miércoles, 28 de febrero de 2018

JOSÉ MANUEL DURAND LAGUNA, EL QUE NO ANDABA CON GRE GRE PARA DECIR GREGORIO




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

El 7 de noviembre de 1885, nacía en La Viña, provincia de Salta, José Manuel Durand Laguna.
En 1907 recaló con su familia en Buenos Aires, en Parque de los Patricios, y tomó contacto con aquellos inquietos y soñadores estudiantes del Colegio Luppi que cuatro años antes, un 25 de Mayo, habían fundado un club, participando con ellos de la reorganización del mismo, concretada formalmente el 1 de noviembre de 1908: el Club Atlético Huracán, el cual presidió.
Esforzado, emprendedor, incansable, astuto y de carácter fuerte, el Negro Laguna, como se lo apodaba por el color morocho subido de su tez, no conocía de desmayos, sabía poner el pecho a todas las dificultades y nunca nadie pudo pescarlo en un renuncio ni en una aflojada. Era de una sola pieza, derecho y frontal, muy frontal; de esos que no andan con medias tintas y llaman pan al pan y vino al vino, lo cual le originó algunos problemas con sus compañeros de club, quienes terminaron expulsándolo.
Por esos tiempos, se acercó al ilustre científico, funcionario y deportista Jorge Newbery y logró su colaboración para con la novel institución, invalorable aporte ese que resultaría de capital importancia para que Huracán pudiera consolidarse.
El Negro era ligero, vivo, canchero, perpicaz, un rana que se destacaba entre aún entre la gente ranera, como que vivía, precisamente, en el Barrio de las Ranas. De esos tipos capaces de estar sentados en un banquito y agarrar un ñandú que pasa a la carrera o de hacer un asado abajo del agua. Trataba del mismo modo a un aristócrata como Newbery y al último de los cirujas de la quema, y paseaba su señorío vistiendo su pilcha de laburo a la hora de desempeñar cualquier oficio o su atildado jetra siempre impecable a la de socializar en cualquier ámbito (que él los frecuentaba todos y en todos lo conocían). Un señor de verdad, que movía al respeto y a la estima que saben inspirar quienes van por la vida con actitud firme e invariablemente digna. Y tanto jugaba con igual destreza al tenis en el más exclusivo de los courts, como al billar en el más rante de los cafetines.
También jugaba al fútbol ¡y cómo jugaba! Delantero endiablado, guapo, encarador, pícaro, mañero, goleador nato y con una media vuelta letal para sus rivales.
En 1916 se disputó en Buenos Aires el primer Campeonato Sudamericano, la primera Copa América, y aconteció un hecho curioso: el 10 de julio se enfrentaban en el estadio de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, los seleccionados de Argentina y Brasil. Pero pasó que uno de los delanteros, la estrella del equipo, Alberto Ohaco del Racing Club, pegó el faltazo por cuestiones laborales; así que a propuesta de otro de los jugadores, Pedro Martínez, de Huracán; los dirigentes fueron a apalabrarlo a Laguna, que estaba en la tribuna como espectador, y le ofrecieron que jugara él. Correr a los vestuarios, colgar el traje en una percha, ponerse los cortos, vestir la celeste y blanca y calzarse los botines, fue todo uno para el Negro, que a los diez minutos de juego abrió el marcador con un bombazo impresionante. Proeza: de espectador a goleador.
Más temprano que tarde y solucionados los antiguos entredichos, Laguna volvió a la institución de sus amores como player, integrando los equipos de 1921 y 1922 que se consagrarían campeones llevando para la vitrina de Huracán los primeros trofeos.
Nacido para liderar, sería también el entrenador de otro gran equipo del Globo campeón: el de 1928, teniendo que “poner en vereda” y disciplinar a “nenes” de la talla de Stábile, Pratto y Federici, jugadores extraordinarios, mas con la costumbre -alegre y placentera, sin dudas; pero irresponsable- de irse de farra por las noches. Una detallada nota periodística de la revista La Cancha, en su edición del 14 de diciembre de 1929, recogió todo aquello para la posteridad, en un imperdible reportaje al Negro Laguna quien, con su acostumbrada franqueza y su hombría de bien, lo narró con pelos y señales.


Fundador y presidente de Huracán, varias veces campeón como jugador y también como entrenador. Casi nada, ¿no?
Se retiró del fútbol como jugador recién en 1927, con 42 años, siendo campeón con el club Olimpia, de Asunción. Fue docente deportivo en San Juan, contratado por el gobierno provincial para la formación de jóvenes. Como entrenador dirigió, además de su amado Huracán; a clubes de San Juan y Tucumán, a Nacional del Paraguay y al seleccionado de ese país. Murió a los 73 años en Asunción, el 16 de julio de 1959. En alguna estrella del cielo de Parque de los Patricios andan brillando su alta estatura, su inclaudicable espíritu, su visión de pionero, su picardía y su olfato goleador.
El siempre recordado y venerado Negro Laguna, el que no andaba con gre gre para decir Gregorio: un pedazo grande de la riquísima historia de Huracán, prócer del Globo y de la Quema, señor con todas las letras, caballero de ley y guapo de verdad, sin grupos.
En la dimensión en que estés: ¡Salud, ganador y campeón en todo!

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS

Libro de Actas del Club Atlético Huracán. Acta N° 1 del 20.07.1910.
Bestard, Miguel Angel. 80 años de fútbol en el Paraguay. Litograf, Asunción, 1981.
Revista La Cancha edición N° 80, Buenos Aires, 14.12.1929.
Wernicke, Luciano. Historias insólitas del fútbol. Planeta, Buenos Aires, 2013.

1 comentario:

  1. Muy bien! hay que recordar a esos tipos
    Saludos cuervos!

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