martes, 24 de enero de 2012

MELCHORA CUENCA, ENTRE CONCORDIA Y MACONDO














Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Pero vino el adiós y la tristeza. / El General no quiso que siguieras / sus pasos de león agonizando: / para saber derrotas se bastaba; / sin testigo es mejor la mala suerte. (Artigas Compañero, José María Rondan Martínez)

Concordia, en el Entre Ríos urquicista, primavera de 1850. Un oficial del ejército paraguayo se presenta en la casa del coronel Santiago Artigas Cuenca, y le hace entrega de una carta que a éste le dirige el presidente del Paraguay, Carlos Antonio López. El portador exhibe muestras de estar exhausto, y en efecto lo está. Y no es cosa extraña que así sea: muchas leguas recorrió para cumplir su cometido. Sin embargo, su apostura grave y marcial, se impone a su agotamiento físico; y disciplinada, solemnemente, con gesto adusto entrega al destinatario su correspondencia.
Santiago lee el pliego y las expresiones de su rostro acusan el impacto provocado por una infausta nueva: en el papel, el gobierno paraguayo lamenta tener que cumplir con el penoso deber de informarle el fallecimiento de su padre, don José Artigas, acaecido en Asunción el 23 de setiembre; y le expresa sus condolencias. Santiago cae ahora prisionero de la duda: ¿qué hacer? ¿Ha de transmitirle o no a su madre la noticia?
Al fin se decide, y la entera. “-Es mentira" -dice tranquila, reposada, calmosamente la mujer luego de escuchar a su hijo. “-Mentiras de los enemigos. Pobres mentiras. Ya le verás llegar por este mismo camino".
¡Ah! ¡Cuán garcíamarqueciana se me antoja esa negación de Melchora Cuenca (pues de ella se trata)! ¿O no serían esas las expresiones que perfectamente podrían haber emanado de doña Ursula Iguarán, la Eva que el genial colombiano nos presenta en el génesis de la estirpe de los Buendía? No me digan que no, porque no admitiré un “no” por contestación (no se figuran ustedes lo terriblemente tozudo y  tirano que puedo llegar a ser en mis antojadizas analogías; las que adquieren para mí, el carácter de verdades reveladas y que como tales, no han de soportar objeción alguna, ¡he dicho, carajo!).
Pero, ¿quién era esta señora Melchora Cuenca y en qué contexto se daba la escena descripta?
Para la primera pregunta, debo advertir, a riesgo de decepcionarles, que sólo tengo respuestas amarretas, y eso no debe achacarse a afán de laconismo; ya que es muy poco lo que comprobadamente se sabe de ella: era nacida circa 1790-1795 en Asunción del Paraguay en fecha, mes y año exactos ignorados, del matrimonio conformado por Gaspar Cuenca y Martina Pañera. Gaspar Cuenca, español, era “un carrero” según algunos, o “un comerciante” según otros; y Martina Pañera  era española, afirman algunos, o “una india guaraní”, de acuerdo a la opinión de otros. La tesis de que haya provenido Martina Pañera de esa etnia, es la que a la larga prevaleció en el imaginario popular, y en función de ello, atribuirle a su hija Melchora Cuenca una supuesta pertenencia a dicha raza, sirvió para ensalzarla o ningunearla según fuese la óptica de cada quien (como si la sola circunstancia del origen racial de una persona indicase algo a priori, ora positivo, ora negativo).
Por mi parte (y ateniéndome al único retrato de Melchora Cuenca que se conoce), debo decir que creo percibir en él a una mujer blanca, de nariz recta y afilada y de labios finísimos; todas características estas que –hasta donde me es dable conocer- no son precisamente las de los rasgos distintivos predominantes en el tipo guaranítico, ¿no? Pero bueno, quizá algún amigo versado en la ciencia de la antropología quiera aportar algo. Claro, eso sí: en tanto y en cuanto ese “aporte” no sea como el de Luis A. Thevenet, quien en La estirpe de Artigas muy suelto de cuerpo nos dice que había en Melchora “cierta esbeltez que conservó como fiel tributo de la raza guaranítica” (sic). No quiero ni imaginarme las dificultades y trabajos que debería pasar el amigo Thevenet si alguien lo invitara a fundamentar y ejemplificar la esbeltez que se empeña en adjudicarles a los  guaraníes…
En cuanto a su padre, don Gaspar Cuenca, debe haber sido un pequeño comerciante ambulante, de aquellos que llevaban las mercancías en carretas propias (tal vez de allí surja lo de que algunos lo definieran –erróneamente- como “carrero”). Gonzalo Abella afirma que en sus carretas, Gaspar Cuenca llevaba en 1812 víveres enviados a Artigas por parte de la Junta del Paraguay al campamento del Ayuí (sitio éste ubicado en el cajón de los arroyos Ayuí Grande y Ayuí Chico, a unas 7 leguas de Concordia, en Entre Ríos, donde se había establecido el pueblo oriental luego del Éxodo), y que fue allí donde Artigas conoció a una todavía adolescente Melchora. Particularmente, creo que no deben haber sido víveres lo que llevaba Gaspar Cuenca (lo único que abundaba en el Ayuí, además de la miseria generalizada y el heroísmo de todo un pueblo; era la carne); sino artículos como naipes, yerba, caña, alguna que otra bayeta ordinaria u otro género barato, y… cuerdas de guitarra (Artigas siempre tuvo buen cuidado de que jamás faltasen). Y si por ese entonces Melchora acompañaba a su padre, ello me lleva de paso, a inferir que Gaspar Cuenca había enviudado, o había abandonado a su mujer, o bien ella lo había abandonado a él; ya que es muy poco probable que en su traqueteada vida de proveedor ambulante llevara a su hija consigo, exponiéndola a peligros de toda clase; de no mediar alguna circunstancia que lo forzase a ello.
En mayo de 1815, Artigas instaló su cuartel general y la cabecera de la Liga Federal en la Villa de la Purificación, en el Hervidero (una parte del río en que éste se angosta, "hirviendo" en remolinos, de allí el nombre del paraje, y ¿hasta allí habrá llegado Gaspar Cuenca, siempre con su hija Melchora a su lado, como proveedor del ejército artiguista, ya no por encargo de las autoridades paraguayas; sino por cuenta propia, o el travieso Cupido había lanzado antes de eso su flecha, y la bella Melchora ya acompañaba al Protector? En cualquier caso, se casaron en Purificación, probablemente en diciembre de 1815. De esa unión nacerían dos hijos: Santiago Artigas Cuenca en 1816, y María Artigas Cuenca en 1819, como mayoritariamente se sostiene. Aunque ¿será verdura el apio? Veremos…
Y aquí amigos, empieza la milonga ¿Por qué? ¡Ah! Sencillamente porque como todo prócer llevado al bronce, Artigas fue prolijamente preservado de cualquier factor que en la opinión de los cancerberos del buen nombre y honor pudiera afectar su memoria (es tan poco sentimental el bronce), y entonces a partir de allí, cualquiera que pretenda aunque más no fuere, insinuar, que el Protector pudiese haber cometido “aberraciones” tan humanas como cantar, jugar a las cartas, bailar, reír, llorar, defecar, tocar la guitarra o hacerle el amor a una mujer; debe inmediatamente ser condenado a arder en la hoguera sin más trámite; pues con toda seguridad, el alma de quien osara incurrir en semejante sacrilegio, no tiene salvación posible ¡Así aprenden, qué tanto joder! Y resulta que, para espanto de muchos “moralistas”, cuando Artigas se casó en 1815 con Melchora Cuenca, hete aquí que… ya estaba casado desde el 23 de diciembre de 1805, con Rosalía Rafaela Villagrán. Entonces, estos pundonorosos pibes optaron por hacerse los boludos (cosa que poco laburo les costó siempre)  ignorando a Melchora Cuenca y omitiendo cuidadosamente referirse a ella; o por ningunearla haciéndola aparecer como un desliz sin mayor importancia, pero “olvidándose” (tienen una memoria tan frágil) de ciertos detalles, tales como el que nos relata María Esther de Miguel en El general, el pintor y la dama: que Melchora Cuenca, en tanto esposa de Artigas, amadrinó el bautismo de Concepción, la primera hija de un mozalbete llamado Justo José de Urquiza, habida de sus relaciones con una mujer llamada Encarnación Díaz; de lo cual se desprende que Melchora era, a todos los efectos prácticos y para la gente -iglesia incluida-, la esposa de Artigas, porque el Protector no era hombre de tomar a la ligera esas cosas; para él, los compadrazgos y madrinazgos eran asunto delicado y que consideraba seriamente. La realidad era que la pobre Rosalía Rafaela (prima de Artigas, por otra parte), se había vuelto irremediablemente pirucha, loca, bah, estado de demencia ese del que jamás podría retornar; de modo que el Protector, consciente de ello, se casó con Melchora Cuenca (según la tradición oral, el casorio .que no pocos festejos debe haber provocado en Purificación- lo ofició nada menos que fray José Benito Monterroso).
Pero ojo al piojo: esa no es una calle de una sola vereda, eh, para nada; porque así como están los artiguistas “del bronce”; también están los del “otro wing”, los artiguistas que queriendo ser más papistas que el papa, elevan a Melchora al Olimpo de las divinidades, adjudicándole los atributos y méritos de ser nada menos que una "amazona lancera de Artigas", una heroína que despertaba con la sola mención de su nombre el terror en las filas enemigas. Un absurdo total, y sin una sola prueba documental que avale semejante delirio. Que Melchora fuera  mujer de carácter y capaz de pelear cuando las papas quemaran, no necesariamente significa que fuera lancera en el ejército de la Liga Federal; de hecho, todas o la inmensa mayoría de las mujeres de los campamentos artiguistas tenían esas características, ¿o hay alguien que crea que la vida en Purificación era coser y cantar?
Me complace, y mucho, evocar e historiar al Artigas de carne y hueso, al patriota revolucionario que encarnó un proyecto de país integrado a los demás pueblos suramericanos, democrático, igualitario, federalista y multiétnico; más no al Artigas hecho de bronce o convertido en mito que se disputan insensatamente éstos y aquellos. Y se pelean, discuten y se tiran con tal o cual elemento de la heurística, batiéndose luego en feroz batalla hermenéutica, en épicos combates en los cuales riñen por el título de exégeta único del Protector; pero eso sí: sin tener ni la más p… álida idea de maldita la cosa.
Retomo la ilación. Decía que (según se acepta generalmente; no en mi caso) en 1819 nació María, la segunda (reitero la aclaración anterior) de los hijos habidos entre el general Artigas y Melchora Cuenca (no en Purificación, como erróneamente consignan muchos, ya que ésta había sido ocupada por los portugueses -previa evacuación ordenada por Artigas- el 9 de abril de 1818); así que María debió de nacer en otra parte (personalmente, infiero que debió nacer en Entre Ríos o en Santa Fe).
Por ese entonces, luego de abandonar Purificación, en una casa situada cerca del Queguay, vivían el Protector, Melchora y los hijos habidos entre ambos: Santiago y María. Hay indicios ciertos de que ese año se produjeron conflictos en el matrimonio, debidos a que Melchora no era precisamente una dócil damisela dispuesta a dejarse arrear con el poncho -por más que el arriero fuese nada menos que el Protector- y a que Artigas no era ciertamente un modelo de fidelidad conyugal y mucho menos un hombre proclive a tolerar desplantes y reclamos femeninos (los cuales, por otra parte, parece que eran más que justos). Y si a todo eso le sumamos que para 1819, la situación de la Liga Federal era harto difícil, entonces ya tenemos un cóctel explosivo.
De todas maneras, a Melchora se le debe haber pasado el berrinche, porque después, cuando ya la estrella del general declinaba inevitablemente -"Dios es tan poco cortés" (Solari dixit)-; ella, en febrero o marzo de 1820, se dirigió a Mandisoví (Entre Ríos) para estar a su lado en el peor momento de su carrera y de su vida. Pero Artigas no permitió que Melchora lo acompañase en los últimos capítulos de su derrota y caída, y dispuso su retorno a la Banda Oriental.
Por esa época, el Jefe de los Orientales le escribía desde Mandisoví a su hijo Juan Manuel (habido de su convivencia con Isabel Sánchez) el 20 de agosto de 1819:  "Ya le he dicho a Carvallo te entriegue los Bueyes, las Carretas, las Yeguas y los cavallos de los Colorados qe. Deber traher. Todo lo demás debes recivirlo y tratar de conservarlo, qe. Si lo cuidas tendrás como mantenerte, y si lo echas por áy pa. Ti lo harás. No te encargo más, qe. Me cuides a Santiago, y lo mires como qe. Es tu hermano. No permitas qe. El pase necesidad. Socorrelo, qe. Al fin poco puede Ser. Si Melchora se aburriese de estar áy, y quisiese ir a otra parte no me permitas en manera alguna, se lleve al Niño. Tu sabes qe. Por eso la mantengo y mientras quiera subsistir áy te encargo se lleven bien , y no la incomodes, ni se le prive nada delo qe. Ella tiene. Para ello se le dio y qe. Disponga como le paresca, menos de Santiago. A este deberas cuidarlo y recogerlo en cualqr. Caso. Procura cuidar de las pocas Bacas qe. hayan quedado. El viejo Techera tiene las ovejas Si las necesitas puedes recogerlas, y cuidarlas. Tambn. te prevengo, qe. El Viejo Techera tiene una carreta, y otra Dn. Feliz Rodrígz. Es regular las necesiten. Dejasélas, pero sabrás qe. Te pertenecen y qe. Puedes recogerlas, quando ya no las necesiten. También te entregará Carvallo a Tío Jorge, y a Francisquillo pa. Qe. Te ayuden a cuidar, y tu procura cuidarlos y hacerlos trabajar. Express. A Juanita y tu recibe el afecto de tu Pe. Mandisoví, 20 de Agto. de 19. – José Artigas" (sic).
Desilusionada y despechada por no haberle permitido Artigas seguir a su lado y compartir su suerte, Melchora Cuenca volvió al Queguay. Y cosa rara (o no tanto), los artiguistas “del bronce” coinciden con los del “otro wing”, en atribuir la negación de Artigas a que Melchora lo acompañase, a que “seguramente el general no quiso exponerla a los peligros”, a que “buscó privilegiar  la seguridad de Melchora”, bla bla bla… Muchachos ¿y si prueban alguna vez con decir la verdad y dejarse de macanas? La gloria del Protector no va a disminuir ni una pendejésima de pulgada por el hecho de que ustedes reconozcan lo que hasta un niño es capaz de percibir: la pareja se rompió por desavenencias entre los cónyuges y porque por parte de Artigas se terminó el amor o la atracción que antes sentía, tan simple como eso. Y ello de ninguna manera significó que el Jefe de los Orientales desatendiera (siempre que sus medios se lo permitieron) sus obligaciones de padre y de ex marido, como lo prueba la carta precedentemente transcripta. Asimismo, en ella queda perfectamente estipulado que –fuera de su preocupación por cuidar de que Melchora no quedase desamparada-, a don José poco le importaba lo que ella hiciese de allí en adelante, salvo en lo referente a su hijo Santiago; ya que con todas las letras le dice a Juan Manuel: “Si Melchora se aburriese de estar áy, y quisiese ir a otra parte no me permitas en manera alguna, se lleve al Niño”. Más clarito, echale agua.  
Y si van a falsear las cosas y torcer antojadizamente las interpretaciones, por lo menos háganlo con  algún fato estudiao, como dice la milonga; y no con gansadas como esa de que Artigas no la llevó porque quiso evitar que su mujer corriera peligro, porque hasta un gil se daría cuenta de que si ese hubiera sido el caso; nada ni nadie le habría impedido a Artigas llamar a Melchora a su lado después, cuando ya estaba asilado en el Paraguay, cosa que no hizo ni por asomo. ¿Y por qué creen ustedes que no lo hizo? Por favor, no jodamos…
En el Queguay vivió Melchora con sus hijos Santiago y María, en la casa cuyas ruinas pueden verse en la imagen adjunta, todos protegidos y sostenidos económicamente por Juan Manuel Artigas, en cumplimiento de lo indicado por su padre. Hasta que allá por 1824-25, Juan Manuel, ya sea por hartazgo de soportar el difícil carácter de Melchora o por los motivos que fueren, se trasladó con su propia familia al Arroyo de la China (la actual Concepción del Uruguay, en Entre Ríos); quedando en consecuencia Melchora y sus hijos librados a sus propios medios. La apechugó, porque no era mujer de amilanarse ante la adversidad, y subsistió lavando y planchando para afuera y haciendo ponchos para vender. Pero (que lo parió, las pulgas del perro flaco), como los luso-brasileros (recordemos que la Banda Oriental estaba invadida por ellos) la perseguían encarnizadamente (y claro; la mujer de Artigas, suelta, no era moco ‘e pavo, así que lógicamente, querían prenderla), por lo cual Melchora y sus hijos se veían obligados a ocultarse en los montes para evitar que los atraparan. Y ahí (parece cosa 'e Mandinga), apareció en escena el pardejón Fructuoso Rivera, que se había pasado (otra vez, y van…) del bando patriota al de los portugueses, que estaba convertido, en función de esa pasada, en oficial de confianza del general portugués Lecor, y que en un rapto de generosidad, protegió a Melchora y a sus hijos, y hasta se llevó (parece que a instancias de su esposa, Bernardina Fragoso) a Santiaguito Artigas, que desde entonces se criaría en casa de los Rivera (tiempo después, Bernardina Fragoso le pediría a Melchora que le diese también a María para criarla ella; pero Melchora se negó). Con el tiempo, Santiago Artigas seguiría la carrera de las armas y se convertiría en oficial riverista, pasando luego a ser, en Entre Ríos,  uno de los hombres de confianza de Urquiza (él es el Santiago Artigas Cuenca del principio del relato, el que recibió la comunicación oficial paraguaya acerca de la muerte de su padre, José Artigas).
Circa 1829, Melchora volvió a casarse; esta vez, con un correntino llamado José Cazeres o Cáceres, ignorándose qué sucedió con ese matrimonio, ya que en 1846, cuando su hijo Santiago se trasladó a vivir a Concordia, ella lo siguió, con María, y del correntino... ni noticias.
En 1861, Santiago falleció en Concordia, y en la misma ciudad, durante el invierno de 1870, murió Melchora a consecuencia de las emanaciones tóxicas de un brasero que imprudentemente había dejado encendido en su pieza cerrada. En cuanto a María, murió también en Concordia, el 3 de mayo de 1889. Su partida de defunción reza: "En la ciudad de Concordia, a los cuatro días del mes de mayo de mil ochocientos ochenta y nueve, compareció en esta oficina D. Martín Almada, vecino de esta ciudad y domiciliado en la calle San Luis y dijo: que el día tres de mayo del corriente mes y año, a las nueve y media a.m. y en la casa de la familia Artigas, sita en la calle Tucumán, falleció una persona llamada María Artigas, oriental, de setenta y cinco años de edad, de estado viuda, que falleció de hipertrofia del corazón, según certificado médico que en este acto presenta; que la persona muerta es hija legítima de José Artigas y de su esposa Melchora Cuenca, oriental el primero y paraguaya la segunda. Concurrieron como testigos D. Pedro Seguí y D. Lucas Olivera, domiciliados el primero en la calle Córdoba y el segundo en la del 25 de Mayo quienes vieron a la persona muerta a que se refiere. Leída que le fue la presente acta, ante los mencionados testigos, se afirmó y ratificó en ella, firmándola conmigo." (sic).
Como puede apreciarse, el documento dice “de setenta y cinco años de edad”, ergo; si Pitágoras no estaba mamado, eso significa que María no había nacido en 1819 como generalmente se acepta; sino en 1814. Y quiere decir también que no era la menor de los dos hijos del matrimonio Artigas - Cuenca, sino la primogénita, y además; que el Protector y Melchora ya tenían una hija cuando se casaron en 1815. Las otras posibilidades son: o se equivocó el funcionario del Registro Civil al redactar la partida, o incurrió en mendacidad (ya sea involuntariamente o a sabiendas) el denunciante Almada, o bien mintió la propia María acerca de su edad (lo menos probable, porque si bien es relativamente frecuente que hayan mujeres que mientan respecto a la edad que tienen, generalmente lo hacen para quitarse años; no para aumentárselos).
¿Entonces? Chi lo sa

-Juan Carlos Serqueiros-

3 comentarios:

  1. No sé cómo llegué acá pero me resultó un relato muy interesante.
    Soy sanducero y personalmente no conocía a Melchora Cuenca. Creo (pero con nada de seguridad) que nunca leí ese nombre en algún libro de historia de la primaria o secundaria. Recién en Google earth descubrí unas fotos de las ruinas de la casa de Melchora Cuenca cerca de Guichón y del río Queguay y quise saber quién era.
    Tus palabras, así como mencionás, me retrataron muy bien la verdadera vida artiguista y sus días en esos montes y campos desoladísimos que tanto conozco.
    Ahora desde Buenos Aires lo veo como algo muy lejano pero la verdad es que nací y pasé mi infancia hasta la adolescencia ahí en esos campos chatos.
    Saludos.

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  2. Me alegra mucho que te haya servido para enriquecer tus conocimientos acerca de la Historia de tu propia tierra, amigo y compatriota iberoamericano. Saludos

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  3. Me encantó esta crónica. Opino que esa foto de Mechora no se acerna para nada con los rasgos de los originarios, creo que debe haber sido una mujer muy atractiva en su juventud. El protector no era ningún distraído, pues recorrió mucho y conoció mucho como para elegir a Melchora de compañera.Y como dice, la cosa no funcionó y para problemas ya estaba harto.

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