sábado, 22 de septiembre de 2012

PEER GYNT







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

“Comunicarás a Peer Gynt que habiendo faltado a su destino debe, como producto averiado, ser fundido de nuevo.”

Peer Gynt es un drama desarrollado en verso, escrito por el noruego Henrik Ibsen en la segunda mitad del siglo XIX. Su autor en principio no lo concibió destinado a obra teatral, y sin embargo; en ese carácter se estrenó (luego de ser editado en libro con extraordinario, resonante suceso), con la música -grandiosa- que le compuso Edvar Grieg a pedido del propio Ibsen.
Convertido en un ícono del nacionalismo y el folclore noruegos -paradojalmente, ya que Ibsen lo escribió en Roma, donde se había afincado (definitivamente, creía él por entonces) luego de expresar su voluntad de no retornar nunca más a Noruega-; su temática -que incorpora elementos de la mitología escandinava- gira en torno a la existencia aventurera del protagonista, Peer Gynt, que es un joven campesino nórdico irresponsable, alocado, sin ideales y sobre todo; carente de voluntad, de un propósito definido en la vida, que le discurre mientras él vaga, buscando sin cesar en ese frecuentemente delirante peregrinar, su yo. Peer Gynt es en cierta forma, el álter ego, el lado oscuro de Brand, el personaje de la obra epónima de Ibsen que precedió a esta. Si la tesis es el heroico Brand, sus virtudes y su devoción a un ideal en aras del cual sacrifica hasta su propia familia; la antítesis es Peer Gynt, sus miserias, sus pillerías, sus escapadas al reino de la fantasía y su torpe egoísmo; y la síntesis de ambos, es Noruega. ¿O no es, por acaso, Noruega, la que en la forma de la hermosa Solveig aguarda el retorno del oportunista Peer Gynt para redimirlo con su amor? 
Y que no precisó (Noruega, digo), como nuestra Argentina, de dos escritores de tan enorme talla como Hernández y Sarmiento para dejar expuesta su dicotomía: a los nórdicos les bastó con Ibsen; porque nadie entendió e interpretó como él el alma de su pueblo. Afirmó perspicazmente José María Rosa que el Facundo "es un libro profundamente americanista" aún a despecho de su autor. Y tiene razón don Pepe: Sarmiento siente a Facundo, pero lo rechaza, lo execra, odia todo lo que él representa, en tanto eso se le antoja lo que se empeña en reputar como barbarie; siendo como fue, el mismo Sarmiento un bárbaro. Ibsen, en cambio, ama a Peer Gynt a pesar de sus excesos, de su patetismo y de sus falencias; o quizá, precisamente a causa de todo ello. Por eso, entre otras cosas, los noruegos son una nacionalidad, proyectada al universalismo; mientras que nosotros los iberoamericanos estamos todavía inmersos en la trabajosa búsqueda de despejar de la ecuación la incógnita de la nacionalidad.
Peer Gynt es por mérito propio un clásico universal, tal como lo es el Fausto de Goethe, pero sin embargo, no había alcanzado en la cultura rioplatense la popularidad de este último. Si en el resto del mundo inspiró películas como la protagonizada por Charlton Heston, expresiones altísimas del rock metálico épico, sesudos análisis psicológicos, etc.; por estas regiones su conocimiento quedó circunscripto a un segmento estrecho de la sociedad, tal vez porque a Ibsen y Grieg no les había aparecido por estos lares un Estanislao del Campo como les surgió a Goethe y Gounod.
Pero como todo llega, el profeta de Peer Gynt aparecería en la margen oriental del río Uruguay, en el paisito, allá en Treinta y Tres, donde vivió y desarrolló su prolífica obra con la humildad que sólo tienen los grandes de verdad, un maestro de escuela y a la vez, poeta y compositor: Ruben Lena. Él fue el creador de una canción directamente sublime, que tituló Por Peer Gynt, en la cual, con extraordinario poder de síntesis, acertó a reflejar con cabal comprensión (y comprender es amar) lo que quiso transmitir Ibsen en su drama.


Por Peer Gynt
(Ruben Lena)

Camino del regreso de todos los caminos,
Peer Gynt , cabeza blanca,
que fuera de oro fino,
vacío de los sueños
vuelve sobre sí mismo.
Camino de su aldea,
las hojas del otoño
desde el suelo hablan,
murientes, con encono.
Tu debiste decir
tus palabras que somos,
y el título vagar,
tu tímido abandono
nos condena a morir
disueltas en el polvo.
Camino de su aldea
dice la voz del viento:
Soy la canción debida
que no entonaste nunca,
por más que yo despierta
en el fondo de tu alma,
esperaba tu seña,
dice la voz del viento.
Camino de su aldea
el rocío le dice:
Soy las lágrimas tuyas
que llorar tu debiste…
¡Necio eres si por eso
felicidad tuviste:
No existe en esa forma
no es por eso que existe!
Camino de su aldea
pisa la hierba fresca:
Yo soy los pensamientos
que debieron morar en tu cabeza;
las obras que debieron
tomar fuerza en tu brazo
la esperanza con bríos
en tu corazón sano.
Y cuando llegar piensa
al fin de su jornada,
el fundidor supremo,
le detiene a pedirle los frutos de su alma,
y aquellos que no rinden
se funden en la hornaza,
inmensa de la nada.


Lo que en vano pretendieron hacer concienzudos, petulantes críticos de arte; y enjundiosos, presumidos psicoanalistas; lo logró Ruben Lena sencillamente y sin estridencias, a través de una "simple" canción. Y José Luis Pepe Guerra y Braulio López, Los Olimareños, pusieron, allá por 1987, digna corona a la lírica de Ruben Lena, incluyendo la canción en uno de sus mejores discos (si no el mejor): Veinticinco años.


Por Rubito Lena y Los Olimareños miles y miles de rioplatenses conocieron, entendieron y disfrutaron a Peer Gynt. Y eso no es poco, ¿no? 
Creo, bah...

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