El alma permanece infantil en el pensamiento mágico y tiene muchas formas de manifestarse, de otro modo; no existirían la ilusión, la desilusión, la lealtad a lo que fue y los recortes de la realidad que llevamos a cabo para explicarnos aquello que necesitamos hacer coincidir con nuestro credo interno. (Gabriela Borraccetti)
No puedo sacarme de la cabeza esta frase de Lorenzo Silva en La reina sin espejo: "Hemos de resignarnos a la deslealtad de los lugares hacia el recuerdo que guardamos de ellos".
Es que discrepo con lo que enuncia. Para mí, los desleales no son los lugares (quiero decir, independientemente de los cambios que hayan experimentado debido al avance de eso que llamamos progreso). Más bien creo que somos nosotros los desleales con los lugares. Volvemos a ellos no por la expectativa de encontrarlos tal como eran y estaban cuando los dejamos; sino por la vana esperanza de retornar a un tiempo en que fuimos (o creemos haberlo sido) felices.
Así, la nostalgia que esperamos remediar revisitando los sitios en que hemos vivido, las casas que hemos habitado y las calles transitadas en el pasado, se troca en decepción. Y nuestra defensa natural es achacar la culpa a los lugares que "cambiaron"; cuando lo que en realidad varió, es nuestra mirada: la visión que ahora tenemos de todo ello ya no es la misma que tuvimos antes. Y entonces, nos equivocamos al buscar en la geografía aquello que pertenece a un tiempo irremisiblemente ido.
Ah, y me declaro culpable de eso yo también, eh, porque a pesar de que desde la reflexión, y bien meditado el asunto (Georgie Borges dixit), creo en lo que puse; de todos modos sigo siendo fácil presa del esplín, nostálgico y propenso a la añoranza.
-Juan Carlos Serqueiros-

