miércoles, 10 de octubre de 2012

SE CONMUEVEN DEL INCA LAS TUMBAS (SEGUNDA PARTE)

















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

(Continuación)

¿Era efectivamente Juan Bautista Túpac Amaru en quien había pensado Belgrano para sentarlo en el trono que a la faz del mundo habría de alzarse en el Cuzco?
Es difícil (y a menos que aparezcan documentos hasta hoy desconocidos; será imposible) saberlo. El General no hizo nombres cuando expresó su proyecto, ni públicamente, ni en cartas privadas, como afirman irresponsablemente algunos; sin especificar a cuáles "cartas privadas" se refieren ni dónde se hallan las mismas.
Estimo pertinente resaltar que no es cierto lo que sostienen los actuales fogoneros mediáticos y politiqueros del asunto, en el sentido de que Juan Bautista Túpac Amaru era el "único" sobreviviente de la familia de José Gabriel Condorcanqui atrozmente ejecutada en 1781 en el Cuzco. Al respecto, señala apropiadamente José María Rosa: "Tupac-Amaru tenía un hermano, ya casi octogenario, preso en los calabozos de Cádiz, y parientes en su confinamiento de Tinta" (subrayado mío).
Y treinta años después de los sucesos, Tomás Manuel de Anchorena, recordando su participación en la cuestión como diputado por Buenos Aires al Congreso (y olvidado de su original -aunque efímero- apoyo a la propuesta belgraniana), le escribía el 4 de diciembre de 1846 a su primo Juan Manuel de Rosas, contándole que el general Belgrano, preguntado por los congresales en aquella sesión secreta del 6 de julio de 1816 con respecto a quién sería el candidato a ocupar el trono; les respondió que "a su juicio particular debíamos proclamar  la monarquía de un vástago del Inca que sabía existía en el Cuzco" (subrayado mío). Ergo, está claro que para Anchorena, en quien había pensado Belgrano no era precisamente Juan Bautista Túpac Amaru, que estaba preso en Ceuta o en Cádiz, y que a menos que tuviera el don de la bilocación, obviamente no podía ser a la vez el que "existía en el Cuzco". Aunque por supuesto, debe tenerse en cuenta que, más allá de la voluntaria o involuntaria tergiversación en lo que hace a su actuación personal en el tema, pasados nada menos que treinta años; la memoria (sea la de Anchorena o la de cualquiera) bien pudiera tener algún fallo. De todos modos, no deja de ser un indicio más.
Al cual, dicho sea de paso, adhiere Vicente Fidel López, que en su Historia de la República Argentina dice: "el proyecto de erigir como casa reinante a la familia de los incas, de la que se decía que andaba por el Perú un indio viejo que era vástago genuino y notorio de Túpac-Amaru, aquel que en 1782 había sido destrozado a cuatro caballos en el Cuzco" (subrayado mío). Aquí incurre López en un par de errores, quizá porque como es sabido, escribió su Historia basado en los relatos orales de su padre, don Vicente López y Planes, que fuera el autor de nuestro Himno Nacional: consigna equivocadamente como año de las ejecuciones de Cuzco a "1782", cuando en realidad, esas tuvieron lugar en 1781; y reputa como de edad avanzada a alguien que, en caso de ser efectivamente "vástago de Túpac-Amaru", no podía bajo ningún punto de vista ser considerado en 1816 como "un indio viejo", toda vez que andaría frisando en los 40 o 45 años, a lo sumo). 
Por otra parte, la dinastía de los Incas no se circunscribía sólo a la familia de Túpac Amaru; había, por ejemplo, en España miembros de la nobleza incaica, como ser Dionisio Inca Yupanqui, coronel del Regimiento de Dragones del Real Ejército Español y diputado a las Cortes de Cádiz, quien desde muy joven había sido enviado desde el Cuzco a estudiar al Colegio de Nobles de Madrid, y a quien le cabría una destacada actuación en la llamada Guerra de la Independencia española contra los franceses. 
Es sugerente que el cónsul general y encargado de negocios de Inglaterra ante la corte de Río de Janeiro, sir Henry Chamberlain, escribiera el 29 de agosto de 1816 desde el Brasil a su jefe en el Foreign Office, el ministro inglés Henry Robert Stewart, vizconde de Castlereagh, anoticiándolo acerca de las deliberaciones del Congreso en Tucumán: "La persona que se supone tiene en vista el Congreso es un oficial del Ejército Español que actualmente se encuentra en España, si es que no está en Madrid mismo". Quien pasó el dato a Chamberlain, tiene que haber sido Manuel José García, quien por esa época estaba en Río de Janeiro incitando a los portugueses a invadir la Banda Oriental, lo cual éstos, efectivamente, habrían de verificar. ¿Podemos, si queremos proceder seria y razonablemente en cuanto al análisis de una cuestión histórica, desechar la consideración aunque más no sea como un indicio, de un documento que proviene nada menos que de la siempre bien informada y eficaz diplomacia inglesa? En mi opinión, no, no podemos; debemos necesariamente tomarlo en cuenta. No pretendo significar que esto compruebe que el candidato del general Belgrano al trono incaico fuese Dionisio Inca Yupanqui, para nada; digo simplemente que es uno más de los tantos elementos que demuestran que de ninguna manera puede aceptarse más allá de toda duda que hubiera pensado sí o sí en Juan Bautista Túpac Amaru.
Particularmente, sigo al presente inclinado a inferir como la hipótesis más plausible, la que hace tiempo induje: que Belgrano, en el Alto Perú y en 1813, debe de haberse anoticiado, ya sea por haberlo conocido en persona o por mentas que le llegaron, de la existencia de algún integrante de la dinastía incaica, y que en él era en quien pensaba cuando elaboró su proyecto. Y además, creo que lo concibió (no como proyecto realizable en esos momentos y esas circunstancias, pero sí como idea) ya en ese año de 1813 y no en 1816 como todo el mundo tiene por válido sólo porque fue en ese año que el General lo dio a conocer.
Hay un elemento muy importante que (llamativamente) no es tenido en cuenta: La Memoria póstuma ó acontecimientos en la vida Pública del Cor.l D.n Ramon de Cazeres. Este militar oriental tuvo activa participación en la política del Plata entre 1812 y 1852, y escribiría, a solicitud de Andrés Lamas, sus memorias, las cuales dedicó a éste. Respecto al tema que nos ocupa, dice Cazeres: "Mis opiniones estaban entonces de acuerdo con muchos de los 1.os hombres de la Rebolucion: D.n Jose Artigas nos habia mostrado algunas veces una carta de D.n Man.l Belgrano, escrita desde Sta. Fee, (hay aquí una llamada '[8]', a una nota de pie de página, la cual reza: 'me parece q.e en el año 13') diciendole q.e le parecia no podria constituirse la America del Sud, sino bajo la forma de una monarquia constitucional, proyectaba se buscase un descendiente de los Yncas p.a coronarlo, y conciderandole hombre sin educacion y sin talentos, proponia la formacion de una regencia, en la q.e. tendrian parte los hombres mas ilustrados, y q.e mas hubiesen trabajado en la rebolucion; Ese docum.to yo creo que no está perdido, y q.e ha de ver la luz un día." (sic). Nota mía: el texto es la transcripción fiel de lo escrito por el autor, sin correcciones gramaticales ni ortográficas.
Cazeres sitúa la carta como escrita desde "Sta. Fee", es decir, Santa Fe, en 1813; pero acota en relación al año: "me parece". No debe haber sido de 1813, ya que ese año Belgrano no estuvo en Santa Fe; sino de 1814 (en cuyo caso, tampoco debería estar emitida desde esa ciudad), en que se produjo su intercambio epistolar con Candioti acerca de la situación de Santa Fe y la Banda Oriental y la mediación que a éste le había encomendado Posadas (ver mi artículo al respecto en este ENLACE); o bien de 1816, cuando tuvo que marchar a hacerse cargo del Ejército de Observación. 
Y de paso, el testimonio de Cazeres me reafirma en mi creencia de que el Inca en quien pensaba Belgrano, no era Juan Bautista Túpac Amaru ni era Dionisio Inca Yupanqui (hombres cultos ambos, sobre todo, el segundo); sino algún otro que desconocemos, alguien que, como dice el oriental que se estipulaba en la carta dirigida a Artigas, no poseía considerables educación y talentos.
¿Se hace perceptible como se va clarificando la cuestión? Así, lo vemos al general Belgrano tendiendo un puente hacia la postura ideológica del general Artigas, procurando -en vano, porque éste utilizaba la carta para ejemplificar ante sus oficiales lo distantes (y en efecto, así era, por desgracia) que estaban un punto de vista del otro- convencerlo de que la tesis de la monarquía incaica a la que le proponía adherir, era una concepción superadora tanto del centralismo directorial que se había demostrado egoísta, sectario y exclusivista; como de la anárquica confederación de provincias con sus localismos mezquinos y disolventes.
Y ese será, precisamente, el eje sobre el cual girará el próximo capítulo.

(Continuará)