domingo, 8 de noviembre de 2015

EL DELANTERO CENTRO FUE ASESINADO AL ATARDECER







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Porque habéis usurpado la función de los dioses que en otro tiempo guiaron la conducta de los hombres, sin aportar consuelos sobrenaturales, sino simplemente la terapia del grito más irracional: el delantero centro será asesinado al atardecer. (Manuel Vázquez Montalbán, El delantero centro fue asesinado al atardecer)

El delantero centro fue asesinado al atardecer es la novela número 14 de la Serie Carvalho, y esa ubicación en la saga de ninguna manera es casual; el genial Manolo así lo determinó, y no es muy complicado deducir los porqués: catorce fueron los años que llevaba el Fútbol Club Barcelona sin salir campeón de la Liga Española, cuando en 1973 llegó al equipo Johan Cruyff (el ídolo futbolístico de Vázquez Montalbán, quien por supuesto, era hincha fanático del Barça) para sacarlo de esa prolongada sequía de títulos; 14 era el número que solía llevar el holandés en su camiseta, y catorce fueron los goles que anotó para el Barcelona en la temporada 1976-1977.
Escrita y editada en 1988, en la novela se narra, en el marco de esa época de la historia peninsular (la España de Felipe González y el PSOE), un nuevo caso de Pepe Carvalho, un detective privado nacido en Galicia que vive en Barcelona, en el coqueto y aristocrático barrio de Vallvidrera, en las faldas del Tibidabo. Ex comunista, ex agente de la CIA norteamericana, y gourmet exquisito que se regala manjares preparados cuidadosamente en selectos restaurantes o por él mismo en su casa, en tanto consumado chef, regados con los mejores vinos y licores; Carvalho es contratado en esta oportunidad por la directiva del "club más poderoso de la ciudad, de Cataluña, del universo" (sic), en alusión implícita (que no explícita; pues el autor no lo menciona específicamente en ninguna de las páginas) al Fútbol Club Barcelona. La institución ha fichado a la estrella del balompié europeo, al jugador más cotizado del mundo: el goleador inglés Jack Mortimer, y desde su llegada al club, se han recibido retóricos e inquietantes anónimos en los cuales se afirma que "el delantero centro será asesinado al atardecer"; por eso se le encomienda al detective investigar el asunto, para lo cual tendrá que asumir el rol de psicólogo deportivo, haciéndose pasar por tal.


Paralelamente a todo esto, otro club catalán, el Centellas, que si bien posee una antigua y valiosa cancha ubicada en un barrio de Barcelona que se ha tornado muy apetecible para los grandes consorcios (¿mafias?) dedicados a emprendimientos urbanísticos millonarios, y ostenta un pasado pleno de pretéritas (y cuasi olvidadas) glorias deportivas; está en franca decadencia, por lo cual, en un aparentemente denodado y supremo esfuerzo por evitar la venta de su estadio y sus consiguientes liquidación y desaparición, ha contratado a un centro delantero: Alberto Palacín, quien otrora fuera un renombrado futbolista español y que tras haber sufrido una grave fractura y haber pasado por el fútbol mexicano, se halla, a sus treinta y seis años, en el ocaso de su carrera deportiva.
Vázquez Montalbán ha plasmado una intrincada trama en la que, so pretexto de abordar y tratar -lo cual hace magistralmente, dicho sea de paso- la temática del fútbol, tanto el de élite como el de divisiones menos favorecidas e infinitamente más modestas; se mete en los entresijos mismos de la sociedad de aquella Barcelona preolímpica, para volcar en las páginas de esta novela (que muy apropiadamente abre con un párrafo de Carl Gustav Jung en El hombre y sus símbolos) su particular visión sobre ella. Los personajes, una joven puta y su chulo, Marta y Marçal, ambos drogadictos y delincuentes de poca monta; doña Concha, una ex trotacalles que tras haber sido la querida de unos cuantos, ha escalado, a expensas de los cuartos que les sacó a esos cuantos, hasta convertirse en una respetable matrona (a la que todavía de cuando en cuando le acomete la urgencia del deseo sexual), dueña de una pensión en la calle San Rafael a la cual va a dar con sus huesos Alberto Palacín, aquel crack que en sus tiempos supo hacer enronquecer las gargantas de los aficionados que festejaban sus goles; el aristocrático Basté de Linyola, mandamás del club poderoso, un empresario y ex político acerca del cual Vázquez Montalbán estampa que "había hecho de la presidencia del club una cuestión de penúltima significación social… le convertía en un poder fáctico y amaba el poder como único antídoto contra la autodestrucción"; y el presidente del club modesto y en riesgo de desaparición, Juan Sánchez Zapico, un comerciante en chatarra y pequeño fabricante de peladillas y garrapiñadas que bajo su apariencia de benefactor y mecenas del bastión deportivo de la barriada, está metido hasta el cuello en la mafia de los especuladores de tierras, son maravillosamente descritos, sueltan parrafadas imperdibles y podría merecer, cada uno de ellos, un sesudo tratado de psicología.
En cuanto al protagonista principal, José Pepe Carvalho Larios, el autor nos lo representa más viejo, hastiado, escéptico, egocéntrico y cínico que nunca, a punto tal que en todo el desarrollo de esta novela, sólo tiene sexo una vez con Charo, su ¿novia?, y no lo intenta con ninguna de las mujeres que aparecen en la trama, y más aún -¡inaudito!- ya ni siquiera se masturba en el baño como solía hacerlo antes; limitándose ahora a engullir cantidades industriales de exquisitos manjares y trasegar hectolitros de finísimos vinos. Su familia está compuesta por Rosario Charo Garcia López, una call-girl, una puta de citas por teléfono, que recibe a sus clientes en su pisito del barrio Chino de Barcelona, que ahora en El delantero centro fue asesinado al atardecer, tiene cada vez menos trabajo, las carnes más pesadas, las formas más macizas, el cuerpo más relleno, y que es la ¿novia? de Carvalho, quien la conoce desde 1971, la única mujer hacia la cual experimenta una especie de afecto mezclado con atracción, costumbre, paciencia y compasión, mélange esa que, dada su índole egoísta, es lo más aproximado al amor que él es capaz de sentir; José Biscuter Plegamans Betriu, "un feto rubio y nervioso condenado a la calvicie", con "facciones de hombre que no ha crecido demasiado" y con "cabeza de hijo de fórceps", en las poco amables palabras del propio Vázquez Montalbán (que ha volcado, inadvertidamente o adrede, vaya uno a saber, mucho de sí mismo en el personaje) a quien Carvalho conoció en los 60, en la cárcel a la cual habían ido a dar él por comunista y Biscuter por ratero, y a quien años después, en 1974 o 1975, reencuentra en Barcelona, saca de las calles para que no se convierta nuevamente en víctima propiciatoria para la prepotencia policial y en carne de prisión, y lo hace su devoto y fiel ayudante; Enric Fuster, persona cultísima, solitario empedernido y de profesión gestor, combinación de abogado y contador, que tiene su casa situada también en el exclusivo barrio de Vallvidrera, a pocos metros de la del detective, de quien es amigo, asesor legal y contable -el único contacto que mantiene Carvalho con el ámbito de las leyes comunes y los impuestos, esos de los que reniega y que invariablemente tarda hasta la morosidad en pagar), y compinche de juergas gastronómicas y etílicas que invariablemente culminan en memorables borracheras; y Francisco Bromuro Melgar, un personaje insólito, falangista y fascista enragé, xenófobo, ex soldado de Franco y ex legionario, devenido en lustrabotas y confidente de Carvalho, a quien le suministra preciosos datos referidos al submundo de la marginalidad y el hampa de Barcelona, que vive con la obsesión de que los poderes de turno le echan bromuro (de ahí su apodo) al agua como estupefaciente destinado a adormecer las entendederas y reprimir la sexualidad de la gente.
Precisamente, la muerte del pobre Bromuro, acaecida sobre el final de la compleja trama, es uno de los indicadores que nos ponen de manifiesto a las claras que El delantero centro fue asesinado al atardecer no es simplemente una novela más de entre las de la Serie Carvalho; sino que el autor la considera uno de los hitos fundamentales de la saga.
En resumen, una viñeta crudelísima (quizá demasiado), una novela extraordinaria que, pese a las casi tres décadas transcurridas desde su concepción y publicación; conserva una sorprendente actualidad, con un desenlace (no se preocupe, que no voy a contárselo) inesperado y... descorazonador, desesperanzador, dirán algunos, tal vez. El genio del bueno de Manolo Vázquez Montalbán (al que sólo puedo encontrarle un par de defectos: haber sido comunista y no haber nacido argentino -que largamente merecía serlo-), raya aquí a gran altura, palabra de honor.


Mire, no se lo pierda, es un buen libro, ¿sabe? Y por si usted -Dios no lo permita- pertenece al club de los miserables que se resisten a gastar unos pocos pesos en una de esas obras que hay que leer sí o sí; siempre le queda el recurso de delinquir en complicidad conmigo, pidiéndome que se lo mande por e-mail en formato electrónico.
Como sea, empéñese en ser bueno consigo mismo: regálese el placer de disfrutarla. Amén.

-Juan Carlos Serqueiros-