sábado, 28 de abril de 2012

BOLAS DE FRAILE





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Son algunas de unas cuantas cuartetas más
que de tanto en tanto me aparecen
recordando a aquellos hombres
que hicieron
la época anterior a la que yo vivo...
Y que por suerte, conocí a alguno de ellos.

(José Larralde)

Algunos "dueños de la historia" procuraron mancillar la figura del más relevante de los secretarios de Artigas: fray José Benito Monterroso. 
Al resultarles imposible a los falsarios mantener sobre su memoria la tacha de "bárbaro", por tratarse de un hombre cultísimo y sabio; tuvieron que recurrir a "métodos más expeditivos", como la calumnia y la diatriba: lo tildaron de "apóstata" y "libertino". 

De todos modos y a pesar de no ser sostenible la patraña, no se privaron de hacerla. Veamos, por ejemplo, lo que escribió acerca de él José María Ramos Mejía, autor de La neurosis de los hombres célebres de la historia argentina y "a locura en la historia, quien desde el pedestal en que se veía a sí mismo situado: su condición de psiquiatra, se creía con derecho, como historiador, a tildar de neurótico y loco a todo personaje histórico con cuyo ideario él no comulgara ¿Que Ramos Mejía no hubiera tratado como pacientes a esos personajes a los cuales "asesinaba"? ¿Qué importancia tenía? Eso no revestía interés; la cuestión, el objetivo, era simplemente "miente, miente que algo quedará". Escribió Ramos Mejía: "En el padre Monterroso... se resumen los rasgos salientes (semianalfabeto, borracho, demagogo) del 'intelectual orgánico' de la barbarie". O sea, en la misma afirmación de la mentira afrentosa, está implícito y hasta explícito el reconocimiento de lo que es mendacidad: Ramos Mejía sabía que Monterroso era hombre de cultura extraordinaria, porque afirmar que nada menos que un catedrático en teología y filosofía era "seminalfabeto", es lisa y llanamente perverso; pero su odio y su sectarismo pudieron más, y entonces, inmerso en la rabia de su impotencia para descalificarlo; lo apostrofó con saña feroz: "semianalfabeto", "borracho", "demagogo".
En fin, el cinismo en su expresión más cruda y deplorable.

El que desde su principio no amó la virtud, es imposible que la siga ya, encenagado en los vicios.
(Fray José Benito Monterroso)

José Benito Silverio Monterroso nació en Montevideo el 20 de junio de 1780, cursando allí sus primeros estudios; para marchar después a Buenos Aires, donde muy luego de ingresar a la Orden de los Franciscanos, se ordenó sacerdote. En 1803, debido a la brillantez que evidenciaba y al vuelo de su intelecto, fue designado para la cátedra de Filosofía en la Universidad de Córdoba; y luego ocuparía también la de Teología. 
En esa ciudad quedaría hasta 1814 -el coronel Ramón de Cázeres le asigna "un memorion asombroso, había estado en el Peru (se refiere a la Expedición al Alto Perú) cuando subió Castelli"-, en que fue a reunirse con el Jefe de los Orientales y a incorporarse al artiguismo, ya sea por iniciativa propia o que lo haya requerido Artigas (dicho sea de paso, Monterroso era primo de Artigas, también estaba emparentado con Barreiro y con Otorgués, y su hermana, Ana Micaela, fue la esposa de Lavalleja). A fines de ese año, Artigas envió a Barreiro a una misión diplomática, pasando en consecuencia Monterroso a desempeñar funciones como secretario de aquél. 
Y estimo pertinente hacer aquí una aclaración: con lo de "secretario" no me estoy refiriendo a un escribiente, a un mero caligrafista que volcaba al papel el dictado de Artigas, no, Monterroso no fue eso en modo alguno; sino que fue secretario en toda la implicancia del término, es decir, una especie de ministro. 
Pero además, fue el consejero espiritual de Artigas, su confidente y su amigo leal y consecuente. Fue él quien casó en Purificación a Artigas con Melchora Cuenca (ver mi artículo en este ENLACE), aún sabiendo que el Protector estaba ya casado con Rosalía Rafaela Villagrán, y para atreverse a eso un sacerdote por esa época, necesitaba ser un hombre con los atributos que hay que tener para ello, ¿no? Lo digo sin ambages: las bolas de fraile (y no me refiero a las facturas, precisamente), éste las tenía bien puestas. Imagínese esa situación en 1815... ¿usted cree, estimado lector, que habrían muchos como fray Monterroso, que se animaran a lo que él se animó? Ni pensarlo.
Fue Monterroso también, quien tuvo activísima participación en el Reglamento de Tierras de 1815, que conjugaba las virtudes de la justicia social, promover el desarrollo económico de la Banda Oriental, proveer a la seguridad de sus habitantes y propender a la cohesión de su pueblo. En fin, citar pormenorizadamente la obra llevada adelante por Monterroso, sería cuestión de un libro entero.
Hay versiones que sostienen que en Purificación convivió con una mujer, (a la cual mencionan simplemente como la Clarita), versiones estas de las cuales por supuesto, como era de esperarse, hicieron "buen uso" algunos historiadores para denostarlo. 
No hay, más allá de las transmisiones orales, prueba alguna de ello, no obstante; es posible que así haya sido. ¿Y qué habría en eso de pecaminoso, lujurioso, escandaloso y atroz? ¿Puede acaso considerarse lógico y natural el celibato que el ancestral oscurantismo de la iglesia católica impone a sus sacerdotes? ¿Qué tendría de extraño que en el marco de una revolución un fraile que, como consigné precedentemente, las tenía bien puestas y que se atrevió a casar a Artigas cuando éste ya estaba casado anteriomente con otra mujer; no se detuviera en una prohibición absurda y antinatural a la hora de amar él mismo a una? El coronel Ramón de Cázeres, consultado (en nombre y a pedido de Mitre) por Carlos Calvo, contará a éste que "allí (se refiere a la batalla de Rincón de Avalos, en Corrientes) calló (por cayó) la Juliana una hembra que tenía Artigas, y la Clarita q.e era de Monterroso".
Reitero: hay versiones, pero no pruebas efectivas de que Monterroso haya desobedecido la prescipción del celibato; aunque si fuese por mí, deseo con toda mi alma que así lo haya hecho.
Al producirse, luego de la batalla de Cepeda y la firma del Tratado del Pilar, el enfrentamiento de Francisco Pancho Ramírez con Artigas, Monterroso cayó prisionero de aquél en la citada batalla de Ávalos, cerca de Curuzú Cuatiá en la provincia de Corrientes, el 29 de julio de 1820. 
Ya nunca volvería a ver a Artigas, quien se exilió en el Paraguay. Pancho Ramírez -luego de hacer pasar al fraile por varias humillaciones, según relata Cázeres, como la de hacerlo subir a la cofa del bergantín Belén y desde allí predicar contra Artigas- le ofreció la libertad, a cambio de que Monterroso accediera a ser su secretario, y éste se avino a ello.
Parece ser que mientras estuvo con Ramírez, la malquerencia hacia él (hacia Monterroso, quiero decir) del chileno Carrera (originada en aprensiones pavotas, celos ridículos y sobre todo -es de presumir- en una conciencia sucia); hizo que el fraile pasara no pocos malos ratos. Incluso, algunos han querido ver en ciertas cartas de Ramírez la patentización de una supuesta desconfianza de éste hacia Monterroso, y hasta una nota de desdén al mencionarlo como "el Roso".
No creo que haya sido así. Ramírez no era desconfiado (por lo contrario; sus actos demuestran que era demasiado confiado, tanto, que hasta caía en la ingenuidad). Y la característica de alguien tan pagado de sí mismo y con la fatuidad exasperante que exhibía Ramírez muy a menudo, no es precisamente la desconfianza, ¿no? El entrerriano no era así; era un "nene grande", veleidoso, atolondrado, con escasas luces como para abonar su engreimiento; pero con muchas ínfulas y un ego gigantesco. Además, lo de mencionarlo Ramírez como "el Roso" no debe tomarse en sentido peyorativo hacia el fraile, sino que hasta es indicativo de cierto grado de familiaridad en el trato; porque ocurre que "Roso" era la forma apocopada de referirse a sí mismo que usaba el propio Monterroso. Hasta en las cartas que le escribió a su hermana, el fraile firmaba "Roso", entonces ¿cómo puede suponerse que Ramírez, al nombrar así a Monterroso en carta a terceros estaría menoscabándolo?
En ese carácter de secretario, decía, Monterroso siguió al entrerriano hasta su derrota y muerte en Río Seco, el 10 de julio de 1821. 
Generalmente se cree que luego de esos sucesos, Monterroso permaneció prisionero del gobernador santiagueño Juan Felipe Ibarra, el Saladino (ver mi artículo en este ENLACE). Particularmente, tal creencia me parece infundada y errónea. 
Ibarra no era hombre de granjearse enemigos porque sí nomás y al tun tun; ya demasiados problemas tenía para afianzar su posición y consolidar su gobierno, y encima, acababa de poner fin con la firma del Tratado de Vinará, a la guerra que Bernabé Aráoz le hacía desde Tucumán, hallándose por esa época empeñado en poner, de acuerdo con Güemes y Bustos, todo su concurso y colaboración para la realización del Congreso en Córdoba; ¿por qué y para qué entonces iba a abrir Ibarra otro frente de batalla? Y además, vencido y muerto Ramírez en Río Seco, Ibarra permitió que Anacleto Medina con un grupo de 58 soldados y llevando consigo a la novia de Ramírez, La Delfina (ver mi artículo en este ENLACE) escaparan al Arroyo de la China (la actual Concepción del Uruguay, en Entre Ríos), atravesando la provincia de Santiago del Estero y el Chaco. Digo, si Ibarra dejó que huyeran (e inclusive los ayudó para ello) nada menos que un alto oficial de Ramírez como Anacleto Medina (por entonces coronel, después llegaría a general) y hasta la novia del derrotado, ¿por qué motivos iba a ensañarse con Monterroso? 
Más plausible me parece que Ibarra dejase en entera libertad al fraile (a lo sumo, le podrá haber pedido a Monterroso de favor, la prestación de algún servicio; que hombres de su estatura intelectual, por cierto no los tenía en Santiago del Estero) y éste decidiera por las suyas quedarse en esa provincia, o bien acompañara a Medina en su huida a Entre Ríos (como sostiene Aníbal S. Vázquez). 
Como fuere, el general José María Paz (que no era precisamente artiguista, sino todo lo contrario) en sus Memorias, cuenta que se encontró con Monterroso en Manogasta. 

Dice Paz: "Partí en el acto, y apenas había andado ocho leguas, hasta la posta de Manogasta, cuando me encontré con el célebre padre Monterroso, que cargaba espada y se había cerrado la corona. Por él supe el último desastre y muerte de Ramírez...". Primero, adviértase que Paz escribe "el célebre padre Monterroso", ergo, la figura y trayectoria del fraile era conocidísima por ese tiempo; aún estando en la derrota, y además; proviniendo de otra derrota anterior, cuando cayó con Artigas.
Y como vemos, Paz afirma que Monterroso estaba armado con una espada y que se había dejado crecer el cabello cerrando la tonsura (personalmente, creo que lo vendría haciendo desde mucho antes eso de no vestir el hábito franciscano, sino andar "de paisano" y sin tonsura; pero es solamente una presunción mía sin ningún fundamento documental que la avale; puro pálpito nomás). 
Paz, residiendo por ese tiempo en Santiago del Estero, había sido comisionado por Ibarra (precisamente a raíz de un pedido que le había hecho llegar Ramírez en el sentido de franquearle el paso por su provincia, de modo de poder llegar a la suya) para ir al encuentro del entrerriano y escoltarlo, servirlo y allanarle lo que éste le solicitara. Y ahí miente Paz en sus Memorias; porque dice que el Saladino lo envió al encuentro de Ramírez, alarmado, espantado y aturdido por la amenaza que éste se le figuraba ("el imbécil y cobarde Ibarra" escribe el Manco -con notoria y aborrecible ingratitud, ya que era el mismo santiagueño a quien él apostrofaba tan dura e injustamente, quien lo había cobijado caballerescamente en Santiago del Estero, prestándole generoso asilo allí-), mientras que vemos que lejos de tener Ramírez intenciones de pelear con Ibarra; le había solicitado a éste su aquiescencia para atravesar su provincia. 
Es elemental entonces, inferir que si Ibarra (como vimos) había accedido a la solicitud de Ramírez (y no por la imbecilidad y cobardía que le adjudicaba Paz, porque no era el Saladino ni imbécil ni cobarde, sino al revés; era astuto y valiente); ¿por qué motivos entonces iba a tomar prisionero a Monterroso que nada le había hecho y de quien nada podía temer? Es ridículo el sólo suponerlo.
Posteriormente, Monterroso se dirigió a Copiapó, Chile; lugar este en el que se radicó bajo las identidades de "José Antonio de Iguerales" y "Luis Yeral", de modo de pasar desapercibido de todos. 
Recién pudo regresar a la Banda Oriental, por mediación de su hermana, Ana Monterroso de Lavalleja, y de su cuñado, el general Juan Antonio Lavalleja, el 27 de agosto de 1834.
El buen fraile confió demasiado en que dada la "institucionalización del país", nada tendría ya que temer en él; pero ocurría que gobernaba Fructuoso Rivera, lo que equivalía a que el gobierno efectivo estuviese en manos de Lucas Obes y su pandilla; porque Rivera no era hombre de ciudad ni de escritorio. 
Ni bien desembarcó Monterroso (bajo el nombre de Luis Yeral) en Montevideo, fue aprehendido, y Obes, a la par de requerir la intervención de la autoridad eclesiástica por sus "delitos" y su "escandalosa conducta", ordenó deportarlo a Marsella, Francia. 
A todo esto, la autoridad eclesiástica la ejercía como vicario apostólico, Dámaso Larrañaga, quien además, como si fuera poco el poder que tenía en ese carácter de vicario; era senador por Montevideo. 
Dejando que primasen en su espíritu antiguos rencores, Larrañaga se prestó al juego de Obes y persiguió él también a Monterroso (las pulgas del perro flaco). Pero no obraba así sólo porque lo movilizara una vieja inquina; lo que ocurría era que Larrañaga era fundamentalmente un jerarca eclesiástico, un hombre de la iglesia, a la que situaba por encima de todo, aún; de su patria y de su pueblo. Aquel añejo resquemor que tenía hacia el fraile franciscano, y su noción (equivocada, para mí) de lo que su deber le imponía, confluyeron en su ánimo a la hora de argumentar contra Monterroso y de incoarle un proceso. 
Por su parte, Obes y sus esbirros sentían aprensión de que Monterroso secundara a su cuñado, el general Lavalleja, en su oposición al gobierno de Rivera.
Y en fin, allá fue Monterroso a Francia, expulsado de su país. Desde Marsella, haría una encendida defensa de su actitud de vida y de su propia persona, y dos años después, se dirigiría a Río Grande do Sul, en el Brasil, para desde allí pasar nuevamente a Montevideo, donde la mediación e intervención de su hermana, Ana Micaela Monterroso de Lavalleja, tuvo como como resultado la tan ansiada secularización.
En Montevideo, siendo presbítero y en la más absoluta pobreza -pobreza franciscana, y nunca mejor aplicada la expresión-, moriría José Benito Silverio Monterroso el 10 de marzo de 1838. 
Uno de sus más enconados detractores, Vicente Fidel López, no se privaría del "placer" de descalificarlo a través de la mentira desembozada: manifestó que "durante su exilio en Chile, en 1843, había visto a Monterroso, amancebado y cargado de hijos". No se apercibió este historiador, de que para la época en la que él aseveró haberlo visto en Chile; Monterroso había muerto en Montevideo cinco años antes. En fin...
Monterroso no tuvo al fallecer una tumba particular; sino que fue enterrado en la fosa común, para pobres.
En el registro de su defunción se consignó: "célibe". Personalmente, brindo por la memoria de aquel fraile patriota, y de todo corazón deseo que  la condición apuntada no haya sido cierta.

-Juan Carlos Serqueiros-

1 comentario:

  1. Como siempre que se tiene que desestimar a alguien brillante, inconveniente para el satus quo vigente; (o al que se pretende imponer como vigente); y dejarlo reducido al arcón de los des-recuerdos, se apela a la locura como la forma más segura de encerrar al loco entre paredes invisibles. La historia de la locura nos cuenta del loco ocupando los antiguos leprosarios, y haciéndose acreedor de allí a la eternidad, ese extendido temor al contagio de la invisible insanía. Quizá por ello es que nadie se atreve en la mayoría de los casos a desmentirla; un poco por temor, otro poco por desconocimiento, y la mayoría de las veces porque querer desmentir algo implica dar por sentada una verdad que pretende ser negada. Son muchos los ejemplos que como Monterroso han sido difamados; y se hace obvio que echar mano a la neurosis, ha sido y sigue siendo un recurso efectivo; no obstante, existe gente como vos que no sólo nos desasna, sino que nos abre los ojos a las posibilidades que tenemos hoy de comernos un lindo cuento para la posteridad. Nunca estamos exentos, pero casi casi, debería quedar como norma que cuando se califique a alguien de loco, es síntoma de que una verdad se calla.

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