Durante el tiempo que residió en Buenos Aires, el general Juan Facundo Quiroga vivía en una casa situada en la calle Defensa 455, frente a la iglesia de Santo Domingo.
Cerca de allí, enfrentada a los fondos de la iglesia de la Merced, se hallaba lo de Figueroa, que era la casa de juego más concurrida por entonces y donde se hacían las apuestas más altas. Iba gente variopinta y obviamente, gran cantidad de jugadores profesionales o tahúres.
Quiroga, jugador empedernido, era un asiduo visitante al lugar que se constituía, por la naturaleza de la actividad que allí se desarrollaba, en un sitio peligroso, en tanto los tahúres, por supuesto, no estaban acostumbrados a perder y entonces solían organizar al término de las partidas, asaltos a las personas que habían resultado gananciosas a fin de quitarles las sumas que habían obtenido en la timba.
Dicen que dicen -como en el tango-, que una noche en que la suerte favoreció mucho a Quiroga y en la que había desplumado a tres tahúres; éstos planearon emboscarlo y asaltarlo para recuperar así mediante las armas lo que habían perdido con los naipes.
Quiroga, astuto y desconfiado como era, temió una trampa; pero salió de la casa de juego tranquilamente, cargando bolsas con las onzas de oro que había ganado y afectando estar más aquejado que de costumbre de los dolores reumáticos que sufría habitualmente.
Dicen que dicen -como en el tango-, que una noche en que la suerte favoreció mucho a Quiroga y en la que había desplumado a tres tahúres; éstos planearon emboscarlo y asaltarlo para recuperar así mediante las armas lo que habían perdido con los naipes.
Quiroga, astuto y desconfiado como era, temió una trampa; pero salió de la casa de juego tranquilamente, cargando bolsas con las onzas de oro que había ganado y afectando estar más aquejado que de costumbre de los dolores reumáticos que sufría habitualmente.
Los tres tahúres, creyéndolo presa fácil, salieron en su persecución, y Quiroga paró en una esquina, dejó caer las bolsas con las onzas de oro y calmosamente aparentó intenciones de prender un cigarro. Los matones que venían detrás suyo, pasaron a su lado y pretendieron seguir caminando con el objeto de esperarlo a la vuelta.
El Tigre de los Llanos los llamó y les pidió que lo ayudaran a llevar hasta su casa las bolsas, porque según les dijo, “estaba cansado y con dolores, y le resultaban muy pesadas”.
Los tipos de avería intentaron negarse cortésmente, pero Facundo, sonriente y calmo, los apuntó con un pistolón en cada mano y los obligó a marchar delante suyo, hasta que llegaron a Defensa 455, donde estaba su casa.
Los hizo dejar las bolsas en el suelo y darse vuelta, y entre estruendosas carcajadas empezó a patearlos en sus traseros, mientras les decía: “-¡Pícaros! ¡Así van a aprender a conocer al general Quiroga!”.
-Juan Carlos Serqueiros-

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