sábado, 30 de junio de 2012

DE GOBIERNO Y ESTÉTICA





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Quisiera detenerme un minuto en la significación de la estética. Frecuentemente se dice que el hábito no hace al monje, y es perfectamente cierto. Pero cuando la estética se refiere al colectivo, ahí lo que era cierto; pasa a no ser ya tan cierto.
Hay por parte del gobierno nacional toda una definición encerrada en la adopción de la denominación La Cámpora; porque se apela al nombre de alguien claramente diferenciado de Perón como lo fue el "Tío" (en mi opinión, un tipo absolutamente inepto para gobernar, que se mandó tantos desaguisados y exhibió tanta incapacidad en sólo 49 días, que el General se vio compelido y obligado a asumir una presidencia que no quería). Con lo de La Cámpora, el gobierno expresa, entonces, una identificación, un origen, que se empeña en atribuirse a sí mismo, y para transmitir eso al imaginario colectivo, es que recurre a la iconografía camporista.
Y no es una crítica, eh; es perfectamente legítimo y hasta aconsejable políticamente para cualquier gobierno el no definirse como peronista, a partir del 1 de julio de 1974. Primero, porque la construcción de poder (y me imagino que a nadie se le escapará que un gobierno que ya lleva nueve años y que en la actualidad está en la búsqueda de las herramientas que entiende como más apropiadas para prorrogarse, tiene como objetivo principal la construcción permanente de poder, ¿no?) no es compatible con enrolarse en ningún “ismo” pretérito. Y segundo, porque el rótulo "peronista" también se lo puso un inmundo mamarracho como Menem, y asimismo, no tuvo empacho alguno en presumir de “peronista” toda una larguísima fila de impresentables reciclados, devenidos ahora en acérrimos defensores del "modelo K" pseudo nac&pop, por supuesto, después de haber gritado "la vida por Menem" en épocas del califato, "la vida por Duhalde" en épocas del cabezonato, y vaya uno a saber por quién gritarán mañana que darían la vida (que dicho sea de paso, bueno sería que la dieran de una vez, no importa por quién, pero que la den; así nos libramos de tanta escoria).
Lo que sí es criticable, repudiable y condenable es la hipocresía del gobierno, que cuando le conviene reclama para sí la pertenencia a un peronismo que en los hechos no aplica y del que a menudo abjura, por ejemplo, cuando apela a lo de La Cámpora.
Hipocresía esta que además ejerce en todo sentido, de ida y de vuelta; porque no ve inconveniente alguno en denominar La Cámpora a los sectores parasitarios y prebendarios juveniles (y no tan juveniles) de entre sus adherentes por un lado, y por otro; pedirle la renuncia a Esteban Righi, quien legítimamente (y pocos con más derecho que él) puede ponerse el sayo de camporista; para así tratar de tapar la corruptela de la cual se acusa nada menos que al vicepresidente de la nación. Y no es que sea Righi santo de mi devoción, eh, al contrario; pero por lo menos, ese era camporista en serio. Y lo rajaron precisamente por eso.
Lo de La Cámpora también le sirve al gobierno en sus propósitos de instalar en la gente la idea de una identificación con una supuesta "juventud idealista de los 70", que combatía contra una “perversa burocracia sindical” a la que veía encarnada en Rucci (dicho sea de paso, ¡cómo se lo extraña, compañero, el último de los grandes sindicalistas!), y a la que consideraba concatenada con “lo más siniestro del fascismo peronista” (?). Así, La Cámpora vendría a representar para el kirchnerismo una reedición de la “guerra santa" librada por los “ejércitos celestiales y buenos” de Montoneros, contra el “demonio malo” cegetista.
Claro, por supuesto que ni La Cámpora es Montoneros ni el atorrante de Moyano es Rucci; así como tampoco Néstor Kirchner era Perón y mucho menos Cristina Fernández es Evita, pero eso al gobierno muy poco le importa, porque es archisabido que la construcción de un relato ficcional y destinado a lo que reputa como “la gilada” (porque eso es lo que somos para el gobierno), es decir, la opinión pública; poco tiene que ver con la historia real.
Y es precisamente la historia -tanto la más reciente, como también la de hace dos siglos- con lo que más problemas tiene el gobierno. Es que al proclamarse peronista, termina indefectiblemente por chocar contra una porción de su propio electorado: la que le reclama y reprocha el pelearse nada menos que con los trabajadores nucleados en la CGT, mientras que al definirse por el “camporismo”; confronta con otra porción, también de su propio electorado, a la que le gustaría más una ruptura con todo el andamiaje de la politiquería electoralista “peronista”; además de -por descontado- con la estructura sindical que también se asume como “peronista”. 
Así las cosas, el gobierno se ve obligado  a recurrir a falseamientos en la historia de cincuenta años a esta parte y a buscar afanosamente citas de Evita, las cuales (antojadiza y caprichosamente interpretadas y sacadas de contexto) presentar a la opinión pública como certificación de que lo que está haciendo es correcto, y a "filósofos" de cabotaje tales como el impresentable José Pablo Feinmann, que baten el parche metiéndole en la marota a la gente el delirio de que “Perón era facho” (divague ese que también es compartido por la presidente, dicho sea de paso).
Y lo mismo le acontece al gobierno con respecto a la historia del siglo XIX. Constantemente recurre a las figuras históricas de Moreno, Castelli y Monteagudo, a las cuales busca afanosamente identificar con La Cámpora en una imaginaria línea de rebeldía transformadora (?), que vendría a ser así la "continuadora de los ideales revolucionarios de esos próceres", a los cuales también intenta relacionar con la democracia artiguista (?) a como dé lugar. Pero le incomodan las contradicciones (lógicas, porque todo eso es un delirio) en tal sentido, y entonces; apela a Galasso, sostenedor y defensor, precisamente, de esa tesis histórica. Pero si recurre a Galasso, también tiene que satisfacer, además; al grupejo de pseudo historiadores “revisionistas” que le hacen la claque, porque “los muchachos también tienen que vender sus libros y CD’s”, y entonces “soluciona” el “problemita” creando un Instituto Revisionista Dorrego en el cual rejuntar y amuchar la biblia y el calefón con el tintero que se perdió en el juzgado: al mediático Felipe Pigna -que sustenta tesis (dando por válido, claro, que un personaje como Pigna pueda sostener algo aunque sea parecido a eso que llamamos tesis) aproximadamente similares a las de Galasso; aunque sin la indiscutible honestidad intelectual de éste- y al inefable Pacho O’Donnell, que saben tanto de historia como mi gato del cuadrado de la hipotenusa.
En síntesis, para el gobierno, palos porque bogas, palos porque no bogas. ¿Y todo por qué?: por su carencia de definiciones y por la manipulación hipócrita que evidencia en su discurso y en su accionar.
Más le valdría desterrar definitivamente esos métodos nada aconsejables, especialmente para quien no sabe utilizarlos (convengamos en que no tiene precisamente las aptitudes, inteligencia y patriotismo que Maquiavelo descontaba en el príncipe de su obra más famosa), y dedicarse a no querer ser ni “peronista” ni “camporista”; sino simplemente lo que es: kirchnerista.
La pregunta es: ¿tiene margen para hacerlo a esta altura de las cosas? Y sobre todo, ¿quiere hacerlo, quiere arrojar lastre para así tener un vuelo más propicio y favorable?
Y, qué sé yo… no tengo la bola de cristal, pero a priori, me parece difícil que el chancho chifle, ¿no?

-Juan Carlos Serqueiros-