sábado, 3 de marzo de 2012

LOS CAZADORES DEL ACTA PERDIDA



Escribe: Juan Carlos Serqueiros

De ambos congresos que declararon la independencia, es decir, el de Oriente reunido en 1815 en la villa de Arroyo de la China (actual Concepción del Uruguay, en Entre Ríos) y el de Tucumán, desaparecieron las actas. Raro, ¿no? O quizá -dependiendo de cómo se lo mire- no tan raro.
Sin embargo, en el caso de las actas del congreso de Tucumán, hubo más "suerte" porque fueron halladas (excepto el original de la que contenía la declaración de independencia); ya que no habían desaparecido efectivamente sino que estaban extraviadas, guardadas en sitios que no eran dependencias de archivos oficiales. En cambio, con las del congreso de Oriente, lamentablemente no ocurrió lo mismo. Y ya puede suponerse con más que fundada razonabilidad y cierto grado de certeza, que no serán halladas; porque lo más probable es que hayan sido destruidas.
Y que no vengan con la monserga de que "quizá no se hayan labrado actas en el congreso de Oriente", porque es una suposición que no tiene fundamentación sólida alguna, una simple (y maliciosa) inferencia. ¿O alguien va a creer de buena fe que en un congreso como lo fue el de Arroyo de la China, reunido expresamente para declarar la independencia y fijar nada menos que las bases sociales, políticas y económicas de una nación en ciernes, se iba a omitir justamente el llevar actas de las reuniones? ¡Por favor! Sí hubo actas, y las mismas, derrotado el artiguismo, fueron cuidadosamente sustraidas, ocultadas a la posteridad y presumiblemente (lo más probable) destruidas (y no solamente las actas de ese congreso, sino también buena parte de los documentos de los llamados Pueblos Libres).
En cuanto a las actas del congreso de Tucumán, fueron ubicadas en 1966 merced a la exhaustiva investigación de Aníbal Silva y Giráldez, quien con paciencia infinita siguió sin desmayo la pista de la documentación hasta encontrarla en un colegio salesiano. Pero entre lo que se encontró, faltaba el original del acta en que se registró la declaración de independencia (sí había una copia), entonces al tiempo, volvió a tomar cuerpo una versión de la historiografía centralista, a la cual se sumaron una serie de chantapufis que en lugar de escribir seriamente sobre historia; convierten a ésta en algo parecido a los programas televisivos de chimentos faranduleros, por supuesto persiguiendo con eso no precisamente la búsqueda de la verdad histórica, sino la  figuración personal y el afán de lucro, porque sabido es que los puteríos "venden", y mucho.
Así las cosas, se tomó como cierto que el acta original de la declaración de independencia, la robó un facineroso que estaba al servicio del anarquista Artigas, instigado por y con la complicidad de, los diputados cordobeses al congreso de Tucumán y el gobernador José Xavier Díaz; delirio este que se desprende de la historiografía mitrista.
En apretada síntesis, la falsedad consiste en aseverar que una vez labrada el acta, el congreso la envió al Directorio en Buenos Aires (Pueyrredón) por conducto de un joven oficial de 21 años llamado Cayetano Grimau Gálvez. Éste, que supuestamente viajaba solo y sin más armas que un inservible sable con la hoja rota, habríase detenido en Córdoba, y allí el gobernador José Xavier Díaz le habría ofrecido un soldado para acompañarlo, también desarmado (el soldado, digo). En el trayecto, se habrían encontrado Grimau y el soldado cordobés, con tres personas a las que se sindicaba como tropa de Artigas, siendo el jefe de ese grupo José el inglés García; y que éste propuso a Grimau Gálvez viajar juntos, porque ellos llevaban también correspondencia, pero no para el Directorio sino para Artigas. Al llegar a Cabeza de Tigre, el 2 de agosto de 1816, se encontraron con una galera que venía escoltada, transportando al presbítero Miguel Calixto del Corro, diputado por Córdoba al Congreso de Tucumán, que regresaba de una misión ante Artigas en la Banda Oriental, para reincorporarse al mismo. Aparentemente, Del Corro y el inglés García conversaron un rato, y luego de eso, mientras Grimau Gálvez estaba distraído en menesteres personales (dijo que estaba cagando entre los yuyos); García y otro le apuntaron con un trabuco, exigiéndole la entrega de la correspondencia que llevaba, alegando actuar siguiendo instrucciones de Del Corro. Según Grimau Gálvez, el hecho se perpetró sin que la escolta que traía el diputado hiciera nada por impedirlo, al igual que el soldado que lo acompañaba y que tras el suceso regresó a Córdoba, manifestando que no era necesario proseguir su viaje, habida cuenta de que ya no había correspondencia que custodiar por haber sido ésta arrebatada. Arribado a Buenos Aires, Grimau Gálvez denunció al Directorio lo que según él le había acontecido, originándose en el seno del congreso una investigación que responsabilizó no sólo a Del Corro; sino también a los otros tres diputados por Córdoba: José Antonio Cabrera, Eduardo Pérez Bulnes y Gerónimo Salguero de Cabrera, por ser simpatizantes fanáticos del artiguismo. Esa es la versión que circuló y sigue circulando por la acción de algunos historiadores.
Pero analicemos un poco la cuestión. No hay prueba alguna de que la correspondencia que llevaba Grimau Gálvez consistiera nada menos que en el original del acta en que se asentaba la declaración de independencia producida por el Congreso de Tucumán. Además, si como se afirma, el acta era enviada a Buenos Aires para que sean impresas copias en español, quechua y aymara para "distribuir entre los pueblos"; entonces, ¿qué necesidad había de enviar el original, conducido por un hombre solitario y desarmado por caminos peligrosísimos y expuesto a mil riesgos; si con una simple copia del texto bastaba para ese propósito? El sólo imaginarlo ya es ridículo.
Al momento de destacarlo el Congreso como chasque a Buenos Aires, Grimau Gálvez era un oficial del ejército (tenía el grado de teniente), ¿puede razonablemente darse por cierto que un oficial del ejército viajara absolutamente desarmado salvo por un sable que no tenía utilidad por estar su hoja rota, máxime cuando lo hacía solo, sin compañía alguna? Y además; si el sable estaba inservible como dijo Grimau Gálvez, ¿para qué lo cargaba si le era inútil para defenderse? ¿Acaso le gustaría viajar a caballo con lastre? Absurdo por donde se lo mire.
¿Por qué habría el gobernador de Córdoba (a quien se imputaría también como partícipe del plan para robar a Grimau Gálvez) de asignarle un soldado desarmado para que lo acompañe? ¿También tenemos que creer que era retardado mental José Xavier Díaz, como para no darse cuenta de que eso sólo serviría para echar sombras sobre él? Totalmente impensable. Y además se contradice con lo que según Grimau Gálvez manifestó el soldado cordobés; porque recordemos que éste habría dicho que regresaba a Córdoba porque ya no tenía objeto seguir custodiando una correspondencia que había sido robada; y entonces, ¿con qué custodiaba esa correspondencia, si según Grimau estaba desarmado? ¿Con una gomera? Insostenible.
¿Y por qué querría Artigas robarse el acta el 2 de agosto, si ya estaba perfectamente enterado de la declaración de independencia producida por el Congreso de Tucumán a los pocos días del hecho, y hasta se conserva una carta suya dirigida a Pueyrredón y fechada el 24 de julio de 1816 en la cual le menciona el tema y le recuerda a éste que "(las provincias que componían la Liga Federal) hacía más de un año que habían proclamado su independencia"? Atribuirle a Artigas el mandar a robar el acta es lisa y llanamente un divague de alguna mente afiebrada (o que obra movida por un interés propio o sectorial muy mal entendido).
En suma, todo esa versión tendenciosa y sesgada es una sucesión de absurdos, una trama burdamente orquestada y aún peor imaginada.
En 1916, en ocasión de celebrarse en nuestro país el Primer Centenario de la Independencia, un ilustre cordobés, Pablo Cabrera, escribió Universitarios de Córdoba. Los del Congreso de Tucumán, obra esta en la cual hace una biografía profusamente documentada de cada uno de los cuatro diputados por Córdoba al congreso de 1816, y en ella desnuda los dislates y falacias en que incurre Mitre al juzgar a esos próceres, echando por tierra ese delirio de atribuirle al artiguismo el robo del acta de la independencia.
Pero si queremos arrojar luz sobre este en apariencia confuso asunto, podemos hacer un sencillo ejercicio: si invertimos la carga de la prueba, es decir, si convertimos a los acusados en fiscales y a los acusadores en reos, ¡oh, sorpresa!, veremos cómo todo adquiere súbitamente una prístina claridad. Supongamos que en lugar de ser los cuatro diputados por Córdoba y el gobernador de dicha provincia los autores de un plan para perjudicar al Congreso de Tucumán en beneficio del artiguismo; fuesen algunos de los diputados por Buenos Aires quienes hubieran pergeñado una conspiración contra Artigas y amañado las cosas de modo de poder expulsar del cuerpo a los diputados por Córdoba y desprestigiar al gobernador Díaz. Y ahí veremos cómo entonces todo cierra perfectamente.
Debe de haber sido más o menos así: los diputados por Córdoba se enteraron de que algunos de sus pares de Buenos Aires planeaban un complot contra Artigas y su sistema. Ese complot consistía en instigar al gobernador de Santa Fe, Mariano Vera, a apartarse de aquél. Pero ocurrió que los que urdieron la cosa se olvidaron de un detalle: el Congreso había designado a Miguel Calixto del Corro para actuar en la negociación entre Santa Fe y Buenos Aires. El convenio al que se arribó consistía en que Buenos Aires reconocería la autonomía de Santa Fe y la indemnizaría por los daños y perjuicios que le había causado, y ésta enviaría un diputado al Congreso de Tucumán; pero bajo cuerda se había incluído una claúsula secreta en función de la cual Santa Fe quedaba obligada a cumplir lo pactado aún cuando Artigas se opusiera; lo cual significaba que Vera se alejaría del artiguismo. Los complotados no tuvieron en cuenta la honestidad del diputado por Córdoba, quien informó a Artigas lo que estaban tramando en su contra. En el marco de ese statu quo es que se produjo, por parte de José el inglés García y sus dos compañeros, la interceptación del chasque enviado a Buenos Aires por el congreso, el susodicho Cayetano Grimau Gálvez. Y la correspondencia que éste llevaba, no era el original del acta en que se asentaba la declaración de independencia producida el 9 de julio sino detalles o evidencias del plan urdido contra Artigas por parte de algunos de los diputados porteños, y sobre todo; comunicaciones entre el Congreso y el Directorio acerca de la invasión portuguesa a la Banda Oriental.
Por eso Artigas, en carta al Cabildo de Montevideo fechada el 18 de agosto de 1816, mencionaba la "comunicación interceptada en Santa Fé" (confundiendo Córdoba con Santa Fe, ya sea por equivocación propia o inducido por terceros que le mintieron o malinformaron acerca del sitio en el cual se apoderaron de los documentos; pero de todas maneras, el error es irrelevante y está clarísimo que la referencia es a los papeles arrebatados a Grimau Gálvez), y agregaba: "por ella calculará V.S. que nuestra existencia política estaba minada por la intriga con el gabinete portugués y que no sin fundamento hemos mirado con recelo a todos los mandatarios de Buenos Aires".
Y también por eso los diputados por Buenos Aires implicados en el complot se sintieron despavoridos cuando supieron que su chasque había sido interceptado y descubierta la trama; entonces urdieron toda esa patraña (que fue cuidadosamente recogida por la historia "oficial"). Y de paso, vieron la oportunidad de sacudirse de encima a los "incómodos" diputados cordobeses ("incómodos" porque les desnudaban sus mentiras y enjuagues, por supuesto).
El acta en que se dejó constancia de la declaración de independencia del 9 de julio de 1816 no la robó Artigas; simplemente debe de haberse extraviado en el manoseo por parte de tantos y tantos torpes e ineptos que metieron mano en los documentos. Pero claro, era más fácil y provechoso para la historia amañada, echarle la culpa al artiguismo.
Y los cazadores del acta perdida son tan de ficción como los del arca perdida, aquel de Indiana Jones, ¿se acuerdan?
Ahora, ¿por qué entonces todavía hay quienes siguen amolando con la versión mitrista; si ellos dicen enrolarse en el revisionismo? Ah!, bueno; pasa que andan dando vueltas un montón de personajes que autotitulándose "historiadores" escriben librejos, editan discos compactos, hacen programas radiales y / o televisivos, etc. Esos tipos no son simpáticos y queribles "cartoneros de la historia" (como a uno de ellos lo "bautizó" otro del mismo grupejo y que calza iguales puntos), no; ellos sólo persiguen intereses personales y lo único que buscan, lejos de ser la verdad histórica; es lucrar.
Y no es que me parezca mal que ganen dinero con esos engendros y bodrios que amparados en la chapa oficial que se les otorga, le meten en la cabeza a la gente, eh, para nada. Lo que está mal, es el inmenso daño que hacen contribuyendo a mantener la oscuridad y las tinieblas sobre aspectos de nuestra historia, lo cual podría evitarse sencillamente, obligándolos a alertar al público acerca de que lo de ellos no es historia sino ficción, novelas.
Y es muy triste y desalentador que desde los más altos niveles de gobierno se propugne, con fondos del erario encima,  la creación de organismos oficiales pseudo históricos.
En fin; quien quiera oír, que oiga.

-Juan Carlos Serqueiros-