miércoles, 9 de noviembre de 2011

FUEGOS DE OCTUBRE




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

FUEGOS DE OCTUBRE
(Beilinson-Solari)

De regreso a Octubre
(desde Octubre)
Sin un estandarte de mi parte...
Te prefiero igual, internacional.

El título es una reminiscencia de la revolución de octubre de 1917 en Rusia, en la cual tomaron definitivamente el poder los soviets, ya caído el zarismo desde marzo de ese mismo año.
La canción es precisamente la que abre el disco, el track Nº 1; por eso en la grabación pirata del recital de Paladium donde se presentó Oktubre por parte de la banda, se puede escuchar al comienzo del show, como música de fondo,  la Obertura 1812, de Tchaikovsky, creada para homenajear la victoria del pueblo ruso frente a las tropas napoleónicas.
Y también, obviamente esta canción es la que marca la temática general del disco, el arte de tapa con las banderas negras y rojas del anarcosindicalismo, la catedral de La Plata en llamas, etc.
Con lo de “de regreso a Octubre (desde Octubre)”, el Indio evoca esa revolución rusa retrotrayéndose imaginariamente al mes de octubre de 1917; pero lo hace desde un tiempo determinado: el mismo mes de la actualidad (entendiendo como "actualidad" a octubre de 1986, mes y año en que se lanzó oficialmente el disco).
Las dos frases subsiguientes: “sin un estandarte de mi parte" y "te prefiero igual, internacional”, nos revelan el impresionante poder de síntesis del Indio. Se refiere a que si bien él no se embandera ni política ni ideológicamente con la revolución rusa de 1917 ("sin un estandarte de mi parte"); sí comparte ("te prefiero igual") los postulados internacionales de hermandad proletaria que la misma propugnaba, y por eso la homenajea. Esos postulados son "internacionales" porque datan de la I Internacional (que es la Asociación Internacional de Trabajadores inaugurada por Karl Marx y Friedrich Engels en Londres en 1864), y también de la II Internacional (que es como se denomina al Congreso Internacional de Trabajadores reunido en París en 1889 con el propósito de unir a todos los partidos socialistas, laboristas y social-demócratas europeos).
También con lo de "internacional", se refiere a la marcha "La Internacional", que es el himno obrero que cantaba el pueblo ruso sublevado contra el zar Nicolás. El pueblo (obreros, campesinos, estudiantes y soldados desertores del ejército) cantaba esa marcha para diferenciarse de las tropas leales al zar; que cantaban el tradicional himno ruso “Viva el Zar” impuesto por la dinastía Romanoff.
El Indio canta dos veces la estrofa y eso no es casual; sino que tiene un significado simbólico: lo hace de ese modo porque sí comparte los postulados de la I y II Internacional; pero no así los de la III Internacional (el Congreso de Moscú en el cual Lenin puso a todos los partidos comunistas del mundo bajo la órbita del partido comunista ruso), y tampoco los de la IV Internacional (reunida por Trotsky en París en 1938). 

O sea y en resumen: se está poniendo por encima de cualquier ideología o postura partidocrática: comparte los ideales y la lucha contra las injusticias sistémicas que animaron la revolución de 1917 en Rusia, pero hasta ahí llega; el resto ni lo comparte ni lo rechaza, ni lo critica ni lo celebra; sino que directamente se abstiene de emitir juicio al respecto.

ENLACE A LA CANCIÓN EN YOU TUBE

-Juan Carlos Serqueiros-

PODER POLÍTICO SUBORDINADO AL PODER ECONÓMICO




Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Las resonantes (y cínicas) declaraciones del operador Alessio Rastani, con perlitas tales como "los gobiernos no gobiernan el mundo, Goldman Sachs gobierna el mundo", reafirmando una vez más (y por si hubiera aún quien albergara dudas) que el gobierno efectivo es ejercido por el poder económico, y que el poder político (lo ejerza Obama, Sarkozy, Berlusconi, Cameron o cualquier otro gerente por el estilo) es mero testaferro de aquel y sometido a su arbitrio; me llevaron a recordar lo sucedido en el siglo XIV entre Felipe IV, el papa Bonifacio VIII y los Caballeros Templarios.
La "mala prensa" que ha tenido Felipe el Hermoso, ha provocado que habitualmente se lo juzgue como un monarca extremadamente cruel e injusto; pero si pensamos que su conflicto con el papado se produjo al querer imponerle contribuciones a la iglesia y negarse a ello Bonifacio VIII, y el estar económicamente asfixiado por los Templarios (que fueron los primeros banqueros del mundo y principales acreedores del reino de Francia); se abren otras hipótesis.
¿No sería plausible suponer que las acciones de Felipe IV contra Bonifacio VIII y la Orden de los Caballeros Templarios posiblemente pudieron deberse más a la puja poder político vs. poder económico, que a las maquinaciones atribuídas por la historia "oficial" a un monarca absolutista? Digo, es como para pensar, qué sé yo...
Y seguramente (por lo menos hasta el hallazgo de nueva comprobación histórica -en caso de existir esta- que aclare lo que está oscuro) no se estará en condiciones de afirmar ni lo uno ni lo otro, pero hasta ese momento, déjenme inferir la posibilidad de que Felipe IV, más que un monarca cruel y despiadado; haya sido un gobernante que no quiso dejarse manejar por el poder económico. 
¿Puedo?

LUCES Y SOMBRAS DE FRANCIA







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Dios me libre de querer absolver al doctor Francia; digo solamente que su dictadura fue un resultado, no una causa, y que la causa que creó esa dictadura es la misma que engendró la del general Rosas, a saber: la congestión morbosa o enfermiza de la vitalidad de vastos países en una provincia, en una ciudad, en una mano. (Juan Bautista Alberdi)

La figura histórica del doctor Francia, tan polémica, enigmática y controversial en tanto admirada y odiada alternativamente, y de tan fundamental relevancia en la hermana República del Paraguay, siempre me ha resultado especialmente atrayente para su análisis desapasionado y desprejuiciado.
En nuestro país la misma ha tenido “mala prensa”, lo cual creo debe atribuirse en buena proporción a la influencia del libro Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos. Si bien me parece un texto excelente; también considero que así como no puede analizarse históricamente a Rosas a partir del Facundo de Sarmiento; tampoco es lícito tratar de comprender el período de gobierno del doctor Francia desde la obra de Roa Bastos, por magistral que ésta sea en lo literario.
Como sujeto histórico, su importancia radica en que fue el artífice, desde los postulados suaristas, de la independencia de su país y quien cimentó y consolidó la nacionalidad paraguaya desde un peculiar gobierno en el cual conjugó la institución romana de la dictadura con la aplicación de las premisas rousseaunianas, caso único –por lo menos hasta donde alcanzan mis conocimientos- en nuestra América, y no sé si en el mundo; creo que sí…
José Gaspar Rodríguez de Francia y Velazco (en realidad, José Gaspar de Francia y Velazco; luego se le agregaría el “Rodríguez” como producto de anteponer a su apellido el nombre de su padre: Rodrigues, castellanizado en Rodríguez, y  trocándose el apellido –de origen portugués- França, por Francia), nació en Asunción del Paraguay en fecha no precisada documentalmente (su fe de bautismo no ha sido hallada al presente). Usualmente se acepta el 6 de enero de 1766; pero hay quienes sostienen que fue en 1755. Particularmente, me inclino por la primera hipótesis, ya que se conserva la carta dirigida en agosto de 1809 por el Cabildo de Asunción al virrey Cisneros, en la cual se informa a éste el nombramiento como diputado del “doctor José Gaspar Rodríguez de Francia… de cuarenta y tres años…” (sic). Era hijo del matrimonio integrado por Garcia Engracia Rodrigues França, capitán de artillería portugués (luso-brasilero nacido en la ciudad de Mariana del distrito del virreinato del Janeiro) al servicio de España y alcalde del Cabildo de Asunción; y la paraguaya María Josefa de Velazco, proveniente de familia de antiguo linaje. Cursó sus estudios elementales en Asunción, en el Colegio San Francisco, y luego, en 1781, fue enviado por su padre a completar sus estudios superiores al Colegio de Montserrat, de la Universidad de Córdoba del Tucumán, de donde egresaría en 1785 como Maestro de Filosofía y Doctor en Teología. Fue durante ese período de su vida, que resultaría marcado para siempre por la influencia que en él tuvieron las lecturas de las obras de Santo Tomás de Aquino,  del filósofo ginebrino Jean-Jacques Rousseau y del estudio del derecho romano antiguo.
Regresado a Asunción el flamante doctor Francia, tuvo una seria disputa con su padre al comunicarle a éste que su intención era la de dedicarse al derecho y no la de ordenarse sacerdote como se pretendía de él. La intransigencia del padre motivaría que el doctor Francia le requiriese su parte de la herencia familiar -que legítimamente le correspondía, por haber fallecido su madre- y se marchase de su casa a vivir solo y dedicado a la profesión que tenía pensado abrazar: la de abogado. Cursó una solicitud para ingresar como docente al Real Colegio de San Carlos, de Asunción, luego de lo cual le fueron otorgadas dos cátedras ganadas por concurso: la de Latín y la de Teología.
Paralelamente a ello, su bufete de abogado iba creciendo en fama como consecuencia de su habilidad como jurista y de su intachable honestidad. Cobraba elevadísimos honorarios a quienes podían pagarlos y atendía gratis a los pobres; pero sin hacer entre su numerosa clientela más distingo que ese. Todos sus clientes, ricos y pobres, pagasen o no sus honorarios, podían confiar ciegamente en que el doctor Francia pondría el concurso de lo mejor de sí en la defensa de sus intereses y jamás vieron defraudadas sus expectativas.
Por esos tiempos aconteció en su vida una circunstancia que tendría en él consecuencias irreversibles: había decidido que le era llegada la hora de pensar en casarse, y para ello solicitó la mano de una dama asuncena llamada Clara Petrona de Zavala. Tal parece que los padres de ésta (que en rigor de verdad estaba enamorada de otro hombre que sería luego su esposo: Juan José Machain), rechazaron el pedido de mano en términos muy descomedidos, ofensivos y hasta ultrajantes, tildando al despreciado pretendiente de mameluco paulista, es decir, mulato brasilero. El odio que se originaría en el doctor Francia hacia la familia Zavala (y por añadidura hacia toda la aristocracia paraguaya) perduraría durante el resto de su vida y lo conduciría a una irreductible misoginia, llevándolo además (después, cuando ya ejercía la suma del poder público) a incurrir en deplorables y condenables atrocidades, entre las cuales no es la menor el haber tenido preso como reo de estado a Juan José Machain durante 14 años en una tenebrosa mazmorra, para terminar fusilándolo el 27 de mayo de 1835 luego de haberlo puesto en capilla durante 6 meses, anunciándole cada día que al siguiente sería ejecutado.
Es de estricta justicia aclarar que en efecto, Juan José Machain había estado involucrado activamente en una conspiración para derrocarlo y asesinarlo -además de haber participado, en 1811, de una conjura tendiente a reponer en el gobierno a Velazco-; pero ello de ninguna manera atenúa la monstruosidad del doctor Francia de haberlo mantenido en prisión 14 años antes de ejecutarlo. Según el historiador Julio César Chaves, el Dictador había dispuesto la prisión de Machain durante tantos años como hubiese durado su matrimonio con Petrona de Zavala, antes de ser detenido. Terrible.
Diversos factores concurrían para que al momento de estallar en Buenos Aires la Revolución de Mayo, la provincia del Paraguay estuviese en condiciones de proclamar su propia independencia respecto a cualquier otro poder, sea éste español, luso-brasilero o porteño. Su particular situación geográfica que la hacía proclive al aislamiento, la especial identificación de sus pobladores con el terruño, la influencia de las misiones jesuíticas y el antecedente de la revolución de los comuneros, eran los principales. Así las cosas, no era de extrañar que el Paraguay viera a la expedición militar mandada por la Junta de Buenos Aires con Manuel Belgrano a su frente, como un intento de avasallar su autonomía (que de hecho, lo era). De allí la convocatoria en Asunción al congreso del 24 de julio de 1810. Luego, rechazada la fuerza comandada por Belgrano, los paraguayos, de resultas de un movimiento encabezado por Vicente Iturbe y Pedro Caballero, conformaron una junta de gobierno integrada por el propio gobernador Bernardo de Velazco, Juan Zeballos y Gaspar Rodríguez de Francia.
Se iniciaba de ese modo la carrera política del doctor Francia (que ya había tenido algunos otros preliminares, los cuales, por necesarias limitaciones de espacio en el presente artículo me veo precisado a obviar), la cual ya no se detendría.
Muy pronto, se alejó del gobierno a Velazco, sospechado de españolismo y de connivencia con los portugueses, y se eligió la Junta Gubernativa presidida por Fulgencio Yegros e integrada además por Pedro Caballero, fray Francisco Bogarin, el doctor Francia y Fernando de la Mora. Se dispuso también que hasta tanto se reuniese un congreso general de todas las provincias del virreinato, el Paraguay se gobernaría a sí mismo con absoluta prescindencia de Buenos Aires; a la par que se designaba al doctor Francia como diputado representante del Paraguay ante el gobierno de ésta. Por escrito -con mucho suarismo- pensado y redactado por el propio doctor Francia, fechado el 20 de julio de 1811, el Paraguay comunicaba a Buenos Aires que se constituía en provincia libre y en pleno goce de sus derechos. Buenos Aires destacó entonces hacia Asunción a Manuel Belgrano y Vicente Anastasio Echevarría, a fin de acordar con los paraguayos que “la provincia del Paraguay debe quedar sujeta al gobierno de Buenos Aires, al igual que lo están las demás Provincias Unidas, por exigirlo así el interés común de todas”. A la opinión de Belgrano se opuso tenazmente el doctor Francia, quien sostuvo la autonomía paraguaya, acordándose finalmente el 12 de octubre de 1811, que mientras no se verificase un pacto federal entre todas las Provincias del Río de la Plata; la provincia del Paraguay se manejaría independientemente.
Luego, los sucesivos cambios de gobierno (Triunviratos, Asamblea, Directorios), llevaron a que el Paraguay fuera aislándose cada vez más, de modo de sustraerse a la anarquía; hasta que un Congreso celebrado en Asunción en julio de 1813, decidió, el 12 de octubre del mismo año, la proclamación de la República del Paraguay.
Ya eran Fulgencio Yegros y Francia los hombres fuertes e influyentes en el Paraguay, y así, se estipuló como forma de gobierno un Consulado, figura por la cual Yegros y Francia se alternarían en el cargo por períodos de 4 meses. La labor desplegada por el doctor Francia fue verdaderamente ciclópea: moralizó la administración pública, terminó con los abusos y prebendas, organizó el ejército y redujo al clero a su función específica: la eclesiástica; impidiéndole participar en adelante de las cuestiones políticas y gubernamentales. En síntesis, puso en planta las ideas rousseaunianas, y en lo que respecta a la iglesia, se demostró como un discípulo de Maquiavelo al subordinar lo espiritual a los intereses del Estado.
Corresponde señalar que el gran peso de la tarea del Consulado recayó casi exclusivamente en el doctor Francia; ya que Yegros era hombre poco proclive al trabajo y más bien inclinado a las exterioridades del poder, antes que al ejercicio efectivo del gobierno y a la administración en sí (para todo lo cual, dicho sea de paso, carecía de instrucción, atributos e inteligencia). En razón de ello, y llegando a su fin el mandato conferido, se resolvió la convocatoria a un nuevo Congreso, fijándose ésta para el 3 de octubre de 1814.
Hábilmente, el doctor Francia se había asegurado una mayoría favorable entre los congresales, e inaugurado el evento pidió derechamente la concentración del poder en una sola persona (persona esta que, descontaba, no sería otra que él mismo, obviamente). Luego de algunos cabildeos y discusiones, el cuerpo de mil congresales decidió la creación del cargo de Dictador del Paraguay, por el término de 5 años, nombrando para ocuparlo al doctor Francia, con un sueldo de 9.000 pesos anuales (que éste rechazaría, manifestando que con un tercio de dicha suma bastaba y sobraba para atender a sus necesidades). Posteriormente, el 1º de junio de 1816, otro Congreso (cuyos componentes fueron cuidadosamente escogidos por él mismo, por supuesto que sólo entre sus partidarios y obviando a quienes se le oponían), lo designó Dictador Perpetuo, con un sueldo de 12.000 pesos anuales, que el doctor Francia hizo reducir a 7.000.
La legitimación de su poder quiso también hacerla, además del sufragio de sus compatriotas que lo habían erigido en Dictador; a través de la iglesia: claramente suarista era el catecismo que se impartía a los niños paraguayos durante el francismo:

Pregunta: ¿Cuál es el gobierno de tu país?
Respuesta: El patrio reformado.
P: ¿Qué se entiende por patrio reformado?
R: El regulado por principios sabios y justos, fundados en la naturaleza y necesidades de los hombres y en las condiciones de la sociedad.
P:¿Puede ser aplicado a nuestro pueblo?
R: Sí, porque aunque el hombre, por muy buenos sentimientos y educación que tenga, propende para el despotismo, nuestro actual primer Magistrado acreditó, con la experiencia, que sólo se ocupa de nuestra prosperidad y bienestar.
P: ¿Quiénes son los que declaman contra su sistema?
R: Los antiguos mandatarios, que propendían entregarnos a Bonaparte y los ambiciosos de mando.
P:¿Cómo se prueba que es bueno nuestro sistema?
R: Con hechos positivos.
P: ¿Cuales son esos hechos positivos?
R: El haber abolido la esclavitud, sin perjuicio de los propietarios, y reputar como carga común los empleos públicos, con la total supresión de los tributos.
P: ¿Puede un estado vivir sin rentas?
R: No, pero pueden ser reducidos los tributos, de manera que nadie sienta pagarlos.
P: ¿Cómo puede hacerse eso en el Paraguay?
R:Trabajando todos en comunidad, cultivando las posesiones municipales como destinadas al bien público, y reduciendo nuestras necesidades, según la ley de nuestro divino maestro Jesucristo.
P: ¿Cuáles serán los resultados de este sistema?
R: Ser felices, lo que conseguiremos manteniéndonos vigilantes contra las empresas de los malos.

P: ¿Durará mucho este sistema?
R: Dios lo conservará en cuanto sea útil. Amén.

A principios de 1820, el doctor Francia tomó conocimiento a través de los numerosos espías que tenía destacados en todos los ámbitos, de una conjura en su contra, al frente de la cual se encontraba su primo Fulgencio Yegros. El Dictador intentó disuadir a éste, no obstante lo cual la conspiración continuó avanzando en sus planes y preparativos. Los complotados siguieron sus reuniones, sin percatarse de que el doctor Francia, que los tenía bajo una estricta vigilancia, estaba enterado de todo. A comienzos de la Semana Santa de 1820 fueron detenidos algunos de los más notoriamente implicados, y uno de ellos (que aún no había sido apresado), Juan Bogarín, no tuvo mejor idea que confesarse con un sacerdote al cual le contó que el plan era asesinar al doctor Francia ese Jueves Santo; para suplantarlo en la conducción del país por Fulgencio Yegros. El cura le sugirió a Bogarín que fuera a anoticiar de todo al doctor Francia y Bogarín se hizo eco del consejo del sacerdote. Fue el desastre para los conjurados. En un mes fueron apresados 178 implicados entre los cuales se contaban Fulgencio Yegros, Pedro Caballero, Marcos Baldovinos, Pedro Montiel, el citado Juan Bogarín, etc.
En un principio el doctor Francia, en tanto hombre de leyes y estricto observante de las mismas, estuvo inclinado a la moderación y ordenó la instrucción de un sumario a los detenidos a fin de obtener las pruebas de su participación en la conspiración. Seguramente, se habría limitado a ejecutar a los principales cabecillas y la cosa no hubiera pasado de allí; pero para desgracia de los complotados, un suceso cambiaría radicalmente la situación: en setiembre de 1820, el general José Artigas, derrotado y perseguido por el caudillo entrerriano Francisco Pancho Ramírez, se vió obligado a pedir asilo en el Paraguay al doctor Francia, concediéndoselo éste. Ante esto, Ramírez solicitó al Dictador paraguayo la extradición de Artigas, a lo cual se negó el doctor Francia; entonces Ramírez comunicó a los otros firmantes del Tratado del Pilar (Manuel de Sarratea por la provincia de Buenos Aires y Estanislao López por la provincia de Santa Fe), que se disponía a invadir el Paraguay. Una carta de éste dirigida a Yegros en Asunción en la cual le prometía que iría pronto a liberarlo, fue interceptada por soldados paraguayos y fue a parar al Dictador, quien tuvo acceso de esa manera a las pruebas del complot que hasta ese momento estaba empeñado en obtener por medio del sumario que había instruido.
A partir de esos hechos, el doctor Francia perdió toda ponderación y desató una implacable y crudelísima represión contra los conjurados, ordenando el empleo de la tortura para arrancarles la confesión. Fue un baño de sangre: algunos murieron en medio de tormentos y en julio de 1821, fueron ejecutados 68 de los participantes de la conspiración, entre ellos Fulgencio Yegros y Marcos Baldovinos, en tanto Pedro Caballero se ahorcó en su celda. El proceso continuó hasta 1824, sucediéndose las detenciones y condenas a prisión en condiciones infrahumanas, aún hasta 1835, en que fue fusilado –entre otros- Juan José Machain, a quien mencioné precedentemente. Algunos incluso enloquecieron en la cárcel, pese a lo cual fueron pasados por las armas de todas formas.
Durante el gobierno del doctor Francia la propiedad de la mayoría de las tierras del Paraguay pasó a detentarla el Estado, creándose las llamadas estancias de la patria; se les impuso penas confiscatorias y contribuciones forzosas a los españoles (que por dedicarse principalmente al comercio interior –resentido hasta su casi virtual desaparición-, eran acérrimos -aunque aterrorizados- opositores), e incluso se condenó a muerte a algunos de ellos; se estableció la obligatoriedad de la escolaridad primaria (y se controló su efectivo cumplimiento), pero al mismo tiempo se cerraron los únicos dos establecimientos de enseñanza secundaria y superior que había en el Paraguay: el Real Colegio de San Carlos y el del Seminario, por considerar el doctor Francia que la que en ellos se impartía era extremadamente ineficaz y deficiente. Se fomentó la agricultura, diversificándose los cultivos, y la ganadería; como asimismo se alentó mucho el comercio de exportación (que debido a las características geográficas del país era en extremo problemático, dificultoso y de alto riesgo). Al mismo tiempo, se prohibió la salida de oro y plata del Paraguay; salvo para el exclusivo objeto del tráfico de armas, necesario para equipar al ejército. Los cuantiosos excedentes económicos logrados en base al impulso exportador y a la casi nula importación, permitieron al doctor Francia mantener un ejército permanente de 5.000 efectivos perfectamente armados y pertrechados, y una reserva que superaba los 20.000 hombres. La oficialidad -toda de bajo rango, ya que el Dictador suprimió los grados superiores a capitán- era elegida por la propia tropa.
El ingreso de libros y periódicos estaba absolutamente prohibido; salvo los encargados por el doctor Francia para sí mismo.
Durante su gobierno, el aislamiento del Paraguay, concebido inicialmente como medida protectora ante la anarquía reinante en las provincias argentinas; se convirtió luego en total y absoluto. Nada ni nadie entraba al, ni salía del, Paraguay; sin el expreso consentimiento del Dictador (y si no, que lo diga Amado Bonpland).
En 1830, el doctor Francia ordenó la realización de un censo poblacional, a través del cual pudo determinarse al año siguiente merced a los datos obtenidos, que el Paraguay contaba con una población total de alrededor de 380.000 habitantes, de los cuales 20.000 vivían en la capital, Asunción; y el resto distribuidos en la campaña y pequeñas ciudades y villas del interior.
El Dictador impuso a sus conciudadanos la vida austera y de trabajo que él mismo llevaba y persiguió el ocio con severos castigos a la vagancia. Los acusados de vagos, comprobada su condición de tales, eran condenados a trabajos forzados en las obras públicas.
En lo que respecta a su vida personal, la misma era metódica, ordenada y rutinaria, siguiendo el precepto de los buenos hábitos enunciado por Benjamín Franklin, a quien admiraba. Antes relaté el episodio que originó su misoginia (luego de un período de disipación y afición al juego). A partir del mismo, su trato con mujeres se limitó a tres: su hermana, su cocinera y Mercedes, una mulata que le cebaba mate. Desdeñaba los placeres de la buena mesa y bebía sólo agua. Misántropo, no poseía amigos, y la existencia no había tenido para con él halagos materiales (los cuales, por otra parte, jamás buscó). Era una persona de pésimo carácter y trato áspero, altanero y despótico (son numerosas las anécdotas de las frecuentes vejaciones de que hacía objeto a sus colaboradores, a los cuales a menudo acusaba, desde su superioridad intelectual, de brutos, ignorantes y otros calificativos aún peores). 
Sin embargo, invariablemente se ponía de parte de las causas justas, sobre todo si estas eran sostenidas por gente de humilde condición. Por ejemplo, es muy famosa la anécdota de la viuda que, habiendo fallecido su marido solicitó al párroco el entierro del cadáver, negándole el cura el derecho al mismo por "haber el fallecido estado en situación irregular de amancebamiento con la solicitante". La mujer recurrió al obispo, el cual avaló lo actuado por el cura, y fue aún más allá, diciéndole a la viuda que "el alma del fallecido estaría en el infierno". Ante ese cuadro de situación, la atribulada mujer solicitó una audiencia con el doctor Francia, y concedida la misma, le planteó el problema. El Dictador se expidió manifestando que "se ordene al párroco presentar las pruebas que certifiquen que el alma del fallecido estuviese en el infierno, y que si así no lo hiciere; procediese de inmediato a enterrar al muerto en lugar sagrado".
El doctor Francia se sintió enfermo el 18 de setiembre de 1840, y se vio precisado a guardar cama. Murió en la madrugada del 20, luego de una breve agonía.
En fin, ese fue, en apretada síntesis, el hombre, y esa fue su acción de gobierno, con sus virtudes y sus defectos, sus aciertos y errores, y sus grandezas y miserias.
En cada uno de nosotros estará el discernir si fue un gran estadista a quien sus compatriotas le deben reconocimiento, o un execrable tirano merecedor del oprobio y el rechazo del género humano.

-Juan Carlos Serqueiros-

JUAN EL PREGUNTÓN QUIERE SABER: ¿CÓMO, CUÁNDO Y DÓNDE MURIÓ SOLÍS?
















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

¿Se acuerdan cuando en la primaria, allá por quinto o sexto grado, la maestra nos “enseñaba” quién “descubrió” el río de la Plata, y cómo murió? Bueno, yo como buen jovato, sí me acuerdo: “aprendíamos” historia según algunos manuales homologados para la sacrosanta escuela pública sarmientina en la cual supuestamente todos éramos “iguales”; porque el “gran maestro sanjuanino” así lo había dispuesto con ese corazón tan noble de “padre del aula Sarmiento inmortal” que tenía.
Pero claro, eso sí: algunos eran más “iguales” que otros… por ejemplo, mi compañerito de banco, el Angelito Pelusso (flor de hijo de puta, dicho sea de paso... cómo sería de turro el muy guacho, que un día, tanto me hinchó las guindas, que en la clase de Trabajo Manual le pasé papel de lija por la cara… le quedó la trompa hecha un primor je je je), era más “igual” que yo, sencillamente porque él tenía -entre otras muchas cosas que yo no- el consabido (y caro) Manual del Alumno Santafesino: un libraco de tapas duras color rosa pálido e ilustrado con unos dibujos que daban envidia, mire vea… Mientras que yo tenía que andar peludeando con el popular, barato y democrático Manual Graf: un mamotreto de tapas blandas, con páginas encuadernadas como el orto, ilustradas con dibujos y fotos en colores... una berretada total.
Pero me estoy yendo por las ramas; mejor vayamos a los bifes: con esos “textos”, la seño nos daba Historia, y así nos metían en la marota que el ilustrísimo y arrojado marino Juan Díaz de Solís llegó a las costas del “Mar Dulce”, que en una isla enterró a un marinero que se llamaba Martín García, que pobre, se le ocurrió morirse (qué tipo inoportuno ese García, che, mirá que venir a morirse justo en ese momento tan trascendental), y que como Solís era tan valiente como caritativo; bautizó a esa isla pedorra con el nombre del tipo que había palmado.
Y la completaba "informándonos" que después de eso, el Juancito Díaz de Solís desembarcó en algún lugar -que por más preguntas que le hicimos a la seño, nunca pudimos saber dónde carajo quedaba-, y que allí los indios charrúas (que parece ser que eran una gente de lo peor, che; atendían como el culo a visitantes tan distinguidos), los cagaron a flechazos y después, pa’ terminar la función, se los lastraron, dejando vivo a uno solo (qué sé yo… sería pa’ usarlo de muestra, ¿no?).
Claro, uno terminaba de aprender todo eso, salía de ese templo del saber que era la escuela, y después del paso obligado por el campito pa’ jugar un rato a la pelota; llegaba a su casa, donde nos esperaba nuestra abnegada madre quien, después de cagarnos convenientemente a cintazos por venir con el guardapolvo hecho un desastre; nos mandaba a bañar (ufa, mamá, si ayer me bañé) como preliminar de la consabida cena familiar. Y mientras comía, uno pensaba en la suerte que tenía, al contar con ese morfi tan rico que nos había hecho la vieja; mientras que los charrúas, pobres, se ve que no tenían mamás que les cocinaran, porque si se los habían morfado a Solís y sus muchachos, seguramente sería porque tenían hambre, qué joder…
Y uno se dormía pensando en el chabón que había quedado vivo entre los charrúas, pobre... y encima, sin siquiera tener al vigilante de la esquina como pa’ preguntarle qué bondi había que tomar para ir “hasta el barrio La Guardia, Pasaje Turín al 46, diga” (porque los rosarinos no decimos "al cuatro mil seiscientos", no, ni en pedo; decimos “al cuarenta y seis”, como debe ser).
Después, uno ya se iba haciendo más grande, y si por esas putas casualidades de la vida descubría que después de todo, la historia le gustaba; aprendía que si era cierto que los indios se habían comido a Solís y sus compinches, no deberían haber sido los charrúas, porque hete aquí que los charrúas no eran antropófagos, entonces entrabas a buscar brolis y más brolis, y así te enterabas por el Pepe Rosa, por ejemplo, que los guachos que se habían manducado a Solís no eran los charrúas; sino los guaraníes, que también eran terribles y que practicaban la antropofagia ritual, pero que después, educados por los jesuitas, aprendieron modales, dejaron de morfar yoyegas y se volvieron tan buenitos, que hasta ayudaron a San Martín, Belgrano y Artigas a sacarnos de encima a los realistas (que a esas alturas, ya no eran más valientes y emprendedores como sus antepasados conquistadores; sino que se habían vuelto unos redomados hijos de puta de la mano de un reyezuelo cretino y medio maricón que no había caso que quisiera entender que nosotros ya éramos lo suficientemente creciditos como para valernos por nuestros propios medios).
Todo liso entonces, ya podíamos dormir tranquilos y ser felices por siempre jamás. Estaba clarísimo: a Solís no lo habían matado los charrúas, sino los guaraníes, y se lo habían morfado ritualmente “para apropiarse de su fuerza e inteligencia”.
El lugar preciso donde había desembarcado el valiente marino seguía sin saberse dónde mierda quedaba; pero bueno, después de todo, kilómetro más, kilómetro menos ¿a quién le importa? -Una última cosita, don Pepe: el marinero que dejaron vivo los guaraníes, ¿qué pasó con ese? -Ah, bueno, sí, se llamaba Francisco del Puerto el hombre, y vivió entre los indios, que lo habían adoptado, hasta que once años después, llegó Sebastián Gaboto y lo rescató. -¡Qué bueno, qué suerte tuvo el hombre! Y dígame, don Pepe, ¿por qué fue que los guaraníes lo dejaron vivo? ¿No era que practicaban la antropofagia ritual “para apropiarse de la fuerza e inteligencia” de los enemigos? Y que yo sepa, el Francisco del Puerto ese, era enemigo (y mal agradecido, además; porque en cuanto pudo, los dejó de garpe a los indios, se fue con Gaboto y le alcahueteó todo), y también se mandó unas cuantas cagadas, ¿no, don Pepe? -¡Ufa, Juank! Dejate de joder ¿Qué sos, Juan el Preguntón? ¡Qué plomazo viejo, qué plomazo! Y se levantó y se tomó el espiante. Pero no hay drama, don Pepe, después de todo, como bien decía el General, para un peronista no hay nada mejor que otro peronista; así que vaya nomás, que los fecas y los ginebrones los garpo yo.
En eso, cayó el inefable Georgie ¿Eh? ¿Cómo “qué Georgie”? El único Georgie que tenemos por estos pagos de Dios: el Georgie Borges, ¿o qué otro Georgie va a ser? Hay gente que pregunta cada huevada, mirá (no Georgie, lo de “mirá” no lo dije por vos; como buen peroncho, soy mersún y grasa, pero no tanto como para llegar a ser tan maleducado, viste). Se sentó parsimoniosamente, colocó el bastón entre las gambas, apoyó ambas manos en la empuñadura, y mientras la Kodama pedía un agua sin gas para él y un té chino con scons para ella; el Georgie impertérrito, me recitó su Fundación mítica de Buenos Aires:

Pensando bien la cosa, supondremos que el río
era azulejo entonces como oriundo del cielo
con su estrellita roja para marcar el sitio
en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron

Bárbaro Georgie, una lírica sublime; ahora, vos que sabés de todo, ¿dónde joraca queda el sitio en que “ayunó” Solís, y cuáles eran los indios que “comieron”? Sin perder su británica flema, como con lástima, me dijo: “Usted es peronista, ergo, es incorregible. Vamos, María”. Y se rajaron también... ‘ta que lo tiró ‘e las patas.
Y bueno, como don Pepe se chivó conmigo y perdió la paciencia, y el Georgie y la ponja no me dieron ni la hora; recurrí a don Jorgito Caldas, que me dijo: “Mirá Juank, a Solís y los suyos los mataron los guaraníes, pero no es cierto que después se los comieron. Disiento con los que afirman eso, porque ya establecí fehacientemente que los guaraníes no eran antropófagos”. OK, don Jorge, pero ¿y los cómpli… digo, los otros que venían con Solís y que vieron todo desde el barco y afirmaron unánimemente que sí se los comieron, ¿qué pasó con esos; sufrieron una alucinación colectiva, que todos dijeron lo mismo? Esteee… Juank, no es que yo sea materialista, viste, pero la hora de la sesión de hoy, ya se terminó; te doy un turno para la semana que viene y charlamos, ¿sí?
Y se piró por la tangente don Jorgito también, de modo que no me quedó otra que rumbear para la zona guaranítica, pa’l litoral que le dicen: Misiones, Corrientes y el Chaco; a ver cómo había venido la mano con ese asunto de la antropofagia ritual, Solís y toda la bola…
En Resistencia, me junté a tomar un feca en La Biela con el Ertivio Acosta, que de cultura guaranítica la sabe lunga, y que cuando le saqué el tema de la antropofagia me miró entre espantado y horrorizado, y luego de darme una sesuda charla sobre el Payé, el Pombero, San la Muerte y la receta para hacer chipá; me despachó, quedando yo más en bolas todavía que antes.
Pero como siempre fui un tipo de múltiples recursos, se me prendió la lamparita y me dije: “Ah, ya sé, me pego una vuelta por El Fogón de los Arrieros, que ahí en la biblioteca seguro que tienen info sobre el tema". Llegué, y resulta que era Jueves de Tango en el Fogón, así que me agarraron unos amigotes que me dijeron “¿Eh, cuál Solís, el que cantaba boleros? Dejate de joder, boludo, vení tomate unos vinos con nosotros y cantate unos tanguitos”. Conclusión: salí de allí a las 2 de la matina, con un pedo cósmico y sin poder recordar muy bien a qué cuernos había ido.
Me crucé a Corrientes y me tragué todo el plomazo de Crónica histórica de la Provincia de Corrientes, de Manuel Florencio Mantilla, que como buen mitrista, cada vez que en sus páginas mencionaba a un guaraní, su elitista prosapia correntina lo llevaba a tener que andar buscando en el diccionario términos insultantes nuevos para endilgarles a los pobres indios, porque los que sabía de memoria, se ve que los había agotado. En fin…
Llegué a Posadas y ahí me enteré de que los rituales que implicaban antropofagia, no eran práctica habitual entre los guaraníes; pero que algunos historiadores, allá por el siglo XVII, habían mencionado algo al respecto, consignando que habían presenciado hechos de esa naturaleza y que la cosa era así: durante cierto tiempo, engordaban con ricos manjares al quía que iban a sacrificar, le daban doncellas para que el tipo se solazara, y por último, lo despachaban y se lo manducaban. Como puede apreciarse, nada que ver con el caso de Solís, al que inmediatamente después de haberlo cosido a flechazos, se lo lastraron sin más; nada de tiempo, nada de engorde y nada de doncellas para que se las garchara.
En eso estaba, leyendo el tomo Nº 25 de las Obras Completas de Félix de Azara, cuando de pronto aparecieron cuatro paraguayos que me espetaron: “Che, curepí, ¿qué ta é lo que te pasa a vos con los guaraníes? Te manda a decir el general Stroessner que si seguís jodiendo, vas a aparecer flotando en el río. Coiná”, y que como primer aviso nomás, me dejaron mormoso a palos.
Y como nunca falta un roto para un descosido, encima, para agrandarme el bolonqui que tenía en el balero; se agregó el irlandés… Sí, el irlandés... ya saben: un tipo de esos colorados como culo de pacaá, de ojos celestes y que se chupan hasta el agua de los floreros, bueno, uno de esos. Lucas Marton se llamaba el ñato, que era un jesuita que había aparecido por los pueblos de las Misiones allá por mediados del siglo XVIII y que la sabía lunga de todo: era historiador, políglota, arquitecto, botánico, geólogo, geógrafo, médico, astrónomo, filósofo y no sé cuántos títulos y maestrías más tenía encima… Aparentemente, por lo que pude enterarme, el tipo se había acollarado con una guaraní que se llamaba Maymboré, con la cual había tenido un hijo, que le decían el Antoñito (sic) Lazo; y en 1751, se declaró en rebeldía contra la Compañía de Jesús, largó los hábitos de jesuita, se internó en la selva con un puñado de guaraníes que lo idolatraban y lo llamaban Pay Guazú, y fundó un pueblo que se llamó Nazareno donde vivió unos años. Siendo ya de muy avanzada edad, se fue a vivir a Paso de las Toscas, junto al arroyo Solís Chico, en la Banda Oriental, donde falleció.
Pero resulta que el tipo guardaba celosamente una punta de documentos y un par de códices antiquísimos a los cuales parece que quería más que a su propia vida; así que le había encargado a sus guaraníes la fabricación de un arca primorosamente labrada, en la cual guardó todo eso, y que no ha podido ser encontrada. Pero sí se halló un libro de su autoría, titulado Yumaranei, en el cual sostiene una muy peculiar versión de lo que pasó con Solís: según Marton, Solís llegó a una isla, pero no desembarcó porque estaba enfermo; y en su lugar, lo hizo Martín García con otros seis marineros. Como en esa isla no encontraron alimentos, Solís les ordenó que se dirigieran a la tierra firme que se avistaba desde la isla (que era la costa de Colonia). Llegaron en un bote a tierra, y los guaraníes los recibieron amablemente y los agasajaron, pero Martín García y los otros mataron al grupo de guaraníes y violaron a sus mujeres, ante lo cual llegaron más guaraníes y los hicieron percha a todos, alcanzando sólo Martín García, malherido, a llegar al bote y remar hasta la isla donde esperaba Solís, muriendo a las pocas horas. Solís lo hizo sepultar allí y llamó a la isla con el nombre del muerto, es decir, Martín García, y decidió volver a España. Pero Solís había estafado a la corona española en favor de la corona portuguesa, de la cual era informante; y en una borrachera, su cuñado, Francisco de Torres, se fue de boca y le contó eso a la tripulación, de resultas de lo cual hubo un motín a bordo, que Solís consiguió sofocar, cediendo todo lo que había ganado a sus marineros (mirá vos de dónde viene la coima, che). Éstos lo dejaron en la costa y volvieron a España, donde inventaron la historieta de que Solís había sido muerto y devorado por los indios. Y terminaba Marton afirmando que Solís, que estaba en connivencia con Portugal y que por eso había traicionado a España, vivió treinta y cinco años más, durante los cuales se casó con una charrúa y tuvo un hijo, muriendo de muerte natural en 1552, con más de ochenta años, cerca del cerro Cono. ¿Qué tal te queda el moño? Pavadita de historia se mandó Lucas Marton, ¿no?
Conocí en Uruguay el arroyo Solís Chico, el cerro Cono y el Paso de las Toscas; pero nada más pude averiguar acerca de la muerte de Solís y las circunstancias de la misma.
Por supuesto, todo lo que escribí sobre los encuentros con Pepe Rosa, Borges y Caldas Villar es joda; sí es cierto que leí y releí hasta el cansancio todo lo que pude encontrar sobre el asunto de Solís, y sí es cierto que investigué, hurgando y rebuscando en todo lo que había en Misiones, en Corrientes, en el Chaco y en el Uruguay.
Y como da la casualidad de que estoy preparando un material sobre Andrés Guacurarí (que era bisnieto de Lucas Marton), pintó el recuerdo de la duda que en aquel momento (hacen ya de todo esto más de treinta años) me surgió respecto de la suerte que habían corrido Solís y sus hombres; duda esa que aún tengo.
Por eso pregunto: ¿alguien sabe, en verdad, cómo, dónde y cuándo murió Solís?

-Juan Carlos Serqueiros-

LA MASACRE DE SALSIPUEDES





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

El 11 de abril de 1831 Fructuoso Rivera, presidente oriental, junto a su sobrino Bernabé Rivera, Julián Laguna, Venancio Flores y el argentino Juan Lavalle; con el concurso de una gavilla de luso-brasileros al mando de unos tales Dias Gonçalves y Rodrigues Barbosa, perpetraron una masacre contra la etnia charrúa en lo que sería después llamado el etnocidio de Salsipuedes.
El investigador uruguayo licenciado en psicología José Eduardo Picerno, ha publicado un excelente libro titulado El genocidio de la población charrúa, en el cual se incluyen 229 documentos históricos –muchos de ellos inéditos hasta la aparición de la obra de Picerno y descubiertos por él mismo en un concienzudo y encomiable trabajo- en los cuales se exponen detalladamente los hechos. En apretada síntesis, trataré a continuación de relatar sucintamente tan aberrantes sucesos.
Fructuoso Rivera (originalmente Ribera) fue un caudillo militar y político oriental, hijo de argentinos, que inicialmente formó en el artiguismo, se pasó a los invasores portugueses, y después se dio vuelta nuevamente (por algún tiempo, ya que luego volvería a estar de parte de los brasileros) colocándose del lado patriota. Proclamada en la Banda Oriental la constitución de 1830, él sería “electo” presidente. Rivera, que era borracho, indolente, ladrón, cuasi iletrado (a gatas si sabía leer y escribir, y esto último, sólo hasta cierto punto, como lo comprueban las cartas que de su puño y letra se conservan) y que no tenía aptitudes ni vocación para ejercer la presidencia; delegó el poder efectivo en un grupo de cinco familiares suyos –todos vinculados a Lucas Obes y al general luso-brasilero Carlos Federico Lecor, barón de la Laguna, motivo esto último de que fueran conocidos como los cinco del barón-: José Ellauri, Nicolás Herrera, Santiago Vázquez, Julián Alvarez y Juan Andrés Gelly, y se fue a su campamento de Durazno a dedicarse a sus ocupaciones favoritas: robar vacas, holgazanear, dilapidar los fondos del estado y… matar indios.
Con este último propósito, Rivera trazaría su plan macabro que consistía en atraer a los charrúas a un encuentro supuestamente festivo en el cual, bajo el pretexto de solicitarles por parte del gobierno auxilio para la defensa de la frontera del estado oriental; se los exterminaría. La mayoría de los caciques charrúas, confiando en las intenciones amistosas expresadas por Rivera, acudieron a la convocatoria de éste.
Habían sido citados para concurrir a un paraje conocido como la Horqueta de Salsipuedes, un potrero a orilas del arroyo del mismo nombre, en el cajón del Queguay Grande, cerca de Guichón, en el departamento de Paysandú. Una vez situados los charrúas en ese lugar, Rivera y sus secuaces organizaron un pantagruélico asado y mientras se alistaba el mismo, iban emborrachando a los charrúas y a sus mujeres. El propio Rivera estaba alcoholizado (estado frecuente en él, por otra parte), según lo cuenta uno de sus soldados, un tal Gabiano, que participó de la masacre, con estas palabras: "Don Frutos… antes le dio demasiado a la caña, no sé si pa' mamar a los caciques o para darse ánimo, y cuando comenzó la cosa, apenas podía tenerse en pie".
Después de comer, Rivera les dijo a los caciques que les iba a "presentar a Lavalle", y los soldados de éste comenzaron a hacer maniobras aparentemente dirigidas como muestras de destreza militar a los charrúas; pero en realidad con el objeto inconfesable de ir rodeándolos y acorralándolos. Una vez concluidas las maniobras de Lavalle y ya cercados los charrúas, Rivera, con voz pastosa de borracho, se dirigió a uno de los caciques y le dijo: "Empriéstame tu cuchillo, que voy a picar tabaco". El cacique le tendió el cuchillo y Rivera, fríamente, extrajo un pistolón de entre sus ropas y le descerrajó un balazo. Esa era la señal convenida para el comienzo de la masacre: en poco tiempo todo había acabado y el potrero de Salsipuedes estaba sembrado de cadáveres de charrúas. A la chusma, como llamaban Rivera y los suyos a las mujeres y niños charrúas, que quedó con vida luego de la masacre, la encadenaron con grilletes y la trasladaron a Montevideo. Algunas mujeres fueron luego enviadas a los campamentos militares para "servir" sexualmente a la soldadesca, y el resto de ellas y los niños fueron repartidos entre la “gente de la ciudad” como esclavos.

“¿De dónde viene esta gente oscura / Que no es de bronce ni negra? / Enigma es la raza charrúa / Que al suelo Oriental venera.”
Memorias en verso, de Joaquín Lenzina (Ansina)

Concluida en la tarde del 11 de abril de 1831 la atroz matanza de charrúas, Fructuoso Rivera y sus esbirros se retiraron a dormir la mona en sus tiendas de campaña. Al día siguiente, el Pardejón despertó casi al mediodía, presa de la resaca que la inmoderada ingesta alcohólica de la víspera le producía. Cuenta el tal Gabiano, testigo presencial de los hechos (como que era soldado de Rivera, una especie de asistente personal con altísimas responsabilidades a su cargo, tales como por ejemplo, la de cebarle mate a su jefe); que éste, entre el hedor de los cadáveres y de la sangre derramada la tarde anterior, gruñó a uno de sus ayudantes: "No te entretengas en enterrar a los indios. Ata los cadáveres de a tres o cuatro, cárgalos en las carretas y hundilos en el lagunón grande".
Seguidamente, pasado el mediodía, firmó el parte de la horrenda fechoría que había producido (el cual obviamente, dada la corrección sintáctica y la ausencia de errores ortográficos; no fue redactado por Rivera, quien se habrá limitado a darle a algún secretario letrado suyo instrucciones respecto a lo que debía consignar el texto en general), concedió una licencia temporaria para los soldados provenientes de Paysandú (Salsipuedes queda cercano a Guichón, distante unos 100 km. de la ciudad de Paysandú), y dispuso que al amanecer del día siguiente, 13 de abril, dos compañías al mando del general Julián Laguna condujeran a los charrúas prisioneros a pie hasta Montevideo, donde serían esclavizados bajo el pretexto de convertir a esa "muchedumbre salvaje en una porción útil a la sociedad", según consigna en el decreto. Seguidamente, despachó a su sobrino Bernabé Rivera en persecución de los pocos charrúas que, encabezados por uno de sus jefes, el cacique Venado, habían logrado escapar a la masacre (Bernabé Rivera conseguiría luego acorralar a algunos de ellos en un arroyuelo, y después de engañar a los exhaustos indios con promesas de que iba a devolverles a sus familias cautivas, ordenaría trasladarlos a una estancia cercana donde los haría encerrar en la cocina, para asesinarlos en masa disparándoles a través de los vidrios de las ventanas. Posteriormente a esos horripilantes sucesos, unos dispersos charrúas que estaban siendo perseguidos por Bernabé Rivera, se volvieron de repente en contra suya, logrando apresarlo, y lo lancearon, dejando su cadáver mutilado con la cabeza hundida en un pozo de agua.
A todo esto, el 13 de abril, una vez que sus tropas con los cautivos charrúas se hubieron marchado del campamento, Rivera se dedicó a hurgar entre los diversos objetos que tenían los indios, eligiendo de entre ellos algunos para sí, y le dijo a Gabiano: "Para nosotros los paisanos, estos tarecos hediondos son una porquería, pero para la gente de la ciudad, tienen su valor". Esas cosas se las enviaría un par de días después el Pardejón a su amigo Julián Espinosa, adjuntos a una esquela que con su trabajosa caligrafía y peor ortografía, decía:

Río Negro, abril 15-1831
Mi estimado Julian. El dador te entregará una lansa un arco y carcajo con flechas un maso de ondas p.a. tirar la piedra unas volas armas con que peliavan los charrúas… Conserva esas memorias de esa trivo salvage q.e ya no eciste… Tuyo Fructuoso (sic)
En noviembre de 1832, un francés llamado François de Curel solicitó del gobierno uruguayo autorización para llevar a Francia a cuatro charrúas, bajo el argumento de "presentarlos a su majestad el rey de Francia, a las sociedades científicas y a otras personas de distinción e ilustración". El propósito que en realidad perseguía este individuo, era exhibir a los charrúas como raros ejemplares circenses. Contestada de conformidad su petición por parte de las autoridades uruguayas, meses después Curel vuelve a dirigirse a ellas: "Dichos indios son los llamados Perú, Sirá y la India Guyendita, que se hallan en mi casa; y el Indio que está preso, cuyo nombre no conozco". Obsérvese que Curel dice "que se hallan en mi casa", esto es: los charrúas mencionados eran, de hecho, esclavos suyos. La prolija y exhaustiva investigación llevada a cabo por el historiador uruguayo José Joaquín Figueira nos posibilita saber acerca del origen y el destino de esos charrúas:
1) La India Guyendita mencionada por el francés, era María Michaela Guyunusa, nacida en algún lugar de la zona de Paysandú el 28 de setiembre de 1806. Fue bautizada el 26 de julio de 1807, según la partida bautismal que se conserva en la parroquia de San Benito de Palermo en la ciudad de Paysandú (la cual vi personalmente allá por los 80, e inclusive debo tener algunas fotos). María Michaela tomó parte en la epopeya conocida como Éxodo Oriental, y adhirió a la gesta de los Treinta y Tres Orientales. Circa la batalla de Ituzaingó, nacería su primer hijo, el cual luego del etnocidio de Salsipuedes, le sería arrebatado por las autoridades uruguayas y dado vaya uno a saber a quién, en condición de esclavo. Por la fecha en que fue enviada a Francia, María Michaela, enferma de tuberculosis, se hallaba embarazada del cacique Vaymaca Perú, y el 20 de setiembre de 1833 nacería en Lyon, Francia, su hijita a la cual pondría por nombre Carolina. A los diez meses de nacida la bebé, María Michaela Guyunusa falleció de tisis, y poco tiempo después, murió también la niñita, de la misma enfermedad.
2) El indio Perú que cita De Curel, era el cacique Vaymaca Perú, soldado artiguista que luchó en las guerras contra los luso-brasileros. Posteriormente se enrolaría entre los partidarios del general Lavalleja, hasta que en los sucesos de Salsipuedes y sus consecuentes, fue tomado prisionero por las fuerzas de  Rivera y enviado a Montevideo. Era el padre de la por entonces aún nonata que al momento de ser embarcada hacia Francia llevaba María Michaela Guyunusa en su vientre. Vaymaca Perú murió en Francia, a poco de llegar.
3) La persona que el francés llama Sirá, era el médico-brujo Senaqué, que pertenecía a la comunidad charrúa cuyo cacique era Vaymaca Perú, de quien era el consejero y favorito. Fue el primero de los charrúas llevados a Francia en fallecer, a causa de la tristeza.
4) En cuanto a quien De Curel se refiere como "el Indio que está preso cuyo nombre no conozco", era Laureano Tacuavé Martínez, nacido también en la zona de Paysandú el 14 de julio 1809. Fue bautizado el 8 de setiembre de ese mismo año, por el vicario de la parroquia de San Benito de Palermo, de esa ciudad, constando en su Fe de Bautismo que era hijo legítimo de Eustaquio Tacuavé y de Francisca Martínez, Indios de esta jurisdicción. La partida no aclara si pertenecía a la etnia charrúa; por mi parte me inclino a creer que era guaraní. Fue el único sobreviviente de entre las cinco personas llevadas a Francia. Tacuavé, de gran fortaleza física e inteligencia despierta, parecía haberse adaptado bien a la vida en Francia. Lo último que se supo de él fue que se había convertido en saltimbanqui de un circo, y allí se pierde su rastro.
En función de lo hasta aquí consignado, puede inferirse fácilmente que ninguno de los "salvajes charrúas" enviados a Francia podía considerarse un "malhechor", ni una "amenaza a la seguridad pública", ni un "peligro para las propiedades de los estancieros", ni un "salteador" ni nada por el estilo. No lo eran ni Vaymaca Perú, guerrero de la independencia uruguaya, ni el médico-brujo Senaqué (de la misma condición que Vaymaca Perú), ni el joven Tacuavé. Y obviamente, muchísimo menos aún lo eran María Michaela Guyunusa y su hijita. Queda perfectamente claro que lo de Salsipuedes fue un etnocidio cometido exclusivamente con el inconfesable fin de exterminar a los pocos que quedaba de esa etnia.
A todo esto, arribados a Francia, los charrúas fueron exhibidos públicamente por De Curel y luego vendidos a un circo. El anuncio del "civilizado" francés para propagandizar entre el público su "espectáculo", decía: "Los charrúas son visibles todos los días, excepto el sábado de las 3 a las 6 de la tarde, en Allée D'Antin, Campos Elíseos. Precio de la entrada: 5 francos por persona".

-Juan Carlos Serqueiros-