Escribe: Juan Carlos Serqueiros
Prefiero
que me lastime la verdad a que me consuele una mentira. (Khaled Hosseini)
Habíamos visto en la anterior entrega que
aquella establecida el 4 de enero de 1881 entre Roca e Irigoyen no fue como se
estipula en el relato oficial, “la primera comunicación telefónica en nuestro
país”. Pero si no fue aquella, restaba entonces determinar cuál lo había sido. Vamos
a ello, pues.
El mérito de haber despejado el interrogante corresponde al historiador Mario Tesler, quien después de una paciente y tenaz investigación, logró determinar sin lugar a dudas que la primera comunicación telefónica en nuestro país se efectuó en Buenos Aires el 17 de febrero de 1878 -sólo dos años después de patentado el teléfono por Bell, dicho sea de paso-, vinculando las oficinas del Telégrafo ubicadas en la calle de la Piedad (actual Bartolomé Mitre) N° 83; y la redacción del diario La Prensa, que por entonces se hallaba en Moreno 109, es decir, dos puntos situados a seis cuadras de distancia uno del otro.
A instancias de Domingo F. Sarmiento, el viejo
periódico El Nacional que veintiséis
años antes había fundado Dalmacio Vélez Sarsfield, venía desarrollando una
campaña en la cual propugnaba la introducción y desarrollo de la telefonía en nuestro
país. En ese marco, el 24 de enero de 1878 publicaba dicho diario lo que sigue:
EL TELEFONOEs cosa de preguntar cuando empezamos nosotros los ensayos para aprovechar las ventajas que proporciona el teléfono.Tenemos elementos cientificos como para efectuarlos con igual éxito á cualquier otra nacion. A este respecto podemos decir que hay indolencia, descuido.Se nos ocurren con pesar estas reflexiones, porque vemos por los diarios, que de las invenciones modernas la del teléfono es la que mas pronto ha sido esplotada.Prusia, Inglaterra, España, Italia, Francia, etc., ya lo usan. El Brasil ya ha empezado á dar pasos para establecerlo; mejor dicho, lo tiene en uso. Lease lo siguiente que hallamos en el Jornal do Commercio.“Hicieronse esperiencias con este instrumento), entre la estacion de Petropolis y la estacion central de telégrafos en el campo de Santa Ana, bajo la direccion de Rodde. Las esperiencias se hicieron regularmente, aunque el hilo telegráfico no trabajo por el sistema ordinario. A media noche debian repetirse las nuevas esperiencias entre las mismas estaciones”.En otro lugar da cuenta el Jornal do Commercio de otras esperiencias practicadas por el Cuerpo de Bomberos, desde su estacion, con el establecimiento el Rey de los Magos.“La transmision del sonido, dice, se efectuaba con la mayor facilidad, haciendose perfectamente distintas todas las palabras, reconociéndose los variados timbres de las distintas voces que hablaron por el teléfono, y oyéndose con toda claridad de estacion á estacion una melodia cantada”.Esos resultados entusiasman. Repetimos: ¿por qué nuestras oficinas telegráficas no se entregan también á estas esperiencias? Habrá honra, provecho y amor propio satisfecho. (sic)
Un par de años antes de todo esto, el 12 de
julio de 1876, la Jefatura de Policía había contratado a dos jóvenes técnicos
argentinos, Carlos Cayol y Fernando Newman, como inspectores de líneas
telegráficas.
Las carencias presupuestarias hicieron que dicho convenio finalmente no se efectivizara. Ante ello, Cayol se fue a Alemania en viaje de estudios y perfeccionamiento, y a su regreso, se asoció con Newman en 1877 fundando entrambos una empresa dedicada a la electricidad, la telegrafía y la incipiente telefonía, sita en la calle Cuyo (actual Sarmiento) N° 211.
Fue en ese contexto que a principios de 1878
anunciaron Cayol y Newman que el 17 de febrero realizarían la prueba de
establecer, con aparatos de fabricación nacional y elaborados por ellos mismos,
la comunicación telefónica entre las oficinas del Telégrafo y el diario La Prensa que cité al principio, ensayo
ese que sería presenciado y certificado por los ingenieros Luis Augusto Huergo
y Guillermo White; un distinguido catedrático de la Universidad de Buenos
Aires, el matemático e ingeniero italiano Emilio Rosetti; y otras destacadas
personalidades de la ciencia y el empresariado.
El ensayo, durante el cual se transmitieron,
además de voces; silbidos, música y canto, tuvo un resonante éxito y así lo
reflejó el periodismo de la época que se ocupó abundantemente del asunto, tanto
en El Nacional como así también en
los diarios La Prensa y La Nación.
Por su parte, el semanario satírico El Mosquito, en su edición del 24 de
febrero de 1878, saludaba complacido el acontecimiento con: “El ensayo ha
tenido un éxito completo”. Para después comentar humorísticamente la
participación del operador en la comunicación telefónica: “Nadie querría serlo
a pesar de las dulces compensaciones que podría encontrar en la transmisión de
las manifestaciones amorosas”.
Superada la etapa de pruebas y
demostraciones, la pujanza de aquellos jóvenes emprendedores pronto se tradujo
en la consecución de clientes. Así, la sociedad conformada por Cayol y Newman
proveyó de teléfonos a organismos oficiales y comercios.
Fue, pues, aquella del 17 de febrero de 1878
la primera comunicación telefónica realizada en nuestro país; mientras que lo
del relato oficial estipulando que había sido la establecida el 4 de enero de
1881 entre Roca e Irigoyen es absolutamente erróneo, pura sanata.
Y el coup de grâce a esa patraña, se lo da el diario La Prensa en su edición del 29 de enero de 1881, en la cual se consigna inequívocamente que los precursores de la telefonía en nuestro país fueron Cayol y Newman en 1878 y que a ellos corresponde el mérito de la primera comunicación.
En lo cual, desde ya, se cagó olímpicamente la historia oficial.
Pero como lamentablemente suele ocurrir con
harta frecuencia en esta nuestra bendita tierra, si con respecto a los primeros
tiempos de la telefonía -y a otras diversas cuestiones- nos engañó la historia oficial; también lo hicieron, ya sea
involuntariamente o adrede, algunos revisionistas
quienes, enancados a lo que determinó la meritoria investigación de Tesler, han
examinado el tema partiendo exclusivamente desde sus paradigmas ideológicos, desechando
toda otra consideración, dejando de ponderar distintos factores y apresurándose
a concluir en que Cayol y Newman cesaron su actividad porque no tenían ni
consiguieron los capitales necesarios para consolidar y expandir la empresa que
habían fundado, y en que los gobiernos de por entonces les negaron la
exclusividad prefiriendo, en cambio; favorecer a las compañías extranjeras que
vinieron a radicarse a fines de 1880 y principios de 1881.
No, mi estimado lector, no ocurrieron así los
hechos ni fueron tales los motivos que condujeron al cierre de Cayol &
Newman S. H.
Ni Carlos Cayol ni Fernando Newman eran gente
de escasos recursos económicos, por lo contrario; es evidente que disfrutaban
de una posición, digamos, desahogada.
Y ambos pertenecían a familias de empresarios de afamada, reconocida y dilatada trayectoria, los que además; se encontraban entre los fundadores del Club Industrial Argentino, la entidad que agrupaba a los fabricantes, tal como se desprende de sus primeros registros.
De modo tal que de haber demandado capitales
de cierta consideración; los hubiesen tenido disponibles entre sus propios
familiares y parientes, o en los bancos o entre los poseedores de cuantiosas
fortunas -que no eran tan pocos en aquella Buenos Aires que se había convertido
ya en La Gran Aldea que magistralmente describió Lucio V. López en 1882-,
porque lo cierto es que estaban muy bien relacionados con la mejor sociedad.
Por otra parte, cuando iniciaron su actividad empresarial no les habían faltado los activos financieros necesarios para importar los componentes de los aparatos que fabricaban ni debió de ser significativamente cuantioso el capital requerido para tender después unos centenares de metros de alambre galvanizado común y corriente de modo de conectar ¿cuántos?… ¿media o una docena de teléfonos, como mucho?, y para afrontar el pago de los sueldos de una escasamente numeraria plantilla de empleados (a lo sumo, algún administrativo o contable y cuatro o cinco obreros que tiraran el alambre por las azoteas, seguramente no más que esos).
Y para expandirse, contaban con el
propio giro del negocio -que se vislumbraba por cierto más que promisorio en
razón del potencial que tenía-, dividendos esos que, de quererlo así, podían
reinvertir en su totalidad; porque ninguno de los dos vivía exclusivamente de
aquella aún incipiente telefonía.
Tampoco les faltaba a Cayol y Newman divulgación
por parte de los diarios; lejos de ello. El
Nacional era su decidido propagandista y apoyaba resueltamente la
iniciativa local.
Todavía el 25 de abril de 1881, dicho periódico hacía una encendida
defensa de los teléfonos argentinos y de quienes los fabricaban y
comercializaban:
… son al parecer mejores que los que vienen del exterior. Decimos esto porque los señores Drysdale y Ca. (se refiere a la casa de maquinaria agrícola Tomás Drysdale & Cía., que se contaba entre los clientes de Cayol & Newman S. H.) han preferido los construidos en el país por dichos mecánicos ... pasan de una docena los pedidos que tienen ya estos inteligentes mecánicos, para colocación de aparatos construidos por ellos... No es extraño pues hace ya más de tres años que son conocidos los resultados satisfactorios que dieron los ensayos de estos señores en varios puntos de Buenos Aires. (sic)
Con respecto a que los gobiernos de la época
tuvieran como propósito favorecer a las compañías extranjeras de telefonía en
desmedro de la única argentina existente por entonces, es una sandez que no
resiste ni siquiera el más superficial de los análisis.
Avellaneda (que era el presidente de la República cuando Cayol y Newman iniciaron sus actividades) y Roca (que lo era cuando cesaron), en tanto hombres de su tiempo, eran -qué duda cabe- doctrinariamente liberales. Más dogmático y principista el primero y más pragmático -y si se quiere verlo así; menos escrupuloso- el segundo; pero de todos modos, liberales y positivistas ambos y creyentes fervorosos en el dios Progreso. Que en ese orden de ideas los dos adscribían a la libre empresa en competencia, es más que evidente; pero sindicarlos al buenazo del Chingolo y al astuto Zorro como fautores de un plan sistemático tendiente a quebrar una empresa nacional, es un completo delirio.
Si hasta El
Nacional (que como hemos visto, era activo favorecedor de Cayol y Newman),
en su edición del 14 de diciembre de 1880, se complacía en anunciar que:
Bien venidos sean: -Procedente de Nueva York, ha llegado á Rio Janeiro para trasladarse enseguida á Buenos Aires un personal práctico con gran cantidad de materiales telefónicos. Destinaran una gran parte de esos materiales á formar en la ciudad fluminense una red aplicable á las necesidades del comercio y la administración pública, semejante a las que funcionan en varias capitales de Europa y los Estados Unidos. (sic)
Por otra parte, quienes infieren semejante
desvarío se “olvidan” que a partir de fines de 1880, quien en los hechos se
arrogó la facultad de reglamentar (sin haberlo conseguido sino en ínfima parte)
la actividad de las compañías telefónicas, fue la municipalidad de Buenos Aires
con Torcuato de Alvear como presidente de la Comisión Municipal primero e
intendente después.
En mayo de 1884, cuando éste dispuso la demolición de la Recova, demandó en dos oportunidades a las compañías que retiraran los postes, anclajes e hilos conductores que habían colocado. Como no lo hicieron, fue él mismo al frente de una cuadrilla municipal y arrancó todo, provocando la incomunicación de un crecido número de abonados.
Convengamos entonces en que era esa una curiosa manera de
“favorecer a las empresas extranjeras”, ¿no?
Comprobamos así que, si como vimos en la
primera entrega, una serie de inexactitudes y disparates invalida el relato oficial; no menos fantasiosa resulta ser
a la postre la versión revisionista.
La verdad es, mi apreciado amigo lector, que
nunca sabremos con certeza los motivos que llevaron al cese de actividades de
Cayol & Newman S. H., sencillamente porque no hay elementos de la heurística
que nos permitan despejar la incógnita; todo lo que existe se reduce a un libro
de recuerdos familiares editado en 1967 por un descendiente de Carlos Cayol,
que el propio Tesler hubo de desechar como evidencia histórica.
Podemos, sí, elaborar hipótesis de trabajo (obviamente, que tengan visos de seriedad y razonabilidad; de ninguna manera ese desatino que hemos visto precedentemente). Por ejemplo, estimar como posible que haya existido algún desacuerdo entre los socios (no estoy afirmando que lo hubiera; digo simplemente que podría haberlo habido) que provocara la disolución de la empresa, o inferir que tal vez pudo concurrir algún factor de orden político; porque se ignora con qué bando simpatizaron y/o en cuál de ellos actuaron (si es que adhirieron a o participaron en, alguno de los dos en pugna) Cayol y Newman en ocasión de la guerra civil de 1880.
Por mi parte, me hago la siguiente pregunta:
¿no pudo pasar que hayan topado con algún impedimento tecnológico que les resultara
prácticamente imposible de resolver, como -por ejemplo- la cuestión de la
conmutación de las llamadas?
Porque una cosa era fabricar localmente aparatos capaces de competir con y aún de superar en calidad a (como consignó el diario El Nacional), los teléfonos norteamericanos y europeos, de modo de comunicar punto a punto una, dos o más comisarías con la Jefatura de Policía, o el negocio de Drysdale con su residencia particular; y otra muy distinta lograr la comunicación todos con todos, para lo cual se requería sí o sí de un conmutador (y consecuentemente, de un/una o más operadores/as). ¿Tuvo la firma Cayol & Newman S. H. ese conmutador (la carencia del cual la hubiera dejado automáticamente fuera del negocio)? Chi lo sa… Pero me hallo inclinado a creer que no.
En principio y a falta de pruebas en contrario, me atrevo a
suponer a ese factor como el más probable de ser el que ocasionó el cese de
actividades de dicha empresa. Y creo que ello explica que Cayol y Newman
pidieran al gobierno que se les concesionara con exclusividad el servicio en
razón de ser una empresa argentina; aun a sabiendas de que tal solicitud les
sería denegada. En mi opinión, procuraban ganar tiempo de manera de emplearlo
en tratar de resolver el problema de la carencia de conmutador, lo cual
esperaban solucionar ya sea importando uno o desarrollándolo ellos mismos.
En la próxima entrega veremos, apreciado
lector, cuál ha sido la evolución de la telefonía en esta nuestra patria.
Hasta entonces, y como siempre, gracias por
su inestimable compañía.
-Juan Carlos Serqueiros-
CONTINUARÁ
CONTINUARÁ
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Muy interesante el artículo. Con respecto a la situación que llevó a Cayol y Newman a salir del negocio, me gustaría agregar otra hipótesis.
ResponderEliminarEn 1882 Cayol y Newman entablan una demanda contra Walter S. Keyser, por una patente concedida a la Compañía Continental telefónica de Boston, por el invento denominado teléfono sistema Grahan Bell. Sin embargo, la compañia adujo que su patente no era sobre este dispositivo, sino sobre el "SISTEMA TELEFONICO DE CAMBIO" que si bien no puedo decir a ciencia cierta de que se trataba, parece bastante evidente que era el sistema de conmutación telefónica. Esta compañia dice que los demandantes (Cayol y Newman) pueden seguir construyendo o vendiendo aparatos telefónicos, pero que la patente del "sistema de cambio" es de su propiedad.
El 25 de Julio de 1882, la corte federal falla en favor del Walter Keyser, lo cual luego es confirmado por la corte suprema de la Nación el 14 de Noviembre del mismo año.
Resumiendo, es muy probable que la imposibilidad de utilizar equipos de conmutación, los haya expulsado del mercado. Relegándolos a un simple taller de reparación y construcción de teléfonos, que dicho sea de paso, serían muy difíciles de vender teniendo como competencia a la compañia prestadora del servicio de telefonía.
Espero que estos datos hayan aportado algo de luz sobre el tema.
Marcelo Castelo
Excelentes comentario y aporte, Marcelo.
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