viernes, 3 de mayo de 2013

QUÉ ES SER VIEJO


 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


Escribe: Gabriela Borraccetti

Acabo de ver una foto de alguien cuyas canas y arrugas me han sorprendido. Tiene casi mi misma edad, y su reflejo me impacta, porque en él puedo ver también lo que está sucediendo con mi cáscara, a la que obviamente miro con piedad día a día, para no asustarme del paso del tiempo.
Me quedo observando un rato, y pensando en los días en que jugábamos o nos peleábamos, y éramos pequeños. Y vuelvo a echar un vistazo hasta notar que quizá lo que más me impresiona no es su apariencia física; sino su postura. Su cuerpo -delgado y bien conservado aún-, tiene los hombros caídos, tanto como su mueca cansada que hace un esfuerzo por disimular que está en un lugar del que tal vez, quisiera huir. Me llama la atención la carga que muestra su espalda, no por el peso de los años; sino por dejarse caer un rato, gracias al cansancio de haber corrido siempre para cumplir... Cumplir con el deber de trabajar en algo que se detesta, el deber de estar obligado a sostener una familia a costas de anular la propia creatividad, el deber de pagar los impuestos aunque te roben, el deber de dejar a tu hijo más horas en manos de terceros; porque como padres no hay tiempo para dedicarles, sino sólo para trabajar.
Entonces me pregunto por el auge de la estética, y me doy cuenta de que es un cuento que intenta corregir en el lado externo de nuestro ser, una sequedad interna; puesto que de qué servirá un lifting, un cuerpo que parece 10 o 20 años menor, la vestimenta de un joven; si la cabeza no puede ir más allá de sus obligaciones?
Me pregunto si alguna vez nos acordaremos de que ser viejo, no es que se te arrugue la piel para intentar corregir los efectos de la ley de gravedad en él; sino la actitud ante una vida que sólo nos preserva jóvenes si nos preocupamos por mantener ágil todo aquello que no se ve: el pensamiento, las ideas, el alma, nuestro espíritu y todos esos sentimientos que se cultivan sólo si uno le da espacio a algo más que a las preocupaciones y obligaciones diarias.
Llevamos el desgaste en el cuerpo, e intentar evitar lo inevitable, necesariamente conduce a una frustración que al final, te muestra lo irreversible. Esa actitud es tan sólo una máscara, una pérdida del valioso tiempo que podríamos invertir en filosofar, en tomar más vino, sentarnos con amigos, criar a nuestros hijos y reclamar un tiempo para jugar con los nietos; en vez de criarlos. Hemos perdido la calidez de los vínculos, junto con la capacidad lúdica y de comunicación de corazón a corazón; ya que este ritmo de vida -superficial, obligatorio e inexorable-, nos mantiene tan distanciados de lo verdadero, como para impedir que podamos hacer algo más que cuidar una cáscara destinada a la pudrición. ¿Qué vínculos felices pueden tejerse en medio de la obligación de trabajar de sol a sol, sin tener un segundo para los afectos, y buscar afanosamente vacaciones o tiempo de sobra como para poder ver, visitar y besar a quienes queremos?
No olvides que el tiempo no retorna, no olvides que este minuto se te está escapando. No olvides esto porque es lo único que puede urgirte a buscar más allá de una apariencia bella; aquello que realmente puede hacerte feliz. No te olvides de ingresar en tu interior y despertar a tu vocación aunque sea como un hobby; porque ello será lo que te mantenga con vida, pleno y jóven.
Lamentablemente se nos ha enseñado en estos años a consumir para rejuvenecer, pero nada de lo que está fuera de nosotros, puede ofrecernos un lifting del alma.
El verdadero rejuvenecimiento está en la alegría de hacer lo que más amamos, de poner afuera lo que nos expresa en ideas, en arte, en creaciones, o en lo que pueda llevar nuestro acento tan único y personal, como el ADN o nuestra huella digital.
Busca, y no te vayas sin haber dejado nacer lo verdadero y escencial que vive dormido en tí, porque ser o convertirse en viejo, es olvidarnos de lo que nos hace especiales; no necesarios ni bellos por fuera.

Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica

NO JODAMOS, CAULA

























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

El historiador oriental Nelson Caula disertó sobre Artigas y su sistema en Concordia, en el marco de un programa auspiciado por el gobierno de Entre Ríos por el Bicentenario de los Pueblos Libres o Liga Federal; charla esta sobre la cual pueden interiorizarse a través de este enlace:
A ver, Caula... no jodamos. Es viernes por la tarde, se termina la puta semana, no quiero renegar ni amargarme. Hace mucho que vengo leyendo todos tus aportes biográficos sobre Artigas, y son muy buenos; pero no te conviertas en "más de lo mismo", porque ya no hay cheques en blanco para nadie.
No es necesario el chupamedismo ese de querer complacer a los entrerrianos negando la traición de Ramírez al artiguismo. ¿Qué pavada es esa de "hay algunos hechos desafortunados en ese interregno, pero nadie corrió a ponchazos a nadie, fue una estrategia que se frustró"? Está muy bien ser agradecido, puedo entender lo de "creo que si hoy le ofrecerían a Artigas volver a Argentina elegiría Entre Ríos" tomándolo como la emisión de una frase amable en reconocimiento a la cálida recepción que se te brindó y a la revalorización de la figura de Artigas que se está haciendo en todo el país, no sólo en Entre Ríos; pero tergiversar la historia, no; ni siquiera en aras de la diplomacia, de caer en gracia, ni de nada; porque las consecuencias de torcer la historia caprichosamente, aún bajo la excusa de buenos propósitos, resultan siempre nefastas.
Pancho Ramírez, quizá involuntaria e inadvertidamente, tal vez de engreído y creído, o posiblemente obnubilado por la influencia nefasta de Carrera, terminó siendo funcional a los intereses de Buenos Aires, y persiguió a Artigas ya derrotado éste y hasta quiso matarlo, aún después de haberse exiliado el Protector en el Paraguay del doctor Francia; por más que a algunos entrerrianos no les guste que las cosas hayan sido así.
Por supuesto que eso no implica en modo alguno emitir una condena perpetua sobre la figura histórica de Ramírez ni mucho menos, pero las cosas fueron como fueron y así hay que narrarlas; porque manipularlas, maquillarlas y hacer de cuenta que no ocurrieron o que pasaron de manera distinta; a la postre resulta letal para los pueblos.

-Juan Carlos Serqueiros-