domingo, 1 de abril de 2012

TREINTA AÑOS DE RECUERDOS ALREDEDOR DE UN GLOBO




TREINTA AÑOS DE RECUERDOS ALREDEDOR DE UN GLOBO
Por: Homero Manzi


Los arquéologos se empeñan en hacer la cuenta exacta de las ciudades supuestas a lo largo de sucesivas civilizaciones. Ayer, sentados en las butacas de Huracán, sin querer, hacíamos nuestra arqueología sentimental, superponiendo en el recuerdo las distintas canchas del Club de Parque de los Patricios, que nació bajo el símbolo de aquel globo ausente - que lloraba todo Buenos Aires- y que tuvo como presidente honorario a Jorge Newbery, el príncipe de los deportes argentinos, aquel de la sonrisa triste y la muerte gloriosa.
Es que habían pasado muchos años sobre nuestras vidas. Ya no estábamos con "Tuco", el extraño vagabundo del conventillo de la calle Garay, mirando "medio partido" desde las montañitas de Chiclana. Ya no corría sobre la línea lateral de la calle el Ruso Chavín, con el pañuelo colgado del bolsillo de su largo pantalón azul.
Y el Negro Laguna, mañero y limpio al mismo tiempo, y Ginebra, el ídolo de la calle Rioja, Iriarte, Basaldone, Carabelli, Márquez, Soulas y Martínez (Pedrito Martínez) tampoco andaban sobre el pasto.
Comprendimos que habían pasado muchos años sobre nosotros y sobre los demás, y que, en su curso, el escenario y los actores se habían transformado. Claro, algo había quedado como antaño y eran: el corazón indomable de un once que empuja como si fuera el de siempre, y el globo simbólico que para jerarquizarse, puede apelar a la tradición deportiva mezclada a la ciudad de 1910, que subía a las azoteas bajas a ver pasar sobre los molinos y las chimeneas los inflados aparatos de Newbery y el sargento Romero.
También estaba sobre la cancha -otorgando con su presencia serena categoría de seguridad- el Cachorro Alberti. Porque hace mucho, cuando en lugar de las tribunas actuales apenas si existía una casilla de madera, ya jugaba un Alberti, que desde la misma línea lucía el arte del rechazo infalible y rotundo. Y también estarían sobre las tribunas, mezclados con la multitud, los muchachos de Danel, de Metan, de Prudán, de Casacuberta, de Gallegos, de Cabot, -famosas cortadas del sur- y sobre cuyas piedras sin tranvías se levantaron escuelas primarias de "foot-ball" con pelotas de veinte
Estaban allí. Yo los he visto otra vez como hace muchos años, inflando el globito, con todos los pulmones y festejando la victoria con las gorras al aire y ocupando orgullosos las gradas de cemento.
La historia de los barrios porteños está escrita, sin duda alguna, en los libros de actas de los clubes de barrio. Huracán es casi la historia misma del Parque de los Patricios. Alrededor de su nombre Pampero, giran los recuerdos del barrio sur. Al globo rojo, sobre campo blanco -heráldica suburbana- están adheridas, las cosas del barrio, y los hombres del barrio, y los cafetines del barrio y los baldíos del barrio...con melancólicas suturas.
¿Es que el Café Benigno, desde cuyo palco molía tangos el bandoneón de " Arturo La Vieja", y en cuya pizarra de billar se colocaba el resultado de los partidos de primera cuando no había radio ni sextas ediciones... no formaba parte de la historia de Huracán?
¿Es que el Colegio Luppi, en cuyos recreos del lunes se comentaban los goles y las jugadas del domingo, no era un vivero de jugadores y simpatizantes de Huracán?
¿Es que el Cine Ruso -el del Capuchino- y La Escalava y El Americano y La Tipográfica, no estaban ligados a los mismos recuerdos? ¡Sí!
Todos esos lugares y la Quinta de Pancho Moreno y cada una de las esquinas del Parque, están estampados en las páginas del club, que de tan modesto recibiera el mote de "Mate Cocido", pues en lugar de té habitual, obsequiaba con la criolla infusión a sus rivales y que hoy, al correr de los años, es dueño de una sede lujosa y del primer estadio sudamericano.

-Homero Manzi-