no existir.
Caseros y su complementaria Pavón, fueron batallas que representaron el inicio de un orden dirigido a suplantar la barbarie por la civilización, lo cual presuponía también la extinción del gaucho, que de allí en más sólo serviría para mandarlo a la inicua guerra de la cuádruple infamia, a los fortines de “frontera con los indios”, o, cuanto más; para usarlo de carne de comité, tal como hicieron Alsina y Mitre con Moreira.
Hubo un JUAN MOREIRA simplemente porque hubieron unos Sarmiento, Mitre y Alsina. Y si pudiéramos quitar de nuestra historia a los últimos; entonces la existencia del primero sería tan efímera como una pompa de jabón.
JUAN MOREIRA pervive, porque está en cada uno de los que no se resignan a ser chicharrón, en cada uno de los que se rebelan ante la injusticia.

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS

Diario Nueva Era. Ediciones de fechas 04.04.1923 (Suplemento Especial) y 10.10.1928.
Gutiérrez, Eduardo. Juan MoreiraN. Tommasi & Cª. Editores, Buenos Aires, 1888.
Revista Caras y Caretas. Edición n° 235, 04.04.1903, ps. 37 a 40.

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