sábado, 7 de diciembre de 2013

NO ES PA' TUITOS LA BOTA 'E POTRO




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

En 1904 finalizaba el período presidencial de Julio A. Roca. La elección de quien lo sucediera en el cargo era pues, la cuestión en la política vernácula.
Pellegrini se consideraba a sí mismo número puesto. Al fin y al cabo, en 1898 había resignado sus aspiraciones en favor de Roca, y consecuentemente aguardaba devolución de gentilezas por parte de éste en 1904. Pero como consigné en la quinta parte de mi artículo UNA MITAD DEL PAÍS CONTRA LA OTRA, que pueden leer o releer en este ENLACE, la sociedad política Roca-Pellegrini se rompería estruendosamente y las cosas no resultarían de acuerdo a los planes del Gringo.
Para el Zorro entonces, el enemigo a vencer era Pellegrini. Él no podía aspirar a un nuevo mandato por cuanto no había por entonces reelección; pero sí podía hacer (¡y vaya si lo haría!) todo lo que estuviera a su alcance para trabarle al Gringo su candidatura y poner en la presidencia a alguien que, agradecido, se la retornase a su vez en 1910 como si se tratara de una posta.
Así las cosas, el partido gobernante estaba dividido entre roquistas y pellegrinistas, pero tal como venía ocurriendo, sería candidato quien resultara favorecido -o por lo menos tolerado- por quien fuera el jefe de la Nación. Ese sería pues, el caballo del comisario que ganaría la cuadrera. Lógicamente, había que guardar las formas y presentar el enjuague como si se tratase de un asunto que se empeñaran en resolver con patrotismo y abnegación; y no como una desembozada imposición desde los cenáculos de poder.
En ese orden de ideas, allá por mediados de 1903 el vicepresidente Norberto Quirno Costa, que regresaba de un largo periplo por Europa, invitó a su casa a los referentes del PAN, incluido Pellegrini, desde ya, y a personalidades políticas extrapartidarias (entre otras: Bernardo de Irigoyen, Roque Sáenz Peña y Manuel Quintana) a fin de abordar la cuestión. Resolvieron entonces reemplazar una eventual convención exclusivamente autonomista para elegir el candidato; por otra a convocarse el 12 de octubre de ese año compuesta por aproximadamente 800 notables de lo más granado de la sociedad argentina: ex presidentes y vicepresidentes, ex ministros,  ex diputados y senadores, ex gobernadores, ex jueces, los altos mandos del ejército y la armada, el arzobispo y todos los obispos, las figuras más destacadas de las ciencias, la educación, la banca, el comercio, la industria, etc.
Pellegrini estaba exultante. Descontaba que la convención de notables proclamaría su candidatura, porque ¿cómo iba a arreglárselas Roca para impedirlo? No podía influir sobre tantos como para eso; era algo inimaginable. Y el desinterés que aparentaba el Zorro en el asunto así parecía confirmarlo; porque ¿qué otra cosa podría ser eso sino la patentización de que estaba rendido, inerme?




Se equivocó de medio a medio y nada salió como él esperaba. Sorpresivamente (para el Gringo, quiero decir) desde los ministerios de Guerra y de Marina bajó la orden de que los militares debían abstenerse de concurrir, los ex presidentes y la mayoría de los ex gobernadores esgrimieron los más variados motivos para no asistir, el arzobispo circuló a los prelados en igual sentido, los más conspicuos banqueros, comerciantes e industriales también gambetearon, y así, el número de los que irían adelgazó de ochocientos y pico a más o menos doscientos. Que encima, en lugar de pronunciarse inequívocamente por Pellegrini; comenzaron a hablar de las candidaturas de Felipe Yofre algunos, y de Manuel Quintana otros.
Yofre, cordobés, figura prominente del PAN y muy amigo de Roca, había sido una especie de comodín en su gabinete: ministro del Interior y de Relaciones Exteriores, con eficaz desempeño. 
En cuanto a Quintana, era el arquetipo del oligarca: mitrista independiente y abogado del Banco de Londres que, en ocasión de suscitarse un incidente entre el gobernador de Santa Fe, Servando Bayo, y el banco, aconsejó a los ingleses bombardear Rosario.
El 12 de octubre la raleada convención de notables postuló a Quintana para presidente. Caras y Caretas trataba la cuestión con finísimo humor político:



Se dijo que Roca sostuvo la candidatura de Quintana en el marco de su alianza con el mitrismo luego del descalabro producido por el alejamiento de Pellegrini cuando se frustró el proyecto de unificación de la deuda. No fue así. A Quintana no lo querían ni los propios mitristas (los autonomistas lo resistían y ni hablemos de los radicales, que directamente lo odiaban). Caras y Caretas nos presenta a un Quintana que trata de pegar afiches y al cual le dicen "parece que no pega" (en referencia a lo impopular de su postulación); a lo que él contesta con un "pues no será por falta de cola"; y se ve un tarro de pegamento con una etiqueta en la que aparece un zorro de larga cola, en obvia alusión a Roca:



El plan que se había trazado el Zorro era el de fogonear la candidatura de Quintana para matar la de Pellegrini, y una vez logrado eso, defenestrar la de Quintana levantando la de su ex ministro Yofre o la de su ministro de Hacienda, Marco Avellaneda (a quien había dado seguridades de apoyarlo en sus aspiraciones presidenciales, dicho sea de paso).


Pero ocurrió un imponderable: el gobernador de Buenos Aires, Marcelino Ugarte, se convirtió en el campeón de la postulación quintanista y la sostuvo a rajatabla, y entonces al Zorro no le quedó otra que resignarse. Había en Ugarte un estudiado cálculo: apoyaría a Quintana a cambio de ser su vicepresidente, especulando con la posibilidad de que éste -que tenía 69 años y serios problemas de salud- falleciera antes de concluir su mandato (y efectivamente, así ocurriría) tocándole a él asumir en su reemplazo. Roca le pasaría la factura a Ugarte "vengándose" de éste en la forma de vetarle su postulación a vicepresidente: sostuvo aquella tradición de la regla no escrita que indicaba que siendo porteño el presidente (y Quintana lo era); la vicepresidencia debía recaer en un provinciano; e indicó el nombre de José Figueroa Alcorta, senador por Córdoba. Marco Avellaneda quedó resentido con el Zorro (no le faltaban motivos) y de allí en más se convertiría en un enconado adversario suyo.
Caras y Caretas, en su edición del 23 de abril de 1904, mostraba a Roca seguido por gente portando carteles de las distintas provincias y exclamando "¡Viva el futuro presidente de la república que será elegido por ese señor que va ahí delante!":





El 12 de junio de 1904 los colegios electorales proclamaron electos presidente a Quintana y vice a Figueroa Alcorta. La tapa de Caras y Caretas en su edición del 15 de ese mes, mostraba así al primero y a Roca: 



Los electos asumieron sus cargos el 12 de octubre.



En el acto de transmisión del gobierno, al imponerle la banda y el bastón presidenciales, Roca, presidente saliente, dijo a Quintana:

Llegáis al poder supremo en época propicia. Están ya resueltos afortunadamente muchos de los problemas que hace veinte años torturaban la existencia nacional. Habéis merecido los sufragios de vuestros conciudadanos depositados en urnas tranquilas, en noble competencia y en plena libertad, bajo el imperio de una legislación por sí sola también testimonio irrecusable de los adelantos políticos que hemos realizado. La república está entregada de lleno a las fecundas labores del progreso, aumentando aprisa la riqueza y afanada en su obra de engrandecimiento, que le ha permitido, en los últimos seis años, duplicar con exceso su producción.

Quintana -que era despectivo, altanero y soberbio como su antepasado Martín de Alzaga- respondió peyorativa, desabrida y secamente con escaso tacto y absoluta carencia del sentido de la ubicación, la oportunidad y la prudencia, esto:

Soldado como sois, transmitís el mando en este momento a un hombre civil; no somos camaradas ni correligionarios y hemos nacido en dos ilustres ciudades argentinas más distantes entre sí que muchas capitales europeas.

Equivalía a decirle al Zorro: "Usted es un milico provinciano y yo un prominente civil porteño; hay entre nosotros un abismo de distancia y nada tenemos en común ni política ni geográficamente". Delfina Bunge -que ese mismo año de 1904 conoció a quien sería su esposo, Manuel Gálvez- comentaría perspicazmente a propósito de las poco felices palabras de Quintana: "A Roca lo han despedido poco menos que a palos".
El general, que tenía el lomo curtido, no acusó el golpe y atribuyó la desafortunada contestación de Quintana al deseo y hasta la necesidad de éste, de diferenciarse de él en las exterioridades y ante la opinión pública, y al cabo de unos minutos se retiró a su casa.
Afirma José María Rosa que "no puede decirse que Roca fue despedido con elogios" y que "sólo Mitre... deslizó una alabanza en La Nación". No fue así la cosa, o por lo menos, no tan así; una nutrida y entusiasta multitud lo esperaba en su casa. La revista Caras y Caretas consignó al respecto: "Numerosos simpatizantes se acercaron hasta el domicilio de Roca para manifestarle su aprecio", e ilustraba el texto con una foto de ese día:




Y en un chiste gráfico con el sugestivo título "Cría cuervos...", mostraba a un mayordomo diciéndole a un engreído Quintana: "Señor: el general Roca desea verle", y obteniendo como respuesta un "¡Qué fastidioso! Dile que no estoy en casa".






Poco después, Roca se fue de viaje a Europa. No quería en absoluto influir en el gobierno de Quintana y sólo esperaba volver a ser presidente en 1910, para lo cual su confianza no se basaba en lo que hiciera el acartonado mitrista; sino en sus propias capacidad y astucia. Caras y Caretas lo mostraba saludando a un Quintana suspendido de una rama, con un: "Adiós, amigo; ahí lo dejo. A ver que tal se sostiene":


Es gran verdad que no es pa' tuitos la bota 'e potro; porque más temprano que tarde se vería que Quintana no se sostendría tan bien: en febrero de 1905 le estallaría una revolución radical y en agosto sufriría un atentado anarquista contra su vida, todo lo cual resintió su salud y se vio obligado a delegar la presidencia en Figueroa Alcorta. Pocos meses después, moría.
En cuanto a Roca, su triunfo sobre Pellegrini (que también fallecería en 1906) fue una victoria pírrica; porque serían precisamente Figueroa Alcorta (a quien él  impuso como vicepresidente de Quintana y que asumiría la presidencia de la Nación a la muerte de este último) y Marco Avellaneda (ex ministro suyo al cual había frustrado en su candidatura presidencial y quien luego sería ministro de Figueroa Alcorta) los que lo dejarían definitivamente afuera del juego político, tal como narré en mi artículo A VECES, LA TABA SE DA VUELTA ¿NO, ZORRO?, al que  pueden acceder a través de este ENLACE.
Y es que una vez más, razón tuvo el refrán: No hay peor astilla que la del mismo palo
¡Hasta la próxima!


-Juan Carlos Serqueiros-

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