domingo, 8 de enero de 2012

BENITO DE LUÉ Y RIEGA






















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

El obispo Benito de Lué y Riega ha tenido históricamente "mala prensa" entre nosotros los argentinos, lo cual no es de extrañar, habida cuenta del juramento de fidelidad que prestó al rey de Inglaterra, Jorge III, en la Primera Invasión Inglesa, y, fundamentalmente; por la postura que asumió en el cabildo abierto del 22 de Mayo de 1810.
Ante todo, entiendo pertinente aclarar que no persigo el propósito de exaltar ni denostar la figura histórica del obispo Lué, ni el de sumarme a la larguísima fila de sus detractores ni a la muy corta de sus panegiristas, ni el de convertirme en su exégeta. Simplemente me anima el convencimiento de que quienes nos dedicamos a estudiar y narrar el pasado, ya sea profesionalmente o como vulgares amateurs (como este servidor), tenemos la obligación insoslayable de buscar siempre la verdad histórica, por más antipática que la misma pueda resultarnos. 
Por otra parte, en el caso particular del análisis de Lué, estoy insospechado de ser tendiente a morigerar la relación de los errores y faltas que haya cometido, a la hora de evaluar su obra influenciado por su condición clerical; ya que no soy hombre de fe dado mi agnosticismo. 
Estipulado todo eso, veamos: ¿quién y cómo era este hombre?
Nacido en Asturias el 12 de marzo de 1753, en su adolescencia había ingresado al ejército español, llegando en su carrera militar al grado de mayor (ergo, el hombre no era ningún pusilánime; era una persona de coraje y habituada a la disciplina castrense). Al morir su esposa, Lué abandonó la milicia y llegó a doctorarse en Teología en la Universidad de Ávila. En 1801, el rey de España, Carlos IV (sí, ese mismo, el que cuando en 1804 recibió el envío que le hacía desde Buenos Aires el padre Torres, prior de los dominicos, de los fósiles de un megaterio que había hallado en Luján; le pidió al cura que por favor le enviara “un ejemplar vivo”), entendió que para reemplazar al anterior obispo de Buenos Aires, monseñor Azamor, fallecido en 1796 (el rey se tomaba algún tiempito: ¡cinco años para cubrir las vacancias!), se necesitaba un eclesiástico valiente y decidido; y en ese orden de ideas (suponiendo que Carlos IV fuera capaz de tener eso que llamamos ideas), haciendo uso del patronato, propuso a Benito de Lué y Riega, que sería confirmado por el papa Pío VII.
Lué fue un muy buen obispo, concienzudo y puntilloso: ni bien arribado a su diócesis (que abarcaba Buenos Aires, Córdoba, Entre Ríos, las Misiones, la Banda Oriental y todo el resto del territorio hasta las Malvinas inclusive), se dedicó a recorrerla en toda la extensión que pudo (lo cual no se hacía desde 1779). Creó numerosos curatos, puso en vigencia un sistema ideado por él mismo, de permanente capacitación y actualización para todos los curas regulares y seculares, con obligación de asistencia y tomas de examen incluidas; auditó los libros parroquiales (en los cuales, dicho sea de paso, encontró muchas anomalías). La prolongada visita pastoral de Lué nos indica a las claras cuán hondamente arraigado tenía el compromiso con los deberes que su posición le imponían, máxime considerando que a su llegada a Buenos Aires ya era un hombre de 53 años, que debía desplazarse por una enorme geografía, con caminos en pésimo estado y medios de transporte aún peores. Pero el obispo tenía un problema: su carácter turbulento, hosco, agrio, a menudo altanero y despótico, que lo llevó a chocar frecuentemente con los sacerdotes que estaban bajo su jurisdicción, con el cabildo de Buenos Aires, con el tribunal del Santo Oficio y hasta con el cabildo eclesiástico.
Justo es considerar también que, además de los defectos de carácter de Lué; el prolongado lapso transcurrido entre la última visita pastoral de un obispo (que había sido, como escribí más arriba, en 1779), originó una serie de usos y costumbres por parte de los sacerdotes regulares respecto de sus feligresías, lo cual obviamente, colisionaba con la férrea autoridad que Lué se empeñaba en ejercer. Y había también una larga lista de quejas por lo exageradamente oneroso de los gastos producidos por las visitas del obispo, que llegaba a cada parroquia con la pompa y la numerosa comitiva que él consideraba inherentes a su investidura. Por ejemplo: el síndico procurador del cabildo de Montevideo, se quejó al rey por las exigencias de Lué a los curas para que le proporcionasen caballos, peones y esclavos; y el comisario del Santo Oficio en Buenos Aires, Fabián de Aldao, escribió: "Ha hecho diabluras en su visita. Es el más desaforado loco que nos ha venido del otro lado de los mares”.
Lué tenía propensión a pelearse con todo el mundo: con el archidiácono Andrés Ramírez, con el rector de la Universidad de Buenos Aires, sacerdote Antonio Saénz, etc.
Sin embargo, y pese a su carácter terrible; Lué era un hombre íntegro, honesto a carta cabal y que sabía ser llano, cortés y amable con las gentes del pueblo. Al hacer su semblanza, el padre Guillermo Furlong dice: “Había dureza, había hosquedad, había hasta irascibilidad; pero también había bajo esa triple e hirsuta capa, modestia, nobleza, generosidad y sacrificio. Si un contemporáneo dijo de él que era de carácter amargo, duro e irregular; otro escribió que era hombre, sencillo, sincero y austero. En nada fallaba el sacerdote y el obispo, y ni en el uno ni en el otro se hallará mácula o arruga; pero fallaba el hombre”.
Se lo ha vapuleado mucho a Lué con el asunto de su juramento de fidelidad al rey de Inglaterra Jorge III en ocasión de producirse en 1806 la Primera Invasión Inglesa. En efecto, eso ocurrió y es verdad, pero no toda la verdad. Y se miente no sólo cuando se oculta la misma; sino también cuando se la dice a medias, induciendo a engaños e interpretaciones erróneas. 
Lo que ocurrió en realidad, fue que el 4 de julio de 1806 Beresford ordenó al Cabildo que citara para el 7, en el Fuerte, a todas las autoridades civiles, militares y eclesiásticas para que prestaran juramento de fidelidad a la corona británica. El día 6 de ese mes, Lué solicitó y obtuvo una entrevista con Beresford en la cual, con finísima diplomacia e inigualable astucia, convenció al inglés de que las normas de la iglesia católica les impedían a los religiosos tomar las armas, y que en razón de ello, exigirle al clero secular y regular un juramento en tal sentido, era ocioso e impolítico. Beresford cayó en las redes de Lué y creyó en sus palabras. Pero la inteligente y oportuna actitud del obispo frente al invasor no terminó allí: luego de eso, con firmeza de carácter, se negó al requerimiento de Beresford, quien lo instaba a amenazar a sus feligreses con la excomunión en caso de que accionaran militarmente contra el ejército inglés (por esos días, el pirata ya estaba anoticiado de los trabajos que preparaba Liniers para la reconquista). 
Los insospechables informes de los fiscales Caspe y Villota consignan, refiriéndose a la acción de Lué: “…la suya fue una resistencia heroica, que no tuvieron otros… fue un mediador eficaz ante el gobernador inglés a favor del pueblo”. Más aún, fue la decisiva intervención de Lué la que posibilitó la salvación de un cadete criollo condenado a muerte por un tribunal militar, por haber ayudado a desertar a un artillero inglés, Michel Skennon, que se había pasado a las tropas de Liniers. Y no conforme con haber salvado al cadete, Lué asistió espiritualmente a Skennon en sus últimos momentos, administrándole los sacramentos. Avisado Lué de que la soldadesca inglesa solía incurrir en irrespetos con los sacerdotes católicos en circunstancias como esa, lejos de amilanarse; decidió enfrentarlos en persona, asumiendo una actitud desafiante: salió de su residencia con toda la pompa de un obispo, y a su paso, los soldados ingleses le presentaron armas en señal de consideración. 
Y por si no bastara con todo lo previamente enunciado; transcribo a continuación el oficio cursado por el mismísimo Liniers a la Real Audiencia: “Dudo Señor Excelentísimo, que de cuantos obispos existen en América, haya uno más benemérito que el que ocupa la silla de Buenos Aires, el ilustrísimo señor don Benito Lué y Riega. Hallándose en la triste invasión de los ingleses, observó en estas críticas circunstancias una conducta llena de energía, de prudencia y de caridad, la que le atrajo la mayor consideración e influencia sobre el general inglés, y por ella se logró precaver varios daños a que este infeliz pueblo se hubiera visto expuesto”.
El otro gran cargo que pesa sobre la figura histórica de Lué es su oposición a la Revolución de Mayo, fundamentalmente a raíz de su poco feliz participación en el cabildo abierto del 22. No se conocen con exactitud las palabras que en esa ocasión pronunció, ya que no se llevó registro escrito de cada uno de los discursos, no obstante lo cual; tanto Saavedra en sus Memorias, como Francisco Saguí en su obra Los últimos cuatro años de la dominación española en el antiguo Virreynato del Río de la Plata, desde 26 de junio de 1806 hasta 25 de mayo de 1810. Memoria histórica familiar, y Vicente Fidel López en su Historia argentina (escrita a partir de los testimonios que le transmitió su padre, Vicente López y Planes); son coincidentes en que expresó la opinión de que mientras existiera un solo español, ése debía ser quien gobernara a América, y que solamente desaparecido hasta el último español peninsular, podría recaer la soberanía en los americanos. 
Lo de Lué era la puesta en palabras corrientes del centralismo borbónico, al cual por supuesto, dada su condición de jerarca eclesiástico, adhería sin reservas. Fue desafortunada e inoportuna su intervención, en la que seguramente incurrió llevado por su ultramontanismo y su altanería y sin tomar en cuenta que a raíz de los sucesos en España, se había abandonado de hecho la doctrina del centralismo borbónico al establecer la Junta de Sevilla la igualdad entre españoles europeos y americanos y convocar a estos últimos para que designen diputados. 
Le fue fácil a un orador hábil como Castelli rebatirlo de inmediato; pero Lué, impelido por su mal carácter, le respondió desabridamente que no había concurrido a debatir, sino a dar una opinión que le habían pedido. Eso explica perfectamente la supuesta gaffe de Lué, ya que no se trataba de una pifiada (impensable en un erudito, hombre de vasta cultura y perfectamente al tanto de todas las novedades como lo era el obispo), sino que por lo contrario; era su íntimo convencimiento. Y lo mantuvo votando por la continuidad del virrey Cisneros.
Sin embargo, producido lo del 25 de Mayo, al día siguiente Lué prestó juramento de fidelidad a la Junta, y el 30 ofició una misa de acción de gracias por la instalación del nuevo gobierno. Al mes siguiente, solicitó autorización a la Junta para efectuar una visita pastoral a la Banda Oriental; pero el permiso le fue denegado, por suponer el gobierno que el prelado quería en realidad huir de Buenos Aires para pasar a Montevideo a unirse con los realistas (lo cual era posible que fuese el caso, y si no lo era; entonces por lo menos debe convenirse en que muy inoportuna resultaba su petición de dirigirse justamente a la Banda Oriental, que era un foco realista; podría haber elegido otro destino y quizá entonces, las prevenciones de la Junta se hubiesen atenuado). Simultáneamente, se le prohibió decir misa; pero, extraño (o no, según como se mire) se lo mantuvo en su jerarquía eclesiástica.
A partir de allí, el obispo no dio ningún motivo para que las autoridades sospechasen de él; sino todo lo contrario. 
El Primer Triunvirato lo "desterró" a San Fernando. La proximidad a Buenos Aires del sitio elegido para tal "destierro", me lleva a pensar que la persecución a Lué debe haberse originado en la malquerencia personal de alguno de los triunviros, de los secretarios o de alguien influyente ante ellos (tenía una larguísima lista de enemigos), más que a su "peligrosidad política"; ya que si Lué fuera tan de cuidado como lo sindicaban, lo hubieran desterrado en serio, a un lugar bien alejado, o lo hubiesen deportado a España. Por otra parte, el Triunvirato recurrió a Lué como mediador ante los patricios sublevados en lo que se conoce como “motín de las trenzas”. Asimismo, lo convocó a participar de una asamblea de juristas y teólogos, reunida para decidir la restitución o no del obispo de Córdoba, Orellana, quien había conspirado junto con Liniers y otros contra la Primera Junta, y a quien por su investidura religiosa se le había conmutado su condena a muerte.
Al obispo Lué se lo encontró fallecido en su cama en la mañana del 22 de marzo de 1812, después de una opípara cena que se había celebrado la noche anterior con motivo del festejo de su onomástico (21 de marzo, día de San Benito) y de su cumpleaños número 59, que había sido días antes, el 12. Lo repentino de su muerte, y ciertos rumores que se esparcieron respecto de una supuesta participación suya en un complot contra el Triunvirato; llevaron a atribuirla a un envenenamiento. Se dice también que la cena fue organizada por los enemigos más acérrimos del obispo y hasta se sindica como ejecutor del asesinato al archidiácono de la catedral, Andrés Ramírez, quien habría actuado por instrucciones del Triunvirato.
Particularmente, creo que la muerte de Lué fue por causas naturales, originada en una indigestión o intoxicación, y que lo del envenenamiento es nada más que una fabulación de las que tanto abundan en nuestra historia. Me inclino a pensar así, porque no se explica cómo una persona con el carácter áspero que se le atribuía a Lué, se aviniera a celebrar su cumpleaños tan luego en compañía de sus más enconados enemigos, ¿por qué habría de hacer tal cosa? Además, el Primer Triunvirato no se distinguió precisamente por la sutileza de sus métodos al ejecutar a alguien, y si no, ahí están, como macabras pruebas, los condenados a muerte en el llamado “motín de las trenzas”, y también Álzaga y los que participaron en su complot, ¿por qué, entonces, iba a andar urdiendo toda una farsa de homenaje dispendioso y encargando a un archidiácono el asesinato de un prelado? 
Subiste aún la polémica con respecto a Lué, relacionada con la fundación de Esquina (provincia de Corrientes). En efecto, siempre se consideró que el fundador había sido el obispo, lo cual por supuesto fue y es rechazado por la mayoría de los esquinenses (quienes no quieren saber nada con que su fundador fuera un opositor a la Revolución de Mayo) bajo el argumento de que ya existía un villorrio en Esquina cuando llegó Lué (lo cual es estrictamente cierto, y además; en 1782 ya había allí una posta, a partir de la cual se extendió el asentamiento). Finalmente, en 1990 se oficializó que la fundación se había producido el 10 de febrero de 1806 (fecha de la creación del curato de Santa Rita de la Esquina por parte del obispo Lué), reconociéndose como "precursor de la fundación" (?) a Benito Lamela (que fue quien donó las tierras del pueblo y costeó de su peculio la construcción de la primera capilla en 1799). De ese modo, y apelando a perífrasis y sin mencionar a Lué en el texto de la ordenanza, los concejales esquinenses por ese año lograron compatibilizar (antojadizamente y traído por los pelos) lo que supusieron (equivocadamente, porque Santa Rita de la Esquina del río Corriente no se fundó a partir del establecimiento del curato por parte de Lué, sino que ese fue uno más de los tantos actos administrativos y organizacionales de su diócesis que produjo, porque un obispo es una autoridad eclesiástica; no civil o militar como para andar fundando ciudades) la verdad histórica, con su tirria hacia  quien creyeron fundador de su ciudad, sin que lo haya sido.
Manipular la historia, que le dicen, y encima; "guiados" por el desconocimiento de la misma. Tuvieron miedo de que efectivamente fuera Lué el fundador, y por eso terminaron quitándole el mérito a quien en estricta justicia debió haberse considerado como tal: Benito Lamela; otorgándole en cambio a éste un engañoso título de "precursor". Si yo fuese descendiente de aquel hombre, ya les habría arreado una buena chicoteada por politicastros imbéciles, ignorantes y mentirosos.
En fin...

-Juan Carlos Serqueiros-
___________________________________________________________________

REFERENCIAS

Actas del Cabildo de Buenos Aires, 1810. Biblioteca Nacional, Biblioteca Digital Trapalanda.
Furlong, Guillermo, La Revolución de Mayo: los sucesos, los hombres, las ideas. Club de Lectores, Buenos Aires, 1960.
Guillespie, Alexander: Buenos Aires y el interior. Observaciones reunidas durante una larga residencia, 1806-1807. Editorial El Elefante Blanco, Buenos Aires, 2000.
López, Vicente Fidel. Historia de la República Argentina t. III. Librería La Facultad, de Juan Roldán, Buenos Aires, 1911. 
Rosa, José María: Historia argentina, t2. Editor Juan C. Granda en Talleres Gráficos de Sebastián de Amorrortu e Hijos S. A., Buenos Aires, 1965.
Scenna, Miguel Angel: El caso del obispo envenenado, en revista Todo es Historia edición N° 32, Buenos Aires, diciembre de 1969.

1 comentario: